Las hermanas Montalbán: el horno que no ardía con leña. El caso ocultado durante 20 años

14 de septiembre de 1969, Sierra Máina, provincia de Jaén. Aldea de Valde Aceituna, a unos 40 km de hubedad. El guardia civil Luis Rueda está de pie en medio de un patio encalado y no consigue respirar. No es por el calor, aunque septiembre en aquella parte de Jaén todavía cae como una manta húmeda sobre los hombros.

No es por el polvo, aunque el suelo del patio es de tierra pisonada y el viento arrastra una harina rojiza que se pega a las botas, es por el olor. El horno de leña que tiene delante está encendido. La boca de ladrillo resume una claridad roja, como si dentro hubiera un animal vivo.

Las paredes de barro y cal se han cuarteado en la parte alta. El calor llega hasta la cara desde varios pasos de distancia, pero el humo que sale por la chimenea no es el de una hornada normal. Es espeso, dulzón, pesado, con un regusto que no se queda en la nariz, sino en el estómago y lo aprieta como un puño.

Rueda lleva poco tiempo destinado en la comarca. Tive 26 años. Salió de la academia con la cabeza llena de reglamentos, de hurtos de aceituna, de peleas de taberna y de discusiones por lindes. Nadie le preparó para esto. Junto al horno, sentada en una silla baja de Anea, hay una mujer grande, ancha de hombros, con las manos fuertes manchadas de ceniza hasta los antebrazos.

Lo mira desde abajo sin parpadear y no dice nada. Sobre las rodillas tiene una hogasa redonda, todavía caliente, dorada por encima, con un poco de ajonjolí y matalauba. Se llama Carmen Montalván. Tiene 34 años. Sus panes son los mejores de todo valde aceituna. La gente hace cola desde temprano para comprarlos.

Algunos bajan desde cortijos cercanos, otros se desvían desde la carretera de Úveda cuando saben que ella ha encendido el horno. Dentro de unas horas, el capitán Manuel Aranda, de la comandancia de la Guardia Civil de Jaén, removerá la ceniza de ese horno y encontrará algo capaz de hacer palidecer incluso a un hombre que lleva más de una década viendo muertos.

fragmentos de hueso humano, tres dientes, uno con funda de oro y una evilla de cinturón de hombre retorcida por el fuego. Pero eso será dentro de unas horas. Ahora Luis Rueda está en el patio mirando la boca del horno y solo intenta entender una cosa. ¿Por qué el mejor pan de baldeceituna huele como si dentro no ardiera encina? Para entender cómo dos hermanas calladas de un pueblo andaluz convirtieron el horno familiar en un crematorio, hay que volver casi 2 años atrás.

al otoño de 1967, cuando desapareció el primer hombre. Si os gustan estas historias, quedaos hasta el final, porque en los pueblos pequeños no siempre se ocultan mejor los secretos. A veces, simplemente todo el mundo aprende a no mirar. Baldeceituna no aparece en los mapas grandes. Es una aldea de unas 300 casas blancas pegada a un camino secundario entre Úveda y los Olivares de Sierra Mágina.

Para llegar hay que dejar la carretera principal, pasar junto a una ermita con la puerta verde, cruzar un arroyo casi seco y subir 2 km por un carril de polvo en verano y barro en invierno. una calle larga, la plaza, la iglesia de San Miguel, el Ayuntamiento con la bandera en el balcón, el cuartelillo de la Guardia Civil, la Cooperativa Olivarera  Nuestra Señora del Carmen, una escuela de niñas, otra de niños, un consultorio donde el practicante venía dos tardes por semana y una tienda de ultramarinos que fiaba a

media aldea hasta la recogida de la aceituna. 1967, España seguía bajo franco. En Madrid se hablaba de desarrollo, de turistas en la costa, de fábricas nuevas y de televisores en los escaparates. En Valdeceituna esas palabras llegaban como una emisora mal sintonizada. Allí mandaban otras cosas: el alcalde, el cura, el cabo del puesto, el dueño del Almazara, la mirada de los vecinos y el miedo a que el apellido de una familia quedara manchado para siempre.

La aceituna marcaba el calendario más que cualquier decreto. En invierno se variaaban los olivos, en primavera se limpiaban los ruedos. En verano se aguantaba la sed, en otoño se midaba el cielo esperando que no viniera una lluvia mala a estropearlo todo. El patio de las Montalbán quedaba en el extremo oriental de la aldea, el último antes de que empezaran los olivares.

La casa era antigua, de muros gruesos, encalada cada primavera con una devoción casi religiosa. Tenía un saguán fresco, una cocina negra de humo, dos alcobas, un corral con gallinas, un cobertizo para la leña y al fondo del patio el horno de pan. No era un horno cualquiera, era un horno de obra hecho con ladrillo viejo, barro, cal y paciencia, con una bóveda baja que retenía el calor durante horas.

Había pertenecido al abuelo de las hermanas. Las mujeres del pueblo decían que un horno así era una bendición. Si caían buenas manos y una ruina si lo tocaba a un la torpe. En las tardes de verano, cuando el sol bajaba detrás de los cerros y las sombras de los olivos se alargaban sobre la tierra, Baldasituna apareció un sitio quieto, casi dormido.

Pero no era silencio lo que había allí, sino vigilancia. Cada puerta sabía quién entraba en la de enfrente. Cada persiana entraabierta era una boca que no hablaba de día y contaba por la noche. Las mujeres iban a la fuente con cántaros de Sink y volvían con noticias. Los hombres fingían no escuchar, apoyados en la barra de la taberna, mientras el vino peleón les aflojaba la lengua.

En un lugar así, desaparecer no era fácil. Por eso, cuando alguien desaparecía, el pueblo necesitaba creer enseguida una explicación sencilla. Marchó la vendimia, se fue con otra, se metió en líos, cualquier cosa antes que admitir que el mal podía estar al lado amasando pan. El horno de las Montalbán ocupaba el centro del patio como una pieza heredada de otro siglo.

No era una taona grande, con mostrador y licencia visible en la puerta, sino un horno familiar levantado  por el abuelo de las hermanas con ladrillo viejo, barro de barranco, calviva y paciencia de pobre. Tenía una boca baja, una bóveda profunda y una chimenea torcida que asomaba por encima del muro. Allí se cocían hogas para la casa, tortas de aceite cuando había fiesta, pimientos asados en verano y a veces cazuelas que las vecinas dejaban encargadas antes de ir al campo.

Nadie preguntaba demasiado por un horno que ardía bien. En los pueblos, lo útil se perdona pronto. En las manos de Carmen, el horno pareció obedecer. Ella encendía la leña antes de que amaneciera. En Cinaca, Ramón de Olivo, haces de sarmiento cuando había esperaba que la bóveda se pusiera blanca, barría las brasas hacia un lado con una escoba húmeda y metía las hogas con una pala.

El pan salía con la corteza crujiente y la amiga prieta, de esas que aguantan aceite, tomate y un pellizco de sal sin deshacerse. Los domingos hacía tortas de aceite en cuaresma roscos sencillos para las fiestas si alguien se lo pedía, o chíos con pimentón y un brillo de aceite por encima.

Carmen Montalbán y Rosario Montalbán eran hermanas y solteras. En una aldea andaluza de aquellos años eso era casi una condena. Una mujer sin marido era siempre una pregunta abierta y a las preguntas abiertas los pueblos les ponen respuestas crueles. Carmen, la mayor tenía 34 años cuando empezó todo. Era alta para lo acostumbrado, fuerte de brazos, con el rostro ancho, la piel curtida por el horno y unos ojos oscuros que no parecían mirar sino pesar.

Hablaba poco. Cuando lo hacía, la frase salía corta y exacta, como un corte limpio. Rosario, la menor, tenía 28 años. Era delgada, nerviosa, rápida, con una cara afilada y unos ojos claros que en el pueblo llamaban de gato. Reía destiempo. Podía estar despachando pan y quedarse quieta de repente, mirando una mancha de cal en la pared, como si hubiera oído una voz que los demás no oían.

Luego volví en sí y seguí hablando como si nada. Las vecinas le decían rosarillo la ida, no siempre con maldad. Ella llevaba las cuentas, cobraba, envolvía las hogas en papel destrasa, llenaba la tinaja de agua y avivaba el horno cuando Carmen se lo mandaba. Carmen hacía el pan. Rosario ponía la cara a negocio.

Cada mañana, antes de que el sol tocara la espadaña de la iglesia, ya había cola en la puerta. Mujeres con mandil, jornaleros camino del tajo, muchachos con una perra chica en la mano, algún camionero que se había enterado en la venta de que allí se vendía pan bueno. La hogaza costaba unas pecetas, la torta de aceite, algo más.

No era riqueza, pero bastaba para vivir sin pedir favor. Y en Valdeceituna, no pedir favor era casi una forma de independencia. Carmen y Rosario no tenían puesto en el mundo que les hubiera sido concedido. Tuvieron que fabricarlo con harina, agua, sal y leña. Aquello importaba más de lo que parecía. Una mujer casada pertenecía a una casa, una viuda a una memoria, una muchacha a una espera.

