Lee Marvin, el Óscar compartido con un caballo y la historia del marine que se convirtió en leyenda de Hollywood
En la ceremonia de los Premios Óscar de 1966, Lee Marvin subió al escenario para recibir el galardón al Mejor Actor por su interpretación en Cat Ballou. Frente a las grandes figuras de Hollywood, observó la estatuilla y pronunció una frase que provocó una inmediata carcajada entre los asistentes:
«Creo que la mitad de este premio pertenece a un caballo que anda por algún lugar de Nevada».
Aunque el público interpretó aquellas palabras como una muestra de su característico humor, Marvin hablaba con absoluta sinceridad. Se refería a Smoky, el caballo tordo que lo había acompañado en varias de las escenas más recordadas de la película.
En Cat Ballou, Marvin interpretó a Kid Shelleen, un antiguo pistolero cuya decadencia personal contrastaba con la reputación que había tenido en el pasado. Cuando el personaje aparecía tambaleándose o intentando mantenerse sobre la montura, Smoky parecía imitar sus movimientos con una coordinación extraordinaria. El caballo inclinaba el cuerpo, balanceaba la cabeza y transmitía la impresión de compartir el estado de su jinete.
La complicidad entre ambos terminó convirtiéndose en uno de los grandes elementos cómicos de la película. La actuación del animal fue tan celebrada que recibió un reconocimiento especial de la American Humane Association. Para Marvin, su compañero había contribuido de manera decisiva al éxito de aquellas escenas y merecía compartir simbólicamente el premio.
Aquel gesto revelaba mucho sobre la personalidad del actor. Marvin nunca pareció sentirse completamente cómodo con las ceremonias, la fama o las expresiones grandilocuentes de la industria cinematográfica. Detrás de su imagen de hombre duro existía alguien marcado por experiencias muy anteriores a Hollywood.
En junio de 1944, cuando tenía veinte años, Marvin formaba parte de la 4.ª División de Marines de Estados Unidos y participó en la batalla de Saipán, uno de los enfrentamientos más intensos de la campaña del Pacífico durante la Segunda Guerra Mundial.
En medio de los combates sufrió una grave herida que afectó su nervio ciático. La recuperación fue larga y difícil. Pasó más de un año en hospitales navales mientras muchos de los hombres con los que había servido no regresaban con vida.
La experiencia permaneció con él durante el resto de su existencia. El conflicto no solo dejó consecuencias físicas, sino que también influyó profundamente en su manera de observar el miedo, la fragilidad humana y el comportamiento de las personas bajo presión.
Su llegada al mundo de la interpretación ocurrió de forma inesperada. Después de regresar a la vida civil, trabajó durante un tiempo como ayudante de fontanero. Mientras realizaba una reparación en un teatro local, tuvo la oportunidad de sustituir a un actor que había enfermado. Aquella participación circunstancial despertó un interés que terminaría cambiando el rumbo de su vida.
Cuando le preguntaban dónde había aprendido a actuar, Marvin solía relacionar su oficio con lo vivido durante la guerra. Explicaba que, en combate, había aprendido a aparentar serenidad mientras en realidad sentía miedo. Esa capacidad para ocultar una emoción y proyectar otra se convirtió en una herramienta fundamental para construir sus personajes.
Su presencia física, su voz áspera y su mirada contenida hicieron que Hollywood comenzara a ofrecerle papeles de hombres endurecidos por la experiencia. Sin embargo, Marvin aportaba a esos personajes algo más que fuerza. Bajo la apariencia del pistolero, el soldado o el delincuente, solía mostrar cansancio, contradicciones internas y una silenciosa necesidad de redención.
Esa combinación alcanzó uno de sus puntos más memorables en Cat Ballou. En la película interpretó dos personajes completamente diferentes: Kid Shelleen, un pistolero deteriorado que intenta recuperar su dignidad, y Tim Strawn, un adversario implacable con una característica nariz metálica.
