TESTIMONIO CATÓLICO IMPACTANTE: Renuncié a una vida “normal” por esto…

 

Mi abuela materna, doña Rosa Elena, ella era católica, no de esas católicas nominales que van a misa solo en Navidad, era de las que rezaban el rosario todas las noches, de las que tenían un altar doméstico con imágenes de santos, de las que hablaban de la Virgen como si fuera una presencia real en sus vidas.

Vivía sola en un apartamento pequeño en el barrio La Candelaria, el centro histórico de Bogotá. Un apartamento antiguo en un edificio de tres pisos con escaleras de madera que crujían. Visitábamos a mi abuela cada dos domingos después del culto de mediodía y cada visita era incómoda. No porque mi abuela fuera hostil, todo lo contrario.

Nos recibía con arepas recién hechas, chocolate caliente y una sonrisa genuina. Pero había una tensión invisible que se instalaba apenas cruzábamos la puerta. Su apartamento era pequeño, pero acogedor. Sala comedor integrada, cocina estrecha, dos habitaciones y en un rincón de la sala su altar, una imagen de la Virgen del Carmen, un crucifijo de madera tallada, una veladora que siempre estaba encendida y un rosario antiguo de cuentas de madera gastadas por décadas de uso.

 Mi padre miraba ese altar con una mezcla de tristeza y desaprobación silenciosa. [música] Mi madre desviaba la mirada. Yo siendo niño sentía curiosidad, pero también había aprendido que esas cosas eran idolatría. Eso nos habían enseñado. Recuerdo una visita específica cuando yo tenía unos 13 años. Mi madre había llevado zancocho que había cocinado la noche anterior.

 Yo llevaba unos documentos del banco que mi abuela necesitaba firmar. Entramos al apartamento y el olor a incienso me golpeó inmediatamente. Mi abuela había estado rezando el rosario. Lo tenía todavía en las manos cuando abrió la puerta. “Perdón, mamá”, dijo mi madre con tono de disculpa. “Interrumpimos tu oración.

” Mi abuela sonrió con esa serenidad que siempre tenía. “Nunca interrumpen, hija. Pasen, pasen.” Pero yo había visto algo en sus ojos. No molestia, sino una especie de soledad, como si su momento más íntimo con Dios hubiera sido invadido. Nos sentamos en su mesa pequeña de la cocina. Ella sirvió tinto en pocillos de losa antigua.

 Empezó a contarnos sobre su semana. Había ido a la parroquia para el grupo de la tercera edad. Habían organizado una colecta para una familia necesitada del barrio. El padre Javier la había visitado para ver cómo estaba después de una gripe fuerte. [música] Mi madre escuchaba con atención genuina, pero yo notaba su incomodidad cuando mi abuela mencionaba al sacerdote, cuando hablaba de la misa, cuando se refería a nuestro Señor en el santísimo sacramento.

 Eran códigos de un mundo que no compartíamos, un lenguaje extraño, una fe que nos habían enseñado a rechazar. Mi padre nunca fue directamente grosero con mi abuela, pero había comentarios pequeños, corteses, envueltos en preocupación pastoral. Una vez, cuando mi abuela mencionó que había estado en una novena, mi padre preguntó con tono suave, “Doña Rosa, ¿ha pensado en leer la Biblia por usted misma sin intermediarios? Dios quiere que usted tenga una relación directa con él.

” Mi abuela no se inmutó, solo respondió con calma. Leo la Biblia, Hernando, todos los días y tengo una relación directa con Dios, pero no veo porque eso significa que deba rechazar 2000 años de sabiduría de la Iglesia que Cristo fundó. Mi padre no insistió, pero intercambió una mirada con mi madre que yo interpreté claramente.

 Ya ven, está cerrada a la verdad. Yo aprendí a ver a mi abuela con una mezcla de cariño y lástima. La quería genuinamente. Disfrutaba sus arepas caseras que hacía especialmente para nosotros, sus historias sobre cuando mi madre era niña, su risa suave cuando contaba anécdotas. Pero también creía que estaba equivocada, que seguía un sistema religioso corrupto que la alejaba de la verdad bíblica.

 Cuando oraba por ella, lo cual hacía ocasionalmente, pedía que Dios abriera sus ojos antes de que fuera demasiado tarde. Nunca definíaba demasiado tarde, pero había una urgencia implícita. El tiempo se acababa. Ella necesitaba ser salva. Y la salvación, yo creía firmemente, solo venía a través de una experiencia personal con Cristo, según la fórmula pentecostal que conocíamos.

A los 17 años, durante un retiro juvenil en Melgar, Tolima, sentí lo que todos llamaron el llamado al ministerio. Era un campamento organizado por nuestra denominación con jóvenes de varias iglesias de Bogotá y alrededores. Éramos como 200 adolescentes instalados en un centro de conferencias con cabañas. piscina y un auditorio grande.

El tema del retiro era consagración total. Durante 4 días escuchamos predicaciones sobre entrega, sacrificio, servicio. Había testimonios de misioneros que habían dejado todo para ir a países lejanos. Había momentos de alabanza que duraban horas con luces de colores y música ensordecedora. La noche del tercer día fue particularmente intensa.

 Organizaron una vigilia de oración desde las 10 de la noche hasta el amanecer. Nos dividieron en grupos pequeños. Mi grupo estaba en una capilla al aire libre, básicamente un círculo de piedras con una cruz de madera en el centro. Éramos ocho jóvenes. El líder adulto que nos acompañaba nos guió en oración durante la primera hora, pero luego nos dejó solos diciendo, “Dios quiere hablarles personalmente. Escúchenlo.

” Pasamos horas en ese círculo. Orábamos en voz alta. Compartíamos lo que sentíamos que Dios nos estaba diciendo. Cantábamos suavemente. Había momentos de silencio, pero nunca duraban mucho. Alguien siempre rompía el silencio con otra oración, otra canción, otra palabra profética. Yo estaba cansado físicamente, pero había una energía nerviosa que me mantenía alerta.

 Cerca de las 4 de la madrugada, uno de los chicos empezó a llorar. dijo que sentía que Dios le estaba pidiendo que dejara su plan de estudiar ingeniería y que en cambio fuera al Instituto Bíblico. Los demás pusimos nuestras manos sobre él y oramos con intensidad. La carga emocional era palpable. Fue en ese momento, mientras orábamos por este muchacho, [música] que sentí algo que solo puedo describir como una expansión en mi pecho, como si mi corazón se agrandara, como si hubiera más espacio dentro de mí de lo que pensaba. No

escuché una voz audible, pero había palabras formándose en mi mente. Yo te he llamado, yo te he apartado. Confía en mí. Empecé a temblar. Las lágrimas vinieron sin aviso. Un compañero me miró y susurró, “Hermano, ¿qué pasa?” No pude responder, solo lloré. Cuando el líder adulto volvió al amanecer para llevarnos al desayuno, me encontró todavía llorando. Le conté sobre la sensación.

sobre las palabras en mi mente, sonríó ampliamente, me abrazó y dijo, “Hermano, [música] Dios te está llamando al ministerio pastoral. Esto es un llamado claro.” Esa mañana, en la reunión general, donde todos los grupos compartían lo que habían experimentado durante la vigilia, me hicieron pasar al frente.