Dos hermanas adultas, sin marido, sin padre visible y sin hijos, quedaban fuera de las frases normales. El pan las protegió. Quien vende pan caliente no es exactamente una pobre ni una descarriada, es alguien a quien se necesita. Y en Valde Aceituna, donde se podía perdonar un pecado antes que una malaza, las Montalbán se hicieron necesarias.

Rosario era la que recibía la gente. Sabía cuánto debía cada familia, quién pagaba el contado y quién pedía fiado hasta que llegara la campaña de la aceituna. guardaba las pecetas en una lata redonda de membrillo y llevaba la cuenta con rayas torcidas en un cuaderno viejo. Carmen, en cambio, parecía hablar con la masa. Metía los brazos hasta los codos en arteza, apretaba, doblaba, hundía los nudillos, esperaba. No necesitaba reloj.

Sabía por el olor cuando el fermento estaba vivo y cuando el horno pedía más encina. El pueblo confundió esa precisión con virtud. Nadie pensó que una mujer capaz de esperar el punto exacto de una masa también podía esperar el punto exacto de una noche. La vecina de al lado, Francisca Lozano, a quien todos llamaban tía Paca, diría años después ante el juez que las hermanas eran buenas muchachas. Raras, sí, pero buenas.

Carmen era como una piedra y Rosario como agua nerviosa. Una piedra y un arroyo. Separadas, poca cosa, juntas, fuerza. Pero una fuerza que no me gustaba del todo. Yo lo notaba. Lo que pasa es que hacían un pan que sabía gloria. Eran limpias, saludaban y no se metían con nadie. En un pueblo a veces con eso basta para que una no pregunte más.

Pero para entender de dónde salió la oscuridad que terminó en aquel horno, hay que mirar más atrás a un hombre que en esa casa no se pronunciaba. Antonio Montalbán. Antonio nació en Valde Aceituna a comienzos de siglo. Creció pobre, duro y rabioso. Durante la guerra lo movilizaron y volvió con una pierna mala, una medalla que enseñaba cuando bebía y algo dentro que entonces nadie sabía nombrar.

Hoy quizás se hablaría de trauma, de heridas que no se ven. En aquel tiempo se decía solo que Antonio había vuelto atravesado. Empezó a beber aguardiente casi desde el primer día. No trabajaba de continuo, la pierna le dolía decía. Vivía de chapuzas, de una pensión escasa y de lo que su mujer, Dolores, sacaba cociendo, lavando ropa ajena y haciendo pan para otros cuando todavía conservaba fuerzas.

Dolores era una mujer pequeña, morena, de voz baja. Se casó joven, demasiado joven. Al año nació Carmen, a los 6 años Rosario. Dolores aguantó lo que muchas mujeres aguantaban. Entonces, porque todos le decían que el matrimonio era cruz y que una cruz no se tira al suelo porque pese.

Si el marido bebía, se rezaba, si pegaba, se callaba. Si los gritos atravesaban las paredes, las vecinas cerraban las ventanas. El cura aconsejaba paciencia. El cabo decía que los asuntos de marido y mujer eran de la casa. Las niñas aprendieron pronto que en Valdeceituna las puertas no se abrían para salvar a nadie. Se cerraban para no oír lo que Antonio hizo a sus hijas.

Solo salió la luz muchos años después durante los interrogatorios. Carmen lo contó sin lágrimas, con una sequedad que hizo bajar la vista al escribiente. Dijo que empezó cuando eran pequeñas. Dijo que su madre lo sabía y no podía o no quería detenerlo. Dijo que Rosario durante un tiempo dejó de hablar.

dijo que ella aprendió a dormir sin dormir con un oído pegado a la noche. En 1949, cuando Carmen tenía 16 años y Rosario 10, Dolores se colgó en el cobertizo con una cuerda de tender. La encontró Carmen al amanecer cuando fue a dar de comer a las gallinas. Los pies de su madre quedaban a un palmo del suelo de tierra. En la cara no había espanto, solo cansancio.

La enterraron deprisa, con misa pobre y dos sirios prestados. Antonio lloró en el patio, borracho, con la camisa abierta y la medalla colgando del pecho. Una semana después metió en la casa a una viuda de Úveda con dos hijos y echó a sus hijas. “Id donde os quieran, aquí estorbáis.” Les dijo, “Dolores. La madre no dejó carta. En una casa donde todo se tragaba, ni siquiera la muerte encontró palabras.

El cura dijo en voz baja lo que tocaba decir. Las vecinas llevaron café, una cazuela de garbanzos y mantas negras. Y Antonio lloró lo justo para que lo vieran. Carmen no lloró delante de nadie, solo lavó el cuerpo de su madre con agua tibia y las manos tan firmes que tía Paca, que la ayudaba, sintió miedo. Rosario, todavía niña, se quedó sentada junto a la puerta del cobertizo, mirando la cuerda como si fuera una culebra dormida.

Desde aquel día cualquier cosa que colgara del techo le daba náuseas. Antonio no fue un monstruo de esos que el pueblo reconoce y expulsa. era peor. Era un hombre tolerado. Había vuelto de la guerra con una cojera, una medalla guardada en una caja y un oscuridad que todos preferían llamar genio. Bebía aní seco y vino agrio, rompía platos, daba puñetazos en la mesa, salía a la calle con la camisa abierta y luego se sentaba en misa como si Dios también tuviera que apartarle sitio.

Las mujeres sabían, los hombres sabían, el cura sabía, pero en aquellos años una puerta cerrada era frontera. Lo que pasaba dentro de una casa se quedaba dentro, aunque los gritos cruzaran los muros encalados. Carmen tenía 16 años, Rosario 10. Durmieron primero en la sacristía, hasta que el cura dijo que aquello no podía seguir, que la gente hablaba.

Luego tía Paca les dejó un rincón en su corral junto a los sacos de cebada. Carmen se puso a recoger aceituna, a lavar, a amasar para otras casas. Rosario volvía a la escuela a ratos, pero muchas mañanas escapaba al arroyo seco y hablaba sola, sentada sobre una piedra. Al invierno siguiente, Antonio desapareció.

La viuda fue al ayuntamiento y dijo que Antonio había salido de noche, borracho, y no había vuelto. Lo buscaron por cumplir. Miraron en las cunetas, en la venta, en los olivares más cercanos. preguntaron en Úveda y en la estación de Baesa. Nadie lo había visto. Se dijo que habría caído un barranco, que se habría ido contra tantes, que lo habrían matado por una deuda de taberna.

No hubo diligencias serias, un borracho violento, sin oficio fijo, con una familia rota. ¿Quién iba a gastar tiempo en él? La viuda recogió sus cosas y se volvió a Úveda. La casa quedó vacía. Entonces Carmen, que ya había cumplido 17, fue al ayuntamiento y pidió que le dejaran volver. El alcalde, un hombre grueso con bigote fino y chaqueta de pana, se encogió de hombros.

“Vivid ahí si queréis, nadie lo reclama”, dijo. Y las dos hermanas regresaron a la casa de su infancia. Lo primero que hizo Carmen fue limpiar. sacó la ropa de su padre, sus botas, la gorra vieja, la navaja sin filo, las botellas vacías, lo quemó todo en el horno. Después encaló las paredes, arregló el tejado, plantó geranius junto al pozo y se puso a hacer pan.

Nadie sabía de dónde había aprendido. Su madre no había tenido tiempo de enseñarle en condiciones, pero las manos de Carmen parecían recordar por su cuenta. Las primeras hogazas salieron torcidas y negras por debajo. Rosario las comía igual y decía que estaban buenas. Al mes salieron decentes, a los dos meses buenas.

A los 6 meses la gente empezó a hacer cola. La vuelta a la casa no  fue un regreso, sino una ocupación. Carmen abrió ventanas que llevaban meses cerradas, sacó colchones al sol, raspó manchas de las paredes y quemó en el horno lo que olía Antonio. No lo hizo con furia visible, lo hizo como se desinfecta una herida, sin prisa, sin piedad.

Rosario la seguía de habitación en habitación cargando cubos, escobas, trapos. Cuando el humo subió aquella primera tarde, Tia Paca creyó que estaban quemando basura. Carmen miraba las llamas con los brazos cruzados. No había satisfacción en su cara, pero sí una especie de orden nuevo, una casa que por fin obedecía. Al principio el pan salía torcido, las hogazas se abrían por un lado, quedaban crudas en el centro o se endurecían demasiado pronto.

Carmen no se desesperó. Tiraba las piezas malas a las gallinas, limpiaba la pala, volvía a amasar. preguntó poco y observó mucho. Miraba cómo trabajaban las mujeres mayores cuando llevaban sus cazuelas al horno común de la aldea vecina. Escuchaba comentarios sobre la harina de trigo recio, sobre la levadura madre, sobre la leña de olivo que da calor largo y la de Sarmiento que prende rápido.