La doble actuación permitió que Marvin demostrara tanto su capacidad dramática como su talento para la comedia. Kid Shelleen podía resultar ridículo y vulnerable en una escena, para recuperar inesperadamente su antigua destreza en la siguiente. Tim Strawn, por el contrario, representaba una amenaza fría y casi silenciosa.
La transformación entre ambos personajes sorprendió al público y a la crítica. Marvin consiguió que cada uno tuviera una postura, un ritmo y una personalidad propios. Su trabajo terminó imponiéndose en una categoría especialmente competitiva y le otorgó el único Óscar interpretativo de su carrera.
El éxito de Cat Ballou también mostró una faceta diferente de un actor conocido principalmente por sus personajes duros. Marvin comprendió que la comedia no debía interpretarse buscando directamente la risa. Su método consistía en tomarse completamente en serio las circunstancias del personaje, incluso cuando la situación resultaba absurda.
Esa seriedad fue precisamente lo que hizo tan efectiva su relación cinematográfica con Smoky. El caballo no aparecía como un simple elemento decorativo, sino como una extensión cómica de Kid Shelleen. Ambos parecían compartir el mismo agotamiento, la misma inestabilidad y la misma dignidad maltrecha.
A pesar de su éxito, Marvin nunca pareció conceder demasiada importancia a la acumulación de trofeos. Conservó únicamente algunos objetos que tenían un significado personal especial.
Entre ellos se encontraban su estatuilla del Óscar, un reconocimiento del National Cowboy & Western Heritage Museum y un disco de oro por la canción «Wand’rin’ Star», interpretada para la película La leyenda de la ciudad sin nombre. La canción se convirtió inesperadamente en un gran éxito en el Reino Unido, demostrando que su voz grave e imperfecta podía conectar con el público de una manera difícil de explicar.
También guardó un zapato de tacón que había utilizado Vivien Leigh durante un rodaje. Más que por su valor material, Marvin conservaba aquel objeto como recuerdo de una compañera a la que respetaba profundamente.
Estos pocos recuerdos resumían una trayectoria marcada por el cine, el western y algunos encuentros personales especialmente importantes. Sin embargo, cuando pensaba en su propia identidad, Marvin no situaba Hollywood en el centro de su vida.
Tras su fallecimiento en 1987, fue enterrado en el Cementerio Nacional de Arlington, reservado para miembros de las Fuerzas Armadas y otras figuras destacadas de la historia estadounidense.
Su lápida no menciona el Óscar, las películas, las canciones ni la fama que alcanzó. Tampoco aparecen los nombres de personajes como Kid Shelleen o los títulos que lo convirtieron en una de las presencias más reconocibles del cine estadounidense.
La inscripción se limita a identificarlo como Lee Marvin, soldado de primera clase del Cuerpo de Marines de Estados Unidos y veterano de la Segunda Guerra Mundial.
Era la forma en que deseaba ser recordado.
Antes que estrella de Hollywood, había sido un joven marine que conoció el miedo, la pérdida y la incertidumbre. Aquella experiencia formó parte de cada hombre endurecido que interpretó posteriormente ante las cámaras.
Su carrera quedó definida por personajes difíciles, antihéroes cansados y figuras que escondían sus heridas detrás de una apariencia imponente. Pero una de las imágenes más entrañables de su trayectoria continúa siendo la de aquel actor sosteniendo un Óscar y atribuyendo la mitad del mérito a un caballo.
Décadas después, Smoky sigue ocupando un lugar especial en la memoria de Cat Ballou. No recibió una estatuilla de la Academia, pero la generosidad de Lee Marvin convirtió al animal en parte inseparable de una de las historias más singulares de los Premios Óscar.
En algún lugar simbólico de la historia del cine, el actor y el caballo todavía comparten aquel premio: uno por dar vida a un inolvidable pistolero en decadencia y el otro por acompañarlo con una actuación silenciosa, precisa y sorprendentemente humana.