El ASQUEROSO MATRIMONIO que soportó 36 AÑOS… y el LIBRO MALDITO que DESTROZÓ a sus HIJOS después.
Noviembre de 2008, Madrid, España. Librería El Corte Inglés de Callao. Una mujer de 58 años entra a la sección de novedades editoriales, toma un libro de la mesa central, lee el título en la portada y siente que se le doblan las rodillas. Es la hermana menor de Rocío Durcal. El libro se llama Mucho antes de dejarme.
El autor es Antonio Morales Junior, 44 años, casado con Rocío Durcal, padre de sus tres hijos. Viudo desde marzo de 2006. El hombre que la había acompañado hasta el último suspiro en la casa de Torrelodones. La hermana de Rocío abre el libro en la primera página, lee las palabras de introducción, salta al capítulo 5co, empieza a temblarle la mandíbula, cierra el libro de golpe y sale de la librería con los ojos llenos de lágrimas.
Esa misma tarde llama a Carmen Morales, la hija mayor de Rocío. Carmen tiene 38 años y no ha querido leer el libro de su padre. Se ha negado desde que se anunció la publicación tres meses antes. Pero cuando su tía lee por teléfono los pasajes del capítulo 5, Carmen se queda muda al otro lado de la línea.
Después le pide a su tía que le lea el capítulo 7, después el nueve. Y cuando la tía termina, Carmen Morales rompe a llorar porque lo que Junior había puesto por escrito en su libro no era la historia de amor romántica que Rocío Durcal había contado durante 40 años en cada entrevista.
No era el matrimonio perfecto que la prensa española había fotografiado durante tres décadas. No era la familia intachable de la que Rocío se había sentido orgullosa hasta el día de su muerte. Era otra cosa. Antonio Morales Junior había esperado dos años exactos después de la muerte de su esposa para publicar las traiciones.
Sabía que Rocío ya no podía defenderse. Sabía que sus hijos iban a leer aquellas páginas. sabía que la prensa española iba a devorar cada capítulo y aún así lo escribió con detalles, con nombres, con confesiones que la Rocío Durcal del siglo XX jamás habría permitido que salieran de esa casa.
Y todo esto lo hacía Junior, según los que lo conocían por dentro, con el hígado destrozado por el alcohol y las manos temblando durante la mayor parte del día, porque el hombre que había traicionado a Rocío Durcal en vida y en muerte también se estaba destruyendo despacio con el alcohol desde el 25 de marzo de 2006, cuando su esposa cerró los ojos por última vez en aquella casa de Torrelodones.
Ese libro le costó a Junior lo poco que le quedaba con sus hijos y le abrió una guerra pública con la familia de Rocío que iba a durar hasta el día de su propia muerte, 6 años después. Pero para entender por qué Antonio Morales Junior escribió aquellas confesiones y por qué Rocío Durcal aguantó a su lado durante 36 años exactos, a pesar de todo, hay que ir mucho más atrás, hasta el año 1965, hasta un set de rodaje en Madrid, donde una muchacha de 18 años, todavía virgen, todavía criada en los
valores del franquismo católico, conoció a dos integrantes de un grupo de música pop llamado Los Brincos y se enamoró del hombre equivocado. Vámonos para allá. 4 de octubre de 1944, Madrid, España, barrio de cuatro caminos. En una casa modesta de la calle Bravo Murillo, doña María de los Ángeles de las Seras y don Teodoro de las Heras tienen a su segunda hija.
Le ponen María de los Ángeles de las Heras Ortiz, pero en la casa desde el primer día, la llaman de otra manera, Marieta. Ese nombre familiar la iba a acompañar el resto de su vida hasta el día en que murió en Torrelodones, 61 años después. Sus hijos, su esposo, sus hermanos, todos la llamaban Marieta. Rocío Durcal era el nombre artístico.
Marieta era la niña de cuatro caminos que nunca se fue. Don Teodoro era funcionario del Ayuntamiento de Madrid. Buen sueldo, vida estable, una casa modesta pero digna. Doña María de los Ángeles se dedicaba a los tres hijos que vinieron rápido uno después del otro. Ángel el mayor, Marieta la Segunda y María del Carmen la menor.
La familia era católica practicante. Misa los domingos en la parroquia del barrio. Rosarios en la sala por las noches, educación estricta en un colegio de monjas. Marieta creció rezando el Angelus a las 12 del mediodía y sentándose a la mesa solo cuando su padre daba permiso. A los 8 años empezó a cantar.
Al principio le cantaba a su abuelo Teodoro, que le decía que su voz le recordaba al Rocío matutino de los campos. De ahí sacó décadas después el nombre artístico, Rocío. La abuela le compró un radio pequeño que Marieta escondía debajo de la almohada para escuchar por las noches las canciones de Marisol.
La niña prodigio que en aquellos años arrasaba en toda España. Marisol iba a ser, sin que Marieta lo supiera todavía, un nombre que aparecería después en su historia por caminos que ni se imaginaba. A los 12 años, Marieta ganó su primer concurso de canto en un programa de radio de Madrid. El presentador del programa era un hombre llamado Luis Sans, empresario del espectáculo, con contactos en la industria del cine y de la música, le llamó la atención esa niña morena con los ojos enormes que cantaba con una voz
limpia y afinada. Luis Sans llamó a la casa de la calle Bravo Murillo, habló con don Teodoro, le explicó que quería representar a la niña, que había un hueco en el cine español para las niñas prodigio, que Marisol estaba en la cima y ya empezaba a envejecer artísticamente, que Marieta podía ser la nueva Marisol.

Don Teodoro se opuso al principio. La familia era conservadora. No querían meter a una hija de 12 años en el mundo del espectáculo que en la España de los años 50 se veía como un ambiente moralmente sospechoso. Luis Sanz insistió durante meses. Finalmente, en 1958, cuando Marieta tenía 13 años cumplidos, don Teodoro se dió.
