La crisis de la FIFA empeora tras la explosión de la polémica por el VAR de Inglaterra

La crisis de la FIFA empeora tras la explosión de la polémica por el VAR de Inglaterra

La FIFA presume detener la tecnología de arbitraje más avanzada jamás construida en un mundial. Un balón capaz de detectar el rose de un solo cabello humano contra su superficie. Esa misma tecnología, sensible hasta el extremo de anular un gol por un pelo, miró de frente una acción polémica en un cuartos de final de este mundial de 2026 y no encontró absolutamente nada irregular.

El resultado es una de las controversias arbitrales más comentadas del torneo. Un enfrentamiento entre lo que millones de espectadores creen haber visto con sus propios ojos y lo que un sensor electrónico asegura haber registrado. Noruega quedó eliminada, Inglaterra avanzó a semifinales y desde entonces una pregunta recorre el fútbol mundial.

¿Realmente funciona el bar de las FIFAs o el organismo simplemente decide cuándo intervenir según le conviene? Un partido que merecía otro final. Antes de entrar en la polémica, conviene reconocer que el duelo entre Noruega e Inglaterra, disputado el 11 de julio en Miami, fue un partido extraordinario que no merece ser recordado únicamente por sus controversias arbitrales.

 Se jugó en condiciones físicas brutales con una sensación térmica que rondó los 45ºC por la humedad del sur de Florida. Un desafío tan exigente para el cuerpo como para la táctica. Durante buena parte del encuentro, Noruega fue netamente superior. Andreas Shelderup adelantó a los escandinavos en el minuto 36 con un disparo preciso que sorprendió al portero inglés Jordan Pickford en su palo cercano.

 Los aficionados noruegos, contagiados de una euforia que parecía imposible de frenar, empezaron a entonar cánticos de despedida hacia los ingleses. Erling Halland y Martin Odegard dominaban el partido y Noruega en su primer cuartos de final de la historia soñaba con estar a 45 minutos de una semifinal que nadie había anticipado.

 Entonces llegó Jude Bellingham. En el tiempo añadido del primer tiempo, el mediocampista inglés recibió un pase de Anthony Gordon, se internó en el área y definió con categoría para poner el empate. Fue un golazo, también fue la jugada que desataría toda la polémica posterior, aunque como se verá, el problema no está en la definición de Bellingham, sino en lo que ocurrió unos segundos antes, a más de 30 m de distancia.

 La segunda mitad fue territorio noruego. Odegard manejó los hilos del equipo. Christopher estrelló un balón en el travesaño y una acción de Bucayaka fue rechazada casi sobre la línea de gol inglesa, pero Noruega no logró el segundo tanto que hubiera sentenciado el partido. Ya en el tercer minuto de la prórroga, Bellingham volvió a aparecer.

 aprovechó un rechace del portero Orhan Nyland tras un disparo del suplente Morgan Rogers y definió para el 2-1 definitivo. Noruega lo intentó todo, incluso sacrificando a Halan a mitad de la prórroga para buscar más ofensiva, pero Inglaterra, exhausta resistió hasta el final. Bellingham, entre la gloria y la controversia, conviene detenerse un momento en lo que Bellingham ha significado en este mundial, porque nada de la polémica arbitral le resta mérito a su actuación.

con su doblete ante Noruega llegó a cinco goles en el torneo, alcanzando la marca histórica de Joff Hurst, el héroe de la final de 1966. Como uno de los grandes anotadores ingleses en la historia de la competición, a sus 23 años se ha convertido en la referencia ofensiva de una Inglaterra que también cuenta con un Harurry Kane que ya es el máximo goleador histórico del combinado inglés en mundiales, superando el viejo récord de Gary Lineker.

 Nada de lo que sigue pone en duda la calidad de Bellingham. El debate no gira en torno a si es un gran futbolista, lo es de forma evidente, sino en torno a lo que sucedió inmediatamente antes de que el balón llegara a sus pies en la jugada del empate. El balón que chocó con un cable. Todo comenzó con un saque de meta de Nyland.

 Minutos antes del descanso, el balón lanzado con fuerza hacia el campo rival hizo algo extraño en el aire. pareció frenarse bruscamente y caer casi en vertical, quedando en una posición incómoda a los pies del inglés Elliot Anderson, quien conectó con Gordon, quien a su vez asistió a Bellingham para el 1 a1. Los jugadores y el cuerpo técnico noruegos reaccionaron de inmediato señalando hacia el cielo del estadio.

 Niland lo hizo nada más con sumarse el gol. Halan también. El seleccionador Stall Solbaken se acercó al árbitro francés Clement Pen durante el descanso para plantear formalmente su reclamo. La versión noruega era clara. El balón había golpeado uno de los cables que sostienen la cámara robótica Senital, el llamado Skycam, que sobrevuela el terreno de juego durante las transmisiones.

