ASÍ ERA LA ESPELUZNANTE VIDA dentro de PUEBLA durante la ERUPCIÓN del POPOCATÉPETL

Eran las 2 de la madrugada, Puebla dormía y de pronto un estruendo partió la noche en dos. No fue un temblor, no fue una tormenta, fue el sonido de una montaña despertando después de 70 años de silencio. Miles de familias abrieron los ojos sin saber qué había pasado. Los perros ladraban sin parar.

Los vidrios de las ventanas vibraban solos y en la oscuridad, sin que nadie lo pudiera ver todavía, una columna de humo y fuego comenzaba a subir varios kilómetros hacia el cielo. Al amanecer, Puebla ya no era la misma ciudad. Lo que va a contarte este video no es una leyenda de fogata ni una exageración de redes sociales.

Es la historia real de lo que vivieron miles de poblanos cuando el Popocatépetl, ese volcán que muchos de nosotros vimos toda la vida ahí, quieto, casi como parte del paisaje familiar, decidió recordarle a México que sigue vivo. Vamos a meternos en los pueblos que quedaron bajo la ceniza. Vamos a hablar de las evacuaciones que sacaron a miles de personas de sus casas en plena madrugada y vamos a conocer una leyenda que para mucha gente en la falda del volcán no es leyenda.

Es la explicación de por qué hasta hoy le siguen hablando a la montaña como si fuera un abuelo. Si esta historia te atrapa desde ya, quédate hasta el final. Y antes de seguir, ayúdanos con algo sencillo. Dale like a este video y suscríbete al canal. Así nos ayudas a que estas historias de nuestro México sigan llegando a más gente y nosotros seguimos trayéndote relatos como este, contados con respeto y con los hechos como deben ser, completos y verdaderos.

Ahora sí, vámonos a Puebla, al año en que Don Goyo despertó. Para entender el miedo que se vivió en Puebla, primero hay que entender quién es el popocatepetle para la gente que vive a su sombra. No es solamente un volcán en un mapa de geografía, es una presencia, uno de los volcanes activos más importantes de México, con una historia de erupciones que se remonta a siglos atrás, incluso desde antes de la llegada de los españoles.

Los cronistas indígenas y también los españoles dejaron testimonio de que ya en el año 1519 el coloso mostraba actividad importante, pero durante casi todo el siglo XX el volcán se mantuvo dormido. Su último gran periodo de actividad había sido entre 1919 y 1924. Después de eso, silencio. Generaciones enteras de poblanos crecieron viendo esa figura nevada en el horizonte, hermosa, imponente, pero tranquila.

Muchos abuelos les contaban a sus nietos historias sobre el volcán, pero nadie en Puebla, en Cholula, en Atlix o en los pueblos de la falda había visto con sus propios ojos una erupción real. Eso cambió en 1994. El 21 de diciembre de ese año, a la 1:54 minutos de la madrugada, algo se movió en las entrañas de la montaña.

Una intensa actividad interna abrió el conducto del volcán. El gas salió con tal presión que arrastró consigo el material que taponaba el cráter y esa ceniza se extendió como una nube sobre el valle de Puebla y Cholula. El popocaté Petl explotaba por primera vez en más de 70 años. En Shalitsintla, el pueblo más cercano al volcán, esa madrugada solamente se escuchó lo que la gente llamó el tronidazo.

Nadie entendía todavía la magnitud de lo que estaba pasando. Con el amanecer, desde la ciudad de Puebla ya se veían columnas de humo de más de 6 km de altura. Imagínate esa escena. Estás en tu casa en Puebla capital. Te levantas para ir al trabajo como cualquier otro día de diciembre con la Navidad encima.

Y al abrir la puerta te encuentras con una columna gigantesca elevándose sobre el volcán que siempre viste dormido. Ese día algo cambió para siempre en la relación entre los poblanos y su volcán. Y esto apenas comenzaba. Si viviste en Puebla en esos años, seguramente recuerdas algo que nadie que no lo haya vivido puede entender del todo.

El sonido del silencio bajo una lluvia de ceniza. La primera emisión de ceniza de 1994 provocó tanta inquietud entre la población y las autoridades que algunos de los poblados más vulnerables ubicados en el flanco noreste del volcán tuvieron que ser desalojados de sus propias viviendas. No hablamos de un par de familias.

