Nació en Pinotepa Nacional, Oaxaca, con raíces profundas y un carácter firme. Desde muy joven mostró una vocación artística distinta, silenciosa, disciplinada, intensa. Estudió en el Centro Universitario de Teatro de la UNAM. donde se forjan actores con rigor casi militar. Allí se ganó el respeto de maestros y compañeros.
No buscaba fama, buscaba verdad escénica. Participó en cine, teatro y televisión en producciones como la mujer de Benjamín la Hüereja y algo más y el privilegio de mandar. Siempre sólida, siempre impecable, siempre lejos del escándalo. Fuera de los reflectores, Julia llevaba una vida reservada y casi monástica. Vivía sola en su departamento de la colonia Héroes de Padierna en la ciudad de México.
Era espiritual metódica introspectiva. Prefería los libros, los ensayos y el silencio antes que las fiestas o la vida social del medio artístico. Su familia la admiraba profundamente y su sobrino, el actor Alexis Ayala, hablaba de ella como una mujer ejemplar, recta y noble. Nadie, absolutamente nadie imaginaba que ese mismo departamento tranquilo sería el escenario de una pesadilla.

El 8 de diciembre de 2011, Julia dejó de contestar llamadas. Primero fueron horas, luego días. El silencio comenzó a volverse insoportable. Su familia entró en pánico. Alexis Ayala utilizó todos los medios posibles para pedir ayuda y localizarla. entrevistas, llamados públicos, súplicas. México entero empezó a nacerse la misma pregunta.
¿Dónde está Julia Marichal? La esperanza se sostenía con alfileres, pero nadie estaba preparado para la verdad que vendría. El 23 de diciembre de 2011, vecinos del edificio reportaron un olor fétido e insoportable que salía del drenaje. La policía acudió al lugar y al revisar encontró una maleta abandonada. Era una maleta común, cerrada, aparentemente inofensiva.
Al abrirla, el horror se reveló por completo. Dentro estaba el cuerpo de Julia Marichal, golpeada, mutilada, asesinada con una violencia que paralizó al país. No fue un crimen pasional ni un ataque al azar, fue una traición. Las investigaciones revelaron que los responsables eran vecinos del mismo edificio, personas que Julia conocía y en quienes confiaba, entraron a su departamento con la intención de robar, pero la situación escaló de forma brutal.
Decidieron matarla y luego intentaron ocultar el crimen durante días, creyendo que el silencio y una maleta podrían borrar una vida. No lo lograron. Fueron detenidos juzgados y sentenciados, pero ninguna condena pudo reparar el daño ni devolverlo perdido. El medio artístico quedó devastado. Actores, directores, estudiantes del CUT y compañeros de profesión coincidieron en lo mismo.
Julia Marichal era una mujer buena, una actriz íntegra, una artista disciplinada y profundamente humana. Su muerte dejó una herida abierta que aún duele, porque no solo habla de un asesinato, sino de la vulnerabilidad de la confianza rota y de cómo incluso la bondad no siempre protege del mal. Julia Marichal no debería ser recordada por una maleta ni por la violencia de su final.
debería ser recordada por su talento, su ética y su silencio digno, pero su historia quedó marcada para siempre como un recordatorio brutal de una verdad incómoda. Algunas estrellas no se apagan con el tiempo, las apagan de la forma más cruel. Alma Muriel. Alma Muriel fue una de las actrices más intensas que ha dado la televisión mexicana.
En pantalla era fuego puro, mirada filosa, voz, firme presencia capaz de incomodar y fascinar al mismo tiempo. Las villanas que interpretaba no se olvidaban, se sufrían. Pero mientras el público la admiraba, su vida real se iba llenando de silencios, heridas y soledades que nadie veía. Dicen que las villanas nunca sufren, pero Alma Muriel sufrió como pocas.
Nació el 20 de octubre de 1951 en la Ciudad de México. Desde joven supo que su destino estaba en las artes, sensible, inteligente y profundamente emocional. Estudió actuación y rápidamente destacó en teatro, cine y televisión. Participó en telenovelas emblemáticas como El maleficio, Los parientes pobres y El privilegio de amar. Alma no actuaba.
