RITA HAYWORTH: La Mujer Más Deseada del Mundo Fue Traicionada por Su Propia Familia

RITA HAYWORTH: La Mujer Más Deseada del Mundo Fue Traicionada por Su Propia Familia

fue la mujer más deseada del planeta. Su imagen decoró una bomba atómica, pero desde los 12 años su propio padre abusaba de ella y eso fue solo el principio. Su nombre era Margarita Carmen Cansino y lo que Hollywood le hizo fue un crimen que nunca nadie pagó. Esta es la investigación que la industria del cine enterró durante décadas.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que cambian todo lo que creías saber sobre Rita Hayworth. Primero, el proceso de transformación física al que la sometieron durante dos años. Un procedimiento tan brutal que la mayoría de las mujeres lo abandonaban por el dolor. Te voy a explicar exactamente qué le hicieron y por qué.

Segundo, la grabación de radio donde Orson Wells anuncia algo sobre una bomba atómica y su hija que el sangre de Rita para siempre. Las palabras exactas que pronunció ese día. Tercero, una foto de su última aparición pública que muestra lo que 3000 personas vieron y ninguna quiso reconocer. La imagen que su familia intentó borrar de la historia.

Y cuarto, las palabras exactas que su hija Yasmín pronunció sobre las dos décadas de infierno que vivieron antes de que los médicos finalmente entendieran lo que estaba pasando. Un testimonio que te va a partir el alma. Te voy a avisar cuando llegue cada una. Si te vas antes del final, te pierdes la parte que su familia más ha intentado olvidar.

Todo empieza en Brooklyn, Nueva York, el 17 de octubre de 1918. Ese día nació una niña en el seno de una familia de bailarines. Su padre era Eduardo Cansino, un hombre nacido en Castilleja de la Cuesta, un pequeño pueblo cerca de Sevilla, España, descendiente de una familia sefardí que había convertido el flamenco en su forma de vida.

El abuelo de la niña, Antonio Cansino, había sido una celebridad del baile español. Abrió academias en Sevilla y en Madrid. Tocaba la guitarra para los más célebres artistas flamencos de su época. Eduardo siguió sus pasos. Junto a su hermana Elisa, formó un dúo llamado The Dancing Cansinos. Cruzaron el océano buscando fortuna en América.

La madre de la niña era Volga Heyworth, una corista estadounidense de origen irlandés e inglés que había trabajado en los famosos Thickfeld Fies de Broadway. Era hermosa, era talentosa y moriría a los 47 años completamente destruida por el alcohol. La niña que nació ese día de octubre recibió el nombre de Margarita Carmen Cansino. Nadie sabía que estaban presenciando el nacimiento de la que sería llamada la diosa del amor.

Tampoco sabían el infierno que le esperaba. A los 3 años, Margarita recibió su primera lección de baile de manos de su abuelo Antonio. Era tan pequeña que apenas podía mantenerse de pie, pero la pusieron a bailar de todas formas. A los 6 años, su padre tomó una decisión que marcaría su vida para siempre. la sacó del colegio.

No importaba que fuera una niña, no importaba que necesitara educación, no importaba que quisiera jugar con otros niños. Eduardo Cansino tenía un plan para su hija y ese plan no incluía la escuela. Desde que pude mantenerme en pie con 3 años, recibí clases de baile, recordaría ella décadas después. Ensayar, ensayar y ensayar.

Esa fue mi adolescencia. A los 12 años, Margarita ya era la pareja profesional de su padre en el escenario. De dancing, cansinos habían renacido. Pero esta vez el dúo no estaba formado por hermanos, estaba formado por un padre y su hija. Y aquí es donde la historia se vuelve oscura. Eduardo vestía a Margarita de mujer adulta, la maquillaba, le ponía tacones altos, le ajustaba vestidos que no correspondían a su edad y la presentaba ante el mundo no como su hija, como su esposa.

En los clubes nocturnos de Tijuana, México, donde los estadounidenses cruzaban la frontera para beber durante la ley seca, nadie cuestionaba la historia. Veían a una pareja de bailarines españoles elegantes, apasionados, exóticos. No veían a un padre explotando a su hija menor de edad. Y en esos clubes, en esas noches interminables de humo y alcohol y música, Eduardo Cansino comenzó a hacer algo imperdonable.

comenzó a violar a su propia hija. No fue una vez, no fue un accidente. Fue sistemático, fue constante. Fue durante años. le prohibía llamarle padre en público, la presentaba como su pareja sentimental y la ofrecía a productores de Hollywood que visitaban Tijuana, prometiéndoles que podían conocerla mejor a cambio de papeles en el cine.

Eduardo controlaba cada aspecto de su vida. Cuánto comía, cuántas horas dormía, con quién hablaba, a dónde iba. La hacía ensayar hasta el agotamiento, horas y horas de práctica, hasta que sus pies sangraban, hasta que apenas podía mantenerse de pie. Y cuando terminaban los ensayos, venía a lo otro, lo imperdonable. Margarita no tenía escapatoria, no tenía educación, no tenía dinero propio, no tenía a nadie a quien acudir.

Su madre, Volga estaba sumida en el alcoholismo. Sus hermanos, Eduardo y Bernon, eran demasiado pequeños. No había nadie que la protegiera y el hombre que debía protegerla era precisamente quien la destruía. Guarda este detalle del padre. Vas a entender después por qué cada hombre que entró en la vida de Rita Heyworth repitió exactamente el mismo patrón de control, explotación y abuso.

A los 16 años, Margarita empezó a llamar la atención de los ejecutivos de Hollywood. Su belleza era innegable, su talento para el baile extraordinario. Winfield Shian, jefe de producción de la Fox, la vio actuar en un club nocturno y quedó fascinado. La describió como tímida en grado superlativo, pero vio potencial.

le consiguió un contrato, pequeños papeles, películas de serie B, secuencias de baile donde nadie recordaría su nombre. Pero para Margarita era una oportunidad, una posible salida del infierno en el que vivía. A los 18 años encontró lo que creyó que era su salvación. Un hombre llamado Edward Judson apareció en su vida. Era vendedor de coches.

