Simón aprendió a avanzar con él y aprendió otra cosa, que el corrido no miente cuando dice que el gobierno lo respetaba. Porque en esa guerra Simón demostró que era de los que avanzaban. de los que cumplían, de los que no dejaban a un compañero en el camino. Esa clase de hombres se ganan el respeto sin pedirlo, sin buscarlo, sin que nadie se lo diga con palabras.
Se lo dicen con los ojos y con el espacio que la gente les da cuando entran a un cuarto. Andrés era eso para Simón. Isapata murió traicionado en Chinameca en 1919. Emboscada lo esperaban. Él entró creyendo que iba a una reunión de paz. Simón vio eso, lo vio de cerca y aprendió lo que la guerra le enseña a los que sobreviven suficiente tiempo.
Que el que te mata primero te da la mano. Simón lo aprendió en la guerra. y lo olvidó en la paz. Sobrevivió, lo que mató a otros y eso le sembró adentro. La certeza de que si la bala no lo encontró en la guerra, no lo iba a encontrar en ningún baile. Esa certeza fue lo que lo mató. Porque mientras Simón ganaba esa certeza en la guerra, en tres palos, alguien ya buscaba la manera, no con balas todavía.
Con paciencia. Cuando la revolución se fue apagando, el gobierno ofreció amnistía a los zapatistas. Deponga las armas. Regrese a su pueblo. Nadie lo va a molestar. Simón entregó la pistola, la que cargó en la guerra, la que le salvó la vida. Más de una vez la entregó. quedó en algún cajón de alguna oficina de Acapulco, sin nombre, sin dueño, sin que nadie supiera que era suya.
Quería vivir tranquilo con los suyos, sin guerra. ¿Quién no iba a querer eso? En tres palos, Simón se convirtió en otra cosa. El que arreglaba lo que otros no podían, el que hablaba con quién había que hablar. sin cobrar nada. Se dice que una vez un hombre llegó con un pleito viejo de tierras. Simón lo escuchó sin interrumpir.
Al día siguiente fue con él. Habló con quien había que hablar sin cobrar nada, sin pedir nada. Eso corría de boca en boca en tres palos. Que Simón Blanco resolvía lo que la ley no resolvía. que cuando él daba su palabra, la cosa quedaba arreglada. Había madres en tres palos que cuando tenían un problema no iban primero a las autoridades, iban a buscar a Simón, porque Simón era la autoridad que a ellas les llegaba, la que respondía, la que cumplía.
Y eso para los que mandaban en ese pueblo era más peligroso que cualquier pistola. Un hombre al que el pueblo obedece sin que nadie se lo pida. Es el hombre más peligroso que existe. Porque ese hombre un día puede decir, “Levántense.” Y la gente se levanta. El gobierno lo respetaba, el pueblo lo quería y los que querían verlo muerto seguían esperando porque Simón ya no traía la pistola.
Y en 1938, alguien llamado Juan Reyes dio la orden. El corrido lo registra sin rodeos. Tres palos está en conflicto. Están cumplidas las leyes. Hicieron la ejecución por mandato de Juan Reyes. No fue una riña entre familias, fue una ejecución planeada, ordenada desde arriba. ejecutada por su propio compadre. Piénselo bien.
En 1938, México vivía bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas, el año de la expropiación petrolera, el país entero reorganizándose y en cada estado los hombres con poder local aprovechaban ese momento para quitarse de encima a los que no se quitaban solos. Un zapatista desarmado en guerrero. Era un estorbo, un hombre al que el pueblo respetaba más que a los que mandaban.
Era un peligro. El corrido lo registra así. Onésimo su compadre. Vilmente lo asesinó. Vilmente, esa palabra la eligió el autor del corrido. Con cuidado, no dijo traidoramente. No dijo cobardemente. Dijo vilmente, porque matar a un compadre es lo más bajo que puede hacer un hombre. Es romper la palabra más sagrada que existe en esos pueblos, la que se dice delante de Dios, la que no se puede deshacer, la que se sella con el nombre de un niño inocente.

Y Onésimo la rompió por dinero o por miedo o por algo peor que cualquiera de las dos. Juan Reyes buscó a Onésimo. No sabemos qué le ofreció. No sabemos qué le prometió. Solo sabemos que Onésimo aceptó y que había un baile en tres palos y que Simón iba a ir y que Simón ya no traía la pistola. La mañana del baile, Simón salió de su casa. Su madre lo detuvo en la puerta.
