EL SECRETO QUE JOHN GALLIANO ESCONDIÓ TODA SU VIDA: LA VERDAD QUE DIOR NO SE ATREVIÓ A CONTAR
Hay diseñadores que crean ropa. John Galiano creaba universos, no diseñaba vestidos, diseñaba emociones, no seguía la moda, la obligaba a seguirlo. Mientras otros buscaban elegancia, él buscaba impacto. Mientras otros dibujaban siluetas, él construía personajes. Cada colección era una historia. Cada modelo tenía un papel.
Cada paso sobre la pasarela parecía el comienzo de una película. Nadie mezclaba historia como él. Nadie mezclaba teatro como él. Nadie mezclaba flamenco, ópera, literatura, cine, romanticismo, decadencia y alta costura como él. No tenía miedo al exceso, lo convertía en belleza, no tenía miedo al caos, lo transformaba en arte.
Con Galiano, los corsés dejaron de ser corsés. Se convirtieron en armaduras. Los vestidos dejaron de ser vestidos. Se convirtieron en recuerdos, en cicatrices, en sueños, en fantasmas. hizo desfilar reinas destronadas, piratas, viudas, princesas, toreros, emperatrices, mendigos, prostitutas y consiguió que todos pertenecieran al mismo universo.
La alta costura dejó de parecer un museo. Volvió a respirar, volvió a emocionar, volvió a hacer llorar al público. Durante más de una década, cada desfile suyo era el acontecimiento más esperado de la moda mundial. Los periodistas no asistían para ver una colección, asistían para descubrir qué locura había imaginado esta vez, porque con John Galiano todo era posible y precisamente por eso todo podía derrumbarse.
Pero ninguna revolución nace de la nada. Antes de Dior, antes de París, antes de cambiar para siempre la historia de la moda, hubo un niño, un niño tímido, un niño diferente, un niño vestido demasiado elegante para el lugar donde vivía. Un niño al que casi nadie miraba. John Galeano, que nadie recordaba. 28 de noviembre de 1960.
Gibraltar, un territorio de apenas 6 km² donde conviven lo español y lo británico. De una manera que no existe en ningún otro lugar del mundo. Nace John Charles Galeano, aunque en realidad se llama Juan Carlos Antonio Galeano Guillén. Y eso, ese nombre que ni él mismo usa completamente, es la primera contradicción de una vida llena de contradicciones.
Su padre, Juan Galiano, gibralareño de ascendencia italiana, fontanero, un hombre de manos que trabajan, un hombre que entiende el mundo en términos concretos y prácticos. Su madre, Anita Guillén, española, profesora de flamenco, una mujer de movimiento, de ritmo, de vestidos que giran. Tiene dos hermanas menores y desde el primer momento la madre viste al pequeño Juan Carlos Antonio como si el barrio de Gibraltar fuera una pasarela permanente para ir a la panadería.
Traje formal para visitar a los vecinos, las mejores ropas para cualquier ocasión. Impecable eso. Esa madre española que convirtió el acto de vestirse en un ritual cotidiano es el origen real de todo lo que John Galiano haría después. No la escuela, no los museos. La madre, la mujer que le enseñó que la ropa no es una necesidad funcional, es una declaración. Es teatralidad cotidiana.
Es la diferencia entre existir y vivir. 1966. Juan Carlos Antonio tiene 6 años y la familia se muda a Streetam, South London. El choque es total. De Gibraltar al gris plomizo de South London. Del español y el inglés, mezclados al inglés, cerrado y rápido de los niños del barrio. De la ropa impecable de su madre al desinterés visual de sus compañeros de clase, los niños de su barrio le hacen la vida imposible.
No por ser extranjero, exactamente, sino por cómo va vestido. Mientras ellos llevan jeans y camisetas, Juan Carlos Antonio aparece en el colegio con los atuendos que su madre ha elegido. Elaborados, perfectos, completamente fuera de lugar en un colegio de clase trabajadora de South London. Los otros niños se ríen, lo señalan, lo llaman el español raro y él, en lugar de rendirse, en lugar de pedirle a su madre que lo dejara vestir como todos, absorbió el acoso y lo convirtió en combustible. Cuando llega a Central St.
