JAVIER SOLÍS NO MURIÓ como NOS HICIERON CREER, HOY salio a la luz LA VERDAD
Más hermosa eres que el sol y más blanca que Javier Solís, la voz de terciopelo, no solo conquistó escenarios, también conquistó corazones. Las letras que nos faltan por pagar y para colmo. El gogó. El gogó fue el niño humilde de Tacubaya que pasó de carnicero a ídolo del pueblo. El hombre que le cantó al amor, al dolor y sin saberlo a su propio final.
A los 34 años, cuando el mundo lo aplaudía de pie, su vida se apagó de forma repentina. Una operación, versiones confusas y silencios que nunca se explicaron del todo marcaron su partida. Durante décadas se creyó que todo estaba dicho, pero hoy, 59 años después, una versión salió a la luz. Una versión que podría cambiar para siempre todo lo que pensábamos sobre la muerte de Javier Solís.
En una pequeña casa del barrio de Tacubaya, en la Ciudad de México, nació un niño destinado a cantar con el alma. Era el 4 de septiembre de 1931 y el país apenas se recuperaba de tiempos difíciles. Su nombre real era Gabriel Siria Levario y antes de cumplir un año de vida ya conocería el abandono. Su madre, agobiada por la pobreza, lo entregó a sus tíos Valentín y Ángela, quienes lo criaron como a un hijo propio.
Aquellos hombres y mujeres humildes le dieron techo y cariño, pero el vacío de no saber por qué sus padres lo habían dejado lo acompañaría toda la vida. De niño era inquieto, fuerte, con una mirada profunda y una voz que llamaba la atención hasta cuando hablaba. En la escuela de su barrio no destacaba por sus notas, pero sí por algo que nadie podía enseñarle.
un tono cálido, aterciopelado, que parecía venir de otro tiempo. Aún así, la infancia fue dura. Su tía Ángela, la mujer que más lo había amado, murió cuando él tenía apenas 8 años y con su partida se fue también la estabilidad que le quedaba. El pequeño Gabriel tuvo que abandonar la escuela y salir a trabajar para ayudar en la casa.
A los 10 años ya conocía de sacrificio. Fue recolector de botellas y huesos, lavacoches, cargador de canastas en el mercado, panadero y más tarde carnicero. Su oficio en los mataderos de la colonia Condesa lo marcaría para siempre. El sonido del cuchillo, el olor a hierro y el silencio de los animales antes del sacrificio.
Muchos años después, cuando cantaba sus boleros más tristes, parecía que esa experiencia seguía hablando a través de su voz. Él mismo solía decir, “Antes de ser cancionero, fui carnicero y no me avergüenzo. De ahí aprendí a ganarme la vida con las manos. A pesar de las carencias, el joven Gabriel tenía un espíritu alegre.
En sus ratos libres jugaba al béisbol y al fútbol, soñando con llegar algún día a las Grandes Ligas. Incluso practicó boxeo buscando defenderse de quienes se burlaban de su baja estatura. En el ring aprendió a resistir golpes, pero también a dominar la respiración, algo que años después perfeccionaría en los escenarios.
Sin embargo, el destino le tenía otro plan. Trabajando en la carnicería a la providencia, su jefe David Lara descubrió que aquel joven tímido tenía un don. Lo escuchó cantar mientras limpiaba los cuchillos y quedó impresionado. Sin dudarlo, le pagó clases de canto con el maestro Noé Quintero, el mismo que había enseñado a Pedro Infante.
Fue el primer paso hacia el mito. Con el tiempo, Gabriel empezó a presentarse en pequeños concursos de barrio. Ganó sus primeros centavos y sus primeros aplausos cantando en ferias locales. El premio no era dinero, fue un par de zapatos nuevos, pero para él significaron mucho más que eso. Decidió que ese sería su camino.
Tomó un nombre artístico, Javier Luukin, y comenzó a recorrer restaurantes, plazas y bares, acompañado por guitarristas que creían en su talento. Su meta era simple, que la gente lo escuchara. Con su nueva identidad dejó atrás al niño pobre de Tacubaya. Empezó a usar camisas blancas, peinados prolijos, una sonrisa ensayada, pero en el fondo seguía siendo el mismo joven con heridas que la fama nunca lograría borrar.