 El pastor principal del campamento me puso las manos sobre los hombros y oró por mí, declarando que Dios me había apartado para su obra. Los 200 jóvenes aplaudieron. Yo sentía que flotaba. Volví a Bogotá transformado. Ya no era el mismo muchacho que había subido al bus 4 días antes. Tenía un propósito, una dirección clara.

 Mi vida ya no era mía, era de Dios para sus planes, para su gloria. Mi padre lloró cuando se lo conté, no de tristeza, sino de una alegría profunda que nunca le había visto antes. Me abrazó fuerte, tan fuerte que casi no podía respirar. Hijo, me dijo con voz quebrada, he estado orando por este día desde que naciste.

 Siempre supe que Dios te había apartado. Siempre lo supe. Mi madre también lloró, pero diferente. Había alegría, sí, pero también algo más. Quizás preocupación, quizás el peso de saber que su hijo mayor ahora cargaría con expectativas enormes. La Iglesia celebró mi llamado con un servicio especial de consagración. Me hicieron pasar al frente.

 Los ancianos y mi padre pusieron sus manos sobre mí. El pastor principal ungió mi frente con aceite. Oraron declaraciones proféticas sobre mi vida que sería un instrumento poderoso en las manos de Dios, que llevaría el evangelio a multitudes, que plantaría iglesias, que haría discípulos. Yo recibí cada palabra con fe, creyendo que se cumplirían.

 A partir de ese momento, todo en mi vida se orientó hacia ese objetivo. Empecé a predicar en el grupo de jóvenes cada vez que el líder me daba oportunidad. Al principio eran mensajes cortos. 15. 20 minutos compartiendo lo que había aprendido en mi tiempo devocional, pero fui mejorando. Aprendí a estructurar sermones, a usar ilustraciones que conectarán con la audiencia, a crear momentos de tensión y resolución.

 Descubrí que tenía cierto don para hablar en público, para captar la atención, para hacer que conceptos teológicos complejos sonaran accesibles. También empecé a liderar el grupo de alabanza, tocaba la guitarra eléctrica, dirigía las canciones, creaba atmósferas de adoración donde los jóvenes cerraban los ojos, levantaban las manos y lloraban.

 Desarrollé una fórmula sin darme cuenta conscientemente. Comenzábamos con canciones alegres, dinámicas, que generaran energía. Luego pasábamos a canciones más lentas, íntimas, de adoración. Las luces se bajaban, los jóvenes cerraban los ojos. Yo insertaba frases entre las canciones. Dios está aquí. Él quiere hablarte. No te cierres a lo que él tiene para ti.

Cuando la atmósfera estaba suficientemente cargada, alguien daba un testimonio personal, algo vulnerable, honesto. Esto generaba empatía, hacía que otros se identificaran. Luego venía mi predicación. Siempre con un desafío claro, entregar áreas de pecado, comprometerse más con Dios, responder al llamado.

 Terminábamos con un llamado al altar. Si sentís que Dios te está hablando esta noche, vení al frente. Casi siempre varios respondían. Orábamos por ellos. Poníamos las manos sobre sus hombros, declarábamos victoria, quebrantamiento, transformación y parecía funcionar. Cada retiro, cada vigilia, cada reunión especial terminaba con jóvenes emocionados, comprometiéndose a cambiar, sintiendo que Dios había hablado directamente a sus corazones.

 Y yo era el instrumento de eso. Me sentía útil, necesario, [música] confirmado en mi llamado. Los líderes adultos me felicitaban. Mi padre estaba orgulloso. El pastor principal me mencionaba desde el púlpito como ejemplo de un joven consagrado. Pero había algo que empezaba a notarse por los bordes. Los compromisos que se hacían en los momentos emotivos no siempre se mantenían.

 Jóvenes que habían llorado en el altar un viernes volvían el siguiente viernes con las mismas luchas, necesitando el mismo toque de Dios. Había un ciclo, emoción, compromiso, declive, culpa, necesidad de otra experiencia emocional. Yo lo atribuía a la inmadurez espiritual, a la falta de disciplina personal. Predicaba sobre perseverancia, sobre no vivir de emoción en emoción, sino construir fundamentos sólidos.

 Pero no veía la ironía, no veía que la estructura misma de lo que hacíamos cultivaba dependencia de experiencias emocionales en lugar de formación profunda. A los 20 años entré al Instituto Bíblico Pentecostal de Colombia. Era un programa de 3 años que combinaba clases presenciales tres veces por semana con estudio independiente y práctica ministerial en iglesias locales.

 Las clases eran en un edificio del barrio chapinero, aulas pequeñas, una biblioteca modesta pero bien surtida. Éramos 15 estudiantes en mi promoción, todos varones. Nuestra denominación no ordenaba mujeres al pastorado. El primer año fue principalmente formación bíblica. Estudiábamos hermenéutica, cómo interpretar correctamente las escrituras.

 Aprendimos el método gramático histórico que enfatizaba entender el texto en su contexto original antes de aplicarlo. Estudiamos homilética, el arte de predicar. Nos enseñaron estructura de sermones, uso de ilustraciones, técnicas de oratoria. teníamos que predicar sermones de práctica que eran evaluados rigurosamente por nuestros profesores y compañeros.

 Cada gesto, cada inflexión de voz, cada argumento era analizado. Era exigente, pero me encantaba. Me sentía equipado, preparado para la obra que Dios me había encomendado. El segundo año profundizamos en teología sistemática. Estudiamos doctrina de Dios, cristología, neumatología, soteriología, eclesiología. Escatología. Cada clase era un ejercicio de precisión doctrinal.

Aprendimos a distinguir entre diferentes corrientes teológicas, entre pentecostales clásicos y neopentecostales, entre cesacionistas y continuacionistas. Había ortodoxia y heterodoxia, había líneas claras que no se podían cruzar sin caer en error. Yo absorbía todo. Escribía ensayos defendiendo la inspiración verbal plenaria de las Escrituras.

 La salvación por fe sola, el bautismo en el Espíritu Santo evidenciado por hablar en lenguas, la sanidad divina. También estudiábamos apologética, cómo defender la fe cristiana contra objeciones, argumentos para la existencia de Dios, evidencias de la resurrección, respuestas al problema del mal y, especialmente cómo responder a otras religiones y denominaciones que considerábamos desviadas.

 Dedicamos varias semanas al catolicismo romano, estudiamos sus doctrinas. Aprendimos a refutarlas bíblicamente. La veneración de María, idolatría disfrazada. La transubstancia, negación del sacrificio completo de Cristo. El purgatorio, invención sin base escritural. El papado, usurpación de la autoridad de Cristo, la salvación por fe más obras.

