El niño afgano que conmovió al mundo y por consiguiente a Messi. El fútbol moderno habita en una burbuja de opulencia inalcanzable. Se juega en estadios que parecen naves espaciales bajo contratos multimillonarios con uniformes de alta tecnología diseñados para mejorar el rendimiento milimétrico de los atletas.
Y en ese universo, las camisetas oficiales son reliquias comerciales que los fanáticos compran por más de $100 en las capitales del mundo. Aún así, en enero del 2016, una sola fotografía demostró que el fútbol no le pertenece a las corporaciones, sino a cualquiera que tenga un balón y un ídolo.
La imagen era magnética. Un niño de espaldas de apenas 5 años en medio de un paisaje invernal, árido y desolado. Llevaba puesta una camiseta improvisada con una bolsa de plástico de rayas celestes y blancas. Las manijas de la bolsa hacían detirante sobre sus hombros pequeños. En la espalda escritas con un marcador azul de trazo grueso se leían una palabra y un número. Messi, número 10.
Aquella fotografía congeló el corazón de millones de usuarios en las redes sociales. Representaba la pureza absoluta del amor por el deporte, pero también la cruda realidad de la pobreza extrema. Lo que nadie imaginaba en ese momento era que la imagen desencadenaría una búsqueda global, un cuento de hadas en el Golfo Pérsico y trágicamente un calvario de amenazas y exilio para una familia que solo quería ver sonreír a su hijo menor.
Esta es la historia completa de Murtaza. Madi, el mesi afgancano. Para entender el origen de la camiseta de plástico, hay que trasladarse a la provincia de Gasni, una región montañosa y volátil en el este de Afganistán. Allí, lejos del asfalto y de la electricidad estable, se encuentra el distrito de Habori. En una pequeña casa de adobe vivía la familia Atmadi, perteneciente a la etnia Asara, una minoría históricamente perseguida en la región.
Arif Afmadi, el padre de Mortaza, era un humilde agricultor que estiraba sus pocos ingresos para alimentar a sus cinco hijos. En la región no había tiendas deportivas, ni televisión por cable, ni conexión a internet de banda ancha, pero el fútbol viajaba por canales invisibles a través de la radio y de los relatos de los jóvenes que viajaban a las ciudades.
El pequeño Murtaza, que apenas coordinaba sus primeras oraciones, descubrió la existencia de un futbolista que jugaba en un lugar llamado Barcelona. Ese futbolista, por supuesto, era Lionel Messi. Murtaza se obsesionó pasados los días pateando una pelota vieja y desinflada sobre la tierra seca del patio.
Lloraba todas las noches pidiéndole a su padre una camiseta oficial del astro argentino, la de la selección de franjas celestes y blancas. Su padre en algún momento dijo, le decía una y otra vez que éramos pobres, que apenas nos alcanzaba para la comida y que en nuestro pueblo era imposible conseguir esa camiseta.

Pero él no entendía de pobreza. Lloraba durante horas y se despertaba a mitad de la noche llamando a Messi. Un mediodía de diciembre del año 2015, cansado de ver llorar a su hermano menor, Hamaya, de 12 años decidió solucionar el problema con lo que tenía a mano. Caminó hasta el almacén del pueblo y recogió una bolsa de plástico de la compra de esas de polietileno resistente que los comerciantes usaban para entregar la mercadería.
Casualmente, la bolsa tenía franjas verticales blancas y celestes idénticas a las de la Asociación del Fútbol Argentino. Hamaya le cortó el fondo a la bolsa para que Mordasa pudiera meter las piernas, le abrió dos agujeros a los costados para los brazos y con un bolígrafo azul gastado dibujó el nombre de la estrella mundial.
Cuando Murtaza se vio al espejo con su nueva armadura, la tristeza desapareció por completo. Su hermano le tomó una foto con un teléfono móvil de baja resolución y la subió a su muro personal de Facebook con un mensaje inocente. “Mi hermano pequeño ama a Messi.” Luego de eso, el algoritmo de internet hizo el resto.
A mediados de enero del año 2016, la fotografía saltó de la cuenta privada de Hamaya a una página de fanáticos del fútbol en Twitter. En cuestión de 48 horas, la imagen fue compartida cientos de miles de veces. Estrellas del deporte, periodistas de la BBC y de la CNN y usuarios comunes se unieron bajo un mismo hashtag, find Messi Boy encuentra al niño Messi.
