nueve balazos, uno tras otro, a quemarropa en la caja de una camioneta que iba a 70 por hora, levantando polvo en una brecha de Tamaulipas y siguió respirando. Su hermano en el suelo, boca abajo sin moverse. Nueve hombres disparando desde un retén falso, vestidos de aduanales con escopetas recortadas y él arriba recibiendo todo el plomo que aguantó un cuerpo.
Lo dejaron por muerto. No murió. Esa fue la primera pregunta. La segunda vino después. Su apellido era del fierro. En Tamaulipas decían una frase, en las cantinas, en los velorios, si quieres hacerte famoso, mata a un del fierro. Y los mataron uno por uno, cuatro generaciones, 11 tumbas, en un panteón chiquito junto a la carretera 120.
Ricardo era el más buscado de todos, el que iba al frente, el que había recibido nueve balazos y aguantó. Pero después de aquella brecha, los enemigos no volvieron por él ni una vez. Pasaron los años, pasaron las décadas y nadie se le acercó. ¿Por qué? ¿Por qué dejaron vivo justo al que más querían matar? Esa pregunta tiene una respuesta y la respuesta cambia toda esta historia.
Ramón Ayala grabó el corrido en el 75, letra de Reinaldo Martínez el gallero, y dice así: “Iriendo a Erónia Ricardo con balas de metralleta. No más eso. Dos versos y se acabó. Lo que el corrido no contó es lo que ese hombre hizo cuando despertó en el hospital con balas todavía adentro. Si en su familia hay alguien que se quedó parado cuando a los demás se los llevó la vida, quédese hoy. Va a oír cómo se carga eso.
60 años seguidos. Sin quejarse una sola vez. 11 de la mañana. Sol pegando en el cofre. Una camioneta sale de matamoros rumbo a Valle hermoso. Al volante Aarón sobrino, veinti pocos años. En la caja, dos hermanos, Daniel y Ricardo del Fierro. Las dos pistolas debajo del asiento. Hacía meses que no salían sin ellas. Hacía meses que dormían con un ojo abierto.
Esa mañana Pachita los vio salir desde el portal, se persignó, se metió a la cocina y no dijo nada. Iba a contar después que esa mañana se le había revuelto el estómago al verlos partir, pero no los detuvo. Esa cosa que a uno se le revuelve y uno se calla, nunca se le perdona. La brecha se llamaba Las ycas, kmetro 120, un camino que conocían desde niños.
En el 120 había nueve hombres parados, uniforme de aduan, una varilla de retén, demasiada calma. Usted sabe cuando algo no encaja y el cuerpo se lo dice antes que la cabeza. Aarón pisó el freno, miró los rostros, no eran aduanales, lo supo en el segundo en que pisó el freno y en el segundo siguiente pisó el acelerador a fondo.
La camioneta saltó. Daniel iba parado en la caja, apoyado en la cabina. El brincazo lo lanzó, cayó al suelo en medio del polvo, trató de incorporarse, la mano buscando el cinto. No alcanzó. Las nueve escopetas se abrieron al mismo tiempo. Lo dejaron con el sombrero un metro más allá del cuerpo. Ricardo iba todavía arriba, agarrado de un costado.
Cuando voltearon las escopetas hacia él, no se tiró al piso. Se quedó parado. Le entraron nueve, uno en el hombro, uno en el brazo, uno cerca del cuello, el resto en el tronco. La pistola que iba sacando se le cayó al piso de la caja. Después diría una frase que quedó para siempre. Me la tumbaron de la mano. Aarón no soltó la rueda con la sangre escurriéndole por el brazo izquierdo.

Metió cambio y se fueron. Los nueve hombres no lo siguieron. ¿Para qué? Daniel ya estaba en el suelo y Ricardo no iba a llegar al hospital. Eso pensaron ellos. Aquí empieza la pregunta. ¿Por qué no terminaron el trabajo? Tenían a Ricardo a 3 m desangrándose sin pistola en la mano. Un balazo más y se acababa todo.
No lo dieron. Acuérdese de esto. Llegó respirando. Apenas los médicos de Matamoros le sacaron las que pudieron. Lo cosieron donde se podía coser. Algunas balas se quedaron adentro donde nadie se atrevió a meter el visturí. Pachita llegó esa misma tarde, 20 años, casada con él desde los 15. Antes de entrar al hospital se detuvo en la capilla del corredor una Virgen de Guadalupe chiquita, con una veladora roja a los pies.
