Georgia 1972 Una Niña de 9 Años Desapareció Cerca de una Lavandería — Nadie Imaginó Quién Fue
Marieta, Georgia. La noche del jueves 13 de enero de 1972. En un barrio obrero, a la vuelta de la esquina de su casa, había una lavandería de esas que había en cada vecindario de Estados Unidos en los años 70. Hileras de máquinas, luces fluorescentes, el zumbido constante de los ciclos de lavado.
Un lugar tan común, tan cotidiano, que nadie pensaría dos veces en mandar a un niño a hacer un recado ahí. Y esa noche, una niña de 9 años llamada Deby Randall fue a esa lavandería a ayudar a su familia con la ropa. Un mandado simple, algo que los niños de ese barrio hacían todo el tiempo sin que nadie se preocupara. Deby llevaba consigo la ropa y una caja de detergente en polvo.
Nunca volvió a casa. Cuando la familia empezó a preocuparse, cuando salieron a buscarla por el vecindario, encontraron algo en la cera que le celó la sangre. La caja de detergente de Deby estaba tirada en el suelo. El jabón en polvo se había derramado esparcido por toda la acera junto a un Volkswagen estacionado a unos 25 m de la puerta de la lavandería.
Ese polvo blanco desparramado sobre el cemento contaba una historia sin palabras. Devy no había soltado esa caja porque sí, no la había dejado caer por descuido. Esa caja se le había caído de las manos en medio de un forcejeo en el instante exacto en que algo o [música] alguien la arrancó de esa acera. Fue en ese momento que su familia supo que algo estaba terriblemente mal [música] y no se equivocaban porque a pocos metros de ahí alguien había presenciado lo que pasó.
Una joven del barrio vio como un hombre agarraba a la pequeña Deby y la arrastraba hacia una camioneta. Vio a la niña patear, golpear, gritar. vio como el hombre la empujaba a la fuerza dentro del vehículo y vio la camioneta alejarse a toda velocidad en la oscuridad de esa noche de enero. Deby Randall, 9 años, había sido secuestrada a plena vista a la vuelta de la esquina de su propia casa mientras hacía un simple mandado y con eso empezó una pesadilla que duraría medio siglo.
Lo que le pasó a Devi esa noche desataría una de las búsquedas más grandes que el condado había visto. Miles de voluntarios, días de angustia y luego un hallazgo devastador en un bosque. Pero atrapar a quien le hizo esto resultaría casi imposible. El caso se enfriaría, los años se convertirían en décadas. Los padres de Devy envejecerían y morirían sin obtener nunca una respuesta.
Parecía que nadie sabría jamás quién se llevó a esa niña esa noche. Y sin embargo, la respuesta estaba ahí, escondida en dos pequeños fragmentos de evidencia que un investigador tuvo el cuidado de preservar en 1972, sin saber que pasarían más de 50 años antes de que la ciencia pudiera leerlos. Cuando por fin lo hizo, cuando esos fragmentos finalmente hablaron, el nombre que revelaron dejaría a todos en shock, porque no era ninguno de los sospechosos de los que se habló durante décadas.
Era un hombre en el que nadie, absolutamente nadie, había pensado jamás. Esta es la historia de Devy Randall y del secreto que un pequeño trozo de tela guardó durante medio siglo. Debra Lyn Randal, Deby para todos los que la querían, tenía 9 años en el invierno de 1972. Era una niña de un barrio trabajador de Marieta, Georgia, una de esas comunidades donde las familias no tenían mucho dinero, pero se cuidaban entre sí y donde los niños crecían jugando en la calle y ayudando en casa.
y Devy ayudaba. Ese es uno de los detalles que más duele de esta historia. No estaba en esa lavandería por travesura ni por casualidad. Estaba ahí porque era una niña responsable de las que echan una mano con las tareas de la familia. Ir a lavar la ropa era su forma de contribuir, de ser útil, de portarse bien.
