La Tragica Muerte de MARCIANO CANTERO | Lo Que Realmente Paso en Su Ultimo Concierto
Pasa el tiempo y hay personas que vuelven, que después de décadas lejos del lugar donde empezaron de haber construido su vida en otras ciudades, en otros países, con otras identidades que el mundo les fue poniendo encima, encuentran el camino de vuelta y cuando llegan descubren que lo que los esperaba era exactamente lo que habían dejado atrás.
[música] [música] Marciano Cantero volvió a Mendoza en 2017. Volvió al jardín, a la carpintería, al aeromodelismo, a una vida doméstica que casi nunca había tenido durante cuatro décadas de música. Y volvió a Viviana, la chica que había amado de adolescente, que había dejado cuando las puertas de la música se empezaron a abrir y que 40 años después lo estaba esperando. Se casaron en 2019.
Y el 8 de septiembre de 2022, Marciano Cantero murió. Tenía 62 años. Esta es su historia. Y empieza, como muchas historias de este tipo, con un chico que escucha algo y de repente el mundo es diferente. Mendoza, 1960. Horacio Eduardo Cantero Hernández llegó al mundo en esa provincia argentina que tiene el carácter particular de los lugares donde la montaña está siempre presente y donde crecer significa aprender a medir la propia escala contra algo que es demasiado grande para ignorar. El apodo llegó en la escuela
secundaria [música] cuando un amigo lo comparó con un personaje de una serie de televisión americana. El marciano de la serie se llamaba de una manera. Horacio empezó a llamarse de otra, Marciano, y nunca más fue otra cosa. Él mismo lo diría años después con la naturalidad de quien ha asumido completamente algo que le fue dado desde afuera, que le encantaba, que le quedaba, que se sentía marciano.
La música llegó de la manera en que llega cuando uno todavía no tiene las palabras para describir lo que está sintiendo, pero que el cuerpo ya sabe que es importante. cuatro muchachos de Liverpool que en ese momento [música] estaban por lanzar los discos que definirían la segunda mitad de su carrera. El bajo de uno de ellos llegó a los oídos de un niño de 9 años en Mendoza y algo [música] se instaló ahí. insistente.
Su hermano mayor le enseñó unos acordes de guitarra pensando que sería pasajero. No lo fue. Ahorró durante meses para comprarse un bajo. No era el mejor bajo del mundo, pero era suyo. Y con ese instrumento humilde empezó a hacer algo que muchos artistas describen de maneras distintas, pero que todos reconocen cuando ocurre.
educó el oído, puso los discos a todo volumen y fue buscando las notas, cometiendo los errores, aprendiendo lo que solo se aprende haciéndolo. La dictadura que gobernó Argentina durante parte de su adolescencia hacía que encontrar música nueva fuera una tarea que requería esfuerzo adicional. Marciano lo hizo de todas maneras.
Cuando su padre entendió que lo que su hijo tenía no era una fase, le regaló [música] un fender de verdad. Ese instrumento llegó a las manos de alguien que ya sabía lo que iba a hacer con él. En 1979, Marciano se unió a dos músicos con quienes compartía algo más que el gusto por la música, la sensación de que había algo que querían decir y que necesitaban una forma de decirlo.
El nombre de la banda que formaron tiene una historia que dice algo sobre el lugar de donde venían. En las afueras de Mendoza, en un puente histórico, una fotografía familiar había sido revelada con algo en ella que nadie había visto al sacarla. Una figura [música] pequeña, verdosa, de contornos extraños.
La imagen llegó a los medios locales con ese nombre que lo decía todo, los enanitos verdes del puente del inca. Marciano y sus compañeros tomaron ese nombre, no como chiste, sino como declaración de origen. Eran de allí, de ese lugar con montañas y misterios y fotos con criaturas verdes, los enanitos verdes.
Los primeros shows no fueron triunfos. El público que no los conocía a veces no sabía qué hacer con lo que escuchaba. Hubo noches que terminaron de maneras que nadie que estuvo ahí elegiría como recuerdo favorito. Pero los festivales que llegaron después, el reconocimiento que fue creciendo de a poco en la región, la mudanza a Buenos Aires para grabar el primer disco, todo eso fue construyendo algo con la solidez de lo que no se levantó en una noche.
Y al mismo tiempo que la banda crecía, Marciano cargaba algo que no hablaba con nadie. La chica que había dejado en Mendoza, las cartas que habían ido espaciándose, el momento en que la distancia y el tiempo hicieron lo que hacen siempre construyeron bifurcaciones. Cada uno siguió su camino. Marciano escribió una canción sobre eso y fue la primera de muchas canciones sobre las cosas que duelen, [música] de maneras que no tienen nombre preciso, pero que todo el mundo reconoce cuando las escucha. El festival de Viña del Mar,
dos antorchas de plata. Ese reconocimiento en un festival que en América Latina tiene el peso de un gramy propio, fue el punto de inflexión que convirtió a los enanitos verdes de una banda importante en Argentina en algo que se escuchaba en todo el continente. Y luego llegó la canción que lo cambió todo.
