OMAR “GATO” ORTIZ: CONFESÓ POR QUÉ SECUESTRÓ AL ESPOSO DE GLORIA TREVI… Y NADIE LO PUEDE CREER

Lo apodaron. El felino atajó más de 10 años en el fútbol mexicano, vistió la playera de la selección y levantó un campeonato de liga. Y ese mismo hombre terminó señalando al esposo de la mismísima Gloria Trevi,  entregando a desconocidos para que una banda lo secuestrara, entre ellos una menor de solo 16 años.

Hoy destruido,  cumple 75 años de cárcel. Quédate hasta el final porque vas a saber por qué eligió justamente al esposo de Gloria Trevi y lo más tenebroso que pidió a cambio. Vas a saber cuánto le pagaban por cada persona que entregaba y por qué entre esos nombres había una adolescente de apenas 16  años. Pero antes de llegar a ese automóvil donde aguardaba sentado a que saliera su próxima víctima, tienes que entender  algo, porque lo que hizo ese portero no comenzó en una casa de seguridad. Empezó muchos años atrás en

una cancha de tierra de Monterrey, donde un niño delgado descubrió que tenía las manos más veloces del barrio y que esas manos algún día lo iban a sostener. Monterrey, Nuevo  León. 13 de marzo de 1976.  En una casa humilde de la colonia industrial nació un niño moreno, delgado, con las manos largas para su edad.

Lo registraron como Omar Ortiz Uribe,  el séptimo en una familia donde no sobraba nada. El padre laboraba en el norte, la madre cocía ajeno. El frío de Monterrey se colaba por las rendijas de la casa  y los niños dormían apilados para darse calor. Omar fue desde pequeño diferente a sus hermanos. No corría más rápido, no era más fuerte, tenía otra cosa.

Los reflejos, una forma de moverse que su madre describió años después con cuatro palabras. Agarraba todo en el aire. Lo veían atrapar pelotas de trapo que sus hermanos le aventaban desde el otro lado del patio. Vasos que se caían de la mesa, una taza que un vecino tiró por accidente y que Omar, con 6 años alcanzó a centímetros del suelo.

Su primer apodo,  antes del felino llegó por otro lado, más simple. Se lo puso un primo que jugaba fútbol en la cuadra y lo invitó un domingo a ponerse en el arco improvisado marcado con dos piedras. Omar detuvo tres balones que el primo juraba imparables y al final del partido se le acercó y le dijo, “Tú eres el gato del barrio.” Omar tenía 9 años.

El apodo se le pegó como una segunda piel. en la escuela,  en los partidos, en la calle, gato, solo gato. Y un día, ya con 12 años, un señor que dirigía un equipo infantil en una liga llanera de Monterrey, lo vio atajar en un terreno valdío y le preguntó si quería entrar a fuerzas básicas, no de cualquier equipo, de  Rayados.

Pero lo que ese señor no supo aquella tarde es que estaba reclutando, sin saberlo, al portero que 25 años después iba a aparecer en las portadas de todo el país por un crimen que ningún mexicano imaginaba. posible. Si esta historia ya te está atrapando, suscríbete a Detrás de la fama para que no te pierdas ninguna de estas historias que nadie más se atreve a contar.

Omar entró a las fuerzas básicas de Rayados de Monterrey a los 12 años. No era el más alto, no era el más técnico, pero era el más veloz de manos. Los entrenadores lo notaron desde la segunda sesión. Mientras los otros porteros intentaban leer la trayectoria del balón con la mirada, Omar ya estaba volando hacia el lado correcto,  como si lo supiera antes que el delantero.

Subió rápido, subcategorías, juveniles, reserva. A los 20 años ya entrenaba con el primer equipo. Era el suplente del suplente, pero estaba ahí, adentro del vestidor de rayados, compartiendo cancha con jugadores que veía por la televisión cuando era niño, desayunando en la concentración lo mismo que ellos.  Aprendiendo cómo hablaba un futbolista profesional, cómo se vestía, cómo se movía en la calle,  cómo se cobraban los primeros sueldos de verdad.

Su primer contrato profesional lo firmó en 1997. Tenía 21 años. Le pagaron una cantidad que su familia entera nunca había visto junta. Omar compró ese mes lo primero que le compra un muchacho pobre del norte cuando le entra dinero. Ropa,  unos tenis caros, una cadena de oro para él y otra para su madre. No fue exagerado, no la despilfarró, la  guardó, pero la prueba del dinero, esa prueba silenciosa, ya había entrado a su vida.

Lo que nadie le advirtió a Omar Ortiz aquel año 1997 es que un futbolista profesional de la Liga Mexicana en aquella época sostenía en promedio un séquito de 12 personas con su sueldo, 12 personas que dependían directa o indirectamente de él y que cuando ese sueldo se acabara, esas mismas 12 personas se iban a voltear para otro lado. Pero eso vendría después.

En aquellos primeros años, Omar era todavía un proyecto. Lo prestaron al club Celaya en 1999. Lo enviaron como suplente, pero el portero titular se lesionó en la pretemporada y el gato tuvo que ponerse el guante de forma inesperada. Ese semestre atajó como si llevara 10 años haciéndolo. La afición de Celaya, que es una afición que entiende de fútbol, comenzó a corear su apodo cada que se lanzaba a un poste.

Regresó a Monterrey en el 2002, esta vez como una opción real. El técnico de aquel torneo, viendo lo que había demostrado en Celaya,  lo subió a la titularidad en algunos partidos. Omar respondió, “No falló cuando lo necesitaron. Y en mayo de ese mismo año ocurrió algo que ningún  portero de su generación había logrado a su edad.

Lo convocaron a la selección mexicana. Existe una fotografía de aquel primer  llamado a la selección que Omar Ortiz guardó por años en el cajón de su mesita de noche dentro de una caja de madera donde tenía sus cosas más valiosas. La foto lo muestra entrando al campo del Estadio Azteca con la playera verde puesta,  los guantes nuevos todavía sin estrenar, sonriendo de una manera que el mismo años después ya no iba a poder repetir. La foto.

Y esos guantes, los primeros guantes de selección que usó, iban a aparecer otra vez en esta historia, pero no en el momento que tú esperarías. Los guantes que Omar Ortiz se puso esa tarde frente a Guatemala fueron los mismos guantes que 14 años después la policía de Nuevo León encontró dentro de una bolsa  en un cateo en una casa de seguridad en las afueras de Monterrey.

Pero esos guantes los vamos a guardar por ahora. El 9 de mayo de 2002, el  técnico de aquella selección, Javier Vasco Aguirre, lo convocó para la Copa Oro que se disputaría en Estados Unidos. Omar entró en un solo partido. Fue el segundo tiempo del encuentro contra Guatemala. México ganó 3 a 1 y el Gato Ortiz tuvo lo que tuvo que detener.

No fue una participación estelar, fue un debut, pero fue suficiente. Para un muchacho moreno del norte que 10 años antes dormía pilado con sus hermanos para no pasar frío,  eso era suficiente. Si llegaste hasta aquí, suscríbete a Detrás de la Fama. Subimos historias como esta que el resto de los canales no se animan a contar.

