Chucho Benítez: los millones ÁRABES y la oscura CONSPIRACIÓN de su MUERTE

El trabajo, porque el talento por sí solo no llega todo a ningún lado si no se disciplina. Y lo que caracterizó a [música] Cristian en esa etapa formativa no fue que fuera el más dotado del grupo, aunque [música] probablemente lo era, fue que era el que más trabajaba, el que llegaba antes que todos, el que se quedaba después de que el resto había dejado las botas en [música] el vestuario, el que practicaba el remate cuando el entrenamiento había terminado hacía media hora, el que pedía repetir el ejercicio una vez más y otra y otra.

Escucha esto. Hay una diferencia fundamental [música] entre el talento que se confía en sí mismo y el talento que se combina con hambre. El primero llega hasta cierto punto y se estanca. El segundo no tiene techo visible. Cristian Benítez era el segundo tipo y eso lo sabían todos los que lo entrenaban en esas categorías menores del Nacional.

Su padre lo veía crecer con la mezcla de orgullo y cautela que solo tiene alguien que conoce el oficio desde adentro. No exageraba los elogios, no alimentaba al chico con expectativas infladas que luego generan presión paralizante. Pero tampoco frenaba lo que era evidente. [música] Y lo que era evidente era que este chico a los 16, 17, 18 años ya no era un potrero de categorías menores.

Era una realidad que el fútbol ecuatoriano iba a tener que tomar en cuenta muy pronto. Hay algo más que es importante entender sobre la infancia y juventud de Chucho, más allá del fútbol, algo que los que lo conocieron personalmente siempre destacaban y que aparece de manera consistente en todos los testimonios publicados sobre él, el carácter.

Había algo en Cristian que generaba afecto inmediato. No era el tipo intimidante o arrogrante que a veces produce el talento cuando llega demasiado temprano a la popularidad. [música] Era alegre, generoso, cercano, el tipo de persona que en el vestuario unía en vez de dividir, que hacía reír, que ayudaba al compañero [música] más nuevo sin que nadie se lo pidiera, que cuando tenía dinero lo compartía con quienes no lo tenían, que cuando ganaba lo celebraba con todos como si el mérito fuera colectivo, aunque [música] el gol

hubiera sido suyo. Esta personalidad no solo lo hizo querido en cada equipo donde estuvo, lo hizo [música] extraordinariamente efectivo dentro del campo. Porque los jugadores que generan afecto genuino en el vestuario generan también esfuerzo colectivo en el campo. Sus compañeros jugaban un poco más fuerte por él, corrían un poco más, le buscaban el espacio, le cedían el balón cuando [música] había que cederlo y Chucho les devolvía todo eso con goles que hacían gritar [música] al estadio.

En 2004 con 18 años, Cristian Beníz dio el [música] paso al primer equipo del Nacional en la Serie A del fútbol ecuatoriano. Era el momento de la verdad, el momento en que el talento formativo [música] se encuentra con la realidad de la categoría mayor. Y hay que demostrar que lo que se hizo en las menores no fue un accidente de edad ni de competencia menor.

Muchos jugadores llegan a ese punto con grandes expectativas y se pierden en ese salto. [música] La velocidad del juego es diferente. La intensidad física es diferente. Los defensores son más grandes, más fuertes, más experimentados. El tiempo para decidir con el balón se reduce a una fracción de lo que era en categorías juveniles.

Chucho Benítez no se perdió en ese salto, [música] lo absorbió como si siempre hubiera sido su lugar natural. El ritmo del fútbol profesional ecuatoriano no lo intimidó, lo encendió. La competencia lo activó de una manera que a los [música] que lo entrenaban les resultaba difícil de no celebrar. Y los goles llegaron con una cadencia que convenció a todos en el equipo de que este delantero no era una promesa pasajera, era una realidad que había llegado para quedarse durante mucho tiempo.

En sus temporadas con el Nacional, en el primer equipo, Cristian disputó 83 partidos y anotó 29 goles. Para un delantero, en el inicio de su carrera en el fútbol ecuatoriano, esos números representan una actuación sólida, consistente y prometedora. No era el goleador de 40 por temporada que aparece una vez cada generación, pero era algo más valioso en muchos sentidos.

Un jugador confiable, explosivo, que además de marcar goles, creaba, asistía, desorganizaba las defensas rivales con su movilidad y su velocidad y que hacía mejor a los que jugaban con [música] él. En 2005, su nombre apareció en el equipo que conquistó el Clausura del Nacional. Tenía 19 años.

Primer título, primera medalla. Primera vez que el camino que había recorrido desde los 12 años producía algo concreto y tangible que guardar para siempre. Y en 2006, con 20 años, el Nacional [música] lo incorporó de lleno en la Copa Libertadores, el torneo más importante [música] y más visto del continente sudamericano. El escaparate donde los grandes clubes del mundo entero ponen el ojo para detectar lo que viene y lo que promete.

Chucho Benítez se presentó ahí con la naturalidad y la audacia de alguien que no siente el peso de la ocasión como una carga o que lo siente y lo usa como combustible en vez de dejarse aplastarlo. Pero lo que catapultó al Chucho Benítez del fútbol ecuatoriano al mapa del fútbol mundial no fue el campeonato con el Nacional, no fue la Copa Libertadores, fue una camiseta verde, azul y amarilla, fue la selección y fue un verano alemán que nadie en Ecuador olvidará jamás.

Grábate esto porque es fundamental para entender el tamaño de lo que se perdió. En el verano de 2006, el entrenador de la selección ecuatoriana, el colombiano Luis Fernando Suárez, llevó a Cristian Benítez al Mundial de Alemania. La decisión fue considerada por muchos analistas como una apuesta arriesgada.

Un chico de 20 años sin la veteranía de un mundial en las piernas en un torneo donde la presión multiplica todo y donde las referencias nacionales no son suficientes para nada. Pero Suárez había visto suficiente en los amistosos previos al torneo, en las actuaciones contra Países Bajos y Japón, para saber que este muchacho no se achicaba cuando aumentaba la temperatura del juego.

Al contrario, se crecía. Ecuador llegó al Mundial de Alemania 2006 y superó todas las expectativas. Llegó a los octavos de final, cosa que muy pocos habían pronosticado. Y en el camino, Cristian Benítez mostró al mundo lo que Ecuador tenía en ese número 11. Velocidad que dejaba a los defensas europeos en evidencia.