 Esta distinción no es menor desde el punto de vista reglamentario. Si un balón en juego golpea un objeto externo como el cable de una cámara, se trata de una interferencia externa. El árbitro debe detener el juego y reanudarlo con un balón a tierra sin que la jugada posterior pueda validarse. Si efectivamente el balón tocó el cable antes de llegar a Anderson, el gol de Bellingham nunca debió contarse.

 La respuesta de la FIFA fue rápida y tajante. Según el organismo, el sensor instalado dentro del balón oficial, la tecnología conocida como Connected Ball Technology, no registró ningún pico ni ninguna alteración anómala mientras el esférico se encontraba en el aire, por lo que no había evidencia de que hubiese tocado nada.

 Ni el árbitro en el campo ni el equipo de bar revisaron la jugada en el momento. El gol se dio por bueno, sin ningún tipo de repaso. Aquí es donde la controversia se vuelve para muchos difícil de digerir. Esa misma tecnología es célebre por su sensibilidad casi microscópica en este mismo torneo apenas unas semanas antes.

 Un gol de Croacia frente a Portugal en octavos fue anulado porque el chip instalado en el balón detectó un contacto mínimo. posiblemente el rose del cabello de un jugador croata en la fase previa a la jugada, lo que permitió a la FIFA confirmar un fuera de juego que a simple vista resultaba prácticamente imperceptible.

 El propio organismo defendió esa decisión asegurando que sus sensores eran capaces de captar cualquier contacto, por leve que fuera, y demostrarlo a través de un gráfico similar al que se usa en el cricket para detectar toques imperceptibles del bate. El técnico inglés Thomas Tuchell, sin buscarlo, terminó alimentando la comparación al recordar públicamente que el sistema es capaz de decirte si un cabello ha tocado el balón.

 La pregunta que muchos se hacen es evidente. ¿Cómo puede un sensor tan preciso como para detectar un cabello no registrar absolutamente nada cuando según la versión noruega y según lo que mostraron las repeticiones televisivas, el balón golpeó un cable metálico de acero suspendido sobre el campo. Existen dos explicaciones posibles.

 La primera es que efectivamente el balón nunca llegó a tocar el cable y lo que los jugadores noruegos interpretaron como un rose fue simplemente un efecto extraño en la trayectoria del disparo. Segunda planteada por varios analistas es que la red de antenas que sigue al balón, 16 unidades instaladas bajo el techo del estadio, podría tener un punto ciego precisamente en la zona más elevada del recinto donde cuelga la cámara aérea, de modo que el sistema simplemente no fue capaz de captar el contacto, aunque este sí se hubiera producido. La FIFA insiste

en que las 16 antenas estaban operativas y en que las imágenes de la propia cámara Senital no muestran ningún movimiento brusco que sugiera un impacto. Soulbó su postura con sencillez. Sus propios ojos le decían una cosa y el chip de la FIFA le decía otra. Y el organismo esperaba que todo el mundo confiara en el chip por encima de la repetición televisiva, el empujón de Hand y el gol anulado.

 Si el episodio del cable hubiera quedado aislado, probablemente se habría discutido como una simple mala suerte deportiva, pero apenas 10 minutos después del inicio de la segunda mitad ocurrió una segunda jugada que puesta junto a la primera cambia por completo la lectura del partido. Noruega marcó de nuevo. Orbn Hegem empujó el balón a la red tras un corner y el estadio estalló en júbilo.

Sin embargo, el bar intervino esta vez sí, revisando minuciosamente la acción previa al corner y determinando que Hand había cometido una falta sobre Anderson, un empujón claro con las dos manos antes de que se ejecutara el saque de esquina. Bajo el criterio más estricto que la FIFA ha adoptado este torneo respecto al forcejeo en jugadas a balón parado, la decisión de anular el gol resulta perfectamente justificable dentro de las reglas.

 El analista arbitral de Fox Sports, Mark Clattenburg, respaldó públicamente esa anulación señalando que la nueva normativa de la EFAB obliga a sancionar ese tipo de contacto si se produce justo antes de la ejecución del corner. El problema no es la anulación en sí, el problema es el contraste evidente entre ambas decisiones dentro del mismo partido.

 Un empresario del fútbol que sigue de cerca la competición lo resumió de forma elocuente. Un empujón que ocurre en prácticamente todos los corners del mundo. Fue revisado con lupa y terminó anulando un gol. Mientras que un balón que aparentemente golpeó un objeto externo y alteró la jugada que terminó en gol inglés ni siquiera mereció una revisión.

