La Caída del Gobernador que Vendió Ecuador al Narco y Inició Una Guerra de Sangre y Drogas

Un gobernador, un traje a medida, una provincia entera entregada al cártel de Sinaloa. Eso es todo lo que hizo falta para convertir a Ecuador en el país más sangriento de los Andes. Te vamos a mostrar como una sola decisión corrupta tomada en una empacadora de camarones en la costa del Pacífico desató una guerra de drogas y sangre que todavía no termina.

  El 23 de octubre de 2003, la unidad de investigaciones antinarcóticos de la Policía Nacional del Ecuador y agentes de la DEA no se dirigieron a una pista clandestina en la selva amazónica ni a un laboratorio escondido en la cordillera. Se dirigieron a Porto Viejo, a la capital de Manabí, al corazón corporativo de uno de los hombres más respetados de la provincia.

Las instalaciones de Fermasa, una empacadora de camarones y mariscos de escala industrial, estaban activas esa noche dentro del hangar de aviación privada conocido como Aerofer, situado en el propio aeropuerto Los Reales tamarindos de la ciudad. Una reunión estaba en curso, no era una junta de accionistas, era una sesión de coordinación entre emisarios directos del cártel de Sinaloa y operadores colombianos vinculados a los remanentes del cártel de Cali, sentados a la misma mesa hablando de rutas, volúmenes y

calendarios, como cualquier consejo de administración de una empresa multinacional, porque eso era exactamente lo que eran cuando las unidades Idades antinarcóticos irrumpieron de forma simultánea en las instalaciones de Fermasa. Las bodegas de la empresa Abícola Papío y el hangar de Aerofer. Lo que encontraron redefinió de golpe el concepto de narcoestado en Ecuador, 450 kg de cloridrato de cocaína de alta pureza.

 Una avioneta con matrícula y bandera mexicana estacionada dentro del hangar con la bodega de carga lista para ser sellada. 14 personas detenidas en el sitio, siete ciudadanos mexicanos, cuatro colombianos, dos ecuatorianos, un peruano y en el centro de todo el anfitrión. César Enrique Fernández Ceballos, exgobernador de la provincia de Manabí, empresario, miembro de la oligarquía costera, un hombre que había ocupado el cargo ejecutivo más alto de esa provincia durante la presidencia del arquitecto Sixto Durán Bayen.

 entre 1992 y 1996, controlando la seguridad y el aparato administrativo de uno de los litorales más estratégicos del Pacífico Sudamericano, un hombre cuyo nombre aparecía en las listas de invitados de eventos presidenciales, en los directorios de Cámaras de Comercio y en las fotografías oficiales de inauguraciones de obra pública.

El perfil de Fernández no encajaba con ningún arquetipo conocido del narcotráfico latinoamericano. No era un sicario que había escalado en la estructura de una banda. No era un exguerrillero reconvertido en traficante. Era un caballero de provincia, dueño de una flota de helicópteros y aviones privados, de haciendas en Manabí, de galpones industriales y redes de exportación.

 El tipo de hombre cuya presencia en una sala transmitía autoridad y legitimidad, cuya palabra valía más que cualquier contrato firmado, cuyo apellido abría puertas en Quito que estaban cerradas para el común de los ciudadanos. Y eso era precisamente lo que el cártel de Sinaloa había comprado. No había comprado un sicario, no había comprado un funcionario de ventanilla ni a un policía de frontera.

 había comprado a un gobernador, un hombre con acceso directo al palacio de Carondelet, con capacidad de mover influencia en los ministerios, con infraestructura logística integrada en la cadena de exportación legal del país. un hombre que podía hacer que un cargamento de cocaína viajara oculto entre cajas de camarones congelados hacia el mercado internacional, sin levantar una sola alerta en la cadena aduanera, porque la empresa exportadora tenía nombre, historia y relaciones institucionales.

La operación aniversario  expuso algo que las autoridades ecuatorianas y norteamericanas sospechaban desde hacía años, pero que jamás habían podido probar con esta contundencia que la infiltración del narcotráfico transnacional en Ecuador no había comenzado en los barrios marginales de Guayaquil ni en las comunidades fronterizas con Colombia.

Había comenzado arriba en la sala de reuniones de un empresario con corbata y agenda de vuelos privados. Ecuador en ese momento era una anomalía en el mapa del crimen organizado andino. Situado geográficamente entre Colombia y Perú,  los dos mayores productores mundiales de cocaína, el país había mantenido durante décadas tas de homicidio  significativamente inferiores a las de sus vecinos.

 Las organizaciones criminales lo utilizaban como corredor de tránsito discreto. Preferían no alterar el ecosistema  porque la porosidad del territorio les era más rentable que la confrontación abierta. Para los analistas de seguridad regional, Ecuador era la excepción pacífica en un continente en llamas. Esa excepción tenía un precio y alguien la había puesto a la venta.

La pregunta que la operación aniversario dejó sobre la mesa no era técnica ni procesal. No era cómo habían entrado los mexicanos al aeropuerto de Portoo Viejo, ni cuántos kilogramos habían pasado antes de ese decomiso. La pregunta era otra y era mucho más incómoda. ¿Cómo llega un hombre que ejerció el poder del estado? que fue designado para representar a la República en su propia provincia, que se movía entre presidentes y ministros, a abrir las puertas de ese mismo territorio al cártel más poderoso del planeta.

La respuesta no era simple y era mucho peor de lo que cualquiera imaginaba. Fernández no fue reclutado por la fuerza. No llegó al narco amenazado, ni extorsionado, ni presionado por una deuda de sangre. Llegó como llegan la mayoría de los hombres poderosos que cruzan esa línea a través de una crisis económica que destruyó lo que había construido legítimamente y de una decisión racional y calculada de capitalizar lo único que el mercado negro no podía construir por sí solo.

César Fernández, libre tras seis años de prisión | Política | Noticias | El Universo

 Credibilidad institucional, infraestructura integrada y protección política de alto nivel. Lo que siguió a esa decisión no fue solo la carrera criminal de un hombre, fue el principio del desmantelamiento silencioso de un estado. Las redes que Fernández tejió entre su empacadora de camarones, el hangar de aviación y los despachos del gobierno central crearon un modelo que otros replicaron, expandieron y eventualmente militarizaron hasta convertir a Ecuador en lo que es hoy.

