Pedro Infante Vió a un Anciano Mariachi en una Plaza — Lo que Hizo Esa Noche Nadie lo Olvidó

¿Cuántos años lleva tocando ese violín, señor? La voz era la misma que salía  en las películas, cálida, sin pretensiones, con ese acento sinaloense que nunca se le fue aunque llevara años en la capital. Don Fortino carraspeó. No estaba acostumbrado a que alguien le preguntara nada que no fuera el precio de una serenata.

52  años, respondió. Desde los 22. Pedro asintió despacio con el  gesto de alguien que está calculando el peso de esos años, no el número, sino lo que significan. 52  años de madrugadas en plazas, de dedos ampollados, de sones aprendidos de memoria, de bodas ajenas celebradas con música  propia.

¿Y cómo se llama usted, señor Fortino Reyes? Para servirle. Pedro extendió la mano, una mano  que había estrechado la de presidentes y directores de cine, que había firmado contratos millonarios y sostenido los rostros de las mujeres más admiradas de México. Extendida ahora hacia un viejo mariachi en el rincón más olvidado de Garibaldi.

Don Fortino la estrechó con firmeza porque así le habían enseñado. Un músico siempre da la mano con firmeza, aunque le tiemble todo lo demás. Pedro miró el traje, miró el violín. Era un instrumento  viejo, pero bueno, eso lo notó de inmediato. Alguien que había sabido elegir sus  herramientas en otra época.

Miró las manos del anciano, los nudillos inflamados,  la manera en que sostenía el arco con una rigidez que no era técnica, sino dolor administrado. Tiene grupo ahorita, don Fortino? El anciano negó con la cabeza sin adornarlo con explicaciones.  La verdad simple era suficiente y ambos lo sabían.

Pedro  sacó un cigarro, lo encendió, exhaló despacio y miró la plaza como si estuviera tomando  una decisión que ya había tomado desde que oyó las primeras notas de la malagueña desde el otro lado de la plaza. “Entonces,  acompáñeme”, dijo. “Quiero escucharlo tocar una más.” Don Fortino  preguntó a dónde.

Había algo en la manera en que Pedro lo dijo que no dejaba espacio para dudar. No era una orden ni era lástima. Era una invitación genuina del  tipo que uno recibe muy pocas veces en la vida y que cuando llega hay que tomar sin hacerse el remolón porque el orgullo mal entendido ha arruinado más destinos que  la mala suerte.

Guardó el arco en su funda con los movimientos lentos y precisos de siempre. Cerró el estuche del violín, se acomodó el sombrero y caminó junto  a Pedro Infante por la plaza de Garibaldi con la espalda tan derecha como se lo permitían los años. Los músicos que los vieron pasar se quedaron sin palabras. Nadie entendía  que estaba pasando.

Algunos pensaron que Pedro lo había contratado para una serenata privada. Otros simplemente  se quedaron mirando esa imagen extraña y poderosa, la estrella más grande del cine mexicano caminando  al mismo paso que un viejo desconocido, sin apuro, sin que ninguno de los dos  pareciera estar haciendo un favor ni recibiéndolo.

Pedro lo llevó a una cantina  pequeña en la calle de Moctezuma, a media cuadra de la plaza. Era un lugar  que Pedro conocía desde hacía años, de esos donde el cantinero no hace preguntas y la música de fondo nunca compite con la conversación. Pidió dos cervezas sin consultar y señaló una mesa  en el fondo, lejos de la puerta, lejos de las miradas.

Se sentaron y Pedro dijo algo que don Fortino no esperaba. Tóqueme algo que usted quiera tocar, no  lo que le piden los clientes, lo que usted tocaría si no hubiera nadie escuchando. El anciano lo miró un momento largo. Era una pregunta extraña viniendo de cualquier persona, pero viniendo  de Pedro Infante en una cantina oscura con dos cervezas sobre la mesa tenía un peso diferente.

