A los 52 años, Chiquinquira Delgado Rompe su silencio dejando al mundo CONMOCIONADO h
Mi niñez en Venezuela, pues yo crecí con una mamá que trabajaba full time. Definitivamente en un lugar donde no puedas amar y donde no seas feliz, no te demores. No le veía futuro a Chiquinquirá Delgado. Qué fuerte. Probablemente creías a todo sobre Chiquinquirá Delgado, pero estás a punto de descubrir el lado oculto de su historia.
La elegante presentadora venezolana que deslumbra cada semana en Mira quien baila. La mujer que compartió escenario con Luis Miguel y que durante más de una década ha mantenido una relación con Jorge Ramos. El periodista más temido por los políticos de habla hispana, está lista para hablar y no va a callarse nada. En este video escucharás por primera vez las confesiones más impactantes de Chiquinquirá Delgado.
Porque sí, hubo una boda secreta en la India, pero también hubo traición, rumores de infidelidad, cirugías estéticas que niega y una historia de amor que nació entre polémicas. ¿Fue ella la responsable de la ruptura entre Jorge Ramos y Ana de la Reguera? ¿Por qué Jorge tardó más de 10 años en formalizar su relación con Chiquinquirá? Y cómo lidia ella con los constantes ataques en redes sociales por su apariencia.
Hoy, a sus 52 años, Chiquinquirá se atreve a hablar y lo que reveló dejó a todos, incluso a sus detractores, completamente en Sock. No te vayas. Lo que estás a punto de escucharlo cambia todo. Y cuando empecé a mirar aquellas fotos, no sé, me entró como una mezcla de nostalgia. Tu mamá, mi ángel, Venezuela. Ya me vas a hacer llorar otra vez.
Mira, sé lo que se ha dicho, que fui la tercera en discordia, que me metí en una relación, que rompí algo que no me pertenecía y no sabes cuántas veces me he tenido que quedar callada para proteger a quienes amo. Pero ya pasó mucho tiempo y hoy puedo hablar con calma. En 2010, cuando Jorge y yo comenzamos a conocernos, todo era un torbellino.
Había sentimientos, había dudas, había heridas abiertas. Yo sabía quién era él y él sabía lo que yo había vivido. No fue fácil. Yo no fui a buscar a nadie, simplemente pasó. Nos encontramos en un momento de transición para ambos. Recuerdo cuando Ana, a quien respeto, insinó en redes sociales que había sido parte de un engaño.
Fue duro porque yo sabía lo que eso significaba para una mujer. Entiendo ese dolor. No voy a decir que todo fue claro desde el principio porque no lo fue, pero no soy una destructora de hogares. Jorge y yo comenzamos algo desde cero, desde la verdad que vivimos entre los dos. La gente no entiende lo difícil que fue para nosotros al inicio.
Cada mirada, cada comentario, cada titular, todo pesaba. Pero también estaban nuestros momentos a solas, los libros que intercambiábamos, las largas conversaciones sobre el mundo, sobre nuestros hijos, sobre la vida. Años después, cuando Jorge me propuso matrimonio en París, con ese anillo que no era ostentoso, pero sí lleno de significado, supe que lo nuestro era real.
No necesitábamos flashes ni revistas, por eso nos casamos simbólicamente en un ritual espiritual en la India. Fue un acto íntimo, profundo, solo para nosotros. Sin cámaras, sin escándalo, solo amor. Cuando compartí esa foto, la del collar de flores en nuestro ritual, no lo hice para presumir. Lo hice porque sentí que había llegado el momento de mostrar que después de todo habíamos construido algo verdadero.
Porque a pesar de los años, de los rumores, de los juicios, Jorge sigue mirándome con los mismos ojos con los que me vio por primera vez. Y si hay algo que quiero que la gente sepa es esto, no siempre lo que se ve en televisión es toda la historia. Lo nuestro no fue un cuento de hadas, fue una historia real llena de matices, de errores, de segundas oportunidades y sí, de amor del bueno.
Cuando le preguntaron si se había casado con Jorge Ramos, Chiquinquirá Delgado solo sonrió. Ni un sí ni un no. Estoy feliz, muy contenta dijo, como si ocultara un secreto bajo la piel. Hay muchas formas de casarse. Cada quien tiene su propio ritual. Y en ese momento el estudio de televisión quedó en silencio.