Una agresividad limpia, sin recursos sucios, simplemente la explosividad de alguien que confía completamente en su físico. Una técnica en el movimiento sin balón que era sofisticada para un jugador de 20 años y una presencia en el campo que hacía que los contrarios tuvieran que preocuparse [música] de él constantemente, aún cuando el partido no pasara por su bota en ese momento.

El final del mundial, cuando se entregaron los premios individuales, el nombre de Cristian Benítez apareció en la lista de candidatos al Gillet Best Young Player Award, el premio al mejor jugador joven del torneo. No lo ganó. El ganador fue un argentino llamado Lionel Messi que estaba empezando a mostrar al mundo de que iba a ser capaz durante las siguientes dos décadas.

Pero estar en esa lista de candidatos a los 20 años en su primer y único mundial hasta ese momento era un anuncio en letras grandes al mundo entero. Este chico existe, este chico viene y más vale que los que ficha jugadores tengan su nombre en la libreta. Los teléfonos sonaron, los representantes negociaron y la vida de Cristian Benítez cambió de escala de una manera que muy [música] pocos ecuatorianos habían experimentado antes en el fútbol.

Pasó de ganar el salario de un futbolista de provincia en el Nacional [música] a recibir una oferta de Santos Laguna que multiplicaba por cuatro todo lo que su familia había manejado en su vida. En 2007, cuando firmó su primer contrato serio en México, empezó a ganar más de $400,000 anuales. Más de lo que su padre Hermen había ganado en toda su [música] carrera, más de lo que cualquier persona de su entorno en Quito podía imaginar.

[música] Ese número importa, no solo como dato, sino porque ese tipo de salto económico produce una presión silenciosa que muy pocos hablan, pero que todos los que lo vivieron conocen bien. [música] La presión de no poder fallar cuando hay tanto en juego para tantas personas que dependen de ti.

Pero lo más luminoso y lo más sombrío todavía estaban mezclados en el futuro esperando su momento. Y hay algo que pocas personas [música] saben sobre esa etapa y que es el primer signo de los problemas que vendrían años después. Cuando Chucho llegó a México en 2007, nadie lo acompañó en [música] los primeros meses.

Estaba solo, lejos de su familia, lejos de Quito, en un país que no era el suyo, con un idioma que sí compartía, pero con una cultura y un ritmo de vida completamente [música] diferentes. Esa soledad en el primer año fuera, ese aislamiento del entorno conocido es algo que en el mundo del fútbol raramente se habla. Se asume que el dinero lo resuelve, que el profesional simplemente se adapta.

Pero la adaptación tiene un costo emocional que se paga después y Chucho la pagó en silencio como hacía casi todo, sin quejarse, sin llamar la atención, construyendo desde adentro hacia afuera. Lo que nadie podía saber en ese momento es que ese patrón, el de ir a un lugar desconocido solo, sin red de contención en el idioma y la cultura propias y va a repetirse años después en circunstancias infinitamente más graves.

Aquí viene lo primero que te prometí, la primera revelación. Santos Laguna, uno de los clubes con mejor infraestructura y proyecto deportivo del fútbol mexicano en ese momento, fue el primero en concretar [música] la operación con seriedad. En 2007, Cristian Benítez cruzó el Atlántico en la dirección que no es la habitual para los futbolistas latinoamericanos que tienen ofertas de Europa.

No fue a Europa, fue a México y la razón era clara y estratégica. La Liga MX en 2007 era el mejor escenario posible para un delantero de ese perfil en ese momento de su carrera. competitiva, bien organizada, televisada masivamente en toda América Latina, con salarios que estaban muy por encima de lo que cualquier club ecuatoriano podía ofrecer y con una visibilidad continental que lo mantendría en los radares de los grandes clubes europeos mientras seguía creciendo como jugador.

Santos Laguna le dio exactamente [música] lo que necesitaba en ese momento. Un proyecto serio, compañeros de nivel, un entrenador que entendía sus cualidades [música] y tiempo de juego constante semana tras semana, que es lo único que realmente desarrolla a un jugador joven con talento a su máximo potencial.

Lo que vino después en Santos Laguna está entre las mejores memorias de esa afición. Cristian Beníz no llegó a sentarse [música] lentamente, llegó y encendió el equipo de inmediato. Los compañeros de ataque, los mediocampistas que jugaban detrás de él, todos sintieron la diferencia desde los primeros entrenamientos.

Había un nuevo hombre en el área que se desmarcaba de manera diferente, que pedía el balón en espacios que nadie había pedido antes, que presionaba al portero rival desde la salida con una intensidad que no era habitual en delanteros de la liga y los goles llegaron. Con Chucho, los goles siempre llegaban. En el Clausura 2008, Santos Laguna se coronó campeón de la Liga MX y Cristian [música] Benítez fue la pieza ofensiva más importante del equipo.

Al final del torneo fue elegido el mejor jugador de todo el Clausura 2008, el mejor de toda la liga a los 22 [música] años en la competición más seguida de América Latina fuera de Brasil. Ese no es un detalle estadístico [música] menor, es el tipo de reconocimiento que te coloca en una categoría diferente [música] y las repercusiones de ese reconocimiento llegaron desde el otro lado del Atlántico.

En junio de 2009, el Birmingham City de la Premier League inglesa anunció el fichaje de Cristian Benítez. El contrato fue estructurado inicialmente como un préstamo con opción de compra, con cifras que, según los medios ingleses, podían escalar [música] hasta 12,5 millones de dólar dependiendo de apariciones y resultados.

Para un futbolista ecuatoriano en 2009, llegar a la Premier League inglesa era el validador máximo que existía. Era demostrar que no solo eras grande en América Latina, eras grande en el contexto del fútbol mundial, pero la temporada en Birmingham no salió como todos esperaban. La razón es importante porque revela cómo funciona este negocio en su lado más frío.

Antes de que Chucho pudiera siquiera pisar el campo en un partido oficial con el Birmingham, el examen médico de ingreso reveló problemas en la rodilla que no habían sido detectados en ningún chequeo anterior. La operación tuvo que renegociarse completamente. El contrato se convirtió en algo más cauteloso con tarifa inicial reducida y condicionantes basadas en rendimiento.

y la lesión requirió tiempo de recuperación que mordió sus primeras semanas en Inglaterra. Piensa en eso un momento. Llegas a la liga más exigente del mundo. Llegas con las expectativas de un mundial encima. Y lo primero que te dicen es que hay un problema en la rodilla que nadie había detectado antes. En la cabeza de un futbolista joven, eso es devastador.