Era la pregunta  que nadie le había hecho en 52 años de carrera. Siempre le pedían la negra para animar, cielito lindo para los turistas, las mañanitas para los cumpleaños. Nadie le había preguntado nunca que quería tocar él. Don Fortino abrió el estuche, afinó las cuerdas con cuidado y comenzó a tocar un sombo azteco que había aprendido de un músico viejo en Tamazunchale  cuando tenía 25 años y que nunca había vuelto a tocar en público porque nadie se lo pedía y porque había algo en esa pieza que le

pertenecía solo a él. Pedro escuchó sin moverse. El cantinero dejó  de limpiar vasos. El único cliente que había en el lugar, un hombre de mediana edad con cara de haber  tenido un día difícil, levantó la vista de su copa y se quedó quieto. La música llenó ese espacio pequeño con algo que no tenía nombre, pero que todos en ese cuarto reconocieron.

Era la clase de  música que no busca aplausos, que no está tratando de impresionar a nadie, que simplemente existe porque  tiene que existir como el aire o como el dolor o como los recuerdos que uno no elige tener, pero que están ahí de todas formas. Cuando don  Fortino terminó, Pedro tenía los codos sobre la mesa y la barbilla apoyada en las manos cerradas, mirándolo con una  expresión que el anciano no supo leer del todo, pero que se parecía al respeto, al respeto verdadero, no al de  la cortesía

social, sino al que viene de reconocer en otro algo que uno también conoce por dentro. Eso que acaba de tocar, dijo Pedro en voz baja, tiene nombre.  Don Fortino asintió. Se llama El regreso del que no vuelve. Lo compuso un músico que conocí en Tamasunchale. Ya murió. Me lo enseñó  una tarde y me dijo que era para tocarlo cuando uno extrañara algo que ya no existe.

Pedro no dijo nada por un momento. Luego tomó su cerveza,  bebió despacio y preguntó la pregunta que cambiaría la noche entera. ¿Tiene familia, don Fortino? El anciano tardó en responder, no porque no supiera la respuesta, sino  porque era el tipo de pregunta que duele diferente dependiendo del día que uno está. teniendo y ese día, esa tarde de marzo, en una cantina  de la calle Moctezuma, la respuesta dolía de una manera particular.

“Tuve”, dijo  finalmente, “Una hija vive en Guadalajara con su familia. Hace 3 años que no la veo y una esposa que se fue antes que ella. Hace 10 años ya.” Pedro asintió sin apresurarse a llenar el silencio con palabras de  consuelo vacías. Era algo que no mucha gente sabía de Pedro Infante, que sabía estar en el silencio de otro  sin incomodarse, sin sentir la necesidad de arreglarlo todo con palabras.

Y usted vive solo, don Fortino, en una vecindad en Tepito, un cuarto, tengo lo que necesito. Lo dijo con dignidad, sin queja ni dramatismo, con esa  manera que tienen los viejos, que han aprendido a distinguir entre lo que necesitan y lo que quisieran y que han hecho las pesancia. Pedro miró sus manos otra vez, los nudillos inflamados, el temblor leve que el anciano controlaba con años de práctica, pero que estaba ahí,  visible para quien quisiera verlo.

Esos dedos le duelen cuando toca. Don Fortino miró  sus propias manos como si las estuviera viendo desde afuera siempre. Pero uno aprende a tocar con el  dolor adentro. A veces hasta suena mejor. Pedro soltó una carcajada corta, genuina,  de esas que se escapan antes de que uno las piense.

Y Don Fortino  lo miró sorprendido un segundo antes de sonreír también. La primera sonrisa real que había tenido en todo el día. La conversación siguió. Pedro preguntaba  y don Fortino respondía y poco a poco fue saliendo la historia completa. Los 52 años de música, los grupos en los que había tocado, los nombres de directores de orquesta ya muertos que Pedro reconocía  porque eran parte de la misma historia musical que él había respirado desde niño.

momento en que los dedos empezaron a fallar, las llamadas que dejaron de llegar, los años recientes de plaza en plaza, de monedas en  monedas, de días buenos con 50 pesos ganados y días malos con nada. Pedro escuchaba con una atención que don Fortino no estaba acostumbrado a recibir de nadie.

