De Hacer Temblar la Tierra al Infierno de las Rejas: La Gloria, el Declive y los Escándalos del Único Rey del Jogo Bonito

Es la velada del 3 de septiembre de 2003. La ciudad de Barcelona respira un aire denso, cargado de expectación y de una humedad asfixiante que se mezcla con el fervor de miles de almas. El reloj ya ha cruzado el umbral de la medianoche en el mítico estadio Camp Nou. En el terreno de juego, un joven brasileño, recién llegado al club catalán y portador de una sonrisa que pronto se convertiría en un símbolo universal, recibe un balón a veinticinco metros del arco del Sevilla. El mundo parece detenerse por una fracción de segundo. Sin pensarlo demasiado, con la naturalidad de quien respira, ejecuta un disparo de golpe seco. La trayectoria del balón es un poema físico; se eleva y desciende con una violencia estética inigualable hasta meterse pegado al palo. Lo que sucede a continuación trasciende las barreras del deporte: el estadio entero estalla en un grito tan colosal, tan intenso y tan unánime que, por increíble que parezca a los oídos de la ciencia, los sismógrafos de la ciudad de Barcelona llegan a registrar la vibración de la celebración como si se tratase de un auténtico terremoto.

El video de ese gol monumental, junto con la inmensurable reacción colectiva que provocó, sigue circulando años después como una de las imágenes fundacionales y más icónicas de la leyenda de quien llegaría a ser considerado el dueño absoluto de la magia en el césped. Todavía hoy, académicos y periodistas citan esa madrugada como uno de los festejos deportivos más estruendosos jamás medidos por un instrumento científico. Esa noche, bajo las luces de Cataluña, nace en los hechos el mito del jugador más sonriente, carismático y abrumadoramente talentoso de su generación. Sin embargo, el destino es caprichoso y, a menudo, cruel. Ese mismo hombre que hizo vibrar la tierra con su arte, años después terminaría preso en una cárcel de Paraguay y sería señalado por autoridades y víctimas como partícipe de estafas financieras millonarias.

Para entender la magnitud de este contraste, la colisión entre el genio divino y la debilidad humana, es imperativo no adelantarnos y volver la mirada al principio de todo. Ronaldo de Assis Moreira llega a este mundo el 21 de marzo de 1980 en Porto Alegre, una ciudad enclavada en el sur de Brasil. Crece en el seno de una familia donde el fútbol no es solo un pasatiempo, sino una religión, un lenguaje y una vía de escape. Su hermano mayor, Roberto, ya trazaba su camino como jugador profesional, una figura que terminaría siendo determinante, asumiendo el control y manejo de buena parte de la carrera de su hermano durante los años venideros.

El apodo “Dinho”, que con el tiempo mutaría y crecería hasta convertirse en el célebre “Ronaldinho Gaúcho”, surge en sus primeros años por una necesidad práctica: había que diferenciar a este joven y desgarbado prodigio de Ronaldo Nazario, el otro titán delantero brasileño que ya comenzaba a dominar el mundo en esa misma época. La carrera del joven de Porto Alegre arranca de manera meteórica en la cantera del Gremio, el club de sus amores, con el que debuta en la selección mayor durante la exigente Copa Libertadores de 1998. El talento no pide permiso, irrumpe; y un año después, con apenas dieciocho años de edad, Ronaldinho ya es un titular indiscutido, deslumbrando a propios y extraños, y cerrando la temporada con una asombrosa marca de veintidós goles en cuarenta y siete partidos.

Pero hay un momento fundacional en su carrera local, una epifanía futbolística que ocurre el 20 de junio de 1999. Es la final del Campeonato Estatal de Río Grande del Sur, un duelo a muerte ante el clásico rival, el Internacional. Esa tarde, Ronaldinho protagoniza una actuación individual que queda tatuada para siempre en la memoria colectiva brasileña y, con la llegada de internet, en la de los fans del fútbol de todo el planeta. Es la tarde en la que humilla en la cancha a Dunga, el temido capitán y campeón del mundo en 1994, una leyenda viviente del Internacional. La insolencia de la juventud se manifiesta en dos movimientos históricos: primero, lleva el balón por encima de la cabeza del veterano para esquivarlo en un clásico y descarado “sombrerito”; poco después, lo deja con los pies literalmente clavados en el césped mediante un regate eléctrico, imposible de seguir por el ojo humano. Con el Gremio, su huella queda marcada al sumar la primera Copa Sul-Minas de la historia de la institución.

Europa, el destino ineludible de los grandes talentos sudamericanos, no tardó en llamar a su puerta. En 2001, el Arsenal de Inglaterra, bajo la aguda mirada de sus ojeadores, intenta ficharlo. Sin embargo, la operación fracasa estrepitosamente por un frío y calculador obstáculo burocrático: la estricta legislación inglesa exige un permiso de trabajo que Ronaldinho no logra conseguir, ya que todavía no había sumado la cantidad de partidos internacionales suficientes con la selección mayor de Brasil. Paralelamente, se baraja la exótica posibilidad de una cesión a préstamo al San Mirren del fútbol escocés, un movimiento que nunca termina de concretarse después de que el joven jugador se ve salpicado por primera vez en su carrera por un escándalo legal: la utilización de un pasaporte falso en Brasil. Ese sería el primer y ominoso aviso de una problemática administrativa y legal que, como una sombra persistente, iba a perseguirlo durante el resto de su vida.

