El seminarista tenía 23 años. Había estudiado los cuatro evangelios. Había trabajado el Pentateuco. Había pasado un semestre completo en las cartas de Pablo. Conocía los salmos con una familiaridad que muchos sacerdotes de décadas envidiarían. Y cuando el Papa León de C le preguntó durante una visita al seminario, ¿cuántas veces había leído el Apocalipsis de principio a fin, el seminarista respondió con una honestidad que León reconoció inmediatamente como el síntoma de algo más grande que una laguna en la formación de un estudiante.
Nunca completo, Santo Padre. Lo hemos estudiado en fragmentos, algunas visiones, algunas cartas a las siete iglesias, pero nunca el libro entero, de principio a fin, como se lee un libro. León de no lo reprendió, lo miró con la expresión de alguien que no está sorprendido, pero sí profundamente preocupado. Y luego le dijo algo que el rector del seminario, que estaba presente escribió esa misma noche en su diario porque no quería olvidarlo.
Ese libro fue escrito para ser leído en voz alta a las comunidades en tiempos de persecución para que lo escucharan los que podían morir por su fe al día siguiente. Era el libro que la Iglesia primitiva consideró tan urgente que lo primero que dice es: “Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía. Una bendición especial para quienes lo leen.
La única bendición así en toda la Biblia. Y hoy ese libro es el menos leído, el menos predicado, el menos enseñado de todo el Nuevo Testamento. Esa inversión no ocurrió por accidente y tiene consecuencias que la Iglesia todavía no ha terminado de medir. Lo que León dijo a continuación, durante la hora que siguió a esa conversación inicial, fue una de las lecturas más directas del Apocalipsis que alguien en su posición había pronunciado en mucho tiempo, no como ejercicio académico, como advertencia pastoral.
Hay una razón por la que el Apocalipsis incomoda a la Iglesia moderna de una manera que ningún otro libro de la Biblia incomoda. No es porque sea difícil de entender, aunque lo es. No es porque su simbolismo sea denso y sus visiones sean perturbadoras, aunque lo son. Es porque dice cosas que la Iglesia contemporánea preferiría no tener que decir.
Dice que hay una batalla real entre el bien y el mal que no es metafórica. Dice que esa batalla tiene consecuencias eternas reales. Dice que el mundo se mueve hacia un juicio que nadie puede evitar. Dice que hay un enemigo real, activo e identificable. Y dice que la respuesta correcta ante todo eso no es la adaptación cultural ni el acomodo pastoral, sino la fidelidad radical, aunque cueste la vida.
Ninguna de esas cosas es fácil de predicar en una iglesia que lleva décadas tratando de ser relevante, accesible y no alarmante. Y sin embargo, dijo León, son exactamente las cosas que la Iglesia necesita decir con más urgencia en este momento. Robert Francis Prebost conoce el Apocalipsis desde la perspectiva que le da haber servido en contextos donde la fe cuesta algo real.
En el norte del Perú, donde ejerció durante años su ministerio, conoció a creyentes que entendían de manera visceral lo que significa mantenerse fiel en medio de una cultura que no comparte tu fe. Esa experiencia forma la manera en que lee el libro que fue escrito precisamente para ese tipo de creyentes. cuando fue elegido Papa el 8 de mayo de 2025.
León de trajo esa lectura al centro de la iglesia y lo que le dijo a ese seminarista de 23 años fue solo el comienzo de una conversación sobre el libro más ignorado de la Biblia que la Iglesia necesita urgentemente reabrir. Antes de entrar al contenido del libro, León estableció algo que consideró indispensable para que pudiera ser leído correctamente.
Una corrección sobre para qué fue escrito. El Apocalipsis no fue escrito como un manual de predicción de eventos futuros. No fue escrito para que generaciones de intérpretes pudieran calcular fechas, identificar al anticristo en cada líder político de su época o construir sistemas de teología profética basados en el orden preciso de los sellos y las trompetas.
fue escrito para comunidades concretas de creyentes que estaban siendo perseguidos, que estaban siendo presionados a renunciar a su fe, que estaban muriendo por negarse a quemar incienso ante el César y lo que les dio fue algo que tenían desesperadamente necesidad de recibir. La perspectiva de que lo que veían desde su posición vulnerable no era la historia completa.