No era la atención del que espera su turno para hablar, era la atención del que está guardando lo que escucha en algún lugar importante. ¿Cuánto necesita para vivir un  mes, don Fortino? con todo, renta, comida, medicinas para los dedos. El anciano frunció el ceño levemente. No le gustaba esa pregunta porque olía a caridad y don Fortino  había aprendido desde joven que la caridad tiene un precio que no siempre sale en el recibo.

No vine a pedirle nada, señor infante. Pedro levantó una mano. Lo sé. Yo le estoy  preguntando porque quiero saber, no para hacerle un favor, sino porque se me está ocurriendo algo y necesito saber si es posible. ¿Cuánto? Don Fortino calculó en silencio. La renta del cuarto en Tepito eran 80 pesos al mes.

La comida otros 50 y era cuidadoso. Las medicinas para la inflamación de las articulaciones  que el doctor le había recetado y que compraba cuando podía permitírselo eran 30 pesos mensuales. Unos 160 pesos al mes saliendo  bien, respondió Pedro. asintió despacio. Luego miró hacia la puerta  de la cantina como si estuviera mirando más allá de ella, hacia algo que todavía no existía,  pero que estaba construyendo en su cabeza en tiempo real.

“Escúcheme bien, don Fortino”, dijo finalmente. “Mañana  tengo una grabación en los estudios de la Sonora, una película nueva. Van a necesitar música en  vivo para tres escenas y el director todavía no tiene al violinista que quiere. Yo le voy a  decir que ya lo encontré.” El anciano lo miró sin parpadear. Pedro continuó, “No es limosna, es trabajo.

Usted toca mejor que cualquiera que hayan considerado para ese papel y yo  lo sé porque lo acabo de escuchar. La pregunta es si usted quiere.” Don Fortino abrió la boca  y la cerró. La abrió de nuevo. ¿Por qué haría eso por mí? Pedro lo miró directamente a  los ojos y respondió sin dudar, porque mi padre también tocaba la guitarra y nadie lo vio nunca.

Y yo no voy a hacer ese nadie si puedo evitarlo. Al día siguiente, Pedro  Infante llegó a los estudios de grabación de la colonia Polanco a las 9 de la mañana. No llegó solo. Don Fortino  venía a su lado con su estuche de violín bajo el brazo y su traje de charro viejo, porque era el único que tenía.

Había pasado la noche anterior limpiándolo  con un trapo húmedo, frotando cada botón vacío donde antes hubo plata, cepillando el sombrero hasta donde el sombrero daba. No podía llegar nuevo, pero podía llegar limpio, eso sí podía  controlarlo. El director de la película era Ismael Rodríguez, uno de los hombres más importantes del cine mexicano de esa época, un hombre que no acostumbraba a recibir sorpresas de sus actores y que  tenía fama de ser preciso, exigente y poco tolerante con las improvisaciones  de último

momento. Pedro lo encontró en el pasillo antes de entrar al foro. Ismael, tengo al violinista para las escenas de la cantina”, dijo directamente, sin preámbulo. Rodríguez lo  miró con la expresión de quien ya tiene un día complicado y no necesita más variables. “Pedro, ya tenemos a  alguien considerado para eso.

” Pedro negó con la cabeza. Escúchalo primero. Nada más eso te pido. 5 minutos y si no te convence, seguimos con quien tengas. Rodríguez miró a  Don Fortino parado en el pasillo con su traje viejo y su estuche de violín. Hizo el cálculo rápido que hacen los directores,  evaluó la imagen, el desgaste, la edad y su expresión no fue entusiasta, pero conocía a Pedro  lo suficiente para saber que cuando pedía algo así no era capricho.

5 minutos concedió. Don Fortino entró al foro sin que nadie le explicara nada. Miró el espacio, las luces,  los técnicos con sus cables y sus micrófonos. todo ese aparato industrial de hacer películas que él nunca  había visto de cerca. Su corazón latía rápido, pero sus manos estaban quietas. Había aprendido hace décadas que el corazón  puede hacer lo que quiera mientras las manos se mantengan firmes.

