REVELADO: Asi FUE la LUJOSA VIDA de LUCHA VILLA y su Gran FORTUNA

REVELADO: Asi FUE la LUJOSA VIDA de LUCHA VILLA y su Gran FORTUNA

¿Qué onda? Hoy checaremos qué fue de Lucha Villa, la mismísima grandota de Camargo. Vengan a conocer a la mera mera que dominó la cantada y el cine al mismo tiempo, presumiendo un bozarrón tan perrón que le dio un giro total a las rancheras. La misma doña que se armó casonas en los barrios más fresas de la capital, que paseaba en puro carrazo importado como mercedos y cadilac, juntando un lanón de 300 millones de pesos de hoy, hasta que en 1990 y siete el quirófano le jugó chueco.

 Les apuesto que cuando acaben de chutar este videío sobre nuestra icónica estrella, les va a caer el 20 de que esta mujerona no es nada más un cuento de antaño. Arrancamos. Así empezó Luelena. Esta chihuahüense bautizada como Luz Elena Ruiz Bejarano, vio la luz un 30 de noviembre de 1930 y 6 allá en Santa Rosalía de Camargo, un pueblito bien norteño.

 La cosa estaba perra en el rancho, pues noás habían pasado unos 20 añitos de la bola revolucionaria. Las familias de campo pasaban carencias gruesas y salir adelante siendo chamaca de pueblo estaba cañón. Sin embargo, nuestra protagonista traía un par de dones que la hacían brillar desde morrita. medía 1,75 cuando las mexicanas apenas rozaban el metro5.

Aparte tenía una belleza chidísima que donde se paraba robaba cámara. Rozando el final de los 50s, siendo una chavita de 20 añitos, le cayó a la capital con ganas de triunfar en las pasarelas. Un magnate Che, Luis Gache Dylon, la jaló para meterla a las dianas de Dijon, una bolita de muchachas guapas y danzantes que armaban alboroto en los shows.

 Este productor tenía colmillo y quiso pegar el chicle lanzando dos cantantes rancheros, un chavo y una chava. Pero tómala. El día del mero estreno en 1960, la chamaca lo dejó plantado. Lucelena no la pensó y saltó al quite. Como andaba bruja, pidió un trapo prestado para verse decente. Pero agárrense noás soltó la voz en el micro y dejó a toda la raza con la boca abierta.

 Su timbre era rasposito, superhondo y macizo, nada que ver con los tonitos suavecitos y chillones que traían de moda las demás cantantes del género. Sonaba a macho, pero dentro de una mujera, guapísima y kilométrica. Una locura nunca antes topada. El tal Dillón olió el billete luego luego le quitó el Lucy Ruiz y la rebautizó como Lucha Villa, un apodo perrísimo que mezclaba Lucha con el apellido del mismísimo Pancho Villa, presumiendo a todo pulmón su sangre 100% chihuahuense.

Un apodo bien pegador, choncho y con el nopal en la frente. En 1960 brotó Lucha Villa enterrando por siempre a Lucelena. Tras aventarse ese palomazo, el cantautor José Ángel Espinoza Ferrusquilla la apadrinó y la metió directito a la XW, la mera mera cadena de radio en aquel tiempo. El Ferrusquilla traía su banda y de volada puso a nuestra lucha como la cantadora estrella del grupo.

 Así pegó en todo el país y le cayó la chance que le voltearía la vida entera. En 1960, Yuno grabó su primer disco con Musart, la disquera más picuda de música regional. Ese acetato traía puros rolones de ferrusquilla del ídolo José Alfredo Jiménez y otros capos de aquella onda musical. Entre esas rolas venía la media vuelta, un himno que le armó a la medida el mismísimo José Alfredo.

Tremendo trancazo. Esa rola reventó todito el país. Ese bozarrón tan rudo sacando el despecho de las letras de José Alfredo hizo un match brutal. Las estaciones no pararon de ponerla día y noche por meses, de que nadie la topara, Lucha brincó a ser la mega estrella del momento en puras semanitas.

 José Alfredo se dio cuenta que ella era su musa soñada y le soltó más rolones. Le regaló joyas como la mano de Dios, que se me acabe la vida y su himno máximo amanecía en tus brazos. Con ese último bombazo, Lucha se trepó al podio de las meras meras del mariachi, dándose un tiro con Lola Beltrán, que hasta entonces mandaba galleta solita, arrancando los 60s.

Nuestra giganta no paró de reventar la radio con hits como besos de papel. Que me lleve el tren, Senaida, hermosísimo lucero, una pura y dos con sal, retirada. Tiraba puro platino, vendía miles de copias de a golpe. A mitad de los 60s, la doña era de las cantantes que más discos despachaba, poniéndose al tú por tú con su compadre y compa de parrandas, Javier Solís.