Tenía apenas 9 años y ya cargaba con esa pequeña dignidad de los niños que aprenden temprano a ayudar. Era una niña de sonrisa fácil, de esas que se ven en las fotos escolares de la época. Cabello rubio ondulado que le caía sobre los hombros, pecas salpicadas en la cara. Una sonrisa un poco tímida pero cálida. En su última foto lleva un suéter oscuro sobre una blusa de cuello blanco con encaje y un vestido a cuadros.
La imagen misma de una niña de los años 70. Una niña como cualquier otra. una niña que debería haber crecido, cumplido años, tenido una vida entera por delante. [música] Y había un detalle sobre esa noche que convierte toda la historia en algo aún más desgarrador. Apenas dos semanas antes había sido Navidad [música] y entre los regalos que Deby recibió ese año había un par de zapatos nuevos.
Zapatos de color lavanda, ese tono suave entre morado y rosa. Para una niña de 9 años de una familia obrera, unos zapatos nuevos no eran cualquier cosa, [música] eran un tesoro. El tipo de regalo que te pones con orgullo, que cuidas, que no te quieres quitar. Y esa noche de enero, cuando Devi salió a hacer el mandado a la lavandería, llevaba puestos esos zapatos lavanda de Navidad.
Recuerda esos zapatos porque van a volver en esta historia de la manera más dolorosa posible. Para entender cómo pudo pasar lo que pasó, hay que entender la época y el lugar. En 1972, en un barrio como el de Devy, la infancia era muy distinta a la de hoy. Los niños salían solos, caminaban a la escuela solos, iban a la tienda solos, hacían mandados solos.
No existía el miedo constante que hoy rodea la niñez. Los padres no acompañaban a sus hijos a cada lugar. La idea de que un niño no podía caminar dos cuadras sin supervisión habría sonado absurda. La lavandería estaba a la vuelta de la esquina, a una distancia que se recorría en un par de minutos.
Para la familia Randal, mandar a Deby ahí era lo más natural y seguro del mundo. [música] Era su barrio, un lugar conocido donde todos se conocían, donde nada malo pasaba. Esa confianza, esa sensación de seguridad era real y era exactamente lo que hacía que un depredador pudiera actuar. Porque en un mundo donde nadie sospecha, donde nadie vigila, donde una niña puede caminar sola sin que nadie se alarme, el peligro puede moverse con total libertad.
Esa noche Devy llegó a lavandería sin problemas, metió la ropa en la máquina y mientras esperaba a que el ciclo terminara, hizo lo que haría cualquier niña de 9 años. Se puso a jugar con otros niños que también estaban ahí. Risas, juegos, la espera aburrida de la ropa dando vueltas convertida en un rato de diversión. Era una escena completamente normal.
Una niña pasando el tiempo esperando para llevar la ropa limpia de vuelta a casa. Nada en esa lavandería esa noche anunciaba lo que estaba a punto de ocurrir. Alrededor de las 7:15 de la noche, el ciclo terminó. Deby recogió la ropa, tomó su caja de detergente y salió por la puerta de la lavandería hacia la oscuridad de esa noche de enero para hacer el corto recorrido de vuelta a casa.
Tenía que caminar solo unos metros, solo doblar la esquina, solo llegar a su casa donde su familia la esperaba. Nunca llegó. Lo que ocurrió en esos pocos metros entre la puerta de la lavandería y la esquina que Devy tenía que doblar quedó grabado en la memoria de una testigo y gracias a ella sabemos que Devy no se fue en silencio.
En el barrio vivía una joven que se describía a sí misma como una chica de la calle, Sandra Moody. Esa noche Sandra vio algo que la perseguiría el resto de su vida. Vio a un hombre agarrar a la pequeña Debi en plena calle. Lo describió con detalle. Un hombre vestido con una camiseta blanca, jeans azules y botas de trabajo oscuras.
Un hombre común, sin nada que lo hiciera destacar. La clase de hombre que uno cruzaría en la calle sin mirar dos veces. Pero lo que Sandra vio a continuación no tenía nada de común. Deby estaba luchando con todo lo que tenía. Esa niña de 9 años, de veintitantos kilos, estaba golpeando al hombre, pateándolo, gritándole. se resistía con cada gramo de fuerza en su pequeño cuerpo mientras él intentaba meterla a la fuerza en su camioneta.
