Te voy a hacer una pregunta y quiero que seas honesto. ¿Sabes de dónde sacó Michael Jackson el Moonwalk? Grande es la probabilidad de que no, porque la respuesta a esa pregunta lleva un lugar que la industria del entretenimiento mundial nunca ha querido discutir. Lleva a la mujer más marginal, más prohibida, más indeseable de Cuba.
Y ahora la segunda pregunta. ¿Conoces el nombre de esa mujer? Tampoco no lo conoces porque nadie te lo contó. ¿No quisieron contártelo? En el cabaret más lleno de humo de la habana, con una lámpara colgándole de la cabeza, una copa en la mano, cantando como si le estuviera maldiciendo al público, diciéndole en la cara a los funcionarios del estado, “Bienvenidos, señores, y sus secuaces.
” Deteniendo en seco la caravana oficial con su propio cuerpo en medio del paseo habanero, “A esa mujer no la conoces, pero Michael Jackson sí la conocía. Beoncé la conocía, Tina Tarner la conocía. Tú no la conocías. Hoy aquí mismo vamos a contar la historia de Juana Bacallao de principio a fin. Y cuando termines, cuando hayas llegado hasta el último segundo de este relato, la manera en que miras a Jackson, en que miras al estado cubano, en que miras el escenario de cualquier teatro del mundo, va a ser diferente. Quédate conmigo
porque en los próximos minutos te voy a demostrar que la leyenda más grande del entretenimiento cubano tiene dos caras. La que te contaron y la que te ocultaron. Neris Amelia Martínez Salazar nació el 26 de mayo de 1925 en Callo Hueso, un barrio de centro Habana, donde el olor a salitre se mezclaba con el sudor de los estibadores y el sonido de las radios encendidas en cada balcón.
Su padre trabajaba en el puerto, su madre planchaba guallaveras de lino. Los dos murieron antes de que Neris cumpliera 6 años. Primero uno, luego el otro, con semanas de diferencia y en ese momento la historia de una de las mujeres más extraordinarias del siglo XX comenzó exactamente como la historia más trágica posible, sin nadie, sin un peso, sin un apellido que valiera algo, sin absolutamente nada.
La mandaron a un internado católico dirigido por las hermanas oblatas. En esos lugares, en la Cuba de los años 30, no había espacio para la individualidad. Había rezos, disciplina, silencio forzado, una mano de hierro envuelta en compasión cristiana. Y sin embargo, ahí dentro, en esas habitaciones donde se supone que debía apagarse, algo en Neris no se apagó.
creció, mutó, se endureció, porque cuando no tienes nada que perder, el miedo simplemente no funciona contigo. Esa es la única ventaja real nacer en el fondo. Quédate conmigo porque aquí viene lo que nadie te contó. Cuando salió del internado, no tenía educación formal, no tenía contactos, no tenía dinero, tenía su cuerpo, su voz y esa cosa sin nombre que algunos llaman carisma y que otros más honestos llaman peligro.
Se convirtió en empleada doméstica, fregaba escaleras, limpiaba casas ajenas, nanaba lo justo para comer. Y un día de 1940, en la esquina exacta de laguna y perseverancia, en Centro Habana, mientras restregaba unos peldaños con las rodillas en el suelo, empezó a cantar. Fíjate bien en este momento, porque aquí es donde todo cambia.
El compositor y musicólogo, Obdulio Morales, pasaba por ahí. Era una figura seria en la música cubana, no el tipo de hombre que se detiene a escuchar a una sirvienta cantarle a las escaleras, pero se detuvo. No escuchó una voz perfecta. Neris nunca tuvo una voz perfecta jamás en toda su vida. Lo que escuchó fue algo mucho más difícil de encontrar.
Una personalidad que llenaba el espacio sin pedirle permiso a nadie, un instinto rítmico que ninguna academia podía fabricar. Algo que no venía de un conservatorio, sino de las tripas de un barrio pobre y de 6 años sin madre. Morales la llevó al teatro Martí, la cuna del teatro vernáculo cubano, para el montaje de El milagro de Ochun.
le compuso una guaracha especial y luego le dijo algo que ella misma consideró feo al principio. Ese es el nombre que te va a hacer famosa, Juana Baclao. Ella lo dudó. Él tenía razón. El nombre reemplazó para siempre a Nerelia. Y lo que nació esa noche en el teatro Martí no fue solo un artista, fue una fuerza de la naturaleza con fecha de nacimiento.