Apocalipsis 1 3. La promesa con que el libro comienza. Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca, una bendición especial para quienes lo leen, la única promesa de bendición específica asociada a la lectura de un libro en toda la Biblia.
Eso solo debería hacer que cada creyente se preguntara qué está perdiendo al no leerlo. León identificó siete razones por las que el Apocalipsis es el libro más urgente de este momento. Siete dimensiones del libro que la Iglesia Moderna necesita recuperar. La primera dimensión fue la que León describió como la más necesaria para la salud espiritual de los creyentes en el mundo contemporáneo.
Vivimos en una cultura que produce ansiedad sobre el futuro a una escala sin precedente. Los creyentes absorben esa ansiedad de la misma manera que cualquier otra persona porque están expuestos a los mismos medios, a los mismos titulares, a la misma saturación de información sobre amenazas, crisis y catástrofes potenciales.
El Apocalipsis fue escrito para responder exactamente a esa ansiedad, no con optimismo vacío, con algo mucho más sólido, la revelación de quién está en el trono. Apocalipsis 4:2. La visión del trono que Juan recibe como la primera imagen fundamental del libro. Y al instante yo estaba en el espíritu y he aquí un trono establecido en el cielo y en el trono uno sentado.
El libro no comienza con la bestia, no comienza con el dragón, no comienza con las tribulaciones o los jinetes del Apocalipsis, comienza con el trono, con alguien sentado en él. Y esa imagen es el fundamento de todo lo que sigue. La bestia existe, el dragón existe, las potencias del mal son reales y activas, pero existen dentro de un universo donde hay un trono ocupado, donde hay alguien que no ha cedido el control, donde la historia no está en manos del caos, sino en manos de quien Juan describe como el que es, el que era y el que ha de venir.
León aplicó eso directamente a la situación del creyente contemporáneo. Cada vez que un creyente absorbe los titulares del día y siente que el mundo está fuera de control, necesita el apocalipsis, no para que le diga exactamente qué va a pasar, sino para que le recuerde que hay un trono, que ese trono está ocupado y que lo que parece caos desde la perspectiva humana es legible desde la perspectiva de quien está sentado en él.
Pero eso no es ni siquiera la parte más perturbadora de esta dimensión. Lo más perturbador es la consecuencia de no tener esa perspectiva. Un creyente sin la perspectiva del trono es un creyente que vive la historia desde el nivel de la bestia, que ve lo que la bestia quiere que vea, el poder, la amenaza, la inevitabilidad de su dominio.
El apocalipsis existe para elevar la perspectiva, para mostrar que el nivel donde la bestia parece invencible no es el nivel donde la historia se decide. La segunda dimensión fue la que León describió como la más directamente aplicable a la situación interna de la Iglesia contemporánea. Los capítulos 2 y 3 del Apocalipsis contienen siete cartas dictadas por Cristo a siete comunidades concretas del primer siglo y son el texto más diagnóstico sobre el estado de la Iglesia que existe en toda la escritura.
más directo que cualquier carta de Pablo, más específico que cualquier profeta del Antiguo Testamento, porque no son cartas sobre la Iglesia en abstracto, son cartas de Cristo a comunidades reales con sus virtudes reales, sus pecados reales, sus áreas de fidelidad y sus áreas de compromiso. Y el hecho de que estén en el libro que la Iglesia menos lee explica en parte por qué la iglesia moderna tiene tan poca capacidad de diagnosticar su propio estado.
León recorrió brevemente los diagnósticos de Cristo a cada una de las siete. A Efeso. Tienes buena doctrina y no toleras el mal, pero has abandonado tu primer amor. La ortodoxia sin amor produce exactamente el tipo de iglesia que ahuyenta a quien busca a Dios. A Esmirna. Estás en pobreza y tribulación, pero eres rica. A esta iglesia Cristo no le hace ningún reproche.