Tenía 41 años, más del doble de su edad. Era un habitual de la vida nocturna de los ángeles y vio en Margarita exactamente lo que su padre había visto. Una inversión. Ella se casó con él para escapar de Eduardo Cansino, para escapar de las violaciones, para escapar de la explotación, pero había saltado de un infierno a otro.

Jodson no la amaba, nunca la amó. La veía como un producto con potencial y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para maximizar ese potencial. Sus padres se opusieron al matrimonio. Cuando finalmente se reencontraron con Judson después de la boda, lo agredieron físicamente. Sabían lo que era, sabían lo que iba a hacer, pero ya era demasiado tarde y Judson tenía planes muy específicos para su joven esposa.

Atención, porque aquí llega la primera de las cuatro cosas que casi nadie se atreve a contar sobre Rita Hayworth. Lo primero que Judson cambió fue el nombre. Cansino sonaba demasiado español para Hollywood, demasiado mediterráneo, demasiado extranjero. En la industria del cine de los años 30, lo étnico no vendía, así que le quitaron el apellido de su padre y le pusieron el de su madre con una letra añadida.

Heworth, en lugar de Howorth, el diminutivo de Margarita se convirtió en su nombre de pila. Rita, Margarita Carmen Cansino, dejó de existir. En su lugar nació un producto llamado Rita Heyworth, pero el nombre fue solo el principio. Para convertirla en una estrella vendible, la sometieron a un proceso de transformación física que duró 2 años.

Dos años de tortura sistemática. Primero, electrólisis. ¿Sabes lo que es la electrólisis? Es un procedimiento donde insertan una aguja en cada folículo piloso individual y lo destruyen con corriente eléctrica. Uno por uno, cientos de veces, miles de veces. A Rita le hicieron esto durante dos años enteros. El objetivo era retrasar la línea del nacimiento de su cabello, ampliar su frente, hacerla ver menos mediterránea.

El dolor era tan intenso que la mayoría de las mujeres abandonaban el tratamiento después de pocas sesiones. Rita no podía abandonar. Judson no la dejaba. Sesión tras sesión, aguja tras aguja, folículo tras folículo. Durante 2 años cada sesión duraba horas. El dolor era constante. La piel se inflamaba, se infectaba, sanaba y volvían a empezar.

Imagina ese dolor. Imagina tener que soportarlo sabiendo que la persona que te obliga a hacerlo es tu esposo, la persona que supuestamente te ama, la persona que prometió cuidarte. Segundo, le tiñeron el cabello. Su pelo era negro a zabache, hermoso, natural, mediterráneo. Lo tiñeron de rojo llameante.

Un color que no existía en la naturaleza, un color que gritaba americana en lugar de española. A lo largo de su carrera, Rita Hayworth tuvo ocho colores de cabello diferentes. Nunca volvió a usar su color natural. Tercero, le extrajeron varias muelas. Sí, le sacaron dientes para afinar su rostro, para hacerlo más anguloso, más anglosajón.

Cuarto, la sometieron a dietas extremas, regímenes alimenticios brutales para moldear su figura según los estándares de Hollywood. Y lo más perturbador de todo es que las revistas de la época no ocultaban esta transformación. Al contrario, la celebraban. Publicaban fotos del antes y después como si fuera un logro, como si fuera una historia de éxito.

La latina fea que se había convertido en una estrella americana gracias a la magia de Hollywood. Nadie preguntó si ella quería esos cambios. Nadie preguntó si le dolía. Nadie preguntó si estaba de acuerdo. Nadie le preguntaba nada a Rita Heyworth, nunca. A lo mejor tú también conoces esa sensación, que otros decidan por ti cómo debes verte, cómo debes actuar, quién debes ser.

Rita la conoció toda su vida. Judson tampoco se detuvo ahí. La llevaba a clubes nocturnos para exhibirla como un trofeo. Pagaba a fotógrafos. para que le tomaran fotos y las publicaran en revistas. Fabricaba premios falsos para aumentar su perfil y cuando todo eso no era suficiente, hacía exactamente lo que Eduardo Cansino había hecho antes.

La ofrecía sexualmente a productores de Hollywood que pudieran avanzar su carrera. Años después, Rita lo diría con una claridad devastadora. Yo me casé por amor, pero para él fue una inversión. Él me ayudó con mi carrera, pero también se ayudó a sí mismo con mi dinero. Se divorciaron en 1942. El matrimonio había durado 5 años.

Rita quedó económicamente devastada. Judson se había quedado con todo, pero para entonces ella ya era una estrella. Harry Con, el todopoderoso jefe de Columbia Pictures, la había contratado y se había obsesionado con ella de una manera que rozaba lo patológico. Columbia era entonces un estudio menor. No tenía el prestigio de la MGM o de Paramount.

Su único defecto era que no poseía estrellas contratadas de manera exclusiva. Rita Heyworth cambió eso. Con vio en ella lo que todos veían. Belleza extraordinaria, talento para el baile, una presencia magnética en pantalla. Pero también vio algo más. Vio a alguien a quien podía controlar. Tenía micrófonos instalados en su camerino. No quería que saliera con nadie.

No quería que tuviera amigos, no quería que tomara decisiones por sí misma. La propia Rita lo describió años después. Cada día de mi vida así era. Estaba bajo contrato exclusivo, como si fueran mis dueños. Creo que tenía micrófonos en mi camerino. Era muy posesivo como persona conmigo.

No quería que saliera con nadie, que tuviera amigos. Nadie puede vivir de esa manera. Así que luché contra él. ¿Quieres saber qué pensaba de Harry Con? Era un monstruo. Harry Con pensaba en mí como una de las personas a las que podía explotar y ganar mucho dinero. Y yo gané mucho dinero para él, pero no mucho para mí. Con la castigaba cuando no obedecía, la suspendía sin sueldo, le asignaba películas malas, la humillaba delante de otros ejecutivos.