Personajes oscuros los habitaba. Ardía en cada escena como si algo interno la empujara a darlo todo, incluso cuando eso le costaba demasiado. Detrás de cámaras, su vida sentimental fue un torbellino. Vivió uno de los romances más intensos, secretos y dolorosos del espectáculo mexicano con el actor Oto Cirgo. Trabajaban juntos, coincidían en obras, se buscaban en los sets.
La química era evidente, pero había un obstáculo imposible de ignorar. Él estaba casado con la actriz Malena Doria. El amor creció en silencio marcado por la culpa, los rumores y la imposibilidad de vivirlo libremente. Alma lo amó con todo. Oto la admiraba, la cuidaba, pero nunca dejó su matrimonio.
Con el tiempo, la relación se volvió insostenible y la dejó profundamente marcada. Amigos cercanos aseguran que ese amor la rompió por dentro y nunca logró recomponerse del todo. Después llegó el periodista Ricardo Rocha, un intento de refugio emocional que tampoco funcionó. Alma lo decía sin rodeos, amaba demasiado, sentía demasiado y eso con los años la fue desgastando.
Su salud emocional se volvió frágil. Poco a poco se alejó de la televisión de los reflectores y del ruido del medio artístico. Buscaba paz. Buscaba silencio, buscaba no sentir tanto. En sus últimos años se mudó a Playa del Carmen con la esperanza de empezar de nuevo. Pero ahí comenzó el verdadero deterioro. Dolores constantes, problemas cardíacos, un cansancio que no desaparecía.
Vivía prácticamente sola, sin pareja y sin familia cercana. No hablaba de su sufrimiento. Solo unos pocos amigos sabían que algo no estaba bien. Alma, la mujer intensa de la pantalla se estaba apagando en silencio. El 5 de enero de 2014, Alma Muriel fue encontrada sin vida en su departamento. Tenía 62 años.
Murió sola. Un infarto fulminante detuvo su corazón ese mismo corazón que había amado con demasiada fuerza y sufrido en exceso. Fueron los vecinos quienes alertaron a las autoridades al notar que no había salido en varios días. La escena fue devastadora. El mundo del espectáculo quedó en shock. Nadie estaba ahí para sostenerle la mano en sus últimos momentos.
Hoy Alma Muriel es recordada como una de las mejores villanas en la historia de las telenovelas mexicanas. Su mirada, su fuerza y su capacidad para dar vida a personajes complejos siguen siendo admiradas. Pero detrás del mito queda la mujer, la que amó sin medida la que cargó con amores imposibles y la que terminó enfrentando el final más cruel de todos, la soledad absoluta.
Su historia es un recordatorio doloroso de que a veces las batallas más duras no se libran frente a las cámaras, sino en silencio cuando ya no queda nadie mirando. Mariana Car. Mariana Car nació como María Elena Car. El 29 de noviembre de 1949 en Buenos Aires, Argentina, con una intensidad que parecía escrita desde el inicio.
Desde muy joven descubrió que la actuación no era solo una vocación, sino una forma de existir. Tenía una mirada fuerte, una voz profunda y una presencia que llenaba cualquier espacio sin necesidad de exagerar. En Argentina se abrió camino en cine y televisión, pero su destino no estaba completo. Buscando nuevos horizontes, llegó a México a finales de los años 80, sin saber que ese país marcaría el punto más alto y también el más silencioso de su vida.
En México, su talento explotó con fuerza. Televisa la integró en producciones de gran impacto como Amor Real, el Manantial, la intrusa mujer de madera y qué pobres tan ricos. Mariana no necesitaba ser protagonista para robar cámara. Su sola presencia imponía respeto. Era de esas actrices que sostenían escenas completas con una mirada, con un silencio, con una pausa exacta.
Productores y compañeros la consideraban indispensable, profesional, rigurosa, sin escándalos, sin excesos. En pantalla era firme, poderosa, pero fuera de ella su cuerpo empezaba a traicionarla. Mientras su carrera avanzaba, su salud comenzó a deteriorarse lentamente. Problemas respiratorios, dolores persistentes, limitaciones físicas que cada vez eran más difíciles de ocultar.
Aún así, Mariana no se rindió. Trabajaba cuando podía y cuando no descansaba en silencio esperando recuperar fuerzas. Nunca fue de quejarse, nunca fue de pedir ayuda en voz alta. Su lucha fue discreta, casi invisible, como si no quisiera molestar a nadie con su dolor. En sus últimos años tomó una decisión que marcó el final de su camino artístico.