Lo que vino después fueron 6 años de carrera estable. Lo vendieron al Necaxa en una transferencia polémica de la que se habló bastante en su  momento. Después a los Jaguares de Chiapas, donde vivió su mejor etapa como profesional. Cinco temporadas, más de 100 partidos disputados, una posición de titular que nadie le quitaba.

En el Clausura 2004 fue el segundo mejor portero del torneo. Solo lo superó Sergio Bernal de Pumas por un balón. Aquí es donde la historia se divide en dos. Porque mientras el gato Ortiz se consolidaba en la cancha como uno de los porteros más confiables de su generación, fuera de la cancha estaba construyendo, sin darse cuenta la vida que iba a destruirlo.

La gente que lo conoció en aquellos años de Chiapas y de Necaxa coincide en una sola cosa. Omar Ortiz era el más fiestero del vestidor.  No el más escandaloso, no el más vulgar, el más fiestero, el que organizaba las salidas, el que invitaba la primera ronda, el que prestaba dinero. Cuando un compañero andaba escaso, vivía bien, manejaba camionetas grandes, vestía caro y comenzó a rodearse de manera lenta y silenciosa de gente que no era del medio del fútbol. Esa gente no era criminal.

Todavía no. Eran amigos del norte, conocidos de cantinas, primos de primos, vecinos del rumbo donde el gato había crecido, gente que lo trataba con el cariño viejo del barrio, gente que no le decía gato, le decía Omar. Le recordaba quién era antes de la selección. Y a Omar, sin saber por qué, le gustaba estar con ellos más que con los compañeros del vestidor, porque los compañeros lo medían por sus atajadas, los del barrio lo medían por su persona.

Una de esas noches, en Monterrey hacia 2005, un viejo conocido del barrio se le acercó al gato en una cantina y le entregó un sobre. Adentro había dinero en efectivo,  no mucho. 20,000 pesos contados. El conocido le dijo, “Es  un regalo, gato. Tú me ayudaste hace años cuando nadie lo hizo.

” Omar agarró el sobre, lo guardó en el bolsillo del saco y continuó  la noche. No le preguntó al amigo de dónde venía ese dinero. No le preguntó por qué se lo daba justamente a él. Y 20,000 pesos para un portero profesional de Liga MX no era una suma que cambiara una vida. Pero ese sobre, ese primer sobre, fue el inicio de algo que 12 años después iba a explicarle a la policía de Nuevo León todo lo que vino después, cómo se convierte un portero de la selección mexicana con sueldo de Liga MX y futuro asegurado en el señalador de una banda

de secuestradores. La respuesta no llegó de un día para otro. Tardó y todo comenzó con un examen médico en abril de 2010. Pero antes de llegar a ese examen, hay que entender en qué punto estaba el Gato Ortiz a principios de 2010. Tenía 34 años. Acababa de regresar al equipo de su vida, Los Rayados de Monterrey, donde  había debutado siendo niño.

Era suplente, sí, pero suplente del equipo que en pocos meses iba a salir campeón de la liga. Estaba a un paso de tocar el título que llevaba persiguiendo desde 1997 y tenía un sueldo, una casa propia, dos camionetas en la entrada y un séquito de gente cobrándole favores viejos. Su vida personal, en cambio, estaba en otro lugar.

La fiesta había dejado de ser fiesta y se había vuelto rutina. El alcohol había dejado de ser ocasional.  Y un día alguien del séquito le dijo a Omar lo que muchos futbolistas mexicanos de aquella generación escucharon en algún momento de su vida. Gato, ¿hay algo que te puede ayudar a mantener el ritmo? Lo que le ofrecieron aquella noche tenía otro nombre, otro envase y otra promesa.

Esteroides anabólicos, específicamente dos sustancias que Omar después juró que no sabía exactamente  qué eran cuando las usó. Oximetolona, tromostanolona, compuestos diseñados para aumentar masa muscular  y quemar grasa, usados normalmente por fisiculturistas y deportistas de fuerza, no porteros profesionales de fútbol.

Lo que el gato vio fue que el amigo del barrio que se las ofrecía estaba más fuerte. más rápido y dormía menos. Y a Omar, con 34 años y un cuerpo  que ya no respondía como a los 22, eso le interesó. Lo que el gato  Ortiz no sabía aquella primera noche que se inyectó esas dos sustancias es que a partir de ese instante  todo lo que vendría en su vida ya estaba decidido y no iba a poder volver atrás.

El 9 de abril de 2010, los Rayados de Monterrey convocaron a una conferencia de prensa que nadie esperaba. La directiva del club anunció que Omar Ortiz, portero suplente del equipo,  había dado positivo en dos controles antidopaje. Los exámenes se habían realizado durante la jornada nueve del torneo bicentenario mientras el club disputaba paralelamente la Copa Libertadores.

Las sustancias detectadas eran las dos que Omar había aceptado meses antes de un viejo amigo del barrio. El 10 de mayo se dio a conocer la  sanción. 2 años, 8 meses y 7 días sin poder ejercer su profesión. inhabilitado por la Liga MX, inhabilitado por la Conebol, sin posibilidad de jugar en ningún país afiliado a la FIFA durante todo ese plazo.

Antes de continuar, suscríbete a Detrás de la Fama y  activa la campanita para que no te pierdas el próximo video. Omar Ortiz salió de la oficina del director deportivo de Rayados aquel día con una sola hoja firmada en la mano y la cabeza fría. No lloró,  no reclamó, no habló con la prensa, subió a su camioneta y manejó por la avenida Constitución  de Monterrey durante una hora sin destino fijo.

Después entró a una cantina del centro y se quedó hasta las 3 de la mañana bebiendo solo, sin hablar con nadie. Esa noche, según declaró años después a un periodista que lo entrevistó dentro del penal de Cadereita, Omar entendió por primera vez en su vida que el fútbol se había terminado para él y que los siguientes años no iba a tener ni el dinero,  ni el ritmo, ni la disciplina que había mantenido durante la última década.

Un funcionario que en aquella época trabajaba en la oficina de comunicación social de Rayados le dijo a un colega fuera de cámara una frase que aparecería años después en una conferencia de prensa que lo cambió todo. Al gato se le va a hacer fácil. Esa fue la primera vez que esas cinco palabras aparecieron en su historia.

La  segunda vez, dos años más tarde, las iba a pronunciar en cadena nacional el vocero de seguridad  pública de Nuevo León. Y esas palabras, por su exactitud cruel, son las que mejor describen lo que vino después. Guarda esto  en tu mente, porque cuando un portero profesional pierde 2 años, 8 meses y 7 días de su carrera, lo que pierde no es solo el sueldo.

Pierde el lugar en el vestidor, pierde la disciplina del entrenamiento diario, pierde el orgullo de tener un número en la espalda y empieza a tener demasiado tiempo  libre, demasiado. Los meses siguientes a la suspensión, el gato Ortiz se mudó de su casa principal a una más pequeña en otra colonia de Monterrey.

les dijo a los pocos amigos que todavía le contestaban el teléfono que era para ahorrar. La verdad era otra. Los gastos seguían igual, las camionetas, el séquito,  las salidas, pero los ingresos habían caído a cero. La directiva de Rayados durante la sanción le siguió pagando una parte del contrato, pero esa parte no alcanzaba para sostener la vida que Omar llevaba.