Firmó el contrato con Luis Sans bajo condiciones estrictas. La niña iba a seguir estudiando en el colegio de monjas. iba a ir a los rodajes acompañada siempre por su madre y no iba a participar en escenas que la familia considerara indecentes. Luis Sans aceptó todas las condiciones y le cambió el nombre a Marieta.
De ahí en adelante, la niña de Cuatro Caminos iba a llamarse Rocío. El apellido Durcal lo eligió Luis Sans de un pueblo pequeño de la provincia de Granada en el sur de España, porque le sonaba andaluz, exótico y comercial, Rocío Durcal. Ese nombre le pareció perfecto para el mercado del cine español que se estaba abriendo con las niñas prodigio.
En 1961, Rocío Durcal estrenó su primera película. Se llamaba Canción de juventud, dirigida por Luis Lucía. Ella tenía 16 años. La película fue un éxito rotundo en España y en Latinoamérica. Se vendieron millones de entradas de cine en México, en Argentina, en Colombia y Rocío Durcal se convirtió casi de la noche a la mañana en la nueva niña bonita del cine español.
Vinieron más películas Rocío de la Mancha en 1962, Al ponerse el Sol en 1963, La Chica del Trébol en 1964. Cada estreno era un lleno completo en las salas. Cada disco vendía miles de copias. Cada aparición pública juntaba multitudes en las plazas del pueblo donde iba de promoción. Marieta creció rápido bajo la mirada de toda España y en 1965, con 20 años cumplidos, empezó el rodaje de la película que iba a cambiar todo.
Se llamaba Más bonita que ninguna. La producían los estudios Cesareo González. La dirección era de Luis César Amadori y la música original la iban a componer los integrantes de un grupo de pop español. que empezaba a arrasar en la juventud del país. Un grupo llamado Los Brincos. Los Brincos eran cuatro muchachos guapos.
Fernando Arbex, batería y compositor, Manolo González, bajo, Juan Pardo, guitarra y voz, y Antonio Morales, Junior, guitarra y segunda voz. Todos por debajo de los 25 años, todos apuestos, todos con esa aura de banda británica que los brincos habían copiado de los Beatles con éxito rotundo en la España franquista.
Rocío Durcal los conoció en el set de rodaje en enero de 1965 y de los cuatro dos le llamaron la atención inmediatamente, Juan Pardo y Antonio Morales Jor. Juan Pardo era el más carismático, alto, guapo, con la sonrisa fácil y la lengua rápida. Se le acercó a Rocío Durcal desde el primer día de rodaje con una seguridad que la muchacha de 20 años no había visto nunca en los actores tímidos con los que había compartido escenas hasta entonces.
Junior era distinto. Filipino de nacimiento, hijo de padre español y madre filipina. Había llegado a España con la familia en los años 50. Tímido, educado, con una voz suave que hablaba poco, pero que cuando lo hacía dejaba pensando a los demás. se acercó a Rocío Durcal en el set con una discreción que le llamó la atención justamente por ser lo opuesto de Juan Pardo.
Los tres, Rocío, Juan y Junior, empezaron a hacer amistad durante el rodaje y Rocío, con 20 años, católica, criada bajo el franquismo, sin experiencia romántica seria previa, tomó una decisión que le iba a costar 40 años de vida. Se enamoró de Juan Pardo, no de Junior, de Juan Pardo, del que se le había acercado primero, del que hablaba con la seguridad de los guapos, del que le hacía reír con las anécdotas del mundo del pop español.
Empezaron a salir a escondidas al principio porque don Teodoro no quería enterarse. Después, con más libertad, cuando Rocío le confesó a su madre lo que sentía, doña María de los Ángeles, que había visto crecer a su hija bajo su vigilancia estricta, no supo cómo negarle el primer amor. Rocío Durcal y Juan Pardo fueron novios durante casi 3 años.
3 años que la muchacha vivió con la certeza de que se iba a casar con él. Tres años en los que Juan Pardo le habló de matrimonio, le prometió una casa en las afueras de Madrid, le compró un anillo pequeño que Rocío llevó puesto durante meses. Tres años en los que Antonio Morales, Junior, el segundo integrante de los brincos, la observaba desde la distancia sin decirle nada, aguantándose lo que sentía por la novia oficial de su mejor amigo, porque Junior también se había enamorado de Rocío Durcal desde el primer día del
rodaje de Más bonita que ninguna. Junior, a diferencia de Juan Pardo, era hombre de callar, de aguantar, de cumplir los códigos de amistad que había aprendido en su infancia filipina con su padre español. Nunca se le declaró a Rocío durante los tr años que ella fue novia de Juan Pardo. Nunca la buscó a solas.
Nunca le mandó un mensaje que pudiera comprometerlo con su mejor amigo. Se aguantó y bebió más de lo debido en las fiestas del grupo y grabó canciones con los brincos donde le cantaba a un amor imposible que solamente él sabía a quién estaba dedicada. En 1968, Rocío Durcal y Juan Pardo rompieron.
Nunca se supo exactamente por qué. La versión oficial que dio Juan Pardo décadas después fue que Rocío quería casarse ya y él prefería esperar. La versión de las revistas de la época hablaba de infidelidades de Juan Pardo con otras cantantes. La versión que Junior contó en sus memorias en 2008 fue distinta y muy poco romántica para el gusto de la familia Durcal.
Junior escribió que fue Rocío quien tomó la decisión y que la razón principal, según le confesó ella misma años después, fue que Rocío ya sabía desde hacía meses que estaba enamorada de Junior y no de Juan Pardo, que había prolongado el noviazgo con Juan Pardo por respeto al mejor amigo de él y que cuando ya no aguantó más, cortó la relación con la excusa del matrimonio para poder empezar, sin traicionar abiertamente los códigos, algo con Junior.