El verdadero cambio llegó a mediados de los años 50. Javier, aún bajo el apellido Luquín, trabajaba de noche en un bar llamado El Azteca, un lugar donde el humo, el tequila y los mariachis se mezclaban con los sueños de quienes querían triunfar. Allí cada noche se subía al pequeño escenario con un traje prestado y un corazón enorme. Cantaba tangos, boleros, rancheras, lo que le pidieran.
Su voz era diferente, cálida, envolvente, con una melancolía natural que el público sentía sin entender por qué. Fue en ese ambiente donde recibió el apodo que lo acompañaría por siempre, la voz de terciopelo. Una noche de 1955, entre copas y guitarras el destino volvió a tocar su puerta. Julio Rodríguez, ex primera voz del legendario trío Los Panchos, lo escuchó cantar.
Rodríguez quedó maravillado y le dijo, “¿Tienes algo que el público necesita oír?” Días después lo llevó a una audición con Felipe Valdés Leal, director artístico de discos Columbia, México. El resultado fue inmediato. La compañía quedó impresionada y le ofrecieron grabar su primer sencillo con dos canciones.
¿Por qué negar y qué te importa? Era 1955 y en México se abría paso una nueva estrella. Para ese momento había dejado atrás su antiguo nombre. Según se cuenta, los mariachis del bar solían anunciarlo como el solista y de esa broma nació su apellido artístico Solís. Así nació oficialmente Javier Solís, el hombre que transformaría la música popular mexicana.
El éxito no se hizo esperar. En 1957, mientras el país lloraba la muerte de Pedro Infante, Javier se subió a una cripta durante el funeral del ídolo y con lágrimas en los ojos cantó grito prisionero. Fue un gesto sincero, pero también simbólico. Ese día, México perdió a un ídolo y encontró a otro. La prensa comenzó a hablar de él como la nueva voz del bolero ranchero, un género que hasta entonces vivía a la sombra de las canciones de rancho tradicionales.
Javier lo llevó a otro nivel, más urbano, más íntimo, más humano. Su interpretación no era solo técnica, tenía sentimiento, ¿verdad? Cada nota sonaba como si la hubiera vivido. Felipe Valdés Leal aconsejó dejar de imitar a Infante y cantar con su propio estilo. Fue el punto de quiebre. De ahí nacieron canciones como Llorarás, llorarás, Sombras, Payaso y en mi viejo San Juan, himnos que lo catapultaron al corazón de toda Latinoamérica.
En apenas unos años grabó casi 400 canciones, 70 discos y más de 30 películas. Su voz cruzó fronteras. Cantó en Estados Unidos, Puerto Rico, Centro y Sudamérica, llenando teatros como el Million Dólar de Los Ángeles y el Liceum en Puerto Rico. En 1965, incluso Frank Sinatra se declaró admirador suyo y lo invitó a grabar en Nueva York.
En una fotografía histórica, ambos aparecen juntos. El icono del inglés y la voz del español. La crítica lo aclamaba. Las disqueras competían por tenerlo y los cines se llenaban para verlo actuar junto a figuras como María Victoria, Rosita Quintana y Antonio Aguilar. En esos años, Solís parecía invencible, pero detrás de la sonrisa del ídolo había señales que pocos notaban.
Largas jornadas de trabajo, dolores cada vez más intensos en el abdomen, noches sin dormir y una melancolía que se reflejaba en su mirada. Al público le cantaba con fuerza, pero en los camerinos el silencio era otro. A veces se quedaba mirando al vacío, murmurando versos de canciones tristes, como si presintiera que algo se acercaba.
Y aunque el mundo lo veía triunfar, la voz de Terciopelo comenzaba a quebrarse, no por el arte, sino por el destino. Sin saberlo, Javier Solís estaba escribiendo los últimos capítulos de su vida, la enfermedad y su inesperado final. A mediados de los años 60, Javier Solís vivía el punto más alto de su carrera y paradójicamente el más frágil de su vida.
Su agenda era agotadora, giras internacionales, películas, grabaciones en estudio y presentaciones nocturnas que parecían no tener fin. Las luces del escenario lo iluminaban con fuerza, pero cada vez que el telón bajaba, el dolor regresaba. un dolor agudo, persistente, justo debajo de las costillas. Él lo llamaba una molestia pasajera, pero los médicos sabían que no lo era.
