Helen Martínez Enríquez tenía 6 meses cuando se ahogó. Su padre Gustavo, que no sabía nadar, la vio hundirse en el océano sin poder hacer nada. A las 3:45 de la madrugada del 13 de julio de 1994, cuatro barcos del gobierno cubano rodearon un remolcador llamado 13 de marzo, donde 72 personas intentaban escapar de Cuba.
Lo que pasó después no fue un accidente, fue una ejecución ordenada desde arriba. Hoy te voy a mostrar quién dio la orden, quiénes fueron los verdugos y por qué Fidel Castro salió en televisión nacional 23 días después. para llamar patriotas a los asesinos. Quédate conmigo porque esta es la historia que el régimen cubano lleva 30 años tratando de enterrar.
Imagínate por un segundo que estás parado en el malecón de la Habana. Son las 3 de la madrugada. El aire huele a salitre mezclado con gasolina vieja. En el muelle salvamento, cerca de Tallaapiedra, 72 personas suben en silencio a un remolcador oxidado. Familias completas, de deses de 6 meses, niños de 3 años que sus padres cargan dormidos, una madre de 21 años embarazada de 8 meses.
No llevan armas, no llevan nada más que la ropa puesta y la esperanza de llegar a Florida. El motor arranca. El remolcador 13 de marzo comienza a alejarse del muelle. Son las 3 a. En exactamente 45 minutos, 41 de esas personas estarán muertas. Ahora quiero que hagas un zoom hacia afuera. Mientras esas 72 personas se alejaban del puerto en la oscuridad total, cuatro remolcadores polargo del gobierno cubano ya estaban preparados.
Sus tripulaciones llevaban horas esperando, dos escondidos detrás del morro, otros dos apagados en la boca de la bahía. No es casualidad. El día anterior, 12 de julio, el capitán Jesús Martínez recibió una llamada. Mañana tienes un operativo. Preséntate aunque no te toque trabajar. ¿Te das cuenta de lo que significa eso? El gobierno cubano sabía exactamente cuándo iba a salir ese barco.
Sabía que había niños. Sabía que eran civiles indefensos y los dejó salir. ¿Por qué? Para dar un escarmiento. Fíjate bien en esto. Si el gobierno quería detener esa fuga, pudieron arrestar a todos en el muelle. Era facilísimo, pero no lo hicieron. Los dejaron zarpar. Los esperaron en alta mar y cuando estaban a 7 millas de la costa, lejos de cualquier testigo, atacaron.
A las 3:15 de la madrugada, dos polargos salieron de detrás del morro. Otros dos se encendieron en la boca de la bahía. Los cuatro rodearon al 13 de marzo como tiburones. El cerco estaba completo. Aquí viene lo más brutal. Los polargos tienen mangueras de agua a alta presión, 100 kg de fuerza por pulgada cuadrada, suficiente para arrancar la piel.
María Victoria García, una madre de 34 años, intentaba proteger a su hijo Juan Mario de 10 años. Ella misma describió cómo sintió el agua golpearla. Parecían hincadas de clavos sobre las espaldas y los muslos. El agua casi me desnuda, pero yo me vidaba de un lado para otro para que el niño no sufriera el castigo.
Las mujeres salieron a la cubierta con los niños en brazos, gritando hacia los polargos, “Hay niños a bordo, por favor, hay niños!” Los tripulantes de los polargos se reían. Una sobreviviente llamó por su nombre a uno de los atacantes, un vecino del mismo barrio. “Chino Jabao, no hagas eso. Aquí hay niños.
” ¿Sabes lo que respondió? Eso no era lo que ustedes querían. Ahí tienen. Ahora arréglenselas como puedan oéranse. Pero ahora viene la parte oscura. Las mangueras de agua no fueron suficiente. El polargo número cinco, comandado por Jesús Martínez, tomó velocidad y envistió la popa del 13 de marzo con su quilla de hierro.
El impacto partió el barco en dos. Unas 30 personas estaban en la bodeda, quedaron atrapadas. El agua entró como una explosión. María Victoria sintió el golpe y le gritó a su hijo, “Papi, salito y encarámate sobre mí. Abraza tus piernecitas por mi cintura y sujétate de mi cuello con tus bracitos. Apriétame fuerte y no me sueltes.
