Traicionó al Narco Más Peligroso de Ecuador y Murió en una Mansión de Guayaquil

3 de la mañana. 10 hombres en lanchas cortando el estero en silencio llegaron al lindero trasero de Laguna Club con cisas industriales y uniformes que imitaban a la policía. Rejas abiertas, guardias maniatados en el suelo. Segundo piso. Ocho tiros de fusil. Un disparo de gracia en el cráneo. El narco más poderoso de Ecuador, muerto en la casa que nadie debía encontrar.

Esto es lo que le pasa cuando traicionas al jefe equivocado. Y la orden vino de un hombre que el mundo creía muerto. A las 3 de la mañana del 12 de octubre de 2023, Laguna Club era lo que siempre era esa hora. Silencio, jardines perfectos, cámaras parpadeando en las garitas, una ciudadela privada en el kilómetro 11.

5 de la vía a la costa, Guayaquil. De esas donde el metro cuadrado vale lo que un guayaquileño del sur gana en 5 años. De esas donde la gente cree que el apellido en el contrato de arrendamiento y el guardia en la entrada son suficientes para dormir tranquilo. Esa noche no alcanzaron. Lo que los vecinos vieron primero no fueron los sicarios, fueron luces pequeñas, silenciosas, flotando sobre los techos, drones.

Días antes del ataque, varios residentes de Laguna Club habían marcado el EQ911 para reportar exactamente eso. Dispositivos voladores sobrevolando las casas de noche, sin que nadie supiera de quién eran ni para qué servían. Las llamadas quedaron registradas, las patrullas pasaron y los drones siguieron sobrevolando. La noche del 12, el comando ya sabía todo lo que necesitaba saber.

Sabía en cuál casa dormía el objetivo, sabía en qué piso, sabía cuántos guardias había en turno, dónde estaban posicionados y a qué hora el movimiento dentro de la urbanización era mínimo. Los drones no eran curiosidad tecnológica, eran inteligencia táctica. El escuadrón no entró por la garita principal.

Eso hubiera significado enfrentamiento, ruido, tiempo perdido. En cambio, zarparon desde el sur de la ciudad en lanchas rápidas, navegando por los ramales del estero salado, usando la oscuridad y los manglares como cobertura. Los canales del estero colindan con los linderos traseros de Laguna Club y eso era exactamente lo que el comando necesitaba.

Una entrada que ningún sistema de seguridad privada tiene cubierta, el agua. Al desembarcar usaron herramientas de corte para destruir las rejas del perímetro trasero. Hierro grueso del que se supone que no cede, se dio. El escuadrón vestía uniformes de camuflaje, chalecos antibalas y portaba distintivos que imitaban los de la policía nacional y las fuerzas armadas.

10 operadores, según los peritajes posteriores, 10 mínimo, coordinados, rápidos, en silencio. A los guardias del turno nocturno no los mataron, los sometieron. Los maniataron y los dejaron en el suelo sin disparar un solo tiro. Eso no es descuido, eso es disciplina táctica. Un disparo a destiempo arruina el operativo, alerta al objetivo. Da tiempo para escapar.

Este comando no vino a hacer ruido, vino a hacer una sola cosa. Entraron a la mansión, subieron al segundo piso. George Samir, maestre Mena, dormía. Lo tiraron al suelo, le ataron las manos y lo ejecutaron a quemarropa con fusiles de asalto. Ocho impactos de proyectil en el cuerpo, un tiro de gracia en el cráneo. 36 años.

Muerto en la casa que alquilaba a nombre de un tercero en la ciudadela más exclusiva de la vía a la costa, creyendo que nadie lo iba a encontrar. Consumado el asesinato, el comando se replegó por la misma ruta, las lanchas, el estero, los manglares. Para cuando la Policía Nacional acordonó la escena, el escuadrón había desaparecido en el agua.

No dejaron heridos propios, no dejaron testigos, no dejaron casi nada que no fuera el cuerpo de George, maestre Mena y el cascarón de una operación que a cualquier analista de inteligencia le hubiera resultado difícil creer que fue ejecutada por una pandilla callejera. Porque esto no fue una pandilla callejera.

Ahora bien, para entender por qué alguien invirtió esa cantidad de planificación, recursos y capacidad táctica en matar a este hombre, primero hay que entender quién era este hombre. George Samir, maestre Mena, 36 años al momento de su muerte. Nacido en la floresta, un sector popular del sur de Guayaquil.

En el mundo del AMPA ecuatoriano lo conocían como alias Samir o simplemente El Gordo. Para el estado, durante años fue un empresario propietario de una compañía llamada Samcat, otra llamada Production and Entertainment. Tributaba al servicio de rentas internas puntualmente. Pagaba el impuesto a la salida de divisas. Salía del país con pasaporte vigente, sin alertas migratorias.

más de 20 viajes internacionales registrados: Colombia, Perú, Chile, México, Estados Unidos, España. Lo que el registro tributario no decía es que alias Samir era, al momento de su muerte, el jefe del cártel Nueva Generación Ecuador, el hombre que controlaba la exportación de cocaína por los puertos de Guayas, el Oro y Manabí, el que tenía alianzas activas con el cártel de Sinaloa, con el cártel Jalisco Nueva Generación, con la mafia albanesa operando desde Guayaquil hacia los puertos de Amberes y Rotterdam, y con las disidencias de las fuerzas armadas

revolucionarias de Colombia en la frontera norte. era, por decirlo sin adornos, el narco más poderoso que operaba en Ecuador en ese momento y estaba muerto en el piso de su dormitorio. La pregunta que se hizo la Policía Nacional esa madrugada y la que se empezó a hacer todo el que seguía el caso era una zona.

¿Quién tiene la capacidad para montar esto? No cualquiera llega a una ciudadela privada de lujo con 10 hombres coordinados, uniformes militares falsos, drones de reconocimiento y lanchas sobre el estero salado. No cualquiera conoce la ubicación exacta de un hombre que alquila casas a nombre de testaferros y que cambió su apariencia física para pasar desapercibido.

Alguien tenía inteligencia de primer nivel sobre Samir, alguien con recursos, alguien que no le temblaba la mano. Y la segunda pregunta que en ese momento poco se atrevían a formular en voz alta, ¿por qué ahora Samir llevaba meses en Laguna Club? Había heredado el imperio del narcotráfico más importante de la costa ecuatoriana hacía apenas unos meses.

