27 Peleas, 27 NOCAUTS… Acabó con Su Esposa y Se Quitó la Vida en la Celda | EDWIN VALERO

En el sparring, donde se supone que los boxeadores trabajan para mejorar sin lastimarse [música] mutuamente, Edwin peleaba como si fuera una pelea de campeonato. Esa mentalidad lo hacía excepcional como competidor, [música] pero también revelaba algo más oscuro sobre su psique. Pelea tras pelea, el patrón se repetía.

Edwin salía al centro del ring en el primer segundo. No tocaba guantes ceremonialmente. No esperaba a estudiar a su rival. simplemente atacaba combinaciones rápidas al cuerpo y a la cabeza, ganchos al hígado que doblaban a los hombres, [música] derechazos cruzados que apagaban las luces. Sus rivales intentaban cubrir, intentaban retroceder, intentaban sobrevivir, pero Edwin no les daba espacio.

Los perseguía hasta las esquinas, los acorralaba contra las cuerdas [música] y cuando los tenía donde quería descargaba ráfagas de golpes hasta que el árbitro intervenía. Para cuando llegó a su décima pelea, Edwin ya era una leyenda local en Venezuela. [música] Los aficionados al boxeo venezolano no habían visto nada así desde los tiempos de Antonio Cervantes, Kit Pambé.

Pero Edwin era diferente. No era un boxeador técnico, era una fuerza de la naturaleza, puro poder y agresión sin refinar. Los aficionados al boxeo en Venezuela empezaron a hablar de él. Los medios internacionales comenzaron a prestar atención. Este chico de los Andes con una historia de pobreza y superación estaba haciendo algo que nadie había visto antes.

Ganaba todas sus peleas por knockout. Y no solo eso, las ganaba en el primer asalto, una tras otra tras otra. El récord previo de Miniation 9 Champers, victorias consecutivas por knockout en el primer asalto era de 15, establecido por J. Gotto en 1905. Edwin Valero estaba a punto de romperlo. [música] El 25 de febrero de 2006, en su pelea número 18, Edwin igualó el récord de Jong Gotto.

Un mes después, el 25 de marzo, en su pelea número 19 contra Genaro Trasancos, finalmente alguien sobrevivió al primer asalto. Trasancos aguantó. Edwin lo noqueó en el segundo round, pero la racha había terminado. 18 victorias consecutivas en el primer [música] asalto, un récord mundial que quedó inscrito en los libros de historia.

Este récord fue posteriormente superado por Tyron Bronson, pero en su momento Edwin Valero era un fenómeno global. Las grandes promotoras de boxeo empezaron a verlo. Golden Boy Promotions, la empresa de Óscar de la Hoolla, lo fichó. HBO, la cadena de televisión más importante del boxeo en Estados Unidos, quería transmitir sus peleas.

Edwin Valero estaba a [música] punto de convertirse en una superestrella, pero entonces el pasado volvió hasta alcanzarlo. Enero de 2004, antes de una pelea programada para ser transmitida por HB o en Nueva York, Edwin tuvo que pasar un examen médico obligatorio, una resonancia magnética. Los médicos encontraron irregularidades en su cerebro, secuelas del accidente de motocicleta de 2001.

Las autoridades de boxeo de Nueva York le negaron la licencia. La pelea fue cancelada y de un día para otro Edwin Valero fue vetado de pelear en la mayoría de los estados de Estados Unidos. Solo Texas años después le permitiría pelear en su territorio. [música] El golpe fue devastador. Estados Unidos es donde se hacen las grandes peleas, donde están las grandes bolsas, donde se construyen las carreras legendarias.

Edwin estaba siendo bloqueado justo cuando estaba despegando. Su equipo argumentó que era una decisión política, que el verdadero motivo no era médico, [música] pero la realidad era simple. Las comisiones de boxeo estadounidenses no querían arriesgarse a que un boxeador muriera en el ring por una lesión cerebral preexistente. Edwin continuó peleando fuera de Estados Unidos, Japón, Argentina, Panamá, Francia.

llevó su espectáculo a diferentes partes del mundo y seguía ganando siempre por knockout, siempre con esa ferocidad que hacía que la gente no pudiera apartar la mirada. Pero algo estaba cambiando [música] en él. La frustración de no poder pelear en Estados Unidos, las adicciones que nunca controló, los problemas personales que se acumulaban, todo estaba creando una presión insoportable.

[música] El 5 de agosto de 2006, Edwin tuvo la oportunidad que había estado [música] esperando. Enfrentaría al panameño Vicente Mosquera por el título mundial superpluma de la Asociación Mundial de Boxeo. La pelea fue en Ciudad de Panamá en territorio hostil. Mosquera era un campeón experimentado, respetado, con un [música] récord de 24 victorias, una derrota y un empate.

Había ganado el título vacante apenas unos [música] meses antes y no tenía intención de entregarlo fácilmente. Le decían, “El loco mosquera” y con razón. Era duro, aguerrido, difícil de vencer. Para Edwin, que entraba con 19 victorias, todas por knockout, esta era la prueba definitiva. La atmósfera en el Roberto Durán Arena estaba electrizada.

El público panameño apoyaba fervientemente a su compatriota. Edwin era el retador, el joven salvaje de Venezuela con el récord perfecto, pero sin experiencia en grandes peleas. Nadie sabía cómo reaccionaría cuando las cosas se pusieran difíciles, porque hasta ese momento ninguna de sus peleas había durado más de dos asaltos.

Nunca había tenido que demostrar resistencia, nunca había tenido que recuperarse de un golpe duro, nunca había tenido que ajustarse cuando su plan inicial no funcionaba. Cuando sonó la campana del primer asalto, Edwin salió como siempre atacando sin piedad. En los primeros minutos lanzó una ráfaga de golpes que derribó a Mosquera dos veces.

El público enmudeció. [música] Parecía que sería otra demolición rápida. Pero Mosquera se levantó. se levantó las dos veces y cuando regresó al centro del ring, sus ojos mostraban determinación en lugar de miedo. Eso debería haber sido una advertencia para Edwin. [música] El segundo asalto fue parejo. Mosquera empezó a encontrar su ritmo, a usar su experiencia.

En el tercer asalto sucedió algo que nadie esperaba. Mosquera conectó un golpe limpio que envió a Edwin a la lona. Fue la primera y única vez en toda su carrera profesional que Edwin Valero besó la lona. El estadio explotó. Los aficionados panameños gritaban, saltaban, celebraban. El invencible había caído. Edwin se levantó rápidamente, pero algo había cambiado en su mirada.

No era miedo exactamente, era rabia pura y sin filtro. La humillación de haber sido derribado en su primera pelea por un título mundial frente a miles de personas. activó algo primordial en él. Se lanzó contra Mosquera con una ferocidad aún mayor que antes, pero Mosquera aguantó, absorbió el castigo, respondió con golpes propios.