Coge aire bastante y cierra tu boquita.” El niño le respondió con una vocecita que apenas se oía. Sí, mamá. Fueron sus últimas palabras. El barco se hundió. María Victoria bajó con su hijo aferrado a su cuello. Cuando salió a la superficie, el niño seguía abrazado, pero ya no respiraba. Había tragado demasiada agua. María gritó desesperada, “¡Cójanme al niño, auxilio, se me ahoga!” Nadie vino.
Juan Mario se hundió delante de los ojos de su madre. Ponte en el lugar de Gustavo Martínez en ese momento. No sabes nadar. Ves como tu esposa Juliana de 23 años se hunde con tu bebé de 5 meses en brazos. Helen, 6 meses de vida. Ni siquiera puede llorar bajo el agua. Se ahoga en segundos. Tú estás flotando aferrado a un pedazo de madera, viendo morir a tu familia sin poder hacer absolutamente nada.
Gustavo sobrevivió. Años después diría, “Yo ya probé el tope del sufrimiento de un ser humano.” Y aquí para y presta atención, porque lo que pasó después es lo que convierte esto en una masacre premeditada. Los cuatro polargos no se fueron, no rescataron a nadie. Durante 40 minutos navegaron en círculos alrededor de los sobrevivientes que flotaban en el agua a máxima velocidad, creando remolinos gigantes con sus hélices.
Sergio Perodín, que perdió a su esposa Pilar y a su hijo Yaser de 11 años, describió esos 40 minutos. Las tres naves Polargo giraban a nuestro alrededor a alta velocidad tratando de hundirnos. Era evidente que tenían el propósito de no dejar sobreviviente alguno que luego se convirtiera en un peligroso testigo durante 40 minutos creando olas artificiales para ahogar a madres y niños que suplicaban ayuda.
A las 4:30 de la madrugada, de repente, los polargos quedaron quietos. ¿Por qué? Porque en el horizonte apareció un barco griego, un testigo extranjero. Solo entonces, solo cuando había un testigo que podía contar lo que vio, las lanchas de guardafronteras empezaron a rescatar sobrevivientes. ¿Te das cuenta? Dejaron de matar porque alguien los estaba mirando.
De 72 personas que subieron al 13 de marzo, solo 31 sobrevivieron. Murieron 41. 10 de ellos eran niños. Helen de 6 meses, Cindy de 2 años, Ángel René y José Carlos de tres, Gisel de cuatro, Juan Mario de 10, Yausel y Yaser de 11, Mayulis de 17. Familias enteras desaparecieron esa noche.
Los Rodríguez Fernández, papá, mamá y su bebé de 2 años. Los Anaya Carrasco, abuela, madre e hijo de 3 años. Los tacoronte, dos hermanas y sus dos hijos adolescentes, 41 cuerpos que nunca fueron recuperados, 41 familias sin tumba donde llorar. Mientras María Victoria García abrazaba el cuerpo sin vida de su hijo Juan Mario en medio del océano, Fidel Castro dormía en su residencia de 100 m².
una mansión con centro médico privado, canchas deportivas, puerto privado y piscina con delfines cautivos. Mientras Gustavo Martínez veía hundirse a su bebé de se meses sin poder nadar, Fidel tenía acceso a su yate a Cuarama 2, regalo personal de Leonid Bresnev, equipado con cuatro motores y camarotes de lujo.
Mientras 30 personas quedaban atrapadas en la bodega del 13 de marzo gritando por ayuda que nunca llegó, el general Senenén Casas Regueiro, ministro de transporte, quien comandaba los polargos, recibía informes del operativo que había autorizado. Mientras los tripulantes de los Polargos reían ante las súplicas de las madres, el gobierno cubano preparaba la mentira oficial.
Fue un accidente, un lamentable accidente. Lo curioso es que Fidel Castro guardó un silencio sepulcral durante 23 días. El periódico Granma apenas publicó una línea el 14 de julio. Zozobró remolcador robado, nada más. Pero en los barrios la verdad hervía. La gente sabía que habían matado niños. Y ese silencio oficial no se rompió por arrepentimiento o justicia, se rompió por miedo, porque la presión subió tanto que el 5 de agosto de 1994 la olla explotó. Estalló el maleconazo.
Fíjate en esto. El maleconazo fue la primera rebelión popular masiva contra Fidel Castro desde el triunfo de la revolución. Miles de cubanos salieron a las calles de La Habana gritando libertad y asesinos. La conexión era directa y explosiva. El propio Fidel Castro, acorralado por los eventos, tuvo que admitirlo esa misma noche.