Comenzó a vender cosas. Primero una camioneta, después relojes, después algunas piezas de joyería que había acumulado durante los años buenos. vendía a precios de remate porque la gente que le compraba sabía que estaba apurado.  Y cuando se le acabaron las cosas materiales, empezó a pedir prestado primero a familiares, después a amigos del medio, después a esos viejos conocidos del barrio que nunca habían dejado de buscarlo.

Imagina por un momento que llevas trabajando 30 años en lo único que sabes hacer en la vida y de pronto por una decisión que tomaste medio dormido en la trastienda de una cantina, te quitan la posibilidad de trabajar durante casi 3 años. ¿Qué haces? ¿A quién le hablas? ¿A dónde vas? El Gato Ortiz ese año 2011 le habló a las personas equivocadas.

Hacia mediados de 2011, el gato Ortiz aceptó  una invitación a comer de un viejo conocido. Esa comida,  según el propio Omar reconstruyó años después ante el Ministerio Público, fue el momento en que cruzó una línea que no sabía que existía. El viejo conocido no era de Monterrey, era de Reyosa.

Trabajaba, según le explicó al gato en aquella mesa, en negocios de varias cosas. No fue específico,  pero le dijo a Omar algo que le quedó dando vueltas en la cabeza durante días. le dijo que había gente en su grupo que necesitaba información sobre personas con dinero, gente del círculo social de Monterrey, gente que asistía a fiestas, gente que tenía propiedades.

Le dijo que él, el  Gato Ortiz, conocía a muchas de esas personas porque había vivido en ese círculo durante años como futbolista reconocido y le dijo, sin entrar en detalles,  que por cada dato que pasara podía recibir un pago. No le  explicó qué iba a ocurrir con esos datos.

No le mostró fotografías, no le pidió firmar nada. Al final de aquella comida, el conocido de Reinosa le dijo al gato una cosa más. Le dijo que para el trabajo iba a necesitar un carro discreto, no la camioneta del gato, algo que pasara desapercibido en las colonias residenciales del sur de Monterrey, un sedán común con vidrios polarizados sin placas llamativas.

Omar le  respondió que él tenía uno guardado en casa de un primo. Quedaron de verse de nuevo a la semana siguiente y el  gato Ortiz esa tarde de finales de 2011 manejó de regreso a su casa pensando que apenas había aceptado un trabajo sencillo. Pasar  nombres, pasar direcciones, pasar fotos, nada más.

El gato Ortiz creyó esa tarde que estaba aceptando un favor a cambio de un pago. Lo que firmaba, sin saberlo, era su nombre dentro de una banda dedicada al secuestro. Y la primera persona a la que iba a señalar no era un desconocido cualquiera, era el esposo de una de las mujeres más famosas de México. Los primeros encargos que recibió el Gato Ortiz durante septiembre de 2011 fueron simples.

Le pidieron, por ejemplo, que se diera una vuelta por una colonia residencial del sur de Monterrey y vigilara durante varios días una casa de dos pisos con barda alta. Tenía que anotar las horas a las que entraba y salía un señor de cierta edad, cuántos coches había en el garaje, si había guardias armados, si había niños chicos en la familia. Omar lo hizo.

Se instalaba en su carro discreto del otro lado de la calle con un cuaderno en el asiento del copiloto y anotaba. Por cada reporte le pagaban entre 5,000 y 10,000 pesos en efectivo. El gato, que llevaba más de un año sin un ingreso fuerte, sintió ese dinero como un alivio. No era el sueldo de Rayados, pero era algo.

Y lo más importante, no tenía que entrar a ninguna casa, no tenía que llevarse a nadie, no tenía que disparar nada, solo observar, solo anotar, solo pasar la información. El cuaderno que usaba para registrar esos primeros reportes tenía pasta dura, color negro,  tamaño bolsillo, comprado en una papelería del centro de Monterrey. Adentro escribía con letra apretada, sin nombres completos, iniciales, horarios, modelos de carro, color del uniforme del guardia.

Era el cuaderno de un portero acostumbrado a estudiar movimientos. La diferencia era que ahora no estudiaba a un delantero, estudiaba a una familia que dormía  a dos cuadras de su casa. Ese cuaderno negro, ese mismo  cuaderno de pasta dura, iba a ser una de las primeras pruebas que la policía de Nuevo León encontró dentro del carro del  Gato Ortiz la madrugada del 7 de enero de 2012.

Pero antes de esa madrugada hubo una llamada, una llamada que llegó a finales de septiembre,  una llamada que modificó el tipo de objetivos. Era una tarde de septiembre de  2011. El gato Ortiz estaba en su casa viendo televisión con el celular cerca. Sonó. Era el conocido de Reyosa  el que lo había metido en el asunto.

No habló mucho. Le dijo que en el siguiente encargo había un hombre específico que les interesaba. Un hombre que no era del círculo común de Monterrey, un hombre que estaba casado con alguien muy famoso. Le  pidió que tomara nota de un domicilio, le dictó una calle, un número, una colonia. Le dijo también antes de colgar que en este encargo el pago no iba a ser de cinco ni de 10,000 pesos,  era de otra escala.

Y le solicitó un detalle más al gato, que cuando confirmara que el hombre estaba en el domicilio, llamara a un número distinto al de siempre, un número que solo iba a marcar una vez en toda  su vida. Omar apuntó el número en una hoja suelta, anotó la dirección, colgó el teléfono y se quedó sentado en el sillón 15 minutos sin moverse.

¿Por qué un grupo de Reyosas se interesaría en llevarse al esposo de una cantante del espectáculo en Monterrey? ¿Qué tenía esa familia que valiera el riesgo de tocar a una figura pública mexicana? La respuesta escondida en lo más oscuro de toda esta historia es la pieza que el Gato Ortiz acabó pagando con 75 años de encierro.

El 7 de octubre de 2011,  a las 9:40 de la noche, un hombre llamado Francisco Armando Gómez Martínez salió de un restaurante del municipio de San Pedro Garza García, en la zona metropolitana de  Monterrey, y caminó hacia su camioneta blanca estacionada media cuadra adelante. Antes de abrir la puerta, dos vehículos lo cerraron por los la dos.

Bajaron cuatro hombres armados con rifles de asalto. En menos de 40 segundos lo subieron a uno de los vehículos y desaparecieron de la calle. Armando Gómez no era un hombre cualquiera,  era el abogado y esposo desde hacía 2 años de la cantante Gloria Trevi. El secuestro se hizo público en pocas horas.

La Fiscalía General de la República tomó el caso por encima de la fiscalía local porque la magnitud del asunto desbordaba el ámbito estatal.  Y durante semanas, mientras Gloria Trevi pedía pruebas de vida desde la Ciudad de México, los investigadores reconstruían paso a paso como los secuestradores habían sabido exactamente dónde iba a estar Armando Gómez aquella noche de octubre, como conocían la calle, el  horario, el restaurante, el lado por donde iba a caminar.

