A los 80 años de edad, Rosendo Cantú no necesita presentación para quienes conocen la esencia de la música regional mexicana. Como el último eslabón vivo de la formación original de Los Cadetes de Linares, su nombre es sinónimo de historia, de acordeones que lloran penas y de bajos sextos que dictan el pulso de los corridos más emblemáticos. Sin embargo, detrás del brillo de los escenarios y los aplausos interminables de las plazas, se esconde una vida forjada en la dureza de los campos de Nuevo León y marcada por un hermetismo que, durante décadas, ha alimentado todo tipo de especulaciones. Hoy, en un ejercicio de honestidad poco común, Rosendo decide despojarse del mito para mostrarse como el hombre que, a pesar de los años, sigue defendiendo su verdad.
La historia de Rosendo Cantú comienza lejos de las luces, en el rancho Los Laureles, un lugar donde el trabajo era la única moneda de cambio. Nacido en una familia numerosa donde la tragedia se convirtió en una sombra constante, Rosendo aprendió pronto que el destino suele ser implacable. Su madre, Rosenda González, enterró a siete hijos, una marca de dolor que forjó en el ADN de Rosendo una determinación inquebrantable. “El hambre me hizo huir”, confesaba tiempo después, refiriéndose no solo a la carencia de alimentos, sino a esa necesidad profunda de escapar de una vida predestinada a los surcos y el azadón. Aquel niño rebelde, que cambió una vaca por su primer bajo sexto, no sabía que estaba comprando su billete hacia la inmortalidad.

Su llegada a Monterrey fue el primer gran paso de una odisea que lo llevó por bares, cantinas y escenarios precarios antes de consolidarse. Fue un camino de resistencia, de ser rechazado por empresarios y de tocar por apenas unas monedas, pero cada rechazo afiló su voz y su instinto musical. No fue hasta que se cruzó con Homero Guerrero y Lupe Tijerina que su destino encontró un cauce definitivo. La tragedia de 1982, con la muerte de Homero Guerrero, no detuvo a Rosendo; por el contrario, lo impulsó a recoger la bandera caída de Los Cadetes de Linares, convirtiéndose en el pilar que mantendría viva la agrupación cuando muchos daban por terminado el ciclo.
Lo que siguió fue un matrimonio artístico y una lucha constante por mantener la integridad de una marca que pronto se convirtió en un símbolo nacional. La relación con Lupe Tijerina, aunque fructífera musicalmente, estuvo teñida de las complicaciones propias de las grandes figuras: egos, giras extenuantes y silencios prolongados. Pero para Rosendo, ser parte de Los Cadetes nunca fue una cuestión de conveniencia, sino de respeto sagrado. Cuando Lupe partió en 2016, Rosendo se quedó como el último guardián, una soledad simbólica que lo llevó a reflexionar sobre su papel en la historia. A diferencia de otros artistas que optan por fórmulas repetitivas tras el éxito, Cantú siempre buscó la evolución, manteniendo la esencia norteña pero sin temor a enfrentarse a la realidad del paso del tiempo.
Uno de los aspectos más intrigantes de su vida ha sido, sin duda, el velo de misterio que rodea su entorno personal. A lo largo de los años, las comparaciones con la cantante Paty Cantú han generado debates apasionados en redes sociales y medios de comunicación. El parecido físico, la pasión compartida por la música y una serie de coincidencias han hecho que el público cree conexiones que ni Rosendo ni la joven artista han confirmado de manera explícita. Este silencio, sin embargo, lejos de ser una debilidad, ha sido una herramienta maestra de gestión de imagen. En un mundo donde todo se expone, Rosendo ha sabido proteger lo que es suyo, permitiendo que la leyenda crezca y se alimente de su propia ambigüedad.
Hoy, la salud de Rosendo Cantú es un tema que preocupa a sus seguidores, pero él parece verlo con una serenidad que solo otorga la madurez. “Mi hijo Rodolfo tomaría mi puesto”, afirma al hablar de un futuro donde su presencia física en los escenarios pueda mermar. No se trata de un retiro forzado, sino de una transición natural, un gesto de generosidad hacia su familia y hacia la música que ha sido su única razón de vivir. Las presentaciones actuales, aunque realizadas con la pausa que dictan los años, siguen siendo eventos cargados de emoción donde el público, entre cervezas y carne asada, rinde homenaje a un hombre que sobrevivió a los pleitos legales, a las crisis de la industria y a la pérdida de sus compañeros de armas.

Lo que nadie puede negar es la autenticidad de Rosendo Cantú. En una era donde el reggaetón y el trap dominan las listas de éxitos, su voz sigue sonando en los rincones más profundos de México y el sur de Estados Unidos, recordándonos que las historias de amor truncado, de traición y de valentía son universales. Su legado ya no pertenece solo a él, sino a todos aquellos que han encontrado consuelo en sus letras y fortaleza en sus acordes. Él no es un producto fabricado, sino un sobreviviente de la vieja escuela que entendió que, para ser eterno, primero hay que ser humano, con errores, con pérdidas y con una honestidad brutal que no busca complacer a nadie.
A medida que el tiempo avanza, la figura de Rosendo se agiganta. Es el último testigo de una época dorada, un hombre que supo transitar del polvo de la cosecha a la luz de los estadios sin perder la conexión con sus raíces. Su historia es la prueba de que el arte, cuando nace del dolor y se entrega con pasión, trasciende generaciones. Mientras el acordeón siga sonando en alguna cantina perdida o en la radio de un camionero en la frontera, Rosendo Cantú seguirá vivo. Porque al final, como él mismo ha declarado en más de una ocasión, no hay retiro posible para quien nació con la música en la sangre. Su historia, entre luces y sombras, ya está escrita en los anales del regional mexicano, no solo como una biografía, sino como un himno a la perseverancia. Rosendo Cantú, el último cadete, no se despide; se vuelve eterno.