 Anatema que Pablo condenaría. Escribió un trabajo extenso sobre las desviaciones teológicas de Roma. argumentaba que la Iglesia Católica había corrompido el evangelio simple de gracia con tradiciones humanas, [música] que había puesto la autoridad de la Iglesia por encima de la autoridad de las Escrituras, que había creado un sistema sacramental que mantenía a la gente espiritualmente dependiente en lugar de libres en Cristo.

 cité abundantemente a los reformadores, Lutero, Calvino, Swinglio, también a teólogos pentecostales contemporáneos que habían escrito contra el catolicismo. Mi conclusión era clara. Aunque hubiera individuos sinceros dentro de la Iglesia Católica que amaran genuinamente a Jesús, el sistema en sí era antibíblico y necesitaba ser rechazado.

 El profesor lo calificó con sobresaliente y lo usó como ejemplo para otros estudiantes. Me sentí validado, confirmado en que estaba defendiendo la verdad contra el error, pero algo estaba empezando a cambiar en mí, algo que no podía nombrar todavía. Durante ese segundo año del instituto empecé a salir con Juliana. Nos habíamos conocido años antes en la iglesia, pero ella era 3 años menor que yo.

 Ahora ella tenía 19, yo 22. Varios hermanos de la iglesia habían empezado a insinuar que haríamos una buena pareja. Era bonita, cabello negro largo, ojos oscuros, sonrisa tímida. Cantaba en el grupo de alabanza con una voz dulce que destacaba en las armonías. Nuestra primera cita fue después de un culto dominical. La invité a tomar helado en una heladería del barrio Usaquén.

 Caminamos por el parque hablando sobre la iglesia, sobre el sermón de esa mañana, sobre nuestras familias. Descubrí que estudiaba enfermería, que amaba trabajar con niños, que su sueño era algún día trabajar en misiones médicas. Me habló de su fe con una sinceridad desarmante. No era teológicamente sofisticada como algunos de mis compañeros del instituto, pero había una autenticidad en su relación con Dios que me atraía.

 Creía con simplicidad, sin las complicaciones y cuestionamientos que a veces plagaban mi mente después de estudiar tanto. Empezamos a salir formalmente con la bendición de ambas familias. Nuestros padres estaban encantados. [música] Ya nos veían casados trabajando juntos en el ministerio. Juliana era exactamente el tipo de mujer que se esperaba que un futuro pastor eligiera.

 Piadosa, servicial, dispuesta a apoyar el ministerio de su esposo. Nuestras citas siempre incluían orar juntos. Hablábamos sobre cómo queríamos servir a Dios en pareja, sobre los ministerios que podríamos desarrollar, sobre criar hijos en el temor del Señor. Había poco espacio para conocernos fuera del contexto eclesiástico.

Éramos Andrés y Juliana, la pareja joven comprometida con Dios, más que dos individuos complejos intentando entenderse mutuamente. Ella me apoyaba incondicionalmente. Cuando yo estaba estresado por los estudios, me llevaba comida que había cocinado. Cuando tenía que practicar sermones, ella se sentaba en la iglesia vacía y escuchaba pacientemente, dándome comentarios siempre alentadores.

 Oraba por mí, me enviaba versículos bíblicos por WhatsApp, me animaba cuando dudaba de estar haciendo lo suficiente. Era exactamente lo que se suponía que debía hacer y yo intentaba hacer para ella lo que un futuro pastor debía ser, líder espiritual, protector, guía. Pero había algo que no podía nombrar, una distancia que no sabía cómo cerrar.

 Cuando estábamos juntos, yo sentía que estaba cumpliendo un papel, el novio piadoso, el futuro esposo líder, pero no estaba seguro de estar siendo yo mismo, porque no estaba seguro de quién era yo fuera de esos roles. Recuerdo una tarde específica. Habíamos ido a caminar por el parque Simón Bolívar. Era sábado, hacía buen clima.

 Nos sentamos en una banca cerca del lago. Juliana me tomó la mano y empezó a hablar sobre la boda. Ya la tenía planeada en su mente. Sería después de mi graduación del instituto, la ceremonia en nuestra iglesia, la recepción en el salón comunitario. Quería que yo predicara un sermón breve durante la ceremonia sobre el matrimonio como reflejo de Cristo y la Iglesia.

tenía ideas para los himnos, para la decoración, para todo. La escuchaba hablar y sentía una presión en el pecho. No era que no quisiera casarme con ella, era que todo parecía ya decidido, ya estructurado, ya definido. No había espacio para dudas, para preguntas, para descubrir quiénes éramos realmente juntos fuera del contexto ministerial.

No había lugar para la posibilidad de que yo no supiera exactamente quién era o qué quería. Le sonreí. Le dije que sonaba hermoso, pero por dentro algo gritaba pidiendo espacio, pidiendo aire, pidiendo tiempo para pensar. Mi abuela Rosa Elena nunca me preguntó sobre mis estudios teológicos. Seguíamos visitándola cada dos domingos, aunque ahora yo iba menos frecuentemente por la carga del instituto y el ministerio.

Cuando la visitaba me preguntaba cómo estaba, si estaba comiendo bien, si había conocido una muchacha linda. Le conté sobre Juliana en una de esas visitas. sonrió ampliamente y dijo, “Me gustaría conocerla algún día, mi amor. Le prometí que la traería. Nunca lo hice. No sé por qué.

 Quizás había en algún nivel inconsciente que traer a Juliana al apartamento de mi abuela con su altar católico y sus imágenes de santos crearía una incomodidad que prefería evitar.” Hablábamos de cosas cotidianas mientras ella me servía bizcochos caseros y aguapanela caliente. Me contaba sobre sus amigas de la parroquia, sobre actividades que organizaban, sobre el nuevo padre que había llegado a ayudar al padre Javier.

 A veces, mientras conversábamos, la veía mirar hacia su pequeño altar doméstico, la imagen de la Virgen del Carmen, el crucifijo tallado en madera, la veladora que siempre estaba encendida y percibía que había un mundo interior en ella al que yo no tenía acceso, un mundo de oración, de silencio, de comunión con Dios, que no dependía de cultos ruidos ni de experiencias emocionales.

 Una vez le pregunté directamente sobre su rosario. Estaba sobre la mesa de la cocina un rosario antiguo con cuentas de madera gastadas por años de uso. “Abuela, ¿por qué reza el rosario?”, pregunté. “Digo, no es repetitivo? ¿No dijo Jesús que no usáramos vanas repeticiones como los paganos?” La pregunta salió más confrontativa de lo que pretendía.

 Ella me miró con esos ojos serenos que tenía, tomó el rosario en sus manos y dijo, “No es vana repetición cuando cada ave María sale del corazón, mi niño. Es como cuando vos le decís a tu mamá que la querés. Deja de ser significativo porque lo decís seguido, no supe qué responder, continuó.

 Cuando rezo el rosario, medito en la vida de Jesús. Los misterios gozosos, dolorosos, gloriosos, luminosos. No es solo repetir palabras, es caminar con María a través de la vida de su hijo. Es contemplar el misterio de la encarnación, la pasión, la resurrección. Las palabras son como un río que me lleva más profundo. Había algo en su explicación que no podía refutar fácilmente.

