Se dice que las ánimas del purgatorio son las almas de aquellos que aún no han encontrado descanso. En las creencias no están en el cielo, pero tampoco en el infierno. Por eso muchos les encienden velas, les dejan agua y les piden favores, porque se cree que cuando uno las ayuda, ellas también pueden ayudar.
Te interesa el tema, entonces quédate. Olvídate un momento del mundo exterior y adéntrate conmigo al mundo paranormal. Mi nombre es Santiago. Comenzamos. Mi familia es muy devota de las ánimas del purgatorio. Desde que tengo memoria siempre les rezan o les hacen rosarios. Cada 2 de noviembre también les ponen sus ofrendas.
Dicen que hay que orar por ella, sobre todo por las ánimas más olvidadas. Mi mamá cuenta que esa costumbre viene de su abuelo, mi bisabuelo. Él también era muy creyente. Todas las noches rezaba por las ánimas, se encendía su vela, dejaba un poco de agua y les pedía que descansaran en paz. Nunca les pidió nada para él, solo rezaba para que Dios la sacara del sufrimiento.
Pero una madrugada, hace muchos años, mi bisabuelo vivió algo que la familia nunca olvidó y que se convirtió en una leyenda local. Mi bisabuelo vivía en un rancho a las orillas de una localidad rural de Oaxaca. Era hombre de campo, como la mayoría de aquella época. Vivía con su esposa y tres hijos pequeños. La mayoría de veces regresaba muy tarde del trabajo.
En el día trabajaba de zapatero y por la tarde noche cuidaba y alimentaba animales en una finca. Era muy serio, pero dicen que tenía un corazón bueno. Nunca hablaba mal de nadie y siempre le pedía a Dios por las almas del purgatorio. Una madrugada, como a las 2, venía regresando del trabajo. Tomó el camino más corto, un sendero entre el campo, sin casa, sin luz, pura hierba.
Iba a caballo con una lámpara de aceite colgado del cuello del animal. El camino estaba oscuro. Se escuchaban los búos y a ratos el relinchar de su caballo. Era una noche muy callada, solitaria, ya que nadie pasaba por ahí. Mientras avanzaba, vio que de los árboles salieron dos hombres. Los dos traían la cara tapada con paliacates y machetes en la mano.
Uno de ellos le gritó, “¡Báese viejo, entréganos el dinero y el caballo si no quiere problemas.” Mi bisabuelo no era un hombre de pleito. Les dijo que se calmaran, que traía muy poco dinero, lo que había ganado en el día. Pero los hombres se acercaron más. Uno de ellos le apuntó con el machete y le repitió que se bajara.
Mi abuelo pensó que no tenía otra opción. Estaba solo en medio del campo, sin nadie que lo ayudara. Empezó a bajarse del caballo, pero en ese momento algo muy raro pasó. Primero escuchó algunos lamentos lejanos, seguido de voces que se fueron haciendo más claras. Los asaltantes también las escucharon. Todos volteaban para todos lados intentando ver si alguien se acercaba, pero estaban solos. No se veía nadie.
El caballo de mi abuelo se puso más inquieto y empezó a moverse solo. El aire se sintió pesado, frío, más frío que aquella madrugada. Y de pronto, de atrás de mi abuelo, así de la nada, llegaron varios hombres montando a caballo, unos 15 o más. Mi abuelo pensó que eran más asaltantes, pero uno de ellos habló fuerte a los asaltantes.

Buenas noches, amigo. ¿Qué se le ofrece? ¿Nos va a dejar pasar o se atiene a las consecuencias? Usted decide. Los asaltantes se quedaron congelados. Uno soltó un vámonos de aquí y se fueron al monte adentro hasta perderse de vista. Mi bisabuelo respiró alivianado. Mi bisabuelo volteó a ver a todos dándole las gracias, pero ninguno le parecía conocido, ni eran del pueblo.
Algo nervioso hizo caminar al caballo unos cuantos pasos. Mi bisabuelo se detuvo y volteó para darles las gracias una vez más, pero cuando miró atrás ya no había nadie. No se veía ninguno, ni se escuchó que se fueran. El camino estaba completamente vacío. Mi bisabuelo se quedó quieto un rato sin entender.