Los registros oficiales indican que 30,000 personas fueron evacuadas en ese primer episodio. Piénsalo bien. 30,000 personas, hombres que se habían pasado la vida trabajando su tierra. Mujeres que llevaban décadas en la misma casa donde criaron a sus hijos. Ancianos que jamás pensaron que tendrían que salir corriendo de su hogar por culpa de la montaña que veían todos los días desde la ventana de su cocina.

La ceniza caía sobre techos, sobre calles, sobre los sembradíos de maíz, que eran el sustento de familias enteras. Los autos amanecían cubiertos de un polvo gris que se metía por cualquier rendija. La gente empezó a cubrirse la boca con trapos húmedos, porque todavía no existían las campañas oficiales de salud que hoy conocemos, con cubrebocas y recomendaciones claras.

En algunos pueblos la ceniza no llegó de inmediato el mismo 21 de diciembre. En Shalitsintla, por ejemplo, esa madrugada solamente se escuchó el estruendo, pero la ceniza cayó ahí un par de días después, el 23 de diciembre. Y para entonces la gente ya tenía otra preocupación encima. Tenían que piscar el maíz antes de que se perdiera.

Sus animales estaban muriendo de hambre y de sed y empezaban a enfrentar los problemas de estar viviendo asinados en los albergues. Porque eso es lo que casi nunca se cuenta cuando se habla de una evacuación. No es solamente el momento dramático de salir corriendo, es lo que viene después.

Es dormir en un piso de concreto, en un gimnasio o en una escuela convertida en refugio. Es no saber si tu casa sigue en pie. Es preguntarte todos los días si tus animales, que son tu único patrimonio, están vivos o muertos allá arriba en el pueblo que tuviste que abandonar. La actividad no se detuvo ahí. El 5 de marzo de 1996 comenzó un nuevo episodio de actividad con emisiones de ceniza comparables a las de diciembre de 1994.

El mensaje era claro para todos los poblanos. El volcán no había terminado de despertar, apenas estaba estirándose. Para los agricultores de la región, cada capa de ceniza representaba algo más que una molestia estética. El maíz, la principal fuente de sustento de decenas de comunidades en la falda del volcán, quedaba cubierto de un polvo que había que sacudir hoja por hoja, planta por planta, si es que se quería salvar algo de la cosecha.

Los productores de flores de Atlixco, región conocida en todo el país por su producción floral, veían con angustia como la ceniza se depositaba sobre los invernaderos, obligándolos a limpiar techos y mallas. antes de que el peso del polvo, mezclado con la humedad terminara colapsando la estructura. En las ciudades, los mecánicos empezaron a recibir más autos de lo normal con filtros de aire tapados por completo.

Las amas de casa aprendieron a tender la ropa únicamente bajo techo, porque colgarla afuera significaba tener que lavarla otra vez. Y en las escuelas, muchos maestros recuerdan tener que suspender los recreos al aire libre durante días enteros, mientras los niños veían caer curiosos y a la vez asustados esa lluvia gris que no mojaba, pero que lo cubría todo con el mismo peso silencioso de la nieve.

Si 1994 fue el despertar, diciembre del año 2000 fue el momento en que Puebla realmente sintió que el peligro era real, tangible y que podía tocar la puerta de cualquier familia. Ese año la actividad del volcán comenzó a intensificarse desde el mes de abril con una pequeña erupción, pero todo cambió el 12 de diciembre cuando la actividad aumentó de forma estrepitosa, al grado de que los fragmentos incandescentes que lanzaba el volcán podían verse a simple vista, lo que obligó a desalojar comunidades cercanas al coloso. Y como

si eso no fuera suficiente, apenas unos días después llegó el golpe más fuerte. El 18 de diciembre por la tarde, el volcán entró en una nueva erupción y durante dos días consecutivos lanzó con enorme fuerza lava, ceniza, gases y fragmentos incandescentes. Esa tarde del 18 de diciembre, Dong Goyo arrojó piedras incandescentes que llegaron a medir hasta 1 m de diámetro.

Detente un momento a imaginar eso. Piedras del tamaño de un refrigerador ardiendo, saliendo disparadas de la boca del volcán y cayendo sobre las laderas donde había pueblos enteros. No es una película de desastres de Hollywood, es lo que vivieron con sus propios ojos comunidades como Santiago Shalzintla, San Nicolás de los Ranchos, Nealticán, San Pedro Benito Juárez y muchas otras que rodean al Popocatepetl en territorio poblano.