Nadie supo si era una confesión o una provocación. Lo cierto es que esa sonrisa escondía mucho más que una simple evasiva. Porque lo que nadie sabía es que en uno de esos viajes que tanto disfrutaban en un rincón místico del mundo, Chiquinquirá y Jorge ya habían sellado su unión. No con papeles, no con testigos, con flores, miradas y una promesa eterna que no necesitaba firmas.
Pero para llegar hasta ahí hubo mucho que cargar a cuestas. Cuando ella llegó a Estados Unidos no traía lujos, traía historia. Dos matrimonios rotos, dos hijas bajo el brazo y un corazón cansado, pero aún dispuesto a creer. Jorge también venía marcado, con dos hijos propios y un historial sentimental lleno de páginas arrugadas.
Ninguno era un cuento de hadas, pero juntos decidieron escribir algo distinto. No fue sencillo, unir dos familias, seis personas, con heridas, pasados y expectativas. Pero poco a poco, entre cenas en casa, risas compartidas y silencios cómodos, construyeron lo que nadie pensó posible. Un hogar real, sin filtros, sin poses, con amor del bueno.
Pero, ¿quién es realmente esta mujer que ha conquistado portadas, escenarios? y el periodista más influyente de habla hispana. Su historia comienza mucho antes de los focos, mucho antes de Univisión, los vestidos de gala o los peinados perfectos. Cuando Chiquinquirá vino al mundo, el destino ya estaba marcado con un acto de fe.
Su madre, devastada por la pérdida de un hijo y la sentencia médica de que jamás volvería a ser madre, hizo una promesa desesperada a la Virgen de Chiquinquirá, “Si me das una hija, te la entrego. Llevará tu nombre.” Y la promesa se cumplió, por eso se llama así. No es un nombre artístico, es un pacto, un símbolo de esperanza y milagro.
De niña la vestían con trajes típicos y la llevaban al santuario. No era un juego, era devoción. Nació en Maracaibo, Venezuela, el 17 de agosto de 1972. Y desde entonces la vida la puso a prueba una y otra vez. Quien yo escucho cuando mamá te gustó tal entrevista o te parece que debo tomar esta decisión o me meto por aquí.
Mi mamá le tocó ser mamá y papá. Eh, se repite la historia conmigo después. Su madre, tras divorciarse tuvo que convertirse en madre, padre y pilar. Trabajaba todo el día, pero nunca dejó de sonreírle a su hija ni de creer en ella. A los 14 años, Chiquinquirá miró a su madre y le dijo algo que cambiaría su historia. Quiero irme a Caracas.
Quiero ser actriz. ¿Te imaginas tener esa determinación a los 14 y además convencer a tu madre de dejarte ir, de confiar en tus sueños? Eso no se aprende, se nace con ello. Y fue así, con maleta en mano y sueños desbordando por los ojos, como esa niña maracucha se lanzó al mundo, no para buscar fama, sino para cambiar su destino.
Y vaya que lo logró. Desde chiquita lo sentía. Había algo en mí que vibraba cuando veía luces, cámaras, escenarios. No era vanidad, era algo más profundo. Era una necesidad de expresarme, de contar historias, de no quedarme en silencio. Y aunque muchos se rieron cuando dije que quería ser actriz, mi mamá no fue una de esas personas.
Ella me creyó, me empacó el alma y me dejó volar rumbo a Caracas con un solo mensaje. Hazlo por ti, pero nunca te olvides de quién eres. Llegar a la capital fue como estrellarse con una realidad brutal. Sí, tenía belleza, pero en Venezuela eso no era suficiente. Aquí las mujeres hermosas estaban en cada esquina.
Si quería sobresalir, tenía que ser más, más inteligente, más valiente, más preparada. Al principio me cerraron muchas puertas. Me dijeron que era demasiado joven, que esperara, que no estaba lista, pero en vez de rendirme, entrené, estudié, me paré frente a cada espejo imaginando que era una cámara. Empecé a modelar, a hacer contactos y poco a poco comenzaron a verme.
Que eh que pensó que esa muchacha no va a llegar a ninguna parte. Yo acababa de tener un bebé, venía de muchos cambios en mi vida personal, venía de otro país, no conocía a nadie. A los 17 ya no era la niña de Maracaibo, era una competidora. Me llamaban la reina de las flores y cada paso que daba era un grito de resistencia.