Lo que siguió fueron rounds de guerra. Asalto cuatro, asalto cinco, asalto seis. Edwin seguía lanzando combinaciones salvajes, pero Mosquera no se quebraba. estaba demostrando que la resistencia de Edwin era [música] cuestionable, que si podías sobrevivir la tormenta inicial, tal vez tenías una oportunidad. Pero Edwin tenía algo que Mosquera no había enfrentado antes, una capacidad aparentemente infinita para mantener la presión.

No se cansaba, no disminuía el ritmo. Siguió atacando round tras round. Para el asalto siete, Mosquera empezaba a mostrar [música] desgaste. Los golpes al cuerpo que Edwin había estado lanzando toda la pelea comenzaron a hacer efecto. En el octavo asalto, el panameño estaba visiblemente cansado.

El noveno fue aún peor y en el décimo, cuando [música] Mosquera salió de su esquina, se veía como un hombre al borde del colapso. Edwin sintió sangre en el agua. Durante los primeros 2 minutos del décimo asalto, Edwin lanzó una de las ráfagas de golpes más brutales de su carrera. Mosquera intentó cubrir, intentó moverse, pero no había escape.

Edwin lo acorraló contra las cuerdas y descargó combinaciones de ambas manos. Ganchos al cuerpo, upercuts cruzados a la [música] cabeza. Mosquera aguantó tanto como pudo, mostrando el corazón de un verdadero campeón. Pero el árbitro vio suficiente. A los 2 minutos del décimo asalto detuvo la pelea. Knockout técnico.

Edwin Valero, a los 24 años con un récord de 20 victorias por knockout, era campeón mundial. La pelea con Mosquera reveló varias cosas importantes sobre Edwin. Primero, que podía ser derribado. No era un Superman invulnerable. Segundo, que tenía un corazón tremendo. Cuando cayó en el tercer asalto, se pudo haber desmoronado mentalmente, en cambio se levantó y peleó con más intensidad.

Tercero, que tenía resistencia. 10 asaltos era territorio desconocido para [música] él, pero mantuvo el ritmo hasta el final. Y cuarto, lo más importante, que era genuinamente especial. Mosquera no era un rival fácil, era un campeón probado y Edwin lo había derrotado de manera concluyente. Después de esa victoria, Edwin era intocable en Venezuela.

Era el héroe nacional. El gobierno lo celebraba. Hugo Chávez personalmente le entregó el premio Héroe Nacional en una ceremonia televisada. Edwin había llegado. O eso parecía. Defendió el título cuatro veces en los siguientes 2 años. La primera defensa fue el 3 de enero de 2007 contra el puertorriqueño Mico Losada en Japón.

Edwin lo destruyó en el primer asalto. Losada tenía un récord respetable de 19 victorias y cuatro derrotas, pero contra Edwin no tuvo ninguna oportunidad. Fue un recordatorio brutal de que cuando Edwin estaba encendido, nadie podía detenerlo. La segunda defensa fue contra el filipino Weer García el 27 de mayo de 2026. 1007.

También en Japón, García duró tres asaltos antes de que el árbitro detuviera la pelea. La tercera fue contra el mexicano Héctor Muñoz el 15 de septiembre de 2007 en Monterrey, México. Knockout en el tercer asalto. Edwin estaba demostrando que la pelea con Mosquera [música] no había sido suerte, era el campeón dominante de la división.

La cuarta y última defensa del título super pluma fue contra el japonés Takjiroshimada el 12 de junio de 2008 en Tokio. Para entonces, Edwin ya había decidido que iba a subir de división. No había más retos interesantes en peso super pluma. Todos los mejores peleadores lo evitaban. Nadie quería arriesgar su récord contra un knockout artist como [música] Edwin.

Shimada fue valiente al aceptar la pelea, pero valentía no era suficiente. Edwin lo noqueó técnicamente en el octavo asalto. [música] El 3 de septiembre de 2008, Edwin oficialmente dejó vacante el título de la AMB y anunció que subiría al peso ligero. Era un movimiento lógico. Los peleadores de peso ligero eran más grandes, más fuertes.

Había más dinero en esa división y habían hombres más grandes para [música] enfrentar. Edwin pesaba naturalmente cerca del límite de peso ligero de 135 libras, así que no tendría que forzar su cuerpo para hacer el peso. Pero había un problema. Para pelear con los grandes nombres del peso ligero, necesitaba pelear en [música] Estados Unidos y Estados Unidos seguía cerrado para él.

Después del veto médico de 2004, solo Texas le había dado licencia. Pero incluso con licencia de Texas, Edwin necesitaba una visa estadounidense para entrar al país y esa visa le fue negada. Su equipo argumentaba que era por razones políticas, por su apoyo público a Hugo Chávez. Funcionarios estadounidenses nunca confirmaron ni negaron esa teoría citando políticas de privacidad sobre casos individuales de visas.

Lo que sea que haya sido la razón, el resultado era el mismo. Edwin estaba siendo bloqueado del mercado más lucrativo del boxeo justo cuando más lo necesitaba. A pesar de ser campeón mundial, Edwin no ganaba las bolsas millonarias que otros campeones recibían. Peleaba principalmente en Japón, en Venezuela, en México.

Buenas bolsas, pero no lo que habría ganado en Las Vegas o Atlantic City. La frustración estaba creciendo. El 4 de abril de 2009, finalmente Edwin consiguió lo que había estado buscando. Texas le había mantenido la licencia activa y milagrosamente le permitieron entrar al país para pelear. Enfrentaría al colombiano Antonio Pitalúa por el título mundial de peso ligero vacante del Consejo Mundial de Boxeo en el Frank Airwin Center de Austin, Texas.

Era la primera vez que Edwin peleaba en suelo estadounidense desde 2003, [música] 6 años atrás. Pitalua no era un rival fácil. Venía con un récord impresionante de 46 victorias, tres derrotas. Era un golpeador experimentado, zurdo como Edwin con 26 knockouts en su historial. Los expertos decían que sería una prueba real para Edwin en su nueva división, que Pitalua tenía el poder y la experiencia para darle problemas, que el peso extra podría afectar la velocidad de Edwin. Se equivocaron completamente.

El primer asalto transcurrió sin incidentes mayores. Ambos peleadores estudiaron, midieron distancias, lanzaron jabs exploratorios. Edwin parecía cómodo en el peso, no se veía lento ni fuera de lugar. Cuando sonó la campana para el segundo asalto, Edwin salió de su esquina con intenciones claras.

