JUAN GABRIEL: EL HIJO ASQUEROSO que lo CREMÓ… y Los HIJOS SECRETOS que EXCLUYÓ de su HERENCIA

JUAN GABRIEL: EL HIJO ASQUEROSO que lo CREMÓ… y Los HIJOS SECRETOS que EXCLUYÓ de su HERENCIA

29 de agosto de 2016, Santa Mónica, California. Casa de descanso del cantante mexicano Juan Gabriel. 10:30 de la mañana, un hijo de 30 años llamado Iván Aguilera llega en un coche negro a la puerta de la residencia con la cara descompuesta. Los empleados lo esperan afuera. Sabían lo que había pasado desde hace apenas 90 minutos.

 Iván sube directo a la habitación principal, sin saludar a nadie. Su padre está tirado en la cama, boca arriba, con la ropa del día anterior todavía puesta. Alberto Aguilera Baladés, conocido en todo el mundo hispano como Juan Gabriel, había muerto solo esa mañana, 66 años. Infarto masivo mientras descansaba después del concierto que había dado la noche anterior en Los Ángeles.

 Los médicos de la ambulancia certificaron la muerte a las 11:20. Iván llegó 7 minutos después y tomó una decisión que iba a marcar los siguientes 10 años. Le pidió al médico forense que agilizara los trámites de crema. Le dijo a los abogados que quería el cuerpo incinerado antes del funeral público. Le explicó al equipo de prensa que su padre siempre había querido ser cremado.

 Le ordenó a los empleados de la casa que empacaran las cosas personales del cantante para llevarlas a su propiedad de Cancún y le mandó un comunicado oficial a los medios de comunicación de México, anunciando que Juan Gabriel había fallecido de causas naturales y que sería cremado antes del velorio público.

 Todo esto pasó en menos de 72 horas y cuando el cuerpo de Juan Gabriel entró al horno crematorio de un cementerio de Los Ángeles la mañana del 1 de septiembre de 2016, Iván Aguilera respiró tranquilo por primera vez desde la muerte de su padre, porque el cadáver ya no existía. Y con el cadáver ya no existía tampoco la única prueba biológica que podía cambiar el destino de la fortuna más grande de la música mexicana del siglo XX.

 300 millones de dólares en regalías, propiedades en México, Estados Unidos, España, Argentina, derechos de autor de más de 1800 canciones vendidas en todo el mundo hispano durante cinco décadas y un testamento firmado apenas dos años antes de la muerte, donde Juan Gabriel nombraba a un solo heredero universal, Iván Aguilera Salas, su hijo, el único hijo biológico oficialmente reconocido por Juan Gabriel en vida, un joven de 30 años que había nacido por fertilización invitro con una mujer llamada Laura Salas, hermana del mejor amigo del

cantante y que había sido presentado al mundo entero como el heredero natural de la fortuna Aguilera. Pero lo que Iván Aguilera no había contado a la prensa esa mañana de agosto, lo que había preferido enterrar junto con el cuerpo cremado de su padre, lo que estaba escondiendo detrás del comunicado apresurado que envió a los periódicos mexicanos era otra cosa, que había por lo menos 11 hijos más de Juan Gabriel esperando afuera de aquel testamento.

 11 hijos biológicos, adoptivos y presuntos, que la muerte de agosto de 2016 iba a hacer aparecer en cuestión de meses. 11 nombres que llevaban años esperando el momento adecuado para exigir lo que consideraban suyo. 11 historias que Juan Gabriel había mantenido escondidas de la prensa mexicana durante décadas, cada una con una mujer distinta, cada una con un secreto distinto, cada una con un pedazo del Imperio Aguilera reclamado.

 Y en el centro de todo la sospecha que aún hoy divide a la familia Aguilera y a los seguidores del divo de Juárez, que la cremación acelerada del cuerpo no había sido una casualidad. que el heredero universal había querido evitar que nadie más pudiera probar por vía de ADN lo que él ya sabía, que Juan Gabriel tenía hijos regados por medio continente, que la fortuna que estaba por heredar podía repartirse en pedazos pequeños si las pruebas genéticas se hacían con el cuerpo entero antes de la incineración.

Esta es la historia que la industria del espectáculo mexicano intentó tapar durante casi una década. La verdad sobre los hijos ocultos del cantante más grande del siglo XX hispano, la cronología de las mujeres que pasaron por su vida sin que la prensa se enterara y el destino de los millones de dólares que Iván Aguilera se llevó a Cancún después del funeral apresurado en Los Ángeles.

 Para entender por qué Juan Gabriel escondió tantos hijos durante tanto tiempo, hay que ir hasta el principio, hasta un pueblo pequeño de Michoacán, donde enero de 1950 nació un niño en una casa de adobe con techo de paja, hijo de un padre esquizofrénico que iba a ser encerrado en un manicomio, y de una madre lavandera, que iba a abandonarlo en un orfanato antes de que cumpliera los 5 años. Vámonos para allá.

 7 de enero de 1950. Parícuaro, Michoacán, un pueblo agrícola de apenas 2000 habitantes, perdido en las montañas del centro de México, a 5 horas por caminos de terracería desde la ciudad de Morelia, en una casa modesta con piso de tierra, techo de paja y un solo cuarto para toda la familia, doña Victoria Baladés Rojas da a luz a su décimo hijo.

