Lo que JUÁREZ le Hizo a la FAMILIA REAL del Imperio Te Sorprenderá

España y Francia. El 17 de julio de 1861, el Congreso tomó una decisión desesperada. Suspender por 2 años el pago de la deuda extranjera no era un robo, era una moratoria. La intención declarada era reanudar los pagos cuando el país respirara. Pero en las cancillerías europeas aquello sonó como una campanada.

Y del otro lado del Atlántico, un emperador con bigotes encerados y sueños de grandeza, vio en esa campanada la oportunidad de su vida. Porque esta historia no empieza en México, empieza en París, en la cabeza de Napoleón Icer, sobrino del gran Napoleón Bonaparte. un hombre que llevaba años buscando una hazaña que estuviera a la altura de su apellido.

Su idea era ambiciosa hasta el delirio, crear en México un imperio católico y latino que sirviera de barrera contra la expansión de los Estados Unidos, ese gigante protestante y anglosajón que crecía sin freno. De hecho, el término América Latina se popularizó justamente en esos años, empujado desde Francia para subrayar que los pueblos de habla española y portuguesa pertenecían a una familia latina, cuya hermana mayor naturalmente sería Francia.

Detrás del sueño geopolítico había también intereses mucho menos poéticos. México tenía fama de país fabulosamente rico en plata y en los pasillos del poder francés circulaban negocios turbios. El más escandaloso fue el de los bonos Hecker. Un banquero suizo le había prestado al gobierno conservador mexicano durante la guerra civil una suma relativamente modesta a cambio de bonos por 15 millones de pesos.

Un negocio ruinoso para México que Juárez se negó a reconocer. ¿Y quién resultó tener una jugosa participación en esos bonos? El duque de Morni, hermanastro del propio Napoleón Icer. Cuando te preguntes por qué las naciones hacen la guerra, casi nunca encontrarás una sola razón. Encontrarás ideología, orgullo y dinero trenzados en la misma cuerda.

La moratoria de Juárez le dio a Europa el pretexto perfecto. El 31 de octubre de 1861, Inglaterra, España y Francia firmaron en Londres una convención para enviar una expedición conjunta a México y cobrar por la fuerza. En diciembre de ese año y enero del siguiente, sus tropas desembarcaron en Veracruz.

Pero muy pronto quedó claro que los tres socios querían cosas distintas. Los ingleses y los españoles querían cobrar. Los franceses querían el país entero. El gobierno de Juárez, con una habilidad diplomática que rara vez se le reconoce, negoció con los recién llegados los llamados preliminares de la soledad, que en la práctica reconocían a su gobierno como interlocutor legítimo y permitían a las tropas europeas subir a zonas más sanas, lejos de la fiebre amarilla del puerto mientras se negociaba.

Cuando Francia rompió el acuerdo y dejó ver sus verdaderas intenciones, ingleses y españoles se indignaron, levantaron Antlas y se fueron. Era abril de 1862. Francia se quedó sola con unos 6,000 soldados y una convicción absoluta de superioridad. Faltaba un ingrediente para completar la receta y ese ingrediente era mexicano.

Desde hacía 20 años, un grupo de conservadores exiliados en Europa peregrinaba por las cortes del viejo continente, ofreciendo la corona de México a cualquier príncipe disponible. El más obsesivo era José María Gutiérrez de Estrada, un diplomático yucateco que llevaba desde 1840 escribiendo cartas y memoriales sobre la necesidad de una monarquía mexicana.

Junto a él trabajaban José Manuel Hidalgo, amigo personal de la emperatriz Eugenia, la esposa española de Napoleón Icer, que empujó el proyecto con fervor religioso, y Juan Nepomuceno al monte, un personaje cargado de ironía histórica. Era hijo natural de José María Morelos, uno de los padres de la independencia mexicana, y ahora trabajaba para entregarle su país a un príncipe extranjero.

Estos hombres no eran caricaturas de villanos. Estaban convencidos sinceramente de que México se desangraba en el caos republicano y que solo un trono europeo podía salvarlo. La historia está llena de desastres cometidos por gente, convencida de estar salvando algo. ¿Y quién sería el príncipe? Los candidatos fueron varios, pero todos los caminos llevaron a un nombre.

Fernando Maximiliano de Absburgo, hermano menor del emperador Francisco José de Austria. Sobre el papel era perfecto. Tenía 30 años. era católico, culto, de ideas sorprendentemente liberales y llevaba en las venas la sangre de Carlos V, el emperador en cuyos dominios tres siglos atrás se había conquistado México.

Para los monárquicos mexicanos, ofrecerle la corona a un Absburgo era casi cerrar un círculo histórico. Además, Maximiliano estaba disponible y estaba frustrado. Había sido virrey del lombardo Veneto, las posesiones austríacas en Italia y su hermano lo había destituido por considerarlo demasiado blando.

Desde entonces vivía en Miramar, un castillo blanco de cuento de hadas que se hizo construir sobre una acantilado junto a Trieste, dedicado a la botánica, a la poesía y a la melancolía. A su lado estaba su esposa Carlota de Bélgica, hija del rey Leopoldo Io, inteligente, ambiciosa, educada para reinar y condenada a marchitarse en un castillo decorativo.

Cuando llegó la oferta mexicana, dicen los testimonios de la corte que fue ella quien más empujó para aceptar un trono, aunque fuera al otro lado del mundo, era un trono. Así quedó montado el escenario, un país arruinado, pero orgulloso, presidido por un indígena zapoteco que creía en la ley como otros creen en Dios.

Un emperador francés con sueños continentales y socios corruptos, un grupo de exiliados dispuestos a importar un monarca y una pareja de príncipes desocupados, jóvenes y ambiciosos, esperando en un castillo junto al mar. Solo faltaba que alguien encendiera la mecha y la mecha se encendió en una ciudad llamada Puebla, un 5 de mayo.

El general francés Charles de Lorences avanzaba hacia el altiplano mexicano al mando de unos 6000 soldados y estaba tan seguro de su triunfo que le escribió al ministro de guerra en París una carta que se volvió tristemente célebre. presumía que los franceses eran tan superiores a los mexicanos en raza, organización y disciplina, que con sus 6000 valientes podía anunciarle al emperador que ya era, en sus propias palabras el amo de México.

Guarda esa frase porque la historia se encargaría de devolvérsela con intereses. El ejército francés era considerado entonces el mejor del mundo. Venía de vencer en Crimea y en Italia y no perdía una batalla campal desde los tiempos de Waterl medio siglo atrás. Frente a él, defendiendo la ciudad de Puebla, estaba el general Ignacio Zaragoza, un norteño de 33 años, serio, miope, de una tenacidad de acero, con poco menos de 5,000 hombres, soldados regulares mal equipados y campesinos indígenas de la sierra, entre ellos los famosos

sacapoaxtlas, muchos armados con machetes. y viejos fusiles de la época de la independencia. Zaragoza fortificó los dos cerros que dominan la ciudad con los fuertes de Loreto y Guadalupe y esperó. El 5 de mayo de 1862, Lorences cometió el error de la soberbia. En lugar de rodear o sitiar, lanzó a sus suavos, la élite de la infantería francesa, en asaltos frontales cuesta arriba contra los fuertes. Una vez, dos veces, tres veces.

Cada oleada fue rechazada con fuego cruzado. Por la tarde, un aguacero convirtió la ladera en un lodasal. La caballería mexicana cargó sobre los atacantes en retirada y al caer la noche, el mejor ejército del mundo se replegaba dejando el campo sembrado de casacas azules. Esa noche, Zaragoza envió a la Ciudad de México un telegrama de una sobriedad perfecta.

Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Seamos honestos con los hechos, porque este canal está para eso. El 5 de mayo no expulsó a los franceses de México. En términos puramente militares, fue una batalla defensiva que detuvo un ataque, pero su importancia real fue enorme y en dos direcciones. Primero retrasó la conquista un año entero y ese año, como veremos, cambió todos los cálculos internacionales.