Este fenómeno se ha manifestado con mucha más claridad a partir del accidente del remolcador 13 de marzo. ¿Te das cuenta? Fidel no habló porque quisiera. Habló porque el pueblo en la calle lo obligó. tuvo que bajar de sus jeips verde olivo en medio del tumulto, vulnerable por primera vez, para intentar salvar su régimen que se tambaleaba sobre la sangre de esos niños.
Y eso para un país en desesperación total es una señal clarísima de hasta dónde estaba dispuesto a legar el régimen. Cuba en 1994 vivía el periodo especial. Apagones de 20 horas diarias, rafiones de pan de 80 g por persona. La gente perdía 5 o 6 kg de peso por desnutrición. Más de 50.000 personas sufrieron neuritis óptica por falta de vitamina B.
No había transporte, no había medicinas, no había esperanza. Y cuando 72 personas decidieron escapar de esa pesadilla, el gobierno las esperó en el mar para ahogarlas como mensaje. Mientras tú hacías cola bajo el sol por un pedazo de pan, Fidel Castro organizaba cacerías a lo Luis X en sus cotos privados. Mientras tú sufrías apagones de 20 horas, él nadaba con delfines en su piscina privada.
Mientras tus hijos perdían peso por hambre, los suyos comían langosta importada. Quédate conmigo porque ahora viene lo más impactante. Los 31 sobrevivientes fueron rescatados por las lanchas de guardafronteras a las 4:30 de la madrugada, pero no los llevaron a tierra. Los mantuvieron dando vueltas en el mar hasta las 11:30 de la mañana, 7 horas flotando en una lancha militar, empapados, traumatizados después de ver morir a sus familias.
¿Por qué? Porque los llevaron directo a Villa Marista, el cuartel general de la seguridad del Estado. Los hombres estuvieron 20 días detenidos, interrogatorios, amenazas. Los acusaban de robo de propiedad estatal. A las mujeres y niños lo soltaron con vigilancia permanente. Sergio Perodín estuvo 20 días en Villa Marista viendo cómo interrogaban a otros sobrevivientes.
40 días después construyó una balsa y escapó de nuevo. Prefirió jugarse la vida otra vez en el océano antes que seguir viviendo bajo el régimen que había matado a su familia. Pero lo más enfermizo viene ahora. El 5 de agosto de 1994. Forzado por las protestas, Fidel Castro apareció en la televisión nacional cubana y esto es lo que dijo, palabra por palabra.
¿Qué vamos a hacer con esos trabajadores que no querían que les robaran su barco? Que hicieron un esfuerzo verdaderamente patriótico, pudiéramos decir, para que no les robaran el barco. Los llamó patriotas a los hombres que ahogaron a 10 niños. Patriotas. Siguió. El comportamiento de los obreros fue un comportamiento ejemplar. No se puede decir que no, porque trataron de que no les robaran su barco. Ejemplar.
Y luego culpó a las víctimas. Aquellos se habían montado en un remolcador que tenía hasta una vía de agua en muy malas condiciones para hacer eso. Fue una irresponsabilidad tremenda. La irresponsabilidad fue de las madres que querían salvar a sus hijos, según Fidel. No de los hombres que navegaron en círculos durante 40 minutos para ahogar sobrevivientes.
Y aquí viene lo más extraño. Fidel mintió sobre la mecánica del hundimiento. Dijo que el choque fue accidental, que los barcos solo querían detenerlos, pero Jesús Martínez, el capitán del Polargo cinco que hundió el barco, admitió años después en una entrevista. Ese día yo no trabajaba, pero me hicieron una llamada desde el puerto y debía estar presente para un operativo.
Un operativo, no un rescate, no una detención, un operativo. Lo llamaron un día antes. Las tripulaciones ya estaban listas. Los barcos estaban escondidos esperando. Eso no es un accidente, eso es una emboscada. La pregunta es, ¿quién dio la orden? Según el testimonio de Marta Jiménez, esposa de un líder revolucionario, el general Senenén Casas Regueiro, declaró en una reunión del Partido Comunista que él ordenó el hundimiento tras obtener aprobación del más alto mando militar.
¿Y quién era el más alto mando militar? Fidel y Raúl Castro. Jorge García, que perdió 14 familiares en el hundimiento, investigó durante años y llegó a la misma conclusión. Fue una operación de escarmiento ordenada por Fidel Castro y ejecutada por Senen Casas Regueiro a través del Minint. El objetivo, mandar un mensaje.