 Un varón chiquito, moreno, con los ojos negros grandes, le ponen Alberto Aguilera Baladés. Es el último de 10 hermanos. El padre, don Gabriel Aguilera Rodríguez, era campesino. Trabajaba las mil pasajenas por jornal, buen hombre, pero enfermo desde hacía años. Sufría episodios de lo que en el pueblo llamaban los nervios. Se le olvidaban las cosas, hablaba solo.

 Se despertaba a medianoche gritando nombres de personas que nadie conocía. Doña Victoria lo aguantaba con la paciencia de las mujeres campesinas mexicanas, que en aquellos años no tenían otra opción. Cuando Alberto tenía apenas 9 meses, don Gabriel tuvo la peor crisis de su vida. Se levantó una madrugada, salió de la casa y le prendió fuego al monte de Milpas, donde trabajaba.

 Los vecinos lo detuvieron antes de que quemara medio pueblo. La policía municipal lo llevó a Morelia y los médicos del hospital estatal lo diagnosticaron con esquizofrenia aguda. Lo internaron en el hospital psiquiátrico de la Castañeda en la Ciudad de México en octubre de 1950. Don Gabriel Aguilera Rodríguez no volvió a salir de aquel manicomio.

 Murió ahí en 1958 después de 8 años internado, sin haber vuelto a ver nunca a su familia. Sus hijos jamás supieron cómo era la cara de su padre. Alberto, el bebé más chico, nunca escuchó siquiera la voz de don Gabriel. Doña Victoria quedó sola en Parícuaro con 10 hijos y ninguna forma de mantenerlos. Vendió lo poco que tenía.

 Los animales del corral, los muebles de la casa, las herramientas de la branza de don Gabriel. Y en 1952, cuando Alberto tenía 2 años cumplidos, tomó la decisión más dura de su vida. Empacó a los 10 hijos en un camión de línea y se fue con todos a Ciudad Juárez, en la frontera con Estados Unidos, donde había trabajo para las mujeres lavando ropa ajena a los americanos que cruzaban el puente todos los días.

 Alberto creció en Ciudad Juárez, pero no con su madre. Porque doña Victoria, después de un año de intentar mantener a los 10 hijos con lo que ganaba lavando ropa, entendió que no podía. Los mayores ya estaban trabajando. Los medianos se habían escapado a las calles y el más chiquito, Alberto, requería demasiado cuidado para una mujer que salía de casa a las 5 de la mañana y regresaba a las 10 de la noche.

 En 1954, doña Victoria llevó a Alberto al orfanato Semase de Ciudad Juárez. tenía 4 años cumplidos. Doña Victoria le dijo al niño que lo dejaba unos días con las monjas mientras ella conseguía un trabajo mejor, que iba a volver pronto, que aquello era temporal. Alberto la escuchó parado en la puerta del orfanato, con su ropa de días y una pequeña bolsa de tela con dos camisas dobladas adentro.

 Doña Victoria no volvió a buscarlo, ni esa semana, ni el mes siguiente, ni el año que vino después. Alberto pasó los siguientes 8 años de su vida en aquel orfanato de Ciudad Juárez, esperando cada tarde que su madre viniera por él y saliera corriendo del portón principal cuando escuchaba el ruido de un coche que se detenía afuera. Nunca era ella.

 Y esa espera que se repitió miles de veces durante los años más importantes de la infancia del niño Alberto Aguilera Baladez, iba a instalarle en el pecho una herida que ninguna cantidad de fama, dinero, aplausos ni escenarios llenos podría cerrar durante los siguientes 60 años de vida. La herida de la madre que abandona, la herida de la que no vuelve, la herida que iba a marcar cada canción que Juan Gabriel escribió durante toda su carrera.

 Amor eterno, que muchos creen que la escribió después de la muerte de doña Victoria en 1974. Es en realidad la canción de un niño de 4 años esperando en la puerta de un orfanato a que su madre regresara. La escribió como catarsis, como forma de perdonar a una mujer que, según Juan Gabriel confesó una tarde en su casa de Cancún al periodista Fernando del Rincón, había sido la única mujer que había amado de verdad en toda su vida.

Su mamá, que lo abandonó. y a la que él pasó 40 años tratando de reconquistar. En el orfanato Semjase, Alberto Aguilera Baladés encontró algo que le salvó la vida. un maestro de música llamado Juan Contreras, que le enseñó a tocar el piano y le puso el apodo con el que años después se iba a hacer famoso en todo el mundo hispano.

 Juanga Alberto pasó 8 años en aquel orfanato aprendiendo a leer partituras, aprendiendo a componer canciones sencillas, aprendiendo a acompañar en el piano las misas de los domingos y, sobre todo, aprendiendo a esconder en la música lo que no podía decir en voz alta a nadie. la rabia contra su madre, la confusión de no tener padre, el miedo constante de que los otros niños del orfanato se dieran cuenta de lo que Alberto ya sospechaba desde los 7 años, pero que no se atrevía todavía a nombrar por dentro, que le gustaban los hombres. En 1962,

cuando Alberto tenía 12 años, se escapó del orfanato Semjase. Regresó a la casa donde su madre vivía en Ciudad Juárez. Doña Victoria lo recibió sin sorpresa, como si hubiera estado esperando aquella escena durante 8 años. Le dio de comer, le puso ropa limpia y le dijo que se podía quedar unos días mientras encontraba a dónde mandarlo.