Aquí entramos en la carne viva del asunto. Detente un segundo a pensar en esto. Una mujer que no sabe leer música, que no ha tomado una clase de baile en su vida, que no encaja en ninguno de los moldes de lo que debe ser un artista en La Habana de los años 40. Y sin embargo, en menos de 5 años estaba actuando en el Tropicana. El Tropicana.
No cualquier escenario, el cabaret más famoso del mundo en ese momento, el lugar donde confluían la mafia americana, las estrellas de Hollywood y lo más selecto del hemisferio occidental. Meerlandski controlaba los casinos del Capri y el Riviera. La Aquilusiano pasaba temporadas en la isla. Franinatra actuaba en el nacional.
En ese universo de palmeras iluminadas y plumas de avestruz y orquestas de 40 músicos, apareció Juana Baclao, sin escuela, sin apellido, sin nada que la respaldara, salvo esa guaracha de Morales y ese nombre que empezaba a pronunciar la habana entera. Pero antes de hablar de lo que Juana hacía en el escenario, hay que hablar de lo que hacía fuera de él, porque Juan Bacallao fue, sin saberlo del todo o sabiéndolo perfectamente, la primera artista de guerrilla mediática de Cuba.
En una época sin celulares, sin redes sociales, sin ningún canal para llegar al público, salvo el que el estado te concediera, Juana inventó su propio sistema. Caminaba por las calles de La Habana con un teléfono desconectado en el bolso, sin hilo, sin señal y en los espacios públicos más concurridos. Lo sacaba y ladraba órdenes al vacío.
Llego en 10 minutos ya voy para allá. En los semáforos esperaba el verde y cuando los autos se detenían, cruzaba despacio frente a ellos diciendo, “Gracias, gracias, muchas gracias.” Como si los conductores hubieran parado exclusivamente para dejarla pasar. Cada salida a la calle era una actuación, cada calle un escenario.
El aparato la había borrado de la pantalla, pero no podía borrarla de la ciudad. Juana Baclao no era bella, según los cánones de la época. Ella misma lo sabía y lo usaba como arma. Mientras las otras divas de la escena apostaban por la elegancia, los vestidos de corte perfecto y las voces de tercio pelo, Juana fue exactamente lo contrario.
Entraba al escenario como una tormenta que nadie había pronosticado. Usaba pelucas absurdas, trajes de lentejuelas en colores que no combinaban con nada, maquillaje excesivo y sombreros con cristales colgantes. A veces, con total seriedad, se colocaba en la cabeza algo que parecía una araña de luces sacada de un salón de banquetes, una lámpara real.
Y lo hacía con la convicción absoluta de quien sabe exactamente lo que está haciendo. En la mano, siempre una copa. Imagínate la escena en el salón rojo del Hotel Capri, finales de los años 50. La sala llena, el humo del tabaco subiendo hacia los ventiladores del techo. Mientras tú no tenías garantizado un pollo para el domingo, los turistas americanos pagaban 50 la entrada para ver este show. Juana entra.
La orquesta arranca el Benbé, el ritmo de 6 octavos que los afrocubanos asocian con los orillas y con los estados de trance. Y de repente, en mitad de la actuación, Juana colapsa, cae al suelo, sus ojos se van hacia atrás. tiembla. El médico del teatro corre, la orquesta para, el público se paraliza. Y cuando todos están seguros de que algo terrible está ocurriendo, Juana se incorpora, abre los brazos como Marilyn Monroe y le dice al salón entero, “¿Cómo actúe, idiotas? El salón explota. Ese era su arte.
No te dejaba sentirte seguro ni 30 segundos seguidos. actuó junto a Nat King Cole, a Benny Moré, a Bola de Nieve, a Celia Cruz, no como Teloneda, como igual cuando Nat King Cole actuó en el Tropicana en 1956 en la gira que lo llevaría a grabar en La Habana, lo que encontró en esa isla no fue solo la música que esperaba, encontró a Juana.
Según los presentes en aquellas noches, Cole no podía apartar los ojos del escenario cuando ella actuaba. No era admiración de colega, era el asombro genuino de alguien que reconoce algo que no sabía que podía existir. La espontaneidad absoluta, el riesgo puro, el arte sin red de seguridad. Y en una visita de Celia Cruz a la que fue probablemente la anécdota más cubana de la historia, Celia llegó al camerino de Juana con un ramo de flores, gesto de cortesía entre artistas.
Juana abrió la puerta, tomó las flores y le susurró, “Celia, dame las flores y desaparece, que aquí entre tú y yo, una de las dos es de la seguridad del estado.” Una frase que encapsula en 12 palabras toda la paranoia y toda la comedia oscura de vivir bajo una dictadura. Pero lo que nadie estaba preparado para entender es lo que vino después de 1959.