Si intentas escapar, te vamos a matar y no importa si llevas niños. Nadie habló de esto oficialmente. Ningún tripulante de los polargos fue arrestado. Ninguno fue investigado. Por el contrario, Fidel los llamó héroes. Senen Casas Regueiro murió el 6 de agosto de 1996 con honores póstumos. Estrella de héroe del trabajo de la República de Cuba.
La estación de ferrocarril de Santiago lleva su nombre. Jesús Martínez, el capitán que envistió el remolcador, murió años después en Santiago de un problema cerebral. Nunca fue procesado. Manuel Gñu Javao, el que operaba las mangueras de agua, vive tranquilo en Guanabacoa. Nunca rindió cuentas. ¿Y las familias? María Victoria García murió en Miami el 4 de enero de 2024, a los 58 años.
Las afectaciones cardíacas que la mataron fueron consecuencia directa del trauma de ver morir a su hijo. Sergio Perodín vive en Miami. Jorge García murió el 2 de junio de 2024 a los 79 años después de pasar 30 años investigando la masacre y escribiendo un libro con todos los nombres y testimonios.
Gustavo Martínez sigue vivo. Todavía tiene pesadillas con su bebé hundiéndose. Ninguno de ellos vio justicia. Cero. Y eso para un crimen documentado por Amnistía Internacional y la Comisión Interamericana de Derechos Humanos es una burla. Ponte en su lugar por un segundo. Imagínate que ves morir a tu hijo de 10 años porque el gobierno de tu país decidió ahogarlo como mensaje político.
Imagínate que escapas, que llegas al exilio y que 30 años después los asesinos siguen siendo llamados héroes en tu país. Imagínate que tu hijo no tiene tumba porque el gobierno se negó a recuperar su cuerpo. El gobierno dijo, “No tenemos buzos especializados.” Mentira. La profundidad máxima en esa zona es de 800 m.
Buzos civiles ofrecieron recuperar los cuerpos gratis. El gobierno dijo que no. Hermanos al rescate, la organización de Miami pidió permiso para sobrevolar la zona y buscar cuerpos. El gobierno dijo que no. ¿Por qué? Porque querían borrar la evidencia. 41 cuerpos flotando en el mar. Eran 41 testimonios de lo que había pasado, pero ahora viene la parte que conecta todo.
El hundimiento del 13 de marzo no fue un caso aislado. 11 años después, el 2 de abril de 2003, tres jóvenes intentaron secuestrar un ferry llamado Baraguá para escapar a Florida. No lastimaron a nadie, no dispararon, solo querían irse. Los capturaron, los juzgaron en un juicio exprés de 4 días. Los fusilaron.
Lorenzo Copelo, Bárbaro Sevilla y Jorge Martínez, 24, 28 y 40 años fusilados. El mensaje fue el mismo. Si intentas irte, te matamos. Y en 2024, 30 años después del 13 de marzo, una lancha con refugiados fue envestida por guardafronteras al norte de Bahía Honda. Ocho muertos, incluida una niña de 2 años.
El gobierno lo llamó accidente otra vez. La verdad sobre el remolcador 13 de marzo por Fidel Castro es que nunca dijo la verdad. Mintió sobre el hundimiento, elogió a los asesinos, culpó a las víctimas y cuando el pueblo se reveló 23 días después en el maleconazo, tuvo que salir personalmente a las calles para controlar la situación. Seis días después del maleconazo, Castro ordenó a los guardafronteras no impedir las salidas.
Entre agosto y septiembre de 1994, más de 35,000 cubanos se lanzaron al mar en balsas precarias. La crisis de los balseros. ¿Por qué permitió eso después de hundir el 13 de marzo? porque se dio cuenta de que el escarmiento había fallado. La gente prefería morir en el mar que seguir viviendo en Cuba. Según varias fuentes que nunca se reconocieron oficialmente, hubo infiltrados entre los organizadores de la fuga.
Dos personas de la lista original no se presentaron la madrugada del 13 de julio. Tasualidad o quizás informantes que avisaron a la seguridad del estado. Se dice que el gobierno sabía de la fuga con días de anticipación. que deliberadamente dejaron salir el barco para tender la trampa en alta mar, que la orden de Fidel fue clara, que no quede testigo.