A los pocos segundos conectó un gancho de derecha perfecto que sacudió a Pitalúa hasta los huesos. El colombiano cayó a la lona, se levantó, pero estaba visiblemente afectado. Edwin no le dio tiempo para recuperarse, se lanzó sobre él con una ráfaga de golpes. Pitalua intentó cubrir, intentó moverse, pero Edwin estaba en modo destrucción total.

lo acorraló contra las cuerdas y descargó combinaciones devastadoras. Pitalua cayó por segunda vez, se levantó nuevamente mostrando corazón, pero estaba acabado. Edwin lo persiguió hasta la esquina y lanzó otra combinación brutal. Pitalua cayó por tercera vez. El árbitro no necesitó contar. detuvo la pelea a un minuto 49 del segundo asalto.

Edwin Valero era ahora campeón mundial en dos divisiones. A los 27 años, con un récord de 25 victorias por knockout, había probado que podía competir al más alto nivel sin importar el peso. La victoria fue transmitida en diferido por algunos canales deportivos estadounidenses y las reacciones fueron de asombro.

Los comentaristas comparaban su poder con Mike Tyson en su Prime. Decían que nadie en el peso ligero podía intercambiar golpes con él y sobrevivir. Bobarum, el legendario promotor de Top Rank, firmó a Edwin para un contrato de tres peleas. Arum también promovía a Manny Pacquiao, el mejor libra por libra del mundo en ese momento.

Inmediatamente empezaron las conversaciones sobre una eventual pelea entre Paquiao y Valero. Sería un evento masivo. El filipino técnico y veloz contra el venezolano brutal y agresivo. La pelea que todos querían ver. Las proyecciones hablaban de millones de dólares en bolsa para Edwin. Su sueño estaba a punto de hacerse realidad.

En diciembre de 2009 defendió el título contra Héctor Velázquez en La Guaira, Venezuela. Knockout técnico en el séptimo asalto. El 6 de febrero de 2010 en Monterrey, México, Edwin hizo su segunda defensa del título de peso ligero contra el joven mexicano Antonio de Marco. La pelea fue significativa por varias razones.

Primero, era la primera vez que una pelea de Edwin sería transmitida en vivo por televisión estadounidense, específicamente por Showtime. Segundo, Demarco venía con un récord sólido de 23 victorias, una derrota y un empate y era considerado un prospecto peligroso con 17 knockouts. Tercero y más importante, esta era la prueba de fuego para Edwin frente a la audiencia estadounidense que decidiría si realmente merecía pelear contra Pacquiao.

Desde el inicio de la pelea, algo se veía diferente en Edwin. Estaba más ansioso de lo normal, más errático en sus movimientos. Durante el segundo asalto, mientras intercambiaban golpes en el centro del ring, De Marco lanzó un golpe que Edwin esquivó, pero el codo de De Marco golpeó accidentalmente la frente de Edwin. Fue un contacto fuerte.

Cuando se separaron, Edwin tenía un corte profundo sobre el ojo derecho. La sangre empezó a brotar inmediatamente cubriéndole la mitad de la cara. El médico del ring revisó el corte durante el descanso después del segundo asalto. Era serio. En muchas peleas, un corte así habría resultado en una detención o al menos en seria consideración de pararla.

Pero Edwin no dejó que eso sucediera. Cuando el doctor preguntó si podía continuar, Edwin lo miró con ojos de loco y asintió. No había forma de que iban a detener esa pelea. No cuando finalmente estaba siendo visto por millones de personas en Estados Unidos, no cuando su futuro dependía de este momento. El tercer asalto fue salvaje.

Edwin con la cara cubierta de sangre peleó como un hombre poseído. La imagen era perturbadora. Parecía salido de una película de terror. Su cabellera desaliñada, empapada de sangre, el corte bombeando más sangre con cada golpe que daba y recibía. Su expresión facial era de pura furia. De Marco, al ver esa imagen demoníaca viniendo hacia él, debe haber sentido terror genuino, porque Edwin no solo no se desaceleró por el corte, sino que se volvió más agresivo.

Asalto tras asalto, Edwin impresionaba. De Marco intentaba mantenerse a distancia, usar su jap para controlar el espacio, pero Edwin no le daba tregua. El mexicano era valiente y habilidoso, pero estaba enfrentando algo más que un boxeador esa noche. Estaba enfrentando a un hombre que parecía no sentir dolor, que peleaba con una intensidad que iba más allá de lo normal.

Para el noveno asalto, Demarco había absorbido un castigo tremendo. Su entrenador, viendo cómo estaba la pelea, tomó la decisión correcta cuando sonó la campana para terminar el noveno round y de Marco volvió a su esquina. Su team le quitó el protector bucal, no iba a permitir que su peleador saliera para el décimo asalto.

Edwin Valero ganó por retiro del contrario, knockout técnico, victoria número 27. Pero la imagen que quedó de esa pelea no fue de triunfo glorioso. Fue la imagen de Edwin en el centro del ring, cubierto de sangre de pies a cabeza, con ese corte horrible sobre el ojo aún sangrando, levantando los brazos en victoria con una expresión que no era de alegría, sino de algo mucho más oscuro.

Los comentaristas de Showtime no sabían qué decir. Habían presenciado una demostración de voluntad y poder, pero también habían visto algo inquietante. Algo estaba mal con Edwin Valero. Después de la pelea en la conferencia de prensa, Edwin habló de manera incoherente. Saltaba de un tema a otro. Parecía agitado, paranoico. Los periodistas notaron que sus pupilas estaban dilatadas, [música] que sudaba excesivamente a pesar de que ya había pasado tiempo desde la pelea.

Los que sabían de señales de consumo de drogas reconocieron los síntomas inmediatamente. Edwin había peleado bajo la influencia de cocaína. No era la primera vez, según rumores nunca confirmados completamente, pero esta vez era obvio. Esa noche, Edwin Valero alcanzó el pico de su carrera y también comenzó la recta final hacia su destrucción.

La pelea con Pacquiao estaba siendo discutida seriamente. Bobarum dijo públicamente que sería un espectáculo tremendo. Los análisis decían que Edwin probablemente perdería contra la velocidad y la técnica superior de Pacquiao, pero que sería emocionante mientras durara. Las bolsas proyectadas hablaban de varios millones de dólares para Edwin.

Todo por lo que había peleado, todo lo que había sacrificado, estaba finalmente al alcance de su mano. Pero Edwin no viviría para ver ese día. Menos de dos meses después de esa victoria en Monterrey, estaría muerto. Edwin se había casado con Jennifer Carolina Viera Finol cuando ella tenía 19 años. Se conocieron en el Vigía.

Según quienes los conocían, Edwin estaba profundamente enamorado de ella. Tuvieron dos hijos, Edwin Junior y Jennifer Roseln, a quienes llamaban Rosy. Desde fuera parecía que Edwin había encontrado esta habilidad, pero la realidad era muy diferente. Para entender completamente la relación entre Edwin y Jennifer, hay que entender el contexto del boxeo y la violencia doméstica.

Es un patrón que se repite con frecuencia alarmante en este deporte. Hombres entrenados para resolver conflictos con violencia física. Hombres con egos inflados por la fama y la adulación. Hombres con acceso a dinero y poder, pero sin las herramientas emocionales para manejarlo terminan llevando esa violencia a sus hogares.