La respuesta tardó tr meses en aparecer y cuando apareció  en la madrugada del 7 de enero de 2012 llevaba el nombre y la fotografía de un hombre que México conocía por otra razón, por sus atajadas, por su apodo, por la playera verde de la selección que se había puesto una tarde de mayo, 10 años  antes, frente a Guatemala.

La persona que había señalado al esposo de Gloria Trevi, la persona que pasó los datos exactos a la banda de Reyosa, la persona que se sentó en su carro discreto del otro lado de la calle para confirmar la rutina  de la víctima durante las semanas previas. Era el gato Ortiz. Pero lo más oscuro de aquella tarde de septiembre, lo que el gato pidió a cambio de entregar ese dato específico no fue dinero.

El dinero ya lo cobraba por cualquier encargo. Lo que pidió, lo que la banda aceptó darle a cambio del nombre del esposo de Gloria Trevi, es lo que la propia Procuraduría de Nuevo León documentó en su carpeta de investigación y es la pieza que convirtió este caso un secuestro más entre tantos en uno de los expedientes más oscuros del crimen organizado del norte mexicano.

Y esa pieza, esa pieza que el gato solicitó aquella tarde por teléfono, es lo que vas a conocer en la siguiente parte. Junto con la verdad sobre la menor de 16 años, junto con la cifra exacta que la banda llegó a pagarle por cabeza y junto con el nombre del compañero dentro del propio fútbol mexicano que estuvo a un teléfono de distancia del gato durante todo este asunto y que la prensa nacional hasta hoy sigue protegiendo.

Aquella tarde de septiembre,  cuando el Gato Ortiz colgó el teléfono después de recibir el nombre del esposo de Gloria Trevi, se levantó del sillón y caminó hasta la cocina de su casa. sacó del refrigerador una cerveza, la abrió y se la tomó parado mirando por la ventana del patio.

Tardó 30 minutos en moverse otra vez. Después subió a su recámara, abrió el cajón inferior del closet y sacó el cuaderno negro de pasta dura. Lo dejó sobre la cama y lo miró durante mucho rato como si el propio cuaderno pudiera decirle si lo que iba a hacer estaba bien o estaba mal. No lo abrió  esa noche, lo guardó otra vez en el cajón, se acostó vestido y se quedó mirando el techo.

Lo que el gato decidió esas horas, según reconstruyó la propia Procuraduría de Nuevo León durante el proceso,  fue una sola cosa, que aceptaría el encargo, pero que pediría algo más que el pago habitual, algo que iba más allá del dinero, algo que solo una banda con recursos y con contactos podía darle a un hombre suspendido del fútbol profesional, sin  sueldo, sin opciones, sin futuro.

Aquí es donde aparece la pieza que ningún medio mexicano contó completa en su momento. Porque el gato Ortiz no señaló al esposo de Gloria Trevia cambio de dinero. Pidió otra  cosa, algo que guardaba en secreto desde hacía meses, algo que tenía que ver con un  nombre, una dirección y una deuda que él no quería cobrar con su propia mano.

El conocido de Reyosa le devolvió la llamada al día siguiente. Hablaron menos de 3 minutos. El gato le dijo que aceptaba el encargo y le dijo, sin elevar la voz, lo que pedía a cambio. Da otro lado del teléfono hubo un silencio breve. Después una sola palabra, hecho. El gato colgó.

Salió de su casa esa misma tarde, manejó hasta el carro discreto que tenía guardado en el patio de un primo y comenzó a hacer su trabajo. Las dos semanas siguientes se fueron en observar. Armando Gómez tenía una rutina firme. Salía de su casa en San Pedro Garza García, alrededor de las 8:30 de la mañana,  manejando el mismo una camioneta blanca de modelo reciente.

Iba a una oficina del centro financiero. Comía casi todos los días en uno de dos restaurantes del mismo municipio. Regresaba a su casa entre las 8 y las 9 de la noche. Los fines de semana viajaba con frecuencia a la Ciudad de México, donde Gloria Trevi pasaba la mayor parte del tiempo grabando un disco.

El gato anotó cada movimiento en el cuaderno negro durante 15 días seguidos. iniciales, horarios, modelos de carro, color de  los uniformes de los guardias del fraccionamiento. 15 días de un portero de la selección mexicana sentado dentro de un sedán polarizado, anotando con letra apretada las salidas y entradas de un hombre al que nunca había saludado.

Y al final del 16º día llegó la noche del 7 de octubre. Esa noche el gato no estuvo en la calle donde se concretó el secuestro. Su trabajo había terminado dos días antes cuando llamó al número que le habían dado por teléfono y confirmó que Armando Gómez iba a estar en el restaurante La Catarina en San Pedro Garza García, alrededor de las 9:30.

Esa fue la última información que entregó. Después se quedó en su casa cenando con dos amigos del barrio que habían ido a visitarlo viendo el noticiero local en la sala. Cuando la nota del secuestro apareció en la pantalla alrededor de las 11 de la noche, el gato Ortiz no cambió la expresión. Uno de los amigos comentó distraído lo difícil que se había puesto el norte.

El otro hizo un comentario sobre la cantante. El gato sonrió de lado, dijo dos frases sin relevancia y se levantó a sacar otra cerveza del refrigerador. Esa fue su reacción documentada esa noche. Según declararon después esos mismos dos amigos ante el Ministerio Público.  La Fiscalía consignó esa actitud como uno de los elementos de la imputación.

Indiferencia ante la noticia del  secuestro de la persona que él mismo había señalado dos semanas antes. Tres días después del secuestro, un mensajero llegó a la casa del Gato Ortiz  en Monterrey. Le entregó un sobre grande de papel manila. Adentro había 100,000  pesos en billetes de 500.

El sobretraía escrito a mano con plumón negro una sola palabra. Adelanto. El gato firmó un recibo sin nombre en una hoja blanca con una inicial que el mensajero arrancó y guardó en una carpeta. El resto del pago le dijo el mensajero antes de irse llegaría una vez liberada la víctima. Si la víctima no salía viva, el pago se cerraba en ese adelanto.

100,000 pesos por un nombre, 1000 pesos por día, 15 días sentado dentro de un carro. Para una banda vinculada al cártel del Golfo era una cantidad razonable. Para un portero suspendido sin sueldo desde hacía 18 meses, era el rescate que él mismo se había estado pidiendo desde el día del positivo en el antidopaje. Después del éxito  del operativo contra Armando Gómez, la relación entre el Gato Ortiz y la banda cambió de nivel.

Ya no le pedían reportes sueltos, le pedían personas. Le enviaban perfiles, empresarios medianos del estado de Nuevo León, esposas de empresarios, hijos adolescentes de empresarios. Le mostraban una fotografía, le daban un sector general de Monterrey o de Cadereita y le pedían que averiguara donde vivía, qué hacía, a qué hora se movía, si tenía guardias.

Por cada perfil completo,  el gato cobraba entre 50,000 y 100,000 pesos según el caso. Para finales de 2011, el gato Ortiz tenía un cuarto exclusivo dentro de su casa con la puerta cerrada con candado, donde almacenaba carpetas de manila con perfiles. Había llegado a manejar simultáneamente seis o siete objetivos en distintas etapas.

