Cristina Pacheco: Lloró al Despedirse en Vivo… y Murió 20 Días Después
Era el viernes primero de diciembre de 2023. Los estudios de Canal 11 en la Ciudad de México estaban en silencio, pero no en el silencio tranquilo de los días ordinarios. Era un silencio tenso el que precede a algo que todos intuyen nadie quiere nombrar. El programa Conversando con Cristina Pacheco estaba a punto de comenzar su última emisión.
Los invitados de esa noche eran los integrantes de la orquesta Basura, un grupo que ella misma había querido tener en esa despedida. músicos que tocaban con instrumentos hechos de desechos, que construían melodías con lo que el mundo descartaba, que encontraban belleza en lo que los demás ignoraban.
No podría haber sido más Cristina. Cuando el programa llegó a su fin, ella tomó la palabra. La voz, que durante más de 50 años había narrado México con una claridad y una calidez únicas, comenzó a quebrarse. “Es duro lo que voy a hacer, pero debo hacerlo”, dijo. “Aquí he pasado momentos maravillosos, pero también difíciles.
Gracias a ustedes, he soportado pérdidas muy grandes. Hoy tengo que aprender a enfrentar algo grave a lo que me está enfrentando la vida. No exagero. Las cámaras capturaron ese momento, sus ojos brillando, la emoción contenida apenas por el mismo profesionalismo que había practicado durante décadas, la gratitud mezclada con el dolor de despedirse de lo que más amaba en el mundo.
20 días después, el jueves 21 de diciembre de 2023, Cristina Pacheco murió en la Ciudad de México a los 82 años. Su hija Laura Emilia confirmó la causa al día siguiente en el velorio, un cáncer fulminante detectado menos de un mes antes de su muerte que avanzó con una velocidad que no dio tiempo para nada. Por eso se tuvo que despedir del programa.
De otra manera no lo hubiera hecho jamás, porque era su vida y le encantaba. Pero para entender por qué esa despedida en vivo conmovió a millones de personas que no la conocían personalmente, pero que sentían que sí, hay que ir mucho más atrás. Hay que ir a un pueblo pequeño del estado de Guanajuato, a una niña que creció rodeada de relatos, de voces, de la textura cotidiana de la vida, que más tarde se convertiría en el material de toda su obra.
Porque Cristina Pacheco no fue famosa por entrevistar a presidentes ni por cubrir grandes escándalos políticos. fue famosa, querida y recordada por algo mucho más difícil de conseguir, por hacer que la gente común, la que no aparece en los libros de historia ni en las páginas de los periódicos, sintiera que su historia también valía la pena ser contada.
Cristina Romo Hernández nació el 13 de septiembre de 1941 en San Felipe Torres Mochas, un municipio del estado de Guanajuato que hoy lleva el nombre completo en su honor. Desde niña mostró una curiosidad insaciable por las historias ajenas, una capacidad para escuchar que sus maestros notaron temprano y que, a diferencia de muchos talentos infantiles, no se diluyó con la adolescencia, sino que creció con ella.
Cuando llegó a la Ciudad de México para estudiar lengua y literaturas hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, ya traía consigo algo que no había aprendido en ningún aula, la convicción de que la vida de cualquier persona, sin importar su posición social ni su nivel educativo, contenía una historia digna de ser escuchada.
Fue precisamente en la revista de la Universidad de México, donde trabajó como parte del equipo de redacción en los años 60, que ocurrió uno de los encuentros más importantes de su vida. Ahí conoció a José Emilio Pacheco, el poeta y ensayista que se convertiría en su esposo, en el padre de sus dos hijas y en el apellido bajo el cual el mundo la conocería para siempre.
Contrajeron matrimonio en 1965. De esa unión nacieron Laura, Emilia y Cecilia, y con el tiempo se convertiría en una de las parejas más influyentes de la cultura mexicana del siglo XX. dos escritores que compartían oficio, vocación y una manera particular de ver el mundo sin nunca intentar subordinar la voz del otro.
“Él nunca intentó instruirme”, diría Cristina años después. Simplemente me daba consejos, como yo también lo hacía con él. inició formalmente su carrera periodística en los años 60 en los diarios El Popular y novedades y fue construyendo una presencia en el periodismo impreso que la llevaría con el tiempo a colaborar en El Sol de México, La Jornada y la revista Siempre, entre muchas otras publicaciones.
En 1963 llegó a escribir en la revista Sucesos bajo el pseudónimo de Juan Ángel Real. Porque en esa época el periodismo en México era un espacio fundamentalmente masculino y una firma femenina podía restarle credibilidad a ciertos textos ante ciertos editores. Ella nunca habló de eso como una injusticia que la hubiera detenido. Lo mencionaba como un dato de época con la misma objetividad con que describía cualquier otra realidad social.