 Alberto pasó los siguientes 3 años trabajando en cuanto oficio aparecía en la ciudad fronteriza, cargador de bultos en el mercado, lavaplatos en un restaurante, cantante de fiestas familiares por propinas, vendedor de billetes de lotería. Todo para poder comer y para poder dormir bajo el techo de la casa de doña Victoria, que lo trataba más como un huésped incómodo que como un hijo.

 A los 15 años, Alberto Aguilera se fue de Ciudad Juárez para siempre. Se fue en autobús rumbo a la Ciudad de México con 20 pesos en el bolsillo y una guitarra prestada al hombro. Se instaló en un cuarto de vecindad en la colonia Guerrero. Empezó a cantar en cabarets de mala muerte de la avenida Insurgentes. Compuso sus primeras canciones.

 Las intentó vender a las disqueras sin éxito durante casi 4 años. Y entonces, en junio de 1970, cuando Alberto tenía 20 años cumplidos, pasó algo que iba a marcar el resto de su vida. Lo detuvieron. La policía federal irrumpió en el cabaret Marlombrando de la Ciudad de México durante una redada nocturna. Alberto Aguilera estaba cantando en el escenario.

 Lo bajaron a golpes junto con 15 hombres más. Los subieron a una camioneta, los llevaron al palacio negro de Lecumberry, la cárcel más famosa de México. Alberto pasó los siguientes 4 años preso. La acusación oficial decía que había robado ropa en una tienda del centro. Nunca se probó. Los testigos que la policía había presentado desaparecieron a las pocas semanas.

 El expediente se llenó de irregularidades, pero Alberto siguió preso, sin abogado, sin visitas de la familia, sin nadie afuera que se ocupara del caso. 4 años exactos adentro de Ecumberry, Alberto Aguilera aprendió lo que iba a hacer el resto de su vida. Aprendió que en México un joven pobre, sin apellido, sin dinero, sin conexiones políticas, podía terminar 4 años encerrado sin haber cometido delito.

 Aprendió que la palabra de la policía valía más que la de 20 testigos. Aprendió a sobrevivir entre asesinos, ladrones, delincuentes profesionales que le llevaban 20 años y el doble de tamaño, y aprendió a cantar en los pasillos de la prisión para conseguir cigarrillos y para conseguir que los guardias lo dejaran en paz por las noches.

 Cuando salió de Lecumberry en 1974, Alberto Aguilera Baladés tenía 24 años cumplidos. Estaba flaco, amarillo, con los ojos hundidos por 4 años de mala comida, con la ropa que llevaba puesta desde la última visita del abogado de oficio dos meses antes de la liberación, y con una decisión tomada en silencio durante las noches largas del último invierno adentro de la prisión, iba a cantar, iba a componer canciones, iba a hacer que México, el país que lo había encerrado 4 años injustamente, se aprendiera de memoria cada una de las canciones que Alberto Aguilera Baladés

llevaba escondidas en el pecho desde el orfanato de Ciudad Juárez y para lograrlo iba a necesitar un nombre nuevo, un nombre que no fuera el del preso número 348 de Lecumberry, un nombre que borrara todo lo que había pasado en aquellos 4 años que no debieron pasar. Alberto Aguilera Baladez se sentó una tarde de octubre de 1974 en un café de la colonia Roma de la Ciudad de México con una servilleta blanca enfrente y una pluma prestada.

Escribió cinco nombres, los tachó todos, escribió cinco más, los tachó también. Y entonces, con la mano todavía temblando por los 4 años de encierro, escribió dos palabras en la servilleta. Juan Gabriel, Juan por el maestro Juan Contreras, que le había enseñado piano en el orfanato Semjase de Ciudad Juárez.

 Gabriel por el padre que jamás conoció. D Gabriel Aguilera Rodríguez, muerto en un manicomio de la Ciudad de México cuando Alberto tenía apenas 8 años. Los dos hombres que habían marcado su infancia sin haberlo protegido. Los dos hombres que se habían ido antes de que Alberto pudiera pedirles lo que necesitaba pedirles.

 Los dos hombres cuyos nombres iban a acompañar al niño abandonado del orfanato hasta el día en que muriera de un infarto en Santa Mónica, California, 42 años después. Y desde aquella servilleta de la colonia Roma, en octubre de 1974, nació el cantante más grande que había dado la música mexicana del siglo XX. Un hombre que en los siguientes 40 años iba a grabar más de 18 canciones, que iba a llenar el palacio de bellas artes seis veces con conciertos que la industria del espectáculo iba a estudiar durante décadas, que iba a componer para Rocío

Durcal, para Lucha Villa, para Isabel Pantoja, para Maricela, para 50 cantantes más de habla hispana y que iba a tener en los años que estaban por venir tantos hijos secretos con mujeres distintas que cuando muriera En agosto de 2016, más de una docena de personas iban a salir de detrás de cortinas de todo el continente, diciendo ser sangre de su sangre.

 12 personas, cada una con una historia distinta, cada una con una prueba de ADN esperando, cada una con un pedazo del Imperio Aguilera que Iván Aguilera Salas, el hijo oficialmente reconocido, iba a intentar defender durante los siguientes 10 años con todas las armas legales y las cremaciones apresuradas que hicieran falta. Diciembre de 1974, Ciudad de México, estudios de grabación de RCA Víctor en la avenida Cuautemoc.