Aquí entramos en las tripas del monstruo. La revolución cubana no era solo un cambio de gobierno, era una reingeniería total de qué debía ser el arte, qué debía ser el artista, qué tipo de cubano merecía existir en el nuevo orden. El régimen quería construir al hombre nuevo, disciplinado, ideológicamente puro, emocionalmente contenido.
En ese esquema, Juan Abacallao era todo lo que el sistema odiaba. Era lúmpena, era vulgar, era la memoria de una Habana que el discurso oficial quería enterrar. Era el lenguaje de la calle, los gestos de AMPA, la risa que no pedía permiso. La prohibieron de la televisión, la mantuvieron fuera de la pantalla durante casi 30 años.
Los comisarios culturales la catalogaron con sus propias palabras de chavacana y de mal gusto 30 años. En un país donde la televisión estatal era el único canal de comunicación masiva existente, eso equivalía a borrarte del mapa, hacerte invisible para las generaciones que venían. El mismo estado que no podía darle una ración de comida extra a sus ciudadanos, sí tenía tiempo y recursos para decidir que Juana Bacallao era demasiado negra, demasiado vulgar, demasiado incontrolable para aparecer en una pantalla, pero no pudieron borrarla.
Y aquí está la paradoja que el Ministerio de Cultura nunca quiso reconocer. Mientras más la marginaban, más la gente la buscaba. Los cabarets donde ella actuaba, el gato tuerto envedado, la sociedad Rosalía de Castro, los carnavales de provincia se llenaban de una forma diferente. Era el público que iba a verlo prohibido, que iba a escuchar lo que el régimen no quería que escucharan, porque Juana decía cosas que nadie más decía.
Con la copa en la mano y la lámpara en la cabeza, decía la verdad disfrazada de chiste. ¿Te das cuenta de la magnitud de eso? En un sistema donde un chiste mal contado podía costarte años en Villamarista, Juan Abacayao subía al escenario y decía lo que pensaba. Una noche, mientras actuaba en uno de esos cabarets, entró un grupo de funcionarios del aparato del Estado, hombres de traje, escoltas, la parafernalia del poder socialista, el tipo de entrada que hacía que todos bajaran la cabeza y fingieran estudiar el mantel. Juana los vio, para la
música, toma el micrófono y con esa voz ronca y la cara completamente seria los presenta ante el público. Bienvenidos, fulano y sus secuaces. Seuaces. En español esa palabra no es neutral, es la corte de un criminal. Es la manada del jefe de una banda. Decirle secuaces a los funcionarios de la revolución cubana en público con testigos era un acto que rozaba el suicidio político. Nadie la tocó.
Nadie se atrevió porque era demasiado popular para tocarla, porque era el bufón del rey, la única figura que puede decirle al poder lo que nadie más se atreve. El sistema no sabía qué hacer con ella. No encajaba en ninguna categoría. No era disidente, no era colaboradora, no era peligrosa en el sentido convencional, era algo peor, era incontrolable y no fue la única vez que usó el escenario como tribunal.
En 1970, cuando en el mundo entero se coreaba a Free Angela por el arresto de la activista estadounidense Angela Davis, Juana no se quedó callada, tomó el micrófono en mitad de un show y le habló directamente al presidente Nixon como si lo tuviera enfrente. Nixon, suelta a la muchacha, suéltala para que ella también se divierta un poco.
redujo una crisis política internacional a una llamada al baile, al derecho de vacilar, lo político y lo absurdo en la misma frase, con la misma copa en la mano. Nadie más en la isla lo hubiera hecho. En otra ocasión, durante un acto donde estaba presente una delegación china de alto nivel, Juana confundió o fingió confundir al líder de la República Popular con Chan Kaiek, el enemigo histórico del comunismo chino, la figura que Mao había derrotado y exiliado a Taiwán. El salón se heló.
Los funcionarios cubanos no sabían si levantarse, reír o llamar a la seguridad del estado. Juana siguió como si nada. Nadie jamás supo si era ignorancia genuina o sabotaje calculado. Probablemente era lo segundo, pero nadie estaba preparado para lo que iba a ocurrir muy lejos de la Habana. Hasta aquí la historia parece la de una mujer rebelde en un país pequeño, pero lo que pasó durante una gira del show del Tropicana por Estados Unidos cambia todo el tablero.