Pese a estos mínimos tropiezos tempranos, su carrera de cara al panteón del deporte rey apenas estaba empezando a escribirse. El 17 de enero de 2001, el Paris Saint-Germain, un club que ya comenzaba a soñar con la grandeza europea, anuncia el fichaje de Ronaldinho en un traspaso que nace cargado de polémicas y tensiones desde el primer día. La directiva del Gremio estalla, asegurando que nunca otorgó la aprobación legal necesaria para que su estrella firmara un precontrato con otro club. El conflicto escala rápidamente hasta los escritorios de la FIFA, organismo que termina fallando e obligando al club francés a indemnizar al equipo brasileño con una suma millonaria en dólares. Una vez disipado el humo de los tribunales, en lo netamente deportivo, Ronaldinho comienza a mostrar destellos deslumbrantes de su talento durante dos temporadas en Francia. Aunque no logra alzar títulos relevantes (llega a la final de la Copa de Francia, pero cae derrotado en un partido amargo ante el Auxerre), su magia ya es un secreto a voces en todo el continente.

El gran salto, el movimiento que alteraría el eje de gravedad del fútbol moderno, se confirma en julio de 2003. El FC Barcelona, una institución necesitada de ilusión y urgida de resultados, anuncia su traspaso por la astronómica cifra de veinticuatro millones de euros, blindándolo con un contrato de cinco años a razón de tres millones netos por temporada. Este acuerdo pone fin a meses de rumores, especulaciones constantes y luchas de poder en el mercado de fichajes. Su llegada es un soplo de aire fresco. Debuta con un sólido triunfo ante el Athletic Club de Bilbao, y apenas en su segundo partido oficial, como mencionamos al inicio, regala ese golazo histórico ante el Sevilla que termina siendo registrado por los sismógrafos.

En su primera campaña vestido de azulgrana, aunque el equipo termina subcampeón detrás del sólido Valencia, el brasileño convierte quince goles en treinta y dos partidos de liga. Su impacto trasciende las estadísticas; devuelve la alegría a las gradas y se queda con el prestigioso premio al Mejor Jugador del Año de la FIFA, el primero de dos galardones consecutivos que habría de levantar. El crecimiento de Ronaldinho dentro de la estructura del Barcelona es brutal y meteórico. En cuestión de meses se convierte en el ídolo absoluto y total de los hinchas culés, situándose históricamente junto a otros gigantes brasileños que dejaron su marca en el club, como Romário, Ronaldo y Rivaldo.

El año 2005 marca el clímax de su dominio individual. Recibe el codiciado Balón de Oro y el premio FIFA World Player, imponiéndose de manera aplastante en ambas votaciones globales al talentoso centrocampista inglés Frank Lampard. Mientras tanto, el Barcelona se corona campeón de la Liga española gracias, en gran medida, a sus nueve goles decisivos y su catálogo inagotable de asistencias. El presidente de la entidad, Joan Laporta, convencido de que este es el hombre para cimentar una dinastía, se apresura a blindar el proyecto deportivo, extendiéndole el contrato hasta el año 2010 y asegurando la continuidad de otras piezas angulares del equipo, como Xavi Hernández, Carles Puyol o el letal delantero camerunés Samuel Eto’o.

La temporada 2005-2006 termina por consagrarlo en los libros de historia dorada. El Barcelona arranca el año conquistando la Supercopa de España con autoridad, suma una nueva corona en la liga doméstica y, sobre todo, logra el ansiado sueño europeo: ganar la Liga de Campeones, la única “Orejona” que adornará el palmarés de Ronaldinho en toda su carrera. En la máxima competición continental, su rendimiento es imperial, marcando siete goles, repartiendo cuatro asistencias vitales y siendo elegido unánimemente como el mejor jugador del torneo.

Sin embargo, hay una noche en especial durante esa época que termina de definir para siempre su estatura futbolística en la memoria de los aficionados. En pleno estadio Santiago Bernabéu, territorio hostil por excelencia, anota dos goles de antología ante el Real Madrid, destrozando la defensa blanca a base de velocidad y técnica pura. Ante tal exhibición de superioridad estética y deportiva, la propia hinchada rival, el exigente público madridista, se pone de pie para ovacionarlo, rindiendo pleitesía al enemigo. Un gesto de nobleza y reconocimiento que, en toda la historia de los clásicos, antes solo se había visto con figuras mitológicas como Diego Armando Maradona, y en otros contextos con jugadores del calibre de Julen Guerrero y Alessandro Del Piero.

A la par de su tiranía a nivel de clubes, el éxito de Ronaldinho se traslada a la selección nacional. El año 2002 es el de la consagración máxima con la Verdeamarela. Forma, junto a Ronaldo Nazario y Rivaldo, uno de los tridentes ofensivos más temibles, espectaculares y recordados de la historia de la Copa del Mundo. Una sociedad letal que termina coronándose campeona invicta en Corea y Japón. En esa misma e inolvidable cita asiática, disputa cinco partidos clave y anota dos goles, uno de penal ante la selección de China y otro, que viviría para siempre en los recúteos televisivos, de tiro libre directo en los cuartos de final frente a Inglaterra. Esa definición es una obra de arte y astucia que sorprende incluso al propio y experimentado arquero rival, David Seaman, por la trayectoria de campana, aparentemente imposible, que toma el balón en el aire. Es nombrado indiscutiblemente en el equipo de las estrellas del torneo.