En unos meses aprendió lo que otras habían heredado de abuelas y madres y lo que no aprendió de nadie lo puso ella. Una paciencia seca, casi mineral. Así encontraron su sitio las Montalbán, no por un marido, no por hijos, no por familia que las amparara, sino por el horno y por el pan. Durante años vivieron así, quietas, limpias, trabajadoras.

Carmen más callada cada temporada, Rosario más rara y más ligera, como si una parte de ella no terminara de tocar el suelo. Hubo pretendientes. Un mozo del Almazara quiso hablar con Rosario. Un viudo con tres críos preguntó por Carmen. Las dos veces Carmen dijo que no. En esta casa no nos hacen falta hombres, sanjó.

La frase corrió de boca en boca. Unos dijeron que eran orgullosas, otros que estaban tocadas. otros que la casa estaba por la muerte de Dolores y la desaparición de Antonio. Tiapaca oyó incluso que ningún hombre que entrara en aquella casa saldría entero. En aquel momento era solo una habladuría. Más tarde sonaría como una profecía.

En el otoño de 1967 desapareció Rafael Heredia. Rafael tenía 40 años, era tractorista de la cooperativa y vivía solo en una casa baja del extremo occidental del pueblo. Había sido guapo de joven, alto, de bigote negro y espalda de jornalero fuerte. se casó con una muchacha de Baeza y tuvo un hijo, pero el aguardiente le fue comiendo el carácter.

Primero un vaso al acabar la jornada, luego dos antes de comer, luego la botella escondida detrás del saco de pienso. Su mujer aguantó unos años hasta que una noche se marchó con el niño y no volvió. Rafael quedó con el tractor, la cama deshecha y una soledad que curaba mal con vino peleón. En noviembre, terminada una campaña dura, Rafael se emborrachó durante varios días.

Se le acabó el dinero y empezó a pedir fiado por el pueblo. ¿Cómo llegó a la casa de las Montalbán? No se supo nunca con certeza. Según Carmen, apareció al caer la tarde, ya bebido, pidiendo una hogaza a cuenta. Ella se la dio. Rafael se sentó en el pollete. Comió, habló de su mujer, lloró un poco y después alargó la mano hacia Rosario, que estaba junto al horno retirando ceniza.

La cogió por la muñeca. No fue un gesto brutal, quizá no llegó a tiempo de serlo. Para Rosario fue suficiente. Gritó como había gritado de niña cuando oía los pasos de su padre en el pasillo. Carmen diría luego, no pensé. Las manos hicieron lo suyo. Junto a la mesa del patio había un mazo de mortero de piedra pesado, con el que molían ajo, comino y pimienta para los guisos.

Carmen o levantó y golpeó a Rafael en la nuca sola vez. Rafael cayó boca abajo sobre la tierra del patio y no volvió a moverse. Rosario dejó de gritar. Miraba el cuerpo con unos ojos donde Carmen vio algo que no era sorpresa, era reconocimiento. Las dos reconocieron la escena. Un hombre que alarga la mano, una mujer que no puede escapar.

Solo que aquella vez algo había cambiado. Aquella vez la mujer golpeó primero. El primer muerto no convirtió a Carmen en otra persona de golpe. La dejó más bien sin el último miedo. Hasta entonces había imaginado al hombre como una fuerza inevitable, algo que entraba, mandaba, tomaba, bebía, dormía, volvía a levantarse. Rafael cayó como cae un saco, con la boca llena de polvo y una mano todavía abierta.

Carmen entendió una cosa simple y terrible. El cuerpo de un hombre también pesa, también sangra, también se apaga. Rosario lo entendió al mismo tiempo, por eso lo gritó después del primer grito. Miró el cuerpo y reconoció una puerta que nunca habían visto abierta. El descuartizamiento fue torpe, sucio, largo. No hubo en ello destreza criminal, sino trabajo de matanza trasladado a algo que no debía tocarse.

En los pueblos se sabía cortar un cerdo, separar hueso, grasa y cuero, avivar una lumbre hasta que la carne desaparecía en guiso, en chicharrón, en humo. Carmen tomó de esa memoria campesina lo que necesitaba y lo llevó a un lugar sin nombre. Rosario vomitó dos veces junto al pozo. Luego volvió, no por valentía, sino porque en aquella casa nada se hacía a medias desde que Dolores se había quedado colgada en el cobertizo.

Esperaron a que anocheciera. El cuerpo quedó cubierto con una manta vieja. Cuando el pueblo se apagó y solo se oía algún perro lejos, Carmen trajo un hacha del cobertizo. Rosario encendió el horno más fuerte que de costumbre, con encina seca y sarmientos, hasta que la bóveda se puso blanca y el ladrillo pareció respirar.

Lo hicieron en el patio sobre un nule. Carmen trabajó con el hacha. Rosario ayudó sin llorar. Después metieron lo que quedaba en el horno por partes. El horno ardió toda la noche. Al amanecer de Rafael Heredia quedaba ceniza gris con motas claras. Carmen recogió una parte y la echó al huerto entre las tomateras. Otra parte la mezcló con barro y cal para repasar las grietas del horno.

La bóveda quedó un poco más gruesa, un poco más firme. A primera hora, Carmen amasó como siempre. A media mañana había cola en la puerta. Tía Paca compró unaza, la partió allí mismo y dijo, “Carmela, hoy el pan te ha salido de bendición.” Carmen no contestó. Rosario, detrás de ella se rió bajito.

La ropa de Rafael no la quemaron. Carmen la dobló con cuidado. Chaqueta de pana, pantalón de faena, botas embarradas. Lo ató todo con una cuerda y lo bajó a la bodega. una habitación fresca bajo la casa donde guardaban patatas, garrafas de aceite y tarros de conserva. Cuando le preguntaron por qué, años después Carmen respondió, “No lo sé.

Me pareció que debía quedar algo para saber qué había pasado. A Rafael lo echaron de menos una semana más tarde. El encargado mandó a un muchacho a buscarlo. La casa estaba abierta. El tractor seguía junto al pajar. En la mesa había una botella vacía y un pedazo de pan duro. Dijeron que se habría ido a Linares o a buscar a la mujer o a cualquier parte.

Rafael ya había desaparecido otras veces durante días. Esta vez no volvió. Nadie insistió. Aquella noche Carmen abrió un cuaderno escolar de tapas grises comprado en la tienda de ultramarinos y escribió la primera anotación. 12 de noviembre de 1967. Rafael, tractorista, ardió 6 horas, los huesos se deshicieron. La libreta no era un guiario en el sentido sentimental.

No había confidencias, ni lamentos, ni frases de arrepentimiento. Era una contabilidad del fuego. Carmen apuntaba nombres, fechas escritas con letra dura, horas de combustión, restos que resistían, humo, ceniza. A veces añadía una observación doméstica. que la arcilla había quedado más compacta, que la leña de olivo mantenía mejor el calor, que convenía tamizar la ceniza antes de mezclarla con barro.

Aquellas notas vistas años después estremecían precisamente por su tono. No parecían escritas por una mujer enloquecida, sino por una artesana satisfecha con una técnica cada vez más segura. Cuando el capitán Aranda leyera ese cuaderno casi dos años después, diría su subordinado, “He visto asesinos que guardaban mechones de pelo, ladrones que llevaban medallas de sus víctimas, hombres que enterraron a su mujer debajo del corral.

Pero esto, apuntarlo como quien lleva las cuentas del aceite, esto no lo había visto nunca. Pero para Randa aún faltaba tiempo. Faltaban meses, silencios y otros hombres. Después de Rafael, algo en Carmen no se rompió, al contrario, se le colocó por dentro como una pieza que por fin encaja. Mao, nuca, horno, ceniza, pan. Al amanecer no buscó otra víctima.

La siguiente llegó sola. Fue en febrero de 1968. El invierno en Jaén no perdona de noche. De día puede salir un sol limpio, pero al ponerse se mete un frío de piedra entre los huesos. Los olivares estaban húmedos, los carriles abiertos por las lluvias, las cunetas llenas de barro. Joaquín Morcillo, camionero de la Almazara de Úveda, 38 años, llevaba un pegazo cargado de sacos y bidones vacíos cuando el motor empezó a toser cerca de Valde Aceituna.

Era un hombre alegre, bajo, fuerte, con un diente de oro que brillaba cuando sonreía. Casado, dos hijos, buen trabajador. Esa noche el camión se quedó parado antes de llegar al pueblo. Joaquín caminó buscando ayuda y techo. Llamó a la puerta de las Montalbán, pasadas las 9. Dijo que el camión se le había muerto, que no podía volver a Úveda hasta la mañana y que pagaría por dormir en cualquier rincón.

Carmen lo dejó pasar. Le dio pan, aceitunas y un poco de queso. Rosario le calentó café. Joaquín fue educado, no bebió, no tocó a nadie, dio las gracias y se acostó en alcoba pequeña, la de invitados, sobre un colchón de borra. Carmen diría en el interrogatorio, era un hombre normal, no hizo nada malo. El capitán Aranda preguntó entonces, ¿por qué lo mató? Carmen tardó en contestar.