Es la única de las siete y es la que más sufre externamente. La correlación no es accidental. A Pérgamo, vives donde Satanás tiene su trono, pero retienes mi nombre. Sin embargo, toleras enseñanzas que no deberías tolerar. La fidelidad en la persecución, coexistiendo con la tolerancia al error interno. Atira, tu amor y tu servicio crecen, pero toleras a Jezabel, la Iglesia que crece numéricamente y en obras, mientras tolera en su interior una voz que seduce a sus miembros hacia la inmoralidad.
Asis, tienes reputación de estar viva, pero estás muerta. La iglesia que desde afuera parece próspera y activa y que por dentro ha perdido lo que la hacía viva. A Filadelfia tienes poca fuerza, pero has guardado mi palabra y no has negado mi nombre. A esta iglesia Cristo abre puertas que nadie puede cerrar, no porque sea la más grande ni la más activa, porque ha sido fiel a la odisea, ni frío ni caliente, tibio.
Dices que eres rico y no necesitas nada y no sabes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo. León de se detuvo aquí más tiempo que en ninguna otra. Esa última descripción, la de la odisea, es la que con más frecuencia reconozco en conversaciones sobre el estado de la iglesia contemporánea en el mundo occidental.
Una iglesia que cree que está bien porque tiene edificios, presupuestos, programas y presencia institucional, sin saber que en términos de lo que realmente importa es miserable, pobre, ciega y desnuda. Pero eso no es ni siquiera la parte más perturbadora. Lo más perturbador es lo que Cristo dice inmediatamente después de ese diagnóstico sobre la odisea.
Apocalipsis 3:20. He aquí, yo estoy a la puerta y llamo. Esa imagen tan frecuentemente usada para hablar de la evangelización personal fue dicha originalmente a una iglesia. Cristo llamando desde afuera a una comunidad que lleva su nombre, no a un no creyente, a una iglesia. Esa imagen debería producir en cualquier líder eclesial una incomodidad que no se resuelva fácilmente.
La tercera dimensión fue la que generó más silencio en la sala del seminario. Hay una tendencia en la iglesia contemporánea que puedo entender, pero que no puedo aprobar. La tendencia a hablar del mal en términos sistémicos, estructurales, sociológicos y a evitar hablar del mal en términos de un enemigo personal e inteligente que tiene objetivos específicos.
El Apocalipsis no tiene esa tendencia. El Apocalipsis nombra al enemigo con una especificidad que resulta incómoda para quienes prefieren una cosmología espiritual más abstracta. Apocalipsis 129. La identificación más completa del enemigo en todo el libro. Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama y Satanás, el cual engaña al mundo entero.
Cuatro nombres. El gran dragón, su poder, la serpiente antigua, su historia que se remonta al Génesis, el el acusador, Satanás, el adversario y una función específica engaña al mundo entero. El Apocalipsis no describe a Satanás como una metáfora del mal estructural humano. Lo describe como un ser con historia, con estrategia, con un objetivo específico que es el engaño a escala global.
y con un tiempo que sabe que es limitado, lo cual lo hace más peligroso, no menos. León fue directo sobre las consecuencias pastorales de no nombrarlo. Una iglesia que no enseña a sus fieles sobre la naturaleza, los métodos y los objetivos del enemigo, no está siendo más sofisticada que la iglesia primitiva. Está siendo menos equipada porque el enemigo no dejó de existir, porque dejáramos de hablar de él.
solo ganó la ventaja táctica que siempre busca, que su presencia no sea reconocida. Apocalipsis 12:11. La respuesta que el Apocalipsis da sobre cómo los creyentes vencen al enemigo y ellos le han vencido por medio de la sangre del cordero y de la palabra del testimonio de ellos y menospreciaron sus vidas hasta la muerte.
Tres elementos. La sangre del cordero. La obra de Cristo que ningún esfuerzo humano puede reemplazar. La palabra del testimonio, la declaración pública y valiente de lo que Cristo ha hecho y el menosprecio de la propia vida, la disposición a perder lo que el mundo valora antes que perder lo que Dios valora.
