Queridas hermanas y amigas que me escuchan desde México, Colombia, España, Estados Unidos y cada rincón de nuestra hermosa América, bienvenidas a este espacio de reflexión y fe. Sé muy bien que al encender las noticias o simplemente al mirar cómo cambian nuestros tiempos, el corazón se nos llena de pesadumbre.
Vivimos días de mucha incertidumbre, de dolor y de un sufrimiento que parece abarcar al mundo entero. Como madres, abuelas y mujeres de fe, cargamos con la angustia de ver a nuestras familias y a nuestras naciones atravesar tantas pruebas. Pero hoy quiero recordarles algo fundamental. No estamos solas. En medio de esta profunda tribulación, la Virgen María se levanta como nuestro faro de esperanza.
irradiando una luz inquebrantable y cubriéndonos con su infinito amor maternal. Ella es nuestro consuelo, el abrazo del cielo que nos dice que Dios no nos ha abandonado. Sin embargo, el amor de una madre también advierte cuando ve a sus hijos caminar hacia el peligro. Hoy vengo a compartir con ustedes una advertencia muy seria, un mensaje urgente que ha sido revelado en Medyugorge.
Con el corazón en la mano debo transmitirles que las revelaciones proféticas apuntan a una tragedia inminente. Esta no será una crisis aislada. Según las palabras de nuestra madre, este suceso comenzará en los Estados Unidos, pero no se detendrá allí. Sus efectos cruzarán fronteras, mares y continentes, extendiéndose irremediablemente a todos los rincones de nuestro planeta.
Será un acontecimiento que sacudirá al mundo tal como lo conocemos. Pero escúchenme bien, mis amadas hermanas. Este mensaje no se nos ha dado para llenarnos de miedo ni para que el pánico entre en nuestros hogares. Todo lo contrario, este es un llamado de amor y de extrema urgencia para que despertemos.
La humanidad no puede permitirse el lujo de seguir viviendo en la indiferencia. El cielo nos está invitando en este preciso instante a reflexionar profundamente sobre nuestra vida, sobre nuestras decisiones y sobre nuestra relación con Dios. Es el momento de abandonar el egoísmo y de unirnos más que nunca en una cadena inquebrantable de oración y solidaridad.
La preparación que se nos exige hoy no es de desesperación, sino de una fe viva y actuante. ¿Cómo debemos responder entonces ante lo que está por venir? ¿Cuáles son esas herramientas espirituales y prácticas que la Virgen María nos ha entregado para proteger a nuestros hijos, a nuestros nietos y a nuestras comunidades? Acompáñenme porque a continuación vamos a profundizar en las raíces de este conflicto espiritual y descubriremos paso a paso cómo debemos armarnos de luz, ayuno y oración para enfrentar y superar la prueba que se avecina, para
enfrentar la tempestad que ya oscurece el horizonte. El cielo nos ha entregado una armadura inquebrantable, un escudo forjado en la fragua de la misericordia divina que ninguna fuerza terrenal puede quebrar. Esta armadura es la oración. No me refiero a una oración pronunciada desde la costumbre vacía o el letargo espiritual, sino a un clamor profundo, solemne y poderoso que asciende como incienso encendido desde el alma.
hasta el mismísimo trono del Altísimo. En el fragor del caos mundial, cuando las estructuras erigidas por los hombres tiemblen hasta sus cimientos y las certezas de nuestra época se desmoronen en el polvo, la oración se erigirá como nuestro único y verdadero refugio. Es el valuarte sagrado donde el terror se disuelve y donde la soberanía de Dios se manifiesta con toda su majestad.
Nosotras como mujeres de fe, como las guardianas espirituales de nuestros hogares, estamos llamadas por mandato divino a levantar este muro invisible, una muralla de gracia que ni la calamidad más feroz ni el viento más destructivo podrán derribar. Nuestra voz, cuando se une en un eco sagrado de devoción posee el inmenso poder de alterar el curso de los acontecimientos.