Cuando Rita se negaba a hacer una película que consideraba indigna, Con la amenazaba con destruir su carrera y cuando eso no funcionaba, la seducía con promesas de mejores papeles. Era un ciclo interminable de abuso y manipulación. El mismo ciclo que había vivido con su padre, el mismo ciclo que viviría con sus esposos.

Frank Sinatra, que conocía bien la industria, lo resumió en una frase: “Rita Heyworth es la Columbia. Era la estrella más grande del estudio, la que llenaba las salas de cine, la que generaba millones y no tenía control sobre nada. Pero lo peor aún no había empezado. En 1941, unos meses antes del ataque a Pearl Harbor, la revista Life publicó una fotografía que cambiaría la historia del cine.

Rita Heyworth, arrodillada en una cama con sábanas de satén, vistiendo un camisón de encaje blanco y negro, mirando directamente a la cámara con una mezcla de inocencia y sensualidad que nadie había capturado antes. Tenía 22 años. era hermosa, de una manera que las palabras no pueden describir. Y había algo en sus ojos, una tristeza, una vulnerabilidad, algo que hacía que los hombres quisieran protegerla y poseerla al mismo tiempo.

El fotógrafo Bob Landry la había tomado por accidente. Su flash era demasiado brillante. El reflejo creó una silueta negra detrás de ella que añadía misterio a la imagen. Landry pensó en descartarla, pero algo en esa imperfección le llamó la atención. La envió a la revista. 4 meses después, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial y los soldados que partían al frente se llevaron esa fotografía consigo.

Se convirtió en la imagen del hogar. de lo que dejaban atrás, de lo que esperaban encontrar al volver. Se vendieron más de 5 millones de copias. 5 millones. La Marina de Estados Unidos la nombró la pelirroja con la que más nos gustaría naufragar. Solo Betty Gravel, con su famosa foto en traje de baño, vendió más.

Rita Hayworth se había convertido en la novia de América y entonces llegó Hilda. 1946, el papel que la definiría para siempre, el personaje del que nunca podría escapar. Gilda era una mujer fatal, seductora, peligrosa, irresistible. Y había una escena, una sola escena. que cambiaría la historia del cine para siempre.

Rita, con un vestido negro de satén diseñado por Jean Lewis cantando Put the Blame on Maim y quitándose lentamente un guante largo de satén negro. Eso fue todo. Un guante. Ni siquiera se quitó la ropa, pero fue considerado casi pornográfico. Fue censurado en varios países, incluyendo en España, bajo el régimen de Franco.

Provocó debates sobre moralidad y decencia en todo el mundo. Jean Louis, el diseñador, ni siquiera pensó que ese vestido pasaría a la historia. había apostado por otros diseños más llamativos para la película, pero ese guante, ese simple gesto, esos pocos segundos convirtieron a Rita Heyworth en un mito. Existe una leyenda urbana que dice que una copia de la película Gilda fue enterrada en una caja de acero en la cordillera de los Andes para preservarla en caso de un ataque nuclear para que sobreviviera al fin del mundo.

No importa si es verdad o no, lo que importa es que la gente lo creyó posible. Eso era Gilda, algo que valía la pena preservar para la eternidad. Nunca hubo una mujer como Hilda”, proclamaba la publicidad de la película. Y era verdad, Hilda no existía. Era una fantasía, un personaje creado por hombres para satisfacer las fantasías de otros hombres.

Pero el mundo confundió a Gilda con Rita y Rita quedó atrapada en esa confusión para siempre. Ella misma lo expresó con las palabras más tristes que jamás pronunció una estrella de Hollywood. Los hombres se van a la cama con Gilda, pero se despiertan conmigo. Piensa en esa frase un momento. Piensa en lo que significa despertar cada día, sabiendo que la persona que el mundo adora no eres tú, que el amor que recibes no es para ti, que eres invisible dentro de tu propia fama.

Y había algo más sobre Gilda, algo que Rita nunca pudo perdonar. Ella no cantó en esa película ni en casi ninguna de sus películas musicales. La voz que escuchas en Pot the Blame on Mame no es de Rita Hayworth, es de una cantante llamada Anita Elis, que fue contratada para doblarla. Rita le rogó al estudio que la dejara cantar, que le dieran clases, que le dieran una oportunidad.

Harry Con se negó. Quería la imagen, no el talento. Quería el producto, no a la persona. Rita se avergonzaba tanto de no poder cantar que cuando hacía shows para las tropas estadounidenses durante la guerra se negaba a cantar. No quería que los soldados descubrieran que su voz no era la que habían escuchado en las películas.

Aquí viene la segunda revelación. la que involucra una bomba atómica, un atolón del Pacífico y las palabras que Orson Wells pronunció en la radio y que la condenaron para siempre. En 1943, Rita se había casado por segunda vez. Su nuevo esposo era Orson Wells, el genio del cine. El director de ciudadano Kanin, el hombre más brillante de Hollywood.

Se había enamorado de ella. al ver su fotografía en la portada de Life. Estaba rodando en Brasil cuando declaró públicamente sin haberla conocido jamás. Me voy a casar con esa mujer. Rita pensó que era una broma. Welles tenía fama de excéntrico, de decir cosas imposibles, pero no era una broma. La cortejó persistentemente, la llamaba constantemente, la perseguía con la misma intensidad con la que perseguía sus proyectos cinematográficos.

Y Rita, que solo tenía 25 años, que había escapado de un padre abusador y de un esposo explotador, cayó rendida ante el hombre que prometía tratarla como una igual. Se casaron en 1943. La prensa los bautizó con un apodo que destruiría algo dentro de Rita, la Bella y el cerebro. Cuatro palabras. Eso fue suficiente.