Los estudios sobre violencia doméstica en atletas de deportes de contacto muestran tasas significativamente más altas que en la población general. Y el boxeo, por su naturaleza, atrae a hombres que ya vienen de ambientes violentos. Edwin no fue la excepción a este patrón, fue el ejemplo extremo del mismo. La madre de Jennifer, Mary Finol, dio entrevistas después de la tragedia donde reveló detalles escalofriantes.

dijo que Edwin vivía permanentemente drogado, que no dormía, no comía, consumía cocaína todos los días, que su hija le contaba que cada vez era más violento, que los celos de Edwin eran enfermizos, que controlaba cada aspecto de la vida de Jennifer, con quién hablaba, a dónde iba, qué ropa usaba.

Era una prisión disfrazada de matrimonio. Los vecinos confirmaban estas historias. Decían que los gritos se escuchaban regularmente, que veían a Jennifer con marcas en el cuerpo, con los ojos hinchados caminando con dificultad. Pero en Venezuela, como en muchos países de América Latina, la violencia doméstica era y sigue siendo un problema normalizado.

Los vecinos escuchaban, pero no intervenían. Era un asunto privado, decían. Entre marido y mujer, nadie se mete. Jennifer intentó escapar múltiples veces según testimonios de familiares. Se iba a casa de su madre con los niños, pero Edwin siempre la encontraba. Llegaba con flores, con promesas de cambio, con amenazas veladas de lo que pasaría si no regresaba. Y Jennifer volvía.

Tal vez porque lo amaba a pesar de todo. Tal vez porque temía lo que él haría si se quedaba lejos. Tal vez por los niños. Tal vez porque económicamente dependía completamente de él, probablemente por todas esas razones combinadas. El ciclo de violencia doméstica es bien conocido por los especialistas. Periodo de tensión donde el abusador se vuelve cada vez más irritable.

Explosión violenta donde ocurre el abuso físico. Periodo de luna de miel donde el abusador se disculpa, promete cambiar, es cariñoso y atento. Y luego el ciclo comienza de nuevo. Con Edwin y Jennifer, este ciclo se repetía constantemente y cada vez la violencia escalaba un poco más. Edwin nunca superó sus adicciones.

La cocaína y el alcohol eran parte de su vida diaria. Según la madre de Jennifer, Edwin consumía cocaína todos los días. No dormía, no comía. Estaba en un estado constante de paranoia y agresividad y Jennifer llevaba la peor parte. Edwin era violentamente celoso, controlador, la golpeaba regularmente. Los vecinos escuchaban los gritos, los familiares veían las marcas.

Pero en Venezuela, Edwin Valero era intocable, se había convertido en un símbolo nacional, no solo por su talento en el ring, sino por su conexión con el presidente Hugo Chávez. Edwin era un chavista apasionado. Se tatuó en el pecho la bandera de Venezuela y el rostro de Hugo Chávez. Un tatuaje enorme que cubría todo su torso.

Aparecía en eventos oficiales. En el programa de televisión de Chávez era tratado como un héroe nacional. Chávez le entregó el premio Héroe Nacional en 2006. Lo llamaba parte de la generación de oro del deporte venezolano. Esa relación le daba a Edwin una protección implícita. Según varios testimonios, cuando tenía problemas con la policía, una llamada desde la presidencia arreglaba todo.

En septiembre de 2009, Edwin fue arrestado por golpear a su madre y a una de sus hermanas durante una disputa familiar. Fue detenido, pero las denuncias fueron retiradas y quedó libre. En esa misma época, según rumores no confirmados, Edwin tuvo un altercado con buoneros en el Vijía, donde supuestamente le incautaron una pistola.

Pasó la noche detenido, pero según fuentes allegadas, una llamada desde la presidencia lo sacó y el expediente desapareció. En abril de 2009, Jennifer llegó a un hospital del Vigía con una herida de bala en la nuanfied. Pierna izquierda. Según la versión oficial, un desconocido en motocicleta le disparó frente a su casa, [música] pero muchos sospechaban que había sido Edwin.

Las circunstancias nunca fueron aclaradas por las autoridades. Jennifer nunca presentó cargos. El caso quedó en el olvido. El 25 de marzo de 2010, Edwin fue arrestado nuevamente. Jenifer había llegado al Hospital Universitario de los Andes en Mérida con lesiones graves. Tenía varios hematomas en el cuerpo, un pneumotórax y una perforación en el pulmón causada por una costilla rota.

Los médicos que la atendieron dudaron inmediatamente de su historia. Jennifer dijo que se había caído por las escaleras mientras revisaba un tanque de agua, pero las lesiones no coincidían con una caída accidental. Cuando Edwin llegó al hospital, amenazó al personal médico. Les dijo que si la noticia se filtraba a los medios, los golpearía.

Fue entonces cuando los doctores llamaron a la policía. Edwin fue arrestado. La fiscalía lo acusó de acoso y hostigamiento contra su esposa, amenaza laboral hacia una médica y una enfermera y resistencia a la autoridad por enfrentarse con los policías. Durante el proceso, Edwin se declaró alcohólico. Fue internado 5co días en el hospital San Juan de Dios para desintoxicación.

Allí las pruebas detectaron metabolitos de cocaína en su sangre. También se le realizó un examen psiquiátrico. El informe psiquiátrico fechado el 26 de marzo de 2010 y firmado por el Dr. Javier Piñero Alvarado, describía a Edwin como una persona con personalidad inestable e impulsiva de posible origen mixto debido a tus antecedentes de traumatismo cranioencefálico antiguo y daño tóxico relacionado con adicción a múltiples sustancias en grado de dependencia moderada.

El informe recomendaba tratamiento inmediato, pero Edwin no lo recibió. Un juez ordenó que Edwin debía someterse a tratamiento psiquiátrico por 6 meses. Mientras tanto, quedó en Minichus [música] 500, libertad condicional bajo fianza. Dos personas cercanas a él pagaron una suma millonaria para sacarlo. La condición era que se presentara cada 90 días ante el tribunal y que avisara si tenía planes de salir del país.

También le ordenaron mantenerse alejado de Jennifer. Pero nadie supervisó realmente el cumplimiento de esas órdenes. Edwin entró a un centro de rehabilitación en Mérida. Debía permanecer internado. Pero el 8 de abril de 2010, apenas unos días después de ingresar, abandonó el tratamiento. Simplemente se fue. Su abogada Milda Mora y su manager José Castillo le rogaron que se quedara.

Sabían que estaba al borde del abismo, pero Edwin no escuchó. Volvió con Jennifer, volvió a las drogas, volvió al alcohol. El Consejo Mundial de Boxeo había puesto a Edwin en la lista de campeón en receso mientras completaba su rehabilitación. Había conversaciones avanzadas para una pelea contra Manny Pacquiao, el mejor libra por libra del mundo.