Segundo, y quizá más importante, demostró a un país acomplejado por décadas de derrotas que podía vencer al invasor más temible del planeta. Los pueblos también pelean con la moral y aquel día México recuperó la suya. Por cierto, dato curioso que sorprende a muchos, hoy el 5 de mayo se celebra con más fiesta en Estados Unidos que en el propio México, donde es sobre todo una fecha cívica y escolar.

Zaragoza, el héroe de la jornada, no vería nada de lo que siguió. Murió apenas 4 meses después de Tifo, a los 33 años. La reacción de Napoleón Icer ante la humillación fue duplicar la apuesta. Envió casi 30,000 soldados más bajo el mando del general Forey con órdenes precisas. Un año después de la primera batalla, los franceses volvieron sobre Puebla y esta vez no hubo asaltos temerarios, sino un cerco científico de 62 días, casa por casa, convento por convento.

La ciudad, defendida por el general Jesús González Ortega, resistió hasta el límite del hambre. Un ejército que acudía en su auxilio fue destrozado en San Lorenzo. El 17 de mayo de 1863, sin municiones y sin comida, González Ortega tomó una decisión de una dignidad amarga. En lugar de rendir al ejército con honores para el vencedor, ordenó romper las armas, disolvió las unidades y se entregó con sus oficiales, negándose a firmar un compromiso de no volver a pelear.

Muchos de esos oficiales prisioneros escaparon después camino al destierro. Entre ellos un joven general oajeño llamado Porfirio Díaz. Recuerda ese nombre porque volverá a aparecer en esta historia más de una vez. Con Puebla perdida, la capital era indefendible. Y aquí Juárez tomó la primera de sus decisiones fatídicas.

No negociar, no capitular, no exidiarse. El 31 de mayo de 1863, tras ardiar la bandera en el Zócalo, en una ceremonia cargada de emoción, [carraspeo] el presidente subió a un sencillo carruaje negro junto con sus ministros, los archivos de la nación y las escasas reservas del tesoro, y salió de la ciudad de México rumbo al norte.

Ese carruaje negro se convertiría en uno de los símbolos más poderosos de la historia mexicana. Durante los siguientes 4 años, la República entera, su legalidad, su gobierno, su bandera, viajaría sobre esas cuatro ruedas por medio país, de San Luis Potosí a Saltillo, de Monterrey a Chihuahua, siempre un paso adelante de las columnas francesas.

Los enemigos de Juárez se burlaban llamándolo el presidente errante. Él respondía con una lógica sencilla. Mientras el presidente legítimo pisara suelo mexicano, la República existía. No era una metáfora, era una tesis jurídica convertida en estrategia de guerra. Los franceses entraron a la Ciudad de México en junio de 1863.

entre arcos de flores organizados por los conservadores y de inmediato pusieron en marcha la coreografía política. El general Fory mandó formar una junta de gobierno y una asamblea de 215 notables escogidos a dedo entre lo más granado del conservadurismo capitalino. El resultado de sus deliberaciones estaba escrito de antemano.

En julio de 1863, la Asamblea proclamó que la nación mexicana adoptaba como forma de gobierno la monarquía moderada, hereditaria con un príncipe católico y que la corona se ofrecía a Fernando Maximiliano de Absburgo. Mientras tanto, se instaló una regencia encabezada por al monte, el general Salas y el arzobispo La Bastida, que gobernaría en nombre del emperador ausente.

Detente un segundo a pensar en la escena. Un puñado de hombres reunidos bajo la protección de bayonetas extranjeras, decidiendo la forma de gobierno de un país de 8 millones de habitantes. Esa asamblea es la razón por la que Juárez pudo sostener siempre, con la ley en la mano que el imperio no representaba a nadie más que a sí mismo.

En octubre de 1863, una comisión de monárquicos mexicanos encabezada por Gutiérrez de Estrada llegó al castillo de Miramar y le ofreció formalmente la corona a Maximiliano en una ceremonia solemne con discursos que hablaban de un pueblo entero clamando por su príncipe. Y aquí Maximiliano hizo algo que lo retrata de cuerpo entero. Puso condiciones.

dijo que solo aceptaría si la voluntad nacional mexicana lo llamaba de manera clara. Suena honorable y probablemente lo era en su cabeza. El problema es cómo se fabricó esa voluntad nacional. Durante los meses siguientes, en los territorios ocupados por el ejército francés, las autoridades impuestas recolectaron actas de adhesión al imperio, pueblo por pueblo, con los soldados a la vista.

Con ese archivo de firmas bajo ocupación militar se le presentó a Maximiliano la prueba de que México lo quería. Él decidió creerlo porque necesitaba creerlo. Es una de las lecciones más viejas de la historia. Cuando alguien desea mucho una corona, encuentra la manera de convencerse de que se la están ofreciendo por amor.

Pero antes de recibir el trono, Maximiliano tuvo que pagar un precio que lo hirió para siempre y que vino de su propia familia. Su hermano, el emperador Francisco José, le exigió firmar lo que se conoce como el pacto de familia, la renuncia total para él y para sus descendientes a todos sus derechos de sucesión al trono de Austria, o México o Austria, pero no ambos.

Maximiliano se resistió durante semanas, se sintió traicionado, lloró de rabia, según los testimonios de su círculo. Al final, el 9 de abril de 1864, con su hermano presente en Miramar, firmó. Quedaba cortado el cable de seguridad. Si la aventura mexicana fracasaba, ya no habría un lugar reservado en casa. Al día siguiente, el 10 de abril, aceptó oficialmente la corona ante la delegación mexicana y Carlota se convirtió en emperatriz.

Ese mismo día se firmó también el convenio de Miramar con Francia y este documento es clave para entender todo lo que vino después. Napoleón Iero se comprometía a mantener tropas en México durante años y a cambio el nuevo imperio mexicano se comprometía a pagar los costos completos de la expedición militar.

270 millones de francos hasta esa fecha, más 1000 francos anuales por cada soldado francés. Es decir, el imperio de Maximiliano nacía debiendo una fortuna colosal al mismo ejército que lo sostenía. Nacía literalmente hipotecado. La pareja imperial se embarcó en la fragata Novara. Pasó por Roma a recibir la bendición del Papa Pío Noveno y cruzó el Atlántico.

El 28 de mayo de 1864 llegaron a Veracruz y el recibimiento fue una advertencia que no quisieron leer. El puerto de tradición liberal los recibió con calles medio vacías, silencio y zopilotes posados en los tejados. Los testigos cuentan que Carlota no pudo contener las lágrimas. Todo cambió al subir al altiplano en Puebla y sobre todo en la Ciudad de México, a donde entraron el 12 de junio.

Hubo arcos triunfales, flores, campanas al vuelo y multitudes entusiastas. México era ya en la práctica dos países superpuestos. Uno que aclamaba a un emperador rubio en la capital y otro que seguía a un carruaje negro por los desiertos del norte. Hay un episodio de esos primeros meses que se cita muchísimo y conviene contarlo con honestidad.

Maximiliano, convencido de su papel de conciliador, quiso atraerse a Juárez, le hizo llegar propuestas de amnistía y acercamiento, e incluso circuló la idea de ofrecerle un alto cargo en el imperio. La respuesta que la tradición atribuye a Juárez es una carta demoledora donde le dice al archiduque que es dado al hombre atacar los derechos ajenos y apoderarse de lo que no le pertenece.

Pero que hay algo que queda fuera del alcance de la perversidad, el fallo tremendo de la historia que los juzgará a ambos. Es un texto magnífico. El problema es que varios historiadores dudan seriamente de su autenticidad, porque el original nunca ha aparecido y la carta se popularizó décadas después. Lo que nadie discute es que refleja con exactitud lo que Juárez pensaba y lo que respondió de mil maneras documentadas.