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El cielo ha sido claro y tajante en su advertencia. Ya no basta con rezar únicamente por nuestra propia salvación o por la seguridad de nuestras cuatro paredes. El peso de la intersión recae gravemente sobre nuestros hombros y debemos extender el manto protector de nuestra fe sobre aquellas naciones que hoy se encuentran al borde del abismo, amenazadas por la fractura, los desastres naturales y una división que desgarra sus entrañas.
Debemos levantar en nuestras súplicas a naciones como México que clama desesperadamente por paz en sus territorios. a Argentina, que busca un destello de luz en medio de profundas incertidumbres a Chile, cuyos cimientos físicos y sociales son puestos a prueba una y otra vez, y a Israel, convertido en el epicentro de una herida histórica que sangra ante los ojos atónitos de la humanidad.
Cada Padre Nuestro, cada Ave María pronunciada con verdadero fervor, es un ancla que desciende desde el cielo para sostener a estos pueblos frente a la implacable marea de la destrucción y la discordia. Pero nuestro clamor debe descender aún más, penetrando en los rincones más olvidados, fríos y ensombrecidos de la tierra.
La majestad de la oración nos exige alzar nuestras voces por los más vulnerables, por aquellos que han quedado sin voz frente al rugido ensordecedor de la tragedia. Les pido que en la quietud solemne de sus habitaciones, sus peticiones abracen con fuerza a los enfermos que agonizan en los lechos del abandono, a los pobres que enfrentan el hambre con una desesperación silenciosa y a los huérfanos que vagan desamparados entre las ruinas de un mundo que ha perdido la compasión.
Es precisamente en la inmensa fragilidad de estos hermanos nuestros, donde la oración se convierte en un bálsamo de milagros, atrayendo la mirada paternal del creador, para que su justicia y su consuelo desciendan sobre ellos, cubriéndolos como un rocío sanador en medio del desierto del sufrimiento humano. Asimismo, este escudo espiritual que formamos con nuestra inquebrantable fe debe cubrir imperativamente y sin demora a quienes hoy sostienen el timón de los destinos terrenales.
Quienes gobiernan las naciones y dictan las leyes caminan muy a menudo en la profunda ceguera que produce el poder mundano y la soberbia, arrastrando a millones de almas hacia el precipicio del sufrimiento. Es nuestra estricta obligación espiritual clamar con severidad para que la luz del Espíritu Santo descienda sobre los gobernantes y líderes del mundo entero.
Debemos implorar que un fuego divino ilumine de golpe sus mentes oscurecidas, concediéndoles el don sagrado del discernimiento y la sabiduría suprema necesaria para tomar decisiones justas, rectas y benevolentes. Nuestras oraciones tienen la fuerza sobrenatural para transformar los corazones de piedra en corazones de carne, para inclinar sus dictámenes hacia la paz y la reconciliación, deteniendo así el avance implacable del conflicto global.
La voluntad de Dios puede doblegar la arrogancia del líder más poderoso siempre que un pueblo fiel se postre en intersión constante. Sin embargo, para comprender plenamente la magnitud de la tormenta que nos exige esta vigilancia incesante, debemos obligarnos a mirar más allá de lo meramente visible y terrenal.
Si la oración se alza como nuestra armadura indispensable en esta hora crítica, es porque la verdadera naturaleza de la catástrofe, que comienza a desplegarse sobre nosotros escapa a la comprensión puramente humana y política. No nos enfrentamos simplemente a las consecuencias trágicas de malas gestiones terrenales o a la furia ciega de la naturaleza, sino a fuerzas inmensamente más antiguas.
astutas y devastadoras que han logrado echar raíces profundas en la esencia misma de nuestra civilización, preparando el escenario para un choque que desafía nuestra propia existencia. La raíz de esta inmensa tribulación que se cierne sobre la humanidad no germinó de la noche a la mañana. ha sido cultivada meticulosamente a lo largo de las décadas en el terreno árido del corazón humano, regada por la soberbia y la rebelión descarada contra los mandatos inmutables del creador.