Se mudó a la casa del actor en la Ciudad de México, un lugar donde muchos artistas encuentran refugio cuando el cuerpo ya no responde como antes. Allí convivía con otros actores retirados compartiendo recuerdos, rutinas tranquilas y largas horas de silencio. Pero su salud seguía empeorando. Día tras día, su cuerpo se debilitaba un poco más hasta que simplemente no pudo continuar.
El 31 de julio de 2016, a los 66 años, Mariana Car falleció tras sufrir un paro cardiorespiratorio. Su muerte fue repentina, inesperada y profundamente triste. No hubo escándalos, no hubo homenajes masivos, no hubo reflectores ni despedidas públicas. Se apagó lejos del ruido como había vivido sus últimos años en calma aparente, pero con un desgaste profundo que pocos conocían.
Mariana Car dejó un legado sólido en México y Argentina. Sus personajes, su voz y su fuerza interpretativa siguen vivos en la memoria de quienes la vieron actuar. Pero su historia también deja una verdad incómoda. Incluso las actrices más fuertes, las más disciplinadas, las que nunca se quejan, pueden irse en silencio mientras el mundo sigue girando sin darse cuenta de que una gran estrella acaba de apagarse.
María Rubio. María Rubio fue la villana más temida de la televisión mexicana. La mujer del parche, la mirada fría, la voz que podía congelar una habitación entera. Catalina Crell no era solo un personaje, era un fenómeno cultural. Pero detrás de esa imagen impecable, elegante y despiadada, existía una mujer real, cuya vida estuvo marcada por pérdidas enfermedad y un dolor tan profundo que terminó por apagarla lentamente.
María Rubio nació el 21 de septiembre de 1934 en Tijuana, Baja California. Desde joven imponía presencia voz grave porte distinguido, una elegancia natural que no se aprendía. Estudió actuación en el IMBA y comenzó su carrera en teatro y televisión, construyendo un camino sólido, respetado, sin atajos.
Sin embargo, nada la preparó para el papel que cambiaría su vida para siempre. En 1986 llegó cuna de lobos. Catalina Crell apareció en pantalla y México entero quedó paralizado. No era una villana común, era sofisticada, calculadora, aterradora. María Rubio se fundió con el personaje de tal manera que marcó un antes y un después en la historia de las telenovelas.
El éxito fue absoluto, pero también tuvo un precio. La gente la confundía con su personaje. Algunos retrocedían al verla en la calle, otros la miraban con miedo real. Catalina Crell persiguió durante años eclipsando otros trabajos y convirtiéndola en leyenda, sí, pero también en prisionera de un solo rostro.
Aún así, María continuó trabajando con profesionalismo impecable, sosteniendo una carrera larga y respetada, mientras su verdadera vida se desarrollaba lejos de las cámaras. Su mayor orgullo no estaba en los foros, sino en casa. Claudio Reyes Rubio, su hijo productor querido y respetado en Televisa, era su motor, su compañía, su razón de seguir.
Madre e hijo mantenían un vínculo profundo, casi indestructible. Y justamente por eso lo que ocurrió después fue devastador. El 17 de noviembre de 2017, Claudio sufrió un trágico accidente automovilístico al regresar de una grabación. La noticia cayó como un golpe seco. Para María Rubio, ese día marcó el verdadero final.
Desde la muerte de su hijo, nada volvió a ser igual. Quienes estuvieron cerca aseguran que dejó de comer con normalidad hablaba cada vez menos y perdió por completo las ganas de vivir. Su salud física se deterioró rápidamente, problemas respiratorios severos, dificultad para caminar, agotamiento constante, pero el daño más grande no estaba en los pulmones, sino en el corazón.
María Rubio parecía seguir respirando, pero por dentro ya no estaba. En los meses siguientes vivió rodeada de cuidados médicos y familiares casi sin salir de casa. La depresión, la soledad y el duelo la consumían en silencio. El 1 de marzo de 2018, el medio artístico recibió otra noticia devastadora. María Rubio había fallecido a los 83 años.