 Uno de los países con mayor tasa  de homicidios de América Latina, con 22 bandas criminales declaradas organizaciones terroristas y un ejército en las calles tratando de recuperar el territorio que la política entregó décadas atrás. Todo eso empezó en Porto Viiejo, en un hangar, con un hombre de traje y una avioneta mexicana lista para despegar.

  Una avioneta con matrícula mexicana esperaba en el hangar de un exgobernador. 104 kg de cocaína ocultos entre cajas de camarones, representantes de Sinaloa coordinando rutas desde una oficina corporativa en Puerto Viejo. Eso es lo que encontraron cuando rompieron la puerta. Lo que viene ahora es peor.

La historia de cómo ese hombre llegó ahí. ¿Y por qué nadie lo detuvo antes?  Para entender a César Fernández hay que entender primero el país que lo produjo a lo largo de las décadas de 1980 y 1990 y sin embargo, sus tasas de homicidio eran notablemente bajas. Su democracia funcionaba con relativa estabilidad y los carteles internacionales lo utilizaban con cuidado quirúrgico.

 Un corredor de tránsito silencioso, discreto, donde la regla no escrita  era no hacer ruido para no perder el privilegio del paso. Esa relativa paz tenía dos grietas estructurales que nadie quiso tapar a tiempo. La primera fue financiera. En el año 2000, tras la peor crisis bancaria de su historia moderna, Ecuador abandonó el Sucre y adoptó el dólar estadounidense como moneda oficial.

 La medida estabilizó la inflación y devolvió confianza al sistema bancario formal, pero tuvo una consecuencia que los arquitectos de la política económica no quisieron ver o no supieron medir. Una economía completamente dolarizada es un paraíso logístico para el lavado de capitales.

 Los dólares generados por la venta de cocaína en los mercados de Norteamérica y Europa podían reintroducirse directamente en el sistema financiero ecuatoriano, sin necesidad de casas de cambio, sin el rastro del atador de la conversión de divisas. El dinero ilícito llegaba y se volvía invisible en tiempo real. La segunda grieta era geográfica y no tenía solución fácil.

 Ecuador poseía una costa pacífica extensa  con puertos de carga internacional en Guayaquil, Manta, Puerto Bolívar y Esmeraldas y una red de ríos navegables en la frontera norte que hacía que la línea con Colombia fuera en la práctica un concepto administrativo más que una barrera real. Los cargamentos podían moverse por tierra, por agua o por aire sin demasiado esfuerzo logístico.

 Solo necesitaban a alguien del otro lado con la infraestructura y los contactos para recibirlos. Ese alguien existía y tenía nombre, apellido y oficina en Puerto Viejo. César Enrique Fernández Ceballos no era un forajido de las márgenes del sistema. era el sistema. En la primera mitad de la década de 1990, durante la administración del arquitecto Sixto Durán Bayén, Fernández ocupó la gobernación de Manabí, el cargo ejecutivo más alto de una provincia cuya costa es uno de los litorales estratégicamente más sensibles del

Pacífico sudamericano. Como gobernador ejercía control directo sobre la seguridad provincial, la coordinación con las fuerzas de orden y la relación institucional con los operadores portuarios y aeroportuarios de la región era, en términos prácticos, el administrador de facto del acceso marítimo y aéreo de una franja costera que los cárteles internacionales ya habían identificado como una de las más valiosas del continente.

Pero Fernández no era solo político, era empresario de la élite costera con un portafolio robusto. Fermasa, su empacadora de camarones en Puerto Viiejo, era una operación industrial que exportaba productos marinos a mercados internacionales. Papío era su empresa avícola, con galpones y bodegas de almacenamiento a lo largo de la provincia.

 Yoofer era su joya discreta, un hangar de aviación privada instalado dentro del aeropuerto Los Reales Tamarindos de Porto Viejo, con flota propia y capacidad para operaciones de carga, tres empresas distintas,  tres sectores distintos, una sola realidad, infraestructura logística de primer nivel con acceso directo a los puntos de entrada y salida del territorio provincial.

 Para cualquier organización que necesitara mover cargamentos. sin que los detectaran. Fernández era el socio ideal. Y entonces llegó el niño. En la segunda mitad de los años 90, las anomalías climáticas del fenómeno del niño golpearon la costa pacífica de Ecuador con una ferocidad excepcional. Las temperaturas del océano se alteraron, las precipitaciones fueron torrenciales y prolongadas y la infraestructura costera sufrió daños que tardaron años en calcularse con precisión.

 Para la industria camaronera, el impacto fue devastador. Las piscinas de cultivo se inundaron o se contaminaron, las cosechas colapsaron y los contratos de exportación que habían sostenido a empresas como Fermaza se volvieron imposibles de cumplir. El negocio que Fernández había construido durante años se desmoronó en meses. La insolvencia no fue un riesgo abstracto, fue una realidad concreta y acelerada.

 Las deudas se acumularon, el crédito se agotó y los activos que él había construido, las bodegas, los galpones, los aviones, se convirtieron en pasivos que el sistema financiero empezó a reclamar. un hombre que había sido gobernador, que había compartido salones con presidentes, que había sido fotografiado en inauguraciones y banquetes de la élite costeña, veía como su  nombre podía pasar de símbolo de poder provincial a expediente de quiebra.

Ahí está el punto de inflexión y es importante nombrarlo con precisión porque define todo lo que viene después.  Fernández no fue secuestrado. Nadie le puso una pistola en la cabeza para que abriera sus hangares. Nadie lo amenazó para que pusiera sus bodegas a disposición de los emisarios del cártel de Sinaloa.

 Lo que ocurrió fue algo más frío y más revelador que la coersión. Fernández evaluó lo que tenía, evaluó lo que debía y tomó una decisión empresarial. Tenía infraestructura  logística intacta con acceso aéreo directo. Tenía contactos  políticos que podían neutralizar controles o advertir sobre operativos. Tenía una red de relaciones institucionales construida durante años que hacía que su nombre funcionara como escudo y tenía deudas que  no podía pagar por las vías legales.

 El cártel de Sinaloa en expansión agresiva hacia los mercados de cocaína del Pacífico Sur durante esa época. Necesitaba exactamente lo que Fernández podía ofrecer. El trato no fue un acto de desesperación irracional, fue una negociación. Fernández no bajó al bajo mundo, subcontrato, su infraestructura al mercado que podía pagarla.