Desde hacía años padecía piedras en la vesícula, un problema que se agravaba con los esfuerzos, las comidas irregulares y la falta de descanso. Sin embargo, Javier desconfiaba profundamente de la medicina tradicional. Le tenía miedo al quirófano, a los hospitales, a las agujas. Prefería los remedios naturales, los consejos de curanderos, los tratamientos homeopáticos a base de pequeñas pastillas dulces.

Durante años intentó aliviar el dolor con chochitos blancos, con infusiones y reposo, sin saber que el daño interno avanzaba en silencio. La voz de terciopelo seguía sonando perfecta, pero el cuerpo ya no lo acompañaba. Había noches en las que apenas podía respirar sin sentir un ardor punzante en el abdomen. Sus compañeros de grabación lo veían palidecer entre toma y toma mientras él fingía que todo estaba bien.
Nunca quiso suspender un concierto. Decía que el público no tiene la culpa de mis dolores. En abril de 1966, mientras filmaba su última película, Juan Pistolas, el dolor se volvió insoportable. Cuentan que un día al mover una caja de rifles durante el rodaje, sintió una punzada brutal. Su vesícula, saturada de cálculos, había colapsado.
Fue trasladado de urgencia al Hospital Santa Elena en la Ciudad de México. El personal médico insistía en operarlo de inmediato, pero Solís se negaba una y otra vez. No quería que lo abrieran, solo cuando le mostraron una radiografía. donde se veían claramente las piedras acumuladas, aceptó someterse a la cirugía. El Dr.
Francisco Subiría fue el encargado del procedimiento. La operación, según los informes, salió bien, pero el cuerpo de Javier ya estaba demasiado débil. Los días siguientes fueron de agonía silenciosa, fiebres, mareos, debilidad. Aún así, quienes lo visitaban recuerdan que se mostraba sereno. A veces bromeaba, otras miraba por la ventana con una calma extraña, como si aceptara que el tiempo se le agotaba.
Estoy cansado, pero tranquilo, habría dicho. El 19 de abril de 1966, a las 5:45 de la mañana el ídolo se incorporó lentamente en su cama. Miró hacia el techo, respiró hondo y pronunció apenas dos palabras. Dios mío. Después su corazón se detuvo. Tenía apenas 34 años. En cuestión de minutos, la noticia sacudió a todo México. Las radios suspendieron su programación, las disqueras se colapsaron por la demanda de sus discos y el país entero se tiñó de luto.
Miles de fans acudieron al panteón jardín para despedirlo. Algunos lloraban desconsolados, otros cantaban sus canciones como si aún pudiera escucharlos. Ese día la voz de Terciopelo se apagó, pero su eco quedó para siempre en la historia. Su cuerpo fue sepultado bajo la imagen de la Virgen de Guadalupe, rodeado de flores y aplausos.
Y mientras el pueblo se despedía de su ídolo, nadie imaginaba que tras aquella muerte aparentemente natural se escondían demasiadas incógnitas. Durante años se creyó que todo terminó ahí, pero la historia en realidad apenas comenzaba. Y hoy, 59 años después de aquella mañana triste, vuelven a tomar protagonismo las especulaciones y rumores en torno a su muerte, que repasaremos a continuación.
Las revelaciones. Amores prohibidos. En los años 60, México vivía una época de brillo y censura. El cine, la política y la farándula parecían mundos opuestos, pero se cruzaban constantemente en los camerinos, en los salones privados y en las fiestas que no aparecían en los periódicos. Y fue en ese ambiente donde, según muchos testigos, Javier Solís conoció a Irma Serrano, la tigresa, una de las mujeres más deseadas, temidas y polémicas de su generación.
Ella era actriz, cantante y amante de los escenarios, pero también conocida por su carácter indomable y por su cercanía con las figuras más poderosas del país, lo que comenzó como una amistad entre artistas, ensayos, tertulias, noches de bohemia. pronto se transformó en un romance tan intenso como peligroso. Las fuentes más antiguas aseguran que se veían en secreto en casas discretas y hoteles apartados, lejos de los flashes y los periodistas.