Juan Gabriel entra por la puerta principal con una carpeta llena de partituras escritas a mano y un traje prestado que le queda dos tallas más grande. Tiene 24 años cumplidos. Salió de Lecumberry hace apenas 6 meses y trae debajo del brazo una canción que iba a cambiar el rumbo de la música mexicana durante las siguientes cuatro décadas.

Se llama No tengo dinero. El productor de RCA, Víctor, era un hombre llamado Eduardo Magallanes. Escuchó a Juan Gabriel cantar la canción en el estudio con una guitarra prestada y un piano vertical desafinado. La escuchó una segunda vez, le pidió a Juan Gabriel que la cantara una tercera vez y le dijo que iba a grabarla al día siguiente.

 No tengo dinero. Salió a la venta en enero de 1975. vendió 300,000 copias en dos meses. México acababa de descubrir a un cantante nuevo, un joven flaco, moreno, con la sonrisa fácil y una voz que sonaba distinta a todo lo que se había hecho antes en la música ranchera. Juan Gabriel no cantaba como Jorge Negrete, no cantaba como José Alfredo Jiménez, no cantaba como Pedro Infante, cantaba como Juan Gabriel.

 Y eso en la industria musical mexicana de los años 70 era un fenómeno que los productores de RCA Víctor no sabían cómo empaquetar del todo, pero el público sí lo entendió desde el primer día. Las siguientes canciones fueron todavía más grandes. Se me olvidó otra vez en 1975 hasta que te conocí en 1976. Costumbres y el destino en 1977.

Cada disco vendía más que el anterior, cada gira llenaba salas más grandes. Y Juan Gabriel, el niño abandonado del orfanato Semjase, se convirtió en cuestión de 3 años en la figura más rentable de la música mexicana de aquella década. Ganó dinero de verdad por primera vez en su vida y ese dinero lo usó, según contaría, décadas después en varias entrevistas para hacer dos cosas.

 La primera fue comprar una mansión en la avenida Bosques de Las Lomas en la Ciudad de México, con 22 habitaciones y 5,000 m² de terreno. La segunda fue viajar a Ciudad Juárez y comprar una casa modesta cerca del centro. Le entregó las llaves a doña Victoria Baladés Rojas, la madre que lo había abandonado en el orfanato Semjase 20 años antes.

 Le dijo que la casa era para ella. le pagó una empleada doméstica de tiempo completo, le abrió una cuenta bancaria con una mesada mensual generosa. Doña Victoria aceptó todo sin decir gracias, como si aquello fuera una deuda que Juan Gabriel le debía pagar por haber traído al mundo al hijo más talentoso que había tenido México en 50 años.

 La relación entre Juan Gabriel y doña Victoria fue el drama emocional más profundo de la vida del cantante. Un drama que los biógrafos de Juan Gabriel han intentado desmenuzar durante décadas. Sin llegar a un consenso claro, doña Victoria era una mujer dura, silenciosa, poco cariñosa. Nunca le pidió perdón al hijo por haberlo dejado en el orfanato.

 Nunca lo abrazó en público, nunca le dio las señales que Juan Gabriel llevaba esperando desde los 4 años. Y Juan Gabriel, según el mismo confesó en una entrevista con Verónica Castro en 1988, pasó el resto de su vida tratando de comprar el amor de su madre a base de regalos, dinero, propiedades y detalles que doña Victoria recibía sin agradecer.

Cuando doña Victoria murió, en noviembre de 1974, tr meses antes del lanzamiento oficial de No tengo dinero, Juan Gabriel se enteró por una llamada telefónica de su hermano mayor mientras estaba en Los Ángeles negociando un contrato de gira. Escuchó la noticia, colgó el teléfono, salió al balcón del hotel donde estaba hospedado y se quedó mirando el horizonte de California durante casi 3 horas sin llorar.

 Al día siguiente, en el vuelo de regreso a Ciudad Juárez para asistir al entierro, escribió en una servilleta de American Airlines la primera versión de una canción que iba a estrenar 6 meses después y que se iba a convertir en el himno emocional de todos los hijos del mundo hispano que perdieron a una madre. Amor eterno. La canción no era, como muchos creyeron durante décadas, una carta de amor romántica.

 Era una carta de un hijo a la madre que lo había abandonado. Una carta escrita con la certeza brutal de que Juan Gabriel ya nunca iba a poder decirle a doña Victoria cara a cara las cosas que había ensayado durante 20 años, esperando el momento adecuado, como quisiera ahí que tú vivieras, que tus ojitos jamás se hubieran cerrado nunca.

 Ese verso que millones de personas en México y en todo el mundo hispano cantaron sin saber la historia detrás era la última conversación que Juan Gabriel jamás pudo tener con doña Victoria. Una conversación entre un hijo de 24 años recién salido de la cárcel y una madre de 58 años muerta antes de que el hijo pudiera decirle lo que necesitaba.

 decirle desde los 4 años parado en la puerta del orfanato Semase. Con la madre enterrada, Juan Gabriel volcó todo lo que le quedaba de capacidad emocional en la carrera musical. Los años 70 se convirtieron en la década más productiva de su vida. Grabó más de 30 discos entre 1975 y 1980. Compuso canciones para otras cantantes de habla hispana.