Con un usurpador no se negocia, se le combate hasta que se vaya. Aquí conviene detener la narración militar un momento, porque si algo enseña este episodio es que la historia nunca tiene una sola causa. El imperio de Maximiliano no se derrumbó únicamente por las batallas, se derrumbó también por dinero, por religión, por diplomacia y por una guerra ajena que se peleaba a miles de kilómetros.

Vamos por partes. Primero, el dinero. Ya vimos que el imperio nació hipotecado con Francia. Para funcionar, lanzó en préstitos en París por cientos de millones de francos nominales, de los cuales entre comisiones, descuentos, intereses adelantados y gastos de guerra, a las arcas mexicanas llegó apenas una fracción.

El gasto de la corte tampoco ayudaba. Maximiliano remodeló el castillo de Chapultepeccia imperial y mandó trazar una gran avenida recta para unirlo con el centro de la ciudad, el paseo de la emperatriz, que hoy conoces con otro nombre, el paseo de la Reforma. Sí, la avenida más famosa de México la mandó construir el emperador que México fusiló.

Y mientras el país ardía en guerrillas, el emperador dedicó una energía asombrosa a redactar personalmente un reglamento de ceremonial de la corte de cientos de páginas, donde se detallaba desde el protocolo de los banquetes hasta el orden de precedencia de los chambelanes. No lo cuento para burlare de él, sino porque retrata su tragedia íntima.

Era un hombre educado para las formas de un mundo que en México sencillamente no existía. Segundo, la religión. Y aquí viene una de las mayores ironías de todo el siglo XIX mexicano. Los conservadores y la Iglesia habían traído a Maximiliano para deshacer la obra de Juárez, para devolverle al clero sus tierras nacionalizadas, sus fueros, su monopolio religioso.

Pues bien, Maximiliano, que era un liberal convencido, hizo exactamente lo contrario. Ratificó la nacionalización de los bienes del clero, mantuvo la tolerancia de cultos y se negó a derogar las leyes de reforma en su esencia. Cuando el luncio papal llegó a México a fines de 1864, con las exigencias de Roma, el choque fue frontal y la negociación encargada en buena parte a Carlota terminó en nada.

Los conservadores descubrieron horrorizados que habían importado a un emperador más liberal que muchos liberales. Y del otro lado, los republicanos jamás iban a aceptarlo por la sencilla razón de que había llegado en barcos franceses. El resultado fue un gobernante suspendido en el vacío, demasiado liberal para sus aliados y legítimo para sus enemigos.

Su único sostén real eran las bayonetas de Francia y solía decirse en la época que la autoridad del imperio llegaba exactamente hasta donde llegaban esas bayonetas y ni un metro más allá. En el resto del territorio, la guerra de guerrillas republicana, los llamados chinacos, nunca se apagó. Y tercero, el factor que casi nadie ve venir en los relatos escolares.

Estados Unidos. Nada de esta historia se entiende sin notar la fecha en que empezó. Napoleón Iero se atrevió a intervenir en México en 1862, precisamente porque Estados Unidos estaba destrozándose en su propia guerra civil y no podía hacer valer la doctrina Monro, esa vieja advertencia de que América no toleraría nuevas colonizaciones europeas mientras el norte y el sur se mataban en getis.

y Atlanta. Washington solo podía protestar con notas diplomáticas, pero Juárez entendió el tablero a la perfección y jugó una carta paciente. mantuvo en Washington a un diplomático extraordinario, Matías Romero, que durante años tejió relaciones con congresistas, generales y periodistas, presentando la causa republicana mexicana como la hermana de la causa de la unión.

Dos repúblicas americanas luchando, cada una a su modo, contra las fuerzas del pasado. Esa siembra diplomática parecía invisible. Estaba a punto de convertirse en una cosecha decisiva. Porque en abril de 1865, en un pueblito de Virginia llamado Apomatox, el sur se rindió. Y en ese instante, aunque en México nadie lo supiera todavía con claridad, el imperio de Maximiliano quedó condenado a muerte.

Antes de llegar a ese desenlace, tenemos que mirar de frente el costado más oscuro y más humano de esta guerra, porque hasta ahora hemos hablado de tronos, tratados y batallas. Y la historia no está hecha de abstracciones, está hecha de personas que sufren, dudan y se equivocan. Empecemos por la mancha más negra en el expediente de Maximiliano.

El 3 de octubre de 1865, convencido por informes falsos de que Juárez había abandonado el país y de que la resistencia republicana ya no era un ejército, sino puro bandidaje, el emperador firmó un decreto atroz. Cualquier persona capturada con las armas en la mano o perteneciente a una banda armada sería juzgada por una corte marcial y ejecutada en un plazo máximo de 24 horas, sin derecho de apelación ni posibilidad de indulto.

La historia lo conoce como el decreto negro. 18 días después el decreto mostró su rostro. Los generales republicanos José María Arteaga y Carlos Alazad, prisioneros de guerra, fueron fusilados en Uruapan, junto con otros oficiales por órdenes del general imperialista Ramón Méndez. No eran bandidos, eran militares de un gobierno legítimo.

Los historiadores debaten hasta hoy cuánto pesó la presión del mariscal francés Basain en la redacción del decreto, pero sobre un punto no hay debate posible. La firma al pie eran la de Maximiliano. En los meses siguientes, la acusación republicana atribuiría a ese decreto miles de ejecuciones. Guarda este documento en la memoria porque volverá a aparecer, palabra por palabra, en el momento más dramático de esta historia y decidirá el destino de quien lo firmó.

Sería cómodo y sería falso contar esto como el cuento de un bando cruel [carraspeo] contra un bando piadoso. La República también tenía su ley de hierro. Desde el 25 de enero de 1862, una ley firmada por Juárez castigaba con la pena de muerte los delitos contra la independencia y la seguridad de la nación, incluida la colaboración con el invasor.

Era una guerra sin cuartel de los dos lados y los fusilamientos de prisioneros mancharon ambos uniformes. La diferencia que Juárez reivindicaría siempre no era de dureza, sino de legitimidad. Una cosa es la ley de una nación defendiéndose en su propio suelo, decía, y otra, el decreto de un príncipe extranjero condenando a muerte a los hijos del país que dice gobernar.

Tú decidirás al final de este vídeo si esa distinción te convence. Y mientras tanto, ¿qué precio estaba pagando el propio Juárez? Uno que casi nunca se cuenta. Cuando la situación militar se volvió desesperada, el presidente mandó a su esposa Margarita Masa y a sus hijos al exidio en Nueva York para poder moverse por el norte sin darle rehenes al enemigo.

Y allá, lejos de él, en inviernos que la familia oaxaqueña no conocía, ocurrió lo peor. murieron dos de sus hijos pequeños. Primero José, su adoración y meses después el bebé Antonio. Juárez se enteró por carta con semanas de retraso en plena campaña. Las cartas que escribió entonces a su yerno Pedro Santa Cilia que se conservan, muestran a un hombre deshecho que confiesa sentirse herido de muerte, que pide detalles de la agonía de su niño, que no puede dormir y que al día siguiente vuelve a firmar decretos,

porque la República no podía permitirse un presidente de rodillas. Cuando veas el rostro impasible de Juárez en los retratos, esa máscara de piedra que tanto desconcertaba a sus contemporáneos. Acuérdate de esas cartas. Debajo de la piedra había un padre enterrando hijos por correspondencia. Del otro lado del tablero, en los salones de Chapultepec, la pareja imperial vivía su propio drama íntimo.