Abrió el estuche, afinó y preguntó con voz  tranquila si podía tocar libremente o si querían algo específico. “Lo que usted quiera”, dijo Pedro desde un lado del foro, con los brazos cruzados  y una sonrisa que don Fortino captó de reojo. El anciano eligió un balsa antiguo que había aprendido en Jalisco cuando tenía 30 años.

lo tocó de pie en medio de ese foro enorme, bajo las luces técnicas  que no estaban puestas para el sino para los actores, rodeado de personas que no lo conocían y que tenían otras cosas en que pensar. Lo tocó como si estuviera  solo, como si fueran las 5 de la tarde en Garibaldi y no hubiera nadie mirando. Con los ojos entrecerrados y la cabeza  inclinada y esa conversación privada con el instrumento que Pedro había visto el día anterior y que lo había detenido en seco desde el otro lado de la plaza.

Cuando terminó el silencio duró  varios segundos. Ismael Rodríguez tenía los brazos cruzados y miraba al anciano con una expresión que había cambiado  completamente desde el pasillo. Ya no era el director evaluando una variable incómoda. Era un hombre que acababa de escuchar algo que no esperaba escuchar ese martes por la mañana.

¿Cómo  se llama usted?, preguntó Rodríguez. Fortino Reyes. Para servirle. ¿Cuántos años lleva tocando? 52. Rodríguez asintió una vez, se volvió hacia Pedro con esa expresión que entre ellos no necesitaba palabras. Pedro  respondió con una sonrisa mínima, la de quien sabía exactamente lo que iba a pasar desde que oyó la  malagueña en el rincón de Garibaldi.

Don Fortino, dijo Rodríguez, puede estar aquí mañana a las 8 de la mañana. El anciano miró  su estuche, miró a Pedro, miró al director. “¿Puedo estar aquí esta tarde si usted quiere?”, respondió. Y en ese foro con olor a  cable caliente y polvo de utilería, por primera vez en muchos años, don Fortino Reyes  se permitió algo que había olvidado cómo hacer. Sonreír sin que le costara nada.

La noticia corrió rápido  entre los músicos de la ciudad. No porque alguien la hubiera anunciado oficialmente, sino porque así  funciona el mundo de los que viven de tocar, una red invisible de cantinas y plazas y foros de ensayo donde las historias viajan más rápido que los contratos.

En menos de una semana,  todo Garibaldi sabía que Pedro Infante había recogido a un viejo violinista del rincón más olvidado de la plaza y lo había metido de lleno en una producción de Ismael Rodríguez. Algunos no lo creyeron hasta que lo vieron con sus  propios ojos. Don Fortino llegó puntual cada mañana durante las tres semanas que duró la grabación de las escenas musicales.

Llegaba con su traje viejo porque seguía siendo el único que tenía, pero Pedro había resuelto  eso sin hacer escándalo. Le había dicho a su sastre de confianza en la colonia Roma que tomara las medidas de un señor que iba a pasar por ahí y que le preparara dos trajes  decentes, no de lujo, decentes, que duraran y que le quedaran bien a un hombre que cargaba su historia en el cuerpo.

Don Fortino llegó al estudio el  tercer día y encontró los trajes esperándolos sin explicación de parte de nadie. Solo una nota escrita a mano que decía un músico debe verse como lo que es sin firma. Él supo de  quién eran. No dijo nada, los dobló con cuidado, los guardó  y al día siguiente llegó al foro con uno de ellos puesto.

Pedro lo vio entrar y no hizo ningún comentario. Sono asintió levemente con  la cabeza ese gesto mínimo entre hombres que significa todo sin necesitar palabras. Las escenas que grabaron juntos se convirtieron en algunas de las más recordadas de esa película. Había una en particular, una secuencia larga en una cantina ficticia donde el personaje de Pedro escuchaba tocar al violinista  viejo y el guion original pedía que la cámara se centrara en Pedro.

Pero Ismael Rodríguez  cambió el plan durante la grabación porque cuando vio a Don Fortino tocando frente a la cámara entendió que lo que tenía enfrente no era utilería humana, sino algo genuino que la cámara captaba de una manera que no se podía fabricar. Rodríguez filmó al anciano durante 4 minutos sin cortar.