En ese momento esa pelea habría sido el evento más grande de la carrera de Edwin. Millones de dólares, fama mundial, todo lo que había soñado, pero nunca sucedería. La noche del 17 de abril de 2010, Edwin y Jennifer llegaron al hotel Intercontinental de Valencia en el estado Carabobo alrededor de las 11:30 de la noche, Edwin conducía su Toyota Land Cruiser azul.

Habían salido del vigía esa tarde. Según la versión que Edwin dio después, estaban huyendo. Decía que unas personas los venían persiguiendo por la carretera del páramo que querían robarlo o secuestrarlo. Estaba paranoico. Cocaína y bodka corrían por su sistema. Jennifer intentaba calmarlo, pero era inútil. Se registraron en el hotel y subieron a su habitación.

Lo que pasó durante las siguientes horas, solo Edwin lo sabe con certeza. Pero alrededor de la 1 de la mañana del 18 de abril, Edwin bajó a la recepción del hotel. Tenía sangre en las manos y en la ropa. Estaba agitado, confundido. Le dijo al personal de seguridad que necesitaban llamar a la policía que había matado a su esposa. Los guardias subieron corriendo a la habitación.

El cuerpo de Jennifer Carolina Viera Finol estaba en la cama. Tenía tres heridas de arma blanca. Un cuchillo la había atravesado tres peces. 24 años. Madre de dos niños pequeños, muerta a manos del hombre que decía amarla más que a nada en el mundo. La policía arrestó a Edwin inmediatamente. No puso resistencia. Estaba en shock entrando y saliendo de la lucidez.

A veces decía que era inocente. Otras veces confesaba tranquilamente que la había matado. Lo llevaron a los calabozos del cuerpo de investigaciones científicas, penales y criminalísticas. En Carabobo lo pusieron en una celda, le quitaron los cordones de los zapatos y la chaqueta que llevaba. Precaciones estándar para prevenir suicidios.

Pero le dejaron el pantalón deportivo que vestía. Nadie imaginó que usaría eso. En la celda contigua había otro recluso. Según los reportes, ese hombre intentó hablar con Edwin. Le gritó ofreciéndole un jugo tratando de entablar conversación. Edwin no quería tratos especiales. No quería estar separado de los otros presos.

Quería estar con la población general, pero lo mantuvieron aislado. A la 1:30 de la madrugada del 19 de abril de 2010, el recluso de la celda contigua escuchó ruidos extraños. Alertó a los guardias. Cuando los policías se acercaron a la celda de Edwin, lo encontraron colgado de las rejas con su propio pantalón deportivo atado alrededor del cuello.

Según el director del CCPCE, Wilmer Flores Trossel, Edwin todavía mostraba signos vitales cuando lo bajaron. Intentaron reanimarlo. No funcionó. murió por asfixia mecánica, ahorcamiento. Según algunos reportes, Edwin había metido su ropa interior en la boca para no hacer ruido mientras se mataba, aunque esos detalles nunca fueron confirmados.

Oficialmente, el 19 de abril es una fecha importante en Venezuela. Se conmemora el inicio del proceso de independencia del país, pero en 2010 ese día también se convirtió en el aniversario de la muerte de Edwin Valero. A las pocas horas de conocerse la noticia, todo Venezuela estaba en shock. Los medios internacionales cubrían la historia.

El boxeador invencible, el campeón en dos divisiones, el hombre con el récord perfecto, había asesinado a su esposa y después se había suicidado en prisión. Hugo Chávez publicó su reacción en su columna dominical titulada Las líneas de Chávez. Escribió que la muerte de Edwin le había dejado una lágrima que le cruzaba el alma.

dijo que en su brillante carrera pugilística, dándolo todo por Venezuela, el incabalero no conoció la derrota, pero no pudo convertirse en vencedor de sí mismo. [música] Luego politizó el asunto, como era su costumbre, diciendo que la prensa había atendido un cerco sobre Edwin desde hacía meses que nunca le perdonaron su identificación con la revolución bolivariana, que había que destruir a toda costa a quien se había convertido en un símbolo.

La familia de Edwin cuestionó la versión oficial del suicidio. Dijeron que había cabos sueltos en la investigación. Según rumores nunca confirmados, Edwin llevaba una gran cantidad de dólares cuando fue arrestado, dinero que nunca apareció. La familia insinuó que los carceleros pudieron haberlo asesinado y hacer pasar su muerte como suicidio.

El 14 de mayo de 2010 exhumaron el cuerpo de Edwin del cementerio Cristo Rey del Vigía para hacer investigaciones adicionales, pero nunca se encontró evidencia de homicidio. La versión oficial se mantuvo. Suicidio. Jennifer fue enterrada el 18 de abril en el mismo cementerio donde después descansaría Edwin. Su funeral fue íntimo.

Solo familia cercana. El funeral de Edwin fue muy diferente. Miles de personas salieron a las calles del Vijía para despedirlo. El cortejo duró más de 8 horas. Sacaron el féretro de la casa de su madre y lo llevaron en caravana hasta la casa paterna en el sector bolero alto, donde permaneció por hora y media en intimidad familiar.

Luego recorrieron los últimos 9 km hasta el cementerio. La gente se agolpaba alrededor de la carroza, queriendo ver al boxeador hasta el último instante. Al final, Edwin Valero recibió Cristiana sepultura, rodeado solo de sus más allegados. Dejó huérfanos a dos niños. Edwin Junior tenía 7 años cuando murieron sus padres. [música] Rosy tenía cinco.

Quedaron bajo el cuidado de sus abuelos maternos, viviendo en la misma casa humilde en las montañas, cerca del vigía, donde sus padres habían vivido. No recibieron ni un dó de la fortuna que Edwin había ganado. Las cuentas bancarias en el exterior, las propiedades, el [música] Mustang que se deterioraba en un estacionamiento en Guatire, las computadoras y otras pertenencias que quedaron en el hotel Tedipton Valencia nada llegó a sus manos.

La abuela materna Sorani Finol en entrevistas años después contó cómo habían pasado necesidades, que no tenían ni con qué vestir a los niños, que no recibieron atención psicológica a pesar de que los dos primeros años lloraban sin consuelo, se ahogaban de tristeza, aunque no pudieran expresar lo que sentían, que tuvo que pagar hasta las traducciones para nacionalizar a Rosy, que los niños siguieron siendo sus príncipes, aunque no tuvieran la fortuna que su padre les había dejado.

Según reportes de 2013, los niños recibían una mensualidad de una cuenta bancaria, pero el monto era insuficiente y las promesas del gobierno de ayudarlos económicamente nunca se materializaron. En 2016, el director venezolano Ignacio Castillo Cotin estrenó una película sobre la vida de Edwin Valero titulada El Inca.