Martins en 1980 ya tiene algo que ningún otro estudiante de moda tiene. Años de trabajo como acomodador de vestuario en el National Theater de Londres, el teatro más importante de Gran Bretaña. El lugar donde los mejores actores del país se transforman en personajes a través de la ropa.
Mientras sus compañeros estudiaban moda desde libros, Galiano estudiaba moda desde dentro, desde la bastidora, desde el momento en que un actor se pone un traje y deja de ser quien era para convertirse en quien necesita ser. Y eso, esa compreceral de la ropa como transformación sería el corazón de todo lo que haría después. Y aquí está algo que muy pocas personas saben sobre el joven Galeano en St. Martins.
En sus primeros años de estudiante, sin dinero para tintes profesionales, Galiano usaba vino tinto para teñir las telas de sus diseños, no como experimento artístico, como solución de emergencia ante la falta de fondos. El genio que más tarde vestiría a las mujeres más fotografiadas del planeta empezó tiñiendo sus primeras telas con el vino barato que podía permitirse 1984.
John Galiano tiene 23 años y tiene que presentar su colección de graduación en Saint Martins. El problema no tiene dinero, prácticamente ninguno. Los incroyables eran los dandis extremos de la Revolución Francesa, los jóvenes aristocratas que durante el periodo del terror respondieron a la violencia y el caos con una extravagancia vestimentaria tan extrema que parecía una declaración política.
Pelo enorme, lazos gigantes, abrigos de corte imposible, una elegancia que bordeaba lo absurdo como acto de supervivencia y desafío. Galiano los descubre en sus investigaciones en el Victoria, Albert Museum y el Museo del Teatro de Londres y decide que esos dandis locos del París de 1794 son exactamente lo que quiere mostrar en su colección de graduación de 1984.
Sin dinero para modelos profesionales, Galiano convence a sus amigos para que desfilen. Sin presupuesto para telas de calidad, trabaja con lo que puede encontrar. Sin acceso a un taller profesional, convierte su casa en Dulwich en una pequeña fábrica. Las telas cortadas en la mesa de la cocina, la máquina de coser en el salón, amigos y conocidos ayudando a coser durante semanas.
El desfile es en el campus de Saint Martins y entre el público está Joan Burstein, la dueña de Browns, la boutique de moda más influyente de Londres en ese momento. Burstein ve la colección, se levanta de su silla y en el momento en que los modelos terminan de desfilar hace algo extraordinario. Compra toda la colección, toda, cada pieza, inmediatamente, sin negociación.
Burstein pone los abrigos de les incroyables en el escaparate de Browns. El primer cliente que entra y compra uno es Diana Ross, la cantante más famosa del mundo en ese momento, comprando un abrigo de un recién graduado de 23 años de St. Martins. La colección se agota en días y el New York Times, el periódico más importante del mundo, publica un artículo con el título Ha nacido una estrella.
de la mesa de la cocina en Dulwich a la portada del New York Times en un día. Eso era John Galiano y aquí empieza el patrón que definiría la primera mitad de su carrera. El mismo patrón que, amplificado hasta lo imposible definiría también su caída 30 años después. John Galiano podía crear, podía crear como nadie, podía imaginar colecciones que hacían a los editores de moda, olvidarse de tomar notas porque estaban demasiado ocupados, llorando de emoción, pero no podía gestionar, no podía presupuestar, no podía decir no a una
idea que costaba tres veces lo que tenía y no podía decir no a la fiesta. Entre 1984 y 1990, Galiano produce una serie de colecciones que la historia de la moda considera, en retrospectiva, algunas de las más importantes de la década. Afganistan Repudiates Western Ideals, 1985. Una colección de pantalones arén y capas asimétricas en un momento en que la moda femenina era todavía completamente convencional.