 La diferencia entre esa lógica y la de cualquier otro empresario en crisis es que el producto que se movería por sus hangares no era camarón ni pollo, era clorhidrato de cocaína con destino a México. Este es el modelo que nadie en Ecuador quiso reconocer a tiempo. El crimen organizado transnacional rara vez entra a un país quebrando puertas.

 En Ecuador entró sentado en la silla del gobernador usando la libreta de contactos de la élite y aprovechando el vacío que dejó un fenómeno meteorológico. No hubo invasión, hubo una oferta y una aceptación y esa aceptación no se limitó a mover unos cargamentos. convirtió a la provincia de Manabí con sus puertos y su aeropuerto en una plataforma logística del mayor cártel de drogas  del mundo.

Por años la operación funcionó sin que ninguna autoridad la interrumpiera. Las empresas de Fernández siguieron facturando, sus bodegas siguieron recibiendo camiones, sus aviones siguieron despegando y sus contactos en las estructuras políticas del país siguieron garantizando que las preguntas incómodas encontraran respuestas convenientes antes de convertirse en investigaciones formales.

En 2003, cuando la policía finalmente entró al hangar, dentro había representantes de Sinaloa y del cártel de Cali coordinando juntos. Siete mexicanos, cuatro colombianos y una avioneta con bandera mexicana lista para despegar. Eso no es una entrega de droga, eso es una junta directiva. Y el anfitrión era el exgobnador de la provincia.

 El hermano de César Fernández caminó por los pasillos del palacio de Caron de Led como si los hubiera construido él. Nadie lo detuvo, nadie le pidió identificación. Eso no fue un descuido, fue el precio del acuerdo. Y tú estás a punto de ver exactamente cómo se cobró. Para entender la escala de lo que César Fernández construyó, hay que olvidar la imagen del narco con armas y campamento en la selva.

 Fernández operaba desde la economía visible, desde el tejido productivo que cualquier funcionario de aduanas respetaría sin hacer preguntas. El corazón del sistema tenía tres piezas y cada una cumplía una función distinta. Fermasa era la pieza más importante. La empacadora industrial de camarones en Puerto Viejo tenía toda la arquitectura de una empresa exportadora de primer nivel: cámaras de frío, contenedores isotérmicos, guías de carga internacionales, relaciones establecidas con corredores de aduana en Guayaquil y Manta, una cadena logística diseñada para mover

volúmenes industriales de producto perecedero con rapidez y discreción. El narcótico viajaba exactamente igual que el camarón. empacado en capas, refrigerado cuando era necesario, documentado con papeles que ningún inspector de segunda línea iba a cuestionar en profundidad. La empresa Avícola Papío operaba bajo la misma lógica: galpones de almacenaje, vehículos de carga registrados a nombre corporativo, rutas de distribución que conectaban la costa con el interior del país sin levantar sospechas. El producto

real podía cambiar. La infraestructura, ¿no? Pero la pieza más crítica del sistema era Aerofer, el hangar privado dentro del aeropuerto Los Reales Tamarindos de Porto Viejo. Ahí estaba el diferencial competitivo de Fernández frente a cualquier otro operador narco de la región. Un hangar con acceso directo a pista, sin el escrutinio del tráfico comercial, con capacidad para recibir aeronaves internacionales de mediano porte y personal de tierra de confianza que no hacía preguntas.

  La cocaína que procesaba la red no necesitaba pasar por el puerto de Guayaquil ni por sus controles. Podía subir directamente a una avioneta en Puerto Viejo y aparecer en Ciudad de México o en Bogotá horas después, antes de que cualquier declaración aduanera fuera verificada. Ese era el modelo.

 Tres empresas legales, tres nodos de una misma cadena logística narco, operando en la provincia donde el propio Fernández había sido la máxima autoridad ejecutiva. No había necesidad de corromper a los funcionarios locales uno por uno. El hombre que los había nombrado o que tenía influencia directa sobre ellos ya era parte del sistema.

El 23 de octubre de 2003, cuando los agentes de la unidad de investigaciones antinarcóticos entraron al hangar de Aerofer junto con los oficiales de la DEA, lo que interrumpieron no fue un cargamento en tránsito, fue una reunión de directorio. Siete ciudadanos mexicanos, todos con vínculos documentados a la estructura de Sinaloa bajo el mando de Joaquín Guzmán  y el Mayo Zambada.

 Cuatro colombianos conectados a los remanentes operativos del cártel de Cali. La organización que después del desmantelamiento de Medellín había sobrevivido fragmentada pero funcional. Dos ecuatorianos, un peruano,  14 personas en total, entre ellas el propio Fernández, coordinando el siguiente movimiento de una operación transnacional  que cruzaba tres fronteras antes de llegar al consumidor final.

Los 450 kg de cocaína de alta pureza estaban listos. La avioneta de matrícula mexicana estaba en la pista con el plan de vuelo ya diseñado. Lo que la policía capturó no fue solo un cargamento, fue la evidencia física de que el cártel de Sinaloa tenía una plataforma operativa estable en Ecuador con hangar propio, infraestructura empresarial de cobertura y un exgobnador como anfitrión permanente.

 Eso no se improvisa en semanas. Eso se construye durante años con paciencia y con dinero. Y el dinero era precisamente la segunda dimensión del rol de Fernández, la que tardaría más tiempo en quedar completamente expuesta, porque Fernández no era únicamente un proveedor de logística física, era el canal financiero que convertía el capital del cártel en influencia política concreta dentro del Estado ecuatoriano.

Para el momento de la operación, Ecuador estaba bajo la presidencia de Lucio Gutiérrez. militar retirado que había llegado al poder enero de 2003, montado en una coalición que incluía a movimientos indígenas y a su propio partido Sociedad Patriótica. La campaña electoral que llevó a Gutiérrez al Palacio de Carondelet fue intensa,  costosa y según los reportes de inteligencia que emergieron tras la operación aniversario, parcialmente financiada desde las redes de los  Fernández Ceballos, el mecanismo era directo. Glauco Bustos,

director regional de sociedad patriótica en Manabí, operó como el enlace entre la familia Fernández y la estructura de la campaña presidencial. A través  de él, $30,000 en efectivo, sin declarar, sin registro  ante el Tribunal Supremo Electoral, sin ningún trazado contable que los vinculara a su origen, llegaron a Carlos Vega, el gerente de la campaña de Gutiérrez.