 Empezó a trabajar con Rocío Durcal en 1977. le escribió a Lucha Villa, le compuso a Angélica María. Cada disco era un éxito, cada gira multiplicaba la fortuna. Y Juan Gabriel, el niño del orfanato Senjase, se convirtió en cuestión de una década en el compositor más rico de la industria musical mexicana. Pero adentro de la mansión de Bosques de las Lomas, según se enteraría la prensa mexicana, 20 años después pasaba algo muy distinto de lo que las revistas de espectáculos contaban en las portadas.

 Juan Gabriel estaba construyendo en silencio la familia más extraña que había tenido un artista latinoamericano del siglo 20. Todo empezó en 1977. Ese año Juan Gabriel conoció a un hombre llamado Jesús Salas, un empresario del entretenimiento con contactos en la industria musical y en el turismo. Jesús Salas se convirtió en cuestión de meses en el mejor amigo del cantante.

 Comían juntos casi todos los días, viajaban juntos por el país. Jesús Salas terminó siendo el asistente personal, confidente y administrador informal de las finanzas de Juan Gabriel durante los siguientes 40 años. Jesús Salas tenía una hermana menor. Se llamaba Laura Salas, una mujer discreta, católica, de familia de clase media alta, con estudios de arquitectura y unos 30 años cumplidos en 1980.

Laura no era del mundo del espectáculo, no cantaba, no actuaba, no aparecía en revistas ni en programas de televisión. Era una mujer de perfil bajo que trabajaba en una empresa constructora de la Ciudad de México. Juan Gabriel le hizo una propuesta a Laura Salas en 1985. Le explicó que él ya sabía desde la infancia en el orfanato semjase que le gustaban los hombres.

 le dijo que la sociedad mexicana de aquellos años jamás iba a aceptar públicamente a un cantante homosexual como figura pública. Le contó que quería tener hijos propios, pero que no podía tenerlos por vía natural y le pidió, con toda la formalidad que era capaz de tener, que ella fuera la madre biológica de sus hijos por vía de fertilización inv vitro, Laura Salas aceptó.

 Y en abril de 1986, después de un tratamiento médico en un hospital privado de Houston, Texas, nació Iván Gabriel Aguilera Salas, el primer hijo biológico oficial de Juan Gabriel, un niño moreno con los ojos negros grandes que se parecía a doña Victoria Baladés Rojas más que a nadie de la familia paterna. Juan Gabriel lloró la noche que nació Iván en el hospital de Houston, según contó Laura Salas décadas después en una entrevista discreta con una revista mexicana.

 Lloró porque acababa de tener el primer familiar de sangre propia que había podido cuidar de verdad desde el primer día, porque el niño Iván iba a crecer con un padre presente, con una madre presente, sin orfanatos, sin abandonos, sin las heridas que Juan Gabriel llevaba cargando desde Ciudad Juárez. Y Laura Salas se instaló con el bebé Iván en brazos en la mansión de bosques de las lomas de la Ciudad de México, en una habitación grande del ala oeste de la casa, con una empleada doméstica personal, con una niñera de tiempo

completo, con todo lo que Juan Gabriel podía comprarle a la madre de su primer hijo biológico para asegurarse que aquella criatura tuviera la infancia opuesta a la que él había tenido en el orfanato Semjase. La niñera de Iván era una mujer joven llamada Consuelo Rosales, originaria de Guerrero. 26 años cumplidos.

 Morena bonita con la sonrisa fácil de las mujeres del sur de México. Consuelo había llegado a la mansión de Bosques de las Lomas en 1987, recomendada por una amiga de Laura Salas. Su trabajo consistía en cuidar a Iván durante el día, mientras Laura Salas se dedicaba a otras cosas y Juan Gabriel viajaba de gira por medio continente.

 Consuelo Rosales vivía dentro de la mansión, en una habitación pequeña del ala este de la casa, con acceso a la cocina, al jardín, a la biblioteca de Juan Gabriel y con una cercanía cotidiana al cantante que en cuestión de meses se convirtió en algo más de lo que Laura Salas había previsto cuando había recomendado a la niñera.

 En 1988, Consuelo Rosales quedó embarazada. El padre del bebé era Juan Gabriel. El hijo se llamó Joao Gabriel Alberto Aguilera Rosales. Nació en enero de 1989 en un hospital privado de la Ciudad de México y creció durante los siguientes años de su infancia dentro de la misma mansión de bosques de las lomas donde vivía Iván Aguilera Salas.

 Los dos niños se criaron como hermanos, sin que nadie afuera de las paredes de la casa supiera exactamente qué pasaba, sin que la prensa mexicana se enterara durante casi 30 años del arreglo doméstico que Juan Gabriel había construido dentro de aquella mansión de 22 habitaciones, un cantante homosexual, dos mujeres bajo el mismo techo, la madre biológica del hijo oficial y la niñera del hijo oficial, que también era madre biológica de un segundo hijo del cantante.