Esa es la estrategia de victoria que el Apocalipsis propone. No es cómoda, pero es la única que el libro identifica como efectiva. Pero eso no es ni siquiera la parte más perturbadora. Lo más perturbador es Apocalipsis 12. Por lo cual alegraos, cielos, y los que moráis en ellos. Hay de los habitantes de la tierra y del mar, porque el ha descendido a vosotros con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo.
Gran ira, porque tiene poco tiempo. Un enemigo que sabe que su tiempo es limitado no reduce su actividad, la intensifica. La iglesia que entiende eso no puede permitirse la tibieza. La cuarta dimensión fue la que León describió como la más malentendida del libro entero. Hay una palabra que se repite en las siete cartas con una consistencia que no puede ser accidental.
A cada una de las siete iglesias, Cristo le hace una promesa que comienza con la misma condición. Al que venciere. Al que venciere le daré a comer del árbol de la vida. Al que venciere no le dañará la segunda muerte. Al que venciere le daré el maná escondido. Siete promesas extraordinarias, todas condicionadas a la misma cosa, vencer.
Y la pregunta que esa repetición exige es, ¿qué significa vencer en el vocabulario del Apocalipsis? León de respondió esa pregunta con una precisión que sorprendió al rector del seminario. El Apocalipsis define la victoria de manera completamente contrainttuitiva. El cordero venció siendo sacrificado. Los mártires vencieron muriendo. Las iglesias fieles vencen no eliminando al enemigo, sino manteniéndose fieles bajo presión.
Apocalipsis 5: 5 de junio. El león de Judá que venció es presentado inmediatamente como un cordero que estaba como inmolado. La victoria en el Apocalipsis no tiene la apariencia de victoria según los estándares del mundo. Tiene la apariencia de derrota, que en la perspectiva de Dios es triunfo. Eso tiene implicaciones enormes para cómo la Iglesia entiende su misión en el mundo.
No estamos llamados a conquistar culturalmente, a dominar políticamente, a ser la fuerza más poderosa en el escenario público. Estamos llamados a ser fieles, a mantener el testimonio, a amar con la disposición del cordero, que es la disposición de quien da todo sin garantía de recompensa inmediata. León fue directo sobre por qué esa definición de victoria es difícil para la Iglesia contemporánea.
Vivimos en una cultura que define el éxito en términos de crecimiento, visibilidad, influencia y poder. Esa definición ha infiltrado a la Iglesia de maneras que ni siquiera siempre reconocemos. Y el Apocalipsis llega a interrumpir esa definición con una que resulta radicalmente diferente. Vence el que permanece fiel, aunque pierda todo lo que el mundo llama éxito.
Pero eso no es ni siquiera la parte más perturbadora. Lo más perturbador es lo que el Apocalipsis dice sobre los que no vencen. No los enemigos declarados de la fe, los tibios, los que cedieron un poco, los que hicieron un compromiso pequeño que parecía razonable en el momento. Apocalipsis 218.
incluye a los cobardes en la primera posición de la lista de los que tendrán su parte en el lago de fuego. Cobardes, antes que los asesinos, los inmorales y los idólatras, los que tuvieron fe y la escondieron cuando el costo de mostrarla se volvió demasiado alto. La quinta dimensión tocó algo que León consideró directamente aplicable a la situación de la iglesia en el mundo occidental contemporáneo.
Hay en el Apocalipsis una figura llamada Babilonia. Y Babilonia no es simplemente un sistema político malévolo que será destruido en algún punto del futuro. Es una descripción de la tentación permanente que el mundo ejerce sobre la Iglesia. La tentación de la comodidad, la prosperidad, el acomodo y la influencia a cambio de la fidelidad.
Apocalipsis 18:4. El llamado que sale de Babilonia. Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipes de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas. Salid de ella. Eso no es un llamado al aislamiento físico del mundo. Es un llamado a la no participación espiritual en la lógica de Babilonia.
Acumula, exhibe, consume y define el éxito en términos de cuánto tienes y cuánto te admiran. León fue específico sobre cómo Babilonia opera en el contexto contemporáneo. La Iglesia que busca relevancia cultural a cualquier precio está siendo seducida por Babilonia. La Iglesia que suaviza su mensaje para no perder asistentes está haciendo negocios con Babilonia.