 En 1963 debutó en pantalla saliendo un ratito en los apuros de dos gallos. Salió de pasadita como un guiño, pero sirvió de llave maestra. Los directores de volada echaron el ojo a lo imponente que se veía a cuadro. Aparte del bozarrón, le sobraba ángel, sabía actuar y la cámara la adoraba. Para 1964 agarró el papelón de su historia.

 El cineasta Roberto Gabaldón andaba armando la versión para el cine de El gallo de oro, ese librito tan chingón de Juan Rulfo. Y el guion lo traían dos figurones de las letras latinas, el buen Carlos Fuentes y el Gabo García Márquez. Era un tiro grande, una película carísima de nuestro cine patrio que prometía volar cabezas.

 Gabaldón andaba urgido de una morra para ser Bernarda Coutinho, la mismísima caponera, una cantadora de ferias bien colmilluda y perversa que enamora al galán. Ocupaba una chava que escupiera las rancheras con furia, que estuviera bien plantada y trajera el carácter explosivo exacto para llenar esos zapatotes en la pantalla.

 Lucha le cayó como anillo al dedo. La cinta reventó la cartelera. Un 18 de diciembre de 1964, directito en el cine Alameda de la capirucha. Pegó con tubo en taquilla y crítica. La peli se embolsó millonotes no más en la semanita de estreno. Todos aplaudieron el papelón de lucha coronándose en 1965 con la diosa de Plata por mejor actriz.

Y el soundtrack ni se diga voló de los estantes despachando arribita de 100,000 copias físicas. Gracias a el gallo de oro, nuestra querida lucha demostró que no solo cantaba, también devoraba la pantalla. Desde mediados de los 60 hasta cerrar los 1970, la grandota de Camargo no paró de filmar.

 Se aventó más de 50 cintas, ya fuera como figura principal o Armando Mancuerna. A lo largo de esos 20 años compartió set con los cineastas más picudos de la época y se codeó con la crema inata de la pantalla grande nacional Puros Pesos Pesados. Ignacio López Tarzo, Chente Fernández, Pedro Infante, hijo, Jorge Rivero, David Reinoso y Luis Aguilar.

 Su racha de trancazos taquilleros arrancó con guitarras Lioren guitarras allá por 1965, seguida de joyitas como Los Tres Calaveras. Ese mismo 1965. Los Sánchez deben morir en 1966. Mi caballo rebelde y el imperio de Drácula, ambas de 1967. Además de Jalisco, nunca pierde para 1970 y dos reventó la taquilla junto a Vicente Fernández.

 En su mero apogeo a Lucha le llovía lana por todos lados, coronándose como una de las artistas mejor retribuidas de su tiempo. Hablemos de las regalías discográficas. se metió al estudio para grabar más de 60 discos entre 1960 y 1 y 1996. En los 60 se llevó 12 discos de oro al hilo, un premio que solo te daban si rebasabas las 100,000 copias vendidas.

Imagínense esto. En la época de los 60 y 70, las disqueras soltaban entre tres y cinco pesitos de ganancia por cada vinilo desplazado. Haciendo cuentas, si movió más de 1,200,000 copias con esa docena dorada, se echó a la bolsa entre 3,600,000 y 6 millones de pesos puras regalías. Ya entrando a los 70 y 80, cualquier material nuevecito acomodaba de 50.

000 1000 a 150,000 ejemplares según qué tanto le metieran a la promo. Sacaba de dos a tres placas anuales, cobrando de 5 a 8 pesos por unidad, nada más de pura música vendida. Sus entradas anuales bailaban entre los 500,000 y los 3 millones de pesos. Y agárrense con las tocadas en vivo. Como platicamos antes, esta Madona se embolsaba de 12 a 36 millones de pesos al año, purificando los palenques setenteros.

 Para los 80 cobraba más caro, sobre todo en 1985, cuando la rompió cantando rolas de Juan Gabriel, su tarifa se fue a las nubes. Pedía 800,000 pesos por pisar un palenque de renombre y hasta 1,illón y medio si se trataba de las ferias patronales más chonchas. Se aventaba un centenar de fechas anuales, lo que le dejaba un jugoso margen de entre 80 y 150 millones de pesos nada más por plantarse a cantar. Vámonos al cine.

 En aquellos años 60 y 70, una actriz principal cobraba desde 50,000 hasta 150,000es por rodaje, dependiendo de qué tan gorda estuviera la cartera del productor. Sabiendo que filmó más de 50 cintas, si le ponemos un promedio de 100,000 pesitos a cada una, estamos hablando de unos 5 millones de pesos acumulados en la pantalla grande y eso sin meter a la cuenta la lanita extra que le caía por las retransmisiones televisivas.

 un dinerito pasivo que le duró décadas. Ahora hablemos de los comerciales y patrocinios. En plena década de los 80, la cantante le prestó su rostro a marcas de altísimo nivel. Se volvió la figura oficial de tequileras, refresqueras de provincia y hasta líneas de ropa vaquera. Por cada comercialo le soltaban entre medio millón y 2 millones de pesos.