The Ludic Game, 1985, un juego de volúmenes y estructuras que anticipaba lo que Margela haría 10 años después. Fallen Angels, 1986. Ángeles caídos, vírgenes profanas, una visión oscura y hermosa de la feminidad que la crítica adoró. Forgotten Innocence, 1987. Niñas que ya no son niñas. Una colección que ganó el premio al mejor diseñador británico del año.
En 1985, Galiano hace algo que resumirá perfectamente quién es. En uno de sus primeros desfiles, una modelo baja la pasarela y en un momento determinado saca un pez muerto una caballa fresca y lo agita ante los compradores y periodistas del público. El público no sabe si reír, aplaudir o salir corriendo.
Galiano observa desde bastidores con satisfacción absoluta. Para él, el pez no es un chiste. Es una declaración sobre lo que la moda puede hacer cuando no tiene miedo de sí misma, sobre el límite entre el arte y el absurdo y sobre el hecho de que para Galiano ese límite no existe. 1988. El primer patrocinador danés de Galiano cancela el contrato sin ingresos, sin respaldo, sin posibilidad de producir la siguiente colección.
Galeano se declara en quiebra la primera vez con 27 años. consigue un nuevo patrocinador, la empresa Agek, y en 1990 repite la historia. Segunda quiebra, esta vez más grave, sin casa propia, durmiendo en el sofá de amigos, viviendo de la generosidad de las personas que creían en él. 1989, Galeano toma una decisión.
Si Londres no puede sostenerle, se va a París. Llega a la ciudad con prácticamente nada. El diseñador Faikal Amor, un marroquí radicado en París, le ofrece espacio en su sede para trabajar. Y así John Galiano empieza desde cero en París, por segunda vez en su vida, 1993. John Galiano tiene 32 años. Lleva 4 años en París sin patrocinador estable, sin atelier propio, sin la estructura básica que necesita un diseñador para sobrevivir.
Y entonces ocurre algo que en cualquier novela parecería inverosímil. Anna Wintur, la directora de American Bog, la mujer más poderosa de la moda mundial, la persona cuya aprobación puede hacer o deshacer una carrera en 24 horas. Wintur ve los diseños de Galiano y decide que ese hombre no puede desaparecer de la moda, no porque sea su amigo, no porque haya firmado ningún acuerdo, sino porque reconoce en su trabajo algo que la industria necesita y que casi nadie más puede dar.
Genio puro, sin filtros, sin compromisos, sin autocensura. Wintur habla con André Leontali, su corresponsal europeo en Vanity Fair, probablemente la persona con más contactos en toda la cultura global del momento. Tali y Wintur hacen una lista. ¿Quién puede dar a Galeano lo que necesita? ¿Quién tiene el dinero, el espacio, los contactos y el interés en salvar a este diseñador? La respuesta.
Sau Schlumberger, socialit portuguesa, heredera de una de las fortunas de la industria petrolera más grandes del mundo, dueña de uno de los palacios privados más espectaculares de París, una mujer que literalmente vivía en una mansión, una mujer que no necesitaba que nadie le explicara nada sobre el lujo o la elegancia y una mujer que cuando Tali le presentó a Galiano y le mostró su trabajo, dijo algo que cambió la historia de la moda.
puede usar mi casa para el desfile, su casa, su palacio gratis. Galiano tiene una oportunidad, solo una, y decide jugarla todo. Diseña la colección con un solo rollo de tela, no porque quiera hacer una declaración artística sobre la austeridad, sino porque literalmente no tiene dinero para más tela. Un solo rollo, del que salen todos los looks de la colección y luego convence a las modelos más importantes del mundo de que desfilen gratis.
Naomi Campbell, linda evangelista, Kate Moss, las tres supermodelos más famosas del planeta, trabajando sin cobrar para un diseñador que no tiene dinero para telas porque creen en él. Piénsalo un momento. Las modelos más cotizadas del mundo, cuyo caché por desfile puede alcanzar seis cifras trabajando gratis para que un hombre que duerme en sofás ajenos pueda mostrar una colección hecha con un solo rollo de tela en el palacio de una heredera petrolera.