4 minutos  de don Fortino Reyes tocando su violín en un set de cine con luces profesionales y una cámara moviéndose  despacio alrededor de él, capturando cada detalle de sus manos, de su rostro,  de esa manera que tenía de inclinar la cabeza hacia el instrumento como si le estuviera contando un secreto.

Cuando terminó la toma, Rodríguez, gritó Corten y luego se quedó callado un momento antes  de decir en voz baja, eso se queda tal cual. Pedro estaba sentado en una silla de director a un lado  del foro. Tenía los codos en las rodillas y miraba a don Fortino con esa expresión que el anciano ya empezaba a conocer.

La del hombre que ve en otro algo  que le recuerda a sí mismo en algún lugar del camino. Esa tarde, cuando terminaron la jornada, Pedro alcanzó a Don Fortino en el estacionamiento. Ismael quiere que esté en  otras dos películas, dijo. Le va a hablar esta semana. Yo solo quería que lo supiera antes para que no le agarrara de sorpresa. Don Fortino se detuvo.

Procesó esas palabras despacio con el  cuidado que se le da a las cosas frágiles. ¿Por qué sigue haciendo esto por mí, señor infante? Pedro lo miró con una expresión que mezclaba algo parecido a la impaciencia amable con algo mucho más profundo. Ya le dije  ayer y le voy a decir lo mismo hoy y lo mismo mañana si hace falta.

Usted lleva 52 años  poniendo música donde no había. Alguien tiene que reconocer eso. Y si me tocó a mí, pues me tocó a mí y no me estoy quejando. Don Fortino asintió despacio. Miró su estuche  de violín. Miró sus manos con los nudillos inflamados que dolían siempre, pero que esa tarde dolían un poco menos, o quizás dolían igual, pero pesaban diferente.

“Gracias”, dijo simplemente. Y Pedro respondió con lo  que respondía siempre cuando alguien le agradecía algo que él consideraba obvio. “No me dé las gracias. Tóquese bien. La película se estrenó en septiembre de 1954.  Se llamaba el sinaloense y fue uno de los mayores éxitos de taquilla de ese año.

Las reseñas hablaban de Pedro Infante con los adjetivos de siempre, carismático,  natural, irresistible en pantalla, el ídolo que México había elegido para verse reflejado en él. Pero había algo más en esas reseñas, algo que los críticos mencionaban con una curiosidad que  no terminaban de explicar del todo.

Había una escena que nadie olvidaba. Era la escena de la cantina, 4  minutos donde una cámara rodeaba despacio a un violinista viejo que tocaba de espaldas al mundo con los ojos cerrados y las manos haciendo  lo que habían aprendido a hacer en 52 años de vida dedicada a la música. Una escena sin diálogo, sin acción dramática, sin nada, que los manuales de cine decían que debía tener una escena para funcionar.

Y sin embargo, era la que la gente mencionaba al salir del cine. Era la que hacía que algunos espectadores se quedaran quietos en sus butacas cuando el resto ya estaba recogiendo sus cosas. Los periódicos  preguntaron quién era ese violinista. Ismael Rodríguez dio el nombre en una entrevista con Excelsior. Fortino Reyes, músico de Garibaldi, 52  años de trayectoria, y agregó algo que no estaba en el guion de ninguna entrevista, sino que salió solo, como salen las verdades cuando uno no está tratando de construir  una

imagen. Dijo que había sido Pedro quien lo había traído, que lo había  encontrado tocando solo en un rincón de la plaza y que había tenido el oído suficiente para reconocer lo que tenía enfrente. Al día  siguiente, don Fortino recibió tres llamadas de directores diferentes. Vivía todavía en su cuarto de Tepito, pero las  cosas habían cambiado de maneras que no eran solo económicas.

Había algo diferente en la  manera en que cargaba el estuche cuando salía por las mañanas, algo diferente en cómo respondía  cuando alguien le preguntaba a qué se dedicaba. Ya no había esa pausa microscópica  de vergüenza antes de decir músico. Lo decía directo con el  mismo tono con que uno dice su nombre, porque eso era lo que era y siempre lo había sido y ahora el mundo simplemente lo había alcanzado para confirmarlo.