Pachita seincó y no rezó con palabras. Le dijo a la Virgen lo que llevaba revuelto adentro, sin sacarlo en voz. ¿Cómo sabe rezar la gente que ya no encuentra palabras? Cuando se levantó, una enfermera le entregó una bolsa. Adentro iba la ropa que le habían quitado a Ricardo para meterlo a cirugía. Pachita la abrió en el pasillo, la camisa hecha girones, el cinto partido y el sombrero, un sombrero color hueso, tieso, manchado, con un agujero del lado derecho por donde una bala pasó silvando.
Pachita se quedó mirando el agujero sin llorar. Ya había aprendido a no llorar enfrente de la gente. Lo dobló. lo guardó en su bolso y se sentó a esperar. Eran 5 años de casada, 5 años de mirar la brecha desde el portal cada vez que él se iba. 5 años pidiéndole a Dios que se lo regresara una vez más. Esa tarde Dios se lo regresó por los pelos, pero a Daniel no.
A los 15 años nadie se casa sabiendo. Pachita tampoco. Su papá tenía una tortillería en Matamoros, calle 10 con González. Y un muchachón de 18 pasaba todas las tardes, compraba lo mismo, la miraba 2 segundos y se iba 4 meses así. Después la pidió. El papá dijo que mejor la mandara a estudiar. Pachita dijo que no.
Amor a primera vista. Eso es lo que ella cuenta hoy. En esos meses ella no sabía algo. Que ese muchacho con sombrero color hueso cargaba un apellido que llevaba escrito en sangre. lo supo en el rancho. Una tarde llegó un primo a conocerla. Se rió desde la puerta. Ricardo, ¿por qué te trajiste una niña? Y luego, más bajo, a la suegra.
No se cuente con los del fierro, traen mucho peligro. Que Dios los guarde. Pachita oyó la frase desde la cocina. Esa noche le preguntó, “Ricardo, ¿qué quiso decir tu primo?” Ricardo no contestó luego luego estaba comiendo. Después dejó el plato. Que no me sigas a todas partes. ¿Por qué? Porque a mí me buscan. ¿Quién? Mucha gente.
Pachita lo miró. 15 años. 4 meses de casados. ¿Y si te encuentran? Ricardo se levantó de la mesa. Por eso me trajeron a este rancho de chamaco. ¿Y eso qué tiene? Que ya no es la primera vez. Que esperan aún del fierro. Esa noche Pachita no durmió. Sacó un escapulario de su maleta, se lo puso y no se lo quitó nunca más.
Al día siguiente, la suegra la llevó al panteón de la piedra. Caminaron por una brecha, Pachita con su reboso. La suegra adelante, llegaron a un cerco de palos. Adentro había siete cruces. La suegra fue diciendo los nombres. Rolando, 1930, Blanca 30 y 4. Héctor 48. Eleazar 50, Baldomero 52, Emma 54, Procopio 55. A Procopio el corrido, le diría Bernardo después, pero su nombre era Procopio y ahí estaba enterrado.
Pachita las juntó siete y eranás los que cabían en ese cerco. Suegra, mande, hija, ¿por qué los mataron a todos? La suegra se persignó despacio, porque alguien empezó y nadie supo cuándo parar. Que el Señor los tenga en su gloria. Pachita se quedó mirando las cruces, pensando en el sombrero color hueso que esa mañana había dejado colgado en el portal del rancho, pensando si algún día ese sombrero iba a colgar de una de esas cruces.
¿Usted ha pensado eso alguna vez? ¿En cuál de las cruces va a ir su nombre? ¿Y en cuál va a ir el del hombre que usted quiere? Pachita lo pensó a los 15 y se le quedó pensándolo 40 años. En septiembre del 67 pasó algo, algo que cambió las reglas. Una noche llegaron unos hombres a la casa de Amparo del Fierro, tía de Daniel y Ricardo.
Soltaron ráfagas de escopeta contra las ventanas sin gritar nada, sin preguntar por nadie. Amparo y su hija quedaron heridas, cubiertas de perdigones, vivas de milagro. Esa noche Ricardo entendió. En el mundo de los pistoleros había una línea, una línea vieja. A las mujeres no se les tocaba, a los niños no.
A los viejos tampoco. Esa noche alguien cruzó la línea. Daniel salió a buscarlos. Se metió en una balacera en pleno matamoros. El 17 de septiembre lo detuvieron. Pasó 15 días preso, salió y supo que ya no había vuelta atrás. Ricardo lo recogió a la salida del separo, lo abrazó. Ya nos marcaron, hermano. Daniel asintió sin contestar.
Subieron a la camioneta y se fueron al rancho. Faltaban 21 meses para las yescas. Defender a las mujeres de la familia fue lo que los puso en la mira final. Hicieron lo que tenían que hacer y por hacerlo los empezaron a cazar. Después de las yescas, Ricardo salió del hospital cojeando balas adentro, una pierna sin sensibilidad, un brazo que no levantaba la pistola.