Con la editora de Bog en la primera fila, en la historia de la moda, no hay otro momento comparable. El desfile es una sensación absoluta. La crítica enloquece. Los compradores hacen pedidos. y Bernard Arnold, el hombre que controla el mayor imperio del lujo del mundo. El dueño de Dior, Jivenchi, Louis Vittón lo nota.
Julio de 1995, Bernard Arnold, propietario de LVMH, toma una decisión que sacude la industria. Nombra a John Galiano, director creativo de Jivenchi. Galiano se convierte en el primer diseñador británico en la historia en liderar una casa de alta costura francesa. Desde la Segunda Guerra Mundial, ese mundo había sido territorio exclusivamente francés, italiano o español, nunca británico.
Y Galiano llega no solo como primer británico, llega como el hijo de un fontanero de Gibraltar, como el chico que fue acosado por ir demasiado bien vestido al colegio de South London. como el hombre que se declaró en quiebra dos veces antes de los 35, 21 de enero de 1996, el primer desfile de Galeano para Jibenchi.
La colección se llama The Princess and the PE y uno de los vestidos tiene una característica que resume perfectamente a Galiano, una cola de 5 m de largo, 5 m en el escenario del estad de Francez. Una cola que requería que la modelo fuera acompañada de tres personas para manejarla mientras caminaba. Una cola que no tenía ninguna función práctica y que era completamente imposible de olvidar.
Octubre de 1996, apenas 9 meses después de su debut en Jivenchi, Arnold lo mueve a Christian Dior, la casa más emblemática de la moda francesa, la casa del New Look, la casa que en 1947 cambió la manera en que el mundo entendía la feminidad y Galeano toma las riendas. Enero de 1997, su primera colección Houtur para Dior.
El tema los Masai, la tribu guerrera de África Oriental. Galiano mezcla las joyas y estructuras de los Masai con la silueta del New Look de Dior. La combinación debería ser imposible. Choca completamente y sin embargo funciona. La prensa no tiene palabras. Es, en opinión de varios críticos de ese momento, el desfile más impresionante visto en París desde los años 50.
Durante los 14 años que Galiano dirige Dior, produce ocho colecciones al año. Ocho, cuando la mayoría de los diseñadores produce dos o cuatro. Y cada una de esas colecciones es un espectáculo completo, no un desfile, un espectáculo con escenografías, con historias, con personajes, con la misma teatralidad que había aprendido trabajando como acomodador en el National Theater de Londres.
La colección Versales. 1998. Galiano toma el palacio de Versalles, el mismo Versalles, donde Jackie Kennedy había deslumbrado al mundo en los años 60 y lo convierte en el escenario de un show inspirado en el periodo directorio de la Revolución Francesa, no en el glamur de Versalles, en la decadencia, en el exceso que precedió a la guillotina.
Modelos descendiendo por escaleras de mármol con vestidos que parecen simultáneamente del siglo XVII y del siglo XXI. Enero de 2000. Esta colección merece un capítulo propio porque es simultáneamente el momento más audaz y el más cuestionable de toda la era Galeano en Dior. Inspiración. Los vagabundos que Galiano veía dormidos junto al Sena cada mañana durante sus carreras matutinas.
lo que creó. Vestidos de Haut Cutour hechos con materiales que imitaban periódicos arrugados, capas de tela superpuestas como si fueran ropa encontrada en la basura, joyería hecha con objetos domésticos, tapones de botellas de whisky cubiertos doblados. El resultado, algunas de las prendas más técnicamente extraordinarias que Dior había producido desde los años 50.
Y al mismo tiempo, una pregunta sin respuesta sobre qué significa romantizar la pobreza. Afuera de la sede de Dior, mientras los editores aplaudían dentro, un grupo de manifestantes protestaba. La prensa se dividió exactamente en dos mitades iguales. En octubre de 2008, Galiano presenta su colección inspirada en Blanch Duaje de A Street Caramed Desire de Tennessee Williams.