No solo porque para físicamente, sino porque la duda empieza a instalarse y no se va fácilmente. La temporada en Birmingham fue correcta, pero no fue el despegue que todos esperaban. Jugó, anotó. Cumplió con lo básico, pero no explotó como lo había hecho en Santos. Y cuando llegó el momento de decidir si ejecutar la opción de compra en sus términos completos, el club optó por no hacerlo de manera definitiva.

La aventura inglesa terminó. Chucho regresó a México. Hay algo que mucha gente no sabe sobre ese regreso a Santos Laguna en 2010. No fue el regreso del que fracasó en Europa y llegó a lamerse las heridas. fue el regreso del que tiene algo que demostrar y que sabe exactamente cómo demostrarlo. El 21 de julio de 2010 firmó un nuevo contrato de 3 años con Santos Laguna y la respuesta en el primer torneo fue contundente y directa.

En el Apertura 2010, Chucho Beníz convirtió en el goleador del torneo con 16 goles. 16 goles en un solo torneo de liga. Grábate ese número. El segundo ecuatoriano en conseguir el título de goleo de la primera división de México. Santos llegó a la final de ese Apertura 2010 y cayó ante Monterrey en la definición. Pero el mensaje personal que Chucho le mandó a todos los que habían empezado a dudar era tan claro como un gol de cabeza a puerta vacía.

Seguía siendo uno de los mejores delanteros del continente y eso fue exactamente lo que convenció al América de hacer lo que hizo en 2011. Esta es la segunda revelación que te prometí. El 22 de mayo de 2011, el Club América de México anunció oficialmente el fichaje de Cristian Benítez. [música] El precio del traspaso fue de ,000es dólares.

En ese momento fue la cifra más alta jamás pagada por un club mexicano en toda la historia del fútbol de ese país. No es una estadística menor, es la medida exacta de lo que el mercado del fútbol creía que valía ese hombre en ese instante. Y el mercado, cuando tiene razón paga lo que corresponde. Grábate este dato.

El club América no es un equipo cualquiera. Es el club con más títulos de la Liga MX. El club con la afición más numerosa de México y una de las más grandes de América Latina. El club que genera más atención mediática, más presión institucional, más expectativas permanentes sobre cada jugador que viste sus colores. Llegar al América cuando tienes 25 años es llegar al escenario más brillante y más exigente que existe en ese fútbol.

Si rindes, el estadio te convierte en ídolo de por vida. Si fallas, la presión puede destruirte en semanas. Chucho Benítez no falló ni una semana. El 24 de julio de 2011, en su debuto oficial con las Águilas en una victoria 2 a 1 contra Querétaro, anotó un gol en el debut, el primero de muchos.

Dos semanas después, el 21 de agosto de 2011, en el Estadio Azteca ante el Atlas, Cristian Beníz anotó tres goles en una goleada de 5 a do. su primer hatrick con el América con 25 años en el estadio más grande de América Latina. Eso es una declaración de intenciones que no admite interpretaciones ambiguas y lo que vino después confirmó que no fue un inicio de temporada engañoso.

En el Clausura 2012, Chucho terminó como el goleador del torneo con 14 goles, compartiendo el título con el uruguayo Iván Alonso. En el apertura 2012 lo hizo de nuevo, 11 goles, campeón de goleo por segunda vez consecutiva y en el Clausura 2013, tercera vez seguida, 12 goles tricampeón de goleo, tres campeonatos de goleo consecutivos en la Liga MX con el mismo club.

Eso en la historia moderna del fútbol mexicano es un logro que no tienen muchos delanteros nacionales ni extranjeros. En sus dos temporadas y media con el América, Cristian Benítez disputó 79 partidos oficiales entre la fase regular y la liguilla. En esos 79 partidos anotó 52 goles y repartió 15 asistencias. Si lo pones en perspectiva de eficiencia pura, un gol o una asistencia cada uno, coma 26 partidos en promedio en el contexto de la Liga MX, con defensas estudiándote específicamente a ti, con equipos que venían con instrucciones tácticas

diseñadas para que no recibieras el balón, ese número es extraordinario. [música] Su salario en ese periodo fue, según la revista Forbs, especializada en finanzas de 2,7 millones por temporada. lo colocaba como el décimo jugador mejor pagado de todo Norteamérica. Para un delantero en la Liga MX, en ese momento de la historia del fútbol mexicano, ese número no tenía precedentes.

Pero hay algo que los números no capturan y que todos los que lo conocieron en esa etapa mencionan con la misma insistencia. El entrenador Miguel Herrera, que lo dirigió en el América durante dos temporadas, lo repitió en todas las entrevistas que dio a lo largo de esos años y lo volvió a repetir el día que se enteró de su muerte.

Chucho era el más sano del grupo, sin alcohol, sin escándalos, sin vida nocturna, sin los excesos que el dinero y la fama ponen a disposición de los jugadores jóvenes de manera permanente y tentadora, dedicado a su familia, a su esposa Liset, que era hija de Cléver Chalá, también exfutbolista ecuatoriano internacionalizado, a sus gemelos que habían nacido en agosto de 2009 y que crecían viendo a su padre convertirse en el ídolo de millones de personas en dos países, a la vida familiar que había construido con la misma metodología que aplicaba al

fútbol, sin atajos, con trabajo, con constancia. Esa es la imagen que queda de Chucho Benítez en el América. No la del jugador problemático, no la del talento autodestructivo que el deporte produce con cierta regularidad aterradora, sino la del profesional completo. El que tiene claro que su trabajo es el fútbol y que su vida es su familia.

sin ruido innecesario, sin drama evitable y en paralelo a toda esa gloria doméstica, la selección de Ecuador seguía contando con él como pieza central e insustituible. 58 convocatorias al tricolor a lo largo de su carrera completa, 24 goles con la camiseta verde, azul y amarilla, titular indiscutible en el proceso clasificatorio hacia el Mundial de Brasil 2014 bajo la dirección de Reinaldo Rueda.

Ecuador avanzaba bien en esas eliminatorias. [música] El equipo era sólido, tenía identidad, tenía talento individual y colectivo, y Chucho era uno de sus hombres más importantes. El 26 de mayo de 2013, Cristian Benítez jugó su último partido en el Estadio Azteca, la final del Clausura 2013 entre el América y Cruz Azul.

