Así fue la lujosa vida de Leif Erickson — Héroe de guerra, amor trágico y retiro en silencio
¿Cuánta fortuna llegó a amasar el hombre que durante 4 años fue el dueño absoluto del rancho más famoso de la televisión americana, el indomable Big John Cannon de el gran chaparral? ¿Cuánto ganó el actor que semana tras semana hacía temblar la tierra con su sola presencia? Ese patriarca de hierro que construyó un imperio con sus propias manos en los desiertos más inhóspitos del viejo oeste, ¿cómo vivía Le Ericson lejos de las cámaras cuando se quitaba el sombrero y se bajaba del caballo? ¿Qué clase de hombre se escondía detrás de
esa mirada de acero? Ese veterano condecorado que antes de pisar un set de Hollywood ya había volado sobre el Pacífico en llamas, había sido derribado no una, sino dos veces y había sobrevivido para fotografiar uno de los instantes más históricos del siglo XX. Y es verdad que detrás de esa vida de éxito y de gloria se guarda uno de los secretos más dolorosos de toda su historia, la tragedia de una mujer brillante y hermosa, a quien amó con todo y a quien el destino y la industria más poderosa del mundo se empeñaron en
destruir. Quédate con nosotros hasta el final porque la historia verdadera de Leon, el hombre que le dio vida a John Cannon, es mucho más dramática, más valiente y más desgarradora de lo que jamás pudiste imaginar. Hoy vamos a recorrer su vida entera desde los campos de trigo de Texas, donde un muchacho cantaba bajo el sol mientras soñaba con los escenarios del mundo, hasta los estudios de Hollywood, donde se convirtió en leyenda, pasando por los mares del Pacífico, donde arriesgó su vida por su país, hasta llegar a esa
silla de mando desde donde John Cannon le dictaba las reglas al resto del mundo. Y también vamos a hablar de lo que nunca se dijo en pantalla, de sus propiedades, de su fortuna. de sus amores y de las pérdidas que ningún hombre, por fuerte que sea, puede cargar sin dejar algo de sí mismo en el camino. Para empezar, hablemos de lo que muchos se preguntan, de cuánto dinero estamos hablando.
La carrera de Leon abarcó más de cuatro décadas en Hollywood con apariciones en más de 100 películas y decenas de series de televisión, pero fue sin duda el gran chaparral su proyecto más lucrativo y más duradero. Durante las cuatro temporadas que la serie se emitió por la cadena NBC entre 1967 y 1971, Ericson fue la estrella principal, el rostro del programa, el nombre en los créditos de apertura.
Los actores protagónicos de las grandes series de esa época en las cadenas americanas recibían salarios que, según estimaciones de historiadores del entretenimiento, podían oscilar entre los 3,000 y los $10,000 por episodio, cifras muy significativas para la época. El gran chaparral produjo 98 episodios. Si hacemos el cálculo, estamos hablando de ingresos considerables que sumados a décadas de trabajo en cine y teatro le permitieron a Le Ericson llevar una vida cómoda, digna y muy alejada de las estrecheces con las que comenzó. Pero
para entender quién fue realmente este hombre, hay que volver al principio. Y el principio es mucho más humilde, mucho más musical y mucho más inesperado de lo que cualquiera podría imaginar. La historia de Le Ericson comienza en Alameda, California, el 27 de octubre de 1911. Pero su nombre de nacimiento no era Le Ericson.
Ese nombre que llevaría en pantalla y en la vida durante décadas era en realidad un apodo, una invención, casi un personaje de ficción construido sobre el muchacho real que nació como William Wickliff Anderson. El pequeño William creció en una familia donde las expectativas eran claras y concretas. Su padre era un hombre de mar, un capitán rudo y sin adornos, que creía con toda la convicción del mundo que los hombres de verdad debían ganarse la vida con las manos, ser carpinteros, plomeros, gente de trabajo físico y sin contemplaciones.