Junior se enteró de esto meses después de la ruptura oficial y cuando Rocío se le acercó en un ensayo del grupo en octubre de 1968 y le dijo directamente que estaba enamorada de él desde el primer día del rodaje, Junior tomó una decisión que iba a marcar el resto de su vida. Traicionó a Juan Pardo, aceptó estar con Rocío y unos meses después, cuando los brincos se separaron en 1969 por conflictos internos que la prensa española nunca terminó de entender, Juan Pardo dijo en una entrevista para la revista Lecturas una
sola frase que se hizo famosa. “Las causas son las normales en estos casos.” Celos. Te repito que no. Nadie le creyó porque en el mundo del pop español de los años 60 todos sabían lo que había pasado. Rocío Durcal se había ido con Junior y Juan Pardo, el galán carismático que había sido su novio oficial durante 3 años, se había quedado sin la mujer y sin el mejor amigo en cuestión de meses.
Rocío y Junior se casaron el 15 de enero de 1970 en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, una boda multitudinaria con Aurora Bautista de testigo, con Lola Flores, el Pescadilla, Carmen Sevilla en la lista de invitados con periodistas de media Europa cubriendo el evento como si fuera una boda real de la casa Winsor.
Rocío Durcal, 25 años, vestida de blanco riguroso. Junior, 26 años, en un frack que le había prestado un amigo porque él todavía no ganaba lo suficiente para comprarse ropa formal. 11 meses después nació Carmen Morales, la primera hija. Y así empezó el matrimonio que iba a durar 36 años exactos hasta la muerte de Rocío Durcal en Torrelodones.
Un matrimonio que la prensa española y mexicana iba a fotografiar durante décadas como el modelo del amor perfecto en el mundo del espectáculo latino. Un matrimonio que Junior, cuando ya no estuvo Rocío para desmentirlo, iba a descuarartizar por escrito, capítulo por capítulo, en las páginas de un libro que publicó en noviembre de 2008, 2 años después del entierro, cuando ya nadie podía defenderla.
Porque adentro de aquella familia perfecta que la prensa fotografió durante 36 años, según Junior mismo confesó en sus memorias, había pasado de todo. infidelidades del marido, adicciones ocultas, un embarazo perdido que Rocío jamás contó públicamente, un conflicto con Juan Gabriel por dinero, una pelea silenciosa con el productor Luis Sans sobre la carrera de Rocío que duró décadas y una relación de pareja que se sostenía cada vez más sobre el alcohol que Junior empezaba a beber con desayuno y sobre el silencio
de Rocío Durcal, que aguantó todo callada durante 36 años, porque según le explicó a su hermana menor. Una tarde de 1998 en la cocina de Torrelodones, ella había firmado un pacto ante los ojos de Dios en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Y los pactos para las mujeres criadas bajo el franquismo católico como Marieta de las Heras Ortiz se sostenían hasta la muerte, aunque el hombre al lado se estuviera muriendo despacio con la botella en la mano. Aunque los hijos ya empezaran a
preguntarse qué pasaba dentro de aquella casa. Aunque la prensa española cada vez con más frecuencia publicara fotos de Junior saliendo de bares del centro de Madrid a horas raras con el paso cansado de los alcohólicos avanzados. Enero de 1970, monasterio de San Lorenzo de el Escorial.
Rocío Durcal camina hacia el altar vestida de blanco con la mano de don Teodoro en el brazo. En el altar la espera Antonio Morales Jor prestado que le queda ligeramente grande de los hombros. La ceremonia dura 40 minutos. Los recién casados salen del monasterio bajo una lluvia de arroz. Y esa misma tarde, en el banquete que se hizo en un restaurante de Madrid, Junior tomó nueve copas de champán y tres de coñac. Fue el primer aviso.
Rocío no le hizo caso. Todos los novios se emborrachan el día de la boda, pensó y le llevó a Junior un vaso de agua y un pañuelo húmedo cuando le vio los ojos vidriosos. 9 meses después nació Carmen Morales. Rocío tenía 26 años cumplidos. La niña llegó al mundo en una clínica privada de Madrid en diciembre de 1970.
Rocío suspendió una gira de un mes por Latinoamérica para cuidarla. Rechazó tres películas. Le dijo a Luis Sans, su representante, que iba a tomarse un año completo lejos de los escenarios para dedicarse a la maternidad. Luis Sans aceptó a regañadientes. Junior, mientras tanto, seguía intentando sostener su propia carrera musical.
Los brincos ya no existían. Juan Pardo no le hablaba desde el matrimonio con Rocío. Los otros dos integrantes del grupo se habían dispersado. Junior intentó lanzarse como solista con un dúo llamado Juani Junior primero y después con producciones en solitario que jamás alcanzaron el éxito que había tenido con los brincos en los años 60.
Y ahí empezó lo que iba a durar toda su vida. Junior se sintió opacado por la carrera de Rocío desde el primer año de matrimonio. Rocío llenaba estadios. Junior cantaba en salas medianas. Rocío firmaba contratos millonarios con RCA Víctor. Junior grababa discos que no llegaban a las 5000 copias vendidas.
Rocío salía en las portadas de todas las revistas de España y de México. Junior aparecía en las páginas interiores solamente cuando la nota principal era sobre su esposa. Un hombre con más carácter habría celebrado el éxito de la mujer. Junior lo asumió como una humillación. En 1973 nació Antonio Morales de las Eras, el segundo hijo.
Ese mismo año Rocío empezó a grabar en México. La disquera Ariola le ofreció un contrato para un disco entero de canciones rancheras. Ella nunca había cantado rancheras. Era una cantante pop española. Pero un compositor mexicano que apenas empezaba a hacerse famoso le mandó tres canciones grabadas en un cassette y Rocío las escuchó en el estudio de Ariola en Madrid una tarde de septiembre.