Un partido que tardó en resolverse, que no se definió en los 90 minutos, que no se definió en la prórroga y que vivió en esa prórroga uno de los momentos más improbables y más delirantes en la historia del fútbol mexicano. Moisés Muñoz, el portero del América, subió al área contraria en los minutos finales del tiempo extra y anotó de cabeza.

Un portero metiendo un gol de cabeza en una final de liga. El Azteca explotó. El partido se fue a penales y en esa definición el América ganó 4 a 2, campeones del Clausura 2013. Y Chucho Benítez levantó esa copa sabiendo que era la despedida, sabiendo que el siguiente destino ya estaba firmado. Se fue del América como campeón, exactamente como había dicho que quería irse.

Y entonces llegaron los millones del desierto. Nadie imaginaba lo que estaba por pasar. Esta es la tercera revelación que te prometí. Y necesito que prestes mucha atención a cada detalle de lo que viene, porque en esta parte de la historia es donde todo cambia y donde todas las preguntas que todavía no tienen respuesta empiezan a formarse.

Para entender lo que pasó en Qatar tienes que entender el contexto en el que se produjo ese movimiento. En la primavera de 2013, mientras Chucho preparaba lo que sería su último torneo con el América, el mundo del fútbol observaba algo que en ese momento era todavía una novedad, pero que hoy es parte consolidada del paisaje futbolístico global.

Los clubes de Qatar habían comenzado a mover dinero de una manera que rompía cualquier lógica de mercado convencional. cantidades de dinero que duplicaban, triplicaban, cuadruplicaban lo que los clubes europeos de segundo o tercer nivel podían ofrecer. Y la estrategia era transparente para quien quisiera verla. Comprar jugadores reconocibles, con nombres que la gente de Europa y América Latina supiera quiénes son, para construir una liga con presencia mediática internacional de cara al mundial de 2022.

Qatar había ganado la sede del Mundial de 2022 en una votación de la FIFA que generó controversias desde el principio y que años después produjo revelaciones sobre irregularidades en el proceso. Pero la sede estaba concedida, los estadios se estaban construyendo y el fútbol catarí necesitaba un maquillaje de credibilidad deportiva.

Los jugadores latinoamericanos eran perfectos para ese objetivo, reconocidos en sus países, mediáticos, jóvenes o en plena madurez competitiva y con una transferibilidad cultural hacia el público latinoamericano que era el segundo mercado televisivo del fútbol mundial. En ese contexto, el Chac puso los ojos en Chucho Beníez y la oferta que llegó al club América era tan buena desde el punto de vista financiero que era prácticamente imposible de rechazar desde la perspectiva institucional del club vendedor. El traspaso pagado al

club América fue, según las distintas versiones publicadas por medios deportivos de México y Ecuador en esa época de entre 15 y 16 millones dó. El América había comprado a Chucho 2 años antes por 10 m000000. Lo vendía por 15 o 16 con una ganancia neta de entre 5 y 6 millones dó en dos temporadas. Un negocio redondo, impecable en términos contables.

Y para Chucho, el salario que trascendió a los medios fue de 6,5 [música] millones dó anuales. 6.5 millones por año, más del doble de lo que ganaba en el América. en un contrato que de haberse cumplido en su totalidad lo hubiera colocado entre los futbolistas latinoamericanos con mayor patrimonio de su generación, asegurando el futuro de su familia de manera definitiva.

Piensa en eso un momento y sin juzgar la decisión. Tienes 27 años, tienes tres hijos, tienes una carrera que, como todas las carreras deportivas, tiene una fecha de vencimiento que puede llegar en cualquier momento por una lesión o por el simple paso del tiempo sobre el cuerpo de un hombre. Y alguien te pone sobre la mesa un número que multiplica por más de dos tu ingreso actual.

En el mundo real, con la responsabilidad de una familia, esa decisión no es fácil de ignorar. La directiva del América intentó retenerlo. El presidente del club habló con él personalmente. Le ofreció extender el contrato en condiciones favorables. Le pidió que se quedara y Chucho, según relató el directivo mexicano públicamente, le dijo que quería irse como campeón porque tenía otras metas por cumplir.

El destino era Qatar. El contrato estaba firmado, la decisión era definitiva. El 6 de julio de 2013, Cristian Rogelio Benítez Betancurt firmó de manera oficial con el HA SC de la Qatar Stars League. Tomó a su esposa Liset y a sus hijos, hizo las maletas y voló a Doja. Chucho llegó a Qatar en los primeros días de julio de 2013.

Una de las primeras cosas que hizo fue presentarse en el Hospital Aspetar de Doja para el examen médico de ingreso que el club requería. antes de inscribirlo oficialmente en la liga. El Aspetar era en ese momento uno de los centros más avanzados en ortopedia y medicina deportiva [música] de toda la región del Golfo Pérsico.

El tipo de instalación donde los análisis son exhaustivos y van mucho más allá de lo básico. Cristian Benítez pasó todos los controles. Ninguna observación, ninguna bandera roja, ninguna [música] señal de alerta. El club lo inscribió. comenzó a comenzó a entrenar y tres semanas después de su llegada al desierto llegó el momento del debut.

El 28 de julio de 2013 Cristian Benítez entró como sustituto en el partido que el Yaish SC se disputó contra Qatar SC por la semifinal de la Copa del Jeque Hassem. El equipo ganó 2 a0. Chucho jugó unos minutos en la segunda parte, su primer partido en Qatar, el único que jugó y según el comunicado oficial que el propio club publicó esa misma noche, no se quejó de ningún problema de salud, ni antes, ni durante después del encuentro.

Nada, ningún síntoma, ninguna señal. Esa noche, después del partido, Chucho y su esposa Liset salieron a cenar. La rutina normal de dos personas construyendo una cotidianidad nueva en un país que no conocen. Dos ecuatorianos en el desierto árabe intentando adaptarse a un calor de más de 40 gr, a una cultura diferente en casi todo, a una vida que no tiene nada en común con lo que habían dejado atrás.

Y entonces, en la madrugada del 29 de julio de 2013, alrededor de las 3 de la mañana, hora local de Doja, Cristian empezó a sentir dolores abdominales fuertes, del tipo que no te permiten dormir y que van creciendo en intensidad en vez de ceder. El suegro de Chucho, Clever Chalá, describió a la cadena ecuatoriana Ecuavisa lo que sucedió esa noche.