Piensa en esa imagen por un momento. Una niña que apenas dos semanas antes habría regalos de Navidad peleando por su vida en una acera oscura contra un hombre adulto, pateando, gritando sin rendirse. Deby hizo todo lo que una niña de 9 años podía hacer. luchó y ahí, en esa lucha, fue cuando se le cayó la caja de detergente, cuando el jabón en polvo se esparció por la cera junto a aquel Volkswagen estacionado.
Esa caja tirada no fue un descuido, fue la marca física de su resistencia, la prueba dejada en el cemento de que Devy peleó hasta el último segundo, pero había un problema devastador y es uno de los detalles más crueles de este caso. Otra persona también vio parte de lo que estaba pasando. Una niña de apenas 12 años presenció la escena desde cierta distancia.
Vio a un hombre forcejeando con una niña más pequeña, metiéndola en un vehículo, pero no entendió lo que veía. Porque en su mente de 12 años, en un mundo donde esas cosas no pasaban, la explicación más lógica era la más inocente. Pensó que era un padre regañando a su hija, un papá molesto llevándose a su niña rebelde a casa, una escena doméstica común. sin importancia.
No fue sino hasta que la camioneta arrancó y salió disparada a toda velocidad en la noche que la niña sintió que algo andaba mal, que eso que había visto no era un padre con su hija, que había presenciado algo terrible. Pero para entonces ya era tarde. La camioneta se había ido tragada por la oscuridad, llevándose a Deby con ella.
Ese malentendido, esa confusión de una niña de 12 años es una de esas pequeñas tragedias dentro de la tragedia. Si hubiera entendido lo que veía, si hubiera gritado, si hubiera corrido a buscar ayuda en ese instante, ¿habría cambiado algo? Nadie lo sabe. Probablemente no. Todo pasó demasiado rápido, pero es el tipo de pregunta que queda flotando sin respuesta en casos como este.
Lo cierto es que en cuestión de segundos Deby Randall desapareció. Un mandado a lavandería, unos metros de acera y una niña arrancada del mundo luchando hasta el final mientras el barrio seguía su noche sin saber lo que acababa de pasar. En casa, la familia empezó a preocuparse cuando Deby no volvía. Salieron a buscarla. Recorrieron el vecindario preguntando, llamando su nombre en la oscuridad, y entonces encontraron la caja de detergente tirada, el jabón esparcido por la cera junto al Volkswagen.
En ese instante supieron que su peor miedo se estaba haciendo realidad. Durante dos horas, la familia buscó por su cuenta, aferrándose a la esperanza de que hubiera una explicación inocente, de que Devy apareciera en cualquier momento, de que todo fuera un malentendido. Pero Devy no aparecía y esas dos horas de búsqueda desesperada terminaron en una sola llamada, la que ninguna familia quiere hacer. Llamaron a la policía.
Nuestra hija ha sido secuestrada. Y con esas palabras la pesadilla se volvió oficial. Ya no era una preocupación, ya no era una espera angustiosa, era un secuestro. Una niña de 9 años en manos de un desconocido en algún lugar de la noche de Georgia y una familia entera precipitándose hacia el abismo de no saber.
Lo que ninguno de ellos podía imaginar esa noche era cuánto tiempo duraría ese no saber. No días, no semanas, [música] no años, décadas. En cuanto la policía recibió la llamada, la maquinaria se puso en marcha y la respuesta de la comunidad fue extraordinaria. Cuando corre la voz de que una niña de 9 años ha sido secuestrada en un barrio pequeño, ese barrio se moviliza y en Marieta la movilización fue masiva.
Más de 4,000 voluntarios se sumaron a la búsqueda de Devid Randall. 4,000 personas, vecinos, desconocidos, familias enteras, [música] gente que nunca había conocido a Deby, pero que tenía hijos propios y no podía quedarse en casa mientras una niña estaba perdida en algún lugar de la noche. Peinaron el vecindario, recorrieron los campos y los bosques de los alrededores, revisaron zanjas, edificios abandonados, cada rincón donde una niña pudiera estar.