Pedro se enteró  del éxito de la escena por su manager y cuando le contaron que la prensa preguntaba por Don Fortino,  sonrió de esa manera que tenía, amplia y sin cálculo. La sonrisa del  que recibe buenas noticias sobre alguien más y las siente como propias. fue a visitarlo a Tepito una tarde sin avisar.

Llegó solo, sin chóer, en su coche particular y tocó la puerta del cuarto de la vecindad como cualquier persona. Don Fortino abrió  con cara de sorpresa y Pedro entró al cuarto pequeño y se sentó en la única silla disponible con la misma naturalidad con que se hubiera sentado en el sillón más caro de cualquier casa de lomas de Chapultepec.

Hablaron durante 2 horas. Pedro le preguntó por la hija en Guadalajara. Don Fortino le contó  que le había escrito una carta después del estreno de la película porque alguien en el vecindario había visto la reseña en el periódico y se  lo había contado y él no había podido evitar escribirle, aunque no sabía  si ella respondería.

Y respondió, preguntó Pedro. El anciano  tardó un momento. Llegó su carta la semana pasada. Viene a visitarme el mes que entra. Trae a sus hijos. Pedro no dijo nada. Sona asintió  despacio con esa expresión que don Fortino ya conocía bien, la del hombre que sabe que hay momentos donde las palabras sobran completamente.

Antes de irse,  Pedro dejó un sobre en la mesa sin decir nada al respecto. Don Fortino lo  abrió cuando ya se había ido. Adentro había suficiente dinero para pagar la renta de un año y una nota  con la dirección de un médico especialista en articulaciones en la colonia Nápoles. con una cita ya agendada para el jueves siguiente  y la leyenda escrita a mano que decía para que esas manos duren otros 52 años.

Don Fortino dobló la nota con cuidado. La guardó en el estuche del violín  en el compartimento pequeño donde guardaba las cuerdas de repuesto. Ahí estuvo hasta el último  día de su vida. Don Fortino Reyes trabajó en cuatro películas más antes  de que los dedos finalmente le dijeran que era suficiente. No fue una decisión dramática ni un momento  de quiebre.

Fue una tarde de ensayo en los estudios cuando intentó una escala que había tocado  mil veces y los dedos no respondieron con la velocidad que el pasaje necesitaba. Y Don Fortino se quedó quieto un momento escuchando ese silencio donde debía haber habido música y supo.  Los músicos saben, no hace falta que nadie se los diga.

Guardó el violín  con los mismos movimientos lentos y precisos de siempre. Le dijo al director de la sesión que no se sentía  bien y que regresaría mañana. Y los dos sabían que mañana era una palabra que en ese  contexto significaba algo diferente a lo que decía, pero ambos eligieron respetarla porque hay despedidas que necesitan ese margen de cortesía para no romperse.

No regresó  mañana, pero tampoco regresó al rincón olvidado de Garibaldi porque las cosas habían cambiado de maneras  que iban mucho más allá de los contratos y los trajes nuevos y el cuarto de Tepito que ya no era tan frío en las noches  gracias a una estufa que había podido comprar. Lo que había cambiado era algo más difícil de nombrar, pero más real que  cualquier cosa material.

Su hija había venido de Guadalajara con sus tres  nietos. Se había quedado dos semanas en lugar de los tres días planeados, porque don Fortino resultó ser un abuelo que contaba historias con una habilidad natural para el detalle y los niños  no querían irse a dormir mientras el abuelo estuviera despierto.

Hubo conversaciones largas entre padre e hija que llenaron silencios de años.  No todo se resolvió porque hay cosas que el tiempo daña de maneras que no tienen reparación completa, solo acomodo. Pero el acomodo también es una forma de paz y Don  Fortino la recibió sin pedir más. Pedro se enteró de la visita y no los interrumpió.