 Vega no era un operador periférico. Después de la victoria fue designado director ejecutivo del Consejo Nacional de Modernización, el CONAM, uno de los organismos con mayor capacidad de influencia sobre la estructura del Estado y la gestión de activos públicos. El dinero narco no compró únicamente votos, compró una posición dentro del gobierno.

Los helicópteros y las avionetas de Fernández también estuvieron en campaña. Los registros y  testimonios documentaron que el binomio Gutiérrez Palacio utilizó de manera intensiva la flota privada del empresario camaronero para sus recorridos por el territorio  nacional durante los meses previos a la elección.

 aeronaves que pertenecían al mismo hangar, donde meses después  la policía encontraría cocaína y operadores del cártel de Sinaloa. El candidato que prometía combatir la corrupción viajaba en los aviones del hombre que había entregado su provincia al narcotráfico. Cuando todo esto salió a la luz, la reacción del gobierno de Gutiérrez fue reveladora.

 No fue negación ordenada ni investigación interna. fue presión directa sobre la prensa. El presidente exigió públicamente que el diario El Comercio revelara la identidad de sus fuentes confidenciales y dejó claro que si el periódico se negaba, usaría métodos legales en su contra. En un país donde el poder ejecutivo controlaba la designación de jueces y el funcionamiento de instancias disciplinarias, esa no era una advertencia vacía.

 Era una demostración de que la protección al sistema funcionaba desde arriba. La presión no alcanzó para contener todo. El ministro de turismo, Hernán Plaza, presentó su renuncia el 21 de noviembre de 2003. La razón era imposible de minimizar. Había utilizado aeronaves de la red de Fernández para viajes de carácter oficial.

  No fue el único. Los registros fotográficos y de vídeo que circularon mostraban al hermano del capo, integrado con naturalidad en eventos del entorno presidencial dentro del propio palacio de Carondelet, no como un visitante ocasional, como alguien que pertenecía a ese espacio. Eso era exactamente lo que Fernández había comprado con los años de financiamiento político, no protección emergencial, sino integración estructural.

 Sus vínculos con el Estado no eran palancas que se activaban en crisis, eran correduras permanentes dentro del sistema de toma de decisiones. Cuando la operación aniversario lo detuvo, el mecanismo de respuesta ya estaba instalado. Los abogados sabían a quién llamar. Los operadores políticos sabían cómo manejar los daños.

 Las instituciones que debían investigar con mayor profundidad los vínculos financieros entre el narco y la campaña presidencial estaban pilotadas por funcionarios que tenían razones propias para no hacerlo. El escándalo sacudió a la opinión pública durante semanas, pero sacudir no es lo mismo que derrumbar. El gobierno de Gutiérrez sobrevivió al episodio.

Carlos Vega no fue procesado penalmente por los fondos no declarados. Las investigaciones sobre el financiamiento ilícito de la campaña se diluyeron en un sistema judicial que, como se vería poco después, tenía sus propias razones para no llegar demasiado lejos. Lo que la operación aniversario había descubierto era incómodo para demasiadas personas con poder suficiente para gestionar la incomodidad.

 Fernández iría a juicio, sería condenado y la narrativa oficial presentaría eso como una victoria del estado de derecho. Pero la condena de un hombre no desmonta el sistema que ese hombre construyó durante una década. Y el sistema de Fernández tenía  raíces en el Palacio de Gobierno, en el Tribunal Electoral y en los registros de propiedad de 49 bienes que  muy pronto alguien empezaría a intentar recuperar.

La sentencia de 16 años tardó 7 años en convertirse en libertad. Fernández salió del penal con un traje a medida, una cadena de oro en el cuello y tres guardaespaldas esperándolo. El sistema al que había sobornado le devolvió el favor desde adentro.   6 años. Eso es lo que costó abrir Ecuador al cártel de Sinaloa.

 6 años de cárcel. Cuando salió, llevaba cadena de oro y tres trajes a medida esperándolo en su celda. Lo que hizo después va a hacerte entender por qué el sistema no falló por accidente. La condena llegó y en el papel fue severa. El tribunal encontró culpable a César Fernández de tráfico internacional de narcóticos y ordenó 16 años de reclusión mayor.

 Además, el Estado incautó 49 propiedades y bienes a su nombre. distribuidos por toda la provincia de Manabí. haciendas, aeronaves, vehículos, inmuebles comerciales para la prensa, para la ciudadanía y para los organismos internacionales que habían seguido la operación aniversario. Aquello era la señal de que Ecuador era capaz de procesar a uno de los suyos, sin importar el apellido ni el rango, era la imagen de un estado funcionando.

 Era exactamente eso, una imagen. Lo que ocurrió después no fue una anomalía ni un error procesal aislado. Fue el sistema respondiendo con precisión quirúrgica a los incentivos que lo gobiernan. El 14 de abril de 2010, el juez Hernán Ulloa, presidente de la primera sala penal de la Corte Nacional de Justicia,  emitió un fallo que deshizo en pocas páginas, lo que había costado años de trabajo a la Unidad de Investigaciones  Antinarcóticos y a los agentes de la Agencia de Cumplimiento de Drogas de los

Estados Unidos. El argumento central de la defensa era técnico, aparentemente menor y absolutamente letal. En el momento exacto de la redada, la droga no se encontraba en posesión directa y material de Fernández. No estaba en sus manos. Estaba en su hangar, en su empresa, en su avioneta con matrícula mexicana, pero no en sus manos.

 El tribunal lo aceptó. El segundo golpe fue más profundo. La sentencia original había tipificado el delito con el agravante de crimen de lesa humanidad. una figura que justificaba la máxima severidad y blindaba la condena contra las herramientas procesales de reducción de pena.

 La defensa atacó esa calificación con el argumento de que la ley de sustancias estupefacientes vigente no contemplaba ese agravante de la manera en que había sido aplicado y que el ordenamiento constitucional tampoco lo respaldaba en esos términos. El juez Ulioa coincidió, la calificación fue anulada. La pena principal se redujo de 16 a 12 años.

Con 12 años como techo y el agravante eliminado. La siguiente maniobra era aritmética pura. La legislación penal ecuatoriana contemplaba la figura conocida como el 2 por un. Por cada día de buen comportamiento certificado dentro del sistema penitenciario se descontaban dos días de condena. El equipo legal de Fernández presentó los méritos carcelarios acumulados y exigió la liberación inmediata.