Algunos los había descartado porque tenían demasiada seguridad. Otros estaban en fase de vigilancia, otros ya estaban listos para que la banda decidiera el momento y el cuaderno negro de pasta dura se había llenado por  completo. Así que el gato había iniciado un segundo cuaderno, esta vez de pasta verde con espirales  de metal.

El cuaderno verde de espirales de metal. Ese segundo cuaderno es el que tenía abierto sobre  el asiento del copiloto del carro la noche en que la policía estatal lo detuvo. Y la última anotación de ese cuaderno escrita con letra apretada en la página 34 contenía las iniciales de una persona que cambia el sentido completo de esta historia.

A finales de 2011, un nuevo perfil llegó por la vía del conocido de Reyosa. No venía  con foto, venía con una sola descripción escrita a mano, dictada por teléfono al gato Ortiz  una tarde. La descripción decía lo siguiente: “Mujeren, hija única de un empresario regiomontano  del sector industrial.

Domicilio en una colonia residencial al sur de la ciudad. Asistía a un colegio privado bilingüe. Salía  del colegio entre las 2 y las 2:30 de la tarde. Tenía 16 años recién cumplidos. El gato Ortiz, según declaró años después dentro del penal de  Cadereita, sintió esa tarde algo que no había sentido con los encargos anteriores, algo en  el estómago.

Le preguntó al conocido si la edad estaba correcta, si era una hija mayor o una hija chica, si era un error en la dirección. El conocido le contestó con una sola frase,  “Esa es tu averigua el horario.” El gato colgó y aunque después declaró que lo había dudado dos noches enteras, terminó haciendo lo que le pidieron.

Manejó hasta el colegio privado. Se sentó del otro lado de la avenida en el carro discreto, dentro de una zona donde decenas de padres también esperaban a sus hijos, y empezó a anotar. Una adolescente de 16 años saliendo del colegio, mochila al hombro,  uniforme azul marino, tres amigas alrededor, la más joven entre todas las personas que el Gato Ortiz iba a señalar en su vida.

Y de paso la pieza que años después un juez federal usaría para definir la sentencia más alta posible. El gato Ortiz vigiló a la muchacha durante 7 días. Lo hizo a horarios distintos. Salida del colegio, llegada a casa por la tarde, salida de los fines de semana a un centro comercial. Anotó modelos de carros, chóeres, escoltas, hábitos.

En la página 34 del cuaderno verde apuntó las iniciales de la muchacha,  su edad y un detalle que era suficiente para que la banda preparara el operativo. La hora exacta en que el chóer del colegio entregaba la responsabilidad de la menor al chóer privado de la familia en el estacionamiento de un centro comercial del sur de Monterrey.

Esa hora era el punto débil de la seguridad. 30 segundos en los que la muchacha quedaba sola entre dos vehículos. 30 segundos que la banda iba a aprovechar para subirla a una camioneta y desaparecer del estacionamiento por una rampa  lateral. El operativo estaba listo, solo faltaba el momento. Y el momento, según declaró el propio Gato Ortiz años después, estaba programado para finales de enero de 2012.

Lo que la banda no sabía esa tarde de diciembre de 2011, mientras el gato Ortiz les entregaba el perfil completo de la menor,  es que 20 días después esa muchacha de 16 años iba a ser rescatada por la policía estatal sin haber sido tocada. Y la persona que la rescató sin saberlo fue el propio  Gato Ortiz.

Era la madrugada del 7 de enero de 2012, una temperatura de 4 ºC. El gato Ortiz conducía el sedán polarizado por el municipio de Guadalupe en la zona metropolitana  de Monterrey. Iba solo. Llevaba el cuaderno verde de espirales sobre el asiento del copiloto. En la cajuela, dentro de una mochila negra de gimnasio, llevaba dos sobres con dinero en efectivo, un teléfono celular de prepagó con el chip todavía sellado y una bolsa de plástico con un  par de guantes de portero.

Los guantes eran viejos, tenían el logo descolorido de una marca alemana y por dentro,  escrito con plumón indeleble, a la altura de la muñeca derecha, tenían dos letras unidas con un guion MX y dos dígitos. El gato Ortiz los había guardado durante 10 años en el cajón de su mesita de noche dentro de una caja de madera junto con la fotografía del Estadio Azteca.

Los había sacado de la caja esa misma semana sin que él mismo supiera por qué, como si presintiera algo. Guarda  esto en tu mente, porque esos guantes de portero, los mismos guantes con los que el Gato Ortiz había debutado en la selección mexicana 10 años antes,  son lo único que la policía de Nuevo León no consignó en el expediente público de la detención.

Esos guantes desaparecieron del inventario y la madre del gato los reclamó por escrito durante 3 años seguidos sin recibir respuesta. La camioneta de la Agencia Estatal de Investigaciones se le cerró por delante en una avenida del municipio de Guadalupe. Dos vehículos más le cerraron los costados.

Bajaron seis agentes armados, todos encapuchados. El gato Ortiz salió del sedán con las manos arriba sin oponer resistencia y se tiró boca abajo en el pavimento sin que nadie se lo ordenara. Después declararía que se tiró antes porque  ya lo estaba esperando, que llevaba meses esperándolo, que cada vez que sonaba un motor afuera de su casa pensaba que era esa noche.

Lo subieron a una camioneta sin  placas y lo trasladaron a las instalaciones de la agencia. Esa misma madrugada, mientras el gato Ortiz era trasladado,  otro operativo se desarrollaba en paralelo. Una casa de seguridad en las afueras de Cadereita, 14 hombres detenidos, una persona rescatada con vida después de meses de cautiverio.

Otra persona identificada solo por iniciales, también rescatada esa madrugada. Y en una de las habitaciones de la casa, junto a un colchón en el piso, una caja con perfiles impresos esperando. Imagina por un momento  que dentro de esa caja con perfiles impresos hay una hoja con tu nombre, tu rutina y la foto de la entrada de tu casa.

Hay 14 hojas como esa. 14 personas que dormían tranquilas en sus camas la noche del 6 de enero, sin saber que alguien las estaba estudiando desde un carro polarizado. Y entre esas 14 hojas, una era de una muchacha de 16 años que iba a ser interceptada en el estacionamiento de un centro comercial. El gato Ortiz pasó las siguientes 48 horas dentro de una sala de interrogatorios.

Según declaró años después a la revista Reforma, le mostraron fotografías de víctimas,  perfiles, su propio cuaderno verde abierto en la página 34. Le pusieron sobre la mesa el sobre con 100,000 pesos que había recibido por el caso de Armando Gómez y le pidieron que reconociera su firma en el recibo.

Le mostraron el dictado del horario del colegio. Le mostraron una  fotografía de la muchacha de 16 años tomada por uno de sus propios compañeros de banda dentro del estacionamiento del centro comercial. El gato Ortiz no admitió nada esa madrugada, no firmó nada, no habló. Su única respuesta repetida durante  horas fue una sola frase, “Quiero a mi abogado.