La viralidad inicial trajo consigo el caos informativo. Un usuario de Twitter afirmó erróneamente que el niño era de la región de Dhook en Irak, una zona devastada por la guerra contra el Estado Islámico. Varios canales de televisión internacionales enviaron corresponsales a los campos de refugiados iraquis buscando al pequeño de la bolsa de plástico, pero nadie lo conocía.
Mientras el mundo miraba hacia el Medio Oriente en la remota Habori, la familia Atmadi seguía con su rutina agrícola ajena por completo al fenómeno global. fue un primo de Harif que vivía en Kabul y tenía acceso a una red de datos móvil, quien vio la imagen de su sobrino abriendo los informativos de la televisión internacional.
llamó de inmediato a la aldea y dijo, “Af, la foto de tu hijo está en las pantallas de todo el mundo. Lo están buscando.” Una vez confirmada la identidad de Mortaza, el entorno de Lionel Messi y gestionado por su padre Jorge Messi, emitió un comunicado breve pero contundente. El futbolista estaba profundamente conmovido por la imagen y quería enviarle un regalo a su fanático más fiel.
En febrero de 2016, una delegación de UNICEF llegó a la oficina regional de Afganistán portando una caja grande. Dentro no había una, sino dos camisetas oficiales, una de la selección argentina y otra del Barcelona Fútbol Club, ambas firmadas de puño y letra por Lionel Messi junto con un balón de fútbol reglamentario.
fotos de Murtaza, esta vez sonriendo con una camiseta de verdad que le llegaba por debajo de las rodillas, volvieron a dar la vuelta al planeta. El cuento de hadas parecía haber alcanzado su clímax, pero lo mejor estaba por venir. El momento cumbre de la odisea ocurrió 10 meses después, el 13 de diciembre de 2016.
El Fútbol Club Barcelona debía disputar un partido amistoso de exhibición contra el Alhai Saudí de Doja, la capital de Qatar. El Comité Supremo para la Organización y el legado de Qatar vio la oportunidad perfecta para concretar el encuentro que todo el mundo esperaba.
Financiados por la organización, Murtas y su padre abordaron un avión por primera vez en sus vidas. Dejaron atrás el invierno helado en las montañas afganas para aterrizar en el lujo de los hoteles de cinco estrellas del Golfo Pérsico. El encuentro se produjo en las entrañas del estadio Tani Bin Hassim. Murtaza, vestido con un uniforme deportivo color naranja brillante, esperaba en el túnel de vestuarios.
De repente, las puertas se abrieron y apareció Lionel Messi. El niño no dudó un segundo, corrió hacia él y se aferró a su pierna izquierda. Messi, con una sonrisa sincera, lo alzó en brazos, le acarició el cabello y conversó con él a través de un intérprete. El protocolo dictaba que Murtaza debía acompañar a Messi de la mano hasta el centro del campo de juego durante la ceremonia inicial de los equipos, osar para la foto oficial y luego regresar al palco con su padre.
Pero Murtaza tenía sus propios planes. Cuando los fotógrafos terminaron de retratar a los capitanes y los niños escoltas comenzaron a desalojar el cedped, Murtaza se negó a soltar la mano de Messi. Corrió junto a él hacia el círculo central. El árbitro del encuentro intentó convencerlo con gestos amables de que debía salir, pero el niño corrió a refugiarse detrás de las piernas del astro argentino, provocando las risas de Luis Suárez y Neymar Junior.
Finalmente, ante la inminencia del pitazo inicial, el árbitro principal tuvo que cargar a murtaz en brazos y sacarlo de la cancha mientras el niño miraba de reojo a su ídolo despidiéndose con la mano. Habían sido 7 minutos de pura magia donde las fronteras, las guerras y la pobreza se habían disuelto por completo.
El regreso a Afganistán fue el doloroso despertar de un sueño hermoso. En las sociedades occidentales, la viralidad digital suele traducirse en contratos de patrocinio, seguidores y beneficios económicos. En una zona de conflicto dominada por la desconfianza y la delincuencia, la fama es una sentencia de muerte.
A los pocos días de volver a Jaorit, la actitud de la comunidad hacia los Amadi cambió drásticamente. Empezó a correr el rumor infundado de que Lionel Messi le había entregado a la familia una maleta con cientos de miles de dólares en efectivo para comprar terrenos y costear la educación del niño.
La realidad era opuesta. Messi solo le había regalado las camisetas y el balón. No hubo transferencias bancarias, ni fondos de inversión, ni ayuda económica directa para la subsistencia de la familia. Pronto el teléfono de Jarif comenzó a sonar a desoras. Eran bandas criminales locales que exigían el pago de vacunas y rescates anticipados.