El matrimonio de Maximiliano y Carlota, que había comenzado como una alianza de dos jóvenes brillantes, se había ido enfriando hasta convertirse en una convivencia cortés y distante. Él pasaba temporadas cada vez más largas en Cuernavaca, entre jardines y expediciones botánicas, y los rumores de la época le atribuyeron a Moríos, incluido un supuesto hijo, con una joven del lugar, historia que la evidencia documental nunca ha podido confirmar y que conviene dejar en el cajón de los rumores, lo que sí es un hecho y un

hecho cargado de consecuencia. es que la pareja no tenía hijos y un imperio hereditario sin heredero es un edificio sin cimientos. La solución que encontraron en septiembre de 1865 fue tan ingeniosa políticamente como dolorosa en lo humano. Adoptaron a los nietos de Agustín de Iturbide, aquel primer y efímero emperador que había tenido México tras la independencia.

El plan era vestir a la dinastía extranjera con un injerto de sangre imperial mexicana. En niño clave, Agustín de Iturbíde y Grijalba apenas pasaba de los dos años y aquí la razón de estado enseñó los dientes. Su madre, Alicia Green, una estadounidense, firmó el acuerdo presionada y se arrepintió casi de inmediato.

Cuando suplicó que le devolvieran a su hijo, fue escoltada fuera del país. La prensa estadounidense habló abiertamente de un secuestro imperial y el escándalo dio la vuelta al mundo. Piensa un momento en la imagen. Un imperio que se decía llamado por el pueblo arrancando un niño de los brazos de su madre para fabricarse un futuro.

Cuando el título de este video habla de la familia real del imperio, incluye también a ese niño. Tu destino, te lo adelanto, será una de las respuestas que Juárez tendrá que dar. Volvamos ahora al tablero grande, porque a partir de 1865 los acontecimientos se aceleran como piedras cuesta abajo. La rendición del sur en la guerra civil estadounidense transformó la situación de la noche a la mañana.

Washington ya no mandaba notas diplomáticas, mandaba ejércitos. El general Sheridan fue destacado a la frontera del río Bravo con decenas de miles de veteranos curtidos en 4 años de guerra en una demostración de fuerza que no necesitaba traducción. [carraspeo] Y ocurrió además un fenómeno curioso. En depósitos militares cercanos a la frontera empezaron a extraviarse armas en cantidades asombrosas.

Solo en un episodio famoso, alrededor de 30,000 fusiles desaparecieron de un arsenal y aparecieron, qué casualidad, en manos republicanas mexicanas. El secretario de Estado, Swart, más prudente, prefería la presión diplomática al choque directo con Francia, pero el mensaje combinado era inequívoco. La doctrina Monroe había despertado y el Imperio Mexicano tenía los días contados.

Al mismo tiempo, en Europa, el suelo se movía bajo los pies de Napoleón Icer. La aventura mexicana se había convertido en un pozo sin fondo. Cientos de millones de francos gastados, miles de soldados muertos por las balas y por el vómito negro y una opinión pública francesa cada vez más hostil con la oposición parlamentaria denunciando la expedición como una locura ruinosa.

Y sobre todo había aparecido una amenaza que hacía ver a México como un lujo suicida. Prusia. En julio de 1866, el ejército prusiano aplastó a Austria en la batalla de Sádoba en apenas unas semanas de campaña y toda Europa entendió que había nacido una nueva potencia militar en la frontera misma de Francia. Cada regimiento francés estacionado en Guadalajara o en San Luis Potosí era un regimiento que faltaría el día que Prusia mirara hacia el Rin.

Así que Napoleón Icer hizo lo que hacen los jugadores cuando la mesa se pone en contra. Recogió sus fichas en enero de 1866. anunció la retirada escalonada de sus tropas de México, violando lisa y llanamente el convenio de Miramar, que lo obligaba a sostener a Maximiliano durante años. El hombre que había fabricado el imperio lo abandonaba a su suerte.

El efecto en México fue inmediato y brutal. Conforme las guarniciones francesas evacuaban ciudades, las fuerzas republicanas las reocupaban. A veces al día siguiente el mapa del imperio empezó a encogerse como un charco al sol. Y Juárez, que había llegado a estar arrinconado en Paso del Norte, el último punto del país pegado a la frontera, la ciudad que hoy no por casualidad se llama Ciudad Juárez, comenzó a desandar el camino hacia el sur, ciudad por ciudad, con su carruaje negro y sus archivos.

Hay que decirlo todo porque la honestidad histórica lo exige. En ese mismo periodo, Juárez tomó una decisión que hasta algunos de sus aliados le reprocharon. Su mandato presidencial expiraba a fines de 1865 y siendo imposible celebrar elecciones en un país ocupado, decidió prorrogarse en el cargo por decreto, invocando las facultades extraordinarias de la guerra.

El presidente de la Suprema Corte, aquel mismo González Ortega, que había defendido Puebla, reclamó que la presidencia le correspondía a él por ley y terminó desconocido y arrestado. Los defensores de Juárez alegan que en plena guerra de supervivencia nacional un cambio de gobierno era un regalo al enemigo. Sus críticos ven ahí la semilla de un estilo de poder que no soltaba la silla.

Ambas lecturas conviven hasta hoy en los libros y está bien que las conozcas las dos. Los héroes de verdad tienen zonas grises y Juárez no es la excepción. En Chapultepec, mientras tanto, la noticia de la retirada francesa cayó como una sentencia y fue entonces cuando Carlota tomó la decisión más valiente y más trágica de su vida.

Si Europa había hecho al imperio, ella iría a Europa a salvarlo. En julio de 1866, la emperatriz salió rumbo a Veracruz para embarcarse hacia Francia. Los soldados republicanos ya le cantaban por los caminos una copla burlona que se había vuelto himno popular, compuesta por el general y escritor liberal Vicente Riva Palacio.

La canción de la diosa mamá Carlota, que despedía entre risas a la emperatriz que se iba. Detrás de la burla había una verdad que todos intuían. No iba a volver. Lo que ocurrió en Europa durante las siguientes semanas es uno de los episodios más desgarradores del siglo XIX. Carlota llegó a Francia y consiguió, a fuerza de insistencia ser recibida por Napoleón Icer en el palacio de Saintcloud.

Se vieron varias veces. Ella llevaba memorandos, cifras, argumentos preparados durante toda la travesía. Le recordó al emperador, palabra por palabra, las promesas firmadas en Miramar. Los testigos cuentan que Napoleón, enfermo y acorralado, llegó a llorar delante de ella, pero no se dio ni un soldado más, ni un franco más.

En una de esas entrevistas, Carlota se sintió mal y hubo que sacarla del salón. Y en las cartas que le escribió entonces a Maximiliano, que se conservan y son escalofriantes, la emperatriz ya no razona como diplomática, sino como profeta en llamas. le escribe que Napoleón es el mal sobre la tierra, el mismísimo demonio en persona.

En esas líneas, los médicos y los historiadores han visto las primeras grietas de lo que venía, porque a partir de ahí, la mente de Carlota empezó a quebrarse ante los ojos de toda Europa. Se convenció de que los agentes de Napoleón querían envenenarla. Dejó de comer lo que le servían. Los relatos de su séquito describen escenas dolorosísimas.

La emperatriz bebiendo agua de las fuentes públicas de Roma para evitar los vasos envenenados o comprando gallinas vivas y haciéndolas atar en su habitación de hotel para verlas matar y cocinar delante de ella, única comida que aceptaba. El 27 de septiembre de 1866 fue recibida por el Papa Pío Noveno, última carta de su baraja, para pedirle que salvara el concordato y el imperio.

Días después protagonizó la escena que dejó helado al Vaticano. irrumpió por la mañana en las habitaciones papales fuera de sí, suplicando protección contra los asesinos que la perseguían, y hundió los dedos en la taza de chocolate caliente del propio papa para llevárselos a la boca, diciendo que aquello al menos no estaría envenenado.