Pero había un problema. Irma Serrano mantenía una relación sentimental con un hombre que en ese momento ostentaba el poder absoluto en México, el presidente Gustavo Díaz Orda. Díaz Orda era un político conservador, reservado y temido. Controlaba el país con mano dura y su círculo íntimo era celosamente vigilado.
Cuando comenzaron los rumores de que la tigresa estaba viendo en secreto a un cantante, los agentes de inteligencia y seguridad presidencial empezaron a seguirla. Las versiones de la época cuentan que uno de esos informes llegó directamente al escritorio del mandatario con fotografías y nombres, entre ellos uno que resaltaba en tinta roja, Javier Solís.
Lo que vino después, nadie lo puede probar, pero todos lo cuentan en voz baja. Dicen que una noche, después de una fiesta privada en la que Serrano y Solís coincidieron, el cantante fue interceptado por un grupo de hombres al salir del lugar. Le exigieron que se alejara de ella, que no volviera a mencionarla ni a aparecer en público con ella.
Solís, Derko como siempre, no hizo caso. Siguió viéndose con Irma, aunque cada vez con más discreción, hasta que llegó la advertencia final. Según la teoría más extendida entre sus allegados, aquella noche en que fue ingresado al hospital no solo sufría por su vesícula, sino también por una brutal golpiza recibida en el estómago propinada por hombres ligados al entorno del presidente.
Los rumores indican que fue atacado por celos y por venganza y que esos golpes, sumados a su delicado estado de salud, terminaron por destruirlo por dentro. No hubo denuncia, no hubo investigación. El caso se cerró rápidamente bajo la causa de complicaciones médicas y el país entero se limitó a llorar la pérdida del ídolo. Pero entre bastidores, los que lo conocieron aseguraban que no fue una muerte natural.
“Lo mataron por amor”, decía un músico que lo acompañó en sus últimas giras. Y aunque Irma Serrano nunca reconoció públicamente ese vínculo, tampoco lo negó con claridad. Años después, cuando le preguntaron por Javier, respondió enigmática. Era un hombre hermoso, noble, pero el destino no lo perdonó. Esa respuesta, más que una aclaración, dejó abierta una herida que nunca cerró.
Muchos fans y periodistas siguen creyendo que el romance prohibido con la tigresa selló el destino del rey del bolero ranchero y que su muerte fue más política que médica, la última desobediencia. El expediente médico de Javier Solís decía que la operación había sido exitosa. El 18 de abril de 1966, un día antes de morir, los doctores aseguraban que su recuperación avanzaba, pero en cuestión de horas todo cambió.
La versión oficial fue un desequilibrio electrolítico provocado por complicaciones postoperatorias. Sin embargo, dentro del hospital, las enfermeras hablaban en voz baja. Decían que el cantante había desobedecido las órdenes médicas y que ese gesto fue lo que terminó con su vida. Una enfermera declaró años después que lo sorprendió comiendo trozos de hielo cuando tenía estrictamente prohibido ingerir agua o líquidos.
Otra versión más dramática asegura que aprovechando un descuido del personal, pidió una jarra de limonada. La bebió completa y minutos después comenzó a sentirse mal. Su estómago no resistió el cambio, su presión cayó en picada y su corazón, ya débil por la cirugía, no soportó más. El propio médico homeópata que lo trataba, Manuel Trillanes, confirmó que Javier había incumplido las recomendaciones, pero negó lo del hielo.
Según él, la limonada fue la causa real del colapso. En ambos casos, el resultado fue el mismo, un acto de desobediencia que se volvió mortal. Lo más extraño es que días antes el propio Solís había dicho a un amigo cercano, “Prefiero morir que seguir con este dolor, el misterio del expediente perdido. Si algo alimenta la sospecha sobre su muerte, es lo que ocurrió después.
Cuando los periodistas comenzaron a investigar el caso, el expediente médico del Hospital Santa Elena había desaparecido. Ni su familia, ni su representante, ni la prensa pudieron obtenerlo jamás. El Dr. Francisco Subiría, quien lo operó, fue duramente criticado. No figuraba como cirujano en los registros oficiales y su carrera estaba rodeada de irregularidades.