Chucho fue trasladado al hospital al de Doja y lo que su esposa Liset narró en los días posteriores a [música] la muerte. en la entrevista que concedió a la cadena ESPN es lo que más cuesta escuchar porque Liseth dijo que su marido estuvo más de 2 horas sin recibir atención adecuada en ese hospital, 2 horas con dolores que iban aumentando sin parar y el equipo médico no respondía con la urgencia que una situación así exigía.

Escucha esto y no pases por alto el detalle. La explicación de Liset sobre esa demora es tan simple como brutal. Cristian hablaba español. Liset hablaba español, los médicos del hospital Alakli hablaban árabe y el inglés, que hubiera podido funcionar como puente en una emergencia no era el idioma con el que ninguno de los dos ecuatorianos podía comunicarse con fluidez y claridad en un momento de pánico y desesperación a las 3 de la mañana.

Imagínate esa escena con toda su brutalidad. El padre de tus hijos está doblado de dolor en la cama de un hospital extranjero. Estás sola con él en un país cuyo idioma no hablas. Los médicos entran, [música] te miran, te hacen preguntas en un idioma que no entiendes y [música] tú señalas el abdomen de tu marido y tus ojos gritan urgencia.

Pero la información que necesitan los médicos para actuar correctamente está encerrada en un idioma que no existe entre tú y ellos. No puedes decirles cuándo empezó el dolor exactamente. No puedes explicar si empeora o si es intermitente. No puedes contarles si comió algo diferente, si tuvo algún síntoma previo durante el día.

No puedes nada, solo señalar y esperar. Eso fue lo que vivió Liset Chalá en esa sala del hospital al Aldoja. Y eso fue lo que vivió Cristian antes de que el dolor lo venciera completamente. Los médicos, según los reportes que salieron en los días posteriores a la muerte, diagnosticaron inicialmente un posible problema en el apéndice que derivaba en algo más serio, una apendicitis que estaba complicándose hacia una peritonitis.

[música] Le administraron sedantes para controlar el dolor. La medicación actuó por un tiempo. El dolor bajó transitoriamente y entonces volvió con una fuerza mayor que la anterior. Cristian perdió la conciencia, empezó a convulsionar y sufrió un paro cardiorrespiratorio. Los médicos trabajaron sobre él para intentar reanimarlo. No lo lograron.

Cristian Chucho Beníz murió esa mañana del 29 de julio de 2013 en el hospital Alghli de Doja, Qatar. Tenía 27 años, 2 meses y 28 días. Era campeón del Clausura 2013 con el América. Era titular en la selección ecuatoriana que iba al Mundial de Brasil 2014. Era el padre de tres hijos. Era el hombre que dos semanas antes había pasado todos los exámenes médicos en el aspetar sin que se detectara absolutamente nada.

Grábate esto. La noticia llegó al mundo del fútbol como un golpe sin aviso y sin anestesia. En México, el entrenador Miguel Herrera, que ese mismo verano acababa de asumir la dirección técnica de la selección mexicana de cara al Mundial de Brasil 2014, recibió la noticia en estado de shock absoluto. Era el tipo más sano del grupo.

Repitió en todas las entrevistas que dio esa mañana, si hubiera estado en México, estaría con nosotros. En Ecuador, el presidente Rafael Correa expresó sus condolencias personalmente a la familia a través de sus canales de comunicación oficiales. El ministro de exteriores, Ricardo Patiño, escribió en Twitter que estaban movilizando todo lo necesario para acompañar a la familia en Doja.

En las redes sociales, el nombre de Chucho Benítez se convirtió en tendencia mundial en cuestión de minutos. En México, los aficionados del América y de Santos Laguna se congregaron espontáneamente en los estadios de sus equipos para improvisar altares con flores, [música] velas y camisetas. El club americanista colocó un moño negro enorme en la entrada de sus instalaciones en COAPA.

Decenas de personas llegaron sin que nadie las convocara, simplemente porque necesitaban estar en algún lugar físico para poder decirle adiós a algo que amaban. En Quito, las radios interrumpieron su programación sin aviso. Los noticieros se abrieron con la noticia en todos los canales. La gente salió a la calle sin saber bien qué hacer con una información que no cabía en ningún esquema mental, porque este tipo de muerte no tiene lógica [música] que procesar.

No hay manera cognitiva ni emocional de absorber la muerte de un hombre de 27 años que la noche anterior había jugado un partido de fútbol. El Y ese se publicó un comunicado esa misma mañana en el que expresaba condolencias a la familia, anunciaba que asumiría todos los gastos de repatriación del cuerpo y declaraba que los reportes médicos aprobados por las autoridades cataríes indicaban como causa de muerte un fallo cardíaco.

Sin más detalles, sin explicaciones adicionales, un fallo cardíaco. Eso era todo lo que el club decía públicamente al mundo. Y ahí fue exactamente donde empezaron las preguntas que no se han cerrado hasta hoy. Un fallo cardíaco. ¿De qué origen? ¿Por qué razón concreta? Un atleta que había pasado los exámenes de las petardos semanas antes, que no tenía historial cardíaco documentado, que no fumaba, no bebía, no tenía excesos conocidos.

Un fallo cardíaco sin más explicación que esas tres palabras. Liset Chalán no aceptó ese comunicado como respuesta final. Acusó negligencia médica. Dijo públicamente que la demora de más de 2 horas en la atención, la barrera del idioma y el manejo general de la emergencia no habían estado a la altura de lo que la situación exigía, que si hubieran podido comunicarse con total claridad desde el principio, el resultado podría haber sido otro.

Esas palabras de licieron una discusión que se extendió por todo el mundo hispano que seguía el fútbol. La Federación Ecuatoriana de Fútbol, bajo la presión de la familia y de la opinión pública, [música] solicitó que se realizara una segunda autopsia. La primera había sido practicada por las autoridades médicas cataríes en Doja.

[música] El cuerpo fue repatriado a Ecuador. El 2 de agosto de 2013, el avión privado que costeó el HA aterrizó en el aeropuerto internacional Marisca Sucre de Quito con los restos de Cristian Benítez. fue trasladado al coliseo Rumiñahui de Quito para el velatorio. Y lo que pasó en ese velatorio es una de las imágenes más poderosas y más dolorosas que ha producido el fútbol latinoamericano en los últimos 20 años.