Durante días, Marieta entera contuvo la respiración, aferrada a la esperanza de encontrar a Debi con vida. Los días pasaron sin ninguna señal. Uno, dos, 5, 10. La esperanza que al principio ardía con fuerza se fue haciendo más y más delgada con cada jornada que pasaba sin noticias. Y entonces, 16 días después de aquella noche en la lavandería, la búsqueda terminó de la peor manera posible.
El cuerpo de Devi fue encontrado en una zona boscosa. Después de más de dos semanas de angustia, de esperanza, de oraciones, la comunidad recibió la certeza más devastadora. Deby no volvería a casa. La autopsia reveló la crueldad de lo que le había ocurrido. Deby había sido víctima de violencia sexual y había sido estrangulada.
Una niña de 9 años sometida a un horror que cuesta siquiera poner en palabras y luego asesinada y abandonada en el bosque como si no fuera nada. No voy a detenerme en los detalles más crudos, porque la dignidad de Devil lo merece, pero sí hay un detalle de la escena que los investigadores nunca pudieron olvidar.
Un detalle que se convirtió en uno de los símbolos más perturbadores de todo el caso. Los zapatos. ¿Recuerdas los zapatos Lavanda? Los que Devy había recibido de Navidad apenas dos semanas antes. Los que llevaba puestos esa noche. Cuando encontraron el cuerpo de Devy, esos zapatos no estaban. Deby fue hallada solo con las medias puestas.
Sus zapatos nuevos, su tesoro de Navidad habían desaparecido. El asesino se los había llevado. Y ese detalle para los investigadores decía algo escalofriante sobre la mente del hombre que buscaban, porque llevarse los zapatos no tenía ningún propósito práctico. No era para ocultar evidencia, era otra cosa.
La policía llegó a creer que el asesino se los había llevado deliberadamente, posiblemente como un trofeo. un recuerdo del crimen, un objeto para conservar, para revivir lo que había hecho. Ese comportamiento, el de guardar un objeto de la víctima como recuerdo, es algo que se observa en ciertos criminales sexuales. Es la marca de un depredador para quien el crimen no termina con la muerte de la víctima, sino que continúa en la posesión de ese objeto robado.
Los zapatos de una niña de 9 años convertidos en el trofeo macabro de un monstruo. Esos zapatos la banda nunca fueron encontrados. Hasta el día de hoy nadie sabe qué fue de ellos y aquí necesito hacer una breve pausa porque me gusta saber quiénes me acompañan del otro lado de la pantalla en estos casos. Si estás viendo este video, escríbeme en los comentarios de dónde eres y qué hora es en tu ciudad ahora mismo.
Me encanta ver desde cuántos rincones distintos del mundo nos reunimos a seguir estas historias y a recordar a estas víctimas. Solo eso, tu país y tu [música] hora. Y ahora sí, volvamos al caso de Devi. Con el hallazgo del cuerpo, la investigación se volcó por completo en encontrar al responsable y al principio había razones para el optimismo.
[música] Había una testigo, Sandra Moody, que había visto al secuestrador. Había una descripción: camiseta blanca, jeans, botas de trabajo. Había una camioneta, había una comunidad entera dispuesta a ayudar. Los investigadores trabajaron el caso con todo lo que tenían. Siguieron pistas. Interrogaron a sospechosos, revisaron a hombres del área que encajaran con la descripción, pero la tecnología de 1972 tenía límites brutales.
No existían las bases de datos de ADN, no existía la genética forense. La ciencia que hoy resuelve estos casos estaba a décadas de distancia. Los investigadores tenían una descripción general, una camioneta sin placa [música] y muy poco más. Uno por uno, los sospechosos fueron descartados. Las pistas se agotaron.
Los meses pasaron sin un arresto, pero hubo algo que un investigador hizo en 1972 que resultaría decisivo, algo que en ese momento parecía casi inútil, pero que medio siglo después lo cambiaría todo. En la escena se recuperaron dos pequeños fragmentos de evidencia: un cabello castaño hallado cerca del cuerpo y un pequeño pedazo de tela con un estampado floral.