Se negó a salir del palacio. Aquella noche, contra toda regla y todo precedente, se le improvisó una cama en la biblioteca vaticana. La tradición registra a Carlota como la primera mujer que durmió dentro del Vaticano. Al día siguiente lograron convencerla de salir con un pretexto y poco después su hermano llegó de Bélgica para hacerse cargo.

Los médicos dictaminaron locura. La palabra clínica de la época era cruel, pero el diagnóstico moderno más citado habla de un brote psicótico severo con delirio de persecución. Tenía 26 años. Nunca más volvió a ver México. Nunca más volvió a ver a su esposo. La noticia del derrumbe de Carlota cruzó el océano y golpeó a Maximiliano como un mazazo.

El emperador, que ya venía deshecho por la retirada francesa, entró en la crisis definitiva. En octubre de 1866 salió de la capital rumbo a la costa con el equipaje embarcado por delante y una corbeta austríaca esperándolo en Veracruz. Todo indica que iba a abdicar y marcharse. Se detuvo en Orizaba, entre montañas y cafetales, y ahí pasó semanas en un limbo extrañísimo que sus propios colaboradores describieron con desconcierto.

Mientras el imperio se deshacía, el emperador salía al campo a cazar mariposas y coleccionar insectos como si su mente buscara refugio. la única vocación que nunca lo había traicionado, la de naturalista. En ese alcanzaron las presiones cruzadas. De un lado, sus consejeros europeos le rogaban partir.

Del otro personaje turbio. El padre Agustín Fiser, sacerdote alemán de pasado aventurero, convertido en su confesor y consejero, le susurraba que abdicar era deshonrar su sangre. Llegó además una carta de Viena de su madre, la archiduquesa Sofía, cuyo sentido, según lo recogieron quienes la conocieron, era demoledor para un Absburgo.

Mejor quedar sepultado bajo los escombros de México que regresar a Europa como un príncipe fracasado. Y regresaron de Europa los dos espadones conservadores, los generales Miguel Miramón y Leonardo Márquez, prometiendo que sin los franceses, con un ejército puramente mexicano y católico, todavía se podía ganar la guerra. A finales de noviembre, una junta convocada en Orizaba votó por continuar.

Maximiliano rompió el borrador de abdicación y regresó al altiplano. Acababa de firmar, sin saberlo, su sentencia de muerte y lo había hecho por las razones que más lo definían, el honor, la sangre y el miedo a la vergüenza. La historia rara vez castiga tan rápido una decisión tomada por orgullo. El 5 de febrero de 1867, fíjate en la fecha, aniversario exacto de la Constitución liberal de 1857.

Como si el calendario tuviera sentido de la ironía, los últimos soldados franceses evacuaron la ciudad de México. El mariscal Basén, antes de partir, insistió una vez más en llevarse al emperador. Había barcos, había escolta, había tiempo. Maximiliano se negó con una frase que resume su carácter y su ceguera.

no abandonaría a su gente huyendo como un ladrón en medio de la noche. Días después tomó la decisión militar más importante y más incomprensible de toda la guerra. Por primera vez en su vida, asumió personalmente el mando del ejército. Él que era marino de formación y jamás había dirigido una batalla terrestre y salió de la capital el 13 de febrero con menos de 2000 hombres rumbo a Querétaro para concentrar ahí todas las fuerzas del imperio.

¿Por qué Querétaro? Políticamente tenía lógica. Era una ciudad profundamente conservadora y católica, leal al imperio, en el corazón del vajío. Militarmente era una trampa mortal y sus propios generales se lo advirtieron. La ciudad está tendida en un valle, rodeada de cerros por casi todos lados, como el fondo de un plato.

Quien domina los cerros, domina la ciudad. Ocuparla era regalarle al enemigo el asiento de palco. En Querétaro se reunieron unos 9000 hombres y los últimos grandes nombres del imperio, en una concentración que la gente de la época notó con superstición. [carraspeo] Miramón, Márquez, Mejía, Méndez, los famosos generales de la M, a los que las malas lenguas añadían una quinta M, la de la muerte.

Vale la pena presentar a dos de ellos, porque morirán en esta historia y merecen un rostro. Miguel Miramón era el niño prodigio del conservadurismo. Había sido presidente de México a los 27 años durante la guerra de Reforma. Era brillante, valiente y carismático. El mejor general táctico de su bando. Tomás Mejía era otra cosa y su figura estremece.

General indígena Otomí de la Sierra Gorda, católico ferviente, hombre de una lealtad absoluta y de una honradez reconocida hasta por sus enemigos. Los soldados republicanos lo respetaban tanto que más de un jefe liberal le debía la vida. Porque Mejía tenía la costumbre rarísima en esa guerra de perdonar prisioneros. Frente a ellos convergían sobre Querétaro los ejércitos republicanos del norte y del occidente al mando de Mariano Escobedo y Ramón Corona.

Al principio unos 25,000 hombres y las semanas siguientes llegarían a ser 40,000. Mientras tanto, en el sur, Porfirio Díaz, el mismo que había escapado de los franceses años atrás, avanzaba sobre Puebla y la Ciudad de México. El cerco final no era una batalla, era todo el país cerrándose como un puño. Aquí los historiadores suelen plantear el gran ISI de esta historia y vale la pena pensarlo un minuto porque razonar alternativas es una de las mejores maneras de entender por qué pasó lo que pasó.

Si Maximiliano hubiera abordado aquella corbeta en febrero, hoy sería una nota al pie. Un archiduque que probó suerte en América y volvió a casa como tantos príncipes de saldo del siglo XIX. Habría envejecido en Miramar entre herbarios y memorias. Cada paso que dio a partir de ahí, quedarse, tomar el mando, encerrarse en Querétaro, fue cerrando puertas detrás de él hasta que solo quedó abierta la última, la que daba al cerro de las campanas.

Y lo más trágico es que ninguna de esas decisiones fue impuesta. Todas fueron suyas, tomadas en nombre del honor. La historia enseña aquí una lección incómoda. El honor mal entendido puede ser una forma elegante del suicidio. El sitio de Querétaro comenzó el 6 de marzo de 1867 y duró 71 días.

Fue un asedio clásico y despiadado. Bombardeos diarios, asaltos rechazados. Salidas desesperadas. Maximiliano, hay que reconocerlo, sorprendió a todos. El príncipe de los protocolos resultó valiente bajo el fuego. Dormía en un catre de campaña en el convento de la Cruz, su cuartel general. Recorría las trilleras entre los silvidos de las balas y compartía con la tropa la comida cada vez más miserable.

Porque el hambre llegó pronto. Para abril en Querétaro se comía carne de caballo y de mula, y los hospitales improvisados desbordaban heridos sin medicinas. Hubo momentos de esperanza imperial, como la salida del 27 de abril, cuando Miramón arrolló una posición enemiga en el cerro del cimatario y capturó cañones y provisiones solo para perderlo todo horas después ante el contraataque.

Y hubo sobre todo una espera que se fue pudriendo día tras día, la espera de Márquez, porque el 22 de marzo el general Leonardo Márquez había roto el cerco con 1000 jinetes y plenos poderes de lugar teniente del imperio, jurando volver en dos semanas con refuerzos y dinero de la capital. Nunca volvió. En lugar de regresar a Querétaro, se desvió a Puebla intentando frenar a Porfirio Díaz. Llegó tarde.

Díaz había tomado la ciudad el 2 de abril. Fue alcanzado y destrozado en San Lorenzo y se encerró en la Ciudad de México, de donde ya no salió. Los sitiados de Querétaro siguieron oteando el horizonte durante semanas, esperando una columna de auxilio que jamás apareció. Para mediados de mayo, la guarnición famélica preparaba una última carta.

Romper el cerco a la desesperada con el emperador en medio. La madrugada del 15. Esa salida nunca ocurrió y la razón tiene nombre y apellido. Miguel López. Coronel imperialista, jefe del regimiento de la emperatriz, era uno de los favoritos personales de Maximiliano, hasta el punto de que el emperador era padrino de bautizo de su hijo.