Si observamos con los ojos del Espíritu vasta desolación que amenaza con engullir nuestras naciones, veremos con pavorosa claridad que los verdaderos motores de esta crisis suprema no son las fallas económicas ni las estrategias geopolíticas terrenales, es el orgullo desmedido, esa antigua vanidad que hizo caer a los ángeles rebeldes en el principio de los tiempos, lo que hoy ciega por completo a la humanidad.
El hombre moderno ha querido erigirse como su propio Dios supremo, dictando sus propias leyes, desafiando la creación y pisoteando la ley natural y divina. A esta soberbia se une una codicia insaciable, un hambre voraz y destructiva, por lo material que ha secado cualquier rastro de compasión en las almas.
El deseo desmedido de poder absoluto ha corrompido hasta los cimientos de la sociedad. levantando muros de odio, resentimiento y divisiones insalvables entre aquellos que fueron creados para ser hermanos. Esta es la leña podrida que ha preparado la inmensa pira para el fuego que está por descender. Pero en medio de esta oscuridad tejida por la arrogancia de los hombres, existe una inteligencia perversa y milenaria operando furiosamente desde las sombras.
El enemigo de la luz, el antiguo adversario, sabe con absoluta certeza que los cielos ya han dictado su sentencia inamovible. Su tiempo se agota inexorablemente. El reloj de la justicia divina marca los últimos y decisivos instantes de su dominio terrenal. Al verse acorralado por el inminente y aplastante triunfo del bien, actúa hoy con una furia desesperada, implacable y ensordecedora.
Su estrategia principal no es hacer ruido con grandes ejércitos en un principio, sino sembrar la más sutil y destructiva discordia directamente en los corazones de los hombres. Él susurra en la mente de los gobernantes, envenena las relaciones dentro del santuario de nuestras familias y planta la semilla venenosa de la desconfianza en nuestras comunidades.
sabe perfectamente que un reino dividido no puede subsistir y su mayor y más trágica victoria es hacernos creer que nuestros semejantes son nuestros verdaderos enemigos, ocultando su espantoso rostro detrás del caos y la miseria que él mismo orquesta en secreto. Por lo tanto, es imperativo que comprendamos la naturaleza exacta del abismo hacia el cual el mundo está siendo empujado.
El conflicto que, según las rigurosas advertencias celestiales, estallará con una fuerza inucitada y terrorífica en los Estados Unidos, es una gigantesca ilusión si se juzga únicamente bajo la limitada lupa humana. No se trata en absoluto de una simple contienda por territorios. recursos financieros o ideologías pasajeras.
Lo que comenzará en esa gran nación y se propagará rápidamente como un incendio incontrolable por todo el globo terrestre es la manifestación visible de la más fiera y colosal batalla espiritual jamás librada sobre la faz de la tierra. Es el choque cósmico y definitivo entre el imperio deslumbrante de la luz y el reinado aterrador de la oscuridad.
En esta guerra suprema no habrá territorios neutrales ni espectadores silenciosos. Cada alma viviente será pasada por el fuego del crisol. Seremos forzados por el peso de los acontecimientos a elegir bando y nuestra decisión no se medirá por alianzas políticas, sino por nuestra lealtad absoluta e irrevocable al trono del Dios altísimo.
Ante la inmensidad inescrutable de este choque cósmico, la Virgen María, actuando con la majestad de quien es reina y capitana de la milicia celestial, desciende para entregarnos la estrategia definitiva dictada por el mismo Dios. No nos pide que tomemos armas de hierro que son torpes e inútiles contra los principados y potestades en las regiones celestes.
Nos entrega bajo un mandato sagrado tres armas divinas esenciales e insustituibles para librar y vencer en esta brutal batalla. La primera de ellas es la oración incesante y profunda que trasciende las palabras y se convierte en nuestro refugio inexpugnable, la fortaleza de cristal y fuego, donde las flechas del enemigo se estrellan sin hacernos el menor daño.