Tenía rutas activas, alianzas vigentes, un ejército propio. Era, en teoría, el hombre que todos los cárteles necesitaban. ¿Por qué alguien querría eliminarlo exactamente cuando su poder era máximo? Esas dos preguntas no tienen respuesta en la escena del crimen. La escena del crimen solo muestra el resultado. Para entender el origen, hay que retroceder años y hay que bajar al barrio donde todo empezó.

La floresta, el sur de Guayaquil y el sistema de lealtades y traiciones que George Maestre Mena fue tejiendo desde que era apenas un contador en la nómina de una organización criminal que todavía no sabía lo que él iba a hacer con ella. Porque antes de ser el hombre más poderoso del narco ecuatoriano, Samir fue el hombre de confianza de otros y la manera en que dejó de serlo lo persiguió hasta ese segundo piso en Laguna Club.

En la cárcel de Cotopaxi, el 3 de octubre de 2022, a Leandro Norero lo acribillaron, lo fotografiaron como trofeo y le cortaron la cabeza. Samir lo puso ahí. Eso lo entenderás después. Por ahora vamos al principio. La floresta no es el sur más pobre de Guayaquil, pero tampoco es el norte. Es esa zona intermedia donde los negocios familiares abren temprano y cierran tarde, donde todo el mundo se conoce de nombre y donde crecer significa tarde o temprano tener que elegir de qué lado estás parado. George maestre Mena creció

ahí y lo que lo diferenció desde temprano no fue la violencia, fue que sabía con números. Mientras otros cabecillas de lámpago guayaquileño construían su reputación a punta de balazos y territorios tomados a sangre, Samir entró al ecosistema criminal por la puerta de atrás. La contabilidad.

Los choneros, que en esa época eran la organización criminal hegemónica de la costa ecuatoriana, necesitaban gente que manejara los flujos de plata sin dejar rastros visibles. Personas que supieran cómo hacer que el dinero ilegal apareciera limpio ante el Estado, cómo justificar ingresos, cómo estructurar empresas fantasma que aguantaran un escrutinio básico.

Samir era eso, un operador financiero de confianza, no un gatillero. El hombre que lo introdujo formalmente en esa estructura fue Telmo Castro, un excapitán del ejército que había sido de los primeros en sistematizar la relación entre las Choneros y el cártel de Sinaloa en Ecuador. Castro entendió antes que nadie que los mexicanos no querían socios con pistola en la mano, querían socios que supieran mover plata.

Samir fue exactamente eso. Bajo esa tutela aprendió cómo operaba realmente el negocio, no en las calles, sino en los balances contables, en las transferencias internacionales, en las sociedades anónimas inscritas con nombres de terceros. Fue en ese mismo círculo donde Samir conoció a los dos hombres que más marcarían su trayectoria.

El primero fue Jorge Luis Zambrano, alias Lasquiña, que por esa época ya era una figura de peso dentro de los choneros. El segundo fue Leandro Norero Tigua, alias el patrón. Los tres venían de la misma escuela criminal, manejaban los mismos códigos y sabían exactamente cuánto valía cada uno para la organización.

Samir era el financiero, Norero era el político, el que hablaba con jueces y funcionarios. Rasquiña era la fuerza bruta que sostenía todo lo demás. Mientras estuvo en ese rol de contador y hombre de confianza, Samir construyó algo que pocos narcos ecuatorianos de su generación lograron. Una fachada empresarial que resistía el papel.

constituyó una compañía llamada Samcat y otra de nombre Production and Entertainment. Las dos figuraban en el registro mercantil, tenían dirección comercial, representante legal, actividad económica declarada y lo más importante, tributaba. Samir pagaba el impuesto a la renta. Puntualmente pagaba el impuesto a la salida de divisas, que es el tributo que se aplica cuando la plata sale del país.

Ese pago en particular era brillante, ñaño, porque en la lógica del sistema fiscal ecuatoriano, si pagas ese impuesto es porque el dinero que sale tiene origen declarado. Estás autorizando formalmente la transferencia. Con ese escudo, Samir movía plata hacia sus proveedores internacionales sin que ningún filtro bancario lo detuviera.

El resultado era un hombre que en papel era simplemente un empresario guayaquileño exitoso. Salía del país con pasaporte sin problemas. Viajaba a Colombia, a Perú, a Chile, a México. Tenía registro tributario limpio. La Superintendencia de Compañías no encontraba nada fuera de orden en sus empresas.

Para el Estado ecuatoriano, durante años, George Maestre Mena fue un contribuyente más. Pero la calle no mentía de la misma manera que el papel. Entre 2014 y 2015, Samir acumuló hasta siete procesos judiciales abiertos en su contra. Siete. Las imputaciones no eran menores. Aoción ilícita, tenencia de armas y en al menos uno de esos expedientes, asesinato.

No era un hombre al que la justicia ignoraba completamente. Era un hombre que el sistema judicial no lograba condenar. Cada proceso se trababa en alguna etapa. Las pruebas no llegaban en condiciones, los testigos no aparecían o aparecían diciendo lo contrario de lo que habían dicho antes. Los fiscales encontraban obstáculos procesales que otros casos no tenían.

Siete causas, cero condenas ejecutoriadas. Eso en el Ecuador de esa época no era una casualidad, era el resultado de dinero invertido en lugares precisos. Isamir, que manejaba los flujos financieros de la organización, sabía exactamente en qué lugares invertir. Lo que sí logró construir en esos años fue algo más valioso que una condena evitada.

Construyó la reputación de ser intocable. En el AMPA ecuatoriano, que alguien te abran siete causas y no te puedan clavar ni una es una credencial brutal. Significa que sos eficiente, que sos discreto, que tenés los contactos necesarios. Samir no presumía de sicarios ni de territorios. presumía de que el sistema no lo podía tocar y eso en ese ecosistema vale más que cualquier pistola.

Durante años, ese perfil se mantuvo intacto hasta febrero de 2023, cuando investigaciones periodísticas e informes de inteligencia empezaron a circular con su nombre real, su patrimonio real y su rol real dentro del narcotráfico ecuatoriano. El escrutinio público llegó de golpe y Samir reaccionó con la misma lógica corporativa que siempre lo había guiado, no con violencia, sino con una maniobra legal.

En marzo de 2023, un mes después de que su nombre empezara a aparecer en los medios, Samir transfirió la propiedad completa de Samcat y de Production Entertainment a dos entidades jurídicas diferentes. Las nuevas presidenta de ambas compañías era una sola persona, Alexis Pamela Carrillo, una ciudadana que si alguien se tomaba el trabajo de revisar su historial judicial, encontraba antecedentes penales por tráfico de drogas del año 2015.