No había lugar en ese esquema familiar para un hijo que soñara con cantar en los grandes escenarios del mundo. Y sin embargo, William soñaba exactamente con eso. Desde pequeño, su madre lo llevaba al antiguo teatro de la ópera de San Francisco y allí, sentado entre el terciopelo y la oscuridad del auditorio, el niño que algún día sería John Cannon, descubrió que la música era lo único que lo hacía sentir verdaderamente vivo.
Soñaba con convertirse en el mejor cantante del mundo. Lo decía con esa seriedad absoluta que solo tienen los niños cuando hablan de sus sueños más profundos. El padre no quería escucharlo. La música no era un trabajo para hombres de verdad, decía. Pero William Anderson seguía cantando. El mundo, sin embargo, no siempre espera a que uno esté listo.
Cuando la Gran Depresión sacudió a toda América a finales de los años 20, William Anderson, que tenía entonces apenas 17 años, se encontró trabajando en los campos de trigo de Texas. Era 1929. El calor aplastaba la tierra, el trabajo era agotador y los hombres que cosechaban a su lado no tenían demasiado tiempo para soñar.
Pero William Anderson cantaba. Cantaba mientras operaba la cosechadora, cantaba entre fila y fila de trigo. Cantaba como si la música fuera el único combustible capaz de mantenerlo en pie bajo ese sol implacable de Texas. Quizás lo era. Y esa voz, esa voz que su padre nunca quiso escuchar lo llevaría muy lejos. Apenas dos años después, en 1931, el joven William estaba actuando en los escenarios de California, desde Santa Mónica hasta San Francisco, cautivando audiencias con su impresionante voz de bajo barítono. Era un cantante de
verdad, con la clase de instrumento vocal que atrae miradas y detiene conversaciones en cuanto comienza a sonar. Fue entonces cuando ocurrió el encuentro que cambiaría su vida para siempre. Ted Fio Rito, el famoso director de la banda que había lanzado las carreras de docenas de artistas, escuchó cantar a ese muchacho y supo de inmediato que tenía delante a alguien especial.
Lo incorporó a su agrupación y fue también Fio Rito quien le regaló el nombre que llevaría para siempre. William Wickliff Anderson no sonaba como nombre de estrella. Le Ericson, en cambio, tenía fuerza, tenía historia, tenía la resonancia de los héroes nórdicos y los exploradores del Atlántico. El nombre fue adoptado y con él nació una nueva identidad que duraría toda una vida.
La puerta de Hollywood se abrió de la manera más curiosa e imprevista que uno pueda imaginar. Mientras Ericsson actuaba en una gira teatral en Poria, Illinois, llegó un telegrama de los estudios Paramount Pictures, citándolo para una prueba de pantalla. El estudio en realidad estaba buscando a otro actor con el apellido Ericson.
Fue un error administrativo puro y simple, una confusión de nombres en una lista, pero cuando los representantes de Paramount vieron al hombre que se había presentado, se olvidaron del error. Con tan solo 23 años, Le Ericson firmó su primer contrato con uno de los estudios más poderosos de Hollywood. una voz equivocada en el registro, un telegrama que iba destinado a otro y un muchacho que cantaba en los campos de Texas a punto de convertirse en estrella.
Pero antes de que Hollywood pudiera reclamar por completo a Leon, el mundo entero se detuvo y con él su carrera y el destino de toda una generación. El 7 de diciembre de 1941, cuando los aviones japoneses bombardearon Pearl Harbor, Lee Ericson tenía 30 años y una carrera en ascenso. Como tantos hombres de su generación, no dudó.
Se alistó en la Marina de los Estados Unidos. Pero Ericson no pasó la guerra detrás de un escritorio ni lejos del peligro. Su destino fue el Pacífico, el teatro de operaciones más brutal y más extenso de toda la Segunda Guerra Mundial. fue asignado a la unidad fotográfica de aviación naval y desde allí su trabajo consistió en volar sobre zonas de combate activo y documentar lo que veía desde el aire, fotografiar la guerra en tiempo real en los momentos más peligrosos y más crudos que un ser humano puede presenciar.