En 1972, esos dos fragmentos no servían para casi nada. No había forma de analizarlos que pudiera señalar a una persona específica. Eran, para la ciencia de la época poco más que curiosidades, objetos que en muchos casos se habrían perdido, descartado, olvidado. Pero alguien tuvo el cuidado, la previsión, quizás simplemente el instinto de preservarlos, de guardarlos cuidadosamente como evidencia.
Ese cabello y ese pedazo de tela floral se archivaron y ahí se quedaron esperando durante años que se convertirían en décadas. Ninguno de los que trabajaron el caso en 1972 viviría para imaginar que esos dos fragmentos, esos pedacitos insignificantes de evidencia, serían un día la llave que abriría todo el misterio. El caso de Devy Randall se enfrió.
Como se enfrían tantos casos cuando la evidencia se agota y las pistas se convierten en callejones sin salida. La investigación activa dio paso a un archivo. El archivo dio paso al olvido, al menos para el mundo exterior. Pero para una familia no hubo olvido posible. Para los Randal, la ausencia de Devi se convirtió en una herida que nunca cerró.
Cada Navidad un recordatorio de aquellos zapatos lavanda. Cada cumpleaños que Deby no llegó a cumplir. Cada año que pasaba sin una respuesta a la única pregunta que importaba, ¿quién le hizo esto a nuestra niña? Los padres de Devy vivieron con esa pregunta clavada en el pecho, día tras día, año tras año, década tras década, y había alguien más en esa familia que cargaba con un peso particular, un peso distinto, un peso hecho de culpa.
El hermano de Devy, Melvin Randall. Melvin cargó durante décadas con algo que lo atormentaba porque aquella noche del 13 de enero de 1972, la noche en que Deby fue a lavandería, Melvin estaba enfermo y por eso no la acompañó. Piensa en el peso de eso. Un hermano que por una simple enfermedad no estuvo ahí esa noche, que se quedó en casa mientras su hermana pequeña salía sola y que pasó el resto de su vida preguntándose qué habría pasado si él hubiera ido, si su presencia habría bastado para que el asesino no se atreviera, si Devi estaría
viva. Esa culpa, la culpa del sobreviviente, la culpa del que no estuvo, acompañó a Melvin durante casi 50 años. Una carga que no eligió, que no merecía. [música] pero que llevó de todos modos. Mientras tanto, en algún archivo de evidencias del condado de Cop, aquellos dos fragmentos seguían esperando.
El cabello castaño, el pedazo de tela floral, guardados, intactos, silenciosos. Y a medida que la ciencia avanzaba, llegó un momento en que esos fragmentos volvieron a cobrar relevancia. En 2001, casi 30 años después del asesinato, la tecnología de ADN ya existía y los investigadores volvieron a sacar la evidencia del caso Randal.
Analizaron lo que tenían con la esperanza de obtener un perfil genético que pudieran comparar contra las bases de datos. Lograron obtener material, pero cuando lo compararon contra las bases de datos de criminales, no hubo ninguna coincidencia. El asesino de Devy, quien quiera que fuera, no estaba en el sistema, no tenía antecedentes que lo hubieran metido en esas bases.
Era genéticamente un fantasma. Los investigadores no se rindieron. En 2015, más de 40 años después del crimen, lo intentaron [música] de nuevo. Nuevas pruebas, tecnología mejorada, otra comparación contra las bases de datos y otra vez nada, ninguna coincidencia. El fantasma seguía siendo un fantasma. Para entonces, el caso llevaba más de cuatro décadas sin resolverse.
Los investigadores originales se habían jubilado o habían muerto. La tecnología había avanzado enormemente y aún así, el asesino de Devy seguía sin nombre. Parecía uno de esos casos destinados a no resolverse jamás, uno de esos misterios que se llevan a la tumba. Los padres de Devi estaban envejeciendo y la posibilidad de que murieran sin saber quién había matado a su hija se volvía con cada año que pasaba más y más real.