 Dos niños creciendo como hermanos, sin saberlo del todo. Todos comiendo en la misma mesa, todos rezando en la misma capilla familiar. Todos guardando el secreto que en la Sociedad Católica Mexicana de los años 80 y 90 habría destruido la carrera del cantante en cuestión de días. Pero ese secreto no era el único, porque además de Iván y Joao, Juan Gabriel tenía otros hijos regados por medio continente, otros nombres, otras mujeres, otras historias que los biógrafos del divo de Juárez tardaron décadas en armar. En 1973,

2 años antes de que No tengo dinero saliera a la venta, Juan Gabriel había tenido un encuentro breve con una mujer llamada Dora Hill en Ciudad Juárez. La mujer quedó embarazada. Dio a luz a una niña que llamó Claudia Gabriela. Juan Gabriel firmó una carta notariada permitiendo que la niña llevara el apellido Aguilera, pero jamás la vio en persona.

 Nunca fue al hospital, nunca le mandó dinero de manutención, nunca la mencionó en ninguna entrevista pública durante los siguientes 43 años. Claudia Gabriela creció en Ciudad Juárez sabiendo que era hija de Juan Gabriel y aprendió a callar por respeto a la madre y por miedo a la reacción del cantante si alguna vez lo confrontaba.

 En 1990, Juan Gabriel tuvo otro encuentro con una mujer llamada Guadalupe, conocida como Lupe. La relación duró un par de semanas. 9 meses después nació un niño llamado Luis Alberto Aguilera. Juan Gabriel no reconoció al niño oficialmente, no le dio el apellido en el acta de nacimiento, no pagó manutención, no lo mencionó en ninguna entrevista, pero Guadalupe crió al niño en Nevada, Estados Unidos, con la certeza absoluta de que era hijo del divo de Juárez y esperando el momento adecuado para poder demostrarlo.

 Y a partir de los años 90, según revelaría la cantante dulce, gran amiga de Juan Gabriel, en una entrevista con Univisión en 2018 aparecieron por lo menos otros dos hijos ocultos más. Un hombre alto que hoy tiene alrededor de 40 años, un niño más pequeño de alrededor de 10 años en 2018, ambos con el apellido Aguilera, ambos con madres distintas, ambos que Juan Gabriel había mantenido escondidos hasta el día en que murió. Y hay más.

 En 1992, según relataría después la periodista Ema Coronel a una revista peruana, Juan Gabriel donó su esperma a una pareja de amigos que no podían concebir. La pareja se llamaba André de Regjil y Briseí Landa Verde. De aquella donación nacieron unas gemelas llamadas Alberta y Ansira, genéticamente hijas del cantante, criadas por otros padres.

 Y en Perú, en 2017, un joven llamado Julius apareció públicamente afirmando ser hijo biológico de Juan Gabriel, producto de un encuentro breve del cantante durante una gira sudamericana a finales de los años 90. Cada uno de estos hijos tuvo una historia distinta, cada uno con una madre distinta, cada uno con un lugar geográfico distinto, cada uno con una relación diferente con la figura del padre ausente que llenaba estadios, mientras ellos crecían en casas modestas de Ciudad Juárez, Nevada, Perú y los suburbios de California. Y cada uno, sin

saberlo todavía, iba a aparecer en cuestión de meses después de la muerte de Juan Gabriel, en agosto de 2016, con documentos, con pruebas de ADN esperando, con la esperanza de que aquel testamento que Juan Gabriel había firmado apenas dos años antes de morir se abriera lo suficiente para dejarles caer un pedazo pequeño de los 300 millones de dólares que el divo de Juárez había acumulado durante 40 años de carrera.

 Pero adentro de la mansión de bosques de las lomas, mientras estos hijos ocultos crecían en silencio en distintos rincones del continente, Iván Aguilera Salas estaba siendo criado con una certeza distinta, que él era el Hijo, el único, el biológico oficial, el futuro heredero de todo lo que su padre iba a construir durante las siguientes tres décadas.

 Y esa certeza, sembrada en Iván desde los primeros años de infancia por su madre Laura Salas y por el propio Juan Gabriel, iba a ser la que 30 años después iba a llevarlo a tomar la decisión más discutida de la historia reciente del espectáculo mexicano, la cremación apresurada del cuerpo de su padre antes de que ninguna prueba de ADN pudiera hacerse, antes de que ningún juez mexicano o estadounidense pudiera ordenar la comparación genética antes de que los otros 11 nombres que llev llevaban décadas esperando en distintas ciudades del continente pudieran

presentar formalmente sus reclamaciones sobre el imperio Aguilera, porque Iván Aguilera Salas había crecido creyendo que él era hijo único y no estaba dispuesto a compartir la fortuna con nadie más. El 29 de agosto de 2016, cuando entró a la habitación de su padre en Santa Mónica y se dio cuenta de que el momento que había estado imaginando durante años acababa de llegar.

 Enero de 2017. Estudios de Univisión en Miami. Un joven de 26 años entra al set de un programa de televisión con un sobre en la mano. Adentro del sobre hay un resultado de laboratorio firmado la semana anterior en un centro médico de Nevada. El joven se llama Luis Alberto Aguilera. El resultado del sobre dice 99.996%.

Su padre biológico era Juan Gabriel. 4 meses habían pasado desde la muerte del divo de Juárez, 4 meses desde la cremación acelerada en Los Ángeles, 4 meses en que Iván Aguilera Salas había estado consolidando el imperio Aguilera desde Cancún, convencido de que la fortuna estaba cerrada para siempre bajo su nombre.