La investigación para el film comenzó el día después de la muerte del boxeador. La película exploraba toda la vida de Edwin, la pobreza, el abandono familiar, las adicciones desde niño, el ascenso meteórico en el boxeo, la relación con Hugo Chávez, la violencia doméstica, el asesinato y el suicidio. Fue estrenada en varios países, menos en Venezuela.

El régimen de Nicolás Maduro prohibió la película. Un juez ordenó retirarla de los cines venezolanos y destruir las copias. La familia de Edwin también se opuso. Su hermano Edward dijo que la película se guiaba por la prensa amarillista del país que odiaba a Edwin porque era partidario y seguidor de Hugo Chávez.

El director trató de llevar el caso a tribunales esperando que se convocara una audiencia en el Tribunal Supremo de Justicia, pero después de años nunca se realizó. La película sigue prohibida en Venezuela hasta el día de hoy. Para entender completamente la tragedia de Edwin Valero, hay que entender el contexto en que vivió. Venezuela en los años 2000 era un país polarizado.

Hugo Chávez dividía opiniones violentamente. O lo amabas o lo odiabas. Edwin eligió un bando de manera muy pública con ese tatuaje en el pecho. Eso le trajo beneficios. protección política, acceso a recursos, reconocimiento nacional, pero también lo convirtió en un símbolo que el chavismo no podía permitir que cayera públicamente.

Cuando Edwin empezó a tener problemas legales por violencia doméstica, el gobierno hizo la vista gorda. Cuando fue arrestado por golpear a su madre y hermana, las denuncias desaparecieron. Cuando necesitaba ayuda psicológica y tratamiento para adicciones, [música] no recibió el seguimiento adecuado. Edwin era demasiado valioso como propaganda para el régimen.

Pero cuando finalmente cruzó la línea de manera irreversible, cuando asesinó a Jennifer, ya no había forma de protegerlo y el régimen pasó a controlar la narrativa, presentándolo como víctima de una campaña mediática de sus enemigos políticos. Pero la realidad es mucho más simple y más trágica. [música] Edwin Valero era un hombre profundamente enfermo.

Sufrió traumas masivos en la infancia que nunca fueron tratados. Fue adicto a las drogas y al alcohol desde los 11 años. Sufrió una lesión cerebral severa a los 19 años que alteró su personalidad y sus impulsos. Tenía acceso a fama y dinero, pero no a tratamiento psicológico serio. Tenía poder en el ring, pero ningún control sobre sí mismo fuera de él.

La violencia doméstica que ejerció contra Jennifer no fue un incidente aislado, fue un patrón de años. Los vecinos lo sabían, la familia lo sabía, las autoridades lo sabían, pero nadie hizo nada efectivo para detenerlo. En una sociedad funcional, Edwin habría sido separado de Jennifer, obligado a tratamiento intensivo, supervisado de cerca.

[música] Pero en la Venezuela de ese tiempo, con un sistema de justicia débil y una cultura que minimizaba la violencia contra las mujeres, Edwin pudo seguir lastimándola una y otra vez hasta que la mató. Dentro del ring, Edwin era imparable. Su estilo no era bonito. No era técnico como Floyd Mayweather. No tenía la elegancia de Sugar Ray Robinson.

Era pura agresión, pura voluntad. Salía desde el primer segundo a romper a su rival. No había estrategia elaborada, solo presión constante, golpes de todos los ángulos, una determinación salvaje y funcionaba. 27 peleas, 27 knockouts. Ese récord habla por sí solo, pero ese mismo estilo era reflejo de sus demonios internos. Edwin no sabía boxear de otra manera porque no sabía vivir de otra manera.

Era todo o nada. Era violencia sin pausa. Era la misma furia descontrolada que lo hacía campeón en el ring, la que lo convertía en un monstruo fuera de él. No podía separar las dos cosas. El guerrero y el hombre eran uno mismo y ese hombre estaba roto desde la infancia. La historia de Edwin Valero no es única en el boxeo.

Es un patrón que se repite una y otra vez. Hombres de orígenes humildes, con traumas profundos, encuentran en el boxeo Fim una salida. Canalizan su dolor en violencia sancionada, se convierten en campeones, ganan dinero, fama, pero nunca sanan las heridas originales y eventualmente esas heridas los destruyen. Jake Lamota, Sony Liston, Mike Tyson.

La lista es larga, cada uno con su propia versión de la tragedia. Edwin Valero es solo el ejemplo más extremo de ese patrón. Lo que hace la historia de Edwin particularmente dolorosa es que hubo tantas oportunidades de intervenir, tantos momentos en que se pudo haber cambiado el curso de los eventos cuando fue arrestado la primera vez por golpear a su madre y hermana si lo hubieran obligado a tratamiento real en lugar de dejar que las denuncias desaparecieran.

Cuando Jennifer llegó al hospital con el pulmón perforado en marzo de 2010, si las autoridades hubieran actuado con firmeza en lugar de permitir que saliera bajo fianza sin supervisión real, cuando abandonó el centro de rehabilitación en abril, si alguien con autoridad lo hubiera detenido y obligado a quedarse.

Pero nada de eso pasó y el 18 de abril de 2010, Jennifer Carolina Viera Finol pagó con su vida por todas esas oportunidades perdidas. Tenía 24 años. dos hijos pequeños toda una vida por delante y murió apuñalada por el hombre que se suponía debía protegerla. Edwin tenía 28 años cuando murió en el pico de su carrera deportiva con un récord perfecto que lo ponía en conversaciones sobre peleas contra los mejores del mundo con todo el futuro por delante, pero eligió terminar su vida colgado de una celda con sus propios pantalones.

[música] dejó a sus hijos huérfanos, destruyó a dos familias, manchó su propio legado de manera irreparable. Hay quienes todavía lo recuerdan solo como el gran campeón en el vigía, en ciertos círculos sigue siendo un héroe. El niño pobre que llegó a la cima del mundo, el guerrero invencible, el orgullo nacional.

Pero esa es una versión incompleta de la historia. Historia completa incluye la violencia, las adicciones, el asesinato, el suicidio. No puede celebrar al boxeador sin reconocer al hombre. Y el hombre era un agresor, un asesino. [música] Edwin Junior y Rosy son las otras víctimas olvidadas. Crecieron sin sus padres, sin la fortuna que debería haber sido suya en la pobreza.

A pesar de que su padre había sido campeón mundial. La abuela contó en entrevistas que Edwin Junior a veces muestra rebeldía cuando le pide que estudie, que va a clases solo por la presión que ella le da, que es difícil, es fácil entender por qué ese niño perdió a su madre y a su padre de la manera más traumática posible.

Creció sabiendo que su padre asesinó a su madre y después se suicidó. Ese es un peso imposible de cargar. Rosy, según la abuela, es más tranquila, pero tampoco tuvo una infancia normal. Los dos niños vivieron años en terapia emocional no oficial porque nunca recibieron la atención psicológica profesional que necesitaban.