En la noche del 14 al 15 de mayo de 1867, López se entendió con los sitiadores. Hacia las 3 de la madrugada, guió personalmente a las tropas republicanas del general Escobedo hasta el convento de la cruz, el corazón de la defensa, cuyas puertas se abrieron sin un disparo. Cuando Maximiliano despertó, el enemigo ya caminaba por los pasillos de su cuartel general.

En la confusión de la madrugada ocurrió una escena casi irreal. El emperador, con su estado mayor atravesó a pie las líneas entre grupos de soldados republicanos y un oficial sitiador que lo reconoció perfectamente, según contó después, ordenó dejarlos pasar diciendo que eran paisanos. Piedad de último minuto, cálculo para capturarlo sin tumulto, nunca se sabrá.

Maximiliano llegó hasta el cerro de las campanas. La última posición donde se le unió el fiel Mejía. A la luz del amanecer, desde esa altura, pudo ver su situación con los propios ojos. La ciudad tomada, las banderas republicanas por todas partes, 40,000 hombres cerrando el círculo. Hacia las 8 de la mañana mandó Isar la bandera blanca y entregó su espada al general Escobedo.

El segundo imperio mexicano acababa [carraspeo] de terminar en el mismo cerro, donde 35 días después terminaría también la vida de su emperador y el traidor. Sobre el precio de Miguel López, las versiones bailan entre varios miles de pesos en oro. Sobre su infamia no baila nada. López pasó el resto de su vida jurando que había actuado por órdenes secretas del propio Maximiliano para evitar un baño de sangre inútil, versión que casi ningún historiador toma en serio, entre otras cosas, porque el emperador lo desmintió antes de morir.

Marcado como el Judas de Querétaro murió décadas más tarde. La tradición popular, con ese sentido poético que a veces tiene, cuenta que murió de rabia por la mordida de un perro. También al general Méndez lo alcanzó rápido su pasado. Capturado en los días siguientes, fue fusilado casi de inmediato y nadie en el bando republicano fingió imparcialidad.

Era el hombre que había ejecutado a los generales Arteaga y Salazar bajo el decreto negro. Ojo por ojo con la ley del 25 de enero en la mano. Maximidiano, Miramón y Mejía quedaron prisioneros y el mundo entero contuvo la respiración porque ahora venía la pregunta que atravesaba océanos. ¿Qué iba a hacer Juárez con un archiduque de Austria? En Europa se daba por descontado un destierro elegante, quizá una negociación.

Nadie fusilaba príncipes en el siglo XIX. Eso pertenecía a los tiempos bárbaros de la Revolución Francesa. Pero Juárez y su ministro Sebastián Lerdo de Tejada veían el problema desde otra orilla. Perdonar a Maximiliano y embarcarlo a Europa significaba decirle al mundo que invadir México salía gratis, que un príncipe podía cruzar el mar, coronarse sobre un país ocupado, firmar decretos de muerte contra sus defensores y si le salía mal, volver a casa a escribir sus memorias.

La República, que había perdido más de 50,000 vidas en esta guerra, necesitaba sentar un precedente que ningún trono olvidara jamás. Y había un instrumento legal esperando desde hacía 5 años, la ley del 25 de enero de 1862, que castigaba con la muerte los atentados contra la independencia de la nación. El gobierno ordenó que los tres prisioneros fueran juzgados en consejo de guerra conforme a esa ley, con defensores y proceso formal.

Nada del hinchamiento, nada de venganza sumaria, un tribunal, actas, abogados. Para Juárez, la diferencia entre la venganza y la justicia era exactamente esa, el papel sellado. El proceso se instaló los días 13 y 14 de junio de 1867 en un escenario que ningún novelista se habría atrevido a inventar. El teatro y turbide de Querétaro.

Sobre el escenario, literalmente sobre las tablas donde se representaban óperas, se sentó el tribunal. Siete oficiales republicanos jóvenes presididos por un teniente coronel. En las butacas el público. Maximiliano se negó a comparecer alegando enfermedad y sobre todo dignidad. no iba a exhibirse como atracción teatral.

Lo representaron sus abogados, porque hay que decirlo, tuvo defensa y de primer nivel. En Querétaro lo defendieron dos juristas locales y a San Luis Potosí, donde despachaba Juárez, viajaron dos de los abogados más prestigiosos de México. Mariano Riva Palacio, padre por cierto del mismo Vicente Riva Palacio, que había compuesto la burla contra mamá Carlota.

Así de enredada es la historia. y Rafael Martínez de la Torre para pelear el indulto directamente ante el presidente. Los cargos eran 13 y los centrales pesaban como losas, usurpación de la soberanía nacional, instrumento de una intervención extranjera y el decreto negro del 3 de octubre con su cauda de fusilados.

El 14 de junio, el tribunal declaró culpables a los tres y aplicó la pena que la ley señalaba. Muerte. La ejecución se fijó para el 16 de junio a las 7 de la mañana. Juárez concedió únicamente un aplazamiento de 3 días hasta el 19 para que los condenados arreglaran sus asuntos. Tres días que se convirtieron en el escenario de una de las batallas por una vida más extraordinarias del siglo.

Porque sobre San Luis Potosí llovieron las súplicas del mundo entero, telegramas de las cortes europeas, gestiones del gobierno de Estados Unidos, que había ayudado a Juárez y ahora pedía clemencia para no ver fusilado a un Absburgo. Caribaldi, el héroe republicano de dos mundos, escribió pidiendo generosidad.

Víctor Hugo, el escritor más famoso del planeta, redactó desde su exilio una carta abierta a Juárez, que es una pieza de literatura. Le decía en esencia que acababa de derrotar a las monarquías con la ley y que ahora podía rematarlas con la misericordia, que el poder más grande de todos era perdonar.

que Maximiliano viviera salvado por la República. La carta, por cierto, llegó a México cuando ya todo había terminado, pero su argumento era el mismo que Juárez escuchaba a diario de los abogados defensores. Y luego estaba ella, la princesa Inés de Saln Salm, Agnes, estadounidense de origen humildísimo. Había sido Amazona de circo antes de casarse con un príncipe prusiano que servía como oficial de Maximiliano.

Se convirtió en esas semanas en un huracán. Cabalgó una y otra vez entre Querétaro y San Luis. Forzó audiencias. Movió a diplomáticos. En la entrevista que ella misma relató en sus memorias, se arrojó de rodillas ante Juárez, abrazada a sus piernas. desecha en llanto, suplicando por la vida del emperador.

Y Juárez, conmovido, los testigos coinciden en que estaba pálido y con la voz quebrada, la levantó del suelo y le respondió con palabras que ella dejó escritas y que definen al personaje entero. Le causaba verdadero dolor verla así de rodillas. Pero aunque todos los reyes y todas las reinas de Europa estuvieran en el lugar de ellas suplicando, no podría perdonar esa vida porque no era él quien la tomaba, era el pueblo y era la ley.

Si la ley no se cumplía con los poderosos, ¿qué le quedaba a México? La princesa no se rindió. Pasó del ruego a la conspiración con dinero y promesas, letras firmadas por el propio Maximiliano por sumas enormes, intentó sobornar a los oficiales que custodiaban al prisionero para organizar una fuga hacia la sierra gorda y de ahí a la costa.

Uno de los coroneles fingió aceptar y lo reportó todo. La trama fue descubierta. Agnes fue expulsada de Querétaro y su esposo acabó con grilletes. Hay que añadir un detalle que retrata a Maximiliano. Semanas antes, durante el sitio, ya había rechazado planes de escape que lo salvaban solo a él, negándose a huir sin Miramón y Mejía.