La respuesta de las autoridades fue una evacuación masiva. Se calcula que 41,000 personas fueron sacadas de las zonas cercanas al volcán, justo en vísperas de las fiestas de sembrinas. Imagínate lo que significa eso para una familia mexicana. diciembre, las posadas, la cena de Nochebuena que llevabas meses planeando, los regalos ya comprados para los nietos y de repente tienes que dejar todo, subir a tu familia, a una camioneta del gobierno o del ejército y salir sin saber si vas a volver a ver tu casa en pie.

El entonces presidente de México y el secretario de Gobernación sostuvieron reuniones constantes con vulcanólogos para monitorear la situación, mientras en la televisión nacional se transmitían en vivo las imágenes de la montaña escupiendo fuego. Todo el país tenía los ojos puestos en Puebla. Los que vivieron esos días lo describen como algo entre el miedo y el asombro, porque sí había terror genuino, la posibilidad real de perderlo todo.

Pero también había algo casi hipnótico en ver a esa montaña que habían conocido siempre dormida, ahora rugiendo con una fuerza que ningún ser humano puede controlar ni detener. Los vulcanólogos, hasta la fecha consideran esta erupción de diciembre del 2000 como una de las más violentas registradas en la crónica moderna del volcán.

Y hay un detalle que pocos recuerdan, pero que dice mucho del carácter de la gente de estos pueblos. Muchos de los que fueron evacuados regresaron a su comunidad apenas unos días después, sin esperar siquiera el aviso oficial de que ya era seguro volver. No lo hicieron por imprudencia, lo hicieron porque allá arriba en su rancho, se habían quedado sus animales, su cosecha, el patrimonio de toda una vida que no se puede abandonar así no más, aunque la montaña esté escupiendo fuego.

Esa tensión entre el miedo real y la necesidad de proteger lo poco que se tiene se repitió en cada uno de los episodios de actividad del volcán, año tras año. Y es algo que cualquier hombre de campo, cualquier padre de familia que ha tenido que decidir entre la seguridad y el sustento puede entender perfectamente. Hay un pueblo que aparece una y otra vez en esta historia y merece que nos detengamos en él con calma.

Santiago Shalzintla está a apenas 12 km del cráter. Si el popocatepetle decidiera hoy mismo lanzar una erupción de gran magnitud, este sería de los primeros lugares en sentirlo. La gente de Shalitsintla no vive de espaldas al volcán, vive con él, casi en conversación permanente con él. Y aquí es donde entra una de las tradiciones más entrañables de todo el centro de México, la leyenda de Don Goyo.

Cuenta la tradición oral que hace muchos años un habitante del pueblo caminaba por las faldas de la montaña cuando se topó con un anciano de pelo cano y barba abundante que se presentó como Gregorio Chino Popocatépetl. Dependiendo de la versión que te cuenten, este hombre era la personificación misma del volcán. o era un tiempero, una especie de sacerdote capaz de escuchar los pensamientos del coloso.

De ahí nació el cariñoso apodo con el que millones de mexicanos conocen al volcán hasta el día de hoy. Dong Goyo. En Shalitsintla, los tiemperos son considerados hombres elegidos capaces de comunicarse con el espíritu del volcán. Y son ellos quienes avisan a los pueblos cercanos cuando el volcán anda inquieto. Cada 12 de marzo, día de San Gregorio, los pobladores suben ofrendas a las faldas del volcán, comida, fruta, flores y en ocasiones hasta un anillo de oro para pedirle que se mantenga tranquilo.

Uno de los tiempos más conocidos de la historia reciente fue don Antonio Analco. Se dice que desde niño, mientras pastoreaba el rebaño de su padre por la montaña, comenzó a recibir en sueños los avisos del volcán. Con los años se convirtió en el guía espiritual del pueblo frente al popo, el que caminaba hasta los lugares más altos para escuchar cómo estaba de ánimo la montaña y el que le avisaba a la gente si convenía prepararse para lo peor.

Puede sonar a mito para quien lo escucha desde la Ciudad de México o desde el extranjero. Pero para las familias de Shalitsintla esta tradición es tan real evacuación pintadas en las paredes del pueblo. Tan real como las sirenas que se activaron aquel diciembre de 1994 y de 2000. Y hay una razón muy humana detrás de esta creencia.

Cuando vives literalmente a la sombra de un volcán activo, necesitas encontrarle sentido al peligro. Necesitas creer que hay una manera de negociar con la montaña, de pedirle respeto a cambio de respeto. Es una forma de convivir con el miedo sin que ese miedo te paralice. Shalid Sintla, por si no lo sabías, es un pueblo pequeño de apenas un par de miles de habitantes, dedicado principalmente a la agricultura y a la cría de ganado.