No era una figura limpia, pero era funcional para lo que Samir necesitaba. Alguien cuyo nombre estuviera en el papel, alguien que no fuera él, alguien que pusiera distancia entre George, maestre Mena y las sociedades que seguían moviendo plata. La operación fue rápida, prolija y efectiva. Las empresas siguieron operando.

El esquema de blanqueo siguió funcionando y Samir quedó formalmente desvinculado de cualquier activo que pudiera incautarse. Pero mientras ejecutaba esa maniobra defensiva, en el mundo del narco ocurría algo que iba a cambiar todo, algo que no tenía que ver con procesos judiciales ni con transferencias corporativas. tenía que ver con el hombre al que muchos consideraban el narcotraficante ecuatoriano con mayor proyección global, Wilder Emilio Sánchez Farfán, alias el gato Farfán.

El gato era lo que Samir todavía no era en ese momento. Un capo completamente independiente, con rutas propias, con alianzas directas con los cárteles mexicanos, con una estructura logística de exportación que operaba a escala industrial. era el eslabón ecuatoriano más importante de toda la cadena del narcotráfico en el Pacífico Sur.

Y el 9 de febrero de 2023 en Pasto, Colombia, la Policía Nacional Colombiana lo capturó con apoyo de la DEA y del Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. El gato Farfán cayó y las rutas que él controlaba, los contactos que manejaba, la estructura que había construido durante años, quedaron sin dueño de un día para el otro.

Ese vacío no iba a durar mucho tiempo desocupado y Samir lo sabía. 20 laboratorios activos en selva y montaña, 20 toneladas de cocaína al mes saliendo por los puertos del Pacífico. La plata llegando a Europa en contenedores que nadie revisaba. Eso era el cártel Nueva Generación Ecuador cuando cayó en manos de Samir y él lo tomó sin dudar un segundo.

El 9 de febrero de 2023, la Policía Nacional de Colombia ejecutó un operativo quirúrgico en pasto. No fue un encuentro fortuito ni un dato anónimo que alguien filtró al azar. Fue inteligencia acumulada durante meses por la DEA y el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos. Dos instituciones que no se mueven si no tienen el caso armado hasta el último detalle.

Wilder Emilio Sánchez Farfán, alias El Gato Farfán, fue capturado esa tarde en Colombia sin que tuviera tiempo de reaccionar. El narcoecuatoriano, con mayor proyección internacional de su generación, quedó esposado en territorio colombiano y su extradición era solo cuestión de tiempo. El impacto en la estructura criminal fue inmediato.

El gato había construido algo que no se improvisa. rutas de exportación probadas, contactos internacionales consolidados, laboratorios operativos y una red de logística portuaria que funcionaba con una regularidad casi industrial. Todo eso quedó sin conducción de un día para el otro. No había un vicepresidente designado, no había un plan de sucesión.

En el narco ecuatoriano de esa época, nadie planificaba su reemplazo porque nadie creía que lo iban a capturar. Samir sí estaba listo, no porque lo hubiera predicho específicamente, sino porque llevaba años posicionándose exactamente para ese momento. Conocía la arquitectura financiera del cártel Nueva Generación Ecuador desde adentro.

Sabía cómo fluía la plata, quiénes eran los proveedores de pasta base en la frontera norte, qué puertos usaban y qué contactos en Europa esperaban los cargamentos. Era el hombre de confianza que el gato necesitaba para que el dinero se moviera sin tropiezos. Y esa confianza en el vacío que dejó la captura se convirtió en poder real.

En cuestión de semanas, Samir asumió el control incontestable del cártel Nueva Generación Ecuador. No hubo un anuncio, no hubo una reunión formal, fue la lógica brutal del ecosistema. El que tiene los contactos, el que sabe dónde está el dinero, el que puede garantizar que las rutas sigan funcionando, ese manda. Y en ese momento ese era Samir.

Lo que heredó era colosal. La operación central movía aproximadamente 20 toneladas métricas de clorhidrato de cocaína por mes, no kilos toneladas métricas. El material salía principalmente por los puertos de las provincias de Guayas, El Oro y Manabí, tres zonas portuarias con infraestructura de exportación legítima de productos agroindustriales, lo que hacía que esconder cargamentos entre contenedores de camarón, banano y cacao fuera operativamente sencillo si tenías los contactos dentro de los terminales y el cártel Nueva Generación los tenía.

Bajo la dirección de Samir, la organización dejó de depender exclusivamente de la cocaína que llegaba procesada desde Colombia y Perú. Instalaron laboratorios propios de cristalización en zonas selváticas y rurales de al menos cinco provincias: Sucumbíos en la frontera norte con Colombia, Cotopaxi y los Ríos en la sierra y el litoral interior y Guayas y Loja cubriendo la costa y la sierra sur.

El modelo cambió. Ahora importaban pasta base en bruto a través de las porosas fronteras y la procesaban internamente, agregando valor a la cadena antes de exportar el producto terminado. Eso significaba márgenes más altos y menor dependencia de terceros en la etapa de producción. El abastecimiento de materia prima desde Colombia estaba garantizado por un pacto que Samir heredó y fortaleció.

Carlos Landasuri, alias el gringo, comandante en jefe del Frente Oliver Sinisterra, una disidencia poderosa de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, operando en Nariño, era el proveedor de cabecera. El Frente Oliver Sinisterra controlaba corredores de selva en la frontera colombo ecuatoriana que prácticamente no tenían presencia del estado.

Por ahí cruzaba la pasta base, los insumos químicos y cuando hacía falta armamento. El gringo y Samir tenían un acuerdo de hierro, volumen garantizado, precio fijo, entrega en puntos acordados en la frontera, sin interferencias, sin sorpresas. En el mercado de destino, las alianzas que Samir administraba eran simultáneas y no excluyentes, que es algo que pocos narcos regionales logran sostener sin que se les rompa todo en la cara.

Por un lado, mantenía los vínculos con el cártel de Sinaloa, la franquicia más antigua y estructurada del ecosistema ecuatoriano. Por el otro, profundizó la relación con el cártel Jalisco Nueva Generación, el Sejo Ng, que en esa época estaba expandiendo agresivamente su presencia en el Pacífico Sur y necesitaba operadores locales confiables.

Tener a los dos sentados a la misma mesa, sin que se dispararan era un acto de diplomacia criminal que no cualquiera podía ejecutar. Samir lo hizo. El flanco europeo era donde estaba el dinero real. El viejo continente pagaba por la cocaína ecuatoriana precios que el mercado norteamericano no igualaba y los volúmenes que demandaban las redes de distribución en España, Países Bajos y el resto de Europa occidental justificaban toda la infraestructura logística que Samir manejaba.