Fue derribado dos veces. Dos veces sus aviones cayeron en el Pacífico. Dos veces sobrevivió a lo que hubiera matado a cualquier otro. Dos veces regresó al aire sin dudarlo. Por su valor y su servicio, recibió dos corazones púrpura, una de las condecoraciones más significativas que otorgan las fuerzas armadas de los Estados Unidos a quienes resultan heridos en combate.
Dos corazones púrpura, dos veces herido, dos veces de regreso. Y entonces llegó el momento más histórico de toda su carrera militar, uno que muy pocos actores de Hollywood pueden reclamar haber presenciado en persona. El 2 de septiembre de 1945, a bordo del acorazado USS Missouri, anclado en la bahía de Tokio, se firmó la rendición formal de Japón, el acto que puso punto final a la Segunda Guerra Mundial.

Y Le Erikson estuvo allí con su cámara en manos documentando ese instante para la historia. Su trabajo fotográfico ese día formó parte del registro visual oficial de uno de los eventos más importantes del siglo XX. Mientras el mundo entero celebraba el fin de la guerra, Le Erikson lo estaba fotografiando desde cubierta a bordo del barco donde la historia cambió de rumbo.
El hombre que algún día sería John Cannon había estado donde muy pocos estuvieron. Había sobrevivido lo que muy pocos sobreviven y cuando regresó a California regresó transformado, más grande, con algo en los ojos que solo le pertenece a quien ha visto el mundo desde ese borde. Why Hollywood lo estaba esperando.
A lo largo de los años 50 y los primeros 60, Leson construyó una carrera sólida y respetada. Apareció en más de 100 producciones entre películas y series de televisión. Trabajó junto a los actores más importantes de su época. Tuvo papeles destacados en filmes como El pozo de la soledad, un drama psicológico aclamado por la crítica o en complejas tramas de suspenso donde demostró una capacidad dramática que muchos no esperaban del hombre alto y de aspecto rudo.
Trabajó junto a grandes como Greta Garbo, Elvis Presley y Débora Care. demostró que podía estar a la altura de cualquiera, pero ninguno de esos papeles lo prepararía para lo que vendría y lo que vendría llegaría, como todo lo importante en su vida, de la manera más inesperada. En 1961, David Dort, el creador de Bonanza, necesitaba un actor especial para un episodio de su exitosa serie.
El papel era literalmente el de Dios y Dort eligió a Le Erikson para interpretarlo. Algo en la presencia de ese hombre, en la autoridad natural que irradiaba sin esfuerzo aparente, convenció a Dort de que tenía frente a él a alguien capaz de cargar el peso de un personaje de ese tamaño. No todos los actores pueden interpretar a Dios y resultar convincentes. Ericson lo fue.
6 años después, cuando Dort estaba desarrollando una nueva serie para la NBC, una historia épica sobre dos familias, el territorio de Arizona, Los Apaches y El viejo oeste en su versión más cruda y más adulta, recordó a ese hombre y lo llamó. Así nació John Cannon. Así nació el gran Chaparral. La serie se estrenó en la NBC en septiembre de 1967 y desde el primer episodio quedó claro que no era un western cualquiera.
El Grand Chaperal no era Bonanza con otro nombre, era más complejo, más oscuro, más humano en sus contradicciones. John Cannon era un hombre de hierro, pero también un hombre de carne, capaz de amar, de perder, de equivocarse y de seguir adelante porque no había otra opción. Le Erikson lo interpretaba con una convicción que venía de adentro de ese hombre que había visto la guerra de verdad, que había perdido y ganado en la vida real, que sabía lo que costaba construir algo desde cero en una tierra que no te regala nada. La historia del
rancho Hachaparral comenzaba con una tragedia, la muerte de Anna Lee, la primera esposa de Cannon, durante una incursión. Y desde esa pérdida inicial, John Cannon construía todo lo demás. La alianza con los Montoya, el matrimonio con Victoria, la convivencia tensa y a la vez entrañable con el impulsivo Manolito y el endurecido Buck.