La segunda es el ayuno severo, estricto y consciente. una práctica sagrada casi olvidada por el mundo moderno, pero que posee el poder aterrador de someter los bajos impulsos de la carne, purificando nuestro ser espiritual y rompiendo, como cristal frágil las cadenas demoníacas que atan a nuestras naciones. Finalmente, la tercera gran arma es la penitencia, el acto majestuoso del arrepentimiento genuino.
rasgar nuestros corazones en un dolor profundo y reparador por nuestros propios pecados y por los inmensos ultrajes del mundo entero. Son estas tres columnas soberanas, oración, ayuno y penitencia, las únicas fuerzas capaces de mantenernos de pie, revestidos de gracia cuando la tierra entera comience a temblar bajo el peso del juicio.
Este peso del juicio recae precisamente sobre una era que ha dejado congelar su propio espíritu. Contemplamos con un dolor agudo que traspasa el alma la espantosa frialdad que ha envuelto al mundo contemporáneo. La moralidad, aquel faro inmutable erigido por la sabiduría divina para guiar a las naciones, hoy se tambalea violentamente, sacudida por los vientos huracanados de una perversión que se disfraza de falso progreso.
Vivimos en una sociedad lúgubre que ha cometido la mayor de las blasfemias. Normalizar lo injusto, aplaudir el pecado y coronar la iniquidad en los altares de la cultura moderna. Lo que en otros tiempos era motivo de profundo pudor, arrepentimiento y temor reverencial de Dios, hoy se exhibe con arrogancia y descaro en las plazas públicas y en los medios de comunicación.
El egoísmo se ha convertido en la nueva religión dogmática de las masas y la indiferencia fría y cortante como el hielo más antiguo ha endurecido los corazones humanos hasta petrificarlos. Los hombres caminan unos junto a otros, pero están separados por abismos infranqueables de desamor, ciegos ante el sufrimiento ajeno, sordos a la voz de la conciencia que el creador mismo inscribió en el sagrario de su ser.
En este panorama de desolación espiritual, la verdad absoluta ha sido desterrada, sustituida por las ilusiones fugaces de un mundo que en su ceguera total se devora a sí mismo sin piedad. Ante esta inmensa oscuridad que amenaza con engullir a la humanidad entera, el cielo dirige una mirada severa, insobornable y lanza un mandato ineludible a quienes han sido consagrados con la unción sagrada para guiar a las almas.
Los líderes religiosos, los pastores del rebaño de Cristo, están siendo llamados a comparecer espiritualmente ante el tribunal de su propia vocación divina. Ya no hay espacio para la tibieza ni para las palabras complacientes que buscan apaciguar los oídos de un mundo en rebelión. Se les exige, con la fuerza y la majestad de un trueno divino, el coraje indomable de los antiguos mártires y profetas.
tienen la obligación suprema de subir a los púlpitos y proclamar la verdad inalterable del Evangelio, sin restarle una sola coma, sin diluir el mensaje salvífico para encajar en las exigencias de una sociedad secularizada que odia profundamente la cruz. Deben despojarse de todo temor humano, del miedo al rechazo social, del pavor a perder el prestigio o a enfrentar la difamación.
y la persecución. El váculo que portan no es un mero adorno litúrgico, es la vara de autoridad con la que deben golpear a los lobos espirituales que acechan al rebaño. Un pastor que calla ante el avance triunfante del mal se convierte en cómplice directo de la matanza espiritual de sus ovejas. El cielo demanda que las voces consagradas resuenen con autoridad soberana, rasgando las tinieblas de la confusión, denunciando el pecado con nombre y apellido, y guiando a las almas con firmeza inquebrantable hacia el único camino de salvación, sin ceder un
solo centímetro a las presiones del mundo y sus vanas ideologías de destrucción. Para nosotras, las almas que aguardamos y vigilamos en la fe, el mandato es igualmente estricto y de una urgencia arrolladora que no admite la más mínima excusa. La acción debe ser inmediata, tajante y definitiva. El reloj de la misericordia divina está marcando sus últimos y preciados latidos antes de dar paso al tiempo inexorable de la justicia.