La causa oficial fue enfermedad pulmonar y complicaciones respiratorias, pero quienes la conocieron saben que murió mucho antes el día que perdió a su hijo. Así terminó la historia de una de las mujeres más poderosas, misteriosas y emblemáticas de la televisión mexicana. María Rubio dejó un legado imborrable, un personaje eterno y una advertencia silenciosa.
Incluso las villanas más temidas pueden ser derrotadas por el dolor más humano de todos. Porque Catalina Crel nunca lloró, pero María Rubio sí. Y ese llanto invisible para el público fue el que finalmente apagó a la leyenda. Christian B. Christian Bach fue una de las mujeres más elegantes, enigmáticas y poderosas que ha dado la televisión mexicana.
En pantalla parecía indestructible mirada firme, porte sofisticado, una presencia que imponía respeto sin necesidad de alzar la voz. Pero detrás de esa imagen perfecta existía una verdad que muy pocos conocieron. Una verdad silenciosa, cuidadosamente protegida hasta el final. Nació como Adela Cristian Bach Botino el 9 de mayo de 1959 en Buenos Aires, Argentina.
Desde niña mostró talento para el arte, la actuación y la danza. Estudió teatro de forma profesional, pero entendió pronto que su destino estaba lejos de su país natal. Llegó a México en los años 70 con una maleta disciplina absoluta y una ambición clara, construir una carrera sólida. Lo logró. Su belleza europea, su inteligencia escénica y su carácter firme la llevaron rápidamente a convertirse en una figura central de la televisión.
Producciones como los ricos también lloran. Bodas de odio, de pura sangre, encadenados. La patrona y la impostora consolidaron su imagen como una actriz de carácter fuerte, elegante y dominante. No había nadie como ella. En su vida personal, Cristian formó una de las parejas más estables y admiradas del espectáculo junto al actor Humberto Zurita.
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Juntos construyeron un hogar sólido y tuvieron dos hijos, Sebastián y Emiliano, quienes siempre fueron su mayor orgullo. En casa era disciplinada, exigente y profundamente amorosa, pero también extremadamente reservada. Cristian no exponía su intimidad, no hablaba de lo que dolía, no mostraba grietas y fue justamente ahí donde comenzó el verdadero drama.
Con el paso de los años, Cristian empezó a sufrir problemas respiratorios severos. Su salud se deterioraba lentamente, pero ella tomó una decisión radical. Nadie debía saberlo. No concedió entrevistas, no permitió rumores, no buscó compasión. Para Christian B, la debilidad no tenía lugar en la narrativa pública. Se retiró de los reflectores de forma repentina, sin despedidas ni explicaciones, y el público comenzó a preguntarse, ¿dónde está Cristian Bach? Nadie imaginaba la gravedad de lo que ocurría puertas adentro. Mientras el silencio
crecía afuera, su cuerpo luchaba por dentro. Tratamientos, recaídas, desgaste físico constante. Todo vivido lejos de cámaras, lejos de homenajes, lejos de titulares. Cristian enfrentó la enfermedad con la misma disciplina con la que había construido su carrera en privado, sin espectáculo, sin victimizarse, hasta que el cuerpo ya no resistió más.
El 26 de febrero de 2019, a los 59 años, Christian Bach falleció a causa de un paro respiratorio. Pero incluso después de su muerte, el silencio continuó. Su familia respetó su deseo más profundo irse sin ruido. La noticia no se hizo pública de inmediato. Cuando finalmente se confirmó días después, México entero quedó paralizado.
Nadie podía creer que una mujer que parecía eterna se hubiera ido sin despedirse. Cristian B dejó un legado único, elegancia absoluta, perfección técnica, disciplina inquebrantable y una presencia que jamás volvió a repetirse en la televisión mexicana. Su historia no terminó con un escándalo ni con un homenaje multitudinario, sino con algo mucho más inquietante.
Se fue como vivió sus últimos años en silencio, demostrando que algunas estrellas no necesitan apagar las luces porque incluso en la oscuridad siguen brillando. Magda Guzmán. Magda Guzmán fue una de esas mujeres que parecían eternas. Una presencia sólida, una voz inconfundible. y una energía que atravesó generaciones completas de la televisión mexicana.
Durante más de 70 años, Magda estuvo ahí trabajando, creando, sosteniendo historias, pero detrás de esa sonrisa firme y ese carácter indestructible, se escondía una vida marcada por el desgaste, la enfermedad y una lucha silenciosa que terminó de forma tan repentina como dolorosa. Nació como María Magdalena Guzmán Garza el 16 de mayo de 1931 en Saltillo, Coahuila.