Ese mismo nivel de excelencia inalcanzable lo lleva, en el año 2005, a portar el brazalete de capitán y liderar a Brasil hacia el codiciado título de la Copa Confederaciones, donde es elegido como el mejor jugador absoluto de la final. Su legado deportivo queda así sólidamente reflejado en una larguísima y envidiable lista de logros que poquísimos futbolistas en toda la historia del deporte mundial pueden atreverse a igualar. Hablamos del único jugador en el planeta en haber ganado, a lo largo de una misma carrera profesional, el Mundial de la FIFA, la Copa Confederaciones, la Copa América, la Copa Libertadores, la UEFA Champions League y el codiciado Balón de Oro. De manera justa y previsible, forma parte de la lista FIFA 100, la cual reúne a los ciento veinticinco mejores futbolistas de todos los tiempos seleccionados por el legendario Pelé. Asimismo, queda inscripto como el máximo goleador histórico de la Copa Confederaciones con nueve tantos, una marca que comparte únicamente con el legendario delantero mexicano Cuauhtémoc Blanco.

Más allá de los fríos números, las estadísticas y las vitrinas repletas de trofeos, su nombre queda ineludiblemente asociado para siempre a un catálogo inagotable de jugadas de fantasía. Fue él quien popularizó recursos técnicos superlativos como la elástica, el sombrero milimétrico, el autopase en velocidad o la icónica “cola de vaca”. Estos gestos técnicos elevaban el deporte, convirtiendo cada uno de sus partidos en un espectáculo visual incomparable, independientemente del resultado en el marcador.

Sin embargo, como en todas las grandes tragedias griegas, el héroe que alcanza la cima está condenado a lidiar con el peso de la gravedad. Ha comenzado a firmar su nombre en los anales de la historia, pero el brillo de su bronce pronto comienza a opacarse debido a factores externos al césped. La temporada 2006-2007 marca, con una precisión dolorosa, el inicio de su innegable declive. El Barcelona, un equipo que parecía invencible, no logra reeditar sus éxitos previos y termina el largo año sin cosechar títulos importantes. Esto se debe, en parte, a una grave lesión de Samuel Eto’o que mermó el ataque, y en gran medida a un bajón anímico y físico generalizado del plantel en el tramo final y decisivo del campeonato.

A pesar de ese contexto adverso, la calidad de Ronaldinho le permite volver a ser el máximo goleador del equipo con veintiún tantos, firmando paradójicamente su mejor marca personal en la liga española. Pero los números a veces son un espejismo que oculta realidades incómodas. La temporada siguiente, la 2007-2008, confirma una estrepitosa caída que ya nadie dentro ni fuera del vestuario puede disimular. Su condición física, gravemente golpeada y desgastada por una vida nocturna incesante a la que el jugador nunca fue capaz de renunciar, lo desplaza irremediablemente de la titularidad. Su magia, antes fulgurante y explosiva, se vuelve pesada y predecible.

Cede su lugar en el campo al recién llegado delantero francés Thierry Henry, y una inoportuna pero reveladora nueva lesión termina de apartarlo definitivamente del ritmo de competencia. Durante sus dorados años en Barcelona, y como ya se había vislumbrado en su etapa parisina, Ronaldinho se hace tan mundialmente famoso por su descomunal talento con la pelota como por su incorregible afición a la noche, las discotecas y las fiestas interminables. Esa rutina de excesos termina siendo, según asegurarían años después múltiples voces del entorno del club, una de las razones de mayor peso detrás de la drástica decisión del estratega Pep Guardiola. Al asumir como entrenador del primer equipo en 2008, Guardiola decide, con frialdad quirúrgica, no contar con él para su nuevo proyecto. El técnico catalán temía profundamente que la influencia nocturna de Ronaldinho arrastrara hacia ese mismo ambiente pernicioso a la joven, tímida y frágil promesa argentina: un tal Lionel Messi, con quien el brasileño tenía un vínculo fraternal muy cercano.

Tras largas y mediáticas negociaciones que en un punto llegaron a involucrar al emergente Manchester City, el Barcelona termina vendiendo a Ronaldinho al histórico AC Milan por la cifra de veinticinco millones de euros. Sus cinco gloriosas temporadas en el club catalán se cierran formalmente con un balance de 204 partidos oficiales y 95 goles; cifras frías que no alcanzan a describir el rescate emocional que operó sobre un club que estaba deprimido antes de su llegada.

En el Milan, el guion de su carrera parece repetirse, atrapado en un patrón ineludible. Arranca bien, regalando jugadas de fantasía a la grada de San Siro; sin embargo, paulatinamente pierde protagonismo, recibe duras críticas del exigente técnico Carlo Ancelotti y de la inclemente prensa deportiva italiana. Termina relegado al gélido banco de suplentes, una situación que se agrava con la llegada mediática de David Beckham. Para colmo de males simbólicos, debe ceder su tradicional, casi sagrada, camiseta número 10 al mediocampista holandés Clarence Seedorf, viéndose obligado a vestir el insólito y anticlimático dorsal 80, en referencia a su año de nacimiento.