En España, la relación principal era con el clan de Besesa, una organización de peso en la distribución mayorista. Pero la conexión más sofisticada era la que operaba desde Guayaquil hacia los puertos de Amberes y Rotterdam, la mafia albanesa. El puente entre Samir y las redes albanesas tenía nombre y apellido, Arthur Rapaj, un ciudadano albanés que vivía en Guayaquil y que fungía como intermediario directo entre el cártel Nueva Generación Ecuador y las estructuras de distribución en el norte de Europa. Amber y Rotterdam son los dos

puertos de entrada de cocaína más importantes de Europa. Cualquier organización que tenga un canal operativo hacia esos dos puntos tiene acceso al mercado europeo en una escala que pocos narcos latinoamericanos pueden alcanzar. Samir lo tenía y Rapag era la pieza que lo hacía posible. Para sostener todas esas relaciones, Samir se movía mucho.

El registro migratorio documenta más de 20 viajes internacionales entre el año 2006 y el momento de su muerte. Colombia, Perú, Chile, México, Estados Unidos. Destinos que, vistos en conjunto mapean perfectamente la geografía de sus alianzas criminales. Pero hay un viaje que llama la atención de manera particular. Agosto de 2022, Madrid.

Un mes antes de que la dinámica del poder en el narco ecuatoriano comenzara a moverse con más velocidad. Las investigaciones posteriores ubican ese desplazamiento en el marco de las negociaciones de alto nivel con las redes europeas. Samir no mandaba mensajeros a cerrar esos tratos. Iba él. Todo ese peso transnacional necesitaba un brazo armado en Guayaquil.

No alcanzaba con tener contactos en Sinaloa o en Albania si perdías el control del territorio desde donde salían los cargamentos. Y el territorio clave era el sur de la ciudad, el Guasmo Sur, con su red de canales esteros y manglares que desembocan directamente en el Golfo de Guayaquil. Es el litoral irregular.

es donde las lanchas rápidas hacen el trabajo sucio. Interceptar buques portacontenedores en alta mar para esconder los cargamentos antes de que zpen hacia Europa. El que controla esas orillas controla la exportación. Para tomar y mantener ese control, Samir fundó Mafia 18, también conocida como Mafia 18 tiburones.

La base inicial vino de disidentes y sicarios que habían militado en los chicers, gente que ya conocía el oficio, que no necesitaba entrenamiento en violencia y que estaba disponible para unirse a una estructura nueva con mejor financiamiento. Samir los organizó, los armó y les dio un objetivo territorial preciso, el dominio total del Guasmo Sur, las lanchas del estero salado, los puntos de acopio en los márgenes del canal, los contactos dentro de los terminales portuarios, todo bajo el paraguas de Mafia 18.

El problema era que el Guasmo Sur no estaba vacío, lo ocupaba los lagartos, una organización que operaba en ese sector como delegada de los choneros y por extensión del cártel de Sinaloa. Los lagartos no iban a ceder territorio sin pelea y no lo hicieron. Lo que siguió fue una guerra de desgaste que convirtió al sur de Guayaquil en una zona de combate permanente.

Mafia 18 no usaba solo sicarios en moto. Usaba masacres en espacios públicos, ráfagas de fusil disparadas al aire en rituales fúnebres para exhibir poderío y secuestros selectivos de líderes barriales para mandar mensajes que todo el barrio entendía. La estrategia de Samir no era convencer al rival de que se diera, era demostrarle que el costo de resistir era más alto que el costo de retirarse.

Y mientras Mafia 18 peleaba en las calles del Guasmo, Samir seguía en su mansión con sus empresas, con sus viajes internacionales. La distancia entre el que da las órdenes y el que las ejecuta era parte del diseño. Nunca agarraban al capo con las manos sucias porque el capo nunca estaba en la escena.

Estaba en Madrid cerrando tratos con redes europeas o encat firmando documentos contables o pagando el impuesto a la salida de divisas como cualquier comerciante formal. Pero en ese mismo periodo, mientras el imperio de Samir alcanzaba su punto más alto, algo ocurría en paralelo que él estaba monitoreando de cerca.

Leandro Norero, su viejo socio de los choneros, alias el patrón, había caído. Mayo de 2022, la policía lo capturó junto a lingotes de oro, vehículos de ultralujo y millones en efectivo. Lo enviaron al Centro de Rehabilitación Social de Cotopaxi. Preso, sí, pero la influencia de Norero sobre los jueces y el aparato penitenciario no desapareció con el arresto.

desde la celda, seguía moviendo dinero, seguía corrompiendo, seguía siendo un poder real, aunque estuviera encerrado. Para Samir, Norero en prisión, era una ecuación que tenía dos lecturas. La primera, un aliado que podía seguir siendo útil si manejabas bien la relación. La segunda, un hombre vulnerable rodeado de paredes al que el sistema carcelario convertía en un blanco con horario fijo.

Lorero tenía algo que Samir quería, el control de una red de empresas fantasma, propiedades y cárteles que el propio patrón había financiado con sus benefactores. Uno de esos benefactores, en particular era un hombre que en ese momento el mundo criminal ecuatoriano creía muerto, un líder de los lobos que su familia había certificado oficialmente fallecido por complicaciones del COVID en 2021.

Ese certificado era falso y Samir lo sabía. Lo que Samir no había calculado todavía era que ese hombre vivo y operando desde algún punto de Europa también lo estaba mirando a él. En el pabellón de Cotopaxi, el 3 de octubre de 2022, alguien fotografió el cadáver de Leandro Norero con la cabeza separada del cuerpo.

La foto circuló antes de que llegara la policía. Eso fue intencional. Llegar a ese momento requirió meses de trabajo fino. No fue un estallido, fue una cirugía. Mayo de 2022, los allanamientos vinculados a Norero produjeron un resultado que superó cualquier expectativa operativa. No encontraron solo efectivo.

Encontraron lingotes de oro, vehículos de ultralujo, millones en cash que el sistema bancario ecuatoriano nunca vio. El volumen era de un hombre que no pensaba que lo podían tocar. Norero fue detenido y enviado al Centro de Rehabilitación Social de Cotopaxi. Cotopaxi era en ese momento uno de los penales con mayor corrupción interna del sistema penitenciario ecuatoriano.

En términos prácticos, Norero entró esposado, pero no desarmado. Desde la celda seguía operando. Llamadas, mensajes, instrucciones que salían del penal por rutas que el Estado tenía formalmente prohibidas, pero estructuralmente no podía cerrar. La captura lo había inmovilizado físicamente, no había tocado nada de lo demás.