Más de 100,000 personas se acercaron al Coliseo Rumiñui para darle el último adiós, 100,000 ecuatorianos. Sus compañeros de la selección nacional, Antonio Valencia, Agustín Delgado, José Francisco Ceballos, Iván Hurtado y Jefferson Montero estuvieron ahí. sus excompañeros del nacional de Santos Laguna, del América, su familia y miles y miles de personas anónimas que nunca lo conocieron personalmente, pero que sentían que tenían una deuda de presencia con ese hombre que los había hecho vibrar durante años.

Mientras el país le decía a Dios, la segunda autopsia se realizaba con presencia de la Fiscalía ecuatoriana. Y los resultados de esa segunda autopsia son lo que definió la narrativa oficial sobre la muerte de Chucho Beníez. Y al mismo tiempo son lo que de manera paradójica la volvió aún más difícil de cerrar.

Lo que encontraron en esa segunda autopsia [música] fue una anomalía congénita en la arteria coronaria del corazón, una malformación de nacimiento, una arteria coronaria que tenía un curso anatómico anómalo y que bajo ciertas condiciones específicas de estrés fisiológico no garantizaba una irrigación adecuada del músculo cardíaco.

una condición que, según los forenses, era prácticamente imposible de detectar con los métodos de diagnóstico estándar en vida, incluso con exámenes exhaustivos. Luis Chiriboga, el presidente de la Federación Ecuatoriana de Fútbol, en ese momento, salió a comunicar los resultados al país con una frase que quedó grabada en la memoria colectiva del fútbol ecuatoriano.

Tenía un problema en su arteria coronaria. Estaba destinado a morir. Solo se podía detectar después de muerto. Estaba condenado a morir. Eso dijo y lo repitió. Piensa en lo que eso significa en todos sus niveles. un hombre de 27 años que había pasado los exámenes médicos del Birmingham City cuando era un club de la Premier League inglesa, uno de los contextos médico-deportivos más rigurosos y sofisticados del mundo, que había pasado los controles del Santos Laguna, del América y del Hospital Las Petar en Doja apenas dos

semanas antes de morir y que tenía en el corazón una anomalía que no aparecía en ningún examen realizado en vida, que solo era visible en la autopsia. La ciencia médica avala que esa condición existe. Hay malformaciones coronarias congénitas, como el curso interarterial anómalo de la arteria coronaria, que no se detectan de manera rutinaria con electrocardiogramas ni con ecocardiogramas estándar.

son invisibles con los métodos convencionales [música] y pueden desencadenarse bajo una combinación muy específica de factores como el calor extremo, el estrés de la adaptación a un entorno nuevo, un proceso infeccioso o inflamatorio abdominal agudo que genera un pico de estrés sistémico o una combinación de todos esos factores a la vez.

La explicación científica es sólida y sin embargo, sin embargo, hay voces que no cerraron ese capítulo con esa explicación. [música] Tayrón Flores, médico y presidente de la Federación Ecuatoriana de Medicina del Deporte, expresó públicamente sus dudas sin hacer acusaciones irresponsables, sin inventar conspiraciones, pero señalando algo que a él como especialista en medicina del deporte no le cerraba del todo.

Flores indicó que los informes técnicos completos de ambas autopsias nunca se hicieron públicos. que lo que se comunicó fue información básica, sin el nivel de detalle técnico que hubiera permitido a los especialistas externos [música] hacer un análisis riguroso e independiente. Y lo que más le costaba procesar era precisamente el paso de Chucho por Birmingham.

“Yo conozco Londres”, dijo Flores. [música] “Son muy avanzados. Es muy difícil que no hayan detectado algún problema.” y tenía razón en señalarlo, porque la paradoja es real y poderosa. Cómo pasa inadvertida por los filtros médicos más rigurosos del fútbol mundial, una condición congénita que luego aparece con claridad en la autopsia.

El Piojo Herrera tampoco cerró el asunto. El técnico que mejor conocía el estado físico de Chucho, que lo había entrenado durante dos años y que lo describía como el más sano y más profesional del grupo, declaró con toda la convicción que tenía. Estoy seguro de que si Chucho hubiera estado en México estaría con nosotros.

Su convicción era que las circunstancias de esa noche, la barrera del idioma, la demora en la atención, el manejo de la emergencia en ese hospital específico marcaron la diferencia entre una vida y una muerte. Que si hubiera estado en un hospital donde alguien hablaba su idioma, donde los médicos hubieran podido actuar con información completa desde el primer minuto.

Quizás el resultado habría sido otro. Quizás la palabra más cruel y más honesta del idioma. Y hubo algo más que salió a la luz un año después y que no debería haberse enterrado en páginas secundarias de los diarios. La viuda Liset Chalá reveló en el aniversario del primer año de la muerte de Chucho que el médico que había realizado la segunda autopsia en Ecuador reclamaba el pago pendiente por sus servicios profesionales y que como consecuencia directa de esa deuda sin saldar existían víceras del cuerpo de Cristian Benítez que no habían sido enterradas. órganos

de un hombre que había llenado el estadio Azteca, que había hecho gritar de alegría a 100,000 personas en su velatorio en Quito, retenidos en un laboratorio porque nadie en la cadena institucional responsable había pagado al médico forense que los había analizado. Eso no es solo una irregularidad administrativa, eso es una forma específica de abandono.

Un abandono que dice algo muy concreto sobre cómo el sistema trata a sus figuras deportivas. Una vez que el negocio de la gloriosa actuación ha terminado con la misma frialdad contable con la que trató los números del traspaso, esta es la cuarta y última revelación que te prometí. En enero de 2024, 11 años después de la muerte de su padre en Qatar, Fabiano Benítez le concedió una entrevista al medio estudio fútbol.

Fabiano es hijo de Cristian y Liset. Tenía pocos años cuando perdió a su padre. creció con esa ausencia específica que deja el padre, que fue héroe nacional y que, sin embargo, ya no está para ponerte la mano en el hombro cuando la necesitas. Creció con las preguntas que la historia oficial nunca respondió de manera que cerrara la herida, con la sensación de que algo no cuadraba y que nadie con poder para responder tenía interés en resolver las dudas.

Y en enero de 2024, ya joven adulto con la voz construida de alguien que lleva años pensando y procesando lo mismo, Fabiano decidió decirlo en voz alta [música] y en cámara. A su padre lo mataron. Afirmó que tiene pruebas. No mencionó nombres concretos ni señaló a ninguna persona en particular, pero fue claro, sin titubeos y sin retractarse.