Era una familia complicada, llena de heridas y de lealtades que no siempre seguían una línea recta. Era, en otras palabras, una familia de verdad. Durante cuatro temporadas, 98 episodios, El Gran Chaparral fue uno de los programas más vistos de los Estados Unidos y uno de los más amados en toda América Latina. En México, en Venezuela, en Colombia, en Argentina, millones de familias se reunían frente al televisor para ver qué nueva prueba le deparaba el destino al rancho y a la familia Canon.
Y en el centro de todo siempre estaba Big John, estaba Le Eriksson. Presta atención a esto porque aquí viene algo que muy poca gente sabe. Mientras en pantalla Big John Cannon construía su rancho en el desierto de Arizona y defendía su territorio con una convicción que no admitía dudas cómo vivía en realidad el hombre que lo interpretaba.
¿Qué clase de vida había construido Le Ericson fuera de los estudios de televisión? Quienes lo conocieron coinciden en describirlo como alguien profundamente alejado del glamur artificial de Hollywood. No era un hombre de mansiones en Beverly Hills, ni de fiestas de los estudios, ni de colecciones de autos que exhibir en la entrada de una propiedad enorme.
Era, en ese sentido, exactamente lo opuesto al estereotipo de la estrella de televisión. Su gran pasión, más allá de la actuación era el mar. Recordemos que su padre había sido capitán de mar. y que él mismo había servido en la Marina durante la guerra, cruzando el Pacífico en avión, fotografiando océanos en llamas.
Elmar no era para Ericsson un paisaje de vacaciones, sino algo más parecido a una vocación heredada, a un hogar en movimiento que llevaba en la sangre desde antes de poder elegir. Según quienes estuvieron cerca de él durante sus últimos años, pasó una parte considerable de su tiempo libre navegando. Era lo que más le gustaba, lo que más lo conectaba con algo más grande que el mundo del entretenimiento, algo que no tenía guiones ni directores ni luces de set.
Sus últimos años los vivió en Pensacola, Florida, junto a su esposa Ann. Pensacola es una ciudad costera del noroeste de Florida, conocida por sus playas de arena blanca y su larga historia militar, sede de la aviación naval de los Estados Unidos desde hace décadas. una ciudad que no tiene nada del brillo artificial de Los Ángeles y que fue precisamente por eso el hogar elegido por un hombre que había tenido suficiente del ruido de la industria.
Tranquila, cerca del agua, lejos del resto. No hay registros de mansiones sostentosas ni de colecciones extravagantes. Leif Ericson fue un hombre que construyó su vida con lo que ganó, que vivió bien y con dignidad y que eligió la sencillez cuando pudo elegir. Su verdadero lujo fue el mar. Su verdadera casa fue esa ciudad del Golfo, donde el sol cae despacio sobre el agua y donde nadie te pide que seas nadie más que tú mismo.
Pero detrás de esa vida tranquila, detrás de esa aparente serenidad de los últimos años, había una historia que Leif Ericson había cargado durante décadas sin hablar demasiado de ella. Una historia de amor y de devastación que comenzó mucho antes del Gran Chaparral, en los primeros años de Hollywood, cuando todo parecía posible y nadie podía imaginar todavía lo que estaba por venir.
Y aquí es donde la historia de Leson da el giro más inesperado y más doloroso de todos. Porque detrás del veterano de guerra, detrás del actor de 100 películas, detrás del gran John Cannon que mandaba sobre el rancho con mano firme, hay una historia de amor que comenzó con toda la promesa del mundo y terminó de una manera que todavía duele leer. Era 1934.