Al final dijo, roncaba como mi padre. Se despertó de madrugada y no supo dónde estaba. Oyó el ronquido al otro lado de la pared y creyó tener 11 años otra vez. Creyó que Antonio se levantaría, que abriría la puerta, que vendría. Se levantó, cogió el hacha y entró en la alcoba. El golpe fue uno. En la 100. Joaquín Morcillo no llegó a despertarse.

Rosario ayudó desde el principio, sin gritar, sin preguntar. El cuerpo al patio, el horno a todo lo que daba, la noche entera. Al amanecer ceniza, a las 7 pan caliente. A las 8 cola en la puerta. El camión apareció al día siguiente en el arsén con la puerta abierta y el motor frío. Se habló de fuga, de robo, de líos de carretera.

En aquellos años, los camioneros a veces desaparecían con mercancía, vendían piezas, cruzaban media España sin avisar. La mujer de Joaquín, Pilar fue al cuartel, lloró, pidió que lo buscaran. Le dijeron que esperara. Esperó meses. Al final tuvo que aprender a criar a dos hijos sin cuerpo que velar, ni tumba donde dejar flores.

Carmen escribió en el cuaderno. 11 de febrero de 1968. Joaquín camionero. Ardió 6 horas. Humo negro y graso, tardó mucho. Ceniza al huerto y al horno. Humo negro y graso, tardó mucho. Esas palabras quitarían el sueño al capitán Aranda durante varias noches cuando las leyera. Pero en febrero de aquel año nadie sospechó.

En una aldea andaluza había desaparecido un camionero de paso. El mundo siguió y el pan de las Montalbán seguía siendo el mejor. La viuda de Joaquín no aceptó nunca la historia de la fuga. fue al puesto de la Guardia Civil con dos niños cogidos de la mano y un pañuelo empapado. Le dijeron que los camioneros tenían mundo, que a veces un hombre se cansaba de la familia, que quizá aparecería en Córdoba, en Almería o en cualquier puerto.

Ella respondió que su marido no se iba sin besar a sus hijos. Nadie la contradijo en la cara, pero tampoco salió nadie a buscarlo con verdadera decisión. En la España de aquellos años, una mujer llorando en un despacho no siempre era una urgencia, a veces era solo ruido de fondo. Esa falta de búsqueda fue el segundo regalo que recibió Carmen.

El primero había sido el silencio del pueblo durante su infancia. El segundo fue la pereza de los papeles. Una denuncia sin cuerpo, sin sangre visible y sin testigos útiles se convertía enseguida en una carpeta más. Y las carpetas en los despachos provincianos tenían una forma particular de morir. No ardían, no desaparecían, solo se quedaban quietas bajo otras carpetas hasta que el polvo las absorvía.

Tiapaca notó algo aquel invierno. “El horno de esas niñas arde de noche”, le dijo a su hija. ¿Quién cuece pan a medianoche? Un día se lo preguntó a Rosario. Rosario contestó, “Estamos secando leña húmeda, tía Paca.” Y Tiapaca quiso creerla. La gente cree muchas cosas cuando la verdad amenaza con entrar por la ventana.

En marzo llegó Emilio Serrano. Emilio tenía 52 años y llevaba las cuentas de la cooperativa. Viudo, sin hijos, limpio hasta la exageración. Era el único hombre de baldeceituna que se ponía corbata incluso para ir al almazara. No bebía, no gritaba, no debía dinero. Después de la muerte de su mujer, se había quedado como una casa con todas las ventanas cerradas.

Trabajo, misa, casa, poco más. Empezó a pasar por el horno, primero a por pan, luego a tomar café, luego a sentarse un rato en el pollete. Mientras Carmen amasaba. Hablaban de la cosecha, del precio del aceite, de la humedad, de la mala salud del cura, de las cartas que llegaban tarde.

Conversaciones pequeñas de pueblo. Las vecinas empezaron a fijarse. Un viudo que visita a una soltera no lo hace por pan. Emilio también lo pensaba. Se lo dijo a un amigo. Carmen es mujer seria. Con ella se puede envejecer tranquilo. Una tarde de marzo fue a casa de las Montalbán con una libra de azúcar.

un paquete de café bueno y una caja de mantecados que había traído de steppa. Se sentó, bebió café y habló con cuidado. Al final dijo, “Carmen, usted es una mujer honrada. Yo estoy solo. Usted también. Podríamos casarnos sin prisa, como Dios manda.” Carmen dijo que no. Emilio no se enfadó. Terminó el café, agradeció la merienda y se levantó.

Ya junto a la puerta se volvió y añadió con una tristeza sincera, sin mala intención. Es una lástima. En una casa siempre hace falta una mano de hombre. Una mano de hombre. Carmen estaba junto al horno secándose las manos en el delantal. Las palabras le golpearon antes que cualquier puño. Mano de hombre era la que cerraba puertas por la noche.

Mano de hombre era la que pegaba. Mano de hombre era la que expulsó a dos niñas de su casa toda la vida oyendo que sin un hombre una mujer no era completa, que una casa sin hombre era un tejado sin viga, que había que agradecer cualquier amparo aunque viniera envenenado. Carmen dijo al capitán Aranda, “Don Emilio era bueno, pero cuando dijo eso, ya no lo vi a él.

Vi a todos, vi a mi padre.” Emilio Serrano no llegó a cruzar el saguán. Mao, nuca, patio, noche, horno. Rosario lloró aquella vez. Lloró en silencio, mordiéndose el pico del pañuelo mientras Carmen trabajaba. Al amanecer, la ceniza estaba en el huerto y en el barro del horno. A la mañana siguiente, el pan volvió a salir perfecto. Carmen anotó.

16 de marzo de 1968. Emilio contable, ardió 5 horas. Huesos pequeños. Rosario lloró, luego se le pasó. A Emilio lo buscaron más que a los otros. Era hombre de cuentas, con llaves, papeles y responsabilidades. El alcalde avisó al puesto de la Guardia Civil de Úveda. Un guardia vino, preguntó en la cooperativa, miró la casa, escribió unas diligencias y se marchó.

No había sangre, no había testigos, no había cuerpo. Paradero desconocido quedó anotado. El pueblo habló una semana, después llegó la poda, luego la ciegan las parcelas de cereal, luego la vida. Emilio dejó trás de sí un vacío más ordenado que los otros. Su casa estaba cerrada, la cama hecha, los recibos apilados, las llaves de la cooperativa colgadas en un clavo junto a la puerta.

Aquello inquietó a algunos durante un par de días. Luego el alcalde decidió que quizás se había marchado a casa de unos primos en Granada o que le había dado un arrebato tardío de viudo. La explicación era pobre pero cómoda. Las explicaciones cómodas tienen mucha fuerza en los pueblos porque permiten seguir barriendo la puerta, regando los geráneos y saludando la panadera sin mirar demasiado sus manos.

Carmen no eligió a Emilio por maldad fría. Eso fue lo que más desconcertó Aranda después. No había codicia, ni placer visible, ni una lista previa de hombres a los que castigar. Había un mecanismo, una frase, un gesto, un ronquido, una mano demasiado cerca de Rosario y el pasado se alzaba entero dentro de ella como una pared.

Cuando esa pared caía, Carmen ya no veía al hombre concreto, veía a Antonio. Y matar a Antonio una y otra vez era lo único que su mente aceptaba como defensa. En verano, la aldea olía polvo, aceite rancio unas almazaras y a piedra caliente. Fue entonces cuando Martín Vargas empezó a mirar a Rosario. Martín tenía 36 años.

Era capataz de cuadrilla en la cooperativa, fuerte, seco, trabajador. Vivía con su madre Encarnación, una mujer pequeña y dura como raíz de olivo. No bebía, no jugaba, tenía casa decente, sueldo seguro y fama de hombre formal. En Valdeceituna, eso bastaba para que cualquier madre lo mirara como buen partido.

Nadie supo cuándo empezó exactamente. Quis en primavera, cuando Martín comenzó a comprar pan todos los días, aunque su madre amasaba en casa. Quiz en junio, cuando se le vio varias tardes sentado junto a la puerta de las Montalbán, pelando almendras y esperando que Rosario saliera. Con él, Rosario no reía destiempo. Reía como una mujer a quien por un momento se le permite tener futuro.

Sus ojos se ablandaban. Tía Paca lo vio y se alegró. A ver si la chica encuentra por fin un hombre bueno pensó. Martín fue a pedirle en junio. Llevó tela para un vestido, una bolsa de almendras, café y una caja de dulces. se sentó frente a Carmen y dijo, “Vengo a pedir a Rosario, la quiero bien, seré buen marido.

” Carmen dijo que no. Al mes volvió. Carmen dijo que no otra vez. Martín preguntó, “¿Y Rosario qué dice?” Rosario bajó la cabeza. Carmen se levantó, lo miró con aquellos ojos pesados y dijo, “Váyase, Martín, y no vuelva.” Martín se fue herido en el orgullo. En su casa dijo a su madre que Carmen era una mujer de piedra, que Rosario sí quería, que se le veía en la cara.