Fue también directora de las revistas La Mujer de Hoy y Familia y jefa editorial de la revista de la Universidad de México, desde donde impulsó y acompañó a muchos de los escritores y periodistas que más tarde definirían la cultura mexicana contemporánea. Con el tiempo, algo cambió en su trayectoria que ampliaría de manera decisiva el alcance de su trabajo.
finales de los años 70 llegó a la radio, donde condujo programas en la XQAM, la XCW y Radio Fórmula y fue en ese espacio donde afinó el instrumento más importante de toda su obra, la voz. No la voz como herramienta de proyección y como signo de autoridad, sino la voz como instrumento de escucha, como el recipiente en el que la historia de otro puede depositarse con confianza.
Y fue esa voz la que en 1978 encontró finalmente el espacio donde haría historia. Pero ella no fue solo la suma de sus publicaciones ni de sus programas de radio. Hay otro caso que pocos mencionan cuando hablan de Cristina Pacheco y que explica mejor que cualquier otro dato porque su figura trasciende el periodismo para convertirse en algo que pocas palabras alcanzan a describir con precisión.
En 1978, canal 11 del Instituto Politécnico Nacional le ofreció un espacio televisivo que en ese momento parecía modesto, entrevistar a personas comunes en su entorno cotidiano. No había grandes estudios ni escenografías elaboradas. El programa que se llamaría Aquí nos tocó vivir consistía en ir a donde estaba la gente, a los mercados, a los talleres, a las vecindades, a las esquinas y simplemente escuchar.
Cristina Pacheco investigaba a cada persona antes de ir a verla. estudiaba su historia, su contexto, pero en el momento de la entrevista no sacaba una lista de preguntas porque consideraba que eso sería desmerecer al entrevistado. Lo que hacía, en cambio, era crear las condiciones para que la persona frente a ella sintiera que su historia importaba y que tenía todo el tiempo del mundo para contarla.
Las entrevistas duraban entre dos y tres horas antes de ser editadas para televisión. Lo que salía al aire era una selección, pero el proceso completo era de una profundidad que pocos programas de entretenimiento o periodismo se permitían. Siempre estaba nerviosa antes de cada entrevista, reconoció en distintas ocasiones, preocupada por no perderme lo más importante.
Ese nervio, esa humildad frente al otro fue quizás el secreto más profundo de porque la gente que ella entrevistaba se abría de una manera que ningún otro periodista lograba. Aquí nos tocó vivir, se transmitió ininterrumpidamente desde 1978 hasta el primero de diciembre de 2023, 45 años en pantalla, lo que lo convierte en uno de los programas de mayor longevidad en la historia de la televisión mexicana.
El mismo año de su lanzamiento o poco después se sumó conversando con Cristina Pacheco, un espacio donde recibía en estudio a figuras de las artes, la cultura y la sociedad. Desde el escritor portugués José Saramago hasta el cantautor catalán Joan Manuel Serrat, desde la actriz Silvia Pinal hasta el periodista Jacobo Sabludowski.
Desde el cómico Xavier López Chabelo hasta la cantante Chabela Vargas. Y eso fue solo el comienzo de lo que construiría a lo largo de medio siglo de trabajo continuo. Y la historia siguiente muestra algo similar en cuanto a la dimensión de lo que Cristina Pacheco representó para la cultura popular mexicana, pero esta vez a través de una historia que ella misma nunca pudo contar en vida con la distancia necesaria, la de la pérdida de su compañero.
José Emilio Pacheco falleció el 26 de enero de 2014 a los 74 años en la ciudad de México. era ya uno de los escritores en lengua española más reconocidos de su generación, Premios Cervantes en 2009 y figura central de la poesía y la narrativa mexicanas del siglo XX. Para Cristina, que lo había conocido siendo una joven estudiante universitaria y que había construido junto a él no solo una familia, sino también una manera de entender el mundo, esa pérdida fue profunda y duradera.
Lo que pocos sabían era que ella siguió hablándole de alguna manera a través de su escritura. A partir de 1986, publicaba cada semana en el diario La jornada su sección dominical Mar de Historias, donde sus cuentos y crónicas capturaban la vida cotidiana de la Ciudad de México con una precisión y una ternura que sus lectores reconocían de inmediato.
Después de la muerte de José Emilio, publicó en esa misma sección un libro titulado El eterno viajero, una colección que le dedicó a él, construida con la misma herramienta que siempre usó para procesar lo más difícil, las palabras. Aquí he soportado pérdidas muy grandes, diría en su despedida de Canal 11, sin nombrar cuáles.