El padre de Murtaza dijo, “Me llamaban y me decían, “Has estado con Messi, ahora tienes mucho dinero de los extranjeros. Si no nos das $,000, secuestraremos a Murtaza y te lo devolveremos en pedazos.” La vida cotidiana se volvió insoportable. Mortasa ya no podía salir a jugar al patio.
Su madre, Shafkia, tuvo que sacarlo de la escuela primaria por temor a que fuera interceptado en el camino. El niño que había conmovido al mundo con su libertad para jugar al fútbol ahora vivía encerrado entre cuatro paredes de adobe, espiando por las rendijas de las ventanas. Para empeorar las cosas, el grupo insurgente Talibán, que en ese momento controlaba los distritos vecinos, envió una carta formal a la familia a través de un emisario.
En la misiva criticaban duramente el encuentro en Qatar, acusando al niño y a sus padres de promover la cultura occidental y los deportes pecaminosos. Estos estaban exigiéndoles que se arrepintieran públicamente de sus acciones vinculadas al futbolista, lo cual es algo increíble. En noviembre de 2018, la tensión estalló.
Los talibanes lanzaron una ofensiva militar a gran escala sobre el territorio de Jaori, atacando las posiciones de las milicias locales Jazaras. Una noche, mientras se escuchaba el eco de las ráfagas de ametralladora y las explosiones en las colinas cercanas, Shakv Abmadió una decisión desesperada. Despertó a Murtaza y a sus hermanos a las 2 de la mañana.
No tuvieron tiempo de empacar ropa ni suministros. Las camisetas firmadas por Lionel Messi y el balón, esas posesiones más valiosas para el niño, se quedaron olvidadas en un armario de la casa abandonada. La familia huyó con lo puesto hacia la provincia central de Bamillán. Días más tarde se trasladaron a Kabul, la cautica capital del país, buscando el anonimato de los grandes urbes.
Alquilaron una pequeña habitación compartida en un barrio humilde del oeste de la ciudad, pagando una renta mensual con el dinero que Harif lograba enviarles desde Jaori, donde se había quedado solo para seguir trabajando la Tierra. En Kabul, Murtaz experimentó el verdadero significado del desarraigo.
La capital no era un refugio seguro, era un polvorín asolado por constantes atentados con coches bomba y ataques suicidas en mezquitas y escuelas. La familia intentó desesperadamente tramitar una solicitud de asilo humanitario en embajadas extranjeras y a través de organizaciones internacionales en Pakistán, argumentando el peligro inminente que corrían debido a la fama del niño y su pertenencia étnica, adjuntaron las cartas de amenaza de las mafias y los talibanes.

Aún así, la burocracia internacional es fría. Las solicitudes fueron rechazadas una tras otra bajo el argumento de que las amenazas no cumplían con los criterios específicos de persecución directa del Estado o eran consideradas comunes dentro del contexto bélico del país.
Con el regreso definitivo de los talibanes al poder total en Kabul a mediados de 2021, la sombra del anonimato tuvo que volverse aún más densa para los Atmadi. El niño cuyo rostro conocían millones de personas en Europa y América Latina tuvo que aprender a esconderse para sobrevivir. La historia de Murtasmadi expone la tremenda desconexión que existe en nuestro mundo interconectado.
Un click en una red social puede levantar a una persona de la nada, llevarla, estrechar la mano de los hombres más poderosos del planeta y devolverla la realidad al día siguiente, ignorando, por supuesto, las consecuencias estructurales de esa exposición mediática involuntaria. Muchos críticos y periodistas se preguntaron a lo largo de los años si valía la pena si un trozo de plástico convertido en camiseta justificaba la pérdida de la paz, el abandono del hogar y el miedo constante a la violencia. Cuando
los documentaristas internacionales lograron contactar por última vez a Mortaz en su refugio, ya siendo un niño más grande, le hicieron la pregunta definitiva. ¿Te arrepientes de haber usado esa bolsa de plástico aquella tarde de invierno? Murtaza, con la misma mirada intensa que conmovió al mundo en 2016, respondió sin dudarlo. No me arrepiento.
Lo volvería a hacer porque yo amo a Messi. En un mundo fracturado por la política y el dolor, la respuesta de Murtaza nos recuerda que los sueños de la infancia tienen una resistencia superior a las guerras. El imperio de polietileno de un niño afgano duró solo unos minutos en una cancha de fútbol, pero su lección de amor puro por el juego quedó grabada para siempre en la historia del deporte y en la historia de Messi.
Nos vemos en una próxima historia. M.