El caballo seguía temblando y él sintió un escalofrío en la espalda. Siguió su camino hasta la casa sin voltear atrás. Cuando llegó su esposa lo vio pálido. Le preguntó que qué le pasaba, pero él solo respondió. Las ánimas me acompañaron esta noche. Al otro día fue a agradecer. Prendió varias velas y rezó durante horas. Les dio las gracias a las ánimas por haberlo protegido.
Desde entonces, cada vez que salía de casa, antes de montar en caballo, siempre se perinaba y decía, “Que las ánimas del purgatorio me acompañen.” Con los años esa historia se hizo muy conocida localmente. Mi mamá la contaba muchas veces cuando éramos niños. Que tengan buena noche, audiencia. Siempre pensé que mi abuela Rosa era una mujer rara, no rara en mal sentido, sino diferente.
Desde que tengo memoria fue muy devota a las ánimas del purgatorio. Todos los lunes, sin falta, les encendía una veladora en el centro de su sala. Decía que era su manera de ayudar a encontrarles la paz. Su casa era una casa vieja de techo alto y paredes ya cuarteadas. Ella vivía sola desde que mi abuelo murió, pero decía que nunca se sentía sola, que ellas, las ánimas la acompañaban.
Yo de niño no entendía a qué se refería, pero con los años muchos vecinos empezaron a contar cosas raras de ella. Por ejemplo, el señor que vivía en la casa de enfrente aseguraba que cada lunes en la noche alrededor de las 10 se veía movimiento por las ventanas de la abuela.
Sombras que pasaban de un cuarto a otro como si caminaran dentro. Era como si tuviera una pequeña reunión, pero mi abuela ya estaba grande, no hacía reuniones, apenas podía moverse por la casa. También su vecina de al lado se quejaba mucho. Cada que llegábamos con mi abuela, ella nos reclamaba. Nos decía que cada lunes oía pasos, voces fuertes y risas desde la casa de la abuela, que no dejábamos dormir, pues eso ocurría a altas horas de la madrugada.
No nos creían que ella vivía sola y que no hacía reuniones o fiestas y menos en la madrugada. Nosotros le preguntábamos a la abuela, pero ella decía que siempre estaba sola. que quizá escuchaban a sus ánimas. Yo pensaba que eran exageraciones, pero años después, cuando yo ya pude ir a visitar a mi abuela solo, algo pasó que me cambió la forma de pensar.
Era un lunes exactamente. Recuerdo que estaba lloviendo desde temprano. La luz se iba y se venía. En la tarde, mi mamá me pidió que pasara a ver si la abuela no necesitaba algo porque no contestaba el teléfono. Así que fui caminando. Eran como las 7:30 de la noche. Cuando llegué desde afuera, noté que se escuchaban voces adentro.
Eran muchas, como si mi abuela estuviera en una fiesta. No eran voces claras, eran murmullos, como si muchas personas estuvieran conversando bajito y otras se reían. Me quedé quieto en la puerta unos segundos. El sonido venía desde el interior, a veces más cerca, a veces más lejos. Golpeé la puerta, pero nadie respondió. Volví a golpear más fuerte.
Fue entonces cuando de repente el ruido cesó. Todo quedó en silencio. Escuché los pasos de mi abuela y seguido de un quién toca la puerta. Le dije que era yo, que si necesitaba algo. Cuando me abrió, me recibió con una sonrisa. Me dijo que pasara y hay audiencia. Vaya sorpresa. La casa estaba completamente sola. Le dije a mi abuela que qué estaba haciendo antes de abrirme.
Me pasó a la sala y me dijo que estaba rezándole a sus ánimas benditas. me dijo que si no me incomodaba seguiría con sus plegarias. Se puso de rodillas frente a una mesita con un rosario en las manos. Tenía los ojos cerrados y murmuraba una oración muy despacio, tan bajo que apenas entendía. Yo no podía creer lo que había escuchado y me quedé boqueabierto.
Solo veía a mi abuela como rezaba por esas almas. Mientras miraba con la atención, las luces de las velas temblaban y parecía que habían sombras moviéndose detrás de ella, pero no había nadie más. Me quedé congelado. Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo. Cuando le hablé, no me respondió de inmediato.
Parecía concentrada, como si no quisiera que la interrumpiera. Luego, sin levantar la vista, me dijo con voz tranquila, “Creo que ya llegaron. Yo no supe qué decir. ¿Quién es abuela? Ella apretó el rosario entre los dedos y respondió con calma. Las ánimas vinieron a agradecerme. Yo no tuve el valor de decirle que desde hace rato ya estaban con ella.