Los primeros dos años después de las muertes lloraban sin consuelo, se ahogaban de tristeza y todo porque un hombre no pudo controlar sus demonios. Y esos demonios no solo lo mataron a él, mataron primero a Jennifer Carolina Viera Finol, una mujer de 24 años con dos hijos pequeños que merecía vivir, que merecía estar a salvo, que merecía un sistema que la protegiera.

Pero ese sistema falló, su familia falló, la sociedad falló y Edwin Valero, el hombre que debía amarla y protegerla, la mató. No hay redención en esta historia. No hay lección bonita que extraer, no hay forma de darle un final positivo. Es simplemente una tragedia. Una tragedia que pudo haberse evitado si una docena de cosas hubieran sido diferentes, pero no lo fueron.

Y ahora Jennifer está muerta, Edwin está muerto. Dos niños crecieron sin padres y todo lo que queda es el recuerdo de 27 peleas perfectas y un final imperfecto y horrible. Cuando pienses en Edwin Valero, cuando veas clips de sus knockouts devastadores, cuando leas sobre su récord impoluto, recuerda también la última pelea, la que no fue transmitida, la que no tuvo árbitro, la que terminó con Jennifer muerta en una cama de hotel y Edwin colgado en una celda.

Porque esa pelea, la que perdió contra sí mismo, es la que realmente define quién fue Edwin Valero, un niño abandonado que se convirtió en campeón. Un talento extraordinario que nunca recibió la ayuda que necesitaba. Un adicto que no pudo vencer sus demonios. Un agresor que asesinó a su esposa. Un padre que dejó huérfanos a sus hijos. Un hombre que se quitó la vida en lugar de enfrentar las consecuencias de sus acciones. Todo eso es Edwin Valero.

No puedes tomar solo las partes que te gustan. Es el paquete completo. [música] Y el paquete completo es una tragedia de principio a fin. Descanse en paz Jennifer Carolina Viera Finol, la verdadera víctima de esta historia, la que no eligió nada de esto, la que merecía vivir. Hoy, más de una década después, el nombre de Edwin Valero sigue generando debates acalorados en círculos de boxeo.

Hay quienes lo recuerdan solo como El Guerrero invencible. Hacen videos en YouTube compilando sus mejores knockouts. Analizan su técnica, su poder, su agresividad. especulan sobre qué habría pasado si hubiera peleado contra Pacquiao, contra Mayweather, contra los mejores de su época. Estos fanáticos eligen ignorar la segunda mitad de la historia o la minimizan.

Dicen que todos cometemos errores, que Edwin estaba enfermo, que merece ser recordado por sus logros. Pero hay otros que argumentan que celebrar a Edwin Valero sin reconocer lo que hizo es una falta de respeto total hacia Jennifer y hacia todas las víctimas de violencia doméstica. [música] que su legado no puede ser separado de su crimen, que cada vez que alguien comparte un video de sus knockouts, sin mencionar que asesinó a su esposa, están borrando a Jennifer de la historia.

Están perpetuando la idea de que los logros deportivos importan más que las vidas humanas. La verdad, como siempre está en algún punto intermedio. Edwin Valero fue un boxeador extraordinario. Eso es un hecho objetivo. También fue un asesino. Eso también es un hecho objetivo. Pretender que solo fue una cosa o la otra es deshonesto.

Fue ambas cosas y ambas cosas deben ser recordadas. El boxeo como deporte tiene que hacer un mejor trabajo protegiendo a sus atletas y a las personas alrededor de ellos. Las comisiones de boxeo se enfocan obsesivamente en la salud física, exámenes médicos rigurosos, límites de peso estrictos, chequeos de lesiones cerebrales, todo eso es importante, pero no hay casi ningún enfoque en salud mental, no hay evaluaciones psicológicas serias, no hay seguimiento de problemas de adicción, no hay recursos fácilmente disponibles para

boxeadores que están lidiando con trauma, depresión, trastorno de estrés postraumad, Edwin Valero pasó su vida adulta golpeando y siendo golpeado en la cabeza. Ya tenía una lesión cerebral traumática del accidente de motocicleta. Cada golpe que recibía en el ring potencialmente empeoraba esa condición. El trauma cerebral repetido está ligado a cambios de personalidad, agresividad aumentada, pobre control de impulsos, depresión.

Todo eso combinado con adicción severa a la cocaína y el alcohol. Y una historia de trauma infantil sin tratar creó una bomba de tiempo, pero nadie intervino de manera efectiva. Las señales estaban ahí. Los arrestos previos, los reportes de violencia doméstica, el comportamiento errático, el consumo de drogas visible. Pero Edwin era demasiado valioso como mercancía, generaba dinero, generaba atención.

Era un símbolo nacional para el gobierno de Chávez. Así que todos miraron para otro lado hasta que ya fue demasiado tarde. La historia de Edwin también expone las fallas sistemáticas en cómo muchas sociedades manejan la violencia doméstica. Jennifer denunció el abuso. Los médicos reportaron sus lesiones. Las autoridades fueron notificadas múltiples veces y aún así Edwin seguía libre.

Seguía teniendo acceso a Jennifer. Las órdenes de restricción no se aplicaron. El tratamiento obligatorio no se supervisó, las fianzas se pagaron fácilmente, el sistema falló completamente. Si hubiera sido cualquier otra persona sin el estatus de celebridad, tal vez las cosas habrían sido diferentes o tal vez no, porque la violencia doméstica se maneja mal universalmente.

Las víctimas no reciben la protección que necesitan. Los agresores no enfrentan consecuencias reales hasta que es demasiado tarde. [música] Y cuando alguien muere, todos expresan shock y tristeza. Prometen hacer mejor las cosas la próxima vez, pero la próxima vez el mismo patrón se repite. Los hijos de Edwin y Jennifer, Edwin Junior y Rosy, son ahora adultos jóvenes.

Crecieron con el peso imposible de saber que su padre mató a su madre y luego se suicidó. crecieron en pobreza. A pesar de que su dement padre había sido campeón mundial. No recibieron la herencia que merecían, no recibieron el apoyo psicológico que necesitaban. Desesperadamente tuvieron que construir sus vidas sobre los escombros de esa tragedia.

Según los últimos reportes disponibles, Edwin Junior lucha con sus propios problemas. Muestra signos de rebeldía, dificultad para enfocarse en la escuela. Es difícil culparlo. Lleva el nombre de un hombre que es simultáneamente un héroe deportivo nacional y un asesino. ¿Cómo procesas eso como adolescente? ¿Cómo construyes tu propia identidad cuando tu apellido viene con tanto bagaje? No hay respuestas fáciles.