Samir lo observaba y lo que veía era un hombre con poder enorme y un punto ciego. Las paredes. El plan no fue impulsivo. Requería tres cosas simultáneas. inteligencia interna del penal para conocer exactamente la seguridad en el pabellón de Norero, acceso a facciones criminales dispuestas a ejecutar el trabajo dentro de un recinto custodiado y la capacidad de orquestar todo sin que el rastro llegara hasta él. Las tres las tenía.

Primero vendió información, datos sobre los movimientos internos de Norero, sus aliados dentro del penal, los horarios del pabellón. Esa información fue a manos de facciones disidentes con cuentas pendientes propias contra el patrón. Segundo, corrompió los anillos de seguridad internos. No necesitaba que todos miraran hacia otro lado, solo que las personas correctas no estuvieran donde debían estar en el momento preciso. Tercero, pacto.

Los expedientes judiciales posteriores sugieren con quiénes, pero no prueban cada nombre. Lo que sí queda claro es que la masacre del 3 de octubre no fue caos, fue coordinación. En medio de un amotinamiento diseñado para generar confusión, comandos rivales ingresaron al pabellón, lo acribillaron, lo fotografiaron y le cortaron la cabeza.

La imagen circuló en grupos de WhatsApp y Telegram antes de que las autoridades confirmaran oficialmente lo ocurrido. No era brutalidad espontánea, era un mensaje con destinatario. Claro. Quien pensara en vengar a Norero debía saber qué nivel de violencia estaba dispuesto a desplegar el que había dado la orden. Lo que vino después fue el movimiento más frío de toda la carrera de Samir.

conero muerto y sin herederos directos que pudieran resistirle, absorbió las empresas fantasma de el patrón, el control de los cárteles que Norero financiaba, las redes de propiedades, las relaciones con operadores judiciales, los grupos armados que dependían del flujo financiero del patrón.

No fue una toma violenta de activos, fue una transferencia que se ejecutó sola porque el único hombre que podía impedirla estaba decapitado en Cotopaxi. Pero el teléfono de Norero seguía existiendo. Las pericias forenses sobre los dispositivos móviles incautados en la celda de El Patrón tomaron meses. Lo que encontraron los técnicos de la fiscalía superó cualquier hipótesis inicial.

Los chats y registros almacenados no documentaban solo negocios de narcotráfico, documentaban una red de corrupción que atravesaba verticalmente las instituciones del Estado, jueces con instrucciones sobre cómo fallar en causas específicas, generales de la policía coordinando con el crimen organizado, asambleístas con línea directa al capo, operadores políticos gestionando el acceso al sistema judicial como si fuera un servicio por suscripción.

Dos nombres que aparecieron con frecuencia y que la opinión pública reconoció de inmediato. Xavier Jordán y Ronia Leagga. El primero, un operador político de peso. El segundo, un asambleísta en funciones. Sus nombres en los chats de un narco muerto en prisión produjeron un terremoto institucional que Ecuador tardó meses en dimensionar.

La investigación tomó el nombre de caso metástasis y se convirtió en la causa judicial más relevante de la historia reciente del país, no solo por los delitos que descubrió, sino por la profundidad de la infiltración que expuso. Lo que Metástasis demostró con documentos fue algo que mucha gente sospechaba sin poder probarlo.

El narcoecuatoriano no sobornaba al Estado desde afuera, lo administraba desde adentro. Pero el terremoto no terminó ahí. De los expedientes derivados de metástasis emergió una investigación paralela que la fiscalía denominó caso purga y fue en ese expediente donde apareció la pieza que conectaba todo. Mayira Salazar, exfuncionaria del Consejo de la Judicatura del Guayas, no era sicaria ni capo, sino algo más peligroso en ese ecosistema, una operadora de relaciones, la persona que manejaba los vínculos entre el mundo

criminal y el sistema institucional, que sabía a quién llamar cuando una causa judicial necesitaba acomodarse. Salazar se convirtió en testigo clave del caso Purga y los chats recuperados de su teléfono resultaron un mapa de traiciones en el periodo postnorero. En conversaciones de octubre de 2023, exactamente el mes en que Samir fue ejecutado en Laguna Club, Salazar intercambió mensajes con una usuaria identificada como Stefy, hija 2021.

El tema era el asesinato de Samir ocurrido días antes. Lo que llama la atención no es el contenido, es el tono. No es el tono de personas que acaban de enterarse de una noticia. Es el tono de quien no está completamente sorprendido, pero sí se pregunta cómo fue posible operativamente. Lo que hace el dinero, el poder.

Están jugando con fuego escribía Stefy. Salazar respondía con una frase sin margen de interpretación. De ley fue lobo. Cada día nos quedamos sin amigos. Fue lobo. Los lobos. Para entender lo que eso significa, hay que entender una mentira que funcionó casi dos años y que tenía el sello de norero en cada detalle. En 2021, la familia de Wilmer Giovanni Chavarría Barré presentó un certificado médico emitido en Santo Domingo que declaraba oficialmente su muerte por complicaciones del COVID-19.

Alias Pipo, el máximo líder de los lobos, estaba muerto. Eso decía el papel. El papel mentía y la mentira costó una fortuna. El certificado fue una operación de desaparición planificada y financiada íntegramente por Leandro Norero. No solo en papel, Pipo pasó por intervenciones quirúrgicas para alterar su rostro. Le borraron las huellas dactilares y con documentación apócrifa, a nombre de una persona fallecida, cruzó fronteras, llegó a Europa y desapareció en la clandestinidad transcontinental.

vivo con nueva identidad, fuera del alcance de cualquier orden de captura ecuatoriana. Desde ese punto invisible siguió conduciendo los lobos. La organización no quedó sin mando cuando él desapareció formalmente. Quedó con un mando que nadie podía perseguir porque oficialmente no existía. Bajo ese esquema, los lobos se transformaron en la estructura terrorista más temida del Ecuador, con capacidad para ejecutar sicariatos transnacionales y vínculos internacionales que ninguna pandilla callejera ecuatoriana había alcanzado

antes. Norero era quien pagaba esa vida. Los documentos falsos, la seguridad en Europa, la logística entera de la clandestinidad, todo salía del bolsillo del patrón. Y cuando Samir mató a Norero, Pipo perdió al único hombre que financiaba su existencia. Pipo no actuó solo por lealtad, era un hombre de cálculo.

La sentencia de muerte contra Samir tenía dos motivos que se reforzaban. El primero, personal, Samir había organizado el asesinato del hombre que lo mantenía vivo en Europa. El segundo comercial. Las rutas del Pacífico que Samir controlaba desde la cima del cártel Nueva Generación Ecuador eran exactamente las rutas que los lobos necesitaban para consolidar su propia expansión exportadora.