 Y esa mañana de enero de 2017, el primer hijo oculto salía a la luz con la prueba biológica que ninguna cremación podía borrar, porque lo que Iván no había calculado cuando dio la orden de incinerar el cuerpo era una cosa, que el ADN de Juan Gabriel no vivía solamente en el cadáver del cantante, vivía también en la sangre de su hermano mayor Pablo Aguilera Baladés, que estaba vivo, coleba y aceptaba hacerse las pruebas comparativas que hicieran falta con cualquiera de los supuestos hijos que se atrevieran a presentarse y a partir de aquel

resultado de Luis Alberto empezó el desfile. Dos meses después, en marzo de 2017 apareció Joao Gabriel Alberto Aguilera Rosales, el hijo de Consuelo Rosales, la niñera que había vivido bajo el mismo techo que Laura Salas durante los años 80. Joao tenía 24 años y llevaba fotografías de su infancia dentro de la mansión de bosques de las Lomas, jugando con Iván en el jardín.

Fotografías donde los dos niños comían en la misma mesa. Fotografías donde Juan Gabriel abrazaba a los dos por igual. La prueba de ADN comparativa con Pablo Aguilera se hizo en un laboratorio privado de Los Ángeles. Resultado 99.95%. Joao Gabriel era hijo biológico del cantante y era, más importante que eso, medio hermano de Iván Aguilera Salas, criado bajo el mismo techo durante los primeros años de infancia, sin que ninguno de los dos hubiera sabido oficialmente que compartían padre.

Cuando la revelación se hizo pública en Univisión, con las mismas cámaras que habían presentado el caso de Luis Alberto meses antes, Joao hizo una declaración que sacudió a la industria del espectáculo mexicano. Le dijo al periodista Borja Voces mirando directo a la cámara seis palabras. Iván cremó a mi papá posta.

 Le dijo que la familia oficial había ordenado la incineración apresurada del cuerpo con el único objetivo de evitar futuras pruebas de ADN. Le dijo que Iván no lo había invitado al funeral ni al velorio público. Le dijo que llevaba semanas intentando comunicarse con su medio hermano y que Iván se negaba a contestar las llamadas.

 Y le dijo con la voz temblando por la mezcla de dolor y rabia que iba a impugnar el testamento en los tribunales mexicanos. La demanda se presentó en la Ciudad de México en abril de 2017. Iván Aguilera contestó desde Cancún con un comunicado breve que el testamento de su padre estaba en regla, que Juan Gabriel había firmado los documentos ante notario público 2 años antes de morir, que la prueba de ADN de Jooao no cambiaba las voluntades escritas del cantante y que la familia oficial iba a defender legalmente cada uno de los derechos que Alberto Aguilera

Baladés había dejado establecidos en vida. El juicio duró casi 2 años. En enero de 2019, un juez de la Ciudad de México dictaminó que el testamento era válido y que Iván Aguilera Salas seguía siendo el heredero universal. Joao Gabriel había perdido la primera batalla legal, pero la guerra apenas empezaba porque a las pocas semanas del fallo apareció otro nombre, Julius Manuel Aguilera, un joven peruano de 18 años, criado por sus abuelos en Lima después de la muerte de su madre en un accidente de tráfico. Julius llegó a México con

documentos, fotografías, una carta manuscrita que su madre había guardado hasta el día de su muerte y una petición para hacerse la prueba de ADN comparativa con Pablo Aguilera Baladés. El resultado dado a conocer en mayo de 2019 salió 99.98%. Julius era hijo biológico de Juan Gabriel producto de un encuentro breve del cantante durante una gira sudamericana en 1999.

Iván Aguilera guardó silencio otra vez desde Cancún y a partir de aquel resultado empezó a fluir la información de otros nombres que llevaban años esperando en distintos rincones del continente. Claudia Gabriela Aguilera Hill, la hija de Dora Hill, nacida en Ciudad Juárez en 1973, publicó una entrevista en una revista mexicana confirmando su parentesco con Juan Gabriel y mostrando la carta notariada que el cantante había firmado, permitiendo el uso del apellido.

 Nunca lo había demandado, nunca había querido dinero, solamente quería que México supiera que existía. En septiembre de 2018, la cantante dulce, gran amiga de Juan Gabriel durante casi 40 años, dio una entrevista a Univisión, donde reveló los nombres de dos hijos ocultos más. Un hombre profesional, guapo, de alrededor de 40 años, que Juan Gabriel había considerado su gran orgullo, pero que no había querido salir a la luz jamás.

 y un niño más pequeño de alrededor de 10 años en el momento de la entrevista con el apellido Aguilera, hijo de una mujer distinta a las anteriores. Dulce no reveló los nombres de las madres ni los apellidos completos de los niños. solamente confirmó que existían, que Juan Gabriel le había hablado de ellos en varias ocasiones durante sus últimos años de vida y que le había pedido que jamás lo mencionara en público mientras él estuviera vivo.

 Dulce había cumplido la promesa hasta después de la muerte y aquella entrevista abrió otra herida en el Imperio Aguilera que Iván Aguilera Salas intentó desde Cancún tapar sin conseguirlo del todo. Además de estos hijos aparecidos por vía biológica, estaban los tres hermanos adoptivos que habían crecido con Iván en la mansión de bosques de las Lomas, Joan, Hans y Jan Aguilera.