Ahora, condenado, hizo algo más. escribió a Juárez pidiéndole que si había de correr más sangre fuera únicamente la suya y que perdonara a sus dos generales. La petición fue denegada, pero el gesto quedó en las actas. Y así llegamos a la víspera. La noche del 18 de junio de 1867 en su celda del convento de Capuchinas, Maximiliano de Absburgo ordenó sus últimos papeles con la meticulosidad de siempre.

Escribió cartas a su madre, a sus hermanos y una a Carlota que es imposible leer sin un nudo en la garganta. Porque él ya sabía de su locura y días antes le había llegado incluso el rumor falso de que su esposa había muerto en Europa. Los testigos cuentan que al oírlo murmuró que entonces morir le pesaba menos, porque era un lazo menos con este mundo.

Repartió recuerdos entre sus fieles, su anillo, su reloj, mechones de cabello. su médico personal, el Dr. Samuel Bash, que dejaría unas memorias minuciosas de esos días, le encargó la misión que más le importaba, que su cuerpo llegara a Viena, a los brazos de su madre. Se confesó, oyó misa y durmió, según Bash, con una serenidad que asombró a todos.

Lo despertaron antes de las 4 de la mañana. Se vistió de negro, desayunó con apetito y rezó. Al salir al patio y ver el amanecer limpio sobre Querétaro, dijo la frase que su médico registró para la historia. Qué día tan hermoso. Siempre había querido morir en una mañana así. Tres carruajes negros subieron aquella mañana del 19 de junio de 1867, la cuesta del cerro de las campanas, escoltados por miles de soldados republicanos formados en cuadro.

La ciudad entera estaba despierta y en silencio. Las crónicas hablan de mujeres rezando de rodillas en las azoteas al paso del cortejo. En el primer carruaje iba Maximiliano con el padre Soria, su confesor. Al llegar bajó sereno, abrazó a Miramón y a Mejía y les dijo que en unos minutos se verían en el cielo.

Entonces vinieron los gestos que todos los testigos de uno y otro bando registrarían para siempre. Primero, las monedas. El emperador repartió una pieza de oro a cada soldado del pelotón que le tocaba, pidiéndoles con voz tranquila que apuntaran con cuidado al pecho y le respetaran el rostro para que su madre pudiera reconocerlo.

Después la cortesía final, tan de él, le cedió a Miramón el puesto del centro, el lugar de honor de los fusilados, diciéndole que un valiente debía ser admirado hasta por los monarcas. Miramón, que había pedido morir dando la cara para desmentir la acusación de traidor, leyó una breve protesta declarando que jamás había traicionado a su patria.

Mejía, el indio otomí, cayó. Su esposa, con un bebé recién nacido en brazos, había vagado esos días por Querétaro, suplicando en vano. Él enfrentó el muro con la misma serenidad de piedra con la que había vivido. Maximiliano dio unos pasos al frente y pronunció sus últimas palabras. Los testimonios difieren en detalles menores, pero el núcleo coincide.

dijo que moría por una causa justa, la independencia y la libertad de México, que ojalá su sangre fuera la última derramada y sellara las desgracias de su nueva patria. Y cerró con un grito que dejó helado al pelotón que iba a matarlo. Iba a México. Un príncipe europeo frente a los fusiles de México muriendo con el nombre de México en la boca.

Eran las 7:05 de la mañana cuando sonó la descarga. Miramón y Mejía murieron en el acto. Maximiliano cayó todavía con vida y hubo que rematarlo con un tiro a quemarropa que le quemó la ropa sobre el pecho. Tenía 34 años. En Europa, esa misma temporada Napoleón Icero inauguraba con pompa la exposición universal de París.

La noticia de Querétaro le cayó encima como una bofetada delante del mundo entero. Y aquí es donde la mayoría de los relatos bajan el telón. Nosotros no, porque aquí empieza precisamente lo que promete el título de este video, lo que Juárez hizo con lo que quedaba de la familia imperial. Empecemos por el propio Maximiliano, porque su historia no terminó con la descarga.

En cierto sentido, apenas comenzaba. El cuerpo fue llevado al convento de capuchinas y entregado para su embalsamamiento a un médico local, el doctor Vicente Licea. Y lo que hizo Licea persigue a esta historia como una pesadilla. El embalsamamiento fue una chapuza macabra. El cuerpo fue colgado para drenarlo. Los procedimientos fallaron y el cadáver se ennegreció hasta volverse casi irreconocible.

Peor aún, Licea convirtió al emperador muerto en un negocio, vendiendo a coleccionistas y curiosos, girones de la ropa ensangrentada, mechones de barba y hasta frascos con restos del proceso. Con el tiempo fue llevado a juicio y condenado por aquel comercio miserable, y falta el detalle más increíble de todos.

Ese que cuando lo leí por primera vez tuve que verificar en varias fuentes porque parece leyenda y no lo es. Al preparar el cuerpo, no se encontraron en Querétaro ojos de cristal azules para reponerlos del emperador. Así que se le colocaron unos ojos negros de vidrio tomados de una imagen religiosa, la estatua de una santa de un templo de la ciudad.

El archiduque rubio de ojos azules, nieto de reyes, terminó mirando a la eternidad con los ojos oscuros de una santa mexicana. Si alguien quisiera inventar un símbolo del choque entre los dos mundos de esta historia, no le saldría mejor. Mientras tanto, Juárez hacía su entrada en la Ciudad de México el 15 de julio de 1867.

cerrando 4 años de peregrinación del carruaje negro y publicaba el manifiesto que contiene la frase más citada de la historia política mexicana. Entre los individuos como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. Fíjate que no hubo desfile de venganza ni cacería masiva. Hubo algunos fusilamientos sonados de colaboradores señalados.

Sí, pero también una amplitud de indultos que sorprendió a Europa. Miles de soldados y oficiales imperialistas fueron dejados en libertad y a los militares extranjeros capturados en general se les perdonó la vida y se les expulsó. El príncipe Félix de Salm Salm, el esposo de la incansable Agnes, condenado inicialmente, acabó con la pena conmutada y tiempo después salió libre rumbo a Europa.

El presidente que no perdonó a un emperador perdonó a casi todos los demás. Eso también es parte de la respuesta a nuestro título. Pero el pulso más extraordinario estaba por jugarse y se jugó sobre un ataú. Austria envió por el cuerpo de Maximiliano al almirante Tegetov, el marino más célebre del imperio austríaco. Llegó a México y pidió los restos y Juárez dijo que no.

Así como lo oyes, el gobierno mexicano se negó a entregar el cadáver con un argumento de una frialdad jurídica perfecta. El almirante venía como enviado privado de la familia, sin credenciales oficiales, y un asunto de Estado exigía una petición formal de gobierno a gobierno. traducido del lenguaje diplomático, Austria, que jamás había reconocido a la República de Juárez, que la había tratado como una pandilla de bandoleros mientras coronaba a su archiduque, tendría que dirigirse a esa república por escrito y con todas las formalidades,

reconociéndola, de hecho, como el gobierno legítimo de México, si quería recuperar a su príncipe. Durante meses, el cuerpo embalsamado de Maximiliano, ya trasladado a la capital y sometido a un segundo embalsamamiento más cuidadoso en el templo de San Andrés, permaneció bajo custodia mexicana, convertido en el instrumento diplomático más macabro del siglo, un Absburgo como palanca para arrancarle a Europa el reconocimiento que le había negado a México con las armas.

Cuando viene finalmente tragó su orgullo y presentó la solicitud en regla, Juárez autorizó la entrega. En noviembre de 1867, el ataúd salió rumbo a Veracruz y fue embarcado en la Fragata Novara. El mismo barco, exactamente el mismo, que tres años antes había traído a Maximiliano, lleno de sueños hacia su imperio, lo llevó de regreso, convertido en el argumento póstumo de la victoria de Juárez.