 Si calculamos que se echó unas cinco campañas fuertes entre 1980 y 1990, sumó de 2,00 y medio a 10,000ones extra a sus arcas. En resumen, durante su época dorada de 1970 y 5 a 1990, juntando todo lo que facturaba, este mujerón llegaba a meterse entre 100 y 200 millones de pesos al año en su mero pico ochentero. Si traemos esos números a la actualidad pasándole el filtro de la inflación, estaríamos hablando de unos 20 a 40 millones de pesos actuales cada 12 meses. Una locura.

 A lo largo de sus 36 años partiéndose el lomo en los escenarios de 1960 y 1 a 1997, amarró un patrimonio de unos 150 millones de pesos viejos, que hoy serían casi 300 millones de pesos, y no los despilfarró. Con tanta lana demostró tener mucha cabeza para los negocios, metiéndolo a los bienes raíces, asegurando su futuro y armando un patrimonio blindado.

 Su nidito principal lo armó en la capital. allá por 1968, ya consagrada como una verdadera diva, decidió hacerse de una casona de dos niveles en la del Valle, que en aquel entonces era de los rumbos más pipiris nace y cotizados de todo el Distrito Federal. El inmueble estaba estratégicamente situado justo en la esquina de las calles Matías Romero y municipio Libre.

 Tenía todo el toque californiano, levantada sobre un terreno de 600 m² con 400 m de pura construcción. Contaba con cinco cuartos, todos con su propio baño, una sala inmensa forrada de ventanales, un comedor de lujo donde cabían 12 invitados sin apretujarse y una cocina integral armadita con todo, además del cuarto para las muchachas, cochera para cuatro naves, su buen jardincito con árboles frutales y una terraza en la planta alta.

 La amuebló con puro lujo traído desde tierras tapatillas, le metió arte de pintores nacionales y mandó poner una vitrinota espectacular. para presumirle a las visitas todos sus galardones, discos de oro y reconocimientos. En 1968 esa joya le salió en 850,000 pes. Un dineral bárbaro. Soltó 300,000 de enganche y lo demás se lo aventó a 5 años dando mensualidades de 12,000 pes.

Llegando a 1973 ya tenía las escrituras liberadas. Si la vendiera hoy, con lo que ha subido la plusvalía en la del Valle, ese cantón andaría pegándole a los 35 o 50 millones de pesos. Pero eso no es todo. El depa en Polanco. Para 1982 se hizo de una propiedad de superlujo en un desarrollo nuevecito de esta colonia.

El código postal más fresa y caro de la capital. Era un penthouse en el piso 12 de 280 m². Tenía tres recámaras, balcón con vista directa al bosque de Chapultepec, dos cajones de estacionamiento y lujos como alberca, gimnasio y un salón para pachangas. Desembolsó 4,illones y medio de pesos para comprarlo y lo ponía en renta para puros ejecutivos gringos por 35,000 pes al mes.

 Eso le dejaba 420,000 pesotes de puro ingreso pasivo anual. Hoy esa propiedad no bajaría de los 25 a 35,000000. Hablemos de su rancho en tierras potosinas, ya rozando el final de los 80 con la idea de colgar los botines. La estrella adquirió una hacienda de 50 haáreas a las orillas de San Luis Potosí. La finca presumía una casa principal de adobe y Teja, cuatro alcobas, su buena cocina de rancho con estufa de leña, una sala con chimenea, además de corrales y caballerizas, pozo de agua propio y un buen tramo para sembrar. Le costó 8 millones de pesos y

se volvió su mero escondite. Ahí se la pasaba relajada cuando no estaba de gira, dándose el gusto de criar potrillos y vaquillas. De hecho, es justo en ese terrenito donde pasa sus días junto a los suyos desde que dijo adiós a los escenarios en 1997. Pasemos a la propiedad de Guadalajara. En 1975 se hizo de una finquita en la colonia Chapalita allá en Guanatos para usarla de campamento base cada que le tocaba irse de gira por todo el vajío.

 Era una residencia modesta de tres habitaciones por la que soltó 450,000. Para 1988 la traspasó en 3,200,000 sacándole un jugoso negociazo gracias a la plusvalía. Los carrazos. A nuestra querida lucha le fascinaba andar en naves de primer nivel, manejando siempre lo más exclusivo que pisaba el asfalto nacional en cada etapa de su fama, como su cadilac el dorado de 1975.