Simón, no vayas. Ya lo había soñado, ya lo había sentido. Ese peso que las madres cargan sin saber cómo nombrarlo. Mamá, no seas tan cobarde. De una vez, lo que sea tarde. Y salió sin voltear. Ella lo siguió hasta el quicio. Lo vio alejarse. Lo vio hasta que dobló la curva. Puso las manos juntas. cerró los ojos como hablando con la Virgen, sin palabras, que para eso no hacen falta.
En tres palos, todos sabían que esa mujer había criado sola a Simón, sin padre, después sin el otro hijo, sola, con la misma fe que ponía las manos juntas cada mañana antes de que su hijo saliera. No era miedo lo que tenía esa mañana, era otra cosa. La certeza de que hay momentos en que uno reza y sabe que la respuesta ya viene, que solo falta que llegue.
Ese fue el último momento en que Simón Blanco estuvo a salvo. Simón llegó a ese baile con paso firme. El corrido lo dice exacto. Toditos lo saludaron como persona de honor. Apretones de mano, sombreros levantados. Entre toda esa gente estaban los Martínez, estaba Adrián Bailón, estaba Onésimo, también le tendieron la mano, también sonrieron y Simón les correspondió, porque eso hacen los hombres de honor, corresponden.
Y mientras él saludaba, los Martínes se dijeron algo en voz muy baja. El corrido lo capturó. Cayó en las redes el león. La fiesta siguió. Música, voces, olor a tierra caliente. Le arrimaron una silla, le sirvieron un vaso. Simón estaba entre los suyos. Eso creía. Al otro lado de esa fiesta, Onésimo lo miraba con una copa en la mano que llevaba rato sin tocar. Solo mirándolo.
Hubo gente en esa fiesta. que lo notó, que vio algo en los ojos de Onésimo, que no era de fiesta, que escuchó algo que no cuadraba, que sintió ese peso en el aire que los pueblos chicos conocen bien cuando algo está por pasar y todos lo saben y nadie dice nada. Esa es la complicidad más barata, la del que no habla, la del que baja los ojos, la del que sigue bebiendo.
Y también es una traición, aunque no tenga nombre en ningún corrido. Como a las 3 de la tarde, dio principio la cuestión. El sol en lo más alto, la fiesta ya entrada, la gente confiada. Adrián Bailón se acercó a Simón. con pistola en mano. Y mientras lo tenía ocupado, Onésimo ya estaba detrás. El corrido dice que a los primeros balazos Simón habló con violencia.
Andrés, dame mi pistola. ¿No ves que esa es mi defensa? Andrés no llamó a su compadre, llamó a su amigo, al que había dormido a su lado en la guerra. Andrés no estaba. Quiso lograr a Martínez, le falló la resistencia. El corrido lo dice sin endulzar. Onésimo, su compadre. Vilmente lo asesinó. Simón Blanco cayó en esa tierra caliente de guerrero.
El arma a un paso de su mano, un solo paso que nadie dio a tiempo. Lo ejecutaron a traición porque de frente Simón Blanco no caía. La música tardó un momento en parar y cuando paró el silencio cayó sobre esa fiesta. ¿Cómo cae la noche en el campo? De golpe, sin aviso, Onésimo se fue sin correr. Despacio, nadie lo detuvo. Nadie habló.
La fiesta entera mirando a ese hombre irse y a Simón en el suelo con el arma a un paso. Y eso también es una muerte, la que no tiene corrido. Alguien tuvo que ir a decírselo a la madre. Nadie quería ir. Al final fue un hombre del pueblo con el sombrero en las manos, los ojos en el suelo.
En esos pueblos de guerrero, eso solo significa una cosa. La madre cerró la puerta, se quedó parada en la cocina, miró la taza de Simón, la agarró, la tuvo en las manos un momento solo teniéndola. Al día siguiente puso las dos tazas, la suya y la de Simón. Se dio cuenta a mitad del movimiento, la dejó igual. ¿Usted alguna vez puso un lugar en la mesa para alguien que ya no iba a llegar? Si lo hizo, sabe lo que sintió esa madre.
Y la primera vez que escuchó el corrido sonando, se quedó quieta con lo que tuviera en las manos. escuchó hasta que llegó esa parte. Su mamá se lo decía. Simón, no vayas al baile. Su propia voz esa mañana cantada para siempre. Las madres no olvidan las últimas palabras. Nunca. Los Martínez siguieron en el pueblo.
Caminaban por la plaza como si nada. Una mujer que vio a uno de ellos en el mercado agarró su canasta y se fue por otro lado sin apresurarse, pero se fue. Un hombre en la banca de la plaza bajó la vista cuando pasaron y no la levantó hasta que ya no se escucharon sus pasos. En la iglesia del domingo, el pueblo rezó en silencio por Simón y por algo más que nadie nombraba, pero todos pedían.