” Le pidieron entonces el nombre del abogado y se quedó callado. No lo  tenía, nunca lo había necesitado. El sistema le asignó uno de oficio en las siguientes 24 horas y el 7 de enero por la tarde, cuando ya las fotografías de su detención habían comenzado a circular en los noticieros de la noche, el propio fútbol mexicano se enteró del nombre de quien había estado señalando víctimas a una banda del crimen organizado durante los últimos meses.

Y aquí es donde por primera vez escuchó en cadena nacional la frase que iba a definir el sentido de esta historia. El 9 de enero de 2012,  el vocero de seguridad pública del estado de Nuevo León, un funcionario llamado Jorge Doménez Zambrano, salió a una conferencia de prensa. Detrás de él, sobre una mesa larga, estaban acomodados los objetos asegurados durante el operativo.

Cuadernos, sobres con dinero, carpetas, teléfonos celulares, una mochila negra de gimnasio y en el centro de la mesa, sobre  un mantel azul, un par de guantes de portero viejos con dos letras y dos números escritos en el interior. Los reporteros le preguntaron al vocero por qu un portero profesional de Liga MX, con los ingresos que había tenido durante años el Gato Ortiz, terminaría como informante de una banda de secuestradores.

La respuesta del vocero fue breve. tres oraciones. Y la última  de esas tres oraciones contenía cinco palabras que se replicaron durante semanas en todos los noticieros del país. Lo que pasa con este caso, y lo decimos con responsabilidad, es que la sanción del antidopaje le quitó al deportista la posibilidad de trabajar durante 2 años, pero la gente con la que se rodeaba no era la correcta. Se le hizo fácil.

Esa fue la sentencia pública. Cinco palabras pronunciadas por un vocero estatal en una conferencia de prensa cualquiera que terminaron resumiendo, mejor que cualquier expediente, la caída de un portero de la selección mexicana. Se le hizo fácil. Fue la versión amable, la versión que el vocero del Estado le dio al país para que el país durmiera tranquilo.

Lo que el expediente real contenía, lo que la fiscalía documentó dentro de las carpetas que el público nunca vio, es lo que vas a saber a continuación, porque el papel del Gato Ortiz dentro de la banda era todavía más frío de lo que la prensa contó esa semana. Lo que la Procuraduría de Nuevo León documentó página por página dentro del expediente que terminó sustentando la sentencia de 75 años contra el Gato Ortiz es lo siguiente.

El portero no era el conductor del operativo,  no era el que cargaba las armas, no era el que mantenía a las víctimas en cautiverio, ni el que hacía las llamadas exigiendo rescate. Su papel dentro de una banda vinculada al cártel del Golfo era uno solo y era el más frío de todos. era el señalador. El gato Ortiz, sentado dentro de un carro polarizado al otro lado de la calle, identificaba  a la víctima, anotaba su rutina y entregaba el reporte a la banda.

Por cada víctima señalada cobraba un pago. La fiscalía documentó pagos de hasta 100,000 pesos por cabeza, dependiendo del nivel de complejidad del operativo y del patrimonio de la víctima. 14 perfiles confirmados, tres secuestros consumados con sentencia firme. Y entre esas tres víctimas, una era el esposo de la cantante Gloria Trevi y otra era una menor de 16 años, hija de un empresario regiomontano que iba a ser levantada del estacionamiento de un centro comercial 20 días después de la detención del gato. Pero lo más oscuro

que el gato Ortiz pidió a cambio de señalar al esposo de Gloria Trevin  no fue el dinero. El dinero ya lo cobraba por cualquier perfil. Lo que pidió aquella tarde de septiembre, según consta en una declaración bajo protesta de decir verdad firmada por uno de sus cómplices durante el proceso, fue la cabeza de un compañero del propio medio del fútbol, un excompañero, un hombre  que el gato escribió en una hoja suelta, dobló en cuatro y le pasó al conocido de Reinosa esa misma noche.

La hoja contenía dos apellidos, una dirección de una colonia residencial al norte de Monterrey y una frase de tres palabras escrita debajo: “Que pague también esa persona, ese ex compañero del fútbol mexicano, cuyo nombre el Gato Ortiz entregó aquella tarde a una banda del crimen organizado, no aparece nombrada en el expediente público.

La fiscalía protegió su identidad por razones  que el juez de la causa explicó como protección a la integridad personal de un tercero no involucrado en los hechos. Pero el dato existe, la hoja existe. Y la cifra que el gato había contabilizado por esa persona en deudas viejas del fútbol que él consideraba impagas, ascendía  según una contabilidad que él mismo llevó en una libreta aparte, a poco más de 2 millones de pesos.

2 millones de pesos que  él, suspendido, sin sueldo, sin opciones, no podía cobrar por la vía legal y que pidió cobrar indirectamente a través de la banda. Pero la banda nunca tocó a ese excompañero. La hoja con los dos apellidos quedó archivada dentro de una carpeta en la casa de seguridad de Cadereita. La policía la encontró la misma madrugada del 7 de enero.

El nombre fue noctificado al titular  por la propia procuraduría en una reunión privada que nunca trascendió a la prensa. Y a partir de esa reunión, en algún punto de enero de 2012, el  fútbol mexicano enterró por completo este capítulo. Nadie volvió a mencionar quién era la persona a la que el gato había puesto en una lista negra.

Hasta hoy nadie ha hablado y el secreto sigue dentro de una caja fuerte de la Fiscalía Estatal de Nuevo León. Aquí es donde la historia del gato Ortiz deja de ser solamente la historia de un secuestrador y se convierte en la historia de un hombre vacío. Porque cuando la fiscalía le mostró durante el interrogatorio la hoja con los dos apellidos del excompañero, el gato no pudo explicar por qué la había escrito.

Se quedó callado, bajó la cabeza y por primera vez en 48 horas de proceso lloró sentado en una silla de metal dentro de una  sala con foco de luz blanca frente a personas que lo miraban sin decir nada. Lo que el gato Ortiz lloró esa madrugada del 9 de enero de 2012 no fue su  detención.

Tampoco fue el secuestro de Armando Gómez. Tampoco fue la muchacha de 16 años cuyo perfil había entregado tres semanas antes. Lo que lloró fue otra cosa, algo que ningún periodista alcanzó a comprender en su momento, algo que vamos a entender por completo solo cuando lleguemos al fondo de esta historia.

Y para llegar a ese fondo, hay que regresar dos años atrás,  a la primera noche que el gato Ortiz inyectó esas dos sustancias en la trastienda de una cantina del centro de Monterrey. Porque lo que la prensa contó esos meses de 2012 fue una versión limpia, recortada, repetida en titulares  fáciles. La verdadera caída del Gato Ortiz no comenzó el día que lo presentaron esposado.