La paciencia en la capital lombarda se agota rápido. El propio presidente del club, el magnate Silvio Berlusconi, llega al extremo de pedirle públicamente y delante de todo el plantel, que haga el esfuerzo de tomarse la temporada siguiente en serio. Pero el karma, disfrazado de tentación, vuelve a aparecer. Una colosal fiesta que se extiende durante tres días ininterrumpidos en una suite de un hotel de máximo lujo, con modelos profesionales de por medio y un gasto estratosférico estimado en 75.000 euros, termina coincidiendo temporalmente con una dolorosa derrota del Milan ante su acérrimo rival, el Inter. En el tribunal implacable de la opinión pública, Ronaldinho queda señalado como el principal responsable del fracaso, el rostro visible de la falta de compromiso.

A pesar de estos oscuros episodios extradeportivos, la magia reside en su ADN y en la temporada 2009-2010 vuelve a mostrar destellos sostenidos de su mejor nivel. A base de talento puro, termina como el líder absoluto de asistencias de la Serie A italiana con dieciséis pases de gol y se erige como el segundo máximo artillero de su equipo, ayudando al Milan a pelear dignamente por el título de liga. Sin embargo, en enero de 2011, consciente de que sus mejores años europeos han quedado atrás, rescinde su contrato y toma un avión de regreso a su amado Brasil para vestir la camiseta del popular Flamengo. En este club, la dualidad de su figura llega a niveles surrealistas: por un lado, la propia hinchada carioca, frustrada por sus indisciplinas, llega al punto de crear una línea telefónica directa y anónima para denunciar las salidas nocturnas del astro; mientras que él, ajeno a las críticas, responde en el césped con partidos de un nivel superlativo, como aquel memorable triplete decisivo que le anotó al Santos o al América Mineiro.

Su etapa en el “Mengão” finaliza abruptamente en 2012 por la vía judicial, tras profundos y amargos desacuerdos económicos y atrasos salariales con la dirigencia del club. Lejos de rendirse, recala en el Atlético Mineiro, donde Ronaldinho vivirá, de manera casi poética, uno de los últimos y más grandes capítulos épicos de toda su carrera deportiva. El equipo, conocido cariñosamente entre su apasionada gente como “El Galo”, llega en 2013, por tercera vez en su larga historia, a una final de la Copa Libertadores, luego de arrasar y terminar como el mejor ubicado de los ocho grupos en la fase inicial del torneo continental.

En la dramática definición ante el histórico club paraguayo Olimpia, después de caer duramente en el partido de ida disputado en Asunción, el Atlético Mineiro protagoniza una remontada heroica en condición de local y se consagra campeón de América. Ronaldinho, renacido de sus propias cenizas deportivas, termina siendo el principal e indiscutido artífice y director de orquesta de esa monumental conquista. Se queda merecidamente con el premio al máximo asistente del torneo, sumando siete pases de gol, y es elegido de manera unánime como el mejor jugador de toda la competición. Con este título, se inscribe con letras de oro como el sexto futbolista en la historia mundial en lograr la hazaña de ganar tanto la codiciada Champions League como la implacable Copa Libertadores.

El reconocimiento a su resurrección es rotundo. A comienzos de 2014, arrasa sin piedad en la tradicional votación que lo declara el mejor futbolista de Sudamérica, alzándose con el premio al “Rey de América” al obtener 156 votos a favor. Sin embargo, en ese mismo año, en el que el club también logra alzar la Recopa Sudamericana, los viejos demonios regresan a visitarlo. Tras la consagración continental, Ronaldinho se va a celebrar en una fiesta interminable y, literalmente, no vuelve más a los entrenamientos. En una muestra del surrealismo moderno, la dirigencia del Atlético Mineiro se entera de su paradero actual únicamente por las propias fotografías que el jugador, sin el menor atisbo de preocupación, sube y comparte libremente en sus redes sociales.

Poco después de este incidente de indisciplina insalvable, su hermano y representante, Roberto, rescinde formalmente el contrato con el club brasileño. El incombustible delantero termina entonces recalando en una sorpresiva aventura en el fútbol mexicano, fichando por los Gallos Blancos de Querétaro. En tierras aztecas, la “Ronaldinhomanía” se desata, al punto de que llega a ser ovacionado de pie, en un acto de respeto absoluto, por la mismísima e incondicional hinchada rival en el colosal Estadio Azteca. Aunque deja algunas jugadas para el recuerdo, también protagoniza polémicas menores y desplantes, como abandonar enojado el estadio antes del pitido final tras ser sustituido por su entrenador en una instancia decisiva del torneo liguero. Tras un cierre de etapa y un muy breve, pálido y discreto paso por el Fluminense de Brasil, Ronaldinho anuncia su retiro oficial y definitivo del balompié el 16 de enero de 2018, a los 37 años de edad.