Rita siempre había sentido vergüenza de su falta de educación. Recordemos que su padre la sacó del colegio a los 6 años. Apenas había completado la educación primaria y ahora la prensa le recordaba constantemente que su único valor era su apariencia, que al lado de Wells ella era solo un cuerpo bonito. Tuvieron una hija. Rebeca nació en diciembre de 1944, pero el matrimonio ya estaba fracasando.

S era un genio, pero también era un narcisista. Necesitaba ser el centro de todo, sus proyectos, sus ideas, sus obsesiones. Dejaba a Rita sola en casa cuidando a la bebé mientras él salía. La engañaba con prostitutas, con otras actrices, incluso con Judy Garland. Las necesidades emocionales de Rita me hacían sentir incómodo.

Admitiría hueles años después. Me aburría con ella. Y entonces llegó el 30 de junio de 1946. Orson Wells tenía un programa de radio llamado Orson Wells Commentaries. Esa noche comentó sobre la inminente prueba nuclear que Estados Unidos iba a realizar en el Atolón Bikini, en las islas Marshall del Pacífico, y dijo algo que heló la sangre de Rita Hayworth.

Quiero que mi hija pueda decirle a su hija que la fotografía de la abuela estuvo en la última bomba atómica que explotó. No era una metáfora, no era una exageración. Al día siguiente, el 1 de julio de 1946, la cuarta bomba atómica de la historia fue detonada sobre el atolón bikini y llevaba pegada una fotografía de Rita Hayworth, recortada de la edición de junio de 1946 de la revista Squire.

Y sobre la fotografía en letras negras, una sola palabra, Gilda. La bomba se llamaba Gilda. Rita se enfureció cuando lo supo. Era pacifista, declarada, simpatizante del partido demócrata. Odiaba las armas y la violencia, pero nadie le había pedido permiso. Nadie le había consultado. Nadie le había preguntado si quería que su imagen decorara un arma de destrucción masiva.

Orson Wells lo sabía, lo anunció en la radio y no hizo nada para impedirlo. La mujer más deseada del mundo se había convertido en sinónimo de destrucción nuclear. 4 días después de la explosión, un diseñador francés llamado Luis Reag presentó un nuevo traje de baño en París. Era diminuto, revolucionario, escandaloso.

Lo llamó Bikini, por el atolón donde había estallado la bomba que llevaba la cara de Rita Hayworth. Piensa en eso un momento. Cada vez que alguien usa la palabra bikini, está invocando, sin saberlo, la conexión entre Rita Hayworth y una bomba atómica. El matrimonio con Wells terminó oficialmente en 1948, pero antes de separarse él la dirigió en una película que se convertiría en obra maestra del cine negro, La dama de Shanghai.

Para ese papel, Wells tomó una decisión que enfureció a Harry Confundió al público. Le cortó su famosa melena roja. se la tiñó de rubio platino. Rita Heyworth, la pelirroja más famosa del mundo, apareció en pantalla como una rubia desconocida. El público no lo aceptó. La película fue un fracaso comercial.

Harry Kon estaba furioso. “Te ha arruinado”, le gritó a Ws. Te cortó el pelo. Años después, cuando alguien le preguntó a Wells sobre su tiempo con Rita, él respondió algo que dice más sobre el sufrimiento de ella que cualquier biografía. Imagínense lo desafortunada que habrá sido su vida para que recuerde nuestra relación como un tiempo de felicidad.

Esas palabras deberían grabarse en piedra. Quizá tú también conoces esa sensación. Mirar atrás a una relación que te hizo daño y darte cuenta de que fue lo más cercano a la felicidad que experimentaste. Rita conoció esa sensación cinco veces porque después de Wells, Rita huyó a Europa.

Quería escapar de Hollywood, de Harry K, de los contratos, de Hilda, de todo. Y en la Riviera francesa, en 1948 conoció al hombre que la convertiría en princesa. El príncipe Alikan era hijo del Agachan Tercer, líder espiritual de 9 millones de musulmanes ismaelitas dispersos por todo el mundo. La familia no gobernaba ningún territorio, pero tenía un poder espiritual y una riqueza que rivalizaban con cualquier monarquía europea.

Alan era inmensamente rico, famoso por sus caballos de carrera que ganaban los más prestigiosos torneos. Conocido por su estilo de vida de lujo extremo y era un playboy incorregible. Se había obsesionado con Rita al ver Hilda. Reprodujo la escena del guante una y otra vez. Juró que la tendría. Una amiga común, la periodista Elsa Maxwell, organizó una fiesta en la Riviera y se aseguró de sentarlos juntos.

Rita acababa de terminar con Wells. Estaba destrozada, vulnerable, desesperada por encontrar un amor verdadero. Alican desplegó todo su arsenal de seducción, flores, joyas, promesas, atención constante y ella cayó. Lo que vino después fue el matrimonio más extravagante que Hollywood había visto jamás. 27 de mayo de 1949.

Bayauris, un pequeño pueblo en la costa azul de Francia. 500 invitados de la élite mundial, 600 botellas del mejor champán, 25 kg del caviar iraní más caro, 120 kg de filete miñón y 200 barriles de perfume vertidos en la piscina del Shatol Horizón. El perfume favorito de Rita. Traído especialmente desde gras.

El príncipe construyó una alfombra especial para que ella caminara. Puso las iniciales de ambos flotando sobre el agua perfumada con flores frescas. Contrató a Ives Montand para que cantara junto a la piscina. Cortaron el pastel con una espada de cristal que habían comprado en una tienda de antigüedades en París. Rita llevaba un vestido azul, no blanco, diseñado por Jacksh, una falda aplizada y una blusa de seda, una pamela enorme a juego, un pequeño ramo de azar en las manos.

Fue la primera actriz de Hollywood en convertirse en princesa años antes de Grace Kelly. años antes de que ese sueño se volviera común, pero estaba visiblemente embarazada. Aún no se había divorciado oficialmente de Wells. El escándalo era mayúsculo. La prensa la despedazó. Periódicos británicos pidieron boicotear sus películas.