Esperó a que la hija regresara a Guadalajara y entonces fue a ver a Don Fortino  con una botella de mezcal y dos vasos y la disposición de pasar la tarde sin ningún objetivo particular más que estar ahí. Hablaron de música durante horas. Pedro  le preguntó por los músicos que don Fortino había conocido en sus y tantos años de carrera y el anciano habló de ellos con esa memoria privilegiada de los viejos que recuerdan con nitidez perfecta todo lo que pasó hace 40 años, aunque no recuerden que desayunaron  esta mañana. Habló

de un trompetista de Oaxaca que tocaba con los ojos  completamente cerrados siempre, de una cantante de Veracruz que afinaba mejor que cualquier instrumento que hubiera escuchado en su vida. de un guitarrista de Guanajuato que componía sones a las 3 de la mañana en la barda de su vecindad, porque decía que a esa hora el mundo hacía menos ruido y las melodías  se oían mejor.

Pedro escuchó cada historia con la misma atención de siempre. Cuando el mezcal se acabó y la tarde se había vuelto noche sin que ninguno de los  dos lo notara, Pedro preguntó algo que había querido preguntar desde aquella tarde en la cantina de la calle Moctezuma. ¿Qué hubiera pasado si yo  no me hubiera detenido en Garibaldi ese día? Don Fortino pensó la respuesta con calma, sin apresurarse a dar la que sonara mejor sino la verdadera.

Hubiera seguido tocando, dijo finalmente, tal vez unos meses más, tal vez un año, hasta  que los dedos no aguantaran. Y luego hubiera guardado el violín y hubiera esperado. ¿Esperado qué? El anciano lo miró directamente, lo que esperamos todos al final. Pero sin haber terminado de decir lo que tenía que decir con la música.

Pedro asintió despacio  y no dijo nada más por un momento largo. Luego dijo algo que don  Fortino guardó con la misma cuidado con que había guardado la nota del sobre en el compartimento del estuche. Por eso me alegra haberme detenido. Don Fortino  Reyes vivió 7 años más después de esa tarde de marzo en Garibaldi.

7 años con su hija visitándolo cada tres meses. con sus  nietos, aprendiendo a escuchar música de una manera diferente, porque el abuelo les había enseñado  que cada nota tiene una historia detrás y que vale la pena detenerse escucharla. 7 años con el violín guardado, pero no olvidado, en el lugar más visible de su cuarto, donde lo veía cada mañana al despertar  como quien ve a un viejo amigo que ya no puede salir a caminar, pero que sigue siendo compañía.

Pedro Infante  murió en abril de 1957 en un accidente de aviación en Mérida. Tenía 39 años. Cuando la noticia  llegó al cuarto de Tepito, don Fortino se sentó en su silla y no habló en todo el día. Al día siguiente  abrió el estuche del violín por primera vez en meses.

Sacó el instrumento con los movimientos lentos y precisos de siempre. Lo afinó y tocó el regreso del que no vuelve, el sombo azteco de Tamasun Chale, que había aprendido de un músico ya muerto y que era para tocarlo cuando uno extrañara algo que ya no  existe. Lo tocó durante una hora sin parar. solo en  su cuarto pequeño de Tepito con la nota de Pedro guardada en el estuche y el traje doblado en el ropero y la memoria intacta de una tarde en que un hombre famoso  había caminado hacia el rincón más olvidado de una plaza para

preguntarle cuántos años llevaba tocando ese violín. Nadie midió la grandeza de Pedro  Infante solo en sus películas o en sus canciones o en los estadios que llenó o en las portadas de periódicos que ocupó durante años. Su grandeza también estuvo en esas decisiones pequeñas que nadie ordenó y nadie aplaudió en el momento, en ese instante donde eligió detenerse en lugar de seguir caminando,  donde eligió escuchar en lugar de ignorar, donde eligió ver a un hombre invisible y decirle con sus acciones lo que las

palabras nunca alcanzan a decir del todo, que lo que usted  vivió importa, que lo que usted sabe hacer tiene valor, que usted merece ser visto. Eso fue Pedro  Infante también. No solo el ídolo en la pantalla grande, sino el hombre que un martes de marzo en Garibaldi caminó  hacia un rincón olvidado porque oyó algo hermoso y tuvo la decencia de detenerse a reconocerlo.

Y ese hombre, ese gesto esa tarde nadie los olvidó jamás. M.

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