 No era ignorancia, era una espiritualidad pensada, vivida, pero yo estaba demasiado convencido de tener razón como para considerarlo seriamente. Le sonreí, le di un beso en la frente y cambié de tema. En mi tercer año del instituto empecé a notar algo inquietante. En medio de los cultos, especialmente los particularmente ruidos y largos.

 Me encontraba cansado, no físicamente cansado, sino agotado de alguna manera más profunda, como si estuviera representando un papel que conocía de memoria, pero que ya no me quedaba bien. Había momentos durante alabanzas particularmente intensas en los que tenía que salir discretamente al baño solo para tener un minuto de silencio, un minuto donde no tuviera que cantar, no tuviera que levantar las manos, no tuviera que demostrar mi devoción. Me decía que era tentación.

que el enemigo quería desanimarme justo cuando estaba a punto de completar mi formación. Oraba más, ayunaba una vez por semana, me esforzaba por sentir el fuego que había sentido a los 17 en aquel retiro. A veces volvía, especialmente después de ayunar o después de noches de oración prolongadas. Sentía esa intensidad emocional, esa cercanía con Dios que asociaba con estar en el centro de su voluntad, pero cada vez duraba menos.

 Era como una droga que requería dosis cada vez mayores para producir el mismo efecto. Intenté hablar de esto con un compañero del instituto, Felipe, con quien había desarrollado cierta amistad. Una tarde después de clases, le pregunté si alguna vez se sentía espiritualmente agotado. Me miró con preocupación y preguntó si estaba luchando con algún pecado oculto.

 Le aseguré que no, que solo me sentía cansado a veces. me dijo que probablemente necesitaba descansar más, que el ministerio era demandante y debíamos cuidar nuestro cuerpo. También me ofreció orar conmigo. Oramos ahí mismo en el pasillo del instituto. Él pidió que Dios renovara mi fuerza, que quebrara cualquier ataque del enemigo, que me llenara nuevamente de su espíritu.

 [música] Agradecí la oración, pero no tocó lo que yo estaba sintiendo, porque el problema no era falta de oración o falta de fe. El problema era algo más profundo que no sabía cómo nombrar. Mi abuela Rosa Elena falleció en febrero de 2016, 3 meses antes de que yo cumpliera 25 años. Fue repentino, un derrame cerebral masivo mientras dormía.

falleció sola en su apartamento. Fue su vecina, la señora Gloria, quien vivía en el apartamento de al lado, quien la encontró cuando fue a buscarla para ir juntas a misa de la mañana. La puerta estaba sin seguro como siempre. Gloria entró llamándola. La encontró en su cama pacífica con el rosario todavía entre sus dedos.

 Mi madre recibió la llamada de gloria a las 7 de la mañana. Yo estaba en la cocina preparando café. Cuando escuché el teléfono, vi a mi madre contestar. Vi como su rostro cambiaba, cómo se quedaba inmóvil. Cuando colgó, se sentó en la silla más cercana con el teléfono aún en la mano, mirando hacia la nada. No lloraba, solo estaba quieta, como si el mundo se hubiera detenido y ella no supiera cómo volver a ponerlo en movimiento.

 Mi padre salió de la habitación todavía en pijama, preguntando qué pasaba. Mi madre dijo simplemente, “Mamá partió.” Mi padre la abrazó y oró en voz alta. pidiéndole a Dios que consolara a su esposa, que recibiera el alma de doña Rosa en su misericordia, a pesar de sus errores doctrinales, que nos diera paz en medio del dolor.

 Yo sentí rabia cuando dijo eso, una rabia súbita, visceral, que me sorprendió por su intensidad. Errores doctrinales. Quise gritar. Ahora. Ahora tenés que mencionarlo. Pero no dije nada. Solo me quedé temblando de una emoción que no sabía cómo procesar. Mis hermanos despertaron con el ruido. Mi madre les explicó lo que había pasado.

 Camila empezó a llorar inmediatamente. La abuela Rosa la había querido especialmente. Santiago se quedó callado procesando. Yo los abracé a ambos intentando ser fuerte, intentando ser el hermano mayor que debía sostener a la familia, pero por dentro estaba desarmándome. El velorio fue en una funeraria del centro, organizado por la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, donde mi abuela había sido feligresa durante más de 50 años.

 Cuando llegamos esa tarde, el lugar estaba lleno de gente que yo nunca había visto, señoras mayores con rosarios en las manos murmurando oraciones, hombres de traje que habían sido compañeros de ella en alguna cofradía. Un grupo de la parroquia cantaba suavemente himnos marianos. Había flores por todas partes, más flores de las que había visto en cualquier funeral protestante y un crucifijo grande sobre el ataúd, Cristo clavado sufriendo.

El padre Javier, el párroco, se acercó a nuestra familia. Era un hombre de unos 60 años con cabello completamente blanco y una expresión que combinaba serenidad con genuina calidez. Le agradeció a mi madre por haber venido, le tomó las manos entre las suyas, le dijo que doña Rosa había sido una mujer de fe profunda, una luz en la comunidad, que la extrañarían inmensamente.

Mi madre lloró por primera vez desde que había recibido la noticia. El padre Javier la abrazó sin incomodidad, dejándola llorar, sin intentar detener las lágrimas con palabras piadosas. Luego explicó que habría una vigilia durante la tarde, que quien quisiera podía quedarse, que no había presión. pero que la comunidad estaría presente para acompañar a doña Rosa en su última noche antes del funeral.

 [música] También mencionó algo que capturó mi atención. Había una tradición en la parroquia de dejar una silla vacía junto al féretro para quien necesitara hacer silencio con el difunto. “No todos procesan el duelo hablando o rezando en voz alta”, dijo. “Algunos necesitan simplemente estar presentes en silencio. La silla está ahí para eso.

” Mi padre frunció el seño cuando escuchó eso, pero no dijo nada. Intercambió una mirada con algunos hermanos de nuestra iglesia que habían venido a acompañarnos. Yo sabía lo que estaban pensando. Otra tradición católica extraña, sin base bíblica. Pero había algo en la idea que me inquietaba. ¿Cuándo había tenido yo espacio para estar en silencio con Dios? ¿Con la vida, con la muerte? La mayoría de mi familia se fue después de un par de horas.

 Tenían que volver a sus responsabilidades, a sus rutinas, el trabajo, la escuela, los compromisos. Mi madre se quedó, pero estaba en otra sala hablando con familiares lejanos que venían a dar el pésame. Gente que yo no conocía, pero que aparentemente habían sido importantes en la vida de mi abuela. Mi padre tuvo que volver a casa para resolver algo del trabajo.

 Mis hermanos se fueron con él. Yo me quedé en la sala principal sin saber muy bien por qué. Miraba el ataúd, la foto de mi abuela sonriendo, tomada quizás 10 años atrás. Las coronas de flores con cintas que decían de la parroquia Nuestra Señora de Lourdes, del grupo de la tercera edad, de la cofradía del santísimo.