La mujer que se aferra a una elegancia que ya no puede sostener. La mujer cuya sofisticación es en realidad disfraz de la desesperación. En retrospectiva, sabiendo lo que ocurriría 3 años después, esa colección parece un autorretrato y entre toda esa extravagancia algo inesperado. La Dior Sadlebag, un bolso con forma de montura de caballo presentado en la colección Spring Summer 2000, sin pretensiones artísticas especiales, sin una historia que lo respalde, simplemente un bolso de forma inusual que se convirtió en uno de los
accesorios más vendidos y más copiados de la historia de la moda, que 20 años después de su lanzamiento volvería a ser el bolso más deseado del mercado cuando Dior lo relanzó en 2018. Galiano lo diseñó en 10 minutos. Antes de hablar de esa noche en el bar de Lemaris, necesitamos hablar de lo que había detrás, porque la historia oficial, la del video, el arresto, el despido cuenta el resultado, no las causas.
En agosto de 2011, varios meses después del escándalo, la revista de Cat publicó algo que la prensa de moda había mantenido en silencio. El asistente más cercano de Galeano durante más de 20 años había muerto por sobredosis, no en 2011, en 2007, 4 años antes del escándalo, en plena era de gloria de Dior, Robinson no era solo el asistente de Galeano, era, según todos los que conocían la dinámica del atelier, el ancla, la persona que organizaba el caos creativo de Galiano, la que traducía sus visiones en instrucciones, que el equipo podía ejecutar, la que
decía no cuando Galeano no podía decirlo. Y cuando Robinson murió, Galeano perdió algo que no sabía que necesitaba hasta que lo perdió. El único filtro entre él y sus propios excesos. A partir de 2007, según personas cercanas a Galiano en esa época, el consumo de alcohol y drogas, que siempre había sido parte de la vida social del diseñador, como de cualquier habitante del mundo nocturno, parisino de los años 90 y 2000, se convirtió en algo diferente, en dependencia, en una manera de dormir
cuando los pensamientos no paraban, de trabajar cuando el cuerpo ya no podía, de enfrentarse a la presión de ocho colecciones al año, cada una esperada como el espectáculo más extraordinario de la temporada. En diciembre de 2010, en el bar La Perle, en el barrio de Lemaris, Galeano insulta a un grupo de personas con comentarios antisemitas.
Eso está grabado en video. El 24 de febrero de 2011, mientras ese video circula por internet, ocurre un segundo incidente con otra pareja en el mismo bar. La policía lo arresta. Lo que se escucha en el video es difícil de procesar. El hombre que diseñaba los vestidos más hermosos del mundo dice literalmente, “Amo a Hitler.
Gente como vosotros estaría muerta hoy. Vuestras madres, vuestros antepasados estarían gaseadas y muertas. No hay manera de suavizarlo, no hay contexto que lo excuse. Este video es la parte más difícil de esta historia, porque John Galiano es simultáneamente el artista que creó los desfiles más extraordinarios de la historia de la moda y el hombre que dijo esas palabras.
Las dos cosas son reales, las dos cosas son él. Y cualquier historia que cuente solo una de las dos está mintiendo. Dior suspende a Galeano el 25 de febrero de 2011, el 1 de marzo de 2011. Lo despide Natalie Portman, quien acaba de ganar el Óscar por Black Swan la noche anterior, emite una declaración.
Estoy profundamente conmocionada y asqueada por el video de los comentarios de John Galeano. Como persona que se enorgullece de ser judía, no me asociaré con el señor Galeano de ninguna manera. La industria cierra sus puertas. En 24 horas, 30 años de carrera se convierten en un nombre que nadie quiere pronunciar.
En septiembre de 2011, un tribunal francés declara a Galiano culpable de insultos públicos basados en origen étnico y religioso. No va a prisión su inscripción. En un centro de rehabilitación lo libra de la cárcel. es condenado a pagar 6,000 € de multa y a disculparse. En 2013, en una entrevista con Vanity Fair, Galiano habla por primera vez en profundidad.