Representé a mi país en Japón algo que parecía un sueño, pero justo cuando estaba en lo más alto, recibí el golpe más duro de mi vida. Mi papá se había ido. No me avisaron. No querían interrumpir mi momento ni romperme en pedazos a miles de kilómetros. Pero cuando volví y supe que ya lo habían enterrado, fue devastador.
Sentí que me habían robado la última oportunidad de abrazarlo. Es una herida que aún llevo dentro. Y cuando yo regreso a Venezuela, me dicen, “Tu papá falleció y ya lo enterramos.” Él está conmigo. Siento que es ese ángel que me acompaña. Pero incluso con el corazón hecho trzas, seguí adelante. Seguí trabajando.
Era joven, sí, pero ya sabía lo que era el dolor. En esa época empecé a aparecer en videoclips, en campañas, y fue allí donde conocí a Luis Miguel. Sí, el mismo, el sol de México. Y no, no era ese astrodistante que muchos imaginan. Era cálido, divertido, muy humano. Nuestra química fue tan buena en el set que comenzaron los humores, pero como muchas cosas en mi vida, lo que pasó o no pasó, quedó solo entre nosotros.
Poco después, otro artista tocó mi vida. Guillermo Dávila, yo tenía apenas 18. Él 36 me invitó a protagonizar uno de sus videoclips y bueno, el arte se convirtió en realidad. Me enamoré, me lancé, nos casamos y a los 19 ya era mamá. Mi hija María Elena fue mi motor. La tenía en brazos mientras estudiaba, mientras audicionaba, mientras grababa.
No tenía tiempo para descansar. No podía porque sabía que tenía que construir algo para ella. Empecé a presentar en televisión. Mi nombre empezó a sonar y desde afuera todo parecía perfecto, pero adentro yo era apenas una niña viviendo una vida de adulto. Más adelante, cuando tuve la oportunidad de hablar con honestidad en el podcast en defensa propia, lo dije sin rodeos. Me sentí manipulada.
Había cosas en esa relación que no correspondían a mi edad, a mis sueños, a mi libertad. Pero cada golpe me enseñó, cada caída me hizo más fuerte. Cuando el amor se va, no hay forma de detenerlo. Lo sabes, lo sientes y por más que intentes, simplemente no puedes obligarte a seguir. Estuvimos más de 8 años juntos.
Fue una etapa importante en mi vida, pero un día me desperté y ya no era la misma mujer. Mis sueños eran otros, mis prioridades habían cambiado. Así que tomé una decisión. Me levanté, miré mi reflejo y dije, “Hasta aquí. Claro que hubo rumores, como siempre, que si estaba buscando a un hombre más joven, con más poder, con más dinero, por favor.
Gente que nunca me conoció hablaba como si viviera en mi piel, pero no me defendí, no lo necesitaba. Sabía quién era y por qué lo hacía. Me fui de ese matrimonio de frente, sin esconderme, con la frente en alto y sí, con la mitad de lo que juntos construimos, porque no me fui con las manos vacías, me fui con mi hija y con libertad.
Después vino una etapa de reconstrucción. No me encerré, no me victimicé. Volví a actuar. Hice seis telenovelas. Me volqué al trabajo. Mientras el país me veía brillar en pantalla, yo estaba criando a mi hija sola, repitiendo, sin quererlo, la historia de mi madre, fortalecida, resiliente, con una niña al lado y mil cosas por hacer.
Y cuando menos lo esperaba, el amor tocó de nuevo. Daniel Sarcos lo conocía del medio, carismático, brillante. Empezamos una relación intensa, vibrante. En 2003 nos casamos en un yate bajo el puente del lago de Maracaibo. Fue hermoso. Pensé, “Esta vez sí, esta vez será distinto.” Con el sentí estabilidad. Él me empujó a soñar en grande, a mirar más allá y ahí empezó mi intento serio de conquistar la televisión hispana en Estados Unidos.
En 2004 estuve en Despierta América en Sábado Gigante, pero la puerta no se abrió como esperaba. No conseguí un contrato. No era mi momento. Volví a Venezuela sin contrato, sin triunfo, pero con más ganas que nunca. Me volví a levantar. Volví a Benevisión. Conduje saludos a la mañana. Brillaba en el Miss Venezuela.
Estaba en la cima, pero lo que parecía perfecto otra vez empezó a romperse. En 2010, mientras esperaba a Carlota Valentina, nuestra hija, decidí dar a luz en Estados Unidos. Sentía que ese era el paso, pero la distancia comenzó a hacer lo suyo. Y como era de esperarse, el matrimonio terminó. Los rumores no se hicieron esperar.