 Y miraba esa silla vacía junto al ataúd. No lo pensé mucho. Había algo magnético en esa silla en la invitación implícita a hacer algo que nunca había hecho, estar en silencio. Me senté y me quedé ahí. Al principio no sabía qué hacer con mis manos. Las junté como en oración, pero me sentía falso. Las separé y las puse sobre mis rodillas.

 Luego las crucé, luego las dejé colgando a los lados. Cada posición se sentía incorrecta, o más bien cada posición me hacía consciente de mí mismo de una manera incómoda. Miré alrededor. Había tres señoras ancianas en un rincón rezando el rosario en voz baja. Las cuentas se movían entre sus dedos con un ritmo hipnótico.

 Un hombre que parecía ser familiar lejano lloraba en silencio cerca de la entrada, las lágrimas cayendo sin que las limpiara. El padre Javier estaba en otra esquina sentado en una silla leyendo un breviario. Nadie me prestaba atención, nadie esperaba que yo hiciera nada. Y por primera vez en mi vida sentí que no tenía que hacer nada, no tenía que cantar, no tenía que orar en voz alta, no tenía que animar a nadie ni crear un ambiente espiritual, no tenía que predicar, ni dar testimonio, ni ser ejemplo.

 No tenía que demostrar mi fe, ni cumplir un rol. Solo podía estar ahí sentado junto a mi abuela. en silencio. Era liberador y aterrador al mismo tiempo. Al principio el silencio era profundamente incómodo. Estaba acostumbrado al ruido constante, las guitarras en los cultos, las voces en oración simultánea donde todos hablaban al mismo tiempo con Dios, los sermones amplificados que llenaban cada espacio de palabras, las conversaciones interminables sobre doctrina y ministerio.

 Incluso mi vida devocional personal estaba llena de palabras. Leía la Biblia y oraba en voz alta porque me habían enseñado que era mejor verbalizar las oraciones. Escuchaba predicaciones en audio mientras viajaba en bus. Cantaba himnos mientras me duchaba. Siempre había algo que decir, algo que proclamar, algo que declarar.

 Pero ahí, en esa silla no había nada que decir. Intenté orar como siempre lo hacía. Cerré los ojos y empecé mentalmente, “Padre, te agradezco por la vida de mi abuela.” Pero las palabras se sentían vacías, mecánicas, como si estuviera cumpliendo una fórmula porque era lo que se suponía que debía hacer.

 Abrí los ojos, dejé de intentar orar, solo me quedé ahí. Empecé a notar cosas que normalmente no notaba. El olor a flores mezclado con el aroma tenue a velas. La luz que entraba por una ventana lateral creando un patrón de luz y sombra sobre el piso de baldosas. El sonido del rosario, no las palabras, sino el sonido físico de las cuentas moviéndose entre los dedos de las ancianas. Un clic suave y rítmico.

 El sonido de la ciudad afuera amortiguado pero presente. Un bus pasando, alguien tocando a lo lejos. El ritmo de mi propia respiración que empezó a hacerse más lento sin que yo lo intentara conscientemente. Cerré los ojos otra vez, pero esta vez no intenté llenar el espacio con oraciones formuladas, solo respiré.

Inhalé, exhalé, conté las respiraciones durante un rato solo para tener algo en que enfocarme. Uno, al inhalar, dos, al exhalar, tres, al inhalar, cuatro al exhalar. Llegué a 10 y volví a empezar. No sé por qué lo hice. No era una técnica que me hubieran enseñado, solo surgió naturalmente. No sé cuánto tiempo pasó.

 Podría haber sido media hora, podría haber sido una hora, podría haber sido más, pero algo empezó a cambiar dentro de mí. No fue una revelación dramática. No escuché voces audibles, ni sentí éxtasis, ni vi visiones. Fue más sutil que eso. Fue como si por primera vez en mucho tiempo hubiera espacio suficiente dentro de mí para que Dios fuera Dios sin que yo tuviera que hacer nada al respecto.

 No tenía que producir un encuentro espiritual. No tenía que generar una experiencia mística. No tenía que demostrar mi fe con palabras elevadas o emociones intensas. Solo podía estar presente, vacío de mi agenda, disponible para lo que viniera. Pensé en mi abuela, en cómo había vivido su fe de una manera completamente diferente a la mía.

 Ella nunca había intentado convertirme, nunca había discutido teología conmigo, nunca había defendido el catolicismo ni atacado el protestantismo, solo había vivido su fe en silencio con una constancia que yo había interpretado como obstinación o ignorancia. Pero sentado ahí, en ese silencio que ella había habitado durante décadas, empecé a preguntarme si su silencio era ignorancia o sabiduría, si su falta de argumentos era debilidad o fortaleza, si su manera de rezar el rosario, de ir a misa, de tener su altar en casa, era

superstición o algo que yo no había entendido. Pensé en todas las veces que había orado por su conversión, en cómo había asumido que ella necesitaba ser salvada de su catolicismo, que estaba en error, que solo un cambio a nuestra forma de fe la pondría en la verdad. Y me pregunté por primera vez si no sería yo el que estaba perdiendo algo.

 Si en nuestra búsqueda de experiencias cada vez más intensas, de cultos cada vez más ruidos de doctrinas cada vez más definidas, no habíamos perdido precisamente esto. La capacidad de estar en silencio ante Dios. sin necesidad de controlarlo o producirlo. Abrí los ojos, miré el crucifijo sobre el ataúd. No era como las cruces vacías de nuestras iglesias, esas cruces simples y desnudas que simbolizaban que Cristo ya no estaba allí, que había resucitado.

 Este tenía a Cristo clavado, sufriendo, con el costado traspasado, con la cabeza inclinada, con las gotas de sangre talladas minuciosamente en la madera. Siempre había pensado que era mórbido e innecesario, que enfocarse en el sufrimiento de Cristo era perderse la victoria de la resurrección. Cristo ya no está en la cruz, solíamos decir con cierto tono triunfante.

 Está sentado a la diestra del Padre en gloria. Era verdad, pero mirando ese Cristo crucificado en ese momento, entendí algo diferente. No era negar la resurrección, era no apresurarse a escapar del sufrimiento, era permitir que el dolor fuera real, que la muerte fuera real, que el silencio del sábado santo fuera real antes de saltar inmediatamente a la victoria del domingo de resurrección.

Era reconocer que el camino hacia la gloria pasa por la cruz, no alrededor de ella, [música] y que a veces estar en el sufrimiento, en el silencio, en la aparente ausencia de Dios es parte del camino. Me levanté de esa silla 3 horas después. Cuando el padre Javier anunció suavemente que cerraría en la sala por 20 minutos para preparar el rosario comunitario de la noche, mi madre me vio salir de la sala principal y me interceptó en el pasillo.

 “Andrés, ¿estás bien?”, me preguntó tocándome el brazo. Su rostro mostraba preocupación. Le dije que sí, que solo había estado ahí sentado. “Tres horas”, dijo ella. “Estuviste ahí 3 horas.” No me había dado cuenta de que había pasado tanto tiempo. Me encogí de hombros. Necesitaba estar con ella.