Ese es en esencia el núcleo de todo el escándalo. En una misma jornada, el bar fue capaz de rebobinar una jugada de corner cuadro por cuadro, buscando un contacto de brazos que ocurre 20 veces por partido y encontró motivos suficientes para borrar un gol noruego. Pero cuando un balón cambió visiblemente de trayectoria en el aire, segundos antes de un gol inglés, el sistema de revisión ni siquiera consideró necesario mirar el ángulo de la cámara aérea.

 un extremo del campo recibió un microscopio, el otro prácticamente una venda en los ojos. Un problema de previsibilidad, no solo de este partido, lo verdaderamente inquietante, según varios analistas que han seguido el torneo de cerca, no es tanto si Hall empujó a Anderson o si el balón rozó el cable, sino que nadie que observe el campeonato puede predecir de antemano cuándo el bar decidirá intervenir con rigor forense y cuándo optará por dejar pasar una jugada sin siquiera revisarla.

Un sistema imprevisible es por definición un sistema en el que resulta difícil confiar. La otra cara, no todo favoreció a Inglaterra, sería injusto, sin embargo, presentar el relato como si la FIFA hubiera favorecido a Inglaterra durante los 90 minutos completos, porque los hechos no respaldan esa versión simplificada.

 Conviene tomarse en serio los argumentos a favor de la FIFA antes de sacar conclusiones apresuradas. En primer lugar, el propio chip del balón sí registró que no hubo contacto y esa tecnología, como se ha explicado, tiene un historial de extrema sensibilidad. Existe, por tanto, una posibilidad real de que el balón nunca tocara el cable y que la percepción de los jugadores noruegos en medio de una jugada rápida y confusa fuera simplemente errónea.

 El propio experto arbitral Graham Scott planteó que resulta poco realista esperar que un equipo de bar esté revisando constantemente los ángulos de las cámaras situadas en lo más alto del estadio mientras analiza una jugada de ataque y advirtió del riesgo de que los árbitros se vuelvan tan forenses que terminen inventando problemas en goles perfectamente legítimos.

 En cuanto al empujón de Halland, las reglas son las reglas y el contacto con Anderson fue real. Incluso los aficionados ingleses más entusiastas reconocen que los dos goles de Bellingham fueron de una calidad indiscutible y que el segundo, el de la prórroga, no tuvo absolutamente nada que ver con la polémica del cable. Nació de un rechace del propio portero noruego tras un disparo rival.

 Es más, el propio Halland, con todo el derecho a sentirse perjudicado, evitó hablar de robo tras el partido y calificó lo sucedido como una decisión ajustada que pudo caer para cualquiera de los dos lados, añadiendo generosamente que Inglaterra es un buen equipo. Solbaken, por su parte, aseguró que podría sentarse a lamentarse, pero prefería no hacerlo.

 Cuando las presuntas víctimas de una injusticia reaccionan con esa mesura, conviene ser cauteloso antes de gritar más fuerte que ellas. Hay además un detalle que desmonta la idea de que el bar favoreció a Inglaterra durante todo el partido. En los minutos finales, los ingleses reclamaron un penalti después de que Jet Spence cayera tras un contacto con Oscar Bob y el árbitro Turpin inicialmente señaló el punto.

 Fue el propio Bar el que llamó al colegiado al monitor y revirtió esa decisión quitándole a Inglaterra una oportunidad clara en un momento decisivo de un partido de eliminación directa. Ese dato, poco mencionado en medio de la indignación general, sugiere que no se trató de un árbitro inclinándose sistemáticamente hacia un lado, sino de una serie de decisiones ajustadas que se repartieron en direcciones distintas.

 No parece la historia de un amaño, sino la de un desorden. El verdadero problema, la incoherencia, no la conspiración. Y sin embargo, y esto es lo que la FIFA no puede esquivar tan fácilmente, el problema real no es que un equipo haya sido favorecido de manera deliberada. No existe evidencia alguna de que la FIFA quisiera que Inglaterra avanzara.

 Y sostener esa teoría sería la versión más simplista y menos sustentada del relato. El problema de fondo es mucho más básico y también más incómodo para el organismo. La FIFA es incapaz de aplicar sus propios criterios de arbitraje con coherencia. Durante años, la FIFA ha vendido esta tecnología como la solución definitiva para eliminar cualquier duda del juego.

 balón capaz de sentir un cabello, las cámaras capaces de medir un fuera de juego al milímetro y sin embargo, en los momentos de mayor tensión, ese mismo sistema es capaz de detectar un cabello en un partido y apenas unas semanas después no puede confirmar con certeza si un balón chocó contra un cable de acero de varios metros de longitud, anula un gol por un contacto de brazos habitual en cualquier corner del mundo, pero no revisa una desviación aérea que cambió el curso de un partido decisivo.

 No parece que la máquina esté manipulada. Parece más bien que las personas encargadas de decidir cuándo activarla, cuándo profundizar en el análisis y cuándo simplemente dejar seguir el juego no cuentan con un criterio uniforme que cualquiera pueda anticipar. La tecnología no falló a Noruega.