Encarnación le respondió, “Déjalas, si Dios quiere será y si no quiere no te metas. Esa casa no me gusta.” Martín no escuchó. En agosto, con el calor pegado a los muros como calviva, Martín fue una tarde a ver a Rosario cuando sabía que Carmen había bajado a Úveda al mercado. No llevó regalos, solo quería hablar. Rosario le abrió.

Se sentaron en el patio, bebieron agua fresca, hablaron. Quizá de casarse, quizá de huir del dominio de Carmen, quizá de nada. Cuando Carmen volvió, los encontró juntos junto al horno. Martín tenía la mano de Rosario entre las suyas. Rosario no se apartaba, sonreía. Carmen dejó la bolsa del mercado en el suelo, caminó hasta el cobertizo y tomó el hacha.

Martín se levantó al verla. Carmen, espere, yo solo. El primer golpe le entró en el pecho. Martín era fuerte y no cayó de inmediato. Se agarró la puerta sorprendido con los ojos abiertos. Carmen golpeó otra vez. Martín Vargas murió en el patio de las Montalván, entre geranios y polvo de agosto. Rosario no gritó, no corrió, no ayudó al principio, solo miraba.

Carmen diría después, se habría ido con él. Yo lo vi. se habría ido y él primero habría sido bueno. Todos son buenos al principio, luego vienen las manos, luego la noche, luego los gritos, luego tu madre colgada en el cobertizo. No podía permitirlo. Fue la explicación más larga que dio durante toda la investigación. Esa noche el horno ardió más de lo normal.

La evilla del cinturón de Martín no se deshizo del todo. Carmen la arrojó a la ceniza. La ropa la dobló y la bajó a la bodega con los otros paquetes. Cuarto fardo. Cuatro hombres. Cuatro montones de ropa atados con cuerda. En el cuaderno escribió: 14 de agosto de 1968. Martín capataz fuerte. Ardió 7 horas. Levilla no se quemó. La tiré a la ceniza.

Martín desapareció y el pueblo volvió a moverse como siempre. Pero esta vez hubo una mujer que no se resignó. Encarnación Vargas, su madre. 60 años, cuerpo menudo, ojos que no perdonaban. Había sobrevivido a la guerra, al hambre, a la muerte del marido y a demasiadas puertas cerradas. No creyó que su hijo se hubiera marchado.

Martín nunca se iba sin avisar. Si se quedaba una noche fuera, mandaba recado. Si tardaba en volver, llamaba desde el teléfono del ayuntamiento. Martín no dejaba a su madre sin una palabra. Encarnación preguntó por todas partes, en la plaza, en la cooperativa, en la iglesia, en la tienda. Un muchacho de 12 años, hijo de un vecino, dijo haber visto a Martín la tarde de su desaparición caminando hacia el extremo oriental de la aldea, hacia la casa de las Montalbán.

Encarnación fue a verlas. Abrió Rosario. ¿Estuvo mi hijo aquí?, preguntó la madre. Rosario se quedó quieta, luego negó con la cabeza. Encarnación le miró los ojos y vio algo que solo una madre que busca su hijo puede ver. Miedcarnación Vargas no buscaba culpables para calmarse. Buscaba a su hijo.

Tocó puertas, paró carros, preguntó a jornaleros que volvían de madrugada y a mujeres que salían a lavar. fue a la taberna y se quedó de pie entre hombres que no sabían dónde poner los ojos. Fue a la iglesia y encendió una vela, no para pedir resignación, sino para pedir una señal. Cuando supo que Martín había ido hacia la casa de las Montalbán, no acusó en voz alta.

guardó la sospecha como se guarda una brasa bajo ceniza tapada pero viva. La primera vez que Encarnación miró a Rosario, comprendió que aquella muchacha sabía algo. No porque Rosario confesara con palabras, sino porque se le deshizo la cara. Hay miedos que no pertenecen al presente. Rosario tenía ese miedo antiguo, infantil, un miedo que no se dirige a quien pregunta, sino a quien puede oír la respuesta desde otra habitación.

Encarnación salió de la casa con las piernas firmes y el corazón golpeándole en las costillas. A partir de entonces, ya no habló de una desaparición, habló de su hijo muerto, aunque aún nadie se atreviera a acompañarla en esa palabra. Al día siguiente fue al cuartelillo y puso denuncia.

El papel quedó encima de otros papeles. Pasaron semanas, después meses, hasta que a Valal de Aceituna llegó Luis Rueda. Rueda no era de pueblo. Había nacido en Jaén, hijo de maestro y de una enfermera. Eso importaba. En las aldeas muchas cosas se aceptaban porque siempre habían sido así. Rueda aún tenía la mala costumbre de preguntar por qué.

Llegó destinado a comienzos de 1969. Soñaba con investigación criminal y le tocó resolver hurtos de gallinas, riñas por linderos, borracheras de domingo y alguna paliza que todos intentaban esconder bajo el nombre de asunto familiar. Durante la primera semana visitó a los vecinos principales, el alcalde, el cura, el encargado de la cooperativa, el maestro tía Paca, que le puso un plato de migas y le contó medio pueblo, y las hermanas Montalbán.

Carmen lo recibió seca, pero correcta. Le dio una hogaza caliente. Rueda la probó y dijo, “No he comido pan mejor.” Rosario se rió. Carmen no sonró. En su libreta, el guardia anotó, “Hermanas Montalbán, horno de pan, sin incidentes.” Dos meses después, Encarnación Vargas se sentó frente a él en una mesa del Ayuntamiento y puso delante una denuncia escrita a mano.

Pedía que se buscara a su hijo Martín. desaparecido desde agosto del año anterior. Rueda la leyó despacio, hizo preguntas y escuchó sin interrumpir. Encarnación habló del noviazgo frustrado con Rosario, de los rechazos de Carmen, del muchacho que vio Martín ir hacia la casa de las hermanas. Rueda preguntó si ya lo había denunciado.

Encarnación dijo que sí. Él buscó el papel y lo encontró en una carpeta olvidada. Nadie había movido un dedo. Entonces empezó a trabajar en silencio. Lo primero que hizo fue una lista de desaparecidos. No solo Martín preguntó en la plaza, en la tienda, en la cooperativa, en conversaciones de café como quien no quiere molestar.

Rafael Heredia, tractorista, desaparecido en noviembre de 1967. Joaquín Morsillo, camionero, desaparecido en febrero de 1968. Emilio Serrano, contable, desaparecido en marzo de ese mismo año. Martín Vargas, capataz, desaparecido en agosto. Cuatro hombres en menos de un año en una aldea de 300 casas.

Rueda era joven, pero no tonto. Una desaparición podía ser desgracia. Dos, casualidad amarga. Cuatro, una línea. Lo segundo que hizo fue dibujar un plano de balde aceituna. marcó dónde vivía cada desaparecido, dónde lo habían visto por última vez, qué camino pudo seguir. Las rutas torcidas al principio acababan orientándose hacia el mismo punto.

El extremo oriental, la casa de las Montalbán, se quedó mirando aquel plano hasta la madrugada. Dos mujeres, un horno, pan, no encajaba, pero los caminos estaban allí dibujados con lápiz, tercos como piedras. Lo tercero fue observar, no oficialmente, no con patrulla ni con alarde, pasaba más a menudo por delante de la casa, a primera hora al anochecer, alguna noche.

El horno ardía cada mañana, como era lógico, pero dos veces vio humo de madrugada, humo denso, bajo, extraño. No olía encina ni a ramón de olivo. Tenía un dulzor pesado que le dejó la boca amarga. fue a ver a tía Paca con excusa de tomar café. Le preguntó casi de paso si el horno de las Montalbán ardía a veces de noche.

La vieja dejó la taza en la mesa y tardó en responder. Arrder, arde, dijo al fin. No siempre, de tarde en tarde. Y huele raro, como carne quemada, pero no de cochino ni de cordero, algo peor. Yo no sé explicarlo, señor guardia, o no quiero. Tía Paca no era inocente y eso la presiguió después. Había notado el humo de noche, las risas cortadas de rosario, la manera en que Carmen fregaba el patio con cubos de agua cuando no había llovido ni se había derramado aceite.

Pero en un pueblo se aprende a no juntar señales. Una señal sola puede ignorarse. Dos explican. Tres se barren debajo de la alfombra de la costumbre. Tía Paca juntó las señales demasiado tarde cuando el guardia joven le preguntó por el olor y ella sintió que al responder estaba abriendo una puerta que llevaba años cerrada.

Rueda tampoco fue un héroe de novela. Tuvo miedo de equivocarse. Tuvo miedo de hacer el ridículo ante sus superiores, de acusar a dos mujeres respetadas por rumores, de convertir cuatro desgracias dispersas en una monstruosidad salida de su imaginación. Pero cada vez que decidía dejarlo, volvía al plano, las líneas hacia el extremo oriental, el horno ardiendo de madrugada, la madre de Martín, sentada frente a él con las manos juntas, sin llorar, como si llorar fuera concederle al mundo permiso para cansarse de buscar. En junio, Rueda fue a Jaén y

pidió hablar con alguien de investigación. Lo hicieron esperar horas en un pasillo. Era un guardia joven de aldea con una teoría disparatada. Cuatro hombres desaparecidos, dos hermanas panaderas, un horno de leña. Podían haberse reído de él, pero el capitán Manuel Aranda no lo hizo. Aranda tenía 39 años.