 Fue todo lo que pude decir. Mi madre asintió, aunque no creo que entendiera completamente. Esa noche en mi habitación intenté orar como siempre lo hacía. Abrí mi Biblia, leí un salmo, el salmo 23, apropiado para un día de duelo, y empecé a hablar con Dios en voz alta. Padre, te agradezco por la vida de mi abuela.

 Te pido que Pero las palabras sonaban huecas, mecánicas, como si estuviera siguiendo un guion que ya no tenía sentido para mí. Cada frase se sentía ensayada, artificial. Cerré la Biblia, apagué la luz, me quedé acostado en la oscuridad, en silencio. Esperé sin saber qué. Siempre me habían enseñado que descuidar el tiempo devocional era abrir la puerta al enfriamiento espiritual, pero no vino culpa.

 En lugar de culpa, sentí algo parecido a la paz. No era euforia, no era la emoción intensa de los retiros, era algo más quieto, más profundo. Me quedé dormido en ese silencio. El funeral fue al día siguiente, a las 10 de la mañana, misa de cuerpo presente en la parroquia Nuestra Señora de Lourdes. Era la primera vez que yo entraba a esa iglesia.

 Era antigua, construida probablemente en los años 40. Techos altos con vigas de madera, vitrales que contaban historias bíblicas, estatuas de santos que yo no reconocía en hornacinas laterales. El olor a incienso era más fuerte que en la funeraria. El ataú de mi abuela estaba al frente, frente al altar, cubierto con un paño blanco.

 Mi familia estaba incómoda. No sabíamos cuándo pararnos, cuándo sentarnos, cuándo arrodillarnos. Las señoras ancianas que habían estado en el velorio nos miraban con compasión, no con juicio. Una de ellas, doña Beatriz, que se presentó como amiga cercana de mi abuela, se sentó cerca de nosotros y nos iba indicando discretamente qué hacer.

Ahora nos paramos, susurraba. Ahora nos sentamos. Fue un gesto de bondad que aprecié. El padre Javier celebró la misa con una serenidad que me perturbó. No había dramatismo, no había intentos elaborados sobre cuán maravillosa había sido mi abuela. Solo las palabras antiguas de la liturgia dichas con reverencia, pero sin afectación.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La congregación respondía amén al unísono. Había una estructura, un orden, un ritmo que todos conocían y seguían. No era espontáneo como nuestros cultos, pero había algo reconfortante en su predictibilidad. Hubo lecturas de las Escrituras, del Antiguo Testamento, un salmo, del Nuevo Testamento, del Evangelio.

 Entre lecturas se cantaban salmos responsoriales. No era música contemporánea con guitarras y batería. Era canto llano, simple, sin adornos. Las voces se elevaban juntas, sin armonías complejas, solo la melodía básica. Y en esa simplicidad había una belleza que no esperaba. El padre Javier dio una homilía breve sobre la esperanza de la resurrección.

habló de cómo doña Rosa había vivido su fe, cómo había servido a la comunidad, cómo había amado a su familia, incluso cuando su familia no compartía su camino de fe. Me di cuenta de que estaba hablando indirectamente de Notgasó, de mi madre que se había hecho pentecostal, de nuestra familia dividida religiosamente.

Pero no lo dijo con juicio, lo dijo con ternura, reconociendo el dolor de esa división, pero también la capacidad de amor que trasciende las diferencias. Luego vino un momento que cambió algo en mí. El padre Javier fue al altar, preparó el pan y el vino y pronunció las palabras de la consagración. Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo que será entregado por vosotros.

Elevó la Todos se arrodillaron. El silencio era palpable, tenso. [música] No era ausencia de sonido, sino presencia de algo que no podía ver, pero que se sentía real. Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre. [música] Elevó el cáliz con el mismo silencio reverente.

 Yo me había quedado sentado, no arrodillado, porque no estaba seguro de qué hacer, pero observaba. Y algo en ese momento, en la forma en que la congregación respondía, en el silencio cargado, en la reverencia absoluta, me hizo preguntarme, ¿y si es verdad? ¿Y si Cristo está realmente presente en esa  de una manera que mi tradición no reconoce? Y si la Eucaristía no es solo un memorial simbólico, sino un encuentro real, sacramental con el cuerpo y la sangre de Cristo, era un pensamiento peligroso, un pensamiento que si lo seguía hasta sus conclusiones lógicas

desmantelaría todo mi sistema teológico. Intenté apartarlo. Me dije que eran las emociones del duelo, que estaba vulnerable, que el enemigo aprovecha así para sembrar duda, pero el pensamiento no se iba. Cuando llegó el momento de la comunión, todos se levantaron. Formaron filas en los pasillos centrales.

 Se acercaban al padre Javier con las manos juntas extendidas. Recibían la La consumían con una reverencia que nunca había visto en nuestras celebraciones mensuales de la cena del Señor. Algunos tenían lágrimas en los ojos, otros cerraban los ojos en lo que parecía oración profunda. Volvían a sus lugares y se arrodillaban, la cabeza inclinada en silencio.

 Mi familia se quedó sentada. Obviamente no éramos católicos, no podíamos comulgar. Pero yo observaba y había un hambre creciendo en mí que no sabía cómo nombrar. Quería saber qué se sentía recibir eso que ellos recibían con tanta reverencia. Quería saber si era solo tradición vacía o si había algo más. En las semanas siguientes no pude dejar de pensar en esas tr horas en la silla vacía.

 Me había pasado años cultivando experiencias espirituales intensas, retiros donde lloraba, donde sentía que Dios me hablaba directamente, cultos donde la presencia de Dios era casi tangible como electricidad en el aire. Momentos de alabanza donde creía que tocaba el cielo, donde el mundo desaparecía y solo existía Dios y yo.

Noches de oración donde sentía que podía mover montañas con mi fe, pero todas esas experiencias tenían algo en común, requerían energía. requerían que yo hiciera algo, sintiera algo, produjera algo. Tenía que cantar con pasión, tenía que orar con fervor, tenía que mantener mi mente enfocada, tenía que generar la emoción correcta.

 Y cuando terminaban siempre había un descenso, un regreso a la normalidad donde tenía que esforzarme por mantener vivo ese fuego, donde la vida cotidiana se sentía gris comparada con la intensidad del momento espiritual. Era como una montaña rusa emocional, subidas intensas, seguidas de bajadas inevitables.

 Pero aquellas tres horas de silencio habían sido diferentes. No había habido clímax emocional, no había habido descarga catártica, no había habido un momento donde sentí que Dios me tocó. Sin embargo, algo había sucedido, algo que no necesitaba mi esfuerzo, algo que solo requería que yo dejara de hacer y empezara a estar. Y ese algo no se había ido cuando terminó.

No hubo bajada, solo una especie de apertura que permanecía, una capacidad nueva de estar presente sin necesidad de llenar el espacio con palabras o emociones. Intenté encontrar ese silencio en mi iglesia. Empecé a llegar temprano a los cultos, media hora antes de que comenzara la música, antes de que llegara el bullicio, me sentaba en las bancas vacías del santuario, cerraba los ojos e intentaba recrear aquella quietud, pero siempre llegaba alguien, el técnico de sonido probando micrófonos, los músicos ensayando,

alguien limpiando y cuando llegaba gente, inevitablemente venían a saludarme, a preguntarme cómo estaba, a conversar. No había espacio para el silencio y cuando empezaba el culto, todo era ruido y movimiento constante. [música] Un sábado de tarde, mientras caminaba sin rumbo por el centro de Bogotá, pasé frente a la parroquia de Lourdes. La puerta estaba abierta.