Que si fue infidelidad, que si me quedé con la mitad de lo que él había logrado en Sersábado sensacional, que si lo cambié por alguien más famoso. Incluso me vincularon con Alejandro Fernández por un videoclip que hicimos juntos. Sí, hubo química, pero eso no significa nada más. La verdad estaba agotada de que todo el mundo opinara sobre mi vida sin conocerla, así que hice lo único que siempre me ha funcionado, seguir.
Tres meses después de tener a Carlota, ya estaba en un set en Estados Unidos. No había tiempo para lamentos. Tenía una hija en brazos y un mundo por conquistar. Me fui porque sentí que era el momento, porque quería darle a mi hija oportunidades que no podía encontrar allá. Y porque siempre he sido así, me lanzo, arriesgo, vuelvo a empezar.
Y ahí estaba Univisión buscando rostros nuevos, presentadores con presencia, con conexión. Mira quién baila, nuestra belleza latina, quién tiene la razón. Y ahí entré yo. Luego vino Despierta América. un programa que me abrazó como si hubiera sido parte de mí. Y así, sin darme cuenta, empecé a escribir el capítulo más sólido de mi carrera.
Te voy a ser honesta, lo último que quería en ese momento era enamorarme. Acababa de llegar a Estados Unidos, recién divorciada, con una bebé en brazos. Mi energía estaba enfocada en trabajar, en reconstruirme, en adaptarme a una nueva vida lejos de todo lo que conocía. No estaba pensando en el amor ni por un segundo. Y entonces apareció él, Jorge Ramos, un hombre que jamás imaginé en mi vida.
Él, con esa seriedad casi intimidante, 14 años mayor, reconocido por enfrentar presidentes y ser la voz dura de las noticias. Yo venía de un mundo completamente distinto, pero el destino no pregunta, solo actúa. Nos conocimos en una grabación navideña con todo el elenco de Univisión. Estábamos rodeados de luces, cámaras, ruido, pero hubo un instante, uno solo, en el que me miró el celular y vio una foto de Carlota.
Ahí empezó todo. ¿Es tu hija? Me preguntó y esa simple pregunta se convirtió en una conversación y luego en otra y otra más. No hubo juegos, no hubo filtros, todo fue honesto desde el inicio. Nuestra conexión creció sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado allí esperando el momento justo. Pero claro, no fue todo color de rosa. Él es ateo.
Yo, devota de la Virgen. Él es estructurado, analítico, racional. Yo soy alma, emoción, corazón. Pero tal vez por eso mismo nos equilibramos. Aprendimos a convivir con nuestras diferencias y a valorarlas. Pasaron los años, 13 para ser exacta, y todavía estamos aquí juntos, en silencio, pero sólidos, sin necesidad de hacer ruido.
El verdadero amor no necesita titulares. Durante ese tiempo, mi vida también cambió. Me retiré de Despierta, América, porque sentía que había llegado el momento de volver a mí. Mi hija me necesitaba. Había pasado demasiadas horas al cuidado de una niñera mientras yo corría de set en set. Sentí culpa y esa culpa me enseñó a frenar.
Aposté por nuevos proyectos. Nuestra belleza latina, mira quién baila, premio lo nuestro. Luego vino algo que siempre había querido hacer, crecer como empresaria. Audicioné incluso para CBS, pero Univisión por contrato, no me dejó ir más allá. Solo pude grabar una temporada. Y entonces, después de 14 años lejos de la actuación, regresé a la pantalla con un papel en por amar sin ley.
Fue como volver a casa. Pero con una nueva versión de mí no me detuve. Me convertí en imagen de marcas, trabajé con bancos, fundé mi propia línea de Skincare Chiqui y luego Growing O Collection, mi marca de ropa. También quiero hacer zapatos, perfumes, tengo 1000 ideas, siempre estoy soñando.
Pero aunque muchos vean brillo, no todo ha sido fácil. He tenido que ser fuerte, muy fuerte. Mi hija mayor fue diagnosticada con tiroiditis crónica y eso me cambió la vida. Tuve que reaprenderlo todo, cómo alimentarnos, cómo vivir, cómo cuidarla. Me volví una investigadora mezclando medicina tradicional con terapias alternativas.