La verdadera caída empezó dos años antes, en silencio con dos palabras  que un médico le dijo y que él decidió no escuchar. Aquella primera noche, después de aceptar las dos inyecciones que el viejo amigo del barrio le había ofrecido, el gato Ortiz no se sintió diferente. No al instante,  no esa semana. Pero durante los meses siguientes, mientras los exámenes antidopaje del bicentenario 2010 detectaban en su cuerpo las dos sustancias prohibidas, su organismo estaba absorbiendo algo que iba mucho más allá del músculo y de la

grasa. La oximetolona y la dromostanolona son anabólicos, aumentan masa, queman grasa, mejoran la recuperación, pero administrados sin supervisión médica, sin dosis controlada,  sin descanso entre ciclos, dañan dos órganos principales, el hígado y el sistema endocrino. El 22 de marzo de 2010, dos semanas antes del anuncio público de la suspensión, un médico privado en Monterrey le mostró al Gato  Ortiz los resultados de un estudio que él mismo había solicitado en secreto.

Los marcadores hepáticos estaban disparados, las hormonas completamente alteradas. El médico le dijo con dos palabras que el gato repitió años después dentro del penal de cadereita  una sola advertencia, estás vaciado. No era el cuerpo del portero de la selección mexicana, era el cuerpo de un hombre con riesgo serio de cirrosis y seguía con los anabólicos.

Y le dijo más. le dijo que el daño hormonal ya causado podía traerle en los meses siguientes episodios de cambios bruscos de carácter, impulsividad, decisiones que tomaría sin medir consecuencias. El gato Ortiz salió del consultorio del médico con la hoja del estudio en  la mano. La leyó dos veces dentro de su camioneta estacionada afuera del edificio.

Después la rompió en pedazos y la tiró a un bote de basura del estacionamiento. No le contó a nadie, ni a su pareja, ni a su madre,  ni a los directivos del club. Decidió esa misma tarde no dejar las sustancias. Decidió seguir el ciclo hasta el final. Y dos semanas después, el día que Rayados anunció su positivo en cadena nacional, el gato  Ortiz ya cargaba en el cuerpo un deterioro hormonal que su carrera ya no iba a poder rehacer y un cambio de carácter que el resto de las personas a su alrededor empezaron a notar sin saber a

qué se debía. La gente del gato dejó de reconocerlo durante el  2011. Le decían que estaba más callado, que se enojaba por cosas que antes no le importaban, que tomaba decisiones que no parecían las de él. Su pareja de aquella época lo dejó en octubre de ese año por un cambio que no podía explicar, pero que ya no aguantaba.

Su madre,  en una entrevista años después con un noticiero regiomontano, dijo que su hijo se había muerto un poquito antes de la cárcel y los amigos del medio que lo conocieron en sus mejores años coinciden en lo mismo. El gato Ortiz, que aceptó pasar nombres a una banda de secuestradores, no era exactamente el mismo Gato Ortiz que había debutado en la selección mexicana 10 años antes.

Algo, en algún punto del camino lo había vaciado por dentro. Esa es la pieza que la prensa no contó completa. Lo que el gato perdió en 2010 no fue solamente el sueldo y el lugar en el vestidor. Perdió la salud que sostenía su cuerpo. Perdió el equilibrio hormonal que sostenía sus decisiones y perdió, sin saberlo, la última frontera moral que separa a un hombre suspendido de un colaborador del crimen organizado.

Y la persona que le ofreció esas dos sustancias aquella noche en la trastienda de la cantina, esa persona que técnicamente  nunca tuvo cuentas pendientes con la justicia mexicana, fue el mismo conocido del barrio que tres meses después lo llevó a comer con el contacto de Reyosa. Era  la puerta y el gato no la vio.

Tr meses. Esa fue la distancia entre la inyección que el gato Ortiz aceptó en una cantina y la comida en la que lo reclutaron para señalar víctimas. Tres meses entre la primera puerta y la segunda puerta, y el camino entre las dos lo había abierto la misma persona. Pero esa persona hasta hoy nunca pisó un juzgado.

El proceso contra el Gato Ortiz, una vez consignado, se extendió durante 7 años. La fiscalía pidió desde el principio la pena máxima posible. La defensa intentó varias estrategias. Primero argumentó dopaje retroactivo, después un cuadro de adicción a anabólicos. Después una negociación de testigo protegido. Ninguna prosperó. Los jueces que llevaron el caso, uno tras  otro, mantuvieron al Gato Ortiz bajo prisión preventiva oficiosa dentro del penal de Cadereita.

Cinco cómplices fueron procesados al mismo tiempo. 13 se acogieron a un criterio de oportunidad. Dos se mantuvieron firmes hasta el final junto con el gato. Durante esos 7 años, el gato Ortiz declaró públicamente solo dos veces. Una entrevista breve a un periódico de Monterrey en 2015 y una entrevista ya en prisión a un programa de  televisión nacional en 2018, donde habló frente a una cámara durante 21 minutos sin lágrimas y sin justificaciones.

En esa segunda entrevista, el  Gato Ortiz dijo una frase que iba a quedar grabada en la memoria del fútbol mexicano. Yo no me arrepiento de nada. Quien tenga que cobrarme que me cobre. Quien tenga que perdonarme, que perdone, yo aquí estoy. En esa misma entrevista de 2018, el gato Ortiz pidió casi al final una sola cosa.

Le habló directamente a la cámara, mirando a quien  lo entrevistaba, y le solicitó un favor. le pidió, sin elevar la voz, que averiguara qué había pasado con sus guantes. Los guantes verdes de la selección mexicana, los que estaban dentro de la mochila de gimnasio el día de su detención, los que la prensa había fotografiado encima de la mesa azul en la conferencia del vocero Doménes junto al cuaderno y los sobres.

El periodista  le prometió averiguar lo que descubrió tres meses después y nunca publicó en cámara por una orden interna de su productor fue que esos guantes no estaban dentro de la bodega de evidencias de la procuraduría. Habían desaparecido entre el 7 y el 9 de enero de 2012, es decir,  en las primeras 48 horas posteriores a la detención.

Y según una versión que un agente retirado le contó al periodista años después, los guantes fueron retirados por orden de un superior. Un superior que los entregó en una caja a un coleccionista privado de memerebilie deportiva en la ciudad de México. Esos guantes hoy están colgados, según se sabe, en la pared de un despacho privado en Polanco y nadie en la familia del Gato Ortiz ha vuelto a verlos.

Esa parte le dolió al Gato Ortiz más que la condena. Lo dijo en una llamada por teléfono a su madre desde el penal, según contó después su hermano menor. Le dijo, “Mamá, los guantes me los robaron y eso si no se lo puedo perdonar a nadie.” El 25 de marzo de 2017, mientras el gato Ortiz seguía esperando sentencia firme, ocurrió dentro del  penal de Cadereita un motín que dejó cuatro muertos y 29 heridos.

El motín comenzó en el área común y se extendió a los pabellones de larga estancia. Internos armados con cuchillos hechizos atacaron a otros internos por  viejas cuentas pendientes. Las cámaras del penal se apagaron durante una hora. Cuando volvieron a encenderse, en el patio había cuerpos en el suelo y la guardia estatal estaba entrando por la puerta  principal para retomar el control.

El gato Ortiz quedó atrapado en medio. Recibió tres heridas con arma blanca, una en el costado izquierdo, otra en el antebrazo derecho, otra en la espalda baja. Lo trasladaron de urgencia al área médica del penal,  donde estuvo tres días entre la vida y la muerte. Cuando despertó, según le contó el mismo años después a un capellán que lo visitaba cada semana, lo primero que dijo fue una frase corta,  “Gracias, señor.