La pregunta incómoda que nadie hace es esta: ¿Cómo llega el movimiento de una empleada doméstica de callo hueso hasta el cuerpo del artista más famoso del siglo XX? Para entender eso, necesitas conocer a alguien que casi nadie menciona en este debate. Rafael Felo Bacallao Hernández, danzante y cantante de la orquesta Aragón, conocido en los círculos del son cubano como el Caribbean Moon Walker.
Décadas antes de que Michael Jackson existiera como fenómeno global, Felo Bacallao hacía algo que dejaba al público sin palabras. se desplazaba hacia atrás sin levantar los pies del suelo. Un deslizamiento imposible, una ilusión óptica en carne viva. El público pensaba que había algo en sus zapatos, no había nada.
Era técnica pura, desarrollada en los salones de baile de la Habana y perfeccionada en giras por América Latina. Felo Bacallao, Juana Bacayao, el mismo apellido, dos artistas cubanos con el mismo apellido, los dos asociados a movimientos corporales que desafiaban la física y la expectativa, los dos del mismo universo de Son y Guaracha y Cabaré Habanero.
Y con el tiempo la leyenda de uno se fundió con la fama del otro. Así funciona la memoria popular. Así se construyen los mitos. Así se le roba el crédito a quien menos tiene poder para reclamarlo. Pero hay algo que sí ocurrió. Verificado, contado por la propia Juana en más de una entrevista. Durante una gira del show del Tropicana por los Estados Unidos, en Los Ángeles según una versión, en Las Vegas según otra, Juan Baclao estaba en el escenario haciendo el bembe.
El ritual completo, el tabaco, el estado de trance, el cuerpo vibrando con una frecuencia que no venía de ninguna coreografía, sino de algo mucho más antiguo. En esa sala entre el público estaba Michael Jackson y Michael Jackson gritó algo desde su asiento. Sacúdeme a mí también. Según la propia Juana, Jackson fue a su camerino después de la actuación.
Preguntó por la cubana que había robado el show. Y cuando Juana entró, según ella, Jackson temblaba como si yo fuera la estrella y él el admirador. Dijo Juana. Lo dijo con esa sonrisa suya que no era vanidad. Era simplemente la confirmación de algo que ella sabía desde aquellas escaleras de laguna y perseverancia, que lo que ella tenía dentro no se aprendía en ninguna academia del mundo.
Analiza esto conmigo. ¿Copió Jackson esos movimientos? No existe un documento que lo pruebe. Pero la pregunta que nadie se hace es esta. ¿Cómo es posible que el hombre que revolucionó la danza popular del siglo XX nunca haya mencionado la Habana entre sus fuentes de inspiración? Es ignorancia. es olvido o es la misma lógica que durante 30 años mantuvo a Juan Bacallao fuera de la televisión cubana.
La misma lógica que borra a los que no tienen poder para reclamar lo que les pertenece. Piensa en esto. Los años pasaron, la Unión Soviética colapsó. Cuba entró en el periodo especial, ese eufemismo brutal para nombrar el hambre, los apagones de 16 horas seguidas y las balsas cruzando el estrecho de Florida, cargadas de desesperación.
Mientras el pueblo cubano buscaba comida en la oscuridad, el aparato del estado buscaba una imagen que venderle al turismo extranjero. Y entonces, de repente, el régimen que había ignorado a Juana durante tres décadas empezó a necesitarla. Los extranjeros querían autenticidad cubana, esa cosa indefinible que es exactamente lo que el régimen había intentado destruir durante 40 años.
Y ahí estaba Juana Vivita con su copa, con su lámpara, con su voz destrozada y perfecta, con su repertorio de anécdotas que eran crónicas políticas disfrazadas de humor. El sistema que no supo qué hacer con ella cuando era joven, ahora la usaba como postal. En 2015, Anthony Burda llegó a El Gato tuerto, el cabaret de Vedado, donde Juana había actuado durante décadas, y la filmó para CNN.
en el programa Parts Unknown. En noviembre de 2018, a los 93 años compartió escenario con Will Smith, Cimaf y Kelvis Ochoa en la fábrica del arte cubano. En 2019, a los 94 aparecía en el vídeo de Cimaf, ponte para lo tuyo, 94 años en un vídeo musical. Y cuando Beoncé y JC visitaron la Habana alrededor de 2013, Beoné fue a El gato tuerto.
Juana la invitó al escenario y Beoné, la mujer con más premios Grammy de la historia de la música, la artista más poderosa de su generación, se inclinó y besó las manos de Juana Bacayao. Las manos que habían restregado escaleras en la perseverancia, las manos que habían sostenido esa copa durante 70 años de actuaciones. las manos.