Lo que ninguno de ellos sabía era que la ciencia estaba a punto de dar un salto. Un salto que no dependía de que el asesino estuviera en una base de datos criminal. Un salto que cambiaría por completo las reglas del juego para los casos fríos en todo el mundo. Y ese salto tenía un nombre, genealogía genética.
La misma técnica que por esos años estaba empezando a resolver casos que llevaban décadas congelados. La misma que había identificado a asesinos que se creían intocables, una técnica que no necesitaba que el criminal estuviera fichado, solo necesitaba a sus parientes y todos, absolutamente todos, tenemos parientes. En 2022, 50 años después de que David Randall saliera de aquella lavandería y no volviera, los investigadores decidieron intentarlo una vez más.
sacaron otra vez aquel pequeño pedazo de tela floral guardado desde 1972 y esta vez esa tela por fin iba a hablar. Para entender lo que pasó en 2022, hay que entender qué es la genealogía genética y por qué lo cambió todo. Durante décadas, resolver un crimen con ADN dependía de una condición.
El criminal tenía que estar en una base de datos. Sus datos genéticos debían haber sido registrados normalmente por un arresto previo. Si el asesino nunca había sido fichado, su ADN no estaba en el sistema y no había nada contra qué comparar. Por eso, los análisis 2001 y 2015 en el caso de Devy habían fracasado.
Su asesino simplemente no estaba en ninguna base criminal. La genealogía genética le dio la vuelta por completo a ese problema. En lugar de buscar al criminal directamente, busca a sus parientes, toma el perfil de ADN de la escena y lo compara contra las enormes bases de datos genealógicas, esas que millones de personas usan para armar su árbol familiar y buscar antepasados.
Y ahí encuentra coincidencias parciales, primos, tíos, abuelos, parientes [música] lejanos. A partir de esas coincidencias, los especialistas construyen árboles genealógicos, rastrean líneas familiares, cruzan fechas, lugares, nombres y van cerrando el cerco generación tras generación, rama tras rama, hasta llegar a una sola persona que encaja con todo.
La edad correcta, el lugar correcto, el perfil correcto. Es un trabajo minucioso, casi detectivesco, que combina la ciencia genética con la investigación histórica y ha resuelto casos que llevaban medio siglo congelados. En 2022, ese pequeño pedazo de tela floral guardado desde 1972 finalmente entregó suficiente ADN para intentarlo.
Los especialistas obtuvieron un perfil genético y comenzaron el proceso. Lo subieron a las bases de datos genealógicas. Encontraron parientes y empezaron a construir el árbol. Rama por rama fueron cerrando el cerco, descartando personas, siguiendo líneas familiares hacia atrás y hacia delante en el tiempo, cruzando cada dato con lo que sabían del caso.
Un hombre presente en Marieta en enero de 1972 de cierta edad y finalmente todas las ramas convergieron en un solo nombre. William B. Rose era un nombre que nadie había pronunciado jamás en relación con este caso. En 50 años de investigación, en todas las listas de sospechosos, en todas las pistas seguidas y descartadas, el nombre de William Rose no aparecía por ningún lado.
Nunca había sido sospechoso, nunca había sido interrogado, nunca había estado ni remotamente en el radar de los investigadores. Y sin embargo, cuando empezaron a investigarlo, las piezas encajaron de una forma escalofriante. En 1972, William Rose tenía 24 años. Era un hombre joven de la edad que encajaba con la descripción que Sandra Moody había dado medio siglo antes.
Y lo más perturbador, vivía en la zona, en el área de Marieta, cerca del barrio de los Randal. De hecho, tenía familiares que vivían en el mismo conjunto habitacional que la familia de Deby, el mismo complejo de viviendas. Eso significaba que Rose conocía la zona, conocía el vecindario, conocía los ritmos del barrio, los lugares que frecuentaban los niños, la lavandería a la que iban las familias.