Pachita le ayudó a subir al cuarto del rancho. Lo sentó en la cama. En la pared había una imagen de la Virgen de Guadalupe con una veladora encendida abajo. La había encendido Pachita el día que se lo llevaron. No la apagó hasta que él volvió. le puso enfrente el sombrero color hueso, limpio, sin sangre, con el agujero remendado por una mano cuidadosa.
Ricardo lo agarró, le pasó el dedo por la costura y no dijo nada. ¿Quieres comer? No tengo hambre. Pues come. Pachita le puso un plato enfrente. Hay mujeres que aprenden a estar como está el aire en un cuarto sin que se note. Pero que si se van, uno se ahoga. Esa noche Ricardo durmió mal, sudando, hablando entre sueños, decía un nombre, Daniel.
Y a veces se sentaba de golpe en la cama buscando una pistola que no estaba ahí. Pachita le ponía la mano en el pecho. Aquí estás, viejo. Y él se volvía a acostar. 56 años después, un reportero le iba a preguntar por aquellas noches. Don Ricardo iba a contestar despacio. Yo recuerdo en los sueños todo eso. Nunca se nos borra.
Nunca. 56 años y los nueve balazos siguen entrando una vez por noche. Una madrugada, Pachita se levantó antes que él, fue a la cocina, se sentó en la silla del rincón y por primera vez desde las yescas lloró sin hacer ruido con las dos manos en la cara. Esa mañana ella lo había sabido. Esa mañana de junio cuando vio salir la camioneta y se le revolvió el estómago.
Lo había sabido y no le había dicho nada. ¿Qué le iba a decir? ¿Que no fuera que la Virgen le había puesto un nudo en la panza, que las mujeres sienten lo que los hombres no quieren oír? Él se hubiera reído y Daniel también. Así que se cayó y Daniel se quedó en la brecha. Pachita nunca le contó esto a Ricardo, ni a su madre, ni al cura, ni a una sola persona.
Es de esas cosas que una se guarda hasta que se muere con ellas. Diciembre del 69. Apenas se meses después de las yescas, Erón del Fierro, sobrino, 19 años, había visto a uno de los que dispararon en la brecha. Lo había reconocido en una cantina de valle hermoso. El otro se enteró y no esperó. Lo casó primero.
A las 8 de la noche del 28 de diciembre, Erón recibió siete balazos en plena calle. A Ricardo le tocó ir a recogerlo. Llegó al rancho esa tarde con la camisa manchada. Pachita lo vio desde la ventana. No salió a recibirlo. Se quedó parada frente a la Virgen con el escapulario apretado en la mano. Hay nervios que no se acostumbran, pero que aprenden a guardarse.
En junio del 71 mataron a Reinaldo, hermano, 33 años. Carretera a Ciudad Victoria, rancho Caballo Blanco. Lo emboscaron también. 10. Iban 10 tumbas en la piedra y Ricardo seguía vivo. Y la pregunta seguía ahí. A todos los demás los buscaron, a él no. ¿Por qué? Una mañana de aquellos años, Ricardo se sentó en el portal con un café.
Tenía el sombrero color hueso en las rodillas. Lo miró un rato largo. Pachita salió, se sentó al lado sin preguntar. Ricardo habló sin voltear. Si voy a Matamoros, mañana hay otro velorio. Y si no vas también, pero quizá no es mío. Pachita no contestó. Ricardo se quedó mirando el patio. Mis hermanos cobraron. Lo sé. Y los mataron a todos. Lo sé.
Si yo cobro, me toca a mí. Y si no cobras. Ricardo dejó el sombrero en la silla. No sé, pero quizás rompo algo. Pachita le puso la mano encima de la de él. Que Dios lo cobre por ti. Ricardo la miró. Y si no lo cobra, pues entonces no se cobra y ya. Ricardo agachó la cabeza. Esa fue toda la conversación. Ricardo no salió a buscar a nadie, ni esa semana, ni el mes siguiente, ni el año siguiente.
Se metió al rancho, al ganado, al maíz, a vender la cosecha en Río Bravo. Cambió la pistola del cinto por una libreta de cuentas. Sus hermanos muertos no podían enojarse, pero la gente sí. Hubo quien le mandó recados, que un delfierro no se rajaba, que la sangre se cobraba, que el panteón estaba esperándolo. Ricardo recibía los recados, los oía y seguía con su día.
Un primo lejano llegó al rancho. Compadre, ¿de veras va a dejar las cosas así? Ricardo le sirvió café. Así están las cosas. Mataron a su hermano. Lo sé. Y Ricardo lo miró. Y mataron a 11. Si yo voy, serán 12, pero será hombre. Ricardo bajó la mirada. No voy a estar muerto. El primo se fue sin terminar el café.