Había visto cadáveres en cunetas, ajustes de cuentas entre extraerlistas viejos, maridos que mataban a mujeres y mujeres que callaban hasta no poder más. Era seco, metódico, fumador de ideales, de esos que creían que cualquier crimen deja rastro aunque sea mínimo. Escuchó a Rueda, miró el plano, leyó las notas y dijo, “Iré a mirar sin ruido.

Si tiene usted razón, no podemos espantarlas. Y si se equivoca, no vamos a hundir a dos mujeres en un pueblo donde la honra pesa más que la ley. Aranda llegó a Valde Aceituna a comienzos de julio. Se presentó como enviado de la comandancia para revisar documentación de la cooperativa. Nadie se extrañó.

Durante días habló con vecinos sin hablar de lo que quería saber. Rascó historias. Rafael no habría dejado el tractor”, dijo un viejo. “Jaquín quería sus hijos”, dijo un camionero de la venta. Emilio no se habría ido sin cerrar los libros. Martín no habría abandonado a su madre. Tiapaca habló del humo, del olor, de la risa de Rosario y del silencio de Carmen.

Esa noche, en el cuarto que le habían dejado junto al ayuntamiento, Aranda fumó mirando el techo. Luego dijo a Rueda, “Puede que esté usted en lo cierto, pero un olor no condena a nadie. Necesitamos una prueba. Durante julio y agosto,” vigilaron, sin aparato, sin coche a la vista, sin escándalo.

De día cada uno cumplía su papel. De noche se turnaban detrás del muro de Tiapaca, desde donde se veía parte del patio de las Montalbán. Pasaron muchas noches y nada. El horno encendido al amanecer, pan, cola, rosario cobrando, Carmen amasando. La vigilancia fue pobre y paciente. No había medios, ni grabadoras escondidas, ni laboratorios esperando una muestra.

Había un guardia joven, un capitán escéptico y varios hombres fingiendo que patrullaban caminos por robos de aceituna. Se turnaban con frío, con mosquitos, con sueño. A veces oían solo perros. A veces veían a Rosario salir al patio y mirar al cielo como si buscara permiso. Carmen, en cambio, rara vez miraba fuera.

Se movía por su casa con la seguridad de quien ha convertido cada rincón en parte de un procedimiento. El olor fue lo que terminó de convencer a Aranda. No lo dijo en voz alta al principio porque un capitán no podía escribir en un informe que el humo olía a culpa. Pero lo había olido antes en incendios, en coches quemados, en accidentes que no se olvidan.

El cuerpo humano tiene una forma horrible de quedarse en la memoria de quien lo huele a arder. Aquella madrugada, detrás del muro de tía Paca, Aranda se llevó el pañuelo a la boca y supo que ya no perseguía una hipótesis, perseguían restos. La noche del 14 al 15 de agosto, Rueda estaba solo. Aranda había tenido que volver a Jaén a informar.

El guardia llevaba horas agachado en la oscuridad con las piernas dormidas cuando vio levantarse una columna de humo del patio de las Montalván. Era medianoche. El humo subió espeso, amarillo, pegajoso. El olor llegó después, arrastrándose por encima del muro. Rueda no se movió. No había visto entrar a nadie. No  oyó gritos, solo el horno ardiendo a una hora en que ningún panadelo cuerdo cuece pan.

Esperó hasta el amanecer. A las 6, Carmen salió con el delantal limpio. A las 7, Rosario abrió la puerta y empezó a vender hogazas. Cuando Aranda volvió, Rueda le contó todo. El capitán escuchó, apagó el cigarrillo y dijo, “Ahora pediremos orden de registro.” Tardaron casi un mes. Papeles, dudas, permisos, llamadas. Registrar la casa de dos panaderas por humo extraño y hombres desaparecidos parecía demasiado para algunos, poco para otros.

Finalmente, el juez de instrucción de Úveda autorizó el registro. La mañana del 14 de septiembre, Aranda, Rueda, dos guardias y un perito llegaron a la puerta de las Montalbán. El pueblo miró desde detrás de visillos, tapias y persianas. Rosario abrió. Al ver los uniformes se puso blanca y retrocedió. Aranda entró con la orden en la mano.

Carmen Montalbán, vamos a registrar la casa, el patio y las dependencias. Le ruego que no se oponga y que permanezca aquí. Carmen estaba junto al horno con una hogasa recién sacada. Miró la orden, miró a Aranda y se sentó en la silla baja como si llevara tiempo esperándolo. Ahí vuelve a empezar nuestra historia.

Luis Rueda en medio del patio, incapaz de respirar. El horno ardiendo, el humo dulzón, Carmen con ceniza en las manos y Rosario pegada a la pared como una sombra que quiere desaparecer. El perito se llamaba Federico Salcedo. Tenía más de 50 años, calva brillante, gafas redondas y manos de cirujano. No pudo tocar el horno hasta que se enfrió.

La bóveda retenía el calor con obstinación. Esperaron horas. Luego Salcedo extendió un nule, sacó una paleta, pinceles, pinzas y bolsas de papel y empezó a sacar ceniza por capas despacio, como quien excava una tumba antigua. A los pocos minutos encontró los primeros fragmentos blancos, los levantó con pinzas, los miró con lupa y se volvió hacia Aranda.

Mi capitán, esto es hueso humano. Aranda no se movió, solo dijo, siga. Durante horas salieron más fragmentos. Tres dientes, una funda de oro, una evilla de cinturón deformada por el fuego, un botón metálico, restos de cuero quemado. La ceniza se recogió entera para enviarla a laboratorio. Mientras tanto, los guardias registraban la casa.

El registro convirtió el patio en una escena que el pueblo recordaría durante décadas. El perito iba separando ceniza con una paciencia casi religiosa. Cada fragmento blanco se colocaba en un sobre. Cada diente se envolvía aparte. La villa deformada parecía una tontería al principio, un trozo de metal más entre carbón y barro, hasta que Encarnación la reconoció por una muesca lateral hecha por su propio hijo con una lima.

No gritó, solo dijo, “¡Esa era de Martín!” Y con esa frase, el humo dejó de ser sospecha para convertirse en tumba. Mientras dos guardias bajaban a la bodega, Rosario se quedó mirando la trampilla como si acabaran de abrir el fondo de su cabeza. Allí abajo olía humedad, a aceite rancio, a ropa guardada y a miedo viejo. Los paquetes estaban demasiado bien hechos.

No eran restos tirados por prisa, sino fardos conservados con una pulcritud incomprensible. Carmen no había guardado dinero, ni relojes, ni objetos valiosos. Había guardado ropa, la piel social de los hombres, la prueba de que habían existido y de que al mismo tiempo ya no podían volver. No encontraron sangre en las habitaciones a simple vista.

Encontraron hachas, cuchillos, herramientas, ropa de cama, cartas viejas. En la cocina todo estaba limpio. En el arcón, sábanas dobladas con una pulcritud casi conventual. En la alacena, harina, aceite, garbanzos, café, azúcar. Una casa pobre pero ordenada. La bodega cambió el caso. Bajo la trampilla del suelo, al final de una escalera estrecha, había cuatro paquetes de ropa masculina atados con cuerda.

El primero contenía una chaqueta de pana, pantalón de faena y botas de campo. En el bolsillo, una cajetilla arrugada y un lápiz mordido. El segundo, una camisa de camionero, pantalón de lona manchado de grasa, botas de trabajo y un parte de ruta del almazara con el nombre de Joaquín Morcillo. El tercero, un traje gastado pero cuidado, camisa blanca, corbata de rayas y unas gafas gruesas con una patilla remendada.

El cuarto, una camisa nueva de algodón, pantalón oscuro, zapatillas y un cinturón de cueros y nevilla. Aranda se quedó mirando aquellos cuatro montones bajo la luz de la linterna. Cuatro vidas reducidas a la ropa que llevaban la última tarde. El parte de Joaquín, las gafas de Emilio, el cinturón sin villa de Martín, cuya villa ya estaba en una bolsa, salida de la ceniza.

Subió al patio y se plantó ante Carmen. Ella seguía sentada junto al horno. ¿De quién es esa ropa?, preguntó. Carmen. Guardó silencio un momento, luego dijo, “Usted ya lo sabe, mi capitán. ¿Para qué pregunta? Porque tengo que preguntarlo. Carmen asintió. Es la ropa de los hombres que maté. Rafael, Joaquín, Emilio y Martín.

Lo dijo sin temblor, sin lágrimas, sin apartar los ojos, como quien enumera encargos pendientes. Rosario empezó a llorar sin ruido. Rueda sacó el impreso de detención con las manos torpes. Tenía 26 años y acababa de encontrar a una asesina sentada junto a un horno de pan. A dos quizá. Carmen se levantó, se sacudió el delantal, miró el horno largo rato y luego dijo algo a Rosario en voz baja.