La llamaron una ofensa para todas las mujeres decentes. Alan le entregó un diamante de 32 kilates. Rita Heyworth, la niña que bailaba en clubes de Tijuana mientras su padre abusaba de ella, se había convertido en princesa. Pero el cuento de hadas duró menos que el champán de la boda. 6 meses después nació su segunda hija. La llamaron Yasmín.

princesa Yasmín Aga. Y casi inmediatamente Ali Khan volvió a su antigua vida. fiestas, apuestas, carreras de caballos y sobre todo mujeres. Rita se encontró sola en un país extraño, cuyo idioma apenas hablaba, rodeada de sirvientes que no respondían ante ella, atrapada en un palacio de lujo donde no podía salir ni entrar sin permiso.

El agacantero, su suegro, nunca la aceptó. veía su matrimonio con Ali como un escándalo que manchaba el honor de la familia. En 1950, el Aga K obligó a la pareja a hacer una gira por África para visitar a sus seguidores. Ali pasaba los días cumpliendo deberes religiosos y las noches en compañía de otras mujeres. Rita esperaba sola.

En 1951, Ali fue fotografiado bailando con la actriz Joan Fontén en el mismo club nocturno donde había conocido a Rita. Fue la gota que colmó el vaso. Rita pidió el divorcio alegando crueldad mental extrema. Tomó a sus dos hijas y se instaló en Lake Teh para establecer residencia legal.

Entonces comenzó una batalla que duraría años. Alican ofreció un millón de dólares si Rita criaba a Yasmín como musulmana y le permitía ir a Europa durante varios meses cada año. Rita rechazó el dinero con palabras que deberían recordarse. Nada me hará renunciar a la oportunidad de Yasmín de vivir aquí en Estados Unidos entre nuestras preciosas libertades.

y bien respeto la fe musulmana y todas las demás religiones, es mi más sincero deseo que mi hija sea criada como una niña estadounidense normal en la fe cristiana. No hay ninguna cantidad de dinero en todo el mundo por la que valga la pena sacrificar el privilegio de esta niña. El agachan, furioso por el escándalo, tomó una decisión sin precedentes en 13 años de historia familiar.

Desheredó a su hijo Ali por primera vez desde que la dinastía comenzó. El liderazgo espiritual de los ismaelitas saltó una generación. El Agachan nombró heredero a su nieto Karim, un joven de 20 años que estudiaba en Harvard. El pecado de Allian fue haberse enamorado de Rita Hayworth y su padre nunca se lo perdonó.

Ali moriría en 1960 en un accidente automovilístico. Tenía 48 años. nunca volvió a casarse. Algunos dicen que nunca dejó de amar a Rita, pero esto no era nada comparado con lo que le esperaba a ella. Y ahora sí, la tercera revelación. Esta es quizás la más sorprendente de todas. Después del divorcio de Alli Kan, Rita regresó a Hollywood.

Estaba en bancarrota. Los honorarios de los abogados se habían llevado todo y entonces conoció a Dick Hames. Hees era un cantante argentino cuya carrera estaba empicada. Había sido famoso en los años 40, pero su estrella se había apagado. Tenía deudas enormes, dos exesposas que lo demandaban por pensiones impagadas, problemas con el fisco, y estaba a punto de ser deportado por haber evadido el servicio militar durante la guerra, alegando que era argentino.

En Hollywood tenían un apodo para él, Mr. Evil. Señor malvado. Rita lo conoció mientras filmaba en los estudios de Columbia. Él la invitó al almorzar. Ella aceptó y en 1953 se casaron en Las Vegas. Rita declaró a la prensa algo desgarrador. Estoy en banca rota. En contra de lo que cree todo el mundo que soy rica.

Debo confesar que no tengo un céntimo. Hees tendrá que mantenernos a todos, a mí, a mis hijas, la casa, con lo que gane como cantante. Era una fantasía absurda. Hees no podía mantenerse ni a sí mismo. Vivió del dinero de Rita, de sus ahorros, de lo poco que le quedaba de su carrera, de los contratos que ella firmaba solo para pagar las deudas de él.

le fue infiel abiertamente, sinquiera intentar ocultarlo. Aparecía en los periódicos con otras mujeres mientras Rita se quedaba en casa cuidando a las niñas. Bebía demasiado, se volvía violento, gritaba. Rita había escapado de un padre abusador para casarse con un hombre que la explotó. Había escapado de ese hombre para casarse con un genio que la ignoró.

Había escapado del genio para casarse con un príncipe que la engañó y ahora estaba casada con un hombre que la golpeaba. Un día, en un club nocturno de Los Ángeles, delante de decenas de testigos, Hees le propinó una bofetada a Rita Heyworth en la cara. La mujer más glamorosa de Hollywood, la diosa del amor, golpeada en público por su propio esposo.

Rita se levantó, caminó lentamente hacia la puerta y nunca volvió. Pero antes de ese momento, antes de que todo terminara, sucedió algo que la perseguiría para siempre. En abril de 1954, Rita fue investigada por negligencia infantil. Había dejado a Rebeca de 9 años y a Yasmín de cuatro con una niñera en un apartamento de Nueva York.

Mientras ella viajaba a Florida con Heames, los vecinos llamaron a las autoridades. Las niñas estaban jugando en la basura del edificio. Rebeca no asistía a la escuela. El apartamento estaba en condiciones deplorables. La Sociedad para la Prevención de la Crueldad contra los niños intervino. La revista Confidential, el tabloide más despiadado de la época, publicó fotografías de las niñas en ese ambiente miserable.

Al lado de las fotos, imágenes de Rita y Hees cenando en restaurantes elegantes. El contraste era devastador. La mujer más glamorosa de Hollywood no podía cuidar a sus propias hijas. Recuerda este momento. Volveremos a él cuando hablemos de cómo terminó todo. Después de Heames vino un quinto y último matrimonio.