Desde muy joven quedó atrapada por el mundo de la actuación y comenzó a participar en teatro y cine durante la época de oro del cine mexicano. Tenía algo especial, una fuerza natural, una voz poderosa y una presencia que no se podía ignorar. Con el paso del tiempo, la televisión la convirtió en una figura indispensable. En telenovelas como Amor real, la fuerza del destino y amigos por siempre.
Magda demostró que podía interpretar desde abuelas tiernas hasta mujeres duras, autoritarias y complejas. Cada personaje tenía sello propio, cada escena llevaba su peso, pero mientras su carrera crecía, su cuerpo comenzaba a resentirlo todo. Décadas de trabajo ininterrumpido, jornadas largas, grabaciones extenuantes y una disciplina férrea pasaron factura.
Magda enfrentó constantes problemas de salud, dolores físicos y periodos de depresión causados por la pérdida de personas cercanas. Aún así, nunca se rindió, nunca pidió detenerse. Siguió trabajando incluso cuando el cuerpo ya le pedía descanso. Para ella, actuar no era un trabajo, era una forma de mantenerse viva.
A principios de 2015, su salud se deterioró de manera alarmante. Problemas cardíacos y respiratorios la llevaron a varias hospitalizaciones. Amigos y familiares notaban que ya no tenía la misma fuerza, pero nadie imaginaba un desenlace tan cercano. Magda, fiel a su carácter, minimizaba el dolor y evitaba mostrarse vulnerable.
Había pasado toda su vida siendo fuerte, no iba a cambiar al final. El 12 de marzo de 2015, a los 83 años, Magda Guzmán sufrió un infarto fulminante que terminó con su vida. murió en un hospital de la Ciudad de México, acompañada por su familia lejos de los foros y de los reflectores que la habían visto brillar durante más de seis décadas.
La noticia tomó por sorpresa al medio artístico. Una mujer que parecía inagotable se apagó sin aviso. Magda Guzmán dejó un legado inmenso, más de 70 años de trayectoria, decenas de personajes inolvidables y un ejemplo de profesionalismo absoluto. Su ausencia aún pesa porque figuras como ella no se reemplazan.
Su historia recuerda una verdad incómoda. Incluso las mujeres más fuertes, las que nunca se quiebran en público, también se cansan. Y a veces, cuando finalmente descansa el mundo, apenas alcanza a darse cuenta de que una leyenda acaba de irse. Irán Eori. Irán. Eori fue una actriz cuya vida se sintió como una doble historia, una llena de brillo y éxitos, y otra marcada por el olvido y el silencio al final.
Nacida Elvira Teresa Eoricidi el 21 de octubre de 1937 en Teerán Irán. Irán vivió muy temprano una vida en constante movimiento. Creció entre Marruecos y España, aprendió varios idiomas y descubrió su pasión por el arte desde niña. Fue modelo cantante y actriz con un talento capaz de traspasar fronteras y estilos.
Cuando llegó a México a finales de los años 60, lo hizo con la intención de hacer brillar su carrera aún más. Su belleza exótica, su latente carisma y su técnica actoral la convirtieron rápidamente en una figura codiciada en el cine, el teatro y, sobre todo, la televisión. Interpretó personajes que quedarán en la memoria colectiva desde roles en mundo de juguete hasta María la del barrio, pasando por la pícara soñadora, la usurpadora.
y por tu amor entre muchas otras producciones que la posicionaron como una actriz versátil e inolvidable. Su presencia en pantalla era una mezcla de elegancia, misterio y fuerza que pocos podían replicar. Pero mientras su estrella seguía encendida ante las cámaras fuera de ellas, la historia era diferente. Los años pasaron y como suele ocurrir con varias leyendas del entretenimiento, las ofertas disminuyeron.
Irán. Eori, que había conquistado a públicos enteros, comenzó a recibir menos oportunidades y a enfrentarse a la incertidumbre profesional. La transición del estrellato al olvido gradual fue difícil y aunque nunca dejó de amar su oficio, su presencia en el medio, se volvió esporádica en sus últimos tiempos. En marzo de 2002 ocurrió la tragedia que nadie vio venir.