Esa es la oración que Dios escucha primero, la que uno hace sin palabras. Y a los tres días de muerto Simón Blanco, los Martínes fallecieron. El corrido lo dice y el pueblo lo repitió en los novenarios. Porque al matar a un compadre era ofender al eterno. No todos los que matan a un inocente llegan a viejo. El corrido dice tres días.
El pueblo de tres palos contó esos tres días, uno por uno. El primero, los Martines en la plaza. Nadie les habla, nadie los mira, pero nadie hace nada. El segundo, en la noche alguien escuchó algo. En el camino que sale hacia el monte. No salió a ver. En esos pueblos de guerrero, cuando uno escucha algo de noche en el monte, no sale a ver.
El tercero amaneció y los Martínez no amanecieron. La enciclopedia guerrerense lo registra. Fallecieron tres personas de las pocas de Guerrero. Tres personas. El pueblo no llamó a eso coincidencia. Y el corrido cierra con una frase que lleva décadas sonando en México y en cada pueblo del otro lado, donde los mexicanos se fueron a vivir lejos.
Simón le sirvió al gobierno y se murió en la desgracia. Sus abuelos de usted conocieron hombres así, de los que trabajaron toda la vida, de los que cumplieron cuando nadie más cumplió, de los que se fueron lejos buscando la paz. y la paz no les alcanzó. Simón nació en Guerrero en 1903. Murió en tres palos en 1938, 35 años.
Lo mató la confianza, no la guerra. La confianza. Se dice en la costa de Guerrero que este corrido nació de un pacto. Dos hombres, los dos llamados Simón, Simón Blanco y Simón Miranda Vázquez, corristeño de San Marcos, Guerrero. Un bohemio que visitaba fiestas y hogares, que se ganaba la vida con las historias del pueblo, que conoció a Simón Blanco en vida.
El pacto era simple. El que sobreviviera al otro le compondría un corrido para que su nombre no se perdiera. Simón Blanco murió en 1938. Simón Miranda se sentó con el papel enfrente y no escribió nada. se quedó mirando el papel, la vela, la oscuridad del cuarto, pensando en Simón, no en la muerte, en él, en las pocas palabras que valían más que los discursos, en ese hombre que respondió delante de todos sin alzar la voz, mientras yo viva, lo torcido seguirá siendo torcido.
tardó días, escribía una línea, la atachaba hasta que una noche escribió la primera y no la tachó y siguió no para vengarse, para que ningún Juan Reyes pudiera borrar a un hombre bueno sin que el pueblo lo recordara. El corrido empezó a sonar en Guerrero, luego en todo México. Y cuando llegó a las cantinas de tres palos, hubo gente que había estado en ese baile, que había visto, que había callado.
Y cuando sonó el corrido, alguien dejó el vaso sobre la mesa y no lo volvió a agarrar. Hay culpas que no se confiesan, que uno carga solo hasta el último día. Y Andrés, el corrido lo nombra una sola vez en la boca de Simón moribundo. Andrés, dame mi pistola. El inseparable, el que había dormido a su lado en la guerra, el que cuidó para que Simón pudiera cerrar los ojos.
No estaba. Nadie sabe que fue de Andrés. Sí vivió con eso. Si rezó alguna vez por Simón, eso no tiene respuesta. Y eso es su condena. Simón Miranda Vázquez murió en 1946. Tenía 39 años. Cumplió el pacto y se fue joven también, pero el corrido quedó. Hay corridos que cuentan historias y hay corridos que son espejos.
Este es un espejo porque el hombre de 60 años que vive en Texas o en California, que salió de su rancho hace 40 años buscando lo mismo que buscó Simón, cuando escucha este corrido, no está escuchando una historia de Guerrero, está escuchando la suya. Y cuando la gente lo escuchaba, no oía solo a Simón Blanco, oía a alguien que conoció o a alguien que fue o a esa traición que cargó en silencio y que nunca le dijo a nadie.
En tres palos, Guerrero quedó su tumba y la pistola que Simón entregó al gobierno quedó en algún cajón de alguna oficina de Acapulco, sin nombre, sin dueño, sin que nadie fuera a reclamarla, porque el único que sabía que era suya ya no estaba. Si en su familia hubo alguien así que cumplió cuando nadie más cumplió, que se fue sin que nadie le dijera gracias, ponga su nombre abajo.
Con eso es suficiente. En pantalla otra historias que el pueblo tampoco soltó. El corrido del chitocano, el último pistolero mexicano. No olvide suscribirse para seguir todas las historias. de nuestro México de ayer y coméntenos desde qué lugar nos está escuchando. Que Dios les guarde el camino.