En enero de 1868 fue sepultado en la cripta de los capuchinos de Viena, junto a los emperadores de su estirpe ante su madre destrozada. Queda el episodio que te prometí al principio, el del encuentro imposible. Una tradición muy difundida, recogida por varios autores del siglo XIX y repetida desde entonces, cuenta que una noche en la capilla de San Andrés, antes de la entrega del cuerpo, Benito Juárez acudió en secreto, acompañado por un ministro a ver el cadáver de su enemigo.

se habría detenido largo rato ante el cristal en silencio, contemplando al hombre contra el que peleó 5co años sin verle nunca la cara, y habría murmurado apenas un comentario casi trivial sobre lo alto que era y lo poco que ese cuerpo lo acompañaba. Ningún documento oficial lo confirma. Juárez jamás habló de ello.

Los historiadores serios lo etiquetan como tradición imposible de verificar. Te lo presento como lo que es una leyenda, pero es revelador que México entero la haya creído verosímil durante siglo y medio, porque encaja con el personaje ni un gesto público, ni una palabra de triunfo, solo la curiosidad fría y solitaria del sobreviviente.

Y hay un hecho, este sí documentado, que completa la escena. Poco después, el templo de San Andrés fue demolido a toda prisa por las autoridades liberales de la ciudad, precisamente para impedir que se convirtiera en santuario de peregrinación imperialista. Ni siquiera al edificio se le permitió guardar la memoria del emperador y el resto de la familia.

Aquí las respuestas del destino fueron todavía más extrañas que las de Juárez. El pequeño Agustín de Iturbide, el heredero adoptivo arrancado a su madre, fue devuelto a su familia tras la caída del imperio. La República no tomó represalia alguna contra un niño de 4 años. Creció entre Estados Unidos y Europa y su vida tuvo un epílogo irónico.

Años más tarde, convertido en oficial, criticó públicamente al gobierno de Porfirio Díaz. Fue procesado y expulsado y terminó sus días como profesor universitario en Washington, un hombre culto y sin hijos, con el que se apagó ahora sí para siempre. el sueño de una dinastía mexicana. Y luego está ella, la figura más desgarradora de toda esta historia, Carlota.

Cuando su esposo fue fusilado, ella llevaba meses encerrada en su locura y la noticia se le comunicó tiempo después en Bélgica, en uno de sus intervalos lúcidos. la procesó a su manera, entre momentos de conciencia y recaídas. Durante años siguió escribiendo notas dirigidas a Maximiliano, llamándolo Tesoro mío, como si la muerte fuera un malentendido burocrático.

Vivió recluida, atendida y vigilada. Primero en distintos palacios y desde 1879 en el castillo de Bouch, rodeado de un foso cerca de Bruselas. Y ahí ocurrió algo que desafía toda proporción. [carraspeo] Vivió 60 años más. sobrevivió a Juárez, a Napoleón Icer, a Eugenia Casi, a Francisco José, al Imperio Austrohúngngaro entero y a la Primera Guerra Mundial.

Cuando los ejércitos alemanes invadieron Bélgica en 1914, en la reja del castillo se colocó un cartel advirtiendo a los soldados que aquella residencia pertenecía a la emperatriz de México, cuñada de su aliado, el emperador de Austria, y que debía respetarse. Y los ejércitos del siglo XX pasaron de largo ante la anciana que seguía esperando noticias del siglo XIX.

Los relatos de sus cuidadores describen rituales que encogen el corazón, [carraspeo] como aquellas frases suyas sobre partir hacia México cuando llegara el buen tiempo. Murió en enero de 1927 a los 86 años. Piensa en esto. Cuando Carlota murió, ya existían la radio, el cine, los aviones y ella seguía siendo en algún rincón intacto de su mente la emperatriz de un país que había visto por última vez cuando Abraham Lincoln llevaba un año muerto.

Algunos historiadores añaden una nota amarga sobre su inmensa fortuna personal administrada durante décadas por su familia belga. Hay indicios de que parte de ese dinero acabó alimentando las empresas coloniales de su hermano Leopoldo Segundo en el Congo, uno de los capítulos más brutales del colonialismo. El punto se sigue estudiando, pero da que pensar que la herencia de la emperatriz loca de México pudiera haber financiado otra tragedia al otro lado del mundo. y los vencedores.

Tampoco a ellos los esperaba un final de cuento. Juárez fue reelegido en 1867 y otra vez en 1871, en unas elecciones tan disputadas que su antiguo soldado, Porfirio Díaz se levantó en armas contra él, acusándolo de perpetuarse en el poder. En enero de 1871 murió Margarita, su esposa, la mujer que había cargado el exilio y los hijos muertos.

Y quienes lo trataron dicen que Juárez ya nunca fue el mismo. El 18 de julio de 1872, trabajando hasta el final en su despacho del Palacio Nacional, lo fulminó una angina de pecho. El tratamiento de la época fue tan brutal como inútil. Los médicos le vertieron agua hirviendo sobre el pecho para reanimar el corazón. Murió esa noche sin haber escrito memorias, sin haber presumido jamás su victoria sobre el imperio.

4 años después, aquel Porfidio Díaz, que había peleado por la República, terminó tomando el poder y lo conservó durante más de tres décadas. La historia que había fusilado a un emperador para defender la ley engendró a continuación una dictadura de 30 años. Si buscas finales redondos, la historia rara vez te los da.

¿Qué nos enseña entonces todo esto siglo y medio después? Primero, a desconfiar de los relatos simples. Maximiliano no fue el villano de caricatura. Fue un hombre decente y valiente, atrapado en una empresa indefendible, un liberal coronado por conservadores, un soñador que pagó con la vida la vanidad de creerse llamado por un pueblo que no lo había llamado.

Y Juárez no fue ni el santo de mármol de los libros escolares, ni el indio cruel de la propaganda europea. fue un estadista de una coherencia aterradora, capaz de perdonar a miles y de negarle el perdón a uno solo, porque ese uno era el precedente. Su mensaje al mundo funcionó. Después de Querétaro, ninguna potencia europea volvió a intentar plantar una monarquía en el continente americano.

Ni una sola vez. El fusilado del cerro de las campanas fue, en ese sentido exacto, el último emperador de América traído de fuera. Segundo, nos enseña que la soberanía de las naciones no es un concepto abstracto de Tratado internacional. Se pagó con hambre, con exilios, con niños muertos en Nueva York y con locura en un castillo belga.

Y tercero, nos deja una pregunta que sigue viva y que te dejo a ti. Hizo bien Juárez. Víctor Hugo pensaba que la clemencia habría sido la victoria suprema. Juárez pensaba que la ley sin excepciones era la única muralla de los países débiles. 160 años después, los estados siguen debatiéndose entre esas dos respuestas y por eso esta historia no envejece.

Hoy si subes al cerro de las campanas en Querétaro encontrarás el resumen perfecto de todo lo que te he contado escrito en piedra. En el sitio exacto del fusilamiento hay una pequeña capilla de luto construida a principios del siglo XX con dinero de Austria y permiso del gobierno mexicano, en memoria de Maximiliano.

Y unos metros más arriba, coronando la cima del cerro, se alza una estatua colosal de Benito Juárez, levantada en el centenario de aquel amanecer, que mira desde lo alto la capilla del hombre que mandó fusilar. El emperador tiene su altar, el presidente tiene la cumbre. México no borró a su enemigo, lo guardó, lo recuerda y lo custodia.

exactamente igual que custodió su cadáver en sus propios términos y bajo su propia ley. Quizá eso es al final lo que Juárez le hizo a la familia real del imperio. No las destruyó con odio. Las convirtió en la prueba eterna de que este país no se gobierna desde fuera. Si esta historia te atrapó como a mí, hay mucho más de dónde vino.

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Te espero ahí hasta la próxima. Yeah.

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