Ya está, niña, ya no hay que correr. La sacaron esposadas por la calle. Valdeceituna miró en silencio. Nadie gritó, nadie insultó, nadie preguntó. Solo se oían los pasos en el polvo y el llanto entrecortado de rosario. Tiapaca estaba en su puerta con una hogaza recién comprada apretada contra el pecho.

No podía soltarla, tampoco podía morderla. El registro continuó. En el huerto, entre las tomateras y las matas de pimiento, Salcedo encontró más fragmentos socios mezclados con la tierra. Aranda encontró el cuaderno en un baúl bajo ropa limpia, tapas grises, papel cuadriculado, letra grande y ordenada, cuatro anotaciones, cuatro fechas, cuatro hombres.

Lo cerró, salió al patio y fumó en silencio. Rueda vio que por primera vez en toda la mañana al capitán le temblaba la mano. El interrogatorio empezó esa misma noche en una sala del ayuntamiento. Se pararon a las hermanas. Carmen habló. Rosario apenas. Carmen confesó los cuatro asesinatos y contó cada uno con una calma que resultaba peor que cualquier grito.

No se justificó del todo. Tampoco pidió perdón al principio. Decía, “Tuve que hacerlo.” O decía, “Venían.” O decía, “A mi hermana no la iba a tocar nadie.” Cuando Aranda le recordó que Joaquín dormía y que Milio solo había pedido matrimonio, Carmen cerró los ojos. Usted no entiende cómo suena una puerta de noche cuando una ha sido niña en mi casa”, respondió Rosario en la sala de lado se mecía en la silla.

Negaba, asentía, lloraba, se quedaba muda. A veces preguntaba por Carmen como una niña pregunta por su madre. A veces decía que ella solo ayudaba a limpiar. A veces se tapaba los oídos y repetía, “El horno no, el horno no.” Los médicos hablarían después de una mente rota desde hacía mucho, remendada apenas por la voluntad de su hermana mayor.

En los interrogatorios, Carmen no buscaba compasión. Eso irritaba a quienes esperaban verla llorar o suplicar. Su calma no era valentía, sino agotamiento. Respondía como si todo hubiera ocurrido hacia mucho, incluso lo de la semana anterior. Cuando le preguntaban por su padre, no levantaba la voz. Decía Antonio, no mi padre, decía el hombre a veces.

Aranda comprendió que para ella la palabra padre había quedado vacía desde la infancia. Lo que quedaba era una sombra con botas, olor a vino y pasos de madrugada. Rosario declaró de otra manera. Su relato se rompía y volvía a empezar. A veces decía que Carmen la había salvado, a veces que Carmen la había encerrado en una vida donde ningún hombre podía tocarla.

ni siquiera con ternura. A veces llamaba buenos a Joaquín, a Emilio y a Martín y entonces se tapaba la boca como si esa bondad fuera una traición a su hermana. El juez anotó contradicciones, el médico anotó dependencia. Aranda, que no era médico ni juez en su foro interno, anotó algo más simple. Miedo.

La investigación reconstruyó las vidas de las víctimas. Pilar Morcillo, la viuda de Joaquín, llegó desde Úveda vestida de negro. Lloró en el pasillo durante horas y después dijo, “Yo sabía que mi marido no nos había dejado. Les contaba cuentos a los niños todas las noches. Un hombre así no se esfuma.” La antigua mujer de Rafael no quiso venir.

Mandó decir que Rafael había muerto para ella mucho antes, cuando empezó a beber. De Emilio casi no apareció familia. Un vecino declaró que era buena persona y que no merecía acabar sin tumba. Encarnación Vargas identificó la evilla de Martín por una raya en el metal. La sostuvo entre los dedos sin llorar. Luego dijo, “Denme lo que quede de mi hijo, aunque sea polvo.

” Alanda no pudo prometerlo. La ceniza de Martín estaba mezclada con la de otros hombres, con madera, barro y cal. Separarla era imposible. Los análisis fueron lentos. No había ordenadores, ni pruebas genéticas, ni milagros de laboratorio. Hubo antropometría, grupos sanguíneos, estudio dental, química de cenizas. La funda de oro se relacionó con una ficha de un dentista de Úveda que había atendido Emilio años antes.

El parte de ruta confirmó a Joaquín, la evilla a Martín. De Rafael quedaron la ropa y la confesión. La causa se formuló por asesinato múltiple con agravantes. El juez no necesitó entrar en artículos recitados para que todo el mundo entendiera la gravedad. Cuatro hombres muertos, cuerpos quemados, restos ocultos, anotaciones en un cuaderno.

Carmen fue considerada autora principal. Rosario, colaboradora necesaria, aunque bajo fuerte dominio de su hermana, la exploración psiquiátrica se hizo en Madrid. El informe dijo que Carmen era imputable. Tenía una personalidad marcada por un trauma infantil prolongado, pero comprendía lo que hacía y podía dirigir sus actos.

De Rosario se escribió algo más cauteloso. Episodios disociativos, dependencia extrema de la hermana, capacidad disminuida para oponerse. Una frase del informe quedó subrayada por Aranda. Carmen Montalbán es una víctima convertida en verdugo. No mata por placer ni por lucro. mata para defenderse de una amenaza masculina que percibe como absoluta, aunque esa amenaza no existe en la realidad inmediata.

En Valde aceituna, mientras tanto, nadie sabía qué hacer con el pan. Durante semanas, la gente dejó de comprar hogas en casas ajenas. Algunas mujeres volvieron a amasar, aunque no lo hacían desde niñas. Otras traían pan de úveda envuelto en papel, frío, sin olor a horno cercano. La plaza se llenó de murmullos.

Unos decían que Carmen era un monstruo. Otros recordaban los gritos de la casa de Antonio Montalbán y bajaban la voz. El cura predicó sobre el pecado y el perdón sin nombrarlas. El alcalde pidió discreción. La Guardia Civil mantuvo el patio cerrado. El juicio se celebró en Jaén en 1970 ante la Audiencia Provincial. La sala estaba llena de un silencio espeso.

Había periodistas, pero pocos detalles salieron publicados y los que salieron parecían escritos con guantes. No convenía que una historia así se contara demasiado. En aquella España se podía hablar de criminales comunes, pero no de una aldea entera que había oído durante años a un padre maltratar a sus hijas y había decidido que no era asunto suyo.

El juicio no fue un espectáculo abierto, aunque el morvo llamaba a la puerta. Los periódicos provinciales hablaron de un caso espantoso, de hermanas panaderas, de un horno maldito, pero sin recrearse demasiado. Todavía pesaban la censura, la prudencia oficial y esa vergüenza antigua de los pueblos, que prefieren que sus miserias no lleguen a la capital.

En Valde Aceituna, quienes pudieron ir a Jaén fueron y quienes no pudieron esperaron noticias junto a la radio fingiendo que escuchaban otra cosa. El fiscal presentó a Carmen como una asesina metódica. La defensa habló de infancia destruida, de abandono, de una mente deformada por años de abuso y silencio.

Ambos decían verdades incompletas, porque Carmen había sufrido, sí, pero también había elegido en noches en que algunas víctimas dormían o se marchaban sin amenaza, porque el pueblo la había abandonado. Sí, pero los muertos no eran símbolos. Tenían madres, esposas, hijos, casas abiertas y ropa doblada en una bodega. La sala oscilaba entre esas dos verdades sin poder quedarse ninguna.

Carmen declaró de pie con vestido negro y el pelo recogido. Respondía breve. Cuando el fiscal le preguntó si se arrepentía, dijo, “Me arrepiento de que Joaquín fuera bueno.” No dijo más. De Rafael dijo que había tocado a Rosario, de Emilio que pronunció las palabras equivocadas, de Martín que quería llevarse a su hermana.

El abogado defensor intentó construir una explicación sobre la infancia, los abusos, la muerte de la madre y el abandono institucional. Pidió que se tuviera en cuenta el daño que aquellas mujeres habían sufrido cuando nadie las protegió. El fiscal replicó que el sufrimiento no convertía a nadie en juez de la vida ajena.

Encarnación Vargas estuvo sentada en primera fila, pequeña, seca, vestida de negro. Cuando Carmen dijo que Martín había sido bueno al principio, la madre se llevó las manos a la cara. Fue el único sonido que hizo en todo el juicio. Un soyo, corto, seco, como una rama al partirse. La sentencia llegó tras horas de deliberación.

Carmen Montalván fue declarada culpable de asesinato múltiple. La condenaron a pena de muerte. Rosario Montalván fue declarada culpable como colaboradora y condenada a 15 años de prisión. Carmen escuchó sin moverse, no palideció, no lloró, solo inclinó la cabeza una vez despacio, como si confirmara algo que ya sabía. Rosario se desmayó en el banquillo.

Dos mujeres la sacaron de la sala casi en brazos. No hubo recurso eficaz. La pena de Carmen se ejecutó al año siguiente en un lugar y una fecha que nunca quedaron claros para el pueblo. En aquella España, las ejecuciones no pertenecían a las familias ni a las aldeas, sino registros cerrados, puertas de prisión y frases administrativas.