James Hill, productor de cine. Parecía ser lo que Rita siempre había buscado. Un hombre culto, tranquilo, sin el caos de sus anteriores relaciones. Rita solo quería una cosa, retirarse del cine y tener la vida hogareña que nunca había tenido. Hill se negó, la obligó a seguir actuando, la menospreció en público y en privado. Se divorciaron en 1961.

Rita alegó crueldad mental extrema, cinco matrimonios, cinco fracasos y una frase que resume toda su tragedia. Mis matrimonios fracasaron porque ningún hombre me dio lo que realmente quería. Una vida hogareña tranquila. La mujer que Hollywood vendió como la diosa del amor nunca encontró amor verdadero.

Pero había alguien, alguien que la amó 40 años sin jamás convertirse en su esposo. Esta es quizás la parte más hermosa y más triste de toda la vida de Rita Hayworth. La historia de un amor que nunca pudo ser. de dos personas que se encontraron demasiado pronto y demasiado tarde al mismo tiempo. Su nombre era Glennford. Se conocieron antes de que ninguno fuera famoso.

En 1940 en el set de una película menor llamada The Lady in Question. Pero la historia empieza antes, mucho antes. Glennford había trabajado en empleos humildes mientras buscaba su oportunidad en Hollywood. Uno de esos empleos era conducir el tranvía que llevaba a los artistas al muelle de Santa Mónica. Una noche, los dancing caninos subieron a su tranvía.

Eduardo y su hija Margarita, vestidos con sus trajes de baile, camino a actuar en un barco casino. Clen no les prestó demasiada atención. Era solo un conductor de tranvía. Ellos eran solo pasajeros. Años después, cuando se reencontraron como actores en Columbia Pictures, Clen le preguntó a Rita si recordaba aquella noche en el tranvía.

Ella no lo recordaba, pero él nunca lo olvidó. Hicieron cinco películas juntos en 25 años. La más famosa Hilda. En esa película hay una escena legendaria. Johnny Farrel, el personaje de Glenn, abofetea a Gilda. Pero también había otra escena, una donde Hilda debía bofetear a Johnny. Rita lo golpeó tan fuerte que le rompió varios dientes a Glenford.

El director Charles Bidor explicó después. Ella no haría eso en la vida real más de lo que cometería un asesinato. Es demasiado gentil, demasiado femenina, pero algo en la escena la llevó a golpear de verdad. Glenn perdió la compostura. Siguió actuando como si nada hubiera pasado. Se tragó la sangre. y completó la toma.

Eso era lo que Rita necesitaba, alguien que no la abandonara cuando las cosas se ponían difíciles. Nunca se casaron porque siempre uno u otro estaba casado con alguien más, explicaría Peter Ford, hijo de Glenn, décadas después. Fue una relación que duró muchas décadas. Mi padre compró la casa de al lado de la derrita.

instaló una pequeña puerta en la cerca para que ella pudiera visitarlo cuando quisiera. Estaban constantemente juntos. En 1990, 3 años después de la muerte de Rita, Glenn Ford admitió en un documental: “La amé profundamente en ese tiempo, pero el tiempo verbal era incorrecto. Nunca dejó de amarla hasta el último día de su vida.

Glenn mantenía una foto autografiada de Rita en su habitación. Cada día sin excepción ponía una rosa roja fresca junto a ella. La foto decía, “Para mi amor, Glenn, con mucho amor, Rita.” Cuando Rita murió, Glenn fue uno de los que cargaron su fereetro. “Perdí mejor amiga”, dijo con lágrimas en los ojos. Después del funeral, Glenn volvió a su casa, la casa que había construido junto a la de ella.

Se sentaba junto a la piscina, fumando sus puros, mirando hacia el espacio vacío donde antes estaba el hogar de Rita. Nunca encontró a nadie que la reemplazara. Murió en 2006, a los 90 años. Quizá tú también has amado a alguien así, alguien que siempre estuvo cerca, pero nunca lo suficiente. Alguien con quien el timing nunca fue el correcto.

Rita y Glenn tuvieron 40 años para estar juntos y nunca lo lograron. Y ahora llegamos a la cuarta y última revelación, la que te prometí al principio. Si has llegado hasta aquí, esto es para ti. A finales de los años 60, algo estaba muy mal con Rita Hayworth. Arrebatos de ira inexplicables, pérdida de memoria, dificultad para concentrarse, incapacidad para aprender nuevos diálogos. Todo el mundo asumió lo mismo.

Alcoholismo. Su madre había muerto por el alcohol. Su hermano bebía. Ella misma había tenido episodios. La prensa la despedazó. Los productores la evitaban. Sus amigos se alejaban. En 1971, Rita fue contratada para reemplazar a Lauren Bacol en Broadway, en el musical Aplaus. Era su oportunidad de reinventarse, de demostrar que todavía tenía talento.

Abandonó durante los ensayos, no podía memorizar el libreto. El productor Larryasha declaró a la prensa con desprecio. Como la mayoría de las actrices de Hollywood, es una aprendiz lenta. Nunca les han exigido aprender guiones rápidamente. Era mentira, era cruel y era completamente equivocado. En 1972 filmó su última película La ira de Dios, un western que nadie recuerda.

Durante el rodaje le tenían que dar las líneas una por una. No podía retener más de una frase a la vez. El equipo estaba frustrado, los productores furiosos. Nadie entendía lo que estaba pasando. En 1974, sus dos hermanos murieron con una semana de diferencia. Eduardo y Bernón, los únicos que quedaban de su familia original.

Rita se derrumbó. Bebió más que nunca. Los arrebatos empeoraron. En enero de 1976, en el aeropuerto de Hidro en Londres tuvo un episodio que daría la vuelta al mundo. Estaba en un vuelo de TWA con su agente. Algo detonó su ira. Empezó a gritar, a lanzar cosas, a comportarse de manera completamente irracional.

La sacaron del avión. Al día siguiente ya no recordaba nada de lo sucedido. Los periódicos publicaron fotografías devastadoras. Rita Heyworth, la diosa del amor, parecía una anciana desquiciada, despeinada, desorientada, fuera de control. El mundo entero la condenó como alcohólica. Y finalmente, en 1980, 4 años después del incidente de Londres, llegó el diagnóstico enfermedad de Alzheimer.