Cierra el libro de su carrera profesional como uno de los pocos y privilegiados futbolistas en la historia de la humanidad capaces de haber ganado, en un mismo historial de vida, el Mundial, la Champions League, la Copa Libertadores y el Balón de Oro. Los números con la selección brasileña son el reflejo de un gigante: suma 102 partidos oficiales y anota 35 goles, levantando el título mundial de 2002, la Copa América de 1999, la Copa Confederaciones de 2005 y colgándose una medalla de bronce olímpica en la justa de Pekín 2008.

Sin embargo, su relación con la sagrada camiseta de la selección brasileña también atravesó profundos y oscuros tramos turbulentos. El punto de inflexión negativo ocurre en el Mundial de Alemania 2006. Llegando como el mejor jugador del planeta, no logra convertir ni un solo gol en todo el torneo, y un Brasil apático e irreconocible cae dolorosamente eliminado en los cuartos de final ante la Francia de un magistral Zinedine Zidane. Esta inmensa decepción nacional coincide, casi milimétricamente en el tiempo, con el inicio de su pérdida de nivel físico en Europa. Más adelante, el destino le jugaría una ironía cruel: el entrenador Dunga, aquel mismo capitán aguerrido al que un joven Ronaldinho había humillado con fintas imposibles en su juventud, toma las riendas del seleccionado y decide apartarlo de sus planes. Dunga no lo convoca para la Copa Confederaciones de 2009 ni para el Mundial de Sudáfrica 2010, esgrimiendo un argumento tan pragmático como doloroso: las decisiones para representar al país se toman en función del rendimiento actual mostrado dentro de la cancha, y no por el peso de la trayectoria pasada, por más gloriosa que esta haya sido.

En la previa del Mundial de Brasil 2014, ya militando en las filas del Atlético Mineiro y exhibiendo un gran nivel de juego que lo había coronado Rey de América, Ronaldinho eleva una petición pública para ser tenido en cuenta, aunque sea como revulsivo desde el banco de suplentes, y poder disputar así su último mundial en su propia tierra. Pero el experimentado entrenador Luiz Felipe Scolari, el mismo que lo había guiado a la gloria en 2002, decide mantener el pulso y no convocarlo. Una decisión puramente táctica que terminaría siendo el blanco de las más feroces y despiadadas críticas semanas después, tras consumarse la histórica e infamante eliminación de Brasil por 7 a 1 a manos de Alemania en las semifinales del torneo. El partido que pasaría a la historia negra del fútbol como “El Mineirazo”, en el que muchos se preguntaron si la magia rebelde de Dinho podría haber evitado la catástrofe.

Pero el retiro de los campos no significó, de ninguna manera, el fin de los titulares de prensa para Ronaldinho. A partir de aquí, el fútbol y la vida personal del astro comienzan a causar sus propios e incontrolables sismos, alejados de las ovaciones y sumergidos en el escándalo. La fama de Ronaldinho fuera de los límites de la cancha, en algunos tramos prolongados de su vida, fue tan abrumadoramente fuerte y destructiva como su talento con el balón.

Uno de los episodios más recordados y cinematográficos de su agitada vida nocturna ocurre en el año 2007, durante una concentración para una fecha FIFA en Brasil. El organizador de la descomunal fiesta en esa ocasión no es él, sino su compadre y compañero de selección, el delantero Robinho. Se trató de un festejo desenfrenado que se extendió desde la noche del jueves ininterrumpidamente hasta el mediodía del viernes, y que quedó indeleblemente asociado en los crónicas de la prensa amarillista de la época a una cifra escandalosa y llamativa de preservativos comprados exclusivamente para la ocasión. Ronaldinho, quien era uno de los protagonistas centrales de esa bacanal, alertado por la presencia de los paparazzi, tuvo que protagonizar un escape de película: abandonó el lugar escondido en el reducido baúl de un automóvil para evitar ser fotografiado in fraganti por la jauría de prensa que lo esperaba impaciente en la puerta.

El asedio a su privacidad y las consecuencias de sus propios actos alcanzaron extremos propios de la impiedad del siglo XXI. Un presunto video íntimo de contenido sexual, grabado mediante una cámara web, fue filtrado y comenzó a circular masivamente por internet sin su autorización, en medio de una imagen pública que ya estaba sólidamente construida sobre la base de las fiestas interminables y los excesos desmedidos. La implacable prensa europea y brasileña documentó y explotó esta narrativa sin pausa durante años, mientras él mismo, en una mezcla de ingenuidad y desafío, alimentaba continuamente esa fama subiendo y compartiendo imágenes altamente cuestionadas en sus propias redes sociales.

La caída institucional y financiera comenzó a cristalizarse gravemente en 2018. Mientras todavía se encontraba obligado por lucrativos contratos publicitarios con marcas de primer nivel, la bomba estalló: la prensa reveló que todas sus cuentas bancarias habían sido bloqueadas y congeladas de manera contundente por la Fiscalía de Brasil. El motivo era una construcción ilegal y perjudicial al medio ambiente realizada en una zona fuertemente protegida a orillas del emblemático río Guaíba, lo que derivó en una multa judicial que rondaba los aplastantes dos millones de dólares. Las imágenes diarias de sus redes sociales, donde ostentaba vehículos de lujo, yates y viajes exóticos, mostraban en simultáneo una vida de opulencia desmedida que contradecía por completo el oscuro relato legal de la bancarrota inminente que manejaban sus abogados.