[música] El instinto de uno como hijo, como familiar y como esa persona que lo conoció porque era un joven sano que no tomaba, que estaba para su familia para ayudar a las personas. Me voy haciendo preguntas y digo, ¿por qué? ¿Por qué? Esa pregunta de tres letras es la que sigue flotando sobre toda esta historia como algo que no se puede disipar, no como recurso dramático ni como teoría de conspiración vacía, como una pregunta genuina y sin respuesta satisfactoria que 11 años de tiempo no han logrado cerrar para la gente que lo quería. ¿Por

[música] qué un atleta de 27 años que había pasado todos los controles médicos posibles murió 22 días después de llegar a Qatar, un día después de su primer partido, a pocas horas de una cena normal con su esposa? ¿Por qué los informes técnicos completos de las dos autopsias nunca se hicieron públicos en toda su extensión y detalle técnico? [música] ¿Por qué el médico que realizó la segunda autopsia tuvo que retener órganos de chucho para hacerse pagar por su trabajo? ¿Por qué la Federación Ecuatoriana de Fútbol, que se benefició

económicamente durante años del rendimiento de Cristian Benítez y que organizó homenajes públicos en su memoria, no garantizó el pago de ese servicio forense de manera inmediata y completa? No estoy afirmando que alguien asesinó deliberadamente a Chucho Benítez. No existe evidencia verificable de eso.

No hay proceso judicial abierto en ningún país del mundo. No hay denuncia formal ante ningún organismo internacional que haya prosperado. Lo que sí existen son preguntas declaradas públicamente por su esposa, por [música] su hijo, por médicos especialistas y por colegas de carrera que no han recibido respuestas completas y transparentes de las instituciones responsables.

Y hay un elemento de contexto que no se puede ignorar. Qatar en 2013. Cuando Chucho llegó a Doja, llegó a un sistema con sus propias reglas, su propio aparato de comunicación institucional y sus propios intereses muy bien definidos. Un sistema donde la transparencia con el exterior no era la norma en ningún ámbito, mucho menos en situaciones que podían generar imagen negativa en un momento en que el país estaba bajo escrutinio internacional por la sede del mundial de 2022, donde los informes médicos se compartían en los términos que el

sistema local decidía compartirlos, donde las preguntas de una familia ecuatoriana en shock en un país cuyo idioma no entendían, no necesariamente recibían las respuestas completas que merecían. Repito una vez más con toda claridad, no estoy diciendo que Qatar asesinó a Chucho Benítez. No hay evidencia de eso, pero sí es absolutamente legítimo preguntarse qué habría ocurrido si esa noche Chucho hubiera estado en Torreón, en Ciudad de México, en Quito, en un hospital donde los médicos hablaran español, donde hubieran podido entender desde el primer

minuto lo que el paciente y su esposa [música] intentaban decirles, donde la comunicación no hubiera sido un obstáculo, sino una herramienta de diagnóstico. ¿Habría cambiado algo? La respuesta honesta es que no lo sabemos con certeza. Podría haber cambiado todo. Podría no haber cambiado nada. [música] Si la anomalía congénita era fatal de todas maneras, bajo esas condiciones específicas, ningún hospital del mundo [música] habría podido impedirlo.

Pero podría haber cambiado y eso es exactamente lo que la familia no puede quitarse de la cabeza. El número 11 de la selección de Ecuador fue retirado en honor a Cristian Beníz después de su muerte. Era un gesto simbólico enorme, uno de los más poderosos que puede hacer una federación de fútbol, pero la FIFA tiene regulaciones que no permiten el retiro permanente de dorsales en selecciones nacionales y la Federación Ecuatoriana tuvo que reinstaurar el número 11 para el Mundial de Brasil 2014 por cumplimiento normativo. El número

que era de Chucho tuvo que volver al campo porque las reglas del organismo que administra el negocio lo exigían. En Guayaquil, Ecuador, el estadio principal de la ciudad lleva hoy el nombre de estadio Cristian Benítez Betancurt. Ese nombre está ahí para siempre. Ninguna burocracia internacional puede quitarlo.

Y cada vez que Ecuador juega ahí, el nombre de Chucho resuena en el concreto y en el aire del estadio. Pero en Qatar, donde murió, donde entregó su vida sin despedida, [música] donde jugó un solo partido en el único país donde nadie sabía su historia, prácticamente nadie lo recuerda. Allí los intereses eran otros.

Allí la construcción del Mundial 2022 era lo que importaba. Allí Chucho Benítez fue un renglón en un balance de traspasos que no salió como esperaban. 12 años han pasado desde esa madrugada del 29 de julio de 2013 y cuando la historia completa de Chucho Benítez se pone sobre la mesa con todos sus números, con todas sus fechas, con todas sus preguntas sin respuesta, lo que queda no es solo tristeza, es una pregunta más grande y más incómoda sobre lo que el fútbol moderno le hace a los hombres que lo protagonizan. Grábate esto como

reflexión de cierre, no como moralina barata, sino como realidad documentada del negocio del deporte. El fútbol profesional del siglo XXI mueve miles de millones de dólares anuales. Es una industria donde los jugadores son, en la terminología fría del mercado, activos financieros, son traspasos, son líneas en un balance contable, son inversiones que se evalúan en función del retorno económico que pueden generar.

Esa es la realidad desnuda del negocio. En julio de 2013, Cristian Benítez era el activo más atractivo que el Y ese se podía adquirir para su proyecto de visibilidad mediática internacional. Joven reconocible con historial de rendimiento demostrado en dos ligas con nombre en la selección ecuatoriana que iba al Mundial de Brasil.

El precio pagado entre 15 y 16,000000 según las versiones reportadas era una inversión de negocio. El salario de 6,5,000ones anuales era el incentivo para que el activo dijera que sí. Y el activo dijo que sí. No fue obligado. No fue engañado en el sentido clásico de la palabra. era un adulto de 27 años, con plena capacidad para decidir y con razones perfectamente comprensibles para hacerlo.

Lo que nadie le dijo porque nadie podía saberlo es que en el corazón de ese hombre fuerte y [música] sano que había pasado todos los filtros médicos del mundo, había una anomalía silenciosa esperando las condiciones exactas para manifestarse. El calor de 40 gr del desierto, el estrés de la adaptación cultural, una cena, una madrugada, un dolor abdominal que desencadenó lo que no se había visto antes en ningún examen.