Pero quienes la conocían sabían que entre esas pérdidas estaba, en primer lugar la de ese hombre que la había acompañado durante más de 50 años de vida y de obra. Lo que ocurrió después de la muerte de José Emilio sorprendió incluso a quienes pensaban que una pérdida de esa magnitud podría disminuir su actividad. Cristina Pacheco no redujo su trabajo, sino que lo intensificó.
Siguió al frente de sus dos programas en Canal 11, siguió escribiendo su columna semanal y en 2022 recibió el premio Bellas Artes de literatura Inesa Redondo, uno de los reconocimientos más importantes de las letras mexicanas. A lo largo de su carrera acumuló más de 40 premios y reconocimientos, entre ellos el premio nacional de periodismo en tres categorías distintas.
En 1985 por entrevista, en 1986 por mejor programa de servicio a la comunidad y en 1987 por crónica televisiva. La UNAM la reconoció como orgullo de esa institución. El IPN, Casa del canal que la acogió durante medio siglo, la llamó politécnica de Corazón. Y sin embargo, con todos esos premios y ese reconocimiento institucional, lo que más le importaba a ella eran historias como esta que contó años antes de su muerte.
En uno de sus últimos eventos públicos, una mujer que aún traía su delantal se acercó y le dijo, “Quiero agradecerle todo lo que me ha dado, porque yo soy analfabeta, pero usted me ha enseñado lo que importa en la vida. Gracias a usted, yo he levantado a mi familia y he educado a mis hijos y ahora tengo una familia hermosa.
Esa frase pronunciada por una mujer anónima en un evento universitario resume mejor que cualquier galardón lo que fue Cristina Pacheco para México. Hay algo que conecta todos los hilos de esta historia de una manera que la propia Cristina Pacheco habría sabido narrar mejor que nadie, la coherencia entre su vida y su obra. Ella pasó 50 años dándole voz a quienes no tenían espacio en los grandes medios, a los que bordaban en los mercados y cargaban en los andamios y cocinaban en las fondas, a los que el periodismo de declaraciones y de poder simplemente ignoraba. Y
cuando le tocó enfrentar su propia enfermedad, cuando el cáncer que nadie sabía que tenía comenzó a avanzar con una velocidad que no dejaba margen para la negación, tomó la misma decisión que habría tomado cualquiera de sus personajes, la de no esconderse, la de pararse frente a las cámaras una última vez, decirle al público que algo grave la estaba enfrentando, agradecerle sin dramatismo y despedirse con dignidad.
Dos semanas después de esa despedida, el 21 de diciembre de 2023, murió. Su hija Laura Emilia reveló en el velorio que había tenido un cáncer fulminante y muy rápido, detectado apenas días antes de su retiro. 20 días entre el adiós y el silencio definitivo. No hubo tiempo para tratamientos ni para despedidas más íntimas.
Hubo apenas el tiempo justo para hacer lo que siempre hizo, hablar con honestidad frente a un micrófono y confiar en que el público que la había acompañado durante medio siglo sabría recibir esa verdad con la misma dignidad con que ella la entregaba. Su cuerpo fue cremado y su hija Laura Emilia reveló que sus cenizas serían llevadas a descansar a un lugar cálido.
No hubo velatorio masivo, no hubo desfile de personalidades. La familia pidió discreción y México, que durante cinco décadas la había seguido cada sábado y cada viernes frente a la pantalla, la despidió en silencio, con la misma intimidad con que ella había entrado siempre a las historias de los demás. Cuando uno se detiene a pensar en lo que significa morir 20 días después de despedirse en vivo ante millones de personas, lo primero que aparece es la brutalidad de la coincidencia.
Pero si se mira con más atención, lo que emerge es algo completamente distinto. La imagen de una mujer que tuvo contra todas las probabilidades la oportunidad de decir adiós, que supo en ese último programa que era la última vez, que eligió no mentir, no fingir que volvería, no protegerse detrás de una evasiva cómoda.
Que le dijo a México con la voz quebrada, pero con las palabras firmes, algo grave me está enfrentando la vida y tengo que aprenderlo a enfrentar. Hay personas que mueren sin haber podido decir lo que querían decir. Cristina Pacheco dijo todo lo que tenía que decir durante 50 años de trabajo continuo y cuando llegó el momento de irse tuvo el privilegio extraordinario de decirlo una vez más en vivo frente a las personas que más la querían, su público.
El periodismo en sus formas más puras es el arte de darle voz a lo que de otra manera quedaría en silencio. Cristina Pacheco practicó ese arte durante toda su vida y en sus últimos 20 días en este mundo también fue ella misma el testimonio más honesto que podía ofrecer.