El creyente que decide cuánto de su fe expresa públicamente según el costo social que eso tiene, está calculando con la lógica de Babilonia. Y Apocalipsis 187 describe la actitud característica de Babilonia con una frase que debería sonar familiar a cualquier observador de la cultura contemporánea. Yo estoy sentada como reina y no soy viuda y no veré llanto.
La convicción de que la prosperidad actual es permanente, la incapacidad de imaginar la propia vulnerabilidad. La certeza de que el estilo de vida actual no tiene consecuencias. Pero eso no es ni siquiera la parte más perturbadora. Lo más perturbador es la velocidad con que Apocalipsis 18 describe la caída de Babilonia. En una hora vino tu juicio. En una hora.
Lo que parecía permanente, lo que parecía tan sólido, que nadie podía imaginar su fin, cae en una hora. Y los que construyeron su vida sobre eso lloran desde lejos sin poder acercarse porque tienen miedo de lo que está cayendo. Esa imagen debería producir en el creyente una pregunta honesta. ¿Sobre qué estoy construyendo? Sobre lo que el Apocalipsis describe como el cordero y la nueva Jerusalén o sobre lo que describe como Babilonia.
La sexta dimensión fue la que León describió como la más necesaria para las personas que están en sufrimiento activo. Hay una pregunta que aparece en el Apocalipsis, que es la pregunta más honesta que puede hacer un creyente que está sufriendo injustamente. Está en Apocalipsis 6:10. Y la hacen las almas bajo el altar, los mártires, los que dieron su vida por la fe.
¿Hasta cuándo, Señor santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre en los de la tierra? ¿Hasta cuándo? No es una pregunta de duda, es una pregunta de dolor. La pregunta del creyente que ha perdido todo y que mira el mundo donde quienes lo destruyeron siguen prosperando y pregunta, ¿dónde estás? ¿Cuánto más? Y la respuesta que el libro da no es una explicación teológica del sufrimiento, es una imagen.
A esas almas se les da una ropa blanca y se les dice que esperen un poco más. La respuesta de Dios al hasta cuándo. No es una explicación, es su presencia, su reconocimiento del dolor y la promesa de que la historia no termina aquí. León habló sobre esto con una emoción que el rector del seminario notó y que describió después como el momento más personal de toda la conversación.
He estado con personas que me han hecho esa pregunta con los ojos, no con las palabras, con los ojos. personas que perdieron un hijo, personas que fueron traicionadas por la iglesia que debería haberlas protegido, personas que dieron toda su vida en el servicio y que al final se encontraron solas y olvidadas.
Y la pregunta en sus ojos era exactamente la del Apocalipsis, ¿hasta cuándo? El Apocalipsis no da una respuesta fácil a esa pregunta, pero da algo más valioso que una respuesta fácil. Da la certeza de que la pregunta fue escuchada, de que las almas bajo el altar no fueron ignoradas, de que él hasta cuándo llegó al trono y de que el juicio que esas almas piden no fue suspendido por indiferencia, sino diferido por misericordia hacia los que todavía tienen tiempo de arrepentirse.
Pero eso no es ni siquiera la parte más perturbadora. Lo más perturbador es lo que el libro dice sobre el fin del sufrimiento con una concreción que ningún otro texto bíblico iguala. Apocalipsis 21 4. Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor.
Porque las primeras cosas pasaron toda lágrima, no algunas, no las que en retrospectiva parecen justificadas. toda lágrima. Ese versículo no es sentimentalismo religioso, es la promesa más concreta del libro, más concreto de la Biblia. Y la persona que lo ha leído en medio de su sufrimiento tiene un ancla que la persona que no lo ha leído simplemente no tiene.
León de guardó esta dimensión para el final y cuando comenzó a hablar de ella, el seminarista que había admitido nunca haber leído el apocalipsis completo, que había estado tomando notas durante toda la conversación, dejó el bolígrafo sobre la mesa. No porque hubiera terminado de escribir, porque lo que León estaba diciendo no cabía en notas.