 Me detuve, dudé. Miré alrededor para asegurarme de que nadie conocido me viera [música] y entré. La iglesia estaba casi vacía. Había un hombre mayor sentado en una banca del frente, inmóvil. Una mujer de mediana edad arrodillada en un lateral rezando en voz baja. Una lámpara roja ardía cerca del altar.

 [música] Yo no lo sabía entonces, pero indicaba la presencia del santísimo sacramento en el sagrario. La luz que entraba por los vitrales creaba patrones de color sobre el piso de piedra. El silencio era denso, cargado de una presencia que no podía explicar. Me senté en la última fila cerca de la puerta, listo para salir rápido si era necesario, y solo estuve ahí.

 Nadie me pidió nada, nadie me saludó efusivamente, nadie esperaba que participara en nada, podía solo estar, respirar, existir en lo que fuera que ese espacio contenía. Me quedé 40 minutos. Cuando salí, sentí algo parecido a la paz que había sentido aquella noche después de las tres horas junto al ataúd de mi abuela.

 No, euforia. No emoción, solo paz. Empecé a volver los martes después de clases en el instituto, los sábados en la tarde cuando supuestamente estaba estudiando en la biblioteca. Siempre me sentaba en el mismo lugar, en la última banca, cerca de la puerta, por si necesitaba salir rápido si alguien conocido me veía.

 No hacía nada espectacular, no rezaba el rosario, no encendía velas, solo me sentaba en silencio, intentando recrear aquella apertura que había descubierto junto al ataúd de mi abuela. A veces había un sacerdote escuchando confesiones en un confesionario lateral. Veía personas entrar, estar ahí 15 o 20 minutos, salir con rostros que mostraban alivio, paz.

 Se arrodeguillaban en una banca, rezaban unos minutos y luego se iban. A veces había señoras rezando el rosario juntas en voz baja. A veces estaba completamente solo. Solo yo y esa lámpara roja que ardía constantemente. Esos momentos de silencio se volvieron lo único que me mantenía acuerdo, porque el resto de mi vida era cada vez más ruidoso.

 En el instituto estábamos en el último año preparándonos para graduarnos y ser ordenados al ministerio. Había presión constante. teníamos que completar trabajos finales, predicar sermones de evaluación, participar en prácticas ministeriales. Mis compañeros hablaban incesantemente sobre sus planes, dónde querían plantar iglesias, qué ministerios querían desarrollar.

En la iglesia, mi padre me estaba dando cada vez más responsabilidades. Predicaba los domingos por la noche con frecuencia, lideraba estudios bíblicos, visitaba enfermos. Todo el mundo asumía que cuando me graduara sería ordenado como pastor asociado, eventualmente sucediendo al pastor principal. Era el plan, el camino trazado.

 Juliana hablaba de nuestro futuro con una certeza que me angustiaba. Planeaba nuestra boda para el año siguiente. Hablaba de la casa pastoral, de los ministerios, de los hijos. Cada conversación me pesaba más. No porque no la quisiera, sino porque sentía que estaba comprometiéndome con una vida que ya no estaba seguro de querer.

 Una tarde, después de una de mis visitas clandestinas a la parroquia, me quedé mirando la estantería de libros que había cerca de la entrada. Había folletos sobre diferentes temas, libros de oraciones, vidas de santos. Tomé uno casi sin pensar, era pequeño. Sobre oración contemplativa de Thomas Merton. Lo abrí en una página al azar y leí.

 La contemplación no es un truco psicológico, no es una forma elaborada de introspección, es el despertar más alto de las facultades espirituales del hombre y el resplandor más puro del amor de Dios. No busca experiencias especiales ni fenómenos místicos, [música] simplemente busca a Dios en la oscuridad desnuda de la fe.

 Algo dentro de mí se quebró, o más bien algo se abrió. Era exactamente lo que había estado sintiendo, pero no podía nombrar. Compré el libro, lo leí esa noche de principio a fin. Luego lo leí otra vez, esta vez tomando notas. Merton hablaba sobre el silencio, no como ausencia, sino como plenitud. Hablaba sobre soltar el ego espiritual, sobre dejar de intentar controlar a Dios con nuestras palabras.

 Y hablaba de todo esto desde la tradición católica contemplativa. Empecé a investigar más. Iba a librerías católicas durante la semana. Compraba libros sobre espiritualidad contemplativa, sobre liturgia. Los escondía en mi habitación, los leía tarde en la noche. Descubrí a Henry Nowen, a Carlo Carreto, a Jeanier de Cosade.

 Todos hablaban de un encuentro con Dios que no dependía de la intensidad emocional, sino de la fidelidad silenciosa. En el instituto empecé a sentirme fuera de lugar. Un día en clase de historia de la iglesia, el profesor defendió apasionadamente la reforma, pero esta vez algo en mí resistió. Levanté la mano, pregunté, “¿Pero no se perdió algo también? ¿No se fracturó algo importante cuando se rompió la unidad visible de la iglesia?” El silencio fue incómodo.

 Mi profesor me miró con sorpresa. “Andrés, la unidad verdadera está en Cristo, no en una institución corrupta.” No discutí, pero por dentro algo había cambiado. Esa noche Juliana y yo tuvimos una conversación difícil. Le hablé del silencio, de la contemplación, de las preguntas que estaba teniendo. Ella escuchó, pero cuando terminé dijo con preocupación, “Andrés, creo que estás pasando por una crisis espiritual.

 El enemigo te confunde cuando estás a punto de dar un paso importante. Oremos juntos.” No entendía y en ese momento supe que no podía compartir esto con ella, que estaba solo. Seguí yendo a la parroquia. Empecé a quedarme para las misas. La estructura me desconcertaba al principio, de pie, sentados, de rodillas, pero había algo ahí, algo más antiguo, más profundo, como si la liturgia no fuera algo que nosotros hacíamos para Dios, sino algo que Dios hacía en nosotros.

 Empecé a leer sobre la Eucaristía, sobre la presencia real. Leía los padres de la iglesia. Ignacio de Antioquía, año 107 después de Cristo. Justino Mártir, año 150. Ireneo de Lion, Cirilo de Jerusalén. Todos hablaban de la Eucaristía como el cuerpo y la sangre de Cristo, no como símbolo, sino como realidad.

 Y si es verdad, esta pregunta me atormentaba. ¿Y si Cristo está realmente presente? Porque si era verdad, entonces todo lo demás empezaba a desmoronarse. Pasaron meses, seguía en el instituto, seguía predicando, seguía con Juliana, pero era como vivir una doble vida. Mi padre empezó a notar algo. Un domingo me preguntó, “Hijo, ¿estás bien? Te veo diferente.