No obstante, el episodio más recordado, humillante y surrealista de su vida fuera de la órbita del fútbol ocurriría en marzo del convulso año 2020. Ronaldinho, confiado y rodeado siempre de su séquito, viaja a Paraguay para participar, teóricamente, de un inocente evento benéfico vinculado estrechamente a la promoción de un libro autobiográfico. Pero la trama toma un giro digno de una novela de suspenso policial cuando la policía local decide irrumpir en su hotel y lo detiene tanto a él como a su inseparable hermano Roberto. La grave acusación de las autoridades migratorias: haber ingresado al país soberano portando y utilizando pasaportes paraguayos totalmente apócrifos y adulterados.

El impacto mundial de la noticia es devastador. El hombre que había hecho sonreír a todo el planeta se encontraba de repente fichado por la policía, esposado y trasladado a un recinto carcelario de alta seguridad. Ambos hermanos pasan un mes completo, interminable, tras las rejas de una húmeda cárcel paraguaya, conviviendo con delincuentes comunes y peligrosos narcotraficantes. Sin embargo, en medio del barro y la miseria, Ronaldinho fue fiel a la costumbre más arraigada de su ser: estar siempre detrás de una pelota. La estrella mundial terminó participando activamente de un precario torneo de fútbol sala, organizado rudimentariamente entre los propios reclusos del penal. Las crónicas de ese torneo, que dieron la vuelta al mundo, relatan cómo su equipo carcelario terminó ganando la gran final por una aplastante goleada de 11 a 2. Como era de esperarse, la diferencia de nivel fue abismal: Ronaldinho se divirtió anotando cinco goles de factura increíble y asistiendo magistralmente a sus compañeros de pabellón en los otros seis tantos.

Después de sobrevivir a ese agobiante y mediático mes en prisión preventiva, la justicia determina un cambio de medidas cautelares y ambos hermanos pasan cuatro larguísimos meses adicionales recluidos bajo el estricto régimen de arresto domiciliario. Este cautiverio “dorado” se llevó a cabo en las lujosas instalaciones de un hotel en el centro de Asunción, completamente vacío a causa de la pandemia mundial. Mientras el tiempo corría, las investigaciones de la Fiscalía Paraguaya determinaron finalmente que el ídolo brasileño, debido a su notoria desconexión de las gestiones administrativas y su ciego nivel de confianza, no había tenido una responsabilidad intelectual ni directa en la oscura obtención y compra de los documentos de identidad falsos, aunque la justicia sí consideró legalmente mucho más comprometida la figura de su hermano Roberto. El 24 de agosto de 2020, el calvario termina. Ambos quedan formalmente en libertad tras llegar a un oneroso acuerdo de culpabilidad con las autoridades, el cual incluyó el pago de severas multas de 90.000 dólares en efectivo para el exjugador, quien contaba con cuarenta años recién cumplidos en la prisión, y de 110.000 dólares para su hermano y mánager.

Este escandaloso y vergonzoso episodio legal en tierras guaraníes, sumado a las gravísimas informaciones previas sobre la confiscación estatal de al menos cincuenta y siete propiedades a su nombre, y la retención de sus pasaportes legítimos (tanto el brasileño como el español) debido al impago sistemático de deudas impositivas astronómicas, terminó de consolidar y sellar la triste imagen pública de un ídolo deportivo en caída libre hacia la ruina absoluta.

Y sin embargo, como si se tratase de una criatura mitológica capaz de regenerarse a partir de su propio desastre, fuera de las canchas y a pesar de la mancha del presidio, Ronaldinho se convierte misteriosamente en una imparable y rentable máquina de generar masivos contratos publicitarios. Su carisma era, al parecer, aprueba de balas. A lo largo de los años trabajó y cedió su imagen a colosos comerciales de talla mundial como Nike, Pepsi, Coca-Cola, la gigante de videojuegos EA Sports, Gatorade y la marca de lácteos Danone. Su poder de atracción mediática era tal que en 2006 llegó a erigirse como uno de los futbolistas con mayores ingresos económicos del planeta entero, superando la barrera de los 19 millones de dólares en ganancias publicitarias solo en aquel año calendario.

Fue la imagen indiscutida y el rostro sonriente de la marca Pepsi durante el cénit de su carrera, compartiendo el estrellato y el set de filmación en millonarios comerciales televisivos con figuras hegemónicas como David Beckham, Thierry Henry y un incipiente Lionel Messi. Sin embargo, su errático comportamiento le costaría muy caro en el mundo corporativo. En 2011, buscando nuevos horizontes, firma un lucrativo contrato de patrocinio con Coca-Cola, la archirrival histórica en el mercado de bebidas. Pero este acuerdo de ensueño termina siendo cancelado de forma unilateral y vergonzosa apenas un año después de haber sido firmado, cuando las implacables cámaras de los periodistas lo sorprenden infraganti, con total ingenuidad o desdén, bebiendo de una lata de Pepsi colocada frente a él en plena y oficial conferencia de prensa. Un error de miles de dólares.