Juana, que jamás en su vida se comportó como admiradora ante nadie, le dijo algo que nadie debería olvidar. Ese meneo tuyo está pasado de moda. Mira cómo lo hace Juana a la cubana. Ninguna reverencia, ninguna deferencia, solo la certeza absoluta de quien sabe exactamente quién es.
Pero nadie estaba preparado para lo que pasó el 24 de febrero de 2024. El 19 de febrero, Juana Bacallao fue admitida en el Hospital Militar Carlos Juan Finlay en el municipio de Marianao. El diagnóstico inicial era una infección generalizada, pero lo que los médicos encontraron iba mucho más allá de una infección. Juana estaba deshidratada, estaba desnutrida.
A los 98 años, la mujer que el Estado cubano llamaba patrimonio nacional vivo no tenía los recursos básicos para alimentarse correctamente en su propia casa. Un funcionario del sector cultura que pidió anonimato, le dijo a Cubanet algo que resume con una frase toda la hipocresía de este sistema. Las autoridades del Ministerio de Cultura la habían abandonado, las mismas autoridades que meses después darían discursos sobre su legado imperecedero.
El 23 de febrero circularon los primeros rumores de que ya había muerto. El comediante Alexis Valdés fue en vivo por Instagram para desmentirlo. “Estaba viva”, dijo. Apenas podía comunicarse. Estaba en dieta blanda, casi sin fuerzas. A las 9:35 minutos de la mañana del sábado 24 de febrero de 2024, Juan Abacayao murió de tromboembolismo pulmonar. Tenía 98 años.
La fecha cargaba un peso simbólico que ni el guionista más hábil hubiera podido inventar. El 24 de febrero es el aniversario del inicio de las guerras de independencia de Cuba. La mujer que resistió a la dictadura de Batista, a 40 años de censura revolucionaria y a la indiferencia del mundo entero, murió el día en que Cuba celebra el inicio de su lucha por la libertad.
El velorio fue en la funeraria de Calzada y K, envedado. Las fotografías que circularon en redes mostraban un salón casi vacío, un puñado de personas, una sola corona de flores, la del ministro de cultura, Alpidio, Alonso Grau. La televisión estatal cubrió su muerte con una nota breve. La misma televisión que la había mantenido fuera de pantalla durante 30 años, ahora le dedicaba 40 segundos.
La enterraron en el cementerio de Colón, en el panteón de la cultura. junto a los músicos Adalberto Álvarez y José Luis Cortés. Y aquí viene lo que tiene que romperte algo por dentro. En febrero de 2025, un año después de su muerte, la tumba de Juan Bacallao en el cementerio de Colón todavía no tenía lápida, no había piedra, no había inscripción, no había nombre.
La mujer a quien Beyoncé besó las manos, a quien Michael Jackson le pidió que lo sacudiera, a quien una calle de Santo Domingo lleva su nombre, a quien el estado cubano llamó patriota y revolucionaria de pura cepa en el comunicado oficial de su fallecimiento, ycía en una tumba anónima. Quienes querían ir a rendirle homenaje no tenían manera de encontrar dónde estaba enterrada.
Eso es lo que el poder hace con lo que no puede controlar. Primero lo margina, luego lo usa, luego lo deja morir y al final, si puede, lo borra. La vida de Juan Bacallao es la prueba más desnuda, más brutal y más irrefutable de ese mecanismo. Nerisamelia Martínez Salazar nació en 1925 sin nada y murió en 2024 sin que el Estado aplaudía su nombre, hubiera puesto ese nombre en una piedra.
Pero en algún lugar de Los Ángeles o de Las Vegas, en algún momento de los años 80, Michael Jackson gritó, “Sacúdeme a mí también!” Y ese grito no se lo llevó ningún viento, porque algunas voces son más grandes que los teatros donde suenan y algunas mujeres son más grandes que los países que intentan apagarlas. ¿Crees que la historia del entretenimiento del siglo XX sería diferente si alguien hubiera contado esto antes? ¿Qué te dice sobre el poder el hecho de que la tumba de Juana siga sin nombre? Mientras sus canciones se siguen cantando en Santo
Domingo, en París, en Miami. ¿Y qué vas a hacer tú que llegas hasta aquí con lo que acabas de saber? Déjame tu respuesta en los comentarios porque esta es exactamente la conversación que el aparato cultural nunca quiso que tuvieras. Si esta historia te movió algo, suscríbete al canal y activa la campanita.
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Te espero en una próxima entrega. Nos vemos pronto.