 El criterio humano que la rodea sí. Una crisis de credibilidad que viene de antes. Este episodio no puede analizarse de forma aislada porque llega en el peor momento posible para la reputación de la FIFA en materia arbitral, ya bastante deteriorada antes de que el partido de Miami siquiera comenzara. Este ha sido el mundial en el que una expulsión fue revertida tras conocerse una llamada telefónica de por medio, el de la queja formal presentada por una federación que denunció presunta injusticia en el arbitraje recibido y el de otra expulsión polémica que marcó el

destino de otra selección europea. Cada pocos días parecía surgir un nuevo episodio de controversia relacionado con el bar. Así que cuando la polémica del cable aéreo se sumó a esa larga lista de incidentes, buena parte de la opinión pública futbolística no reaccionó pensando en la mala suerte, sino repitiendo una sensación de ya haberlo vivido antes.

 Esa reacción se refleja en las redes sociales. El propio padre de Halland, Alfie, publicó un mensaje breve y cargado de ironía, felicitando irónicamente a Bellingham y al árbitro del encuentro. Esa es la reputación que la FIFA se ha construido a sí misma a lo largo de este verano, decisión tras decisión. Incluso una resolución perfectamente defendible en términos reglamentarios termina recibiendo hoy una respuesta de escepticismo generalizado y sospecha automática.

 Esa desconfianza no se la impusieron desde fuera, se la ganó el propio organismo con su historial reciente. Vale la pena señalar además un matiz revelador. Si ese mismo gol producto de la posible desviación en el cable hubiera beneficiado a otra selección distinta a Inglaterra, es probable que la reacción hubiera sido todavía más intensa con parte del público asegurando sin pruebas que la FIFA había colocado el cable de forma deliberada.

 La verdad más aburrida mediáticamente, pero más honesta, no es la de una conspiración organizada, sino la de una incompetencia disfrazada de precisión tecnológica. Noruega no perdió por un plan orquestado en su contra, perdió ante un Bellingham sobresaliente, un error propio en la portería y un sistema arbitral tan inconsistente que ni siquiera logra equivocarse dos veces en la misma dirección, lo que deja el partido para cada selección.

 Para Inglaterra, la clasificación abre las puertas de una semifinal en Atlanta frente a Argentina, con Bellingham y Kane como principales referencias ofensivas y con la posibilidad real de pelear por su primer título mundial desde 1966. También carga, sin embargo, con dudas evidentes sobre el desgaste físico acumulado y sobre lo mucho que le costó controlar un partido que sobre el papel debió administrar mejor.

Para Noruega el desenlace es agridulce. Regresa a casa tras la mejor participación mundialista de su historia. Un cuartos de final inédito construido en buena medida sobre los goles de Hand, pero también sobre el lado equivocado de dos decisiones arbitrales que en un mundo más favorable podrían haberse resuelto de otra manera.

Hay además un detalle casi cruel en el desenlace individual de Halland, el hombre que había anotado más de la mitad de los goles noruegos en el camino hacia esta instancia, terminó el partido más importante de la historia de su selección, casi desaparecido del juego, con menos toques de balón que cualquier otro jugador en el campo, incluido su propio portero, antes de salir lesionado durante la prórroga.

 Para un torneo que consagró a Noruega como una fuerza real del fútbol mundial, fue una manera silenciosa y dolorosa de cerrar el capítulo. La pregunta que la FIFA sigue sin responder el episodio del cable en Miami vuelve a plantear, con más fuerza que nunca, la misma pregunta que ha perseguido a la FIFA durante todo este verano.

 ¿De qué sirve contar con la tecnología de arbitraje más avanzada jamás construida si nadie puede confiar en el criterio de las personas que deciden cuándo utilizarla? Un sistema capaz de detectar un cabello, pero incapaz de confirmar el impacto contra un cable metálico. Capaz de rebobinar minuciosamente un forcejeo habitual en un corner, pero incapaz de mirar hacia arriba en el momento decisivo.

 La brecha entre la precisión que promete la tecnología y la inconsistencia con la que se aplica es hoy por hoy el verdadero problema de la FIFA, mucho más que cualquier acusación puntual de favoritismo hacia un equipo u otro. Con Inglaterra ya instalada en semifinales frente a Argentina, el debate sobre lo ocurrido en Miami seguirá abierto durante días, pero la lección de fondo, más allá del resultado de un partido concreto, es que la FIFA ha construido una herramienta capaz de eliminar casi cualquier margen de duda en el fútbol. Y

sin embargo, en los momentos que realmente importan, sigue siendo incapaz de demostrar que sabe usarla con un criterio en el que todos, ganen o pierdan, puedan confiar por igual. Yeah.

 

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