Su prolongada y fructífera relación con la marca de indumentaria deportiva Nike, por otro lado, dejaría una marca involuntaria pero imborrable en la historia naciente del internet. En el año 2005, el lanzamiento de un revolucionario comercial donde se veía al astro brasileño calzarse unas botas doradas de edición especial y hacer malabares continuos con la pelota estrellándola contra el travesaño del arco sin dejarla caer al suelo, se convirtió rápidamente en un fenómeno cultural. Ese clip fue oficialmente el primer video en la historia de la plataforma YouTube en alcanzar y romper la barrera del millón de visualizaciones. Años más tarde, ya en 2021, la vigencia de su leyenda continuaría manifestándose en el mundo digital, terminando siendo también el primer contenido individual de un deportista en superar holgadamente la estratosférica marca de las cien millones de reproducciones en dicha red social. Su icónica figura, además, llegó a protagonizar las codiciadas portadas de la aclamada saga de videojuegos FIFA en varias de sus ediciones consecutivas, y una detallada escultura de cera inmortalizando su eterno gesto de celebración se exhibe permanentemente en el prestigioso y elitista museo Madame Tussauds de la ciudad de Hong Kong.

La vida post-retiro del genio de Porto Alegre estuvo marcada por las contradicciones. En el año 2019, ya lejos del rigor del fútbol profesional, Ronaldinho da un sorpresivo e inesperado giro que deja perpleja y divide a buena parte de sus millones de fieles seguidores en todo el globo. Esta vez no se trataba de un movimiento con el balón o un nuevo y excéntrico contrato publicitario, sino de un pronunciamiento ideológico. Se acerca de manera abierta y pública a los sectores de la derecha política brasileña, manifestando con firmeza su apoyo incondicional a la figura de Jair Bolsonaro, quien por aquel entonces era candidato y luego se convertiría en el siempre polémico presidente del extenso país sudamericano. El propio Bolsonaro, consciente y agradecido por el gigantesco respaldo mediático y popular que suponía estar al lado de una figura con tanta llegada en las masas populares, decide recompensarlo nombrándolo formalmente “Embajador de Turismo” de Brasil. El nombramiento resulta ser, a los ojos de la prensa mundial, amargamente paradójico e irónico, considerando que, debido a sus pesados e insolubles líos pendientes con la fiscalía nacional, el propio flamante embajador de turismo, encargado de invitar al mundo a conocer su país, se encontraba legal y físicamente impedido para salir de territorio brasileño durante una muy buena parte de su mandato honorífico.

Este coqueteo con esferas de poder cuestionadas parecía ser la antesala de problemas mucho mayores. Un año antes de asumir este rol político, en 2018, el exjugador ya había comenzado a mostrar un interés inusitado y peligroso en el volátil, opaco y no regulado mundo de las inversiones financieras digitales. En aquel entonces, prestó su imagen y se asoció comercialmente con una empresa de dudosa procedencia llamada World Soccer Coin, con el objetivo de patrocinar y lanzar al mercado una primera criptomoneda bautizada con su nombre. Aquel primer proyecto digital termina pasando casi inadvertido para el gran público debido al invierno cripto, pero en retrospectiva, serviría como un negro y preciso anticipo del escándalo financiero de proporciones inmensamente más graves que terminaría por protagonizar unos cuantos años después.

El golpe más reciente, devastador y contundente a su ya maltrecha y cuestionada imagen pública aterriza de lleno en el año 2025. Ronaldinho queda atrapado y expuesto en el centro neurálgico de una masiva red de estafa piramidal vinculada a la comercialización de criptomonedas. En el mes de febrero de ese año, en medio de bombos y platillos, utiliza todo el poderío de sus inmensas plataformas digitales para anunciar el lanzamiento oficial de un token digital fuertemente promocionado y llamado “Star 10”. Este criptoactivo es presentado ante sus leales seguidores como un emotivo homenaje tecnológico a su propio y vasto legado deportivo en las canchas. Sin embargo, para generar la trampa perfecta, utiliza sus redes sociales para sugerir y publicitar de forma deliberadamente engañosa que el proyecto cuenta con el blindaje, la seguridad y el respaldo directo de plataformas reconocidas y líderes del sector a nivel mundial, como Binance.

La promesa de altas rentabilidades, sumada al peso del nombre del ídolo brasileño, surte efecto. Aprovechándose de la confianza ciega de los fanáticos, el token fraudulento llega a acumular y absorber una liquidez y volumen de dinero real cercana a los quince millones de dólares en cuestión de muy pocos días. Es una fiebre del oro digital patrocinada por la leyenda. Pero el engaño es de vuelo muy corto. Apenas cuarenta y ocho horas después de su grandilocuente y publicitado lanzamiento oficial, exactamente el 2 de marzo, un evento trágico asola las cuentas de los inversores: mediante un mecanismo conocido en la jerga como “rug pull” o tirón de alfombra, todo ese dinero real invertido por la gente se esfuma en el ciberespacio hacia carteras anónimas, y el valor del token promocionado por el brasileño se desploma de manera abrupta y fulminante en un 97%. Miles de familias pierden sus ahorros. Inmediatamente, las víctimas indignadas e impotentes inician y presentan una serie de durísimas acciones legales y penales colectivas directamente contra Ronaldinho. Este doloroso episodio no solo ensucia irremediablemente su nombre en las cortes, sino que lo suma a una lista cada vez más larga, creciente y penosa de exdeportistas profesionales de élite que terminan siendo judicialmente señalados y condenados por patrocinar estafas piramidales de este tipo en la era del internet.