Y hoy comparto todo lo que aprendí porque sé que allá afuera hay otras madres como yo, que están luchando, buscando respuestas, sintiéndose solas. Yo también estuve ahí y por eso hablo para que sepan que no están solas. Mira, yo sabía lo que iba a pasar. Sabía que iba a hablar el país entero, pero aún así decidí salir en televisión ese día porque no tengo nada que esconder. Fue el 3 de junio.
Me presenté en el programa Desiguales y en cuestión de minutos las redes explotaron, literalmente, como si lo único que importara fuera mi cara. Los comentarios eran brutales. ¿Qué se hizo? No se parece a ella. Está irreconocible. Se ve hinchada, retocada, desfigurada. Miles de mensajes, algunos con lástima. Otros con rabia y muchos simplemente crueles.
Y sí, dolió porque uno se acostumbra a los alagos, pero nunca se acostumbra a que cuestionen tu identidad como si fueras un maniquí. Y lo más irónico de todo es que nadie preguntó cómo me sentía. Nadie preguntó qué estaba viviendo, que estaba atravesando, qué había detrás de esa imagen que tanto les incomodó.
Me puse botox, rellenos, cambios. ¿Y qué si lo hice? ¿Qué mujer no se ha mirado al espejo y ha querido mejorar algo? Pero aquí no se trata solo de estética, se trata de presión, de estar siempre bajo lupa, de que si no cambias te llaman descuidada y si lo haces te llaman falsa. Pero también aprendí algo, sigo generando conversación, sigo importando, porque si fuera irrelevante nadie estaría hablando de mí.
Y quiero aprovechar esta polémica para decir algo que nunca he dicho en voz alta a mis 52 años. Me sigo sintiendo más mujer que nunca, no por lo que ven en mi rostro, sino por lo que hay detrás de él, por mi historia, por mis heridas, por mi resiliencia. Sí, cambié y seguiré cambiando porque estoy viva, porque estoy creciendo, porque no le debo explicaciones a nadie más que a mí misma.
Y a quienes me critican, gracias. Me recuerdan que todavía tengo poder. Poder para mover emociones, para provocar, para no pasar desapercibida. Y a quienes me defienden, gracias también. Me sostienen, me inspiran, me dan fuerza para seguir saliendo, incluso cuando no todo el mundo entiende lo que ve. Así soy yo con todo lo que soy y sin pedir perdón por serlo.
Sí, sé perfectamente cuál es la pregunta que todo el mundo quiere hacerme, aunque nadie se atreva a decirla en voz alta. Fui yo la tercera en discordia entre Jorge Ramos y Ana de la Reguera. Y mi respuesta es clara, no lo fui, pero tampoco me voy a disculpar por enamorarme. Cuando conocí a Jorge, él estaba solo.
Que había historias inconclusas, tal vez cosas sin resolver, probablemente. Pero lo que hubo entre nosotros fue real desde el primer día. No robé a nadie, no interrumpí nada, no fui esa villana que muchos inventaron en sus fantasías. ¿Y saben qué? que Ana hiciera esas publicaciones en su momento, insinuando cosas sin decirlas, solo alimentó el morvo.
Lo entiendo, estaba dolida y le deseo paz, pero eso no significa que yo tenga que cargar con una culpa que no me pertenece. La gente ve a Jorge como esa figura seria, el periodista intocable, pero nadie sabe lo que hay detrás de ese personaje. Nadie ve las contradicciones, los conflictos, las decisiones que otros también tomaron.
Porque no fui solo yo quien empezó algo nuevo, él también eligió. Y sí, durante años callé. Me guardé todo. Aguanté los comentarios, los titulares, los insultos por amor, por respeto, por no seguir echándole fuego a una historia que ya ardía sola, pero ya estuvo. No voy a seguir pagando por lo que otros quieren creer.
Jorge y yo no fuimos un escándalo. Fuimos y somos una historia de amor que nació entre el ruido y sobrevivió al ruido. Y si eso incomoda a algunos, lo siento, pero yo ya no vivo para complacer expectativas ajenas. Y ahora queremos saber tu opinión. ¿Qué piensas de todo lo que ha vivido y revelado Chiquinquirá Delgado? ¿Crees que fue realmente la tercera en discordia o simplemente una mujer que se atrevió a amar sin pedir permiso? Déjanos tu comentario aquí abajo porque leemos cada uno.
No olvides darle like a este video si te atrapó la historia y suscribirte al canal para descubrir más secretos, confesiones y trayectorias sorprendentes del mundo del espectáculo.