El compositor se llamaba Alberto Aguilera Baladés, firmaba como Juan Gabriel. Rocío Durcal escuchó las tres canciones, las escuchó una segunda vez, las escuchó una tercera vez y le dijo al productor de Ariola que aceptaba grabar el disco entero solamente si podía trabajar directamente con ese muchacho mexicano.
En noviembre de 1973, Rocío Durcal voló a la Ciudad de México por primera vez para conocer a Juan Gabriel. Se vieron en un estudio de grabación de la colonia Roma. Juan Gabriel tenía 23 años y estaba en el principio de su carrera. Rocío tenía 29 y ya era una estrella consolidada en toda España.
Se abrazaron como si se conocieran de toda la vida. Juan Gabriel le tocó las tres canciones en un piano vertical del estudio. Rocío cantó por encima. Los técnicos que estaban en la cabina de grabación se quedaron paralizados. sabían que estaban delante del principio de algo grande. El disco se grabó en cuatro sesiones y salió a la venta en marzo de 1974.
Se llamó Rocío Durcal, canta a Juan Gabriel y vendió 2 millones de copias en México en el primer año. Después vinieron otros discos. Rocío Durcal canta a Juan Gabriel volumen 2, volumen 3, volumen 4. Cada nuevo álbum superaba las ventas del anterior. México adoptó a Rocío Durcal como si fuera mexicana.
Le pusieron un apodo que la iba a acompañar el resto de su vida, la española más mexicana. Y en Madrid, mientras Rocío firmaba millones de discos vendidos en el extranjero, Junior seguía intentando sacar adelante su carrera de cantante solista con resultados cada vez peores.
Los discos ya no se vendían, los contratos de televisión se acababan, las galas se hacían más pequeñas y más pobres. Y en abril de 1974, después del nacimiento del segundo hijo, Junior tomó una decisión que Rocío celebró en público y sufrió en privado. Junior anunció que dejaba la música profesional para dedicarse a la familia, que iba a ser el padre presente que él nunca había tenido en su infancia filipina, que iba a cuidar a los tres hijos que iban llegando, que iba a apoyar la carrera de Rocío desde la casa mientras
ella recorría el mundo. La prensa española elogió a Junior por la decisión. Los amigos íntimos, en cambio, según contaría uno de ellos, décadas después, en una entrevista con la revista Vanity Fair, sabían la verdad. Junior no había dejado la música por amor a la familia. Había dejado la música porque no podía seguir compitiendo con el éxito descomunal de Rocío Durcal en México.
Cada vez que Rocío regresaba de una gira mexicana con las maletas llenas de dinero, con los premios de la sociedad de autores, con las portadas de las revistas más importantes de habla hispana, a Junior se le hacía más grande el hueco por dentro y le empezaba a resultar más fácil llenarse ese hueco con lo que ya había empezado a usar de forma habitual desde el primer día del matrimonio. El alcohol.
Junior dejó la música oficialmente en 1974 con 30 años y empezó a beber en la casa desde el desayuno oficialmente en 1975, un año después. Los primeros años lo hizo con cuidado. Cerveza al mediodía, vino tinto en la cena, alguna copa de coñac después de que Rocío se acostara. Los hijos eran pequeños, la casa de Torrelodones estaba llena de gente.
Junior se controlaba lo suficiente para que nadie afuera de las paredes de la casa notara nada. Rocío sí notaba. Le habló varias veces durante los años 70, le pidió que redujera. Le sugirió que fueran juntos a un médico. Junior le contestaba siempre lo mismo, que no tenía un problema, que era un bebedor social, que si dejaba las copas del mediodía, perdería lo único que le quedaba después de haber renunciado a la música por ella.
Rocío dejaba caer el tema porque Rocío tenía otras cosas en la cabeza. Tres hijos pequeños, una carrera internacional que crecía cada año, giras de meses enteros por México, Estados Unidos, Argentina, Colombia, grabaciones nuevas con Juan Gabriel, contratos con Televisa, contratos con Sony, contratos con RCA.
Rocío Durcal estaba construyendo un imperio artístico desde una casa en Torrelodones y no le sobraba energía para pelear con su marido sobre las botellas. le pidió a Juanita, la ama de llaves, que llevara la cuenta en secreto. Juanita, que había entrado a trabajar con la familia Durcal en 1972 y que se quedó con ellos hasta el año 2014, sabía todo lo que pasaba dentro de aquella casa y guardó cada uno de los secretos durante décadas.
En 1979 nació Shila Durcal, la hija menor. Rocío tenía 35 años. Estaba en la cumbre de su carrera. Junior tenía 36. y ya empezaba a subir dos tallas de ropa por el líquido acumulado en el hígado. Y en algún momento de finales de los años 70, según Junior mismo confesaría 30 años después, en las memorias de 2008, pasó algo que rompió la confianza del matrimonio para siempre.
Junior le fue infiel a Rocío Durcal. Nunca reveló el nombre completo de la mujer en las memorias. solamente escribió una inicial y la describió como una periodista de televisión española que había entrevistado a Rocío en varias ocasiones y que se había convertido, sin que Rocío lo supiera, en amiga íntima de Junior durante los largos viajes de la esposa a México.
La relación duró casi dos años. Se veían en un piso pequeño que Junior había rentado en la colonia de Chueca en Madrid. Junior salía de la casa de Torrelodones diciendo que iba a reuniones con productores de televisión. en realidad se iba al piso de chueca con la periodista. Después regresaba a la casa oliendo a colonia distinta y a alcohol.
Rocío lo supo desde el primer mes. Se lo dijo el propio Juan Gabriel en una llamada telefónica desde México. La periodista era conocida en el mundo del espectáculo. Un amigo común había visto a Junior salir del piso de Chueca con ella. Juan Gabriel le pasó la información a Rocío por respeto a la amistad de casi dos décadas que los unía.