Carmen tenía 37 años. La pena de muerte cayó sobre la sala como una losa antigua. No sorprendí a todos, pero sí heló a muchos. En aquel tiempo, todavía existía en España esa sombra legal. Aunque ya se hablara en voz baja de cambios de Europa, de aperturas que no llegaban a los pueblos con la misma velocidad, Carmen no pidió clemencia allí.

Rosario, cuando volvió en sí, preguntó si podía sentarse junto a su hermana. No se lo permitieron. Fue la primera vez, según recordarían funcionario, que Carmen giró la cabeza con algo parecido al dolor. Durante meses hubo recursos, informes, consultas y silencios. La maquinaria judicial avanzaba despacio como un carro cargado cuesta arriba.

Nadie en Valde Aceituna entendía bien qué pasaba en Madrid ni qué significaban ciertas palabras de los abogados. Indulto, conmutación, revisión. Lo único que entendían era que Carmen seguía viva en una celda y que los muertos seguían sin entierro posible. Para encarnación, esa espera fue otra condena.

Cada día sin sentencia firme era un día más con Martín convertido en ceniza administrativa. Rosario fue enviada a una prisión de mujeres lejos de Jaén. Cumplió 12 años antes de salir en libertad condicional. Después se perdió. Unos dijeron que fue a Madrid y trabajó fregando escaleras. Otros que acabó en una residencia religiosa, otros que volvió una noche a Valdeceituna, miró desde lejos el solar de su casa y se marchó antes del amanecer.

Nadie pudo demostrar nada. Rosario desapareció como desaparece la ceniza cuando se mezcla con la tierra. Luis Rueda recibió una felicitación y fue trasladado más tarde a labores de investigación. Nunca presumió de aquel caso. Años después, ya con canas, confesó un compañero que no podía comer pan recién sacado de horno de leña.

“Me entra el olor y vuelvo al patio”, dijo. El capitán Aranda siguió trabajando en Jaén hasta jubilarse. Solía repetir que aquel caso no fue el más difícil, sino el más sucio por dentro. A un bandido se le entiende, a un asesino por codicia también. Pero esto era dolor pudriéndose hasta volverse crimen.

Y la ley sabe castigar el crimen, pero no sabe volver atrás para salvar a las niñas. El horno de las Montalbán fue derribado semanas después del juicio. Lo rompieron con masas. Costó más de lo previsto. La bóveda estaba dura como piedra cocida en capas. Bajo la cal exterior apareció barro mezclado con ceniza antigua y en esa ceniza fragmentos pequeños, blancos, óseos.

El análisis determinó que eran humanos y de varón adulto. No se pudieron identificar. Carmen había hablado de cuatro hombres, más su padre, aunque nunca confesó haber matado a Antonio. Para Aranda, Antonio era la víctima cero. Pero aquellos fragmentos del horno parecían más recientes que los restos que habrían quedado de una muerte de comienzos de los 50.

Eso habría otra posibilidad, una quinta víctima no identificada o una sexta si se contaba al padre, quizá un vendedor de paso, quizá un jornalero sin familia, quizá alguien que nadie buscó, porque en los pueblos también hay hombres que pasan sin dejar sombra. Carmen se llevó ese nombre consigo. Rosario cayó.

La causa quedó cerrada con la fórmula de al menos cuatro asesinatos probados y una víctima no identificada. La casa fue derribada. En el solar se levantó años después un almacén de la cooperativa con una pared de ladrillo visto y una puerta metálica verde. Nadie quiso vivir allí. Cuando derribaron la casa, aparecieron cosas pequeñas que nadie incluyó en las conversaciones públicas.

Una peineta rota, una muñeca sin brazos que quizá había sido de rosario, una estampa de la Virgen escondida detrás de una viga, una cuchara doblada por el calor, trozos de vidrio azul. Los objetos pobres tienen una forma cruel de sobrevivir a las personas. En aquel solar, cada hallazgo parecía preguntar por qué nadie había mirado antes.

Los vecinos recogieron algunos escombros, como quien recoge pruebas de su propia ceguera y luego los dejaron caer de nuevo, avergonzados. El horno resistió hasta el final. La bóveda no cedía y los hombres que la golpeaban con masas acabaron sudando y maldiciendo. Uno dijo que parecía hecho de piedra de iglesia. otro que aquello no era barro normal.

Nadie se ríó. Cuando por fin se abrió, el interior mostró capas sucesivas una sobre otra, como anillos de un árbol enfermo. Barro, cal, ceniza, calor, más barro. La técnica de Carmen había protegido el horno y ocultado parte de su crimen. Aquella solidez, que durante años fue orgullo de la casa, se volvió acusación.

Encarnación Vargas sobrevivió muchos años a su hijo. Nunca pudo enterrarlo como Dios manda. No había cuerpo ni huesos separados, solo la certeza terrible de una evilla. Puso en su patio una piedra de río lisa, del tamaño de una sandía pequeña. Cada mañana dejaba encima un trozo de pan hecho por ella. “Para mi Martín”, decía.

Lo hizo hasta que las manos dejaron de obedecerle. Pilar Morscillo crió sola a sus hijos. Al mayor le dijo que su padre había muerto trabajando, que era un hombre alegre y que le gustaba contar cuentos. Nunca les contó lo del horno. La antigua mujer de Rafael no volvió a Valdeceituna. De Emilio, el contable quedó una corbata guardada por un vecino durante un tiempo y luego nada.

Tía Paca, que había comprado pan a las Montalbán durante años, dejó de comerlo durante meses. Niogasa, ni pico, ni miga mojada en aceite. Su hija tuvo que obligarla. Madre, ¿se va usted a morir? Volvió a comer. Sí, pero desde entonces compraba pan de taón en Úveda, frío, envuelto, sin trato con quien lo había amasado. Valdeceituna siguió viviendo.

La aceituna volvió a caer sobre los mantones. La campana de San Miguel siguió llamando a misa. Los hombres siguieron llenando la taberna al caer la tarde. Las mujeres siguieron lavando, cociendo, rezando y escuchando lo que no se decía. Todo sigue igual. Casi. Durante muchos años nadie quiso comprar pan en un horno particular que no fuera el propio.

Cada familia hacía el suyo o lo traía de la taona. El pan ajeno dejó de ser solo pan, se convirtió en un acto de confianza y en Valdeceituna la confianza había ardido una noche tras otra hasta hacerse ceniza. El cambio más profundo no fue el miedo al pan, sino el miedo a la explicación fácil. Durante años, cuando un hombre se retrasaba en volver del campo, su mujer miraba hacia el camino con una inquietud nueva.

Cuando un horno ardía después de medianoche, alguien preguntaba. Cuando una niña lloraba detrás de una pared, alguna vecina golpeaba la puerta, aunque solo fuera para pedir sal. No siempre servía. Los pueblos no se curan de golpe. Pero Valdeaceituna aprendió tarde y mal que el silencio no es neutral. El silencio toma partido por quien tiene más fuerza.

Rueda volvió una vez, muchos años después, ya sin uniforme. La aldea había cambiado poco y mucho. Algunos coches nuevos, antenas enostados. jóvenes que se iban a estudiar a Jaén y volvían hablando de otra España. Pasó por el solar donde estuvo la casa de las Montalbán. No quedaba nada que señalara el lugar exacto del horno.

Aún así, se detuvo. Dijo después que el cuerpo recuerda mejor que la cabeza. No olió humo, no había pan, pero sintió una garganta la misma dureza de aquella mañana de septiembre. Esta historia no habla solo del mal, habla de cómo el mal no siempre parece de golpe con una navaja en una esquina oscura.

A veces crece despacio, alimentado por el silencio, por los golpes que todos oyen y nadie denuncia, por una madre que se queda sola, por dos niñas expulsadas a la calle, por una aldea que decide que lo que pasa detrás de una puerta no le corresponde. Carmen Montalbán fue una asesina. Mató al menos a cuatro hombres. y probablemente a más.

Mereció responder ante la justicia. Pero Carmen también fue una niña a la que nadie protegió cuando aún podía salvarse. Decirlo no la absuelve, solo explica el camino. Y entre absolver y explicar hay una distancia enorme. El horno ya no existe, la casa tampoco. El patio fue borrado, las paredes cayeron, la cal se mezcló con escombros.

Pero lo que ardió allí si yo he encendido una memoria de quienes comieron aquel pan en la piedra de encarnación. en los hijos de Joaquín, en el silencio de Rosario, en el estómago de Luis Rueda, cada vez que pasaba junto a una taona. A veces el mal no lleva capa negra ni cuchillo. A veces el mal tiene harina en las manos, te mira con calma y te ofrece una hogaza caliente.

Tú la coges, la partes, la alabas y no sabes nada. O quizá no quieres saber. Esta fue la historia de las hermanas Montalbán, de un horno de leña en una aldea de Jaén y de un secreto que el humo estuvo contando durante demasiado tiempo. Ahora que la conoces, decide tú qué hacer con

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