Eso es lo que la versión oficial dice. Y para la ciencia médica esa explicación [música] tiene coherencia con la evidencia disponible. Para Fabiano Benítez, no. Para el piojo Herrera tampoco. Para Liset Chalá, que vivió esa noche y que siguió de cerca todo lo que vino después con sus irregularidades y sus silencios institucionales. Tampoco.

Piensa en eso un momento antes de cerrar. Tenías 27 años, tenías 52 goles con el América, [música] tenías la camiseta número 11 de Ecuador, tenías tres hijos, tenías un contrato que te iba a pagar 6,5 millones dólares anuales, [música] tenías el Mundial de Brasil 2014 esperándote y ninguna de esas cosas, ninguna pudo hacer nada por ti en esa madrugada del 29 de julio en el hospital Alacli de Doja.

El deporte te eleva, te da fama, dinero, identidad, un lugar permanente en la memoria de millones de personas. Y el deporte también puede llevarte al otro lado del mundo, a un hospital donde nadie entiende lo que dices y dejarte solo con tu dolor en el único idioma que no existe. Lo que quedó de Chucho Benítez en el mundo es grande y es permanente.

Un estadio con su nombre en Guayaquil, el recuerdo vivo de dos aficiones, la del América y la de Santos Laguna, que lo adoptaron como si fuera suyo. [música] La imagen de 100,000 personas despidiéndolo en el coliseo Rumiñagui de Quito y la voz de su hijo Fabiano 11 años después diciendo en voz alta lo que la familia lleva más de una década pensando en silencio.

Cristian Rogelio Benítez Betancurt, El Chucho. Quito, Ecuador. 1 de mayo de 1986. Doja, Qatar, 29 de julio de 2013. 27 años, 2 meses y 28 días. 22 días en Qatar, un partido, unos minutos y el silencio que no cierra del Olimpo al abismo. Así fue, rápido, sin aviso, sin despedida, sin la oportunidad de decirle adiós al fútbol que lo había construido y al que él le había devuelto todo con intereses y con alegría genuina.

[música] Hay una cosa más que esta historia tiene que decir antes de cerrar. Algo que no aparece en los titulares sobre Chucho Benítez y que sin embargo es parte esencial de lo que hace que su caso sea diferente a los cientos de historias de futbolistas que se fueron demasiado pronto. La mayoría de los documentales sobre deportistas que murieron jóvenes hablan de autodestrucción, de excesos, de adicciones que el dinero y la fama volvieron accesibles y que el vacío interior volvió irresistibles.

La historia más común es la del chico con talento que llegó al punto más alto y se destruyó desde adentro con sus propias decisiones. Esa historia existe, es real, la hemos contado y la volveremos a contar en este canal porque es parte de lo que el deporte profesional produce con una regularidad aterradora.

Pero la historia de Chucho Benítez no es esa y eso es lo que la hace más difícil de entender y más difícil de aceptar. Porque aquí no hubo autodestrucción, no hubo decisiones que lo destruyeran desde adentro, no hubo alcohol, no hubo drogas, no hubo apuestas, no hubo escándalos, no hubo ninguno de los mecanismos habituales de la caída del deportista profesional.

Hubo un hombre que hizo todo bien, que trabajó, que fue profesional, que fue buen padre, que fue buen compañero, que tomó una decisión económicamente racional de ir a Catar por el mejor contrato de su vida y que murió 22 días después de llegar porque su corazón tenía un defecto de nacimiento que nadie podía ver, o porque el sistema médico de ese hospital específico en ese idioma que no era el suyo, a esa hora de la madrugada, no respondió con la rapidez y la precisión que su situación requería.

o ambas cosas a la vez. Y esa [música] es exactamente la razón por la que 12 años después la herida no cierra. Porque cuando hay autodestrucción, el luto tiene un componente de inevitabilidad que ayuda, aunque sea de manera cruel y fría, a procesar la pérdida. Pero cuando muere alguien que hizo todo bien, que no había dado ninguna señal de que algo fallaba, que acababa de levantar un título y tenía el futuro absolutamente [música] abierto, no hay narrativa de causa y consecuencia que sirva de andamiaje al duelo. Solo queda el absurdo, solo queda

la pregunta sin respuesta. Solo queda el por qué su hijo repitió en 2024 con la misma intensidad que la familia repitió el 29 de julio de 2013. Grábate esto como última imagen. Una camiseta del América. y una camiseta de Ecuador sobre la tumba de Cristian Beníz en el campos Monteol de Quito.

[música] Unas pocas flores y el nombre de un hombre que jugó 27 años en este mundo y que en menos de un mes en el desierto árabe entregó todo lo que le quedaba. Chucho Beníz fue uno de los primeros jugadores latinoamericanos importantes en aceptar el modelo del fútbol árabe que hoy mueve miles de millones y que ha llevado a Cristiano Ronaldo, Karim Benzemá, Neymar y decenas de estrellas [música] al Golfo Pérsico. En 2013 era todavía nuevo.

No había el ecosistema de apoyo que existe hoy para los jugadores que emigran al mundo árabe. No había redes de representación, ni estructuras de acompañamiento [música] familiar, ni intérpretes garantizados en las urgencias médicas a las 3 de la madrugada. Chucho fue de los primeros en ese camino y pagó el precio de ser de los primeros, el precio del pionero que va sin mapa, sin precedentes, sin nadie que le diga cómo es realmente ese sistema cuando ocurre [música] una emergencia y nadie entiende tu idioma.

Lo que sí es posible saber es que el sistema que lo llevó hasta allí no tenía en ese momento los mecanismos adecuados para proteger a los jugadores que reclutaba, que un futbolista de su nivel, en sus primeras semanas [música] de adaptación debería haber tenido acceso garantizado a de atención médica en su propio idioma a cualquier hora.

que la barrera del idioma en una emergencia médica no debería haber sido un factor determinante, [música] que lo fue, y que quizás, solo quizás esa diferencia importó. 12 años después, el debate sigue abierto y seguirá abierto mientras su hijo siga buscando respuestas y mientras las instituciones que podían haberlas dado sigan sin ofrecerlas con transparencia completa.

[música] Si la historia de Chucho te hizo entender el precio real de los millones del desierto, dale [música] like y suscríbete. No por mí, por Chucho, para que su historia completa llegue a más personas. para que cuando alguien diga, “Murió de un fallo cardíaco y ya,” alguien más pueda decir, “No, la historia es mucho más complicada que eso y todavía no tiene respuesta. Yeah.

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