Y la preparación espiritual no puede ser postergada para un mañana que para muchos jamás llegará a amanecer. Debemos despertar de este letargo mortal en este preciso instante. Las distracciones incesantes y los placeres efímeros que el mundo moderno nos ofrece en bandeja de plata no son inofensivos pasatiempos.
Son un veneno espiritual letal. Antoj. Él es cuidadosamente diseñado y administrado por las fuerzas del mal para anestesiar nuestras conciencias. Este veneno tóxico se infiltra silenciosamente en nuestros hogares a través del materialismo, de la búsqueda desesperada de comodidad mundana, de la idolatría al dinero y a la vanidad, alejando nuestras almas paso a paso de la majestad de la presencia de Dios.
nos adormece con una falsa sensación de paz y seguridad. Mientras la mayor de las tormentas se forma sobre nuestras cabezas y el abismo del castigo se abre bajo nuestros pies, es imperativo despojarnos de estas pesadas cadenas mundanas hoy mismo debemos rechazar con vehemencia la ilusión de seguridad que nos ofrece un mundo que está destinado a perecer y anclar nuestras vidas con una radicalidad absoluta en lo eterno y verdadero.
Laminar, la inacción es en sí misma una decisión que nos condena a la ruina espiritual. El tiempo del confort ha terminado irrevocablemente. Ha comenzado la hora de la vigilia absoluta, la hora sagrada donde cada instante, cada pensamiento y cada latido de nuestro corazón debe estar perfectamente alineado con la voluntad inquebrantable y soberana del Altísimo.
para sostenernos de pie en esta hora de vigilia absoluta. Cuando las sombras amenazan con asfixiar hasta el último aliento de pureza, el cielo no nos ha dejado huérfanos ni desarmados. Nos ha entregado un arsenal forjado en las mismas moradas celestiales, armas de un poder tan inmenso y aterrador para las fuerzas del abismo, que ante su sola presencia los infiernos tiemblan y retroceden en pavor.
A la cabeza de esta armadura divina se erige con una majestad inigualable el Santo Rosario. No se equivoquen al mirarlo con los ojos de la carne como un simple conjunto de cuentas inertes. Es la espada espiritual más formidable, incisiva y poderosa, jamás entregada a la humanidad mortal. Cuando las cuentas del rosario se deslizan entre nuestros dedos con una fe viva y ardiente, estamos empuñando una hoja afilada de luz cegadora que corta de tajo las artimañas, las ilusiones y las tentaciones del enemigo. Cada ave
María es un golpe demoledor que resuena como un trueno en las profundidades del abismo, debilitando y desorientando a las huestes de la oscuridad. Y cuando esta oración suprema se eleva en familia, cuando una comunidad entera, un hogar humilde o una nación se arrodilla al unísono para desgranar sus sagrados misterios, su fuerza se multiplica de una manera sobrenatural, incalculable y avasalladora.
se convierte en un escudo de fuego impenetrable que desciende vertiginosamente desde las alturas para cubrir y proteger a nuestras naciones de los desastres, del caos y de la guerra sangrienta. Es el valuarte invencible mediante el cual la reina del cielo aplastará definitivamente la cabeza de la antigua serpiente.
Es la cadena sagrada que ahoga el poder de Satanás y arranca a las almas de sus garras. Pero esta espada espiritual debe ser sostenida por brazos fortalecidos por la misma esencia de la divinidad. Es aquí donde se manifiesta el mayor, el más sublime y augusto de los milagros, la fuente suprema y majestuosa de toda gracia, la sagrada Eucaristía, frente al veneno tóxico del materialismo que carcome los huesos de esta generación, frente a la idolatría de lo efímero que ciega a los hombres y los arrastra al abismo del consumismo, la Eucaristía se
levanta como el antídoto absoluto y definitivo. Es el cuerpo y la sangre, el alma y la divinidad del Rey de Reyes, el Señor de los ejércitos, descendiendo a la miseria y fragilidad humana para transfigurar nuestra debilidad en un poder invencible. Aquel que se alimenta dignamente del pan de los ángeles reviste su alma con una coraza de inmortalidad que ninguna fuerza humana o demoníaca puede penetrar.