 El cálculo fue aceptado. El hombre que había puesto la infraestructura logística de una provincia entera al servicio del cártel de Sinaloa, cumplió exactamente 6 años, 5 meses y 29 días de cárcel efectiva. 6 años por abrir las puertas de un país, 6 años por financiar una presidencia, 6 años por medio continente de cocaína.

 y lo que viene después te va a demostrar que ni eso lo convenció de parar. La tarde del 3 de mayo de 2010, horas antes de que se firmara la orden de liberación, los familiares de Fernández ingresaron al ex penal de Quito con tres trajes a medida, tres opciones distintas para que el exgobnador pudiera escoger con qué presencia quería salir ante las cámaras. eligió uno.

 Se colocó una gruesa cadena de oro al cuello.  Cuando las puertas del recinto se abrieron, lo esperaba un grupo de guardaespaldas vestidos de negro que cerraron filas a su alrededor. La comitiva caminó directamente hacia una camioneta doble cabina con vidrios polarizados, empujando a los camarógrafos que intentaban acercarse con sus equipos.

 La camioneta arrancó y desapareció en el tráfico de Quito. No fue una salida, fue una declaración de poder. El mensaje era preciso y estaba dirigido a múltiples audiencias simultáneamente, a los cárteles que lo habían esperado, a los funcionarios que lo habían procesado y a cualquier ciudadano que hubiera creído que 16 años de condena significaban algo permanente.

 El sistema había procesado a Fernández y Fernández había procesado al sistema de vuelta. Tablas. Las semanas siguientes completaron el ciclo. Los representantes legales de la familia Fernández Ceballos iniciaron recursos formales ante el Consejo Nacional de Control de Sustancias Estupefacientes y Psicotrópicas para exigir la devolución de las 49 propiedades incautadas durante  la operación aniversario.

 El argumento era que los vacíos reglamentarios en las leyes de confiscación hacían jurídicamente insostenible la retención prolongada de bienes cuyo vínculo con el delito no había quedado establecido de manera independiente a la condena principal que ya había sido modificada. Algunos  de esos bienes empezaron a regresar.

 El Estado había decomizado haciendas y aeronaves. El Estado  las devolvía. Lo que Fernández no sabía o subestimó era que la Policía Nacional no había archivado su expediente junto con la sentencia. Desde el momento en que recuperó la libertad, unidades de inteligencia especializadas iniciaron un seguimiento discreto e ininterrumpido.

 Durante dos años, los agentes construyeron un perfil operativo de sus movimientos. Un triángulo constante  entre Quito, Guayaquil y Portuerto Vijo. Desplazamiento sin escolta visible, sitios seleccionados por su anonimato. Lo que registraron fue que Fernández no había salido de la cadena de suministro. había vuelto a ella con un modelo actualizado.

Las avionetas ligeras, que habían  sido el sello de su primera etapa ya no eran suficientes para el volumen que manejaba el mercado. La demanda europea había crecido exponencialmente y los cárteles mexicanos  habían perfeccionado la metodología del contenedor contaminado, cargamentos de exportación legal, frutas, productos agroindustriales, madera procesada, con paquetes de narcótico insertados en algún punto de la cadena logística, sin que los transportistas  oficiales del cargamento necesariamente

supieran. El sistema se llamaba gancho ciego y Fernández lo había  adoptado como modelo central de sus operaciones postcarcelarias. El primero de agosto de 2012, la Policía Nacional ejecutó la operación Jaqueemate, 15 allanamientos simultáneos en cuatro ciudades: Guayaquil, Quito, Daule y Santo Domingo.

 La coordinación fue quirúrgica en la urbanización Villa Club de Guayaquil, manzana 9, Villa 42. Los agentes hallaron 115,8 kg de clorhidrato de cocaína. fraccionados en 100 paquetes con forma de ladrillo y ocultados dentro de sacos de  yute. Decomizaron también cinco vehículos de alta gama, $35,000 en efectivo, cuatro pistolas con cargadores y munición y equipos avanzados de comunicación  celular.

 Fernández fue detenido junto con otras 10 personas, pero el golpe más revelador no estaba en Guayaquil. En una de las propiedades vinculadas a Fernández en la ciudad de Quito, los fiscales encontraron 490,000 € en efectivo, casi medio millón de euros en billetes europeos. En un departamento en Ecuador, ese dinero no era capital local, era el retorno físico de las ventas al por mayor en Europa, repatriado en efectivo para ser lavado en el sistema financiero dolarizado del país.

 La cadena completa estaba documentada en un mismo operativo. La cocaína salía en contenedores desde Guayaquil. Los euros entraban de vuelta en maletines. Los documentos incautados durante los allanamientos revelaron la arquitectura de distribución  transatlántica. Los contenedores contaminados salían del puerto de Guayaquil con destino a España, Alemania y Holanda.

 La coordinación logística en destino estaba establecida cuando la policía ecuatoriana procesó la inteligencia obtenida. Ya había un buque mercante en el Atlántico cargando parte del envío hacia Rotterdam. Se activaron los canales de cooperación internacional y oficiales de enlace ecuatorianos  viajaron directamente a Europa.

Las autoridades aduaneras holandesas  interceptaron el cargamento en el puerto de destino. 2,3 toneladas de cocaína, más de 2000 paquetes. La red de recepción europea quedó identificada. La estructura colombiana que operaba como columna vertebral de la coordinación logística dentro de Ecuador también quedó expuesta.

 El supervisor de las operaciones portuarias y el responsable de distribuir los pagos de corrupción en los terminales de carga respondía al alias de la yegua o el gordo dirigido desde Cali en territorio ecuatoriano. La supervisión diaria recaía sobre Argénesis Solarte, una mujer colombiana que operaba bajo el alias de la pantera y que había resuelto su situación migratoria de la manera más simple posible, comprando una cédula de identidad ecuatoriana a nombre de Josica Mercedes  Solorzano Arteaga.

 Con ese documento circulaba libremente, firmaba contratos,  abría cuentas y evadía los controles de seguridad aeroportuaria. La pantera fue detenida durante los allanamientos de Jaque Mate, pero el relato de su captura no terminó en la sala de un tribunal. En mayo de 2013, mientras asistía a una supuesta cita médica en el hospital Abel Hilbert, Pontón de Guayaquil, un comando de la organización ejecutó su rescate.