Rita tenía 62 años, pero los síntomas habían comenzado 20 años antes, desde principios de los años 60. 20 años. 20 años en los que la llamaron alcohólica. 20 años en los que la humillaron públicamente. 20 años en los que los productores la rechazaban. 20 años en los que sus amigos se alejaban.

20 años en los que los periódicos la destrozaban. 20 años en los que nadie, absolutamente nadie, entendió lo que le estaba pasando. Ni sus médicos, ni sus amigos, ni sus hijas, ni ella misma. El Alzheimer era una enfermedad prácticamente olvidada por la comunidad médica. Había sido descubierta en 1906, pero después de eso casi nadie la estudiaba, casi nadie la diagnosticaba.

La mayoría de los casos se atribuían a demencia senilismo. Rita fue víctima de esa ignorancia. Su hija, Yasmín lo describió con palabras que deberían grabarse en la memoria de todos. Eran sus arrebatos. Podía estallar de ira. No te lo puedo explicar. Pensé que era alcoholismo, demencia alcohólica. Todos pensamos eso.

Los periódicos se hicieron eco. Por supuesto. No puedes imaginar el alivio que se siente simplemente al recibir un diagnóstico. Por fin teníamos un nombre, Alzheimer. Por supuesto, eso no llegó verdaderamente hasta los últimos 7 u 8 años. No le diagnosticaron que tenía Alzheimer hasta 1980. Antes de eso hubo dos décadas de infierno.

Dos décadas de infierno para Rita, para Rebeca, para Yasmín, para todos los que la amaban. En 1981, un juez de los Ángeles dictaminó que Rita Heyworth no podía cuidar de sí misma. Yasmín se convirtió en su tutora legal, la llevó a Nueva York, le consiguió un apartamento en el edificio San Remo de Central Park.

Yasmín vivía en el apartamento contiguo. La enfermedad avanzó implacablemente. Me miraba y decía, “¿Quién eres tú?” Recordaba Yasmín. Eso era desgarrador. Se ponía furiosa sin razón, beligerante. No todos los pacientes con demencia se ponen así, pero ella sí. Tuve que regular su medicación cuando se volvió más agresiva y lo más básico, como eventualmente tratar de meterla en la ducha, fue muy doloroso.

En 1983, Rebecca Wells concertó una cita con su madre. Era la primera vez que se veían en 7 años. Orson Wells estaba preocupado. Le dijo a un amigo, “Rita apenas me conoce ahora.” Él mismo la había visto tres años antes en un evento que Ronald y Nancy Reigan organizaron para Frank Sinatra. Se acercó a ella, la besó.

Rita no tenía idea de quién era. El genio que había declarado que se casaría con ella sin conocerla. El hombre al que ella había considerado el amor de su vida era ahora un completo extraño. En octubre de 1980, Rita hizo su última aparición pública, un evento en Los Ángeles. Existe una foto de ese día y lo que muestra es devastador.

La mujer que había encendido la pantalla con solo quitarse un guante ahora necesitaba ayuda para caminar. La que había sido fotografiada millones de veces ahora evitaba las cámaras. La diosa del amor se había convertido en una sombra de sí misma. Cuando le preguntaron a Yasmín cómo estaba su madre, respondió, “Todavía es hermosa, pero es una cáscara.

” Una cáscara. En los últimos años, Rita encontró algo de paz. pintaba al óleo naturalezas muertas, paisajes tranquilos, todo lo contrario de la vida que había vivido. Tocaba las castañuelas recordando quizás el flamenco que su padre le había enseñado tantos años atrás. El único regalo que ese hombre le había dado, un regalo envenenado por todo lo demás.

Jugaba al golf cuando su cuerpo se lo permitía. Caminaba por Central Park con Yasmín. Miraba viejas películas sin reconocerse en la pantalla. Una vez viendo Hilda en televisión le preguntó a Yasmín, “¿Quién es esa mujer?” Yasmín le respondió, “¿Eres tú, mamá?” Rita la miró confundida. “No”, dijo. Yo nunca fui tan hermosa, pero la enfermedad no se detuvo.

En febrero de 1987, Rita cayó en un semicoma. Yasmín llamó al sacerdote para darle la extrema unción. Pensó que era el final, pero Rita vivió otros dos años. Su corazón era muy fuerte, explicaba Yasmí, pero ya no reconocía a nadie. Fue un declive lento. Tenía un cuidado maravilloso. Estaba justo al lado mío.

Yo podía entrar y hablarle al oído. Siempre sentí que tenía que comunicarme. Quizás en algún lugar podía escucharme. El 14 de mayo de 1987, Rita Heyworth murió en el apartamento de su hija en Manhattan. Tenía 68 años. El presidente Ronald Reagan, que había sido su contemporáneo en Hollywood, emitió una declaración.

Rita Heyworth fue una de las estrellas más queridas de nuestro país, glamorosa y talentosa. Nos brindó muchos momentos maravillosos en el escenario y en la pantalla. En sus últimos años, Rita se hizo conocida por su lucha contra la enfermedad de Alzheimer. Su coraje y franqueza y la de su familia fueron un gran servicio público para atraer la atención mundial hacia una enfermedad que todos esperamos que pronto se cure.

Rieagan no sabía que años después él también sería diagnosticado con la misma enfermedad. Moriría de Alzheimer en 2004. El funeral de Rita se celebró en la iglesia del buen pastor en Culver City y entre los que cargaron su féretro había rostros conocidos César Romero, Ricardo Montalbán y Glennford, el hombre que la había amado durante 40 años, el que había comprado la casa de al lado para estar cerca de ella, el que nunca encontró a nadie que la reemplazara.