Sus calles hasta hace no muchos años eran de terracería y llegar hasta Cholula significaba varias horas de camino en condiciones difíciles. Durante los años de mayor actividad del volcán, el gobierno impulsó mejoras en esas vías, precisamente para garantizar que llegado el momento de una evacuación real, la gente pudiera salir con rapidez.

El ejército mexicano llegó a mantener un destacamento permanente en el pueblo y en otras comunidades clasificadas como de alto riesgo. Una presencia constante que, para bien o para mal, se volvió parte del paisaje cotidiano de Shalitsintla durante años. Las paredes del pueblo, durante mucho tiempo, estuvieron cubiertas de letreros pintados a mano que advertían sobre la necesidad de estar preparados ante una posible erupción.

No eran carteles oficiales impresos en una imprenta de la capital. Eran avisos hechos por la propia comunidad, para la propia comunidad, un recordatorio diario de que la vida junto al volcán exige memoria y disciplina, no solamente fe. Y ya que estamos hablando de leyendas, hay una historia que no puede faltar en este recorrido, porque explica algo que quizás nunca te habías preguntado.

¿Por qué junto al popo catépetel hay otra montaña más baja con una silueta que parece la de una mujer recostada durmiendo para siempre? La tradición cuenta que Popocatéptl exiwatle fueron en realidad dos jóvenes tlaxcaltecas que se amaban profundamente. Él era un guerrero valiente, ella una doncella de gran belleza.

Cuando llegó el momento de que él partiera a una de tantas batallas entre tlaxcaltecas y meicas, ambos se prometieron que al volver victorioso se casarían. Pero mientras el guerrero luchaba lejos de casa, un rival celoso hizo correr la noticia de que había muerto en combate. Istaxiwatle, al enterarse cayó en una tristeza tan profunda que su corazón no resistió y murió de pena antes de que la mentira pudiera desmentirse.

Cuando el guerrero regresó victorioso y se enteró de lo que había pasado, ninguna victoria en el mundo pudo devolverle la alegría. cargó el cuerpo sin vida de su amada entre los brazos y la subió hasta la cima de la montaña más alta que pudo encontrar. Ahí la recostó con delicadeza, se arrodilló junto a ella, encendió una antorcha para velar su sueño eterno y decidió quedarse a su lado para siempre.

Cuenta la leyenda que con el paso del tiempo ambos se convirtieron en las dos montañas que hoy conocemos. Elistaxiwatl, la mujer dormida con su silueta recostada mirando al cielo y el popocatepetl, el guerrero, que sigue de pie vigilándola y que de vez en cuando deja escapar un poco de humo, como si todavía después de tantos siglos siguiera suspirando por ella.

Esta es la historia que se cuenta en las escuelas, la que las abuelas les narran a sus nietos antes de dormir. Y aunque es distinta de la leyenda de don Goyo que ya conocimos, ambas conviven en la memoria de los pueblos poblanos sin contradecirse. Una explica el nombre cariñoso del volcán y otra explica su origen mismo.

Las dos, a su manera, son la forma en que generaciones de mexicanos han encontrado para convivir con un vecino tan poderoso como impredecible, convirtiéndolo en parte de la familia, en un personaje con sentimientos, en alguien a quien se le puede hablar. Después del año 2000, mucha gente pensó que lo peor ya había pasado.

Se equivocaban. En diciembre de ese mismo año, la actividad se intensificó tanto que Protección Civil reportó la formación de un nuevo domo de lava, lo que obligó a evacuar a 41,000 personas. El Popocatepetl entró en un patrón que los científicos conocen bien, la construcción y destrucción de domos de lava, uno tras otro durante años.

Entre 2012 y 2016 se vivió otra etapa de gran actividad con una frecuencia constante de explosiones y la formación de enormes domos. En 2013, el volcán expulsó cantidades considerables de ceniza y gases acompañadas de una serie de explosiones. En 2017, el volcán lanzó fragmentos incandescentes que llegaron a unos 900 m del borde del cráter.