La Eucaristía nos inyecta en las venas espirituales el coraje sobrenatural, la resistencia de los mártires para repudiar y resistir las seducciones de un mundo que perece a la vista de todos. nos despoja violentamente de las ataduras de la carne y nos ancla en la eternidad, otorgándonos el dominio absoluto sobre nuestras pasiones terrenales.
en el silencio reverencial y solemne ante el sagrario, postrados de rodillas ante la consagrada, donde el fiel adquiere la capacidad inquebrantable de sostenerse firme frente a las persecuciones, las calumnias y los engaños de esta era de espesas tinieblas. Sin esta fuente inagotable de gracia divina, el alma humana se marchita, es arrastrada irremediablemente por la corriente turbia del mundo y termina siendo devorada por la bestia de la indiferencia.
Y en el fragor más encarnizado y brutal de esta guerra cósmica, cuando el cansancio amenace con doblar nuestras rodillas, cuando sintamos que las legiones del mal nos rodean y que la oscuridad intenta asfixiar nuestras últimas defensas, el mandato divino nos exige invocar, sin la más mínima vacilación al príncipe supremo de las milicias celestiales, San Miguel Arcángel.
Su nombre mismo es un grito de guerra soberano que paraliza a los demonios y hace temblar los cimientos del infierno. ¿Quién? Como Dios. Él no asiste a esta batalla como un mero espectador coronado de gloria. Él desciende a la trinchera de nuestro sufrimiento con su espada de luz desenvainada, con el rostro resplandeciente de justicia y blandiendo la autoridad inescrutable conferida por el trono del Altísimo.
Debemos clamar su protección con una urgencia apremiante y una devoción inquebrantable. Al invocar su imponente presencia, San Miguel se interpone como una montaña inamovible entre nosotros y la furia destructiva del dragón. Su espada desciende con una fuerza implacable para cortar de una vez por todas las pesadas y oxidadas cadenas del mal que mantienen atadas a nuestras familias.
destroza los lazos de vicio, enfermedad, división y opresión que aprisionan a nuestras comunidades. Él es el gran e invicto defensor de la Iglesia, el terror absoluto de los espíritus malignos, el escudo inmenso bajo el cual los fieles encontrarán resguardo seguro en los momentos de mayor peligro y desolación. No podemos darnos el lujo de entrar en este combate definitivo sin su escolta celestial, con el rosario firmemente aferrado en una mano como arma ofensiva, alimentados y blindados por la majestuosidad insuperable de la Eucaristía y
escoltados celosamente por el escudo y la espada flamígera de San Miguel Arcángel, el remanente fiel se convierte en un ejército invencible. Somos transformados en una falange de luz pura y cegadora que ninguna potestad de las tinieblas, por más antigua, astuta o furiosa que sea, podrá jamás derrotar. Y cuando el fragor de esta guerra formidable seda, cuando los cielos dejen de rugir y la tierra purificada por el fuego implacable de la justicia y el dolor exhale su último suspiro de agonía, amanecerá por fin la aurora de
una era majestuosa y resplandeciente. La tragedia inmensa y el sufrimiento atroz que habrán estremecido hasta los pilares más profundos del mundo no tienen como propósito la aniquilación de la humanidad. sino su suprema y definitiva salvación. Del vientre mismo de la devastación emergerá un tiempo sagrado de reconstrucción.
Pero no debemos limitar nuestra mirada a la simple labor material de levantar ciudades de entre los escombros o de reedificar las estructuras caídas de nuestras naciones. La verdadera e imponente reconstrucción, la obra maestra que el cielo mismo esculpirá con sus propias manos, será la sanación absoluta y profunda de los corazones rotos, vacíos y lacerados por el peso de la iniquidad.
El espíritu de Dios soplará con un aliento renovador e invencible sobre la faz de la tierra, cicatrizando las heridas invisibles, extirpando para siempre la raíz infectada de la amargura y fundiendo los espíritus en una unidad inquebrantable de amor y caridad. Será un bautismo de fuego purificador que lavará las manchas de la historia, devolviendo a la humanidad aquella dignidad divina que había sido pisoteada y oscurecida durante siglos de rebelión.