 Los hombres ingresaron al nosocomio armados, redujeron a la escolta policial y extrajeron a Solarte del edificio antes de que las unidades de refuerzo pudieran llegar. desapareció. La operación de rescate desde el interior de un hospital público  en plena zona urbana de Guayaquil era el tipo de maniobra que requería inteligencia previa, coordinación y la certeza de que los costos de la operación estaban completamente justificados por el valor del recurso humano rescatado.

César Fernández no tuvo esa opción con los cargamentos de droga documentados y el medio millón de euros en efectivo como evidencia directa para una acusación paralela por lavado de activos, los jueces ordenaron su traslado inmediato al Centro de Rehabilitación Social de Varones de Guayaquil, no al pabellón ordinario, al pabellón de máxima seguridad conocido como la roca.

El exgobernador entró a la roca con 12 años de trayectoria criminal documentada, un juicio de lavado activo en curso y la capacidad probada de corromper jueces desde adentro. Ninguna de esas tres cosas lo iba a proteger de lo que estaba esperándolo al otro lado de esa puerta.  Un comando armado sacó a una narcotraficante colombiana de un hospital público en plena luz del día.

Eso fue en mayo de 2013. Un mes después, dentro de la roca, alguien solucionó el problema de César Fernández de una manera mucho más silenciosa. Lo que vas a entender ahora es por qué ambas cosas son la misma decisión. Junio de 2013. El Centro de Rehabilitación Social de Varones de Guayaquil, pabellón de máxima seguridad.

 El lugar conocido como la roca no era una prisión ordinaria, era el depósito final del Estado ecuatoriano para los hombres que el sistema ya no sabía dónde poner. César Enrique Fernández Ceballos llevaba menos de un año ahí. Tenía 72 años, tres procesos penales abiertos simultáneamente y el peso de dos capturas internacionales sobre su nombre.

Nunca salió. Un recluso lo mató dentro de su celda. No hubo tiroteo, no hubo fuga fallida, no hubo drama mediático, fue una ejecución resuelta con la herramienta más antigua del mundo y en el lugar donde el estado supuestamente tenía el control absoluto, el hombre que había abierto los puertos del Pacífico al cártel de Sinaloa, que había financiado una campaña presidencial con dinero de la cocaína, que había salido de prisión vestido con traje a medida para volver a exportar toneladas a Europa.

 Murió en una celda de máxima seguridad a manos de alguien cuyo nombre desaparecería de los titulares en cuestión de días. Ese mismo mes, en el mismo penal, otro hombre recibió múltiples disparos a quemarropa en el patio. Su nombre era Óscar Kar Villegas. Para quienes no lo conocían, era un recluso más. Para los analistas de inteligencia de la región.

era el segundo pilar de la generación dorada del narco ecuatoriano. Kari había perfeccionado el modelo que Fernández inauguró. Partió desde cero como conductor en la provincia de Imbabura y construyó un imperio exportando cocaína a Europa camuflada en cajas de artesanías andinas con rutas coordinadas directamente con las FARC y una hacienda Guaira Wasi que funcionaba como cuartel general de lujo.

 Incluso desde la prisión mantenía un blog en línea donde desafiaba públicamente a las autoridades ecuatorianas como si las rejas fueran un inconveniente menor. La operación Bruselas lo había acorralado y las nuevas estructuras carcelarias  terminaron de cerrar el cerco de una manera que ningún tribunal había logrado.

Dos  capos de la generación fundacional ejecutados en el mismo penal en el mismo mes. Eso no fue una coincidencia, ni una venganza personal, ni una disputa de patio. Fue una decisión corporativa. piénsalo así en cualquier multinacional, cuando un intermediario se vuelve demasiado caro, demasiado visible o demasiado vulnerable, la empresa prescinde de él.

 La diferencia es que en este mercado prescindir de alguien no implica una carta de despido, implica una celda y alguien que sabe cómo usarla. Los cárteles no sentimentalizan a sus socios, los amortizan. Fernández y Karankiqui representaban un modelo operativo que el crimen organizado transnacional ya no necesitaba. Eran hombres de la oligarquía regional, empresarios, exfuncionarios, propietarios de haciendas y hangares.

 Su valor residía en la legitimidad que podían prestar al sistema. El apellido correcto, el contacto político  adecuado, la empresa legal que hacía pasar los cargamentos. Pero esa misma visibilidad los convertía en blancos. Cada vez que eran capturados generaban escándalos que amenazaban las estructuras  de protección que el narco había construido durante años.

Cada juicio, cada titular, cada fotografía importada era un riesgo sistémico. Los cárteles tenían disponibles estructuras alternativas que ofrecían la misma capacidad logística a una fracción del costo reputacional. Estructuras que no salían en los periódicos con trajes a medida. Estructuras que no financiaban campañas presidenciales de forma rastreable.

Solo 27 meses estuvo en libertad exgobernador César Fernández | Seguridad | Noticias | El Universo

estructuras que  si caían no arrastraban a ministros ni a directores de organismos gubernamentales. La herencia logística de Fernández no quedó vacante. Fue redistribuida con la eficiencia de  un proceso de sucesión planificado. El primer receptor fue Telmo Remigio Castro  Donoso, excapitán del ejército ecuatoriano.

 Castro representaba el eslabón que ningún empresario camaronero podía ofrecer. inteligencia táctica militar aplicada al narcotráfico. Su función dentro del cártel de Sinaloa era garantizar el tránsito de los cargamentos  que descendían desde la frontera con el Departamento Colombiano del Putumayo a través de los puestos de control estatales.

No lo hacía a través de rutas clandestinas en la selva, lo hacía mediante sobornos sistemáticos a miembros activos de las fuerzas armadas, usando el conocimiento interno del aparato de seguridad que había adquirido durante su carrera militar. Castro era el estado infiltrando al Estado. El fin de Castro llegó en diciembre de 2019, poco después de que obtuviera una controvertida prelibertad.

 Alguien lo apuñaló en la penitenciaría de Guayaquil.  El patrón se repitió con una precisión que ya no sorprendía a nadie que hubiera seguido el caso desde 2003. Los operadores que acumulan demasiado conocimiento y demasiada  exposición terminan siendo neutralizados dentro de los mismos muros donde el estado los deposita.

El segundo sucesor era de una naturaleza completamente diferente. Edison Prado Alaba. conocido en el mundo del narco como alias Gerald.  No provenía de ninguna oligarquía. Era un pescador de Manabí. Conocía el Pacífico no desde los mapas de un hangar privado, sino desde la proa de una lancha artesanal, con las manos en las redes y el ojo entrenado para leer las corrientes oceánicas que ningún sistema de rastreo satelital podía predecir con exactitud.