Rocío escuchó a Juan Gabriel al otro lado del teléfono, le agradeció la información, colgó y no confrontó a Junior esa noche, ni la siguiente ni el mes entero que vino después. Aguantó como había aguantado el alcoholismo, como había aguantado la mediocridad musical del marido, como aguantaba cada año la lista de cosas que se rompían dentro de aquella casa de torrelodones que la prensa española fotografiaba como la familia perfecta.
Solamente le pidió una cosa al mismo Juan Gabriel esa madrugada antes de colgarle el teléfono, que jamás mencionara la infidelidad delante de nadie más, ni delante de los hijos, ni delante de la prensa, ni delante de la familia de ella, que aquello se quedara entre los dos. Juan Gabriel lo prometió y cumplió la promesa hasta el día de su propia muerte en agosto de 2016, 10 años después de la muerte de Rocío.
La infidelidad con la periodista terminó en 1981. Junior le dijo a Rocío una noche cualquiera después de la cena, que había cortado una relación que había tenido con una mujer y que le pedía perdón. Rocío le contestó con cuatro palabras que Junior recordaría hasta el día que se murió.
Ya lo sabía, Antonio. Se dieron la espalda en la cama y siguieron durmiendo juntos 36 años más. Pero algo se rompió esa noche entre Rocío Durcal y Junior, algo que ninguna de las fotografías familiares de los siguientes 25 años iba a poder disimular por completo. Rocío empezó a viajar más a México, a Estados Unidos, a Argentina, a Colombia.
Cada tour era más largo que el anterior. Cada regreso a Torrelodones se hacía más breve y cada vez que Rocío entraba por la puerta de la casa después de una gira, encontraba a Junior con un vaso en la mano que empezaba antes del mediodía. La relación con Juan Gabriel, mientras tanto, se convirtió en el centro emocional de la vida de Rocío, no romántica.
Esa parte se ha inventado mucho en los medios de espectáculos y no tiene sustento verificable. Lo que sí existió fue una amistad profunda de 30 años, una hermandad artística, un puente entre dos personas que se entendían con la mirada. Rocío grababa la música que Juan Gabriel escribía. Juan Gabriel le mandaba canciones nuevas cada dos meses.
Compartían escenarios, compartían giras, compartían todo lo que un artista puede compartir con otro sin cruzar la línea de lo profesional. Y en el año 1988 la relación entre Juan Gabriel y Rocío Durcal tuvo su primera crisis grave, fue por dinero. Los detalles se han contado de muchas formas.
La versión más citada dice que un productor común intentó cobrar comisiones ocultas a Rocío por canciones de Juan Gabriel. Juan Gabriel se enteró y le pidió a Rocío una cantidad importante que él consideraba que la disquera le había pagado a ella indebidamente. Rocío se sintió acusada. le contestó a Juan Gabriel que ella jamás había recibido un peso que no fuera suyo y los dos se dejaron de hablar durante casi 10 años.
10 años sin llamarse por teléfono, 10 años sin verse en ningún evento, 10 años en los que Rocío grabó otros compositores mexicanos y en los que Juan Gabriel le mandó canciones a otras cantantes españolas. La reconciliación llegó en 1997. En un concierto que Juan Gabriel dio en Madrid, Rocío apareció sin avisar en el camerino después de la última canción.
Juan Gabriel se levantó del sillón donde estaba secándose el sudor. Se abrazaron sin decirse una sola palabra y salieron juntos al escenario ante 25,000 personas a cantar Amor eterno a dúo por primera vez en más de una década. Esa canción que Juan Gabriel había escrito años antes en homenaje a su madre muerta se convirtió esa noche también en el himno de la amistad reencontrada y en el pronóstico, sin que ninguno de los dos lo supiera todavía de lo que iba a pasar entre los dos en los años que venían. Porque en el año 2001,
4 años después de aquella reconciliación en Madrid, Rocío Durcal recibió el diagnóstico que iba a cambiar los últimos 5 años de su vida, cáncer de útero. Se lo comunicó un médico especialista en el hospital Ruber de Madrid, una tarde de abril. Rocío tenía 56 años, Junior tenía 57, los hijos tenían 30, 28 y 21.
La casa de Torrelodones estaba en pleno esplendor y en el pecho de Rocío Durcal se acababa de instalar la certeza de que le quedaba poco tiempo por delante. Rocío tomó una decisión esa misma tarde, sentada en el coche que la llevaba de regreso a la casa. No le iba a decir a Junior, “No todavía”. Porque sabía que Junior, en el estado en que estaba, con el alcoholismo avanzado, con la depresión permanente, con la incapacidad de sostener una emoción difícil sin destruirse por dentro, no iba a poder cargar la noticia y necesitaba
cargarla ella sola primero, al menos unos meses, al menos hasta encontrar la forma de decírselo sin destruirlo. Le pidió al médico confidencialidad absoluta. médico se la concedió y Rocío Durcal empezó a tratarse el cáncer en secreto durante los primeros 8 meses de la enfermedad, sin que Junior ni los hijos supieran nada, aparentando ante ellos que las citas médicas que hacía cada dos semanas eran chequeos rutinarios de la voz y de la garganta.
Aguantó 8 meses ella sola. 8 meses de quimioterapia recibida a escondidas en clínicas discretas de Madrid. 8 meses de vómitos escondidos en el baño principal de la casa. 8 meses de pelucas encargadas a París para tapar la caída del cabello. 8 meses de sonrisas en cada cena familiar, mientras por dentro se le desmoronaba lo que le quedaba de vida.