Es lo peor que he dicho en mi vida, pero no lo decía en serio. He estado intentando entender por qué esa rabia se dirigió contra esa raza. No es una explicación, es el comienzo de una exploración. Entre 2011 y 2013, John Galiano no existe en la moda, no en el sentido metafórico, en el sentido literal. Ninguna casa quiere su nombre, ningún magazín quiere su fotografía, ninguna celebrity quiere ser fotografiada con ropa suya.
Galiano entra en rehabilitación. Según su propio testimonio posterior, los primeros meses son brutales. No solo la abstinencia, sino el silencio, la ausencia de la adrenalina constante de crear, presentar, admirar, criticar, la ausencia de la noche, de la fiesta, de los aplausos, el silencio de una habitación sin colecciones que diseñar.
Y entonces, en 2013, alguien tiende una mano. Óscar de la renta, el diseñador dominicano americano que es en ese momento una de las figuras más respetadas y queridas de la industria. De la renta, invita a Galiano a su atelier en Nueva York, no como empleado, como colaborador, para trabajar juntos en su colección de otoño para la semana de la moda de Nueva York.
Óscar de la Renta era judío, la familia de su esposa era judía y aún así extendió la mano a John Galiano, no para absolverlo, para darle la oportunidad de demostrar que podía ser algo diferente a lo que había sido aquella noche en el bar. Ese gesto más que cualquier declaración o disculpa, fue lo que comenzó a cambiar la percepción de la industria. Octubre de 2014.
Mason Margela anuncia un nuevo director creativo. El mundo de la moda contiene la respiración y el nombre que se revela divide a la industria exactamente en dos mitades. John Galiano. ¿Debe la moda dar una segunda oportunidad a alguien que dijo lo que dijo? ¿La rehabilitación y la disculpa son suficientes? ¿Puede el talento coexistir con la responsabilidad moral de las palabras? Estas preguntas no tienen respuestas simples y el mundo de la moda, que no es conocido por su profundidad filosófica, tuvo que enfrentarse a ellas. Renzo Roso,
presidente de OTB, el grupo que controla Margiela, hizo una declaración que resumía la posición del grupo. John Galiano es uno de los talentos más grandes e indiscutibles de todos los tiempos. Un couturier único y excepcional para una casa que siempre ha desafiado e innovado el mundo de la moda.
Uno de los más grandes de todos los tiempos. Sin matices, sin disculpas. Enero de 2015. El primer desfile de Galiano como director creativo de Maison Marguela lo llama artisanal y hace algo que nadie esperaba. En lugar de regresar con el espectáculo máximo que todos esperaban la confirmación de que el genio seguía ahí, Galeano presenta algo quieto, íntimo, hecho completamente a mano, prendas que parecen obras de arte en proceso, no terminadas, con las costuras visibles y los patrones marcados todavía en la tela.
Como si quisiera decir, “He vuelto al principio y el principio es artesanía, es honestidad, es la tela y las manos. La crítica entiende exactamente lo que está diciendo y la acogida es unánime. Durante los 10 años que Galiano lidera Margela hasta 2024 hace exactamente lo que prometía ese primer desfile.
trabaja en silencio creativo, sin los excesos de la era Dior, sin los ocho shows al año, sin los shows espectáculo de Versalles y el Palés Garnier, pero con la misma profundidad, con la misma capacidad de ver en la ropa algo que nadie más ve. Las ventas de Margela se duplican bajo su dirección. Bajo Galiano, la colección artesanal de Maryela, la versión de alta cultura de la casa, se convierte en uno de los eventos más esperados de la semana de la moda de París.
Modelos cuyos atuendos son completamente únicos. Prendas que combinan técnicas de sastrería de diferentes épocas históricas de construidas y recompuestas. El mismo espíritu arqueológico que llevó al joven Juan Carlos Antonio a los museos de Londres. Pero más maduro, más profundo, más consciente.
No todo el mundo perdonó a Galiano. Hay críticos y comentaristas, especialmente en la comunidad judía, que consideran que su regreso a la industria fue demasiado fácil, demasiado rápido. Y esa posición tiene su legitimidad. Pero lo que la industria decidió con el tiempo es esto. No que lo que dijo Galiano fuera aceptable, sino que el talento y el daño pueden coexistir.