Me regresé a mi casa. Al día siguiente, cuando regresé con mi mamá, la abuela estaba desayunando como si nada. Le preguntamos si alguien había estado con ella la noche anterior y dijo que no, que solo había sentido presencias alrededor como siempre. Nos contó que desde hace años cuando enciende la vela, siente una compañía muy rara, como si el aire se llenara de energía.
Nunca ha visto nada, pero dice que la siente claramente. Dice que no hay que tenerles miedo, que son almas que buscan descanso y que mientras haya alguien que les prenda una vela, no estarán perdidas. Pero a mí sí me da miedo. Esta fue una de mis experiencias paranormales más fuertes. Audiencia. Audiencia, ¿qué les está pareciendo este episodio? Si te está gustando, déjame un like, comenta desde dónde me escuchas y comparte este video.
Con eso me ayudas bastante a seguir creando contenido, pues llega a más personas para que nos manden sus relatos. Ahora ya no los interrumpo más y sigamos con la siguiente historia. Me llamo Verónica, tengo 38 años y quiero contar algo que me marcó para siempre. Yo vivía en una casita al sur del Estado de México, en una colonia tranquila.
Vivía sola con mi hija Adelia, que en ese entonces tenía 13 años. Su papá nos había dejado cuando ella nació. Simplemente se fue y nunca más volvió a buscarnos. Desde entonces nos las arreglamos las dos solas. Yo trabajaba en una tiendita de abarrotes por las mañanas y hacía comidas para vender en las tardes.
Nunca nos sobraba, pero tampoco nos faltaba. Siempre me consideré una mujer de fe. Soy católica y desde muy joven le tuve mucha devoción a las ánimas del purgatorio. Mi abuela me enseñó que si uno reza por ellas, las ánimas pueden ayudarte cuando más lo necesitas. Pero jamás imaginé lo que me tocaría vivir.
Todo empezó una mañana como cualquiera. Delia se levantó temprano para ir a la secundaria. Le preparé su lunche antes de irme a trabajar y me despedí con un beso en la frente. Pero esa tarde no volvió. Al principio pensé que se había quedado a platicar con sus amigas o que quizá habían tenido ensayo de danza. Pero cuando dieron las 5 y no regresaba, empecé a preocuparme.
Le marqué a varias mamás de sus compañeras y ninguna sabía nada. Decían que había salido como siempre. Salí a buscarla por las calles cercanas, por la tiendita donde a veces se compraba dulces, por la parada del camión. Nadie la había visto. Cuando cayó la noche, la desesperación me ganó.
Se me venían los peores pensamientos, que la habían secuestrado, que algo le había pasado, pero nadie había llamado, nadie pedía dinero, nada. Era como si la hubiera tragado la tierra. Esa noche le hablé a toda mi familia, a mi hermana, a mi madre, a mis primos, todos, todos salimos a buscar, pero no hubo rastro. Fuimos a la fiscalía, pero los policías nos dijeron que no podían tomar el caso hasta que pasaran 72 horas, que teníamos que esperar, que a veces se iban con amigos, pero mi hija no era así.
Yo no podía creer lo que escuchaba. Esa madrugada no pude dormir. Me quedé en el sillón. mirando su foto y el uniforme de deportes que había doblado, que había dejado sobre la silla. Me quedé despierta sin saber qué hacer. Cerca de las 2 de la tarde del día siguiente me venció el sueño. Desperté casi a las 8 de la noche llorando. Nadie sabía nada aún.
Nadie había llamado. La desesperación ya era un nudo en el estómago. Fue entonces que me acordé de las ánimas. Así que fui a la cocina, encendí una vela blanca y la puse en el altar que tenía junto a una imagen de la Virgen del Purgatorio. Me arrodillé y empecé a rezar. No pedía consuelo, solo que me ayudaran a traer de vuelta a mi hija viva.
Recé tanto que perdí la noción del tiempo. Cuando vi la hora ya eran casi medianoche. Pero mientras oraba sentía algo raro, una calma, una calma extraña que me recorrió todo el cuerpo, además de que el aire se comenzó a sentir extraño. Era una sensación difícil de explicar, no era miedo, pero sí algo que me rizaba la piel.