Para octubre de 2018 se registraron más de 300 exhalaciones acompañadas de vapor de agua y gas y en marzo de 2019 el volcán volvió a expulsar material incandescente. Durante 2019 la alerta se mantuvo en amarillo fase 3 durante varias semanas con un radio de seguridad de 12 km alrededor del cráter. Cada uno de estos episodios significó lo mismo para las familias poblanas.

revisar de nuevo la mochila de emergencia, volver a sacar los documentos importantes, recordarles a los hijos cuál es la ruta de salida y dormir con un ojo abierto escuchando las noticias. Y luego llegó mayo de 2023 cuando el volcán volvió a ponerse en el centro de la atención nacional. La caída de ceniza obligó al gobernador de Puebla a realizar un simulacro en la región de Istapopo y a recorrer personalmente las rutas de evacuación para verificar en qué condiciones estaban las vialidades.

Las autoridades de Protección Civil recomendaron a la población el uso de cubrebocas y evitar actividades al aire libre por la cantidad de ceniza suspendida en el ambiente. El semáforo de alerta volcánica pasó a amarillo fase 3 tras la caída de ceniza sobre Puebla, el Estado de México, Hidalgo, Tlaxcala y la Ciudad de México.

Y las clases presenciales se suspendieron en varios municipios poblanos. La normalidad de la vida cotidiana, una vez más quedó suspendida por decisión de una montaña. La actividad fue tan intensa que llegó a paralizar la operación aérea de la región. Se contabilizaron más de 75 vuelos cancelados entre salidas y llegadas en el aeropuerto de la Ciudad de México, mientras que el aeropuerto de Puebla tuvo que suspender operaciones para realizar labores de limpieza de ceniza en las pistas antes de poder reanudar los vuelos con seguridad. Miles

de pasajeros se quedaron varados, familias enteras vieron cancelados sus viajes de fin de semana y el transporte de carga que mueve buena parte de la economía de la región tuvo que buscar rutas alternas. En las calles de Puebla capital, la gente caminaba con cubrebocas no por un virus, sino por el polvo volcánico que se metía en los ojos y en la garganta.

Las autoridades de salud recomendaron a la población evitar que niños, adultos mayores y personas con enfermedades respiratorias tuvieran contacto directo con la ceniza. Precisamente porque este material, tan fino como el talco, pero mucho más abrasivo, puede dañar las vías respiratorias si se respira de manera constante.

Muchos comercios en el centro histórico bajaron sus cortinas antes de tiempo, no por miedo a un asalto, sino por miedo a que la ceniza arruinara la mercancía expuesta en los aparadores. Para entonces ya existía algo que en 1994 no existía, un protocolo. Actualmente el estado de Puebla cuenta con 10 rutas oficiales de evacuación que conectan a las comunidades cercanas al volcán con zonas de menor riesgo y refugios temporales, entre ellas rutas hacia San Martín, Texmelucán, San Pedro y San Andrés Cholula, la propia ciudad de Puebla, e Izúcar de Matamoros. Pero

la existencia de un protocolo en papel no siempre significa tranquilidad en la práctica. Aquí viene una parte de la historia que pocas veces se cuenta y que merece que la escuches con atención porque nos habla de algo muy humano, lo difícil que es organizar a miles de personas cuando el peligro llega de verdad.

Pese a que en Puebla existía un atlas de peligros y un plan de protección civil para el volcán, en la práctica no había rutas de evacuación bien definidas ni albergues plenamente identificados, y ni siquiera estaba claro cuántas poblaciones estaban realmente en riesgo, ni cuánta gente vivía en cada una de ellas.

Hubo incluso un caso muy revelador. San Pedro Jan Quitlalpan, un pueblo pegado a San Nicolás de los ranchos y separado de este apenas por una calle, no fue alertado en las primeras horas de la emergencia porque los responsables del operativo ni siquiera sabían que ahí existían dos comunidades distintas. Simplemente no llegaron a avisarles y esa gente al no ser convocada no se dio por aludida.

Este tipo de detalles nos recuerda algo muy importante. Detrás de cada cifra oficial de evacuados hay una historia de confusión, de rumores que corren de boca en boca, de vecinos que se avisan entre ellos porque el operativo formal no llegó a tiempo. La experiencia dolorosa pero valiosa sirvió para que con los años se mejoraran los caminos y los protocolos, aunque el reto de coordinar una evacuación masiva en terreno montañoso nunca deja de ser enorme.

Y aquí vale la pena que te hagas esta pregunta, sobre todo si tienes familia o conocidos en algún municipio cercano al volcán. ¿Sabes cuál es tu ruta de evacuación? ¿Sabes a dónde tendrías que ir si mañana el semáforo pasa a rojo? Muchas familias poblanas, después de vivir estos episodios, aprendieron esa lección de la manera más dura, informándose apenas cuando ya era demasiado tarde para hacerlo con calma.