Y cuando por fin se lo dijo a Junior, en diciembre de 2001, durante una cena de Nochebuena en Torrelodones, Junior reaccionó exactamente como Rocío había previsto. Se derrumbó, se hincó frente a ella en la sala principal delante de los tres hijos que acababan de escuchar la noticia sin haberla escuchado antes tampoco.
Le tomó las manos, le juró que iba a dejar de beber para siempre a partir de esa misma noche. Le juró que iba a cuidarla durante todo el proceso. le juró que no la iba a soltar hasta el último día. Rocío le acarició la cabeza y le dijo cuatro palabras que reveló Junior en las memorias de 2008. “Sí, vas a beber, Antonio.
” Sabía a su marido de memoria. Sabía que el juramento de Nochebuena no iba a durar más allá de la primera semana de enero. Sabía que Junior, en el momento en que la enfermedad avanzara, iba a agarrarse todavía más fuerte a la botella y sabía, sobre todo, qué iba a ser ella, incluso enferma, incluso con el cáncer avanzado, quien iba a terminar cuidando a Junior en los años que le quedaran de vida. Y así fue.
Junior no aguantó ni 12 días sin beber. El 6 de enero de 2002, día de los Reyes Magos, Rocío lo encontró en la cocina de Torrelodones a las 7 de la mañana con una botella de vino tinto medio vacía en la mano. Le preguntó desde cuándo estaba levantado. Junior le contestó con la voz arrastrada por el alcohol dos palabras.
Desde ayer Rocío no le dijo nada más. le quitó la botella, se la llevó a la despensa, puso la cafetera y siguió preparando el desayuno de los Reyes Magos como si aquello fuera cualquier mañana normal de enero con el cáncer avanzándole por dentro con las quimioterapias cada dos semanas con la certeza de que su marido, hincado apenas dos semanas antes, prometiéndole cuidarla, no iba a ser capaz de cuidarse ni siquiera a sí mismo.
Los siguientes 5 años iban a ser los más duros de la vida de Rocío Durcal. Y los más asquerosos, según Junior mismo escribiría dos años después de que ella muriera en el libro que iba a publicar en noviembre de 2008, cuando ya no hubiera nadie en Torrelodones que pudiera desmentirlo. Un libro donde le iba a contar al mundo, capítulo por capítulo, todas las traiciones que había cometido durante los 36 años de matrimonio con la mujer que lo había cuidado hasta el último suspiro en su propia cama. 25 de marzo de 2006. Casa
de Torrelodones, Madrid. 7:15 de la tarde. Rocío Durcal apenas puede respirar. Está en la cama de la habitación principal con los tres hijos sentados alrededor. Junior está a los pies de la cama con un vaso de agua en la mano y los ojos rojos por el llanto y por lo que había bebido esa misma tarde antes de que empezara el final.
Rocío levanta la mano derecha con esfuerzo. Le hace una seña a Shaila, la hija menor, para que se acerque. Shaila tiene 27 años. Se sienta al borde de la cama, le acerca el oído a la boca de su madre. Rocío le susurra siete palabras. Nadie de los otros cuatro las alcanza a escuchar.
Sai asiente con la cabeza, se levanta, camina hasta el sillón donde está Junior sentado, le pone la mano en el hombro y le dice al padre que mamá lo llama. Junior se acerca a la cama arrastrando los pies. Rocío le agarra la mano con la poca fuerza que le queda, le mira los ojos, le sonríe apenas y cierra los párpados por última vez a las 7:15 de la tarde de aquel sábado de marzo.
61 años, cáncer de útero avanzado. 5 años de tratamiento que no alcanzaron. La española más mexicana acababa de irse en la casa donde había criado a sus tres hijos. Junior se quedó sentado al borde de la cama otros 40 minutos sin moverse. Los hijos empezaron a llamar a los familiares. La ama de llaves Juanita se retiró a la cocina a llorar y afuera de la casa de Torrelodones, en la carretera de acceso, los primeros fotógrafos de la prensa española empezaban a llegar con las cámaras ya montadas sobre
trípodes. La noticia se difundió en cuestión de horas por toda España y toda Latinoamérica. Los noticieros interrumpieron la programación. Las radios pusieron Amor eterno en rotación continua. Juan Gabriel, que estaba en Ciudad de México, se enteró por una llamada telefónica de un productor común.
Se encerró en su habitación del hotel donde estaba hospedado. No salió durante tres días. El funeral fue al día siguiente en el tanatorio de La Paz de Madrid. Miles de personas hicieron fila afuera del tanatorio bajo la lluvia de marzo. Aurora Bautista, Carmen Sevilla, Rocío Jurado, todos los grandes del espectáculo español y muchos del mexicano llegaron a despedirse de la mujer que había unido las dos industrias musicales durante 30 años.
Junior estaba junto al ataúd vestido de negro, con los tres hijos a su lado, con la barba de dos días y los ojos hinchados. Cumplió esa noche una promesa que le había hecho a Rocío en la cama. No tomó ni una sola copa durante las 48 horas del velorio. Cuando llegó a la casa de Torrelodones después del entierro, cerró la puerta con llave, subió al estudio del segundo piso y descorchó una botella de vino tinto que llevaba escondida en un cajón desde hacía meses. Empezó ahí el segundo
capítulo de la caída de Antonio Morales. Los primeros meses fueron los peores. Junior no salía de la casa, no contestaba el teléfono, rechazaba visitas. Los tres hijos intentaron acompañarlo, le organizaron cenas familiares, le llevaron a los nietos para que los conociera, le contrataron una enfermera de compañía que no duró tres semanas porque Junior la despidió con gritos una noche de julio.
El desayuno se volvió una copa abundante de vino tinto. El almuerzo, otra copa más con apenas un pedazo de pan. La cena, la botella entera acompañada de una pastilla para dormir. Junior perdió 12 kg en 6 meses. La piel se le puso amarilla. Los dedos empezaron a temblarle de forma permanente. El médico de la familia le advirtió que el hígado le estaba fallando, que si no dejaba el alcohol en cuestión de semanas, no llegaba al año siguiente.