Eso lo convirtió en el operador marítimo más eficiente que el narcotráfico ecuatoriano había producido. Gerald construyó un sistema de transporte que utilizaba flotillas de lanchas rápidas y barcos nodriza coordinados por frecuencias de radio y rutas diseñadas para evitar las zonas de patrullaje de la Guardia Costera.

 Los volúmenes que movilizaba eran industriales,  hasta 250 toneladas de cocaína al año con destino a Centroamérica y los mercados norteamericanos. Para dimensionarlo, Fernández había sido capturado con 450 kg. Gerald movía el equivalente a más de 500 operaciones de ese tamaño en un solo año. Las autoridades ecuatorianas y la DEA rastrearon su red durante años.

 En 2018, Gerald se convirtió en el primer ciudadano ecuatoriano extraditado a los Estados Unidos por delitos de narcotráfico. Un tribunal federal lo condenó a 19 años de prisión. En los medios ecuatorianos se le llamó el Pablo Escobar ecuatoriano, una etiqueta que dice más sobre el vacío que llenó que sobre cualquier semejanza real con el capo colombiano.

Fernández había sido un empresario con contactos presidenciales. Gerald era un pescador que nunca necesitó de ningún gobernador. Ahí está la transición real. No es la historia de un sistema que colapsó. Es la historia de un sistema que evolucionó. La oligarquía narco, con sus haciendas y sus trajes y sus vínculos al palacio de gobierno, fue reemplazada por algo más barato, más eficiente y mucho más difícil de negociar con el estado porque no tiene nada que perder en términos de reputación.

 Un pescador no tiene imagen pública que proteger, un exgobernador sí. Y ya viste que también le fue. Lo que Fernández y Karan representaban era una narcocorrupción de élite, cara de mantener, visible para la prensa,  vulnerable en los tribunales y dependiente de la protección política. Lo que Gerald y Castro representaban era algo más horizontal, más arraigado en la geografía y en la cultura de las comunidades costeras y fronterizas.

mucho más difícil de extirpar,  porque no depende de una sola figura de poder, depende de redes. Y debajo de esas redes, mientras los capos de cuello blanco eran liquidados uno por uno en los patios y celdas de las penitenciarías ecuatorianas, algo más estaba creciendo en silencio dentro de esos mismos muros.

 Las prisiones que habían servido como depósito final de Fernández, Karanqui y Castro no eran el fin del sistema criminal, eran su nueva sede central. Las megabandas carcelarias que habían nacido en la marginalidad urbana de Manta y Guayaquil durante los años en que Fernández construía su imperio, ya tenían nombres, territorios y contratos con los mismos cárteles mexicanos que él había recibido en su hangar.

 Mientras el Estado ecuatoriano celebraba en los titulares  la captura del exgobnador, la siguiente generación del narco ecuatoriano usaba sus cárceles  para reclutar, organizar y planificar. En septiembre de 2025, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos designó a dos organizaciones criminales ecuatorianas como organizaciones terroristas extranjeras.

 Ambas nacieron en la provincia de Manabí, el mismo territorio que César Fernández gobernó, el mismo litoral que puso a disposición del cártel de Sinaloa en una empacadora de camarones una noche de octubre de 2003. Eso no es una coincidencia geográfica, es una línea de herencia directa que el Estado ecuatoriano nunca logró cortar.

 El Estado ecuatoriano emitió un certificado de defunción oficial para un narco que  seguía vivo. Lo firmó, lo selló y lo archivó. Nadie verificó nada. Eso no fue un error burocrático. Eso fue el sistema funcionando exactamente como los cárteles necesitaban que funcionara. Lo que viene ahora no es el final de la historia de Fernández.

 Es la demostración de que Fernández nunca terminó. César Fernández murió en una celda de la Roca en junio de 2013, pero el ecosistema que construyó no necesitaba que él siguiera vivo para funcionar. Las rutas estaban trazadas,  los puertos comprados, las lealtades distribuidas. Lo que Fernández había instalado en Manabí durante los años 90 era una infraestructura,  no una persona.

 Y las infraestructuras sobreviven a sus arquitectos.  La organización que heredó ese territorio no llegó de afuera, nació adentro.  Los choneros se fundaron alrededor de 2005 en la ciudad de Manta,  a menos de 100 km de Porto Viejo, en el corazón exacto de la provincia que Fernández había entregado al cártel de Sinaloa.

  No fue una coincidencia geográfica, fue una sucesión. Los mismos  puertos, las mismas rutas costeras, las mismas flotas pesqueras  que Fernández utilizaba para mover cargamentos hacia Centroamérica, fueron absorbidas por una organización que entendió algo que los capos de cuello blanco nunca lograron, que la violencia extrema, aplicada con precisión y en público es más barata que los sobornos a largo plazo.

Bajo el liderazgo de Jorge Luis Zambrano, alias Rasquiña, y luego de José Adolfo Masías Villamar, alias Fito. Los choneros  se convirtieron en la filial armada exclusiva del cártel de Sinaloa en Ecuador. No eran intermediarios de lujo  como Fernández, eran gerentes de operaciones dispuestos a ejecutar lo que fuera necesario para mantener el flujo.

 Y el flujo nunca se detuvo. más de  300 toneladas de cocaína al año saliendo por los puertos de Manabí y Guayas hacia Europa y Norteamérica,  mientras los choneros cobraban su comisión en territorio, armas y control carcelario. Pero Sinaloa no era el único jugador interesado en ese corredor.

 El cártel Jalisco Nueva Generación, el CJNG, llegó a Ecuador buscando arrebatarle el control del Pacífico a su rival histórico.  Para eso necesitaba su propio ejército local. Lo encontró en Los Lobos, una organización comandada por Wilmer Giovanni Chavarría Barre, alias Pipo. Y Pipo hizo algo que ningún narco ecuatoriano había intentado antes.

 Le pagó al Registro Civil ecuatoriano para que emitiera su certificado de defunción  oficial por COVID-19 en 2021. El Estado lo declaró muerto. Él siguió operando desde Europa, moviendo rutas, coordinando cargamentos y dirigiendo asesinatos, mientras su expediente en Ecuador decía que era un cadáver.

