La Hija de Nadie: La Historia de Los Niños Que Crecieron Sin Apellido

Yo no quiero verla nunca más. Eso esperaba, eso se merecía y estaba lista para aguantarlo todo. Pero la hija no gritó, no reclamó. Después de mucho rato dijo nada más una cosa. Tráigalo, amá. Él entró. La madre se lo dijo a él también. Él se sentó en el piso, no en la silla, en el piso.

Se agarró la cabeza con las dos manos. No habló por mucho tiempo. Cuando levantó la cara, dijo no más una cosa. Yo a esta mujer la quiero más que a mi vida. Ella contestó y yo a él. La madre lloró por los tres. Al día siguiente, los dos se vieron en la huerta, debajo de un mesquite. No se tocaron, hablaron. Nos vamos al norte. Allá nadie nos conoce.

Cruzamos, conseguimos papeles, nos cambiamos los apellidos los dos. Ella lo escuchaba, pero le hizo una pregunta. y nuestros hijos. Él se quedó callado. Y si una hija nuestra sale clavadita al abuelo y si un nieto saca la cara de ese hombre. Y él no contestó porque ya sabía la respuesta. La cara de ese padre iba a estar en cada criatura mirándolos.

Entonces no tenemos hijos. Ella tragó saliva y Dios él se quedó callado otra vez. ¿Por qué a Dios no se le huye? Eso lo había aprendido de su madre, que rezaba el rosario todas las mañanas, que le había enseñado a persignarse a los 3 años, pensaron en separarse, en no volver a verse, en que cada uno se fuera.

a un pueblo distinto y aguantara el resto de la vida así. Pero pensaron también en lo que era despertarse sin el otro, día tras día. Hablaron horas, pero cada frase se les caía sola porque sabían que cada vez que se miraran iban a ver la cara del Padre. Sabían que Dios los estaba mirando y los dos eran de rezar.

Ella dijo al final, “Yo no puedo vivir sin ti, pero tampoco puedo vivir contigo.” Él le agarró la mano. Pues entonces, no vivamos. Él se fue al pueblo de al lado, a una farmacia donde no hicieron preguntas. Compró un frasquito, regresó en el camión de la tarde con el frasquito en la bolsa de la camisa, pegadito al corazón.

En el camión iba una señora con una criatura. La criatura le sonrió. Él bajó la mirada. Cuando llegó al pueblo, caminó por la calle de la iglesia. Pasó por la puerta, no entró. En su casa lo esperaba la madre. La madre lo vio entrar. Le pareció que tenía la cara distinta. Le preguntó, “Mi hijo, ¿se siente bien?” Él dijo que sí, que andaba cansado, que se iba a acostar temprano.

La madre se quedó callada. Algo le decía, algo le apretaba adentro del pecho. Pero las madres a veces tienen miedo de preguntarle todo a un hijo. Y se cayó esa misma noche en otra casa. Ella sacó del ropero el vestido de novia, lo extendió sobre la cama, le pasó la mano por el encaje, le acomodó las flores blancas.

del cuello. Se lo iba a poner el 15 igual. Después al trastero, sacó el paño viejo. Adentro estaba la copa de cristal labrado, la de la bisabuela. la puso sobre la mesa, la acarició con la yema del dedo. Cuando él llegó al otro día, ella le dijo, “Vamos a brindar igual, pero por otra cosa.” Y mientras esos dos muchachos preparaban la mesa de su muerte, ese hombre, el padre, estaba en otro estado con otra mujer, con un chamaco recién nacido.

le había mandado dinero los primeros 3 años. Después también había dejado de mandar y de los dos muchachos del veneno no se acordaba ni del nombre del ella ni del nombre del de él. Amaneció nublado el 15 de mayo. Ella se vistió de blanco igual. Él se puso la camisa que le había planchado su madre. Salieron de sus casas como si fueran a la iglesia.