Con Samir vivo, esas rutas estaban bloqueadas. Con Samir muerto, el tablero se abría. Desde Europa, la orden se dictó. El trabajo recayó sobre los comandos de los lobos en Guayaquil. Y el primer paso no fue reunir hombres ni conseguir armas, fue encontrar a Samir, que se había borrado del mapa cambiando su apariencia, alquilando propiedades a nombre de testaferros y moviéndose sin patrones fijos.

El anonimato funciona contra un informante, no funciona contra tecnología que observa sin ser vista. Por eso los drones, los residentes de Laguna Club que llamaron a Lecu 911 días antes del asesinato para reportar dispositivos voladores sobre las casas, pensaban que era alguna rareza de un vecino curioso. Lo que estaban viendo era la fase de reconocimiento del operativo.

Los drones de los lobos mapearon la urbanización con precisión. identificaron la casa exacta donde dormía Samir, los patrones de los guardias, el turno con menos personal y confirmaron que el lindero trasero colindaba con los canales del estero salado, una entrada que ninguna garita podía controlar. Todo lo que el 12 de octubre pareció una operación relámpago, fue en realidad el último paso de semanas de inteligencia táctica montada sobre una ciudadela de lujo. El comando no improvisó nada.

sabía exactamente a dónde ir, cómo entrar y qué hacer cuando llegara al segundo piso. Samir tenía el mejor escudo que el dinero podía comprar en Ecuador. No alcanzó porque el hombre que lo mandó a matar operaba desde un continente donde ninguna autoridad ecuatoriana podía tocarlo, con recursos para montar una operación paramilitar y con dos años de paciencia acumulada cobrando una deuda.

Los chats de Mayira Salazar cerraron el caso de autoría en el plano judicial, pero en el plano político abrieron algo más grande. Las investigaciones enmarcadas en la causa magnicidio revelan que el mismo consorcio manejado en la sombra por Pipo y operado por los cuadros de cuello blanco que Metástasis expuso, ejecutó en agosto de 2023 el asesinato del candidato presidencial Fernando Villavicencio, seis semanas antes de que el comando navegara por el Estero Salado hacia Laguna Club.

El mismo hombre, la misma estructura. Dos meses en los que Ecuador vio morir a un candidato presidencial y al narco más poderoso del país, sin entender todavía que ambas cosas venían del mismo lugar. La condena de Samir estaba firmada desde Europa. Lo que quedaba por resolver era únicamente cómo iba a cobrar Pipo los 2 años de deuda que acumulaba.

La respuesta llegó la madrugada del 12 de octubre, pero esa reconstrucción viene después. Antes hay que ver qué dejó Samir cuando cayó y qué le pasó a cada uno de los que intentaron pararse sobre sus ruinas. En la madrugada del 16 de abril de 2026, Jeremy Zambrano llegó a la ventana del noveno piso de Puerto Santa Ana, miró hacia abajo y saltó.

Eso es lo que le espera al heredero de Samir. Pero antes de llegar ahí, hay que terminar de armar la noche del 12 de octubre. Porque la muerte de Samir no empieza con el disparo, empieza con las lanchas. En algún punto de la noche del 11 al 12 de octubre de 2023, desde un embarcadero clandestino en el sur de Guayaquil, al menos una decena de hombres abordaron lanchas rápidas y comenzaron a navegar por los ramales del estero salado.

Los canales internos del estero se ramifican hacia el oeste hasta colindar con propiedades privadas que los constructores de Laguna Club nunca consideraron un vector de amenaza. Son linderos sin garita, sin cámara enfocada al agua, sin guardia, el fondo del jardín de una ciudadela exclusiva. Cuando las lanchas llegaron al punto de desembarco, ya no había nada que improvisar.

El equipo avanzó hacia la valla perimetral y usó herramientas de corte industriales sobre las rejas de hierro. El material se dio. El hierro de una urbanización privada no está diseñado para resistir una cisaya profesional operada por alguien que sabe que nadie lo está mirando desde adentro. Los guardias del turno nocturno no murieron, los sometieron, los maniataron y los dejaron en el suelo.

Ningún disparo, ni uno. Un disparo a destiempo era el único error que podía arruinar todo. La disciplina de no detonar cuando no era necesario no es el estilo de una pandilla callejera. Los uniformes reforzaban eso. Camuflaje, chalecos antibalas, distintivos que imitaban los de los equipos tácticos de la Policía Nacional y las fuerzas armadas.

En la oscuridad, cualquier testigo hubiera visto un operativo del estado. Cruzaron los jardines, entraron a la mansión, subieron al segundo piso. George, Samir, maestre, Mena, dormía. Lo tiraron al piso, le ataron las manos. Ocho impactos de proyectil de fusil de asalto. Un disparo de gracia en el cráneo.

El hombre que había traicionado a Norero, heredado el imperio del gato Farfán y negociado en persona con la mafia albanesa, murió en el piso de un dormitorio de alquiler con las manos atadas sin haber disparado un tiro. El comando se replegó por la misma ruta. Las lanchas, los manglares, el estero, la oscuridad. Para cuando la policía acordonó la escena, el escuadrón era agua.

El vacío que dejó Samir fue inmediato y brutal. Mafia 18 tenía estructura, territorio en el Hasmo Sur, alianzas activas con el CJNG y las rutas del estero, pero no tenía a nadie con autoridad para sostener todo eso unido, mientras los rivales, la policía y los propios integrantes de la banda medían el terreno.

El hombre que reclamó ese espacio fue Jeremy Joel Zambrano González, alias Frenillo. Las agencias de inteligencia lo catalogaron como hijastro o ahijado de crianza del propio Samir, lo que le daba una legitimidad que ningún mando medio de la banda podía replicar. En el lenguaje interno de una organización criminal, ese vínculo pesa.

Frenillo tenía 24 años cuando asumió, pero su expediente empezó mucho antes, causas judiciales a los 17 años y para 2019 el catálogo ya incluía robo agravado, tenencia de armamento de guerra y secuestro extorsivo. Lo que consolidó su leyenda fue lo que ocurrió meses antes de la muerte de Samir en julio de 2023.

En las inmediaciones del malecón 2000, un comando rival de los lagartos lo emboscó con fuego abierto, ocho impactos de bala. El ataque mató a dos transeútes inocentes e hirió a su pareja sentimental. Frenillo llegó al hospital y salió de alta. En el lenguaje del barrio, ese tipo de sobrevivencia construye un mito.