Perdí a mi mejor amiga, dijo mientras la despedía. Tal vez tú también has perdido a alguien así, alguien que fue tu mundo durante décadas, alguien cuya ausencia dejó un vacío que nunca pudiste llenar. Glennford vivió con ese vacío casi 20 años. Las hijas de Rita Heyworth heredaron el legado de una madre que nunca pudo ser verdaderamente madre.

Rebeca Wells vivió una vida intensamente privada en Tacoma, Washington. Rechazó casi todas las entrevistas. Se casó con un escultor llamado Perry Facer, que dijo que ella había crecido en un mundo extraño. Cuando le preguntaron sobre su padre, Orson Wells, Rebeca respondió con distancia. Nunca pasé suficiente tiempo con mi padre para conocerlo realmente.

Era muy callado y temperamental. Tenías que esperar a que él hablara primero. Y cuando le preguntaron por qué había pasado su infancia en internados de Francia, Suiza y California, en lugar de con su madre, respondió con palabras que cortan. No era porque mamá estuviera filmando en tantos lugares, era porque se casó tantas veces.

Rebeca heredó la soledad de su madre, la misma incapacidad de encontrar paz, la misma búsqueda interminable de un hogar que nunca existió. Rebeca murió en 2004. Tenía 59 años. No dejó hijos. La línea de sangre de Orson Wells y Rita Hayworth terminó con ella. Yasminakan tomó un camino diferente, convirtió el sufrimiento en propósito.

Ella había visto de cerca lo que el Alzheimer le hace a una persona. Había visto a su madre olvidar su nombre, olvidar su cara, olvidar que alguna vez había sido la mujer más deseada del mundo y decidió que nadie más debería pasar por eso sin ayuda. En 1984, 3 años antes de la muerte de su madre, fundó la gala Rita Heyworth, un evento anual para recaudar fondos para la investigación del Alzheimer.

La primera gala se celebró en el Waldorf Astoria de Nueva York. Asistieron estrellas de Hollywood, políticos, empresarios. Todos querían honrar a Rita. Todos querían contribuir a encontrar una cura. Hasta la fecha, la gala ha recaudado más de 85 millones de dólares. 85 millones que han financiado investigaciones, tratamientos experimentales, programas de apoyo para familias.

Yasmine testificó ante el Congreso de Estados Unidos en 1983. habló de su madre, de las dos décadas de infierno, de la importancia de diagnosticar la enfermedad a tiempo. Se convirtió en presidenta honoraria de Alzheimers Deas International. viajó por el mundo hablando de su experiencia, convirtiéndose en la voz de millones de familias que sufren en silencio.

El historiador médico Barron Learner escribió que Rita Heyworth fue la primera cara visible del Alzheimer, ayudando a garantizar que futuros pacientes fueran diagnosticados. La comunidad médica había olvidado prácticamente la enfermedad desde su descubrimiento en 196. El caso de Rita cambió eso.

La mujer que nunca quiso ser actriz terminó interpretando el papel más importante de su vida, darle rostro humano a una enfermedad que nadie quería ver. Hay una frase que Rita repetía a lo largo de su vida, una frase que resume todo su dolor. Los hombres se van a la cama con Gilda, pero se despiertan conmigo. La primera vez que la dijo probablemente fue un comentario amargo sobre sus relaciones fallidas, un intento de explicar por qué ningún hombre podía amarla de verdad.

La segunda vez después de otro divorcio, sonaba más resignada, como si hubiera aceptado que ese era su destino. La tercera vez cerca del final, cuando ya casi no recordaba quién era Gilda ni quién era ella misma, la frase adquirió un significado completamente nuevo. Los hombres se acostaban con Gilda, se despertaban con Rita, pero Rita siempre fue Margarita y Margarita murió a los 21 años en una sala de electrólisis mientras le arrancaban los folículos del cabello uno por uno.

Margarita Carmen Cansino nació en Brooklyn en 1918. A los 3 años la pusieron a bailar. A los seis la sacaron del colegio. A los 12 su padre comenzó a violarla. A los 18 escapó con un hombre que la prostituyó. A los 21 le borraron la identidad. A los 28 pusieron su cara en una bomba atómica.

A los 30 se convirtió en princesa. A los 35 la llamaron madre negligente. A los 42 comenzó a olvidar. A los 62 finalmente supieron qué le pasaba. A los 68 murió sin saber quién era. La llamaron la diosa del amor. Pero nunca fue amada como merecía. La llamaron la mujer más deseada del mundo. Pero todo lo que ella deseaba era una vida tranquila.

La llamaron Gilda, pero ella siempre fue Margarita. Y quizás eso fue lo más trágico de todo, que la mujer que el mundo adoraba nunca existió realmente. Era solo un personaje, una máscara, un producto creado por hombres que la explotaron desde que era una niña hasta que ya no pudo recordar ni su propio nombre. Lo más triste es que Rita Hayworth nunca quiso ser famosa, nunca quiso ser guilda, nunca quiso ser la diosa del amor, solo quería una casa tranquila, un esposo que la amara, hijos que cuidar, una vida normal. Pero nadie le preguntó

qué quería nunca. Rita Hayworth una vez le dijo a un entrevistador algo que debería grabarse en piedra. Escríbeme lo que quieras. Pero no lo hagas triste. No pude cumplir esa petición, Rita, porque tu historia es triste, es devastadora, es imperdonable, pero también es necesaria. Porque mientras la recordemos, mientras contemos lo que te hicieron, mientras no olvidemos a Margarita detrás de Gilda, existe la posibilidad de que las próximas generaciones aprendan.

Si esta historia te tocó, suscríbete, deja un comentario, comparte este video. No por mí, por ella, por Margarita, porque cada vez que alguien cuenta su historia, ella vive un poco más. Y cada vez que olvidamos lo que le hicieron, los monstruos que la destruyeron ganan. No dejemos que ganen la próxima semana los otros niños que Hollywood destruyó, los que sobrevivieron, los que no y el sistema que sigue funcionando exactamente igual que hace 80 años.

Nos vemos ahí.

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