Life Ericson tenía 22 años y una carrera recién comenzada. cuando conoció a Francis Farmer. Francis Farmer tenía entonces 21 años y ya era imposible no notar que era diferente, brillante, hermosa, apasionada, con una inteligencia que desbordaba los límites del mundo en el que había nacido. Era actriz y era de las buenas de verdad, de las que llenan la pantalla sin esfuerzo, de las que hacen que el resto parezca que están actuando.
Tenía también algo que en Hollywood de los años 30 era considerado peligroso en una mujer. criterio propio, convicciones políticas que no escondía y una negativa absoluta a doblarse ante quienes creían que podían manejarla. Se casaron ese mismo año y por un tiempo pareció que el mundo les pertenecía. Frances fue ascendiendo en Hollywood mientras Le hacía lo mismo.
Se querían, trabajaban, construían y sin embargo, el mundo que los rodeaba estaba fabricando en silencio las condiciones para una tragedia que ninguno de los dos podía ver todavía. Francis Farmer no era una mujer fácil de contener. Era independiente, directa, políticamente activa en una época en la que eso era terriblemente peligroso para una mujer en la industria del entretenimiento.
Tenía opiniones y no tenía miedo de expresarlas. Y eso en el Hollywood de los años 30 y 40 era suficiente para convertirla en enemiga de personas muy poderosas. Lo que vino después es una de las historias más oscuras y más debatidas de toda la historia de Hollywood. En 1942, Francis Farmer fue internada en una institución psiquiátrica.
Las versiones sobre lo que ocurrió exactamente varían según la fuente y hay mucho de su historia que permanece sin aclarar definitivamente. Lo que sí está documentado es que pasó años dentro de ese sistema, que fue sometida a tratamientos que hoy consideraríamos aberrantes y que la mujer que eventualmente salió de esa experiencia no era la misma que había entrado. El brillo se había apagado.
La fuerza que había hecho de ella una estrella había sido de alguna manera extirpada. Le Ericson se divorció de ella en 1942, el mismo año en que fue internada. No hubo declaraciones públicas elaboradas, no hubo grandes explicaciones frente a las cámaras. El divorcio ocurrió en silencio mientras Frances comenzaba su descenso hacia un lugar del que tardaría décadas en intentar salir.
¿Qué pasó realmente entre ellos en esos años? ¿Intentó Ericson protegerla? ¿Pudo hacer algo? Son preguntas que él nunca respondió en público con detalle. Era un hombre que guardaba sus cosas adentro, que no lavaba la ropa sucia frente a las cámaras. Pero quienes lo conocieron en los años posteriores aseguran que Francis Farmer nunca desapareció completamente de su memoria.
Hay heridas que los años cicatrizan por fuera, pero que por dentro siguen ahí, exactamente en el mismo lugar donde las dejaron. Francis volvió a actuar en los años 50 débilmente, sin la fuerza de antes. Escribió una autobiografía sobre lo que había vivido. Trabajó en la televisión local. Intentó reconstruir algo de lo que había sido.
Murió en 1970 a los 57 años. Consumida por el cáncer y por todo lo que vino antes del cáncer. Hollywood, que la había usado y destruido, apenas se detuvo para despedirla. Y un año después de la muerte de Francis, en 1971, ocurrió algo que golpeó a Lexson de una manera de la que, según quienes estaban cerca, nunca terminó de recuperarse del todo.
Su hijo, William Le Erikson, su único hijo, murió en un accidente de tráfico. El mismo año en que el gran Chaparral transmitió su último episodio. El mismo año en que terminó el proyecto más grande de su carrera, el personaje que lo había definido durante 4 años frente a millones de espectadores. En ese mismo año, la vida privada de Le Ericson recibió el golpe más duro de todos.
Un padre que entierra a un hijo no vuelve a ser exactamente el mismo. No importa cuánta fuerza haya demostrado antes, no importa cuántas guerras haya sobrevivido, no importa cuántos corazones púrpura cuelguen enmarcados en la pared, hay un dolor que no tiene comparación posible y Ericson lo conoció en el peor momento. Siguió trabajando. Los hombres de su generación no sabían hacer otra cosa que seguir adelante.