 Lo arrestaron finalmente en España  años después, pero el daño ya estaba hecho. La guerra entre Sinaloa y el CJNG  no fue una metáfora, fue una guerra literal con frentes definidos, zonas de influencia disputadas  y una escalada de violencia que transformó las cárceles ecuatorianas en los escenarios más brutales del conflicto.

 La penitenciaría del litoral, el mismo complejo donde habían muerto Fernández y Karanqui, se convirtió en zona de combate permanente. Las masacres carcelarias entre 2021 y 2023 dejaron cientos de muertos, muchos de ellos decapitados, calcinados o desmembrados dentro  de los propios pabellones. No eran ajustes de cuentas entre presos comunes, eran ofensivas militares  entre dos organizaciones transnacionales, peleando por el control de una plataforma logística valorada en miles de millones de  dólares anuales y la violencia no se quedó dentro de los

 muros. En agosto de 2023, el candidato presidencial, Fernando Villavicencio,  fue asesinado a tiros en Quito. Minutos después de salir de un acto de campaña,  Villavicencio había pasado años investigando y denunciando públicamente las conexiones entre el crimen  organizado y el Estado ecuatoriano.

Las investigaciones posteriores apuntaron a que la orden había sido coordinada desde prisión con tentáculos  que llegaban hasta los choneros y los lobos. El Estado no pudo proteger a uno de sus propios candidatos presidenciales. Ese fue el nivel al que había llegado la penetración. 6 meses  después, el 9 de enero de 2024, se confirmó lo que muchos sospechaban desde hacía semanas.

 Fito había escapado de la cárcel de máxima seguridad, donde supuestamente estaba bajo custodia  militar. Nadie sabía cómo. Nadie sabía cuándo exactamente.  Lo que sí se supo horas después fue la respuesta de las bandas. Motines simultáneos  en seis centros penitenciarios, más de 100 guardias secuestrados y en Guayaquil.

 Un grupo armado tomó  por asalto las instalaciones del canal de televisión TC en plena transmisión en vivo. Hombres con  fusiles de asalto apuntando a periodistas y técnicos frente a cámaras que seguían transmitiendo. Ecuador entero lo vio en tiempo real. El presidente Daniel Noboa respondió con un decreto que no tenía precedentes en la  historia constitucional del país.

 Declaró formalmente el conflicto armado interno en todo el territorio nacional y catalogó a 22 bandas criminales lideradas por los choneros y los lobos como grupos terroristas. Las fuerzas armadas recibieron autorización para operar con munición letal en zonas urbanas. Los centros penitenciarios fueron tomados militarmente.  Los estados de excepción se rotaron entre provincias.

 Era la admisión oficial de que el  Estado había perdido el control de partes significativas de su propio territorio. Los números dicen  lo que las palabras no alcanzan a cubrir. En el año 2000, Ecuador registraba 1833  homicidios en todo el territorio nacional. Para 2023, esa cifra había trepado a más de 8,200  y las proyecciones para 2025 superaban los 9,300 asesinatos anuales.

  En poco más de dos décadas, la tasa de homicidios se multiplicó por cinco.  Ecuador pasó de ser el país más pacífico del Pacífico sudamericano  a tener una de las tasas de violencia letal más altas del hemisferio occidental. En septiembre de 2025, el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos  dio un paso formal que confirmó lo que la inteligencia regional sabía desde hacía años.

Designó oficialmente a los choneros y a los lobos como organizaciones terroristas  extranjeras, congelando sus activos financieros internacionales e inhabilitando cualquier transacción con ciudadanos o entidades  estadounidenses. Era un reconocimiento tácito de que estas organizaciones habían trascendido la categoría de pandillas locales para operar como actores armados no estatales con alcance global.

Y entonces,  en medio de la narrativa gubernamental de guerra total contra el narco,  llegó la investigación que incomodó al propio gobierno. Documentos  periodísticos internacionales vincularon a la empresa Ofshorand Franco, registrada en paraísos fiscales  y conectada a través de Noboa Trading al entorno del presidente Daniel Noboa como accionista  mayoritaria de una compañía exportadora acusada de haber contaminado cargamentos de plátano con grandes alijos de cocaína con destino a Italia y

Croacia.  El gobierno negó conocimiento y los defensores del presidente argumentaron que la modalidad del gancho ciego, la contaminación de exportaciones sin el conocimiento del propietario  puede ocurrir en cualquier punto de la cadena logística. Puede ser cierto. También puede ser exactamente lo que César Fernández habría dicho en su defensa en el año 2003.

Ahí está el patrón, ¿no? En los fusiles de asalto en el canal de televisión. No en las masacres carcelarias, no en los drones cargados de explosivos sobrevolando barrios de Guayaquil. El patrón está en el traje. Fernández eligió uno de tres cuando salió de la cárcel en 2010,  se puso la cadena de oro, subió a la camioneta con vidrios polarizados  y el sistema que había construido siguió funcionando sin él durante décadas.

 El crimen organizado no entró a Ecuador derribando muros. Entró porque alguien con poder, con conexiones, con acceso al palacio de gobierno  decidió abrir la puerta. Después de eso ya no se necesita ningún gobernador. La puerta queda abierta sola. Fito fue recapturado en 2025.  Los titulares lo celebraron como una victoria, pero los  choneros siguen operando, los lobos siguen operando, las rutas por Manabí siguen operando.

 Y en algún despacho de una empresa exportadora, en algún hangar de aviación privada, en alguna cuenta  obse registrada en un paraíso fiscal, alguien está haciendo exactamente el mismo cálculo que hizo César Fernández en los años 90. ¿Cuánto vale la infraestructura que tengo?  ¿Cuánto me están ofreciendo? ¿Y cuánto me costaría negarme.

El expediente de Fernández está cerrado.  El expediente de Ecuador sigue abierto y la próxima firma ya está siendo negociada.   Este expediente se cierra, pero lo que  encontramos en él no desaparece cuando apagas la pantalla. Si llegaste hasta acá, sabes que esto no es entretenimiento.

Es el registro de cómo un estado se  vende a sí mismo en cuotas. Si quieres seguir bajando a los sótanos  donde se toman las decisiones reales, suscríbete y activa la campana. Cada investigación que publicamos  le costó semanas a un equipo que trabaja en la sombra. Deja en los comentarios qué otro imperio debemos diseccionar.

 Hay más expedientes  sin abrir y algunos de esos nombres todavía están en el poder.    M.

 

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