No era un extraño que pasaba por ahí. Era alguien que tenía razones para estar en ese barrio, que se movía en él con naturalidad, que sabía cómo funcionaba. Ese conocimiento del lugar explicaba mucho. Explicaba cómo un depredador pudo actuar con tanta familiaridad, cómo sabía dónde y cuándo una niña podría estar sola. Después de 50 años, los investigadores por fin tenían un nombre, el nombre del hombre que con casi total certeza había secuestrado y asesinado a Deby Randall.
Pero había un problema, uno enorme. William Rose estaba muerto. No solo muerto, llevaba muerto casi medio siglo. Porque en 1974, apenas dos años después del asesinato de Devy, William Rose se había quitado la vida. 2 años. Solo dos años después de matar a esa niña, el hombre se había suicidado y con su muerte se había llevado su secreto.
Durante 50 años, la respuesta al caso de Devy Randall estuvo literalmente enterrada en una [música] tumba bajo el nombre de un hombre que nadie había conectado jamás con el crimen. Piensa en la magnitud de eso. Todos esos años de investigación, todos esos análisis de ADN que fracasaron porque Rose no estaba en ninguna base criminal [música] y nunca lo estaría porque había muerto en 1974.
Todos esos sospechosos interrogados, ninguno de ellos el correcto, y el verdadero asesino todo ese tiempo descansando en una tumba fuera del alcance de la justicia. O eso parecía porque los investigadores no estaban dispuestos a dejar que la muerte de William Rose fuera la última palabra. La genealogía genética había señalado a William Rose, pero señalar no es lo mismo que probar.
Los investigadores tenían una fuerte sospecha construida a partir del árbol genealógico y de las coincidencias con parientes. Lo que no tenían era la confirmación definitiva, la prueba absoluta de que el ADN de la tela floral pertenecía a William Rose y a nadie más. Y solo había una forma de obtener esa prueba.
Necesitaban el ADN directo de Rose, no el de sus parientes, el suyo. El problema, por supuesto, es que Rose llevaba casi 50 años muerto y enterrado. Así que los investigadores tomaron una decisión extraordinaria. Iban a exhumar el cuerpo de William Rose. Para hacerlo necesitaban el permiso de su familia. Y aquí hay que detenerse un momento, porque la posición de esa familia era a su manera también difícil.
Imagina que un día tocan a tu puerta y te dicen que tu pariente, un hombre que murió hace medio siglo, es sospechoso del secuestro y asesinato de una niña de 9 años que quieren desenterrar sus restos para comprobarlo. La familia de Rose dio su autorización. Permitieron la exhumación y ese gesto, por doloroso que fuera para ellos, resultó fundamental para darle a otra familia la respuesta que había esperado durante 50 años.
Se exhumó el cuerpo, se obtuvo una muestra de ADN de los restos de William Rose y se comparó con el perfil genético extraído de aquel pedazo de tela floral guardado desde 1972. El resultado fue una coincidencia exacta, no una probabilidad, no una sospecha, una coincidencia exacta. El ADN de la tela floral que estuvo 50 años guardada en un archivo de evidencias pertenecía, sin ninguna duda, a William B. Rose.
En septiembre de 2023, 51 años después de que Deby Randall saliera de aquella lavandería y no volviera a casa, el caso fue oficialmente cerrado. El hombre que la había secuestrado, violado y asesinado por fin tenía un nombre y un rostro, William B. Rose, el vecino que nadie sospechó. El hombre que se llevó su secreto a la tumba y a quien la ciencia fue a buscar hasta ahí medio siglo después para arrancárselo.
Debería ser un momento de triunfo y en cierto sentido lo es. Pero este caso, como tantos, no tiene un final limpio ni completamente feliz, porque la justicia llegó demasiado tarde para las personas que más la merecían. Los padres de Devy Randall murieron sin saberlo. Se fueron de este mundo sin conocer nunca el nombre del hombre que les arrebató a su hija.
Pasaron el resto de sus vidas con esa pregunta clavada, esa herida abierta, ese vacío. Y murieron antes de que la tela floral hablara, [música] antes de que la genealogía genética existiera, antes de que alguien pudiera por fin decirles quién había sido. Toda una vida esperando una respuesta que llegó, pero no a tiempo para ellos. Esa es una de las crueldades del tiempo en estos casos. La verdad existía.