El 8 de marzo, tras sentirse mal en su casa, Irán sufrió un desmayo que la obligó a ser trasladada de emergencia a un hospital en la Ciudad de México. Allí, los médicos diagnosticaron un derrame cerebral severo. Dos días después, el 10 de marzo de 2000, Dos Iraneori falleció a los 62 años víctima de un grave edema cerebral provocado por un tumor en el cerebro que había debilitado su sistema nervioso. La noticia de su muerte.
sacudió a quienes recordaban su voz, su mirada intensa y su carrera vigorosa. Irán no solo dejó atrás una obra artística rica y variada en cineteatro y telenovelas también su historia dejó una lección amarga sobre la fragilidad de la fama y el peso del silencio cuando las luces se apagan.
Sus cenizas descansan en el panteón de las lomas en el estado de México, junto a su padre, lejos del bullicio de los reflectores, pero con un legado que aún vive en cada escena que interpretó. Edith González. Edith González fue una de esas mujeres que parecían invencibles. En pantalla irradiaba luz, carácter y una fuerza que traspasaba la televisión.
Sonreía con los ojos, hablaba con el cuerpo y dominaba cada escena como si hubiera nacido para estar ahí. Pero detrás de esa imagen luminosa se libró una de las batallas más duras y silenciosas del espectáculo mexicano. Una lucha contra la muerte que Edith decidió enfrentar de frente sin esconderse, sin mentir, sin rendirse.
Nació el 10 de diciembre de 1964 en Monterrey, Nuevo León. Desde muy pequeña quedó marcada por el destino. A los 5 años durante una visita al programa Siempre en domingo fue descubierta y su vida cambió para siempre. Lo que siguió fue una carrera precoz y brillante en cine, teatro y televisión.
Edith creció frente a las cámaras, maduró en escena y se convirtió en protagonista absoluta de telenovelas que hoy son leyenda como Corazón Salvaje Salomé y Doña Bárbara. Cada personaje suyo tenía algo especial, una mezcla perfecta de dulzura, temperamento y verdad emocional. Fuera del foro, Edit era madre antes que estrella.
Su hija Constanza era el centro de su universo, su motor y su mayor orgullo. En el amor también conoció estabilidad al lado del economista Lorenzo Lazo, quien se convirtió en su compañero incondicional. Todo parecía sólido hasta que en agosto de 2016 llegó la noticia que partió su vida en dos cáncer de ovario en etapa avanzada.
El diagnóstico era devastador, el pronóstico incierto, pero Edith tomó una decisión que marcaría su historia para siempre, no esconderse. Con una valentía que conmovió al país, hizo pública su enfermedad, mostró su proceso, habló del dolor, apareció con turbantes, sin miedo, sin victimizarse. La vida es hoy repetía una y otra vez, convirtiéndose en un símbolo de lucha para miles de mujeres.
Durante un tiempo, la esperanza parecía ganar. Los médicos anunciaron que el cáncer estaba controlado. Edit regresó a trabajar, volvió a sonreír frente a las cámaras y dio la impresión de haber vencido a la muerte, pero el enemigo nunca se había ido del todo. En 2019, el cáncer regresó con una agresividad brutal.

Su cuerpo comenzó a debilitarse rápidamente. Esta vez Edith decidió vivir el proceso con mayor discreción, sin escándalos, sin anuncios. Mientras el público la creía fuerte, ella se apagaba en silencio, rodeada de amor, pero consciente de que la batalla estaba llegando a su final. El 13 de junio de 2019, Edith González falleció a los 54 años mientras dormía en un hospital de la Ciudad de México.
La noticia sacudió al país. México entero se detuvo. Una actriz emblemática, una mujer valiente, una guerrera incansable, había perdido la batalla, pero no la dignidad. Su esposo confirmó la noticia. Su hija quedó como testigo del amor y la fuerza de una madre que nunca bajó los brazos. Edith González no solo dejó personajes inolvidables, dejó un ejemplo.
Demostró que incluso frente al miedo más grande se puede elegir vivir con valentía. Su sonrisa sigue viva en la memoria colectiva y su voz aún resuena como un eco poderoso que recuerda una verdad simple y brutal. La vida es hoy y ella la vivió hasta el último segundo. Hasta el último segundo.