No era propia, era un cover de una banda mendo que nadie fuera de Mendoza conocía del todo. Pero Marciano y los enanitos verdes le dieron una forma que superó a cualquier versión anterior y que se convirtió en una de esas canciones que definen generaciones. Lamento boliviano [música] que se escuchó en radios de todos los países de habla hispana que acompañó momentos en la vida de millones de personas de maneras que ningún creador puede planificar, que se convirtió en parte del cancionero popular latinoamericano de la manera en que solo lo son las canciones que dicen algo
verdadero sobre la experiencia humana. El éxito que siguió los llevó lejos. Marciano, que había vivido en Mendoza, vivió después en Buenos Aires, luego en México, en Hermosillo, en ese desierto de Sonora que es otro mundo, pero que también tiene sus montañas y sus silencios. 14 años en México, la ciudadanía mexicana que obtuvo el amor genuino que desarrolló por ese país y luego en 2017 el regreso.
No porque México hubiera dejado de importarle, sino porque había algo en Mendoza que le estaba llamando de maneras que con el tiempo se hicieron imposibles de ignorar. La vuelta al jardín y a la carpintería y al aeromodelismo fue la vuelta a la una versión de sí mismo que la música había postergado durante décadas. En sus últimas entrevistas públicas hablaba de las harinas que había dejado de comer, de la gimnasia que había incorporado, del sueño que había mejorado con la serenidad de alguien que ha encontrado un ritmo que le
corresponde y estaba Viviana. La historia de reencontrarse 40 años después con el primer amor de la adolescencia tiene ese sabor de las historias que parecen inventadas porque la realidad rara vez se permite algo tan redondo. Pero ocurrió y en 2019 se casaron. Y Marciano, que había pasado décadas construyendo canciones sobre el amor y la pérdida y la distancia, encontró en el tramo final de su vida algo que sus canciones habían descrito desde adentro sin que él terminara de tenerlo del todo.
A fines de agosto de 2022, Marciano fue internado en una clínica de Mendoza. Lo que se supo entonces era que había una afección renal que requería intervención quirúrgica. [música] Lo que no se sabía todavía, lo que fue saliendo a la luz de a poco en los días que siguieron, era que llevaba tiempo cargando problemas de salud que había manejado en silencio.
Los bajos que usaba en sus últimas presentaciones habían sido diseñados especialmente para que pesaran menos, para que pudiera estar de pie sobre el escenario cuando el cuerpo ya pedía algo diferente. esa imagen. El artista que adapta su instrumento para poder seguir tocando, dice algo sobre lo que era la música para Marciano.
No un trabajo que uno deja cuando cuesta demasiado, algo que estaba antes que cualquier otra consideración. La operación ocurrió, fue una intervención mayor y la recuperación que los médicos esperaban no llegó de la manera que debería haber llegado. El 8 de septiembre de 2022, Marciano Cantero murió.
Su hijo Javier estaba ahí y las palabras que eligió para despedirlo en público dijeron lo que los números y los premios no pueden decir, que era su mejor amigo del mundo. La música que el mundo le devuelve a alguien que muere dice algo sobre el tamaño de lo que construyó. Los artistas que lamentaron la muerte de Marciano venían de mundos tan distintos que la lista sola cuenta una historia.
artistas de reggaetón junto a rockeros de distintas generaciones junto a bandas de géneros que en Argentina ni siquiera existían cuando los enanitos verdes empezaron. Eso ocurre cuando alguien construyó algo que trasciende su género y su momento, [música] que pertenece a algo más grande que cualquier clasificación. Y en los países de habla hispana de todos los continentes, miles de personas que habían crecido con sus canciones pusieron lamento boliviano esa noche y se quedaron en silencio mientras sonaba.
Eso también es una medida. Hay algo en la historia de Marciano Cantero que merece nombrarse antes del final. La canción sobre Viviana que escribió cuando eran jóvenes y la distancia los separó. Las cartas que se fueron espaciando, los 40 años en que cada uno siguió su camino y el reencuentro en 2018 y la boda en 2019.
Esa historia dentro de la historia es la que le da a este guion un cierre que ningún escritor de ficción se atrevería a poner porque parecería demasiado redondo. La vida de Marciano Cantero terminó en el mismo lugar donde empezó, con la persona que había amado desde el principio, rodeado de montañas y jardines, y el silencio particular de Mendoza, como si todo lo que había ocurrido en el medio, las canciones, las giras, México, los festivales, el éxito que llegó de maneras que nadie hubiera podido anticipar hubiera sido el paréntesis.
Y el cierre fuera el regreso. Pasa el tiempo y los enanitos verdes siguen estando en la foto del puente del inca, [música] mirando a quienes los miran con esa presencia que nadie puede explicar del todo, pero que nadie que la ha visto puede negar completamente. Y las canciones de Marciano siguen sonando. lamento boliviano en las radios que todavía la pasan, en los reproductores de streaming de personas que la descubren por primera vez y sienten que ya la conocían en los bares de todos los países de habla hispana, donde alguien
pide esa canción porque esa noche necesita exactamente eso. Marciano Cantero llegó a la música persiguiendo el sonido de un bajo que había escuchado en un disco de Liverpool. construyó un idioma propio. Le dio forma a algo que se instaló en la vida de millones de personas, de manera que ninguna estadística puede medir del todo.
Y en los últimos años de su vida, en el jardín de Mendoza, encontró lo que sus canciones habían buscado siempre. Eso no se inventa, eso se vive y cuando ocurre ya no hace falta ninguna otra cosa.