El último capítulo del Apocalipsis termina con algo que la mayoría de las personas que han llegado al final del libro no saben cómo interpretar. Después de todas las visiones, todas las tribulaciones, todos los juicios, todas las promesas de la nueva Jerusalén, el libro termina con una conversación, una conversación entre Juan y Cristo.
Y lo que Cristo dice en esa conversación es lo más urgente de todo el libro. Apocalipsis 22:1. He aquí, yo vengo pronto y mi galardón conmigo para recompensar a cada uno según sea su obra. Apocalipsis 22:17. Y el espíritu y la esposa dicen, “Ven.” Y el que oye, diga, “Ven.” Y el que tiene sed, venga.
Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente. Apocalipsis 22:20. El que da testimonio de estas cosas dice, “Ciertamente vengo en breve.” Amén. Sí. Ven, Señor Jesús. León habló despacio, como quien sabe que cada palabra que sigue necesita espacio para aterrizar. El libro que comenzó con una bendición para quien lo lee termina con una invitación y con una oración.
La invitación, ven. Dirigida a cualquiera que tiene sed, a cualquiera que quiera, sin condición de mérito, sin requisito de haber entendido todo lo que vino antes. Solo sed, solo querer. Y la oración, ven, Señor Jesús. La última oración de la Biblia no es una oración sobre el futuro en abstracto. Es la oración de Juan, que acaba de ver todo lo que el libro contiene, incluyendo las tribulaciones, los juicios y los terrores, y que después de verlo todo, lo que quiere no es un sistema de interpretación profética ni una
cronología del fin de los tiempos. Lo que quiere es a Cristo. Pronto, León miró al seminarista directamente. Ese es el efecto que el Apocalipsis debería producir en quien lo lee completo. No terror, no fascinación con los detalles de los eventos futuros, no la satisfacción académica de haber desentrañado un sistema simbólico complejo, un deseo, un hambre, un ven, Señor Jesús, que salga del corazón de alguien que ha visto lo suficiente para saber que cualquier cosa que este mundo ofrece no es suficiente.
Ese es el libro que la Iglesia moderna ha decidido no leer. y esa decisión tiene un costo que todavía no hemos terminado de pagar. Hizo una pausa. ¿Cuándo fue la última vez que terminaste un tiempo con el Apocalipsis con el deseo genuino de que Cristo viniera pronto? Esa pregunta no es retórica. Es el termómetro más preciso que conozco para medir el estado del alma de un creyente.
Y esa sí es la parte más perturbadora de todo. No los sellos, no las trompetas, no la bestia ni el número de su nombre. La pregunta más perturbadora del Apocalipsis es la última, la que el libro deja resonando después de que se cierra. Ven, Señor Jesús. O todavía no, porque todavía tengo cosas que quiero hacer aquí antes de que llegues.
Siete dimensiones, no siete interpretaciones del futuro. Siete razones por las que el libro más ignorado de la Biblia es también el más urgente para la situación concreta de la Iglesia y del creyente en este momento. El trono que revela quién controla la historia. Las cartas que diagnostican el estado real de la iglesia.
El enemigo que la Iglesia moderna prefiere no nombrar. La definición de victoria que invierte todos los estándares del mundo. El costo real del compromiso con Babilonia. La respuesta bíblica al sufrimiento que pregunta hasta cuándo y el último mensaje que no habla del futuro, sino del estado del corazón. Ahora, León terminó esa conversación en el seminario con una instrucción que el rector del seminario incorporó al plan de estudios antes de que terminara el semestre.
Leían el Apocalipsis de principio a fin, en voz alta, si pueden, como fue diseñado para ser leído una sola vez. Y cuando lleguen al final, al Señor Jesús, deténganse y pregunten honestamente si eso es lo que su corazón dice en ese momento. Si la respuesta es sí, el libro habrá hecho en ellos lo que fue escrito para hacer.
Si la respuesta es no todavía, eso también es información importante, porque el libro fue escrito precisamente para los que todavía no están listos para mostrarles lo que está en juego y para invitarlos a estarlo. Bienaventurado el que lee. La bendición con que el Apocalipsis comienza es real y está disponible para cualquiera que decida finalmente abrir ese libro y no cerrarlo hasta el final.
Ven, Señor Jesús.