Lo que quedó grabado en la memoria de Mafia 18 fue que Frenillo recibió ocho tiros y siguió en pie. Para una organización que recluta por miedo y lealtad simultáneamente, eso es una credencial que ningún currículo puede comprar. Con ese capital simbólico y el apellido de Samir encima, Frenillo tomó el mando de Mafia 18 y de la estructura paralela conocida como Pcky Blinders, enfocada en las operaciones marítimas del Golfo de Guayaquil.

El 25 de enero de 2024, las fuerzas armadas y equipos tácticos de inteligencia desplegaron un operativo en la floresta. Lo acorralaron, lo capturaron portando municiones y equipos de radiocomunicación. Esa misma noche, en la audiencia de flagrancia, una jueza local dictaminó el cese de la prisión preventiva y le otorgó medidas sustitutivas.

Libertad inmediata. Menos de 24 horas después de ser capturado portando municiones de guerra, el heredero de Samir estaba en la calle. Las presentaciones periódicas que la justicia exigía como condición las ignoró todas. Nunca se presentó. Nadie fue a buscarlo al día siguiente. Pasaron más de 2 años. El 16 de abril de 2026, la Policía Nacional ejecutó el operativo Apolo 15, diseñado específicamente para localizar lo que quedaba de la cúpula de Mafia 18.

Frenillo había adoptado la misma táctica que Samir, meterse en espacios de lujo usando identidades falsas. No una ciudadela en la vía a la costa, esta vez un departamento en el noveno piso de un edificio en Puerto Santa Ana, el polo residencial sobre las riberas del río Guayas, en pleno centro de Guayaquil.

El tipo de edificio donde nadie hace preguntas si el arriendo llega puntual y el nombre del contrato no figura en ninguna orden de captura. A las 3 de la madrugada, los comandos tácticos irrumpieron y aseguraron el piso. Frenillo estaba adentro junto a su pareja Midis, una joven de 19 años que los investigadores habían identificado en la logística de tráfico de armas de la banda.

Cuando Frenillo entendió que el perímetro estaba cerrado y que el edificio vertical no tenía salida horizontal posible, tomó una decisión. Se lanzó por la ventana del noveno piso delante de Mid. El cuerpo impactó contra el área de jardineras del complejo y murió en el acto. El operativo Apolo X resultó en la detención de otros 26 integrantes de la organización, la incautación de un arsenal y el desmantelamiento parcial del mando.

Mid fue detenida y procesada por tráfico de armas. La línea directa de sucesión de Samir se cerró en caída libre desde un noveno piso. Pero Mafia 18 tenía más capas. Mientras Frenillo conducía la guerra visible desde Guayaquil, otro mando medio intentaba sostener el negocio desde una dirección diferente.

Braulio Vicente Bailó Novando, alias Braulio eligió el exilio operativo. Sabía que era objetivo prioritario tanto para las fuerzas ecuatorianas como para facciones internas. Un adversario al que los expedientes identifican como Kuyuyu lo tenía en la lista. Quedarse en Guayaquil era demasiado costoso. Se instaló en Tumbes, la ciudad portuaria peruana pegada a la frontera con Ecuador.

Desde ahí continuó coordinando narcotráfico, extorsiones, trata de personas y sicariato internacional. No era retirada, era reposicionamiento. El 30 de septiembre de 2024, la División de Investigación Criminal del Perú ejecutó un operativo sorpresivo en varios hostales de Tumbes. Braulio estaba en uno de ellos con ocho cómplices ecuatorianos y peruanos.

Encontraron armas de fuego y drones, los mismos dispositivos que los lobos habían usado para marcar a Samir antes del ataque en Laguna Club. Lo capturaron. El sistema hizo lo que había aprendido a hacer. Lo extraditaron, lo procesaron y lo dejaron libre, a pesar de las confesiones de gatilleros que admitieron haber sido contratados para asesinarlo en Perú.

A pesar de los procesos activos por narcotráfico en la justicia peruana. A pesar del expediente que lo ubicaba como jefe operativo de mafia 18 tiburones, el sistema judicial ecuatoriano, infiltrado en exactamente las capas que Metástasis había documentado, lo dejó ir. Lo que el sistema no podía garantizar era lo que viniera después. El 2 de diciembre de 2024, en el sector de Urdesa, dos vehículos interceptaron a Braulio.

El comando que descendió venía armado y venía por él. Lo acribillaron en un departamento del barrio, fin del tercer intento de sostener el imperio de Samir. Tres hombres, tres finales distintos en la forma, idénticos en el resultado. El primero ejecutado en el piso de su dormitorio con las manos atadas, el segundo estrellado contra las jardineras de un rascacielos, el tercero acribillado en un barrio de clase media después de que el sistema judicial lo puso de vuelta en circulación.

El patrón es consistente hasta el punto de parecer mecánico. Nadie que se para sobre las ruinas de Samir sobrevive lo suficiente para construir algo duradero. La estructura sigue, el negocio sigue, las rutas siguen, pero la persona encima muere, siempre muere. La pregunta que empieza a tomar forma es si ese patrón es exclusivo de Mafia 18 o si opera igual en el otro lado de la guerra del Guasmo Sur.

Si los lagartos, los rivales de toda la vida, terminaron exactamente igual. La respuesta está en una cancha de fútbol de la isla Mocoli. La noche del 7 de enero de 2026, 10 sicarios encapuchados, tres camionetas, 14 jugadores tumbados en el césped y un hombre al que le estaban cobrando exactamente la misma traición que Samir le cobró a Loreo.

Mocoli Golf Club, 7 de enero de 2026, 9:20 de la noche. 10 sicarios encapuchados, bajan de tres camionetas y tumban a 14 jugadores en el césped. Mira lo que le pasa al que intenta hacer exactamente lo que Samir hizo. Porque eso era Stalin Rolando Olivero Vargas, no un cabecilla formado en la calle, sino algo más peculiar.

un hombre entrenado por el Estado para defender al Estado que decidió robarle al Estado, que pasó 6 años preso por eso y que salió convertido en el jefe criminal más influyente del sur de Guayaquil, alias Marino. Su hoja de vida institucional empieza en la Armada Nacional del Ecuador, marino de carrera con formación táctica real.

En 2011 usó ese conocimiento para otra cosa. Organizó con un grupo de uniformados el asalto a las bodegas del reténal de Anconcito en Santa Elena. No robaron efectivo. Se llevaron fusiles de asalto, proyectiles y pertrechos militares. Cumplió 6 años de condena y cuando salió construyó una pantalla empresarial que en términos de audacia burocrática supera incluso la de Samir.