Luego me entró un sueño tremendo. Apenas pude levantarme y caminar hasta mi cama. Ni siquiera me tapé. Me quedé dormida en segundos. Y fue aquí cuando tuve un sueño. En el sueño todo era oscuro. Yo caminaba por una colonia que me resultaba conocida. Aunque no lograba ubicarla bien, habían calles sin pavimentar, terrenos valdíos, lotes en venta y frente a mí tres siluetas caminando.
No tenían rostro ni forma definida. Parecían hechas de humo blanco, pero caminaban lento como esperándome. La seguí. No hablaban, pero yo sabía que querían mostrarme algo. Pasamos frente a casas, postes de luces amarillas, perros ladrando a lo lejos. Todo se sentía demasiado real. El aire en mi cara. Llegamos a una casa en obra negra hasta el final de una colonia.
Una colonia donde apenas se andaba poblando. Esa casa tenía un portón negro cerrado. El lugar me dio mala espina. Las tres siluetas se detuvieron frente a la puerta y me señalaron algo. Al fondo de la casa había una tapa de metal como una cisterna. Una de las sombras se agachó, la abrió y me mostró algo dentro. Era mi hija.
Estaba amarrada en una silla. Grité en el sueño y en ese mismo instante desperté. Eran las 5 de la mañana. No dudé ni un segundo. Agarré una chamarra y salí corriendo a la calle. Cerca encontré una patrulla estacionada. Me acerqué casi gritando, “Oficial, por favor, necesito ayuda. Sé dónde está mi hija.” Los policías me miraron sorprendidos.
Uno de ellos tomó el radio y pidió apoyo. No dije que había tenido un sueño, solo les dije que tenía información del lugar. Por suerte, uno de ellos accedió a acompañarme. Manejaron rápido hasta una colonia que mencioné, que, por cierto, apenas pude acordarme. En cuanto doblamos por la avenida principal se meló la sangre.
Era igual que en el sueño, las mismas luces en el mismo lugar, los mismos lotes valdíos. Les dije que se detuvieran. Ahí estaba la casa de Portón Negro, justo como me la enseñaron las figuras. Uno de los policías me dijo que no podían entrar sin orden, pero yo ya no podía esperar. Me bajé corriendo para tocarles la puerta, pero al llegar la puerta estaba abierta, emparejada.
La empujé y entré corriendo. La casa estaba vacía, llena de polvo, sin mueble, sin ruido. Los policías me siguieron alumbrando con las linternas. Nunca había estado en esta casa, pero era igual como la había soñado. Así que fui directo al fondo, donde había una tapa de metal en el piso, pero tenía un candado.
Ahí abajo se escuchaban débiles gritos, así que uno de los policías sacó una ganzúa que usaba para emergencias y en menos de 2 minutos la abrió. iluminó hacia abajo y los tres la vimos al mismo tiempo. Era mi hija. Estaba amarrada de las manos y los pies en una silla con una bolsa como de tela en la cabeza. Se movía llorando.
Los policías bajaron rápido. Como pudieron la soltaron y la subieron entre los dos. Yo la abracé tan fuerte que apenas podía respirar. Ella lloraba, temblaba, pero estaba viva. Nos llevaron directo a la fiscalía. Mi hija no recordaba mucho. Dijo que una camioneta blanca la interceptó cuando regresaba de la escuela, que la jalaron sin que pudiera ver quiénes eran.
Y luego todo fue oscuro. No la maltrataron y pidieron el número de alguien, solo la dejaron ahí adentro encerrada y en esos días nadie regresó. También algo curioso pasó. Recordaba que horas antes de que yo llegara por ella, de la nada escuchó una voz de mujer que le dijo muy cerca del oído, “Ya viene tu mamá.
” Pero nunca escuchó que abrieran el candado o que bajaran. Las autoridades investigaron la casa, pero no aparecieron los dueños. Los vecinos decían que llevaba años abandonadas, que nadie vivía ahí. Después de eso me mudé. No podía quedarme en el mismo barrio. Pasé años sin poder dormir, con pesadillas y con miedo de que volvieran a llevarse a mi hija, pero también con la certeza de que las ánimas la habían traído de vuelta.
No soy muy buena para escribir, pero quiero compartirles algo que me ha pasado varias veces. Tengo 50 años y desde los 35 soy devota de las ánimas del purgatorio. Cada día les prendo sus veladoras y rezo por las almas. Solo oro por ellas y lo hago con mucha fe. Les he pedido algunas cosas y me las han cumplido siempre y cuando también yo lo haga.