Algunos aseguraron que el hospital intentó encubrir una negligencia médica, otros que simplemente se trató de un error burocrático, pero lo cierto es que la historia se volvió más oscura. Según testimonios, después de la operación, el cantante sí tenía permitido tomar líquidos suaves como jugo de manzana, lo que contradice la versión de la limonada fatal. Nada coincidía.
Y lo más inquietante, cuando la familia pidió los resultados de laboratorio y las notas de enfermería, nadie supo decir dónde estaban. El caso fue cerrado sin investigación formal. Una voz tan grande había partido y ni siquiera quedaba un documento que explicara por qué. sus dos mujeres. El escándalo estalló dentro del mismo hospital mientras el ídolo agonizaba.
Dos mujeres aparecieron reclamando ser su esposa. Se encontraron frente a frente en los pasillos del Santa Elena y ambas tenían documentos, anillos y, sobre todo, un mismo argumento. Soy la mujer de Javier. El personal médico quedó paralizado. Los gritos, los reclamos, las lágrimas y en medio de todo un hombre al borde de la muerte que solo pedía paz.
Cuentan que él mismo les rogó que dejaran de pelear, que su tiempo se acababa, pero ninguna escuchó. Aquel episodio fue solo la punta del iceberg. Tras su fallecimiento salieron a la luz múltiples matrimonios paralelos. Se sabe que se casó legalmente al menos cuatro veces usando nombres falsos o rituales simbólicos para evitar trámites.
Algunas ceremonias fueron religiosas, otras yaquis, sin valor legal, pero con la intención de hacerlas parecer reales. Cada hogar, cada historia tenía su propio Javier Solís, el padre amoroso, el artista ausente, el amante fugaz. Con los años se descubrió que había tenido hasta nueve hijos reconocidos por distintas mujeres.
Algunas lo amaban, otras lo enfrentaban por abandono y varias solo buscaban un pedazo de la fortuna que había dejado. El presentimiento de la dios entre todos los misterios, quizás el más poético y el más perturbador, fue el presentimiento que Javier Solís tuvo sobre su propia muerte. Desde años antes, sus amigos cercanos recordaban escucharlo decir, “Yo no voy a llegar a viejo.
” Lo decía con calma, como quien acepta un destino inevitable. Durante las grabaciones de su último disco, se lo veía inquieto, apurado, casi desesperado por terminarlo. Insistía en dejarlo listo por si algo me pasaba. Ese álbum incluía una canción que hoy suena como una profecía, amigo organillero. El tema habla de la muerte, del cansancio de vivir, del deseo de descansar al fin. Quiero morir.
No tengo ya que el amor tan puro y santo. Era su despedida, aunque nadie lo entendió así. El día de su velorio, la disquera Columbia decidió lanzar esa misma canción al público. Los fanáticos al escucharla rompieron en llanto. Para muchos fue una señal. La melodía sonaba mientras su cuerpo era sepultado en el panteón jardín.
Una coincidencia demasiado cruel, como para ser casualidad. Incluso hay quienes aseguran que antes de morir pidió a su familia, “Cuando me entierren, rieguen mi tumba con mucha agua.” Una frase misteriosa, simbólica, que ha sido interpretada de mil maneras. Algunos creen que era una metáfora de purificación, otros una manera de exorcizar culpas o despedirse de su dolor.
Sea como sea, sus palabras quedaron grabadas como el último eco de un hombre que sabía que su final estaba cerca. Amores prohibidos, desobediencia médica, negligencia, presentimientos y secretos familiares. Cada una intenta explicar lo que ocurrió aquella madrugada del 19 de abril de 1966, pero ninguna logra disipar el misterio. A casi seis décadas de su partida, Javier Solís sigue siendo una leyenda y su historia continúa generando preguntas sin respuesta.
fue víctima del destino, de su propio descuido o de algo más profundo que nunca se reveló. Lo único cierto es que la voz de terciopelo aún resuena suave y triste entre las sombras del bolero ranchero, recordándonos que incluso los ídolos alguna vez también tuvieron miedo de morir. Déjanos tu opinión en los comentarios y si te gustan estas historias donde los ídolos muestran su lado más humano, no te pierdas nuestro video sobre Pedro Infante, donde revelamos los secretos que casi nadie se atreve a contar.
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