A pesar de todo el caos, de las deudas, de la prisión y del repudio por las estafas financieras, esa misma vida pública tan absurdamente contradictoria que ha llevado desde siempre, también ha incluido espacios para brillar a través de facetas innegablemente más amables y humanitarias. Tras su retiro oficial del profesionalismo exigente, Ronaldinho, impulsado por esa necesidad biológica y espiritual de estar en contacto directo con un balón, llegó a competir y regalar destellos de su talento durante un tiempo corto en excéntricos y lucrativos torneos de exhibición de fútbol sala celebrados en la India. Allí se reencontró y compartió la reducida cancha junto a otras viejas glorias del fútbol mundial, nombres ilustres como el galés Ryan Giggs, el inglés Paul Scholes y el legendario delantero argentino Hernán Crespo.

Poco después, la necesidad de conectar con el deporte desde otro ángulo lo lleva a asumir con honor y compromiso el rol vital como embajador global de los Juegos Paralímpicos organizados en Río de Janeiro durante el año 2016. Su sonrisa, en ese contexto de superación, volvió a tener sentido y luz propia. Asimismo, desde el lejano año 2006, la leyenda brasileña es, increíblemente, un respetado embajador oficial del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, la UNICEF. En esa misma línea de acción social y solidaria, en el año 2011 decidió colaborar de manera activa y frontal prestando su imagen y carisma para liderar un importante programa dependiente de la Organización de las Naciones Unidas enfocado en la necesidad urgente de concientizar a las poblaciones más jóvenes, vulnerables y marginadas de África y América Latina sobre la vital importancia de la educación sexual y la prevención primaria frente a la devastadora pandemia del VIH.

Esta dualidad extrema, esta guerra constante entre el inquebrantable compromiso social para ayudar a los más necesitados y la interminable sucesión de escándalos legales, financieros y nocturnos que, mes a mes y año a año, no dejan de acumularse en los escritorios de sus abogados, termina de retratar a la perfección a un personaje absolutamente fascinante, complejo y trágico de la era moderna del deporte. Un hombre que se mostró ante los ojos del mundo como un ser tan profundamente generoso y empático como caótico, destructivo e irremediablemente impredecible.

La historia vital de Ronaldo de Assis Moreira es un electrocardiograma de picos imposibles. Es la insólita travesía del niño de extracción humilde de las favelas de Porto Alegre que, a base de picardía callejera, dejaba al rudo Dunga con los pies torpemente clavados en el barro de su propia frustración. Es la epopeya del ídolo masivo, inalcanzable, que con la soltura de un dios pagano, hizo temblar, en el sentido más literal y geológico de la palabra, a los fríos sismógrafos de la sofisticada ciudad de Barcelona con la mera fuerza y efecto de un solo disparo desde la frontal del área. Pero a la vez, y con la misma intensidad desoladora, es también el viaje al inframundo del hombre inmaduro, superado por su propio mito, que saltaba del hedonismo ciego de una fiesta desenfrenada de tres días consecutivos en las altas esferas del lujo de Milán, para terminar vestido con harapos, durmiendo en el frío cemento de una lúgubre cárcel paraguaya, donde, despojado de sus millones, su libertad y su dignidad, igual se las ingenió para encontrar la felicidad momentánea persiguiendo una vieja pelota sintética en un patio rodeado de muros y alambres de púas para poder seguir jugando.

Ronaldinho, el mago, el embaucador, el héroe y el villano, construyó sin pedir perdón una carrera profesional y una existencia entera en las que jamás hubo espacio para el aburrimiento, la normalidad o el término medio. Fue, en la definición más pura del concepto, un genio divino y absoluto con el balón en la cancha, y al mismo tiempo, el emblema del descontrol terrenal y absoluto apenas el árbitro marcaba el final del encuentro. Su imborrable sonrisa de dientes separados, la misma que en su momento de máximo esplendor mediático se convirtió en el logotipo global y en la marca registrada del movimiento cultural del ‘Jogo Bonito’, terminó conviviendo, año tras año, con una oscura y solitaria vida personal que se alejaba cada vez más y a mayor velocidad de aquella inocencia inicial que alguna vez mostró en sus primeros amagues en Gremio.

Y es justamente esa difícil, amarga y tormentosa coexistencia entre la capacidad de desplegar el mejor, el más bello y revolucionario fútbol que dio el presente siglo a los amantes del deporte, y los oscuros escándalos policiales que jamás dejaron de perseguir a su sombra en todos los aeropuertos del planeta, lo que conforma su verdadero legado. Esa es quizás la herencia definitiva y más brutalmente honesta que deja para la historia del deporte la inabarcable figura de Ronaldinho Gaúcho: la vida de aquel jugador irrepetible que tuvo el poder mágico de hacer del rudo fútbol profesional una interminable fiesta infantil, pero que, devorado por las luces de los flashes y sin apenas proponérselo, terminó convirtiendo el guion de su propia vida privada en una película infinitamente más oscura y muy diferente.

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