Pero después de hacer oraciones para ellas diario, después de un año, me empezó a pasar algo curioso. Varios conocidos, incluso familiares, me decían que a veces me veían de lejos por la calle, pero que me veían acompañada. a veces de mucha gente y otras veces de cuatro o cinco personas que venían conmigo. Un vecino hasta me dijo en tono de burla, “¿Dónde fue la fiesta que llevabas a todos los invitados?” Pero yo siempre iba sola y lo más raro es que todos coincidían en lo mismo, que las personas que me acompañaban no se distinguían bien.
Nunca me dio miedo porque siento que son las ánimas que he estado ayudando todo este tiempo. A veces pienso que cuando uno reza por ellas, ellas también te acompañan. No soy una persona muy religiosa, pero en mi familia siempre se ha hablado de las ánimas del purgatorio. Mi mamá y mis tías decían que eran milagrosas, que si uno les reza y les pide, te ayudan en lo que necesites.
Así que hace unos años decidí intentarlo. Yo tenía 27 en ese entonces. Vivía en Necatepec con mi esposo en una casa de dos pisos. Éramos recién casados, sin hijos todavía. Yo era ama de casa y tenía mucho tiempo libre, así que pensé que no me costaría nada rezarles un ratito diario. Una tía me dio una oración especial para las ánimas más olvidadas.
Me dijo que la hiciera todos los días. Yo las realicé a las 8 de la noche, siempre a la misma hora, con una veladora. Así lo hice. Las primeras noches todo era normal. Encendía una vela, ponía un vaso de agua y rezaba en voz baja. A veces mi esposo estaba viendo la tele y me decía bromeando, “Ya vas a hablar con tus espíritus, ¿verdad?” Yo solo me reía.
Durante dos semanas completas no fallé ni un solo día, pero como todo empecé a cansarme. Habían días que se me olvidaba, otros que simplemente no tenía ganas. No sabía que eso podría tener consecuencias. Un martes después de cenar decidí no hacerlo y desde ahí empezó todo. Esa misma noche ya en la cama no era tan tarde como las 11.
Escuché como alguien caminaba en la planta baja. Mi marido estaba dormido a mi lado. Sin embargo, los pasos eran lentos, firmes y sonaban sobre el piso de cerámica. Me levanté a mirar desde las escaleras, pero no había nadie. Solo noté algo. La vela del altar estaba apagada, aunque juraría que la había dejado prendida.
Regresé a dormir, pero me costó conciliar el sueño. Y es que cada vez que yo cerraba los ojos, sentía que alguien estaba parado cerca de la cama. Al siguiente día, el ambiente de la casa se sentía pesado. Hasta mi esposo, que es escéptico, lo notó. Era como si el aire estuviera más frío de lo normal, aunque no hacía clima para eso.
Encendí el radio para distraerme. Estuve haciendo mis tareas diarias cuando de pronto, sin tocarlo, la estación cambió. La voz se cortó y empezó a escucharse estática, pero con palabras mezcladas. Esa noche traté de rezar otra vez, pero algo me detuvo. Cuando quise prender los fósforos, no se quedaban encendidos.
Era como si alguien le soplara. No era el aire, pues yo los cubría y aún así pasaba. Sentí un escalofrío tan fuerte que me dieron ganas de salir de la casa corriendo. Mi esposo decía que eran mis nervios, que estaba sugestionada, pero él también empezó a notarlo. Prendía algún fósforo, se mantenía muy poco encendido y alguien la apagaba.
Así pasaron los días y la actividad paranormal comenzó a aumentar. Una ocasión estaba barriendo en la cocina cuando vi por el rabillo del ojo una sombra cruzar del baño a la sala. Mi esposo estaba trabajando y yo estaba completamente sola. Fui a revisar, pero no había nadie, solo que había un detalle.
El vaso de agua que yo había puesto hace unas horas en el altar estaba completamente vacío. Yo no sé cómo pudo pasar eso. Esta madrugada también sucedió algo. Mientras dormía, mi esposo me despertó algo asustado, pues dijo que sintió que alguien se sentó a los pies de la cama. se levantó a encender la luz por el miedo.
Al regresar a acostarse pudimos escuchar un lamento. Era como un soy de mujer que venía desde el piso de abajo. No duró mucho, pero fue lo suficiente para que los dos no durmiéramos con tranquilidad en toda la noche. Al día siguiente logré dormirme un rato en la tarde, pero lo paranormal me siguió hasta en mis propios sueños. Soñé que estaba en la sala rezando frente al altar, pero no estaba sola.