 Los tres adoptados por Juan Gabriel de Niños, los tres criados por Laura Salas como si fueran hijos naturales suyos, los tres que también reclamaban su parte de la herencia en pleitos legales que se han arrastrado durante casi 10 años en tribunales mexicanos y estadounidenses, y los dos hijos adoptivos mayores. Alberto Aguilera Junior, el primogénito, adoptado a los 12 años del orfanato Semjase de Ciudad Juárez, el mismo orfanato donde Juan Gabriel había pasado su propia infancia entre 1954 y 1962.

Alberto Junior había tenido una relación complicada con su padre desde la adolescencia, alcoholismo, drogas, peleas familiares. En 2012, su hijo Héctor Alberto Aguilera Io, único nieto de Juan Gabriel, había muerto de sobredosis a los 23 años. El cantante nunca se lo perdonó a Alberto Junior. La relación se rompió definitivamente entonces y Alberto Junior quedó excluido del testamento en gran medida.

 En total, cuando terminen de aparecer los reclamantes, los expertos legales estiman que el número final de personas que reclaman ser hijos biológicos, adoptivos o donados de Juan Gabriel Aguilera Baladés, podría llegar hasta 12 personas, cada una con una historia distinta, cada una con una madre distinta, cada una con una fracción del Imperio Aguilera, esperando ser distribuida en tribunales que hasta hoy no terminan de resolver el pleito iniciado en agosto de 16 con la cremación acelerada del cuerpo en Los Ángeles. Y en el centro de esta guerra

sigue hasta hoy Iván Aguilera Salas, el heredero universal, el administrador oficial del legado, el único hombre con acceso a las cuentas bancarias, a las regalías, a los derechos de autor de más de 1800 canciones que Juan Gabriel había compuesto durante 40 años de carrera. El hijo que había crecido convencido de que la fortuna era suya y solo suya y que ahora, casi 10 años después de la muerte de su padre, sigue defendiendo cada centavo con abogados en México, en Estados Unidos, en España, en Perú.

 Pero mientras la guerra legal continúa, algo se rompió dentro del legado emocional de Juan Gabriel Aguilera Baladés para siempre. Porque la imagen del divo de Juárez que el mundo hispano había construido durante 40 años, la imagen del cantante generoso, del compositor sensible, del hombre que había cantado Amor eterno al recuerdo de su madre muerta, quedó marcada desde agosto de 2016 por la sospecha permanente.

 La sospecha de que Juan Gabriel había mantenido a docenas de hijos regados por el continente durante 40 años sin haberse hecho cargo de ellos. La sospecha de que los había preferido escondidos por conveniencia, la sospecha de que había dejado atrás en cada gira a cada mujer con la que había tenido un hijo, con la misma indiferencia con la que doña Victoria Baladez Rojas lo había dejado a él en el orfanato Semjase en 1954.

El niño abandonado había terminado abandonando también. Y esa era quizás la traición más profunda que Juan Gabriel se había hecho a sí mismo durante sus 66 años de vida. Doña Victoria le había enseñado sin querer el patrón que él iba a repetir después con cada hijo que tuvo, con cada mujer que pasó brevemente por su vida, dejarlos, mandarles dinero desde lejos, nunca acercarse del todo, nunca ser el padre que él mismo había necesitado desde los 4 años.

 Vas a recordar a Juan Gabriel la próxima vez que escuches Amor eterno en la radio. Vas a pensar en el divo de Juárez con el traje brillante y los brazos abiertos en el Palacio de Bellas Artes. Vas a pensar en las 18 canciones que compuso. Vas a pensar en la voz que unió a México con toda América Latina durante cuatro décadas.

 Y cuando lo hagas, acuérdate también de lo otro. Acuérdate del niño de 4 años parado en la puerta del orfanato Semyase esperando a una madre que nunca volvió. Acuérdate del joven de 20 años encerrado 4 años injustamente en Lecumberry por un delito que jamás cometió. Acuérdate del cantante que compró una casa en Ciudad Juárez para tratar de comprar el perdón de doña Victoria hasta el día en que ella murió sin haberlo abrazado nunca.

 Acuérdate de las mujeres que pasaron por su vida dejando hijos que él nunca terminó de reconocer del todo. Y acuérdate del testamento que dejó firmado 2 años antes de morir, donde eligió a un solo heredero de entre los 12 que sabía que iban a aparecer detrás de él. Iván Aguilera Salas, el único hijo criado bajo su mismo techo, el único que se parecía a doña Victoria más que a nadie en la familia, el único al que Juan Gabriel intentó darle la infancia que él mismo nunca tuvo y quizás por eso el único al que le dejó todo cuando llegó

el momento de firmar aquel testamento en un despacho notarial de Cancún, dos años antes de que un infarto masivo lo encontrara solo en una habitación de Santa Mónica, California, la mañana del 29 de agosto de 2016, solo como había vivido siempre, solo como el niño que había esperado en la puerta del orfanato semjase durante 8 años esperando a doña Victoria, solo con la certeza de que ninguno de los 12 hijos que había regado por el continente iba a poder cerrarle la herida original, la herida de la mujer que se fue en 1954

y que jamás volvió a buscarlo. herida se cerró apenas la mañana del 29 de agosto de 2016, cuando el corazón de Alberto Aguilera Baladés, cansado de haber cantado por otros durante 40 años lo que él mismo no había podido decir en voz alta, se detuvo en Santa Mónica, y el niño del orfanato Semjase al fin dejó de esperar. Yeah.

 

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