Esta es la pregunta que muchos poblanos se hacen en silencio cada vez que ven salir una fumarola más grande de lo normal. ¿Qué pasaría hoy si el volcán despierta de verdad? Aunque el volcán ha mostrado actividad constante en los últimos años con gas, ceniza y explosiones pequeñas o moderadas, diciembre del año 2000 sigue siendo considerada la última erupción verdaderamente violenta y de gran magnitud en la historia moderna del popocatepetl.

Pero los especialistas no descartan que algo similar o incluso más fuerte pueda repetirse. Un video que circuló ampliamente en redes sociales, elaborado a partir de un escenario hipotético en fase roja, la máxima alerta del semáforo volcánico, mostró algo que hizo reflexionar a muchas familias. El posible inicio de una columna eruptiva de varios kilómetros de altura, la dispersión de ceniza a grandes distancias.

según la dirección del viento, la emisión de fragmentos incandescentes y la expulsión de flujos piroclásticos hacia las zonas cercanas al cráter. Ese escenario, aunque hipotético, no está desconectado de la realidad. Desde el año 1354 se han registrado 18 episodios eruptivos del Popocatepetlle, lo que demuestra que estamos ante un volcán con una historia de actividad recurrente, no ante un caso aislado.

Hoy la ciencia mexicana vigila al coloso todos los días las 24 horas. Estaciones sísmicas, cámaras térmicas, sensores de gases, todo un ejército silencioso de instrumentos que intenta anticiparse a lo que la montaña pueda hacer. Y aún así, la naturaleza sigue teniendo la última palabra. Lo que sí ha cambiado y para bien es la cultura de prevención.

Los simulacros ya no son una excepción. sino una práctica constante en los municipios de la falda del volcán. Las rutas de evacuación están mejor señaladas y las familias que viven en la zona de riesgo saben mucho mejor que hace 30 años, que la ceniza no perdona la improvisación. Pero también queda claro algo que ninguna tecnología puede cambiar.

La vida junto a un volcán activo siempre será una vida en alerta permanente. Es el precio que pagan miles de familias poblanas por vivir en una de las regiones más fértiles, más hermosas y al mismo tiempo más impredecibles de todo México. Hoy en día, cuando uno maneja por la autopista México Puebla y ve al Popocatepitalle asomarse entre las nubes con una pequeña fumarola blanca saliendo tranquilamente de su cráter, es fácil olvidar todo lo que ese mismo volcán ha provocado en las últimas tres décadas.

Es fácil pensar que ya pasó, que fue cosa del pasado, que ahora solamente es un paisaje bonito para la foto del recuerdo, pero quienes vivieron de cerca, las evacuaciones de 1994 y del año 2000, quienes durmieron en un albergue esperando noticias de su rancho o quienes simplemente crecieron viendo cómo sus padres guardaban una mochila de emergencia junto a la puerta durante meses enteros, saben que esa tranquilidad siempre es prestada, nunca definitiva.

Han pasado más de tres décadas desde que Dong Goyo despertó aquella madrugada de diciembre de 1994. Y aún así, cada vez que una nueva fumarola se eleva sobre el horizonte de Puebla, miles de familias vuelven a sentir ese nudo en el estómago que ya conocen bien. Hemos hablado de evacuaciones masivas, de pueblos enteros que tuvieron que dejar su tierra en plena madrugada.

de piedras incandescentes del tamaño de un refrigerador cayendo sobre las laderas, de una leyenda que convirtió al volcán en un abuelo al que hay que hablarle con respeto. Hemos hablado sobre todo de la fuerza de la gente que decidió quedarse a vivir junto al fuego, generación tras generación.

Si esta historia te hizo sentir algo, si te trajo algún recuerdo de aquellos años en que la ceniza caía sobre las calles de Puebla, cuéntanoslo en los comentarios. Quizás tú mismo o algún familiar tuyo vivió de cerca alguna de estas evacuaciones y tiene una historia que merece contarse. Y si quieres seguir conociendo las historias que forman el verdadero corazón de México, ya sabes lo que tienes que hacer.

Dale like, comparte este video con quien creas que le puede interesar y suscríbete para no perderte los próximos capítulos de esta serie sobre el México que muchos desconocen. Como dicen desde hace generaciones los pobladores de Shalzintla, quienes han aprendido a vivir con la montaña más que nadie en este país. Al volcán no se le desafía, se le respeta.

Y quien aprende a escucharlo, aprende también a sobrevivirlo.

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