Dos haciendas camaroneras, una de las cuales reportó al servicio de rentas internas ingresos cercanos a $750,000 en 2023. Una importadora de joyas de lujo, una empresa exportadora de cacao y la jugada más cínica. una empresa de seguridad privada llamada Máxima Big Pro Max.

A través de ella armó legalmente a sus hombres porque una empresa de seguridad con papeles en orden puede adquirir armamentos sin levantar alertas. Y Máxima Big Pro Max se adjudicó contratos millonarios con empresas públicas del Estado, entre ellas Hidroplayas, empresa pública. El líder de los lagartos cobraba del presupuesto estatal a través de una empresa que él mismo fundó.

No era ironía accidental, era el sistema funcionando exactamente como él lo había diseñado. Desde esa plataforma, Marino condujo a los lagartos en la guerra contra Mafia 18 por el Guasmo Sur, con una eficiencia que su formación militar hacía más letal que la de sus rivales. Sus hombres no eran solo pandilleros.

Y la guerra, en el fondo, era la misma que el cártel de Sinaloa y el CJ peleaban por interpósita persona en las calles de Guayaquil. Los lagartos eran la franquicia del Sinaloa, mafia 18, la del CJ. Las balas las ponían los ecuatorianos, los contratos los firmaban en México, pero Marino estaba negociando en secreto pasarse a los lobos.

La información filtrada por el Ministerio del Interior después del ataque apunta exactamente a eso. Olivero Vargas había abierto canales para entregar la logística de los lagartos al mando de alias Pipo. Dejaba atrás al cártel de Sinaloa y se alineaba con la estructura que había demostrado ser la más agresiva y la mejor dispuesta a pagar por territorios.

El movimiento tenía lógica financiera, también tenía un precio. Es el mismo movimiento que Samir ejecutó contra Norero. La forma es idéntica. tomar lo que construiste dentro de una estructura, negociar con el rival y abandonar a tu organización original sin aviso. En el ecosistema narcoecuatoriano, eso no es una maniobra de negocios.

Es una sentencia que el traicionado ejecuta antes de que el traidor pueda completar el cambio de bando. La noche del 7 de enero, Marino estaba en el Mocoli Golf Club jugando fútbol. Lo habían invitado residentes del lugar. No era una reunión de negocios ni una operación encubierta. estaba en un espacio semiprivado, sin el aparato de protección que hubiera desplegado en otro contexto.

A las 9:20, las tres camionetas entraron a las instalaciones. Los sicarios ordenaron a los 14 jugadores arrojarse al césped boca abajo y revisaron una a una las identidades. Buscaban a alguien específico. Alias Marino fue ejecutado con múltiples ráfagas de ametralladora. Junto a él murieron Josué Mina Vergara y Jefferson Olivero, dos hombres con antecedentes propios por narcotráfico y asesinato que estaban en la cancha esa noche.

El comando no hizo una masacre indiscriminada, identificó sus objetivos y los eliminó. La retirada fue por el río Guayas. El agua, siempre el agua. Las balaceras de represalia en el Guasmo Sur comenzaron en las horas siguientes. La muerte de Marino no cerró nada. abrió el siguiente ciclo. Ahora hay que ver el hilo completo, porque cuando se conectan todos los puntos, lo que aparece no es un mapa de guerras entre pandillas, es una sola figura en el centro.

Ya sabías desde el acto 4 que ordenó matar a Samir. Lo que suma este acto es la escala. En agosto de 2023, 6 semanas antes de que el comando navegara hacia Laguna Club, Fernando Villavicencio fue asesinado a la salida de un debate electoral en Quito. La causa denominada magnicidio revela que la orden para ese asesinato también requirió la autorización de Pipo.

El mismo consorcio, los mismos cuadros de cuello blanco que Metástasis expuso, la misma cadena de mando operando desde Europa. un candidato presidencial, el narco más poderoso del Ecuador, el líder de los lagartos ejecutado en una cancha de fútbol de San Borond. Tres blancos distintos, tres contextos distintos, un mismo hilo conductor que cargaba documentos falsos de un muerto como identidad de respaldo.

En noviembre de 2025, Pipo cruzó la frontera entre Marruecos y España por el Paso de Málaga. La Unidad de Droga y Crimen Organizado Española, la UDAIKO, lo estaba esperando. 4 años después de que su familia presentara el certificado de defunción en Santo Domingo, Wilmer Chavarría fue detenido con vida en suelo europeo.

Los procesos de extradición hacia Ecuador están activos. El Departamento del Tesoro de los Estados Unidos también tiene solicitudes de detención bajo la orden ejecutiva 14,059. Pipo está preso, pero los lobos siguen operando. Las rutas del Pacífico siguen activas. Los laboratorios no cerraron porque capturaron al hombre que los financiaba desde un apartamento en Europa.

Las estructuras no dependen de un nombre. Lo demostraron con Samir, con Frenillo, con Braulio, con Marino. Cada vez que cae una cabeza, el cuerpo sigue moviéndose. Lo que este caso deja visible no es el perfil de un narco que subió demasiado y cayó. es el de un sistema donde las mansiones de lujo son centros de mando, donde una empresa de seguridad privada armas yicarios con contratos del Estado, donde una jueza local libera a un cabecilla en menos de 24 horas después de un operativo de alto riesgo y donde el hombre que autorizó el asesinato de

un candidato presidencial vivió 4 años con nueva cara en Europa mientras sus abogados mantenían abiertos los canales con Guayaquil. Eso no se resuelve capturando a Pipo en Málaga. requiere desmantelar exactamente lo que Metástasis y purga documentaron y que el sistema judicial ecuatoriano todavía no ha terminado de procesar.

Mientras eso no ocurra, habrá otro alias, otro contrato de arrendamiento en otra ciudadela de la vía a la costa, otro comando navegando por el estero a las 3 de la mañana. El expediente de Samir se cerró con un tiro de gracia en el cráneo. El expediente del sistema que lo creó sigue abierto y el próximo nombre que entre en ese expediente todavía no sabe que ya está adentro.

Este expediente tomó semanas armar. Chats recuperados de teléfonos de narcos muertos, pericias forenses, causas judiciales que el sistema prefirió no publicitar. Extradiciones que cruzaron tres continentes. No es el tipo de material que se consigue en una tarde. Si llegaste hasta acá, sabes exactamente de lo que hablamos cuando decimos que el archivo no se cierra solo.

Suscribite, activá en los comentarios qué otro imperio querés que abramos. Acá no contamos historias bonitas, contamos las que el sistema preferiría que nadie supiera y hay muchas más esperando ser desclasificadas.

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