Atrás de mí habían muchas personas. Eran personas paradas, todas quietas, todas pálidas, mirándome. Al frente de mí estaba una señora vestida de negro, con el rostro arrugado y una expresión muy seria, como enojada. Desperté empapada en sudor con un dolor de cabeza terrible. En la noche mi esposo me preguntó que qué tenía y le conté el sueño.
Me dijo que en la madrugada él había sentido que alguien le jalaba la cobija. Un sábado fue el peor día. Desde temprano se escuchaban golpes arriba, como si alguien caminara con botas pesadas. El ventilador se encendía solo, las puertas a veces se azotaban y el ambiente se sentía helado, denso, horrible. Mientras lavaba los trastes intentando ignorar todos estos problemas, la radio se prendió sin que nadie la tocara y ahí empezó a sonar estática, como si alguien respirara del otro lado.
También algo curioso que pasó es que los perros de la calle no dejaban de ladrar hacia la puerta. Esa ocasión, justo cuando iba a subir a la recámara, una sombra negra cruzó de pared a pared y desapareció frente a mí. Cuando llegó mi esposo trató de tranquilizarme, pero esa noche fue la peor. Las 3 de la madrugada nos despertó un grito horrible.
No era dentro ni fuera de la casa, era como si viniera del techo. Seguido de eso, se escucharon pasos rápidos en las escaleras de la planta baja, como si quisieran subir. Mi esposo bajó con un bat, pero no encontró nada. Yo estaba temblando, sentada en la cama y ahí, justo detrás de mí, escuché un suspiro.
Fue tan claro que los dos volteamos al mismo tiempo. Ahí ya no pude más. nerviosa, temblando del miedo, me solté a llorar. Comencé a rezar el Padre Nuestro varias veces y solo así se calmaron las cosas. Al siguiente día ya no aguantaba más. Me sentía vigilada todo el tiempo. La casa estaba fría, los focos a veces se prendían solos y los aparatos se encendían solos también.
La casa estaba infestada de actividad paranormal, de fantasmas. Esa noche decidimos dormir en un motel que estaba cerca de la casa. Ya estando en la habitación, mi mamá me marcó y acepté la llamada. Le comencé a contar lo que estaba ocurriendo y ella muy segura me dijo que eran las ánimas que estaban enojadas conmigo por no cumplir en los rezos.
Yo le colgué algo nerviosa, pero tranquila, porque dormiría muy bien esa noche. Nunca me imaginé que las ánimas del purgatorio siguieran conmigo. Esa noche apenas me acosté. Sentí que alguien se me subía encima. No podía moverme ni gritar. Se me había subido el muerto. Tenía los ojos abiertos.
veía a mi esposo cómo dormía a mi lado, pero encima de mí estaba una figura. Una mujer joven bien parecida. Estaba flotando, gritando sin sonido. Sentí que me movían, pero yo no reaccionaba. Cuando por fin pude levantarme, me dolía todo el cuerpo. Lloré toda la madrugada. No quise volver a dormir. Al día siguiente, la misma tía me aconsejó que fuera a la iglesia.
Le conté todo y me dijo lo mismo, que era porque había dejado a las ánimas a medias, que ellas también se enojan cuando uno no cumple. Fui a misa, llevé velas nuevas y les pedí perdón. Esa misma noche volví a rezar temblando, pero lo hice. Les pedimos disculpas, mi esposo y yo, diciéndoles que no era nuestra intención molestarlos, que ya no rezaríamos más, pero que esperábamos que se encuentren en paz.
Desde entonces todo volvió a la normalidad. Ya han pasado varios años y sigo acordándome de esta historia con un miedo enorme. Aprendí que cuando uno empieza con las ánimas, hay que hacerlo con fe y respeto, porque si uno las olvida, ellas se encargan de recordártelo. Audiencia, ¿qué les pareció este episodio? Si tú tienes una historia de fantasmas o tuviste un encuentro paranormal, puedes enviarlo al correo Pacto Siniestros Oficial o a la página de Facebook Pacto Siniestros.
Te dejaré el link en el comentario fijado. Y bueno, buenas noches audiencia. Gracias por sintonizarme y nos vemos pronto en un nuevo episodio. No. Amén.