Estaba ahí esperando en un pedazo de tela, pero llegó una generación demasiado tarde. Y sin embargo, hubo alguien que sí vivió para conocer la verdad, alguien para quien esa respuesta lo cambió todo. El hermano de Devy, Melvin Randall. Melvin, el niño que estaba enfermo aquella noche y no acompañó a su hermana.
El hombre que cargó durante casi 50 años con la culpa de no haber estado ahí. Melvin vivió lo suficiente para recibir la llamada, para escuchar el nombre, para saber por fin quién había matado a su hermana pequeña. Y lo que Melvin sintió al saberlo no fue rabia, no fue sed de venganza, fue, según sus propias palabras, paz.
Después de décadas de tormento, de preguntas sin respuesta, de culpa cargada en silencio, Melvinó por fin algo de paz. La respuesta no le devolvió a su hermana, no borró el dolor de 50 años, pero le dio algo que había buscado toda su vida, un cierre, un nombre, el fin de la incertidumbre. Pero Melvin hizo algo más, algo que revela la extraordinaria dimensión humana de este hombre. Perdonó.
dejó claro que no responsabilizaba a la familia de William Rose por lo que Rose había hecho. Entendía que los parientes de ese hombre no tenían ninguna culpa de sus actos, que ellos también, a su manera, eran víctimas de haber compartido sangre con un monstruo, que el gesto de permitir la exhumación, de ayudar a que la verdad saliera a la luz, merecía gratitud, no rencor.
En medio de todo el horror de este caso, ese acto de perdón de Melvin brilla con una luz difícil de explicar. Un hombre que perdió a su hermana de la manera más brutal, que cargó culpa durante medio siglo, encontrando dentro de sí la capacidad de no odiar, de separar al culpable de su familia, de elegir la paz por encima del rencor.
Hoy el caso de David Randall está cerrado. Después de 51 años, el nombre de su asesino es conocido, William B. Rose, [música] el hombre que nadie sospechó, identificado gracias a un pedazo de tela floral que un investigador tuvo la previsión de guardar en 1972 y a una tecnología que tardó medio siglo en existir. Es una victoria de la ciencia y de la perseverancia, la prueba de que ningún caso está verdaderamente muerto mientras exista un fragmento de evidencia y alguien dispuesto a seguir buscando.
[música] La prueba de que ni siquiera la muerte del culpable ni 50 años de silencio pueden garantizar que la verdad permanezca enterrada para siempre. Pero por encima de la ciencia, por encima del giro asombroso de un asesino identificado desde su propia tumba, esta historia se trata de una niña. David Randall tenía 9 años.
Tenía el cabello rubio, ondulado y [música] pecas en la cara. Ayudaba a su familia. Estaba orgullosa de sus zapatos nuevos de Navidad. Una noche de enero fue a hacer un mandado a lavandería de la esquina. Jugó con otros niños mientras esperaba la ropa y luego salió a la oscuridad para volver a casa. Luchó. Cuando el horror vino por ella, [música] esa niña de 9 años pateó, golpeó y gritó con todo lo que tenía. No se rindió.
Dejó su marca en el mundo hasta en el último segundo en una caja de detergente caída sobre una acera. No pudo salvarse esa noche, pero medio siglo después, la verdad sobre lo que le pasó finalmente salió a la luz. Su nombre dejó de ser el de un caso sin resolver y su familia o lo que quedaba de ella, por fin pudo encontrar algo de paz.
William Rose creyó que la muerte lo protegería. Creyó que su secreto estaba a salvo, enterrado con él. Se equivocó porque la niña que luchó aquella noche tenía del otro lado del tiempo a personas que también lucharon por ella. Investigadores que guardaron un pedazo de tela durante 50 años.
Científicos que aprendieron a leer lo que antes era ilegible. Un hermano que nunca dejó de amarla. Y entre todos después de medio siglo, le devolvieron a Devi lo único que quedaba por devolverle, su verdad. Descansa en paz, Deb Randal. Nos vemos en el próximo caso.