Que castigar permanentemente a alguien que ha reconocido su error, se ha rehabilitado y ha cambiado su comportamiento, no sirve necesariamente a la justicia. que el arte de alguien no tiene que ser el espejo perfecto de la persona que lo crea. Antes de terminar, hay que hablar de lo que John Galiano hizo por la moda, no por el escándalo, por el trabajo.
Antes de Galiano, un desfile de moda era exactamente eso. Modelos desfilando, ropa moviéndose, aplausos. El fin. Gallano fue el primero en la era moderna en convertir el desfile en teatro completo con guion, con personajes, con escenografía, con música diseñada específicamente, con una narrativa que comenzaba con la primera modelo y terminaba con la última.
Cada uno de sus shows en Dior tenía un título, un universo visual completo, una historia que se desarrollaba hoy. Cualquier desfile de moda que tenga un concepto narrativo es en cierta medida heredero de lo que Galiano estableció como estándar en los años 90. Una de las técnicas más características de los diseños de Galiano en su propio nombre y que llevó a Dior fue el redescubrimiento del corte al viés, una técnica inventada por Madeline Bionet en los años 20 que consiste en cortar la tela en diagonal a los hilos para que
caiga de manera diferente sobre el cuerpo. Galiano no la inventó, pero la reinventó para el siglo XX de una manera que nadie había hecho desde los años 30. Los vestidos de seda que se pegan al cuerpo como agua, los que se mueven con cada paso como si tuvieran vida propia. Eso es el corte al viés de Galiano.
Y esa técnica que él popularizó en los años 90 sigue siendo uno de los elementos más reconocibles del vocabulario de la moda contemporánea. En una de sus colecciones para Dior, Galiano presenta vestidos y bolsos con el estampado de periódico, no como metáfora de nada en particular, sino porque lo encontraba visualmente interesante.
El estampado de periódico se convierte en uno de los estampados más copiados de la historia de la moda de lujo. 30 años después sigue siendo reconocible como marca de una era. Y volvemos al bolso. La diorsa del B de 2000 diseñada en 10 minutos convertida en uno de los bolsos más influyentes de la historia relanzada en 2018 7 años después del despido de Galiano y convertida nuevamente en el bolso más deseado del mercado.
El trabajo de un hombre cuyo nombre Dior tardó años en poder pronunciar, pero cuyo legado era imposible de ignorar. Y ahora los detalles que ningún artículo de moda menciona suficientemente. Los que hacen de Galeano algo más que una historia de ascenso y caída. Galeano rara vez empezaba una colección con vocetos.
Empezaba en museos, el Victoria, Albert de Londres, el Muse Arts Decoratives de París. Pasaba días examinando abrigos del siglo XVII, buscando técnicas de sastrería olvidadas, fotografiando detalles de botones y costuras de épocas que la industria había olvidado. Sus colecciones eran antes de ser ropa, arqueología y cuando finalmente se sentaba a diseñar era con el conocimiento de 100 años de historia de la confección en la cabeza.
Para cada colección en Dior, Galeano se inventaba un personaje, no solo para la colección, para él mismo. Aparecía en el saludo final de cada show con un disfraz que correspondía al tema de la colección. Si el show era de las guerras napoleónicas, Galiano salía vestido de Napoleón. Si era de Matrix, salía vestido de agente del futuro.
Si era de geishas japonesas, salía con una versión de kimono occidental. Amanda Harley, que se convertiría en Lady Harley al casarse con el sexto varón. Harley fue la primera colaboradora de Galiano desde los días de Saint. Martins. Era su directora artística, su confidente, su memoria visual.
En los años del apogeo en Dior, Harley jugaba un papel que ninguna fuente oficial ha descrito completamente. Era la persona que, cuando Galiano estaba atrapado en su propia cabeza, sumido en la investigación histórica, perdido en los detalles, lo devolvía a la narrativa. ¿Quién es esta mujer? Le preguntaba cuando los diseños empezaban a perder su centro.