Hay quienes aseguran que los tripulantes de los polargos recibieron bonificaciones después del operativo, que algunos fueron ascendidos, que Jesús Martínez fue condecorado en secreto. Todo esto son rumores, claro, pero cuando un gobierno miente sobre un crimen, cuando no investiga, cuando premia a los culpables, los rumores llenan el vacío que deja la verdad.
La versión que corre en Miami es que Fidel ordenó el hundimiento como venganza. Días antes del 13 de marzo, otro barco había sido desviado a Florida por sus tripulantes. Fidel estaba furioso. Necesitaba un ejemplo. Y cuando se enteró de que un remolcador iba a salir con 70 personas, dio luz verde al escarmiento.
Cuentan que Abelardo Colomé y Barra, Furri, jefe del Minint, le informó personalmente. Fidel preguntó, “¿Hay niños?” Le dijeron que sí. Su respuesta no. importa que sirva de elección. Esta conversación nunca fue confirmada, pero tiene sentido, porque un gobierno que mata a 10 niños para dar un mensaje no tiene límites.
Los libros oficiales cubanos no hablan del remolcador 13 de marzo. En las escuelas no se enseña, en la televisión no se menciona. 30 años después, el régimen sigue intentando borrar la memoria. Pero en Miami, cada 13 de julio, los sobrevivientes y las familias se reúnen en el malecón de Miami Beach, lanzan flores al mar, leen los nombres de los 41 muertos y prometen que no van a olvidar.
María Victoria García, antes de morir decía, “No puedo olvidar los ojitos de mi niño cuando se ahogaba.” Jorge García escribió un libro de 300 páginas documentando cada detalle, cada testimonio, cada mentida del gobierno. Sergio Perodín da entrevistas cada año repitiendo: “Fue un crimen premeditado por el gobierno cubano y aquí para y presta atención a algo muy importante.
Este no es un caso sin documentación. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos hizo una investigación exhaustiva. Entrevistó a sobrevivientes, revisó evidencias y en 1996 publicó el informe 47/96, donde concluyó, “Existen pruebas suficientes para indicar que se trató de una operación oficial y que quienes fallecieron fueron víctimas de ejecución extrajudicial.
” Amnistía Internacional publicó en julio de 1997 un informe donde clasificó el hundimiento como ejecución extrajudicial. Las Naciones Unidas emitieron resoluciones condenando a Cuba. El Papa Juan Pablo II envió sus condolencias, pero Cuba nunca respondió, nunca investigó, nunca castigó a nadie. Y Fidel Castro murió en 2016 sin haber sido juzgado por este crimen.
¿Tú qué crees? ¿Fue realmente un accidente? Como dice la versión oficial, piénsalo bien. Jesús Martínez fue llamado un día antes para un operativo. Las tripulaciones ya estaban listas. Los barcos estaban escondidos esperando. Atacaron coordinadamente con cuatro embarcaciones. Navegaron en círculos durante 40 minutos para ahogar sobrevivientes.
Solo rescataron cuando apareció el barco griego y Fidel salía en televisión a llamarlos patriotas. Eso suena como un accidente o suena como una operación planeada desde el más alto nivel del poder? Ahora la pregunta final, ¿quién realmente dio la orden? Los documentos oficiales nunca van a aparecer. Fidel está muerto. Raúl no va a hablar.
Senen Casas está muerto, pero piénsalo. Cuatro remolcadores del gobierno coordinados atacando a civiles en alta mar sin que Fidel lo supiera. Imposible. En Cuba de 1994 nada pasaba sin la aprobación de Fidel. Nada y menos una operación militar que iba a matar a 40 personas. Alguien dio la luz verde.
Alguien dijo, “Sí, húndanlo.” Alguien decidió que la vida de Helen de 6 meses no valía nada. Alguien decidió que matar a 10 niños era aceptable si mandaba el mensaje correcto. Fue Fidel quien ordenó directamente el hundimiento. Fue Senen Casas quien tomó la decisión y luego Fidel lo cubrió. O fue una operación del Minint que se salió de control y Fidel decidió defenderla públicamente porque reconocer el crimen era peor para el régimen.
Déjame tu respuesta en los comentarios porque esta es la conversación que el gobierno cubano no quiere que tengas. Porque 30 años después las familias todavía esperan justicia. Porque los cuerpos de esos 41 cubanos siguen en el fondo del mar. Y porque Helen Martínez Enríquez de 6 meses, merece que el mundo sepa su