No fueron a la iglesia, fueron a una casita prestada al borde del pueblo. Allí estaba la mesa puesta, la copa de la bisabuela, la botella de vino tinto, el frasquito. Se sentaron uno frente al otro. Él sirvió el vino, echó despacio el contenido del frasquito. Ella trajo dos trapos blancos limpios. Le amarró uno a él en los ojos. Él le amarró el otro a ella.

Aquí, ¿quién lo cuenta? Es Romualdo García, mejor que yo. Una copa con vino y veneno por error criminal del destino. Con los ojos vendados bebieron dos que siempre se dieron cariño. Solo así encontrarían el remedio que les diera la paz y el olvido. Se buscaron las manos a oscuras, se apretaron los dedos. Él dijo, “A la cuenta de tres.

” Ella contó, “Uno, dos, tres.” Bebieron de la misma copa al mismo tiempo. A ese hombre le mandaron razón con un compadre. Lo encontraron en una cantina de otro estado. El compadre se le acercó, le dijo despacito, “Compadre, su muchacho y la otra muchacha aparecieron muertos. Ese hombre se quedó callado un segundo, después escupió en el suelo, se acomodó el sombrero con dos dedos despacito y dijo, “No más esto. Pos ni los conocí bien.

” Y se rió. Soltó una risita corta y siguió tomando. Esa noche se emborrachó más que nunca. Lloró un poquito al final cuando ya nadie lo veía. Al otro día ya se le había olvidado. Las dos madres se vieron por primera vez en el velorio con los dos hijos en cajas, una junto a la otra. No se conocían.

Tampoco hizo falta presentarse. Se abrazaron en el centro de la sala. Como se abrazan dos mujeres que comparten al mismo muerto y al mismo culpable. Los del pueblo bajaron la cabeza. Ningún hombre dijo nada. Ningún hombre supo qué decir. El cura se negó a dar la misa de cuerpo presente, que el pecado, que la ley de Dios, la madre de ella, se levantó del piso, se sacudió el polvo de la falda y le dijo, “Nás esto, Padre, el pecado no fue de ellos.

” Y se salió. Aquí Romualdo García se quita la máscara porque esta canción no es de los dos muchachos, esta canción es del padre y dice así: “Son culpables los padres más crueles que jamás merecieron ser hombres. Van por ahí engañando mujeres y negando a sus hijos. El nombre. Yo no entiendo por qué no se mueren antes que hagan maldad y traiciones.

Esa estrofa es la denuncia más fuerte que se ha cantado en la música mexicana y la cantó una muchachita de 17 años. Ese hombre, el padre, murió mucho después. Solo en cama prestada, nadie le rezó. Y la canción todavía dice una cosa más. A mi padre ni lo he conocido. Creo que debe de ser un cobarde de los muchos que al mundo han venido.

Y a usted que me está oyendo, también es la suya. Creció sin padre. Lo crió su madre. Lavando ropa ajena. Lo registró su abuela, porque su mamá no pudo. Le tocó cantar esta canción en una fiesta, mirando de reojo a los que lo negaron. Una mujer escribió aquí en el canal. A mi prima le pasó. Se iba a casar con su hermano.

Se enteró a tiempo de pura suerte. Otra escribió, “Mi madre me dio la lista desde chiquita. Fulano y sutano son tus hermanos por parte de padre. Nunca los veas con otros ojos.” Otra nás escribió esto. Yo también soy la hija de nadie. Solo cuento con un apellido. Aquella madre, la que sentó a su hija a decirle la verdad. Vivió otros 30 años.

sola. Cuando ya estaba muy viejita, se acordaba sola en la cocina. Una tarde abrió el trastero, sacó el paño viejo, sacó la copa de cristal labrado, la de la bisabuela, la limpió con el delantal, la puso sobre la mesa de la cocina y se quedó ahí sentada mirándola sin tomar. Si esta historia te conmovió, en pantalla te dejamos el corrido de Chitocano, el último pistolero de México. Que Dios les bendiga.

Nos vemos en la próxima historia. Yeah.

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