Y aquí está la respuesta a la pregunta. ¿Por qué los enemigos no volvieron por él? Porque al no cobrar, Ricardo se salió del juego. Un hombre que cobra, sigue siendo enemigo. Un hombre que guarda el cinto y se mete al maíz, ya no le sirve a nadie, ni a sus hermanos, ni a sus enemigos. cuatro generaciones de delfierros cobrando.
Y él fue el primero que dijo, “Aquí se queda.” Pasaron los años, tuvieron hijos, los hijos tuvieron nietos. Una tarde una hija ya casada llegó al rancho. Traía una pregunta. Apa, ¿por qué nos buscaban tanto? Don Ricardo la miró. Porque hace mucho tu bisabuelo agarró un camino y los hijos lo siguieron y los nietos también.
Y nosotros, ustedes no. ¿Por qué, don Ricardo agachó la cabeza? porque ya no había a quien seguir. La hija no entendió en ese momento. Don Ricardo le tomó la mano. Hija, tu tío Daniel está en la piedra. Tu tío Reinaldo también. Tu primo Herón, tu tío Procopio pausó. Yo no quise que tú me visitaras ahí. La hija agachó la cabeza.
Sus hijos no son pistoleros. Sus nietos tampoco. La dinastía se acabó por la decisión de un hombre solo, sentado en un portal con un sombrero color hueso en las rodillas. Las décadas pasaron y la frontera fue cambiando. Llegaron nuevos pistoleros de otros estados con otras reglas o sin reglas. Empezaron a matar al paletero de la esquina, al muchachito a la salida de la escuela, a la mujer en su casa.
Don Ricardo lo veía en el periódico y se quedaba callado. Una tarde, Pachita le sirvió el café. ¿Qué piensa, viejo? Don Ricardo dobló el periódico. En mi tiempo, si uno iba a matar a un hombre y el hombre llevaba a un niño, uno no disparaba. Aunque fuera tu peor enemigo, aunque fuera. Pachita lo miró.
Y hoy, don Ricardo se quedó callado un rato. Hoy te pegan una bala porque sí. Y ahí quedamos. Pachita le acomodó el café. Por eso se quedó usted, viejo. Por eso, porque usted todavía sabe cuándo no disparar. Don Ricardo no contestó. se quedó pensando un rato largo. Luego miró la imagen de la Virgen en la pared y se persignó por primera vez en mucho tiempo.
Una tarde del 2020, una camioneta llegó a Matamoros. Bajó un señor de 80 y tantos con sombrero color hueso. El mismo, el del agujero remendado. Pachita iba a su lado, tomada del brazo, pequeñita con el reboso encima. 56 años después de aquellos 4 meses de novios, seguían caminando juntos. Iban a un funeral de alguien de la familia, de los pocos que quedaban.
Un reportero los paró en la calle. Don Ricardo, ¿cómo le hicieron para aguantar tantos años? Doña Pachita se rió bajito. Ya no más que él me cuide. Y yo lo cuide. Don Ricardo la miró. Le acomodó el reboso. Eso es todo lo que hacemos. El reportero le preguntó por los corridos, por la dinastía. Don Ricardo se quedó pensando, “Esa historia ya quedó escrita.
¿Y qué les diría a los muchachos de hoy?” Don Ricardo lo miró. Que aprendan cuándo no disparar. Pausó. Eso es lo único que queda. Doña Pachita asintió con el reboso y siguieron caminando hacia el panteón, donde estaban Daniel, Reinaldo, Herón, Procopio, Eleazar y todos los que el corrido alcanzó a nombrar y los que no. Don Ricardo se quitó el sombrero al entrar.
Doña Pachita le apretó el brazo, sacó el escapulario de su reboso, lo apretó y se quedaron parados un rato. 11 cruces en la piedra y una silla en un portal del rancho del Golfo que todavía no se vacía. Don Ricardo se sienta ahí cada tarde con el sombrero color hueso colgado a un lado. Doña Pachita le hace el café. En la pared sigue la Virgen con la veladora prendida.
Los del fierro cobraron. Él guardó. Por eso es el único que sigue ahí. Y por eso las balas estaban mal dadas o dadas justas para que alguien quedara, para que alguien le dijera a sus hijos que la sangre se puede parar. Si uno se atreve. Ricardo aguantó nueve balazos y se levantó. Otro hombre del norte recibió uno solo por la espalda y no se volvió a levantar nunca.
Se llamaba Chito Cano. En pantalla le dejo lo que cargó. 39 años sin poder caminar. M.