Apareció en películas, en series de televisión. en producciones de teatro. En 1976 se embarcó en una gira con Rock Hudson y Claire Trevor para una producción escénica y un crítico que lo vio en ensayo escribió que ese hombre alto y arrugado, con su cigarro entre los dientes y sus llaves colgando del bolsillo trasero, parecía más un tramollista que una estrella de Hollywood.
Era una descripción que Ericsson probablemente hubiera aceptado sin protesta. Nunca fue un hombre que necesitara parecer algo que no era. Pero lo que nadie sabía entonces es que el cuerpo de Le Ericson estaba librando ya su propia batalla silenciosa. Sus últimos años los pasó en Pensacola, Florida, junto a su esposa Ann. Navegaba cuando podía.
se alejó gradualmente del trabajo activo en la industria, aunque nunca desapareció del todo. Su última aparición en pantalla fue en un episodio de La isla de la fantasía en 1984, 2 años antes de que todo terminara. El cáncer llegó sin anunciarse, como llega siempre. Y en enero de 1986, Leikson fue internado en el Hospital Baptist de Pensacola.
Llevaba más de una semana hospitalizado cuando su hija Susan confirmó que su padre había fallecido. Tenía 74 años. Su agente, Jimmy McQue, quien lo había acompañado durante años de trabajo, dio quizás el mejor resumen de lo que había sido ese hombre. Pasaba mucho tiempo navegando, era lo que más le gustaba. Y luego añadió algo que vale la pena detenerse a escuchar. Era un hombre muy amable.
Un hombre muy amable. Eso es lo que quedó dicho cuando ya no había papeles que interpretar ni contratos que firmar. No el actor, no el veterano de dos guerras, no el patriarca del Gran Chaparral, el hombre y era un hombre muy amable. Los servicios fueron privados en Pensacola, como lo fue en gran medida su vida real.
La familia pidió que quienes quisieran honrar su memoria hicieran donaciones al Motion Picture and Television Country House and Hospital, el lugar donde la industria cuida a los suyos cuando ya no hay aplausos ni reflectores. El gran chaparral sobrevivió a su actor principal de una manera que ningún guion hubiera podido escribir mejor.
La serie que en los Estados Unidos pasó a la historia como un western sofisticado y adulto encontró su verdadera inmortalidad en América Latina. En México, en Venezuela, en Colombia, en toda esa geografía donde el público creció viéndola, el gran chaparral nunca terminó del todo. Sigue siendo parte de la memoria colectiva de millones de personas que recuerdan exactamente dónde estaban la primera vez que vieron aparecer ese rancho en la pantalla.
Y en el centro de esa memoria, como siempre, está Big John Cannon, está Le Ericson, el muchacho que cantaba en los campos de Texas mientras su padre quería que fuera carpintero, el marinero que sobrevoló el Pacífico en llamas y fue derribado dos veces y volvió. El fotógrafo que estuvo ahí cuando Japón se rindió y la guerra terminó.
El hombre que amó a una mujer a quien Hollywood destruyó. El padre que enterró a su único hijo, el actor que frente a las cámaras era el hombre más fuerte del oeste y que detrás de ellas era simplemente un hombre muy amable que prefería el mar a cualquier otra cosa. Ese es el legado de Lee Fericson. No está escrito en los premios que ganó ni en los contratos que firmó.
Está escrito en la memoria de quienes alguna vez se sentaron frente al televisor en familia, vieron aparecer el gran chaparral en la pantalla y sintieron que el mundo por un rato tenía exactamente el tamaño que debía tener. Y ahora queremos escucharte a ti. ¿Cuál fue tu episodio favorito de El Gran Chaparral? ¿Recuerdas la primera vez que viste a John Cannon en pantalla? ¿Y dónde estabas cuando lo viste? Cuéntanoslo en los comentarios.
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