Es en la cúspide de este amanecer glorioso, donde se materializará la promesa más grande, solemne y consoladora que los cielos han pronunciado sobre nuestra generación el triunfo absoluto del corazón inmaculado de María. Esta no será una victoria efímera, no será un pacto político terrenal, ni una tregua pasajera firmada por manos humanas que se rompe con el viento.
Será una victoria espiritual aplastante, definitiva y soberana, que someterá bajo el peso de la gracia a todas las fuerzas del abismo. La reina del cielo y de la tierra, coronada con las estrellas inmutables de la justicia divina, aplastará bajo su calcañar la cabeza de la antigua serpiente, instaurando sobre el mundo una era de paz duradera que la mente mortal apenas puede concebir.
Las pesadas cadenas de la opresión y el engaño serán destrozadas, y una liberación sobrenatural inundará cada rincón del globo de extremo a extremo. Las naciones, habiendo atravesado el crisol del arrepentimiento, experimentarán una reconciliación perfecta, íntima y total con el creador. La luz cegadora de la majestad de Dios desterrará para siempre las sombras de la muerte, y el Inmaculado Corazón se erigirá como el sagrario invencible, donde la humanidad entera encontrará su descanso eterno, latiendo al unísono con
el trono celestial en una victoria que no conocerá el ocaso. Ante la magnitud de estos eventos venideros, es imperativo que ninguna de ustedes, mis amadas hermanas, permita que el miedo anide paralice su andar. El cielo, en su inmensidad insondable, no ha apartado ni apartará su mirada de esta tierra agonizante.
Por el contrario, observa cada uno de nuestros pasos con un amor infinito y una misericordia que sobrepasa toda comprensión humana. La humanidad no camina sola hacia el abismo, en medio de los vientos más feroces, cuando la tormenta arrase con las falsas seguridades de este mundo, el creador del universo y nuestra madre santísima descenderán con majestad para sostenernos.
Ellos son la columna de fuego y nube que guía a los fieles a través del desierto, la mano soberana que nos levanta cuando las fuerzas terrenales flaquean. y el consuelo absoluto que apacigua el alma en la hora de la tribulación. Por más densa que parezca la oscuridad que hoy intenta devorar la faz de la tierra, y por más severas y aterradoras que sean las pruebas inminentes que el mundo entero deberá atravesar, escuchen esta verdad con absoluta e inquebrantable certeza.
El mal no prevalecerá. Las huestes de la iniquidad, por más ruido y destrucción que generen en su desesperación, marchan irremediablemente hacia su propia y definitiva aniquilación. La victoria final no es una simple posibilidad ni un deseo lejano. Es un decreto divino, inamovible e inevitable, dictado desde la eternidad por el Rey de Reyes.
Quienes confían ciegamente en el poder majestuoso e invencible de Dios, verán con sus propios ojos como las sombras de la muerte se disipan y se hacen cenizas ante el resplandor arrollador de su gloria. Por ello, el llamado supremo hoy es a mantenerse inamovibles como rocas frente a la tempestad. Quienes perseveren con una firmeza radical en la verdadera fe, quienes no abandonen la devoción sincera y empuñen diariamente el Santo Rosario con el fervor de quien sostiene su propia vida, jamás serán abandonados a su suerte.
Estas almas fieles encontrarán el refugio más seguro, sagrado e inexpugnable que el universo entero puede ofrecer. Serán cubiertas junto a sus familias y seres amados bajo el manto protector e indestructible del corazón inmaculado de María. Allí, en ese santuario celestial tejido con la gracia misma de Dios, ninguna fuerza terrenal o espiritual podrá tocarles.
En ese sagrado refugio aguardarán llenas de paz y fortaleza el glorioso amanecer del triunfo definitivo. Que esta promesa divina sea la roca sobre la cual descansen sus corazones desde hoy y hasta el final de los tiempos.