¿Qué siente? ¿Qué quiere? ¿A dónde va? Las colecciones de Galiano no eran solo ropa, eran biografías de mujeres imaginarias y Harley era en parte la coautora de esas biografías. En 1991, cuando Galiano estaba en su segundo periodo de dificultades financieras en París, recibió un encargo inusual. Kylie Minog necesitaba vestuario para su gira.
Let’s get to it. Galiano acepta. En el contexto de su carrera llena de desfiles en bersalles y colecciones dedicadas a la marquesa Kasati, el trabajo con Kylie Minogante, pero para Galiano diseñar para una actuación en vivo para un cuerpo que se mueve, que baila, que suda bajo las luces de un estadio era exactamente el mismo desafío que diseñar para la pasarela.
La ropa tiene que vivir en el cuerpo, no existir a pesar de él. En diciembre de 2024, Galiano anuncia que deja Mason Margela después de 10 años, sin anunciar qué viene después, solo publicando en Instagram. Everyone wants to know and everyone wants to dream. When the time is right, all will be revealed. Todo el mundo quiere saber, todo el mundo quiere soñar.
Cuando llegue el momento, todo será revelado. Esa frase podría haber sido el título de cualquier colección de Galeano en Dior, porque describe exactamente lo que él siempre ha hecho. Crear espectáculo, crear deseo, crear el sueño de algo que aún no existe y hacerlo cada vez que llega el momento, sin importar lo que haya pasado antes.
La moda le debe a John Galiano varias cosas concretas. Le debe la idea de que un desfile puede ser un acontecimiento cultural en sí mismo. Le debe la rehabilitación del corte al viés para el siglo XX. Le debe la Sadlebag. Le debe la primera convicción de que un diseñador británico puede liderar una casa francesa con la misma naturalidad que un francés.
Le debe, en cierta manera la generación entera de diseñadores que vinieron después. Alexander McQueen que heredó su silla en Givenchi. Nicolas Gesquier Kim Jones. Todos los que vieron los desfiles de Galiano en Dior y entendieron que la moda podía ser otra cosa, pero Galiano también le debe algo al mundo. la responsabilidad de las palabras, el reconocimiento de que el talento no es escudo moral, de que la genialidad no justifica el daño, de que el trabajo más extraordinario y la conducta más imperdonable pueden coexistir en la
misma persona y que eso no resuelve nada, solo exige que esa persona haga el trabajo de entender por qué pasó y que demuestre con el tiempo y con los hechos que puede ser diferente. Quiero terminar con una imagen. Un niño de 6 años recién llegado de Gibraltar a South London con un traje que su madre le ha puesto para ir a la tienda, rodeado de niños que se ríen de él, que lo señalan, que dicen que va demasiado arreglado, que no pertenece.
Ese niño no entendió nunca que había algo malo en ir bien vestido, en prestar atención a la ropa, en tomarse en serio la belleza cotidiana y de ese malentendido, de esa negativa, a avergonzarse de lo que amaba, construyó 30 años de trabajo, que cambió la manera en que el mundo entiende la alta cultura y también construyó con los mismos materiales la intensidad, la negativa a moderar nada, la imposibilidad de decir basta una noche en un bar de Lemarais que casi lo destruyó todo.
¿Qué hacemos con ese hombre? Con ese talento y ese daño en el mismo cuerpo no tengo una respuesta y honestamente no creo que la haya. Lo que sí tengo es la convicción de que mirarlo de frente sin romantizar ni condenar es la única manera honesta de entender no solo a Galeano, sino a la moda, a la cultura, a nosotros mismos.
¿Debería la moda haber dado a Galeano una segunda oportunidad? O hay cosas que no pueden perdonarse ni siquiera cuando el arrepentimiento parece genuino y el cambio parece real. Cuéntame en los comentarios. No hay respuesta correcta, pero me gustaría leer la tuya. Y si esta historia te llegó de alguna manera, si cambió algo en cómo ves el nombre Galeano o Dior, la semana que viene, otro secreto del mundo de la moda que nadie se atrevió a contar completo.
No.