” Era la primera vez en su vida que el gato Ortiz invocaba a Dios sin que fuera un dicho. Esa frase repetida en silencio durante el resto de su recuperación fue el inicio del último cambio de su vida. Después del motín, el gato Ortiz se acercó a un grupo de capellanes evangélicos que entraban al penal una vez por semana.

Empezó leyendo la Biblia en grupo, después solo, después subrayándola con un plumón verde. Memorizaba versículos enteros, repetía pasajes durante las horas muertas en su celda. Y al cabo de 6 meses, los propios capellanes le pidieron que dirigiera un grupo de estudio bíblico con otros internos del mismo pabellón. El gato Ortiz aceptó.

Sin estudios formales, sin ordenación oficial, empezó a hablar de Dios delante de secuestradores, sicarios,  ladrones, hombres con condenas más largas que la suya. El portero de la selección mexicana, que 10 años antes atajaba penales para tres equipos de la  Liga MX, terminó atajando almas dentro de un penal de cadereita vestido de uniforme gris, con una Biblia subrayada en plumón verde y con tres cicatrices en el cuerpo que le recordaban cada mañana por qué seguía vivo.

El 8 de enero de 2019, después de 7 años de proceso, un juez penal local de Nuevo León dictó sentencia definitiva contra Omar Ortiz Uribe. 75 años de prisión por tres secuestros agravados, entre ellos el de una persona menor de edad, en el contexto de una asociación deltuosa vinculada a un grupo del crimen organizado del norte mexicano.

La sentencia, sin posibilidad de reducción ni de pago de fianza, cumplirá en la práctica 60 años, que es el máximo legal en el estado. El gato Ortiz escuchó la sentencia sentado  en una silla con un intérprete de señas a un lado por petición de su abogado, aunque él no necesitaba traducción. Cuando el juez terminó de leer, el gato  Ortiz se levantó, miró al juez de frente y le dijo dos palabras.

Gracias, señoría. El abogado de oficio le preguntó después por qué había dicho gracias. El gato Ortiz le respondió con una sola frase que ese abogado todavía hoy repite en sus clases de derecho penal en una Universidad de Monterrey. Le agradecí por terminar. 75 años allá adentro son los mismos  75 años allá adentro. Ya cerramos. Hoy 2026.

Omar Ortiz Uribe tiene 50  años. Lleva 14 años dentro del penal de Cadereita. Vive en una celda compartida con otros tres internos, todos del mismo pabellón evangélico que el mismo ayudó a crear. Despierta a las 5:30 de la mañana, reza durante una hora, trabaja en la cocina del penal, dirige un grupo de estudio bíblico tres veces por semana.

recibe la visita de su madre cada mes y medio cuando ella puede viajar desde Monterrey. Y según el último reporte médico, su condición hepática se ha estabilizado gracias a una dieta estricta y a la abstinencia total de alcohol durante los últimos 10 años. El padre del gato Ortiz murió en 2022 sin haber podido visitarlo. Su madre lo visita cargando una bolsa con un termo de café y dos panés de la panadería del barrio.

Sus hermanos lo fueron abandonando uno por uno. La pareja de aquella época nunca regresó y los compañeros del fútbol mexicano,  los que jugaron con él en Rayados, Necaxa, Jaguares, Atlante, Celaya, lo evitaron durante años hasta que ya nadie volvió a mencionarlo en una entrevista. El nombre del gato Ortiz desapareció del medio del fútbol  mexicano de la misma manera silenciosa en que apareció una tarde de mayo de 2002 frente a Guatemala con unos guantes nuevos y una sonrisa que ya no podía  repetir. Pero hay una última cosa que

casi nadie sabe. Algo que la prensa nunca preguntó, algo que la propia Gloria Trevi, según le contó a una amiga en privado, sigue rumeando hasta hoy en 2026. 8 años después del secuestro de Armando Gómez, el gato Ortiz le escribió a la cantante una carta, tres páginas a mano con letra apretada en una hoja de cuaderno arrancada de un estudio bíblico.

La carta llegó a Gloria Trevia a través de una capellana que entraba a Cadereita. La capellana se la entregó en mano en una casa privada de la Ciudad de México durante una visita pastoral. En la carta, el gato Ortiz  pedía perdón. No alegaba inocencia, no buscaba reducción de pena, solo le explicaba a la cantante  con sus propias palabras por qué había aceptado pasar la información de su esposo aquella tarde de septiembre de  2011.

Gloria Trevi nunca contestó esa carta. La guardó,  la leyó una sola vez y al terminar de leerla, según le contó después a una persona cercana, sintió una mezcla de emociones que no pudo poner en palabras: rabia,  compasión, asco, pena, miedo. No quiso hacer de ella un espectáculo público,  no quiso convertirla en titulares.

Decidió guardarla en una caja junto con otros documentos privados de aquella época  y seguir adelante con su vida y con la de sus hijos. La carta sigue ahí, sin destinatario,  sin contestación, sin justicia, como tantas otras piezas de esta historia. Aquí termina la historia de Omar Ortiz Uribe, el portero al que llamaron el felino, el que atajó frente  a Guatemala con la playera verde de México, el que cayó por un par de inyecciones aceptadas en la trastienda de una cantina, el que terminó señalando a desconocidos para

que una banda se los llevara. 75 años de prisión, 14 ya cumplidos, 61 por delante. Una playera verde guardada en una casa de Monterrey, dentro de una caja de madera, junto a una fotografía del estadio azteca que su madre se niega a quitar. Pero no termina la lección porque la historia del Gato Ortiz no es solamente la historia de un portero que cayó.

Es la historia del hombre mexicano de barrio que llega a la cima con las manos veloces y el cuerpo entrenado, pero que nunca aprendió a leer un contrato, ni a decir que no a un viejo amigo, ni a entender que la suspensión de 2 años no era una pausa, era el principio del final.

Es la historia de los miles de muchachos que entran cada año a las fuerzas básicas de un club profesional  creyendo que el talento alcanza, cuando lo que alcanza en realidad es la cabeza. La cabeza para entender quién se acerca a tu vida en el momento exacto en que estás más débil. La cabeza para entender que una inyección aceptada en una cantina  puede convertirse 2 años después en una condena de 75 años.

La cabeza para entender que cuando un hombre pierde la disciplina del trabajo diario, lo primero que pierde es el respeto por sí mismo. Y cuando un hombre pierde el respeto por sí mismo, está a un paso de aceptar cualquier cosa con tal de seguir sintiendo que importa. Si esta historia te hizo pensar en alguien, en un hijo que se rodeó de la gente equivocada, en un hermano que dejó de contestar las llamadas, en un padre que aceptó un favor de un viejo amigo y nunca volvió a ser el mismo, en un viejo  compañero de equipo que un día

apareció en la primera plana. Llámalo hoy, no mañana, hoy. Porque las decisiones que llevan a un hombre del Estadio Azteca a un penal de Cadereitan no se toman  en un día, se toman en muchos días pequeños, en silencio, sin que nadie lo note. Y todavía hay días para evitar las próximas.

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