Rosy, según su abuela, es más reservada, más tranquila, pero también carga con el trauma. Ambos niños merecían padres, merecían estabilidad, merecían una infancia normal. En cambio, recibieron una tragedia que definirá sus vidas para siempre. El dinero que Edwin ganó boxeando nunca llegó completamente a sus hijos.

Había cuentas en el extranjero que nunca fueron accesibles. Propiedades que quedaron en limbo legal. Un Mustang que se deterioró en un estacionamiento porque nadie reclamó la propiedad. Efectos personales que se perdieron en la confusión después de las muertes. La abuela materna tuvo que pagar de su propio bolsillo los gastos básicos de los niños.

Es una injusticia añadida a una situación ya injusta. Venezuela como país también lleva esta cicatriz. El boxeo venezolano nunca se recuperó completamente del shock. Edwin era la estrella más brillante del deporte en ese momento. Su muerte y especialmente las circunstancias de la misma dejaron un vacío. Otros boxeadores venezolanos talentosos han emergido desde entonces, pero ninguno ha capturado la imaginación nacional de la manera que Edwin lo hizo.

La película El Inca dirigida por Ignacio Castillo Cotin fue un intento de procesar colectivamente lo que pasó, de entender como un héroe nacional pudo caer tan bajo. Pero el régimen de Nicolás Maduro la prohibió argumentando que era propaganda antiavista. En realidad, la película es bastante equilibrada.

Muestra la vida de Edwin completa. La pobreza, el talento, el éxito, [música] las adicciones, la violencia, el final. no juzga tanto como presenta, pero incluso eso era demasiado para un gobierno que había invertido tanto en la imagen de Edwin como símbolo revolucionario. Esa censura dice mucho sobre cómo ciertos poderes prefieren mantener mitos convenientes en lugar de enfrentar verdades incómodas.

Es más fácil recordar a Edwin como el guerrero invencible con el tatuaje de Chávez en el pecho que como el hombre complejo y quebrado que realmente era. Pero las verdades incómodas no desaparecen solo porque las ignores, permanecen festejando, esperando ser reconocidas. Para los entrenadores jóvenes, para los boxeadores que están empezando, la historia de Edwin Valero debería ser una lección. El talento no es suficiente.

El éxito no cura traumas antiguos. La fama noama llena vacíos emocionales, sin salud mental, sin apoyo real, sin tratamiento para adicciones, sin enfrentar los demonios internos. [música] Eventualmente todo se derrumba. No importa cuántos títulos ganes, no importa cuántos récords establezcas, si estás roto por dentro y no buscas ayuda, terminas destruyéndote a ti mismo y a quienes te rodean.

Para las víctimas de violencia doméstica, la historia de Jennifer es un recordatorio horrible de por qué es tan importante buscar ayuda y salir de relaciones abusivas. Los abusadores no cambian sin intervención profesional seria. Las promesas vacías no valen nada. El ciclo de violencia solo escala y eventualmente puede terminar en tragedia.

Si estás en una relación así, por favor, busca ayuda. Habla con alguien, llama a una línea de ayuda, ve a un refugio, haz un plan de salida seguro. Tu vida vale más que cualquier relación. Para la sociedad en general, esta historia es un llamado a tomar en serio la violencia doméstica, a no mirar para otro lado cuando sabemos que está pasando, apoyar a las víctimas en lugar de culparlas, asegurar que los agresores enfrenten consecuencias reales, a financiar adecuadamente refugios y servicios de apoyo, a entrenar mejor a policías y jueces sobre

cómo manejar estos casos, a cambiar las leyes donde sea necesario para proteger mejor a las víctimas y para el deporte del boxeo. Específicamente, es hora de una conversación seria sobre salud mental, sobre crear sistemas de apoyo reales para boxeadores activos y retirados, sobre evaluaciones psicológicas obligatorias, sobre tratamiento de adicciones accesible y sin estigma, sobre educación para reconocer señales de trauma cerebral y sus efectos en comportamiento.

Sobre crear una cultura donde buscar ayuda se ha visto como fortaleza, no debilidad. Nada de esto traerá de vuelta a Jennifer. Nada cambiará lo que Edwin hizo, pero tal vez, solo tal vez, podría prevenir que otra historia similar se desarrolle en el futuro. Tal vez otro boxeador joven con talento extraordinario y demonios internos recibirá la ayuda que necesita antes de que sea demasiado tarde.

Tal vez otra mujer en una relación abusiva encontrará el apoyo y la protección para escapar antes de que su pareja la mate. Esas son esperanzas, no certezas, porque la realidad es que estas tragedias siguen sucediendo. En el boxeo y fuera de él, la violencia doméstica cobra vidas todos los días.

Las adicciones destruyen familias constantemente. El trauma sin tratar se manifiesta de maneras horribles una y otra vez. Somos buenos expresando shock cuando algo terrible pasa. Somos malos [música] haciendo los cambios sistemáticos necesarios para prevenir que vuelva a pasar. Edwin Valero murió el 19 de abril de 2010, 28 años.

Una vida completa aún por delante. Un talento que había apenas comenzado a [música] mostrar su verdadero potencial, pero eligió terminarla. No porque fuera valiente, no porque fuera la única opción, sino porque era un cobarde. Porque matar a Jennifer requería que enfrentara las consecuencias, requería que viviera con lo que había hecho y Edwin no pudo hacerlo.

Su suicidio no fue el acto final de un hombre atormentado buscando paz. Fue el acto final de un hombre escapando de su responsabilidad, dejando atrás a sus hijos sin madre ni padre, dejando preguntas sin responder, dejando a dos familias destrozadas. Si hubiera tenido aunque fuera un ápice del coraje que mostraba en el ring, habría enfrentado la justicia, [música] habría dado respuestas, habría dejado que el proceso legal se desarrollara, pero no lo hizo. Tomó la salida cobarde.

Esta es la historia completa de Edwin Valero. No la leyenda sanitizada, no el mito conveniente, sino la verdad completa y complicada. Un niño que nació en pobreza extrema, que sufrió abuso y abandono, que encontró en el boxeo una salida, que tenía un talento extraordinario, que se convirtió en campeón mundial dos veces, que estableció récords que permanecen en los libros de historia, que nunca perdió una pelea profesional, que poseía un poder de knockout que intimidaba a rivales antes de que la pelea comenzara y

también un hombre que nunca enfrentó sus traumas, que se automicaba con cocaína y alcohol, que era violentamente abusivo con su esposa, que la golpeaba regularmente, que finalmente la asesinó, que dejó huérfanos a dos niños pequeños, que se suicidó en lugar de enfrentar las consecuencias de sus acciones.

Todas esas cosas son Edwin Valero. No puedes celebrar una sin reconocer la otra. Suscríbete, activa la campanita y dale a me gusta si eres fan incondicional de estas historias. 27 peleas. 27 knockouts, cero derrotas en el ring, pero una derrota total y absoluta en la vida. Esa es la verdadera historia de Edwin Elin Cabalero.

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