Junior lo escuchó en silencio y no dejó nada, porque adentro de aquella casa de Torrelodones, sin Rocío, sin la mujer que lo había sostenido durante 36 años, sin la persona que le había cuidado la comida y le había puesto los medicamentos a la hora, Junior ya no tenía a quien explicarle por qué seguía bebiendo, ni a nadie a quien pedirle perdón cuando amanecía sin acordarse de lo que había hecho la noche anterior.
estaba solo y llevaba 36 años dependiendo emocionalmente de una mujer que ya no estaba. En marzo de 2007, cuando se cumplió el primer aniversario de la muerte de Rocío, los tres hijos se reunieron en la casa de Torrelodones para una comida familiar. Junior llegó a la mesa oliendo a alcohol desde las 11 de la mañana.
se sentó, comió apenas dos bocados y en medio del postre, sin que nadie se lo esperara, empezó a hablarles de un proyecto que llevaba meses preparando en secreto, un libro Sus memorias, un libro donde iba a contar toda la verdad sobre su vida con Rocío Durcal. Los hijos se quedaron mudos alrededor de la mesa.
Carmen, la mayor le preguntó a su padre a qué se refería con toda la verdad. Junior le contestó con voz arrastrada que iba a contar las infidelidades, los conflictos, los secretos que había mantenido callados durante décadas por respeto a la carrera de Rocío. Le explicó que ya tenía una editora contratada, que ya había firmado un contrato con la editorial Martínez Roca y que el libro iba a salir a la venta a finales de 2008.
Shila, la hija menor, la que había recibido las últimas siete palabras al oído en la habitación principal el 25 de marzo de 2006, se levantó de la mesa. Le pidió a su padre que no lo hiciera. le dijo que mamá acababa de morir hacía un año, que exponer las intimidades del matrimonio iba a destrozar la memoria de Rocío que la gente había construido durante décadas, que iba a lastimar a los nietos, que iba a lastimarlos a los tres y que si Junior necesitaba el dinero de las regalías, ellos podían
ayudarlo con lo que hiciera falta con tal de que abandonara el proyecto. Junior no se dio. le contestó a Shaila que él tenía derecho a contar su historia, que había vivido a la sombra de Rocío Durcal durante 36 años, que había renunciado a su propia carrera musical por ella, que había cargado un matrimonio con altibajos que solamente él conocía por dentro y que ahora, después de un año de duelo, iba a recuperar la voz que Rocío le había apagado durante décadas. Carmen y Antonio, los dos hijos
mayores, apoyaron a Shila. Los tres le pidieron a su padre que no publicara el libro. Junior se levantó de la mesa, se sirvió otra copa de vino tinto y les contestó con seis palabras que ninguno de los tres iba a olvidar. El libro sale con o sin ustedes. Salió de la casa de Torrelodones esa tarde con un portazo y no volvió a hablarles a los tres hijos durante los siguientes 18 meses.
En noviembre de 2008, un año y 8 meses después de aquella discusión, la editorial Martínez Roca puso a la venta el libro Mucho antes de dejarme firmado por Antonio Morales Junior, 422 páginas, Tapa Dura, con una fotografía en la portada donde Junior y Rocío aparecían jóvenes, sonrientes, tomados de la mano en un paseo por Madrid en 1971.
Adentro del libro estaba lo otro. Junior contaba con detalles la infidelidad de finales de los 70 con la periodista de televisión. Contaba una segunda infidelidad que había tenido a mediados de los 80 con una amiga de Rocío durante una gira mexicana. Contaba una tercera infidelidad más corta con una empleada de un hotel de Buenos Aires en los años 90.
contaba conflictos con Juan Gabriel que ninguno de los dos había mencionado nunca en público. Contaba peleas con Luis Sans, el productor de Rocío, sobre porcentajes de las regalías durante décadas y contaba una cosa más que fue la que rompió definitivamente a la familia Durcal. Junior confesaba en el capítulo 19 que había ocultado bienes de rocío en el extranjero, propiedades a nombre de la cantante en Miami, cuentas bancarias en Suiza, regalías internacionales de discos que se habían acumulado durante décadas y
que Junior había mantenido fuera del testamento oficial que Rocío había firmado en Madrid. Junior escribía con la ligereza de quien confiesa después de segundos vasos de vino que aquello lo había hecho porque no confiaba en que los hijos supieran administrar la fortuna materna correctamente.
Cuando Carmen y Antonio Morales leyeron ese capítulo, se pusieron blancos, porque además de la traición emocional que aquellas páginas representaban, ahora tenían delante la prueba escrita de un fraude patrimonial. Junior estaba diciendo en un libro publicado por una editorial seria que había escondido bienes de la herencia de la madre a los legítimos herederos.
Antonio Morales de las Eas, el hijo mediano, contrató un abogado dos semanas después de la publicación del libro y demandó a su propio padre. El juicio se inició en el juzgado número 3 de Villalba en marzo de 2009. Carmen se unió a la demanda. Shila, la menor se negó a firmar y quiso mediar entre las partes sin éxito.
Los medios españoles se lanzaron sobre el caso. Cada audiencia salía en los periódicos. Cada declaración de junior generaba titulares. La imagen de la familia perfecta que Rocío Durcal había protegido durante 36 años se desmoronó en cuestión de meses. Hacienda Pública Española también entró en el asunto porque si Junior había ocultado bienes en el extranjero durante décadas, alguien había cometido fraude fiscal.