” Quise decirle, pero miré sus ojos llenos de esperanza. Pensé en lo que significaría y no pude. La ruptura con Juliana fue dolorosa. Una tarde le dije que necesitabamos terminar. Lloró. Me preguntó si había otra persona. Le dije que no, que era yo, que estaba cambiando y no sabía hacia dónde. Gritó. Me llamó cobarde. Tenía razón.

 Dejé el Instituto Bautista tres meses antes de graduarme. El decano me ofreció una última oportunidad. Le dije que mi decisión estaba tomada. Mi padre no lo entendió. Todo este tiempo para nada. 3 años desperdiciados. Le dije que no eran desperdiciados, que estaba buscando la verdad. La verdad está en la Biblia, gritó.

 La verdad está en Cristo. Lo sé, papá, le dije. Pero creo que Cristo es más grande de lo que pensábamos. No entendió. Comencé a hablar con el padre Javier después de misa. conversaciones largas en la sacristía, sobre María, sobre el purgatorio, sobre cada objeción que tenía. Él no defendía el catolicismo atacando el protestantismo, solo compartía la riqueza de la tradición.

 Lentamente empecé a ver que tal vez la Iglesia Católica no era lo que me habían enseñado. El momento decisivo llegó un jueves. Vi a un hombre salir del confesionario con el rostro transfigurado, no de alegría eufórica, sino de paz profunda. Y pensé, “Ese hombre acaba de experimentar el perdón de Dios de una manera que yo nunca he experimentado.

” Esa noche tomé una decisión. Supe que necesitaba estar en plena comunión con la Iglesia Católica, no porque hubiera resuelto todas mis dudas, sino porque había algo en esta tradición que respondía a un hambre que no sabía que tenía. Empecé con mi madre, lloró en silencio. Finalmente dijo, “Tu abuela habría estado feliz.” Eso me quebró.

 Mi padre fue diferente. Su reacción fue de shock, luego de ira. Católico. Después de todo lo que te hemos enseñado. Intenté explicarle. No entendió. La iglesia organizó una reunión. Me dijeron que estaba cometiendo un error, que las puertas estarían abiertas y volvía, pero que no podía seguir en liderazgo.

 El padre Javier me puso en contacto con un programa de formación para adultos que querían entrar en plena comunión con la iglesia. Durante 6 meses estudié, compartí con otros que también estaban en ese camino. Viví en un limbo social, ya no pertenecía a mi iglesia, pero tampoco era católico todavía. Perdí amigos.

 Mi familia me trataba con dolor y distancia. La vigilia pascual fue mi entrada formal. 8 de abril de 2017. Mis padres no vinieron, pero mi madre me llamó esa tarde. Lloró. Me dijo que me amaba, que no entendía, pero que me amaba. Comulgar por primera vez fue diferente a cualquier cosa que había experimentado. Fue recibir a Cristo en mi cuerpo de una manera que hacía real la encarnación.

Fue pertenecer. Pasé un año trabajando, discerniendo. El padre Javier me preguntó si había considerado el sacerdocio. La idea me aterraba, pero también me atraía. Mi madre me dijo, “Si es lo que Dios te pide, no te voy a detener.” Entré al seminario diocesano cuando tenía 26 años. Era diferente al Instituto Pentecostal.

 Había espacio para el silencio, para hacer sin tener que hacer constantemente. Estudié, profundicé, aprendí a orar de verdad. Mi padre no vino a mi ordenación sacerdotal. 30 de marzo de 2024. Mi madre sí estaba llorando mientras el obispo me imponía las manos. Han pasado dos años. Soy párroco de una comunidad pequeña en el sur de Bogotá. Celebro misa cada mañana.

Escucho confesiones. Acompaño familias. Cada día tomo el pan y el vino, pronuncio las palabras de la consagración y Cristo se hace presente. Pienso en mi abuela, en aquella silla vacía, en el silencio que me persiguió. Mi relación con mi familia sigue siendo complicada. Veo a mi madre regularmente. Viene a misa a veces, aunque no comulga.

Mi padre y yo hablamos ocasionalmente. Él envejece. Oro por un día en que podamos abrazarnos sin la tristeza invisible. A veces me preguntan si me arrepiento. Les digo, “No lo sé completamente, pero celebro la Eucaristía cada día y sé que estoy donde necesito estar.” Mi abuela Rosa Elena falleció sin ver mi conversión, pero creo que su oración silenciosa plantó una semilla.

 No fue su argumento, fue su forma de estar con Dios. Hace unos meses, mi padre me llamó, estaba enfermo. Me pidió que fuera a visitarlo. Nos sentamos en silencio por un rato, luego habló. [música] me dijo que no entendía, pero que quería entender, que extrañaba a su hijo. No solucionamos todo, pero hubo presencia. Cuando me fui, me abrazó más tiempo de lo usual.

 Cuando celebro misa veo personas que han caminado caminos complicados. Pienso en cómo el silencio de Dios es a veces más elocuente que todas nuestras palabras, cómo el misterio es más profundo que la certeza. La vida sacerdotal no es lo que imaginaba, es más difícil, más solitaria. Es fidelidad en lo pequeño, pero hay momentos de gracia, como cuando un hombre viene a confesión después de 30 años y llora al escuchar la absolución.

 A veces me pregunto, ¿qué habría pasado si mi abuela no hubiera fallecido en ese momento? Probablemente estaría en alguna iglesia pentecostal, casado con Juliana, con hijos. No sería infeliz, pero no habría conocido este silencio. Es un misterio. La conversión es diaria. Es cada mañana cuando elijo creer, cuando rezo aunque me sienta vacío, cuando celebro misa aunque dude y el silencio sigue siendo mi hogar.

Todavía voy a la capilla temprano, antes del amanecer, sin palabras, sin pedidos, solo estando presente. Mi historia no tiene un final feliz convencional. Mi familia no se convirtió. Mi padre no tuvo una revelación. Todavía duele, pero hay amor, hay presencia. Cuando me preguntan cómo encontré mi vocación, les cuento sobre una tarde de febrero, sobre una silla vacía, sobre tres horas de silencio que cambiaron todo.

 Les digo que a veces Dios no habla con palabras, a veces habla con silencio. Y si tenemos el valor de sentarnos en ese silencio, podemos escuchar algo más verdadero que todo lo que creíamos saber. Mi nombre es Andrés Felipe Vargas Mendoza. Tengo 34 años y soy sacerdote católico porque el silencio de mi abuela católica me enseñó que Dios no habita en el estruendo de nuestras palabras, sino en la paz profunda de su presencia real en el sagrario.

 Y porque 3 horas sentado junto a su ataúdon que la capacidad de estar en silencio ante Dios, sin necesidad de controlarlo o producirlo es el fundamento de toda verdadera oración. Gracias por llegar hasta aquí y por escuchar con el corazón abierto. Si este vídeo tocó algo en ti, si te sentiste identificado o si simplemente te hizo reflexionar, te invitamos a suscribirte al canal.

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 Te esperamos en el próximo testimonio. Hasta pronto.

 

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