Y si era cierto lo que reclamaban los hijos, todos los herederos estaban implicados en un delito tributario que iba a costar millones de euros en multas y en impuestos atrasados. Junior recibió la primera notificación de Hacienda en octubre de 2009 y aquella tarde, según relató Juanita, la ama de llaves, en un testimonio que se filtró años después, encontró a Junior tirado en el sillón del estudio con una botella de whisky vacía al lado y una nota sobre la mesita del centro. La nota tenía cuatro palabras
escritas con letra temblorosa. Rocío, perdóname otra vez. Junior no se recuperó nunca del proceso judicial. Los años 2010, 11, 12, 13 los pasó encerrado en Torrelodones bebiendo cada día más. Fue ingresado dos veces en la clínica Tecnon de Madrid para desintoxicaciones fallidas. La primera vez, en 2009, salió después de un mes prometiendo dejar el alcohol.
Recayó en menos de 2 semanas. La segunda vez, en 2012, salió con el hígado tan destruido que los médicos le dijeron a Shila en privado que su padre tenía menos de 2 años de vida. Shila fue la única de los tres hijos que se acercó a Junior durante aquellos años. Carmen y Antonio mantuvieron la distancia hasta el año 2011, cuando Carmen se casó con Óscar Lozano en una ceremonia pequeña de Madrid.
Junior asistió a la boda con el permiso de Shila. Estaba delgadísimo, la ropa le quedaba grande, le temblaban las manos, pero se aguantó las copas durante toda la ceremonia y al final de la cena, en el brindis a los novios, se levantó con una copa de agua en la mano y les pidió perdón a los tres hijos delante de todos los invitados con una frase corta que quedó grabada en video.
Nuestra lucha ha sido inútil y absurda. Carmen se acercó a abrazarlo esa noche. Antonio se acercó también y por primera vez en 4 años los tres hijos y el padre volvieron a estar juntos en una mesa sin abogados de por medio. Junior firmó poco después de aquella boda, un acuerdo extrajudicial con los tres hijos donde reconoció las propiedades ocultas y aceptó incluirlas en la herencia de Rocío.
Los hijos retiraron la demanda. Hacienda Pública Española llegó a un arreglo con la familia por los impuestos atrasados. y las aguas volvieron parcialmente a su cauce en la primavera de 2012, pero el hígado ya estaba destruido. El 15 de abril de 2014, el jardinero de la casa de Torrelodones llegó a las 9 de la mañana para hacer el trabajo semanal del jardín.
Tocó la puerta principal. Nadie, contestó. rodeó la casa por el sendero de tierra hasta la entrada trasera y ahí, tirado en el suelo del jardín junto a un banco de piedra donde Junior se sentaba a fumar por las tardes, encontró el cuerpo del cantante. 70 años. La autopsia posterior dijo que había muerto por causas naturales derivadas del alcoholismo avanzado, el hígado, los pulmones, un paro cardíaco en algún momento de la madrugada del 14 al 15 de abril, 8 años exactos después de la muerte de Rocío. Los tres hijos
enterraron a Junior en el cementerio de Torrelodones. La ceremonia fue discreta, sin prensa, sin fotógrafos, sin los grandes del espectáculo español que habían acompañado el entierro de Rocío 8 años antes. Solamente la familia directa, Juanita la ama de llaves y dos o tres amigos íntimos que le quedaban a Junior después de la caída.
Shila puso una fotografía de sus padres jóvenes sobre el ataúd antes de que lo bajaran a tierra. Era del año 1971. Rocío y Junior, recién casados, sonriendo en un paseo por Madrid con la esperanza intacta de los recién casados que todavía no saben lo que les tiene reservada la vida.
Los tres hijos siguieron con sus vidas después de aquel abril de 2014. Carmen se dedicó a la interpretación y a los negocios. Antonio Morales, el hijo mediano, se casó dos veces y tuvo tres hijos. Shila continuó la carrera musical de su madre bajo el nombre de Shila Durcal, se mudó a Houston y sigue cantando rancheras heredadas del catálogo que Rocío había grabado con Juan Gabriel durante los años 70 y 80.
Cada 25 de marzo, los tres hermanos se reúnen en la casa de Torrelodones para recordar a la madre. Y en cada aniversario, según ha contado Shila en varias entrevistas, ninguno de los tres menciona nunca el libro que su padre publicó en noviembre de 2008, como si no hubiera existido. Como si aquellas 422 páginas no hubieran sido publicadas jamás.
Como si el pacto que Rocío Durcal firmó ante los ojos de Dios en el monasterio de San Lorenzo de el Escorial el 15 de enero de 1970 hubiera sido en el fondo, un pacto que solamente ella cumplió hasta el final. Vas a recordar a Rocío Durcal, la próxima vez que escuches Amor eterno en la radio de un coche, vas a pensar en la voz cálida que unió a España con México durante 30 años.
Vas a pensar en las canciones que Juan Gabriel escribió para ella y que se convirtieron en clásicos que la gente sigue cantando cuatro décadas después. Y cuando lo hagas, acuérdate también de lo otro. Acuérdate de la muchacha católica de Cuatro Caminos que se casó a los 25 años convencida de que había encontrado al hombre de su vida.
Acuérdate del alcohólico que la traicionó tres veces durante el matrimonio y que la esperó dos años después de muerta para publicar las traiciones. Acuérdate de la mujer que aguantó todo callada durante 36 años, porque un pacto ante los ojos de Dios en aquella España franquista donde ella se crió se sostenía hasta la muerte, aunque el hombre al lado se estuviera muriendo de la botella.
Y acuérdate de las siete palabras que Rocío le susurró a Shila al oído aquella tarde del 25 de marzo de 2006 en la casa de Torrelodones. Nunca las dijo Shaila en público, las guardó para siempre, como Rocío había guardado durante 36 años cada uno de los secretos de aquel hombre al que amó a pesar de todo, hasta el último suspiro que soltó en la habitación principal de aquella casa al lado de Madrid. M.