Su primer gustito sobre ruedas a lo grande fue ese Cadilac blanco perla con asientos de cuero rojo que sacó de agencia en 1975. Le salió en 280,000 pesotes. Un dineral para esos tiempos. Imagínate, un bocho salía en 28,000 pesos. Ese cadilac gritaba poder, traía clima, asientos ajustables a botón y una casetera de ocho pistas para poner su propia música.

 Su tremendo motor B8 de 8.2 L Bramaba al arrancar. Lo trajo 8 años soltándolo hasta 1983. Luego saltó a Lincoln Continental. En 1983 desembolsó 680,000 peso de agencia. Tremenda nave negra reluciente con toldo de vinil blanco, la pura moda ochentera. Por dentro, vestiduras color crema, vidrios entintados y un telefonazo carfón, lujo tecnológico exclusivo de magnates de la época, además de su sonidazo voce de cassete.

 Sacaba esta joya exclusivamente para alfombras rojas y galas. Arribaba como reina. Su chóer engalanado de traje siempre le abría la puerta. Ya en los Cuernos de la Luna, allá por 1988, se consintió con un Mercedes-Benz 560. Aquel vólido plateado traído de Alemania le salió en 2,800,000es, pagando una barbaridad de puros aranceles de importación.

 Literal, era el coche más exclusivo del país. Contaba con máquina B8, suspensión de aire, clima por zonas y asientos programables. Destrozaba a cualquier coche gringo en elegancia. La gran lucha lo lucía a todo lo da en las revistas del corazón. Fue su último juguetito antes de retirarse. Ah, y la Ford Bronco, para dominar su rancho potosino, se armó con una Bronco verde oscuro, modelo 1990.

Le costó 450,000 pes. Cero pretensiones de gala. Era pura bestia de carga, pero equipadísima. Tracción 4×4, motor B8, clima helado y vestiduras de cuero. Con ella recorría sus tierras, daba el rol por el pueblo y levantaba polvo en las brechas. A lo largo de sus años dorados, también manejó un Impala 1969, un Grand Prix 1977 y otros carrazos espectaculares.

 Toda su flota automotriz rondaba los 8 millones de pesos de aquel entonces, unos 15 millones de pesos de hoy. Ahora hablemos de su vida de magnate, alajas y ropa. Se daba una vida de verdadera emperatriz. Más allá de mansiones y carrazos, su día a día gritaba que era la diva máxima. Checa nada más su ropa de show.

 Mandaba confeccionar su alta costura exclusivamente con los modistas más picudos de la capital y la perla tapatía. Cada trajecito repleto de lentejuela para los palenques le salía entre 15,0 y30 y 5,000 ochenteros. Llegó a juntar más de 100 en su closet. Se reventaba alrededor de medio millón de pesos al año pura y exclusivamente en sus cambios de vestuario.

 Su gran debilidad, las alajas. Le fascinaba el oro y las gemas finas. Coleccionaba gargantillas de 18 kilates, brazaletes y sortijas. Un tesoro valuado en unos 5 millones de pesos. presumía una esclava de puro oro macizo, detallazo de un magnate jaliciense en 1976. Valía 200,000 pesos de aquellos días. Para los eventazos de gala portaba unos pendientes de brillantes tazados en la tremenda cantidad de 800,000 pes.

 Vuelta que daba a Guadalajara, vuelta que arrasaba con las joyerías más fifí del centro. Ahora pasemos a sus viajes al extranjero. Se la vivía volando a los Estados Unidos combinando las giras con la pachanga. Eso sí, puro hotel de máximo lujo en Las Vegas. Puro Caesar’s Palace a $250 la noche.

 Si tocaba Los Ángeles directo al Beverly Hills Hotel arrasando con las tiendas carísimas de Rodeo Drive. Nada más en una salidita de compras en 1986 se fundió $1,000 entre garritas finas, zapatos y buena vida. Ya en la capital era clienta frecuente de los comedores más exclusivos. Se dejaba ver en lugar top como el ambassador Bellingusen, Chance Elisée uffocolar.

 Sus cuentonas llegaban a los 8000 pesos por sentada con sus invitados, repitiendo al menos un par de veces por semana. Su paladar exigía puro tinto francés de importación, de esos que costaban una fortuna a la botella. Sobre su personal, en su casona del Valle tenía dos muchachas de planta, un especialista en jardines que iba tr días y su chóer privado, quien se embolsaba 25,000 pesos mensuales en plena época ochentera.

Mantener a toda esa gente le salían unos 80,000 pes cada mes. Pasemos a su etapa dorada, el premio Ariel y su consagración actoral. Para 1972, nuestra grandota de Camargo estelarizó Mecánica nacional bajo la lente de Luis Alcoriza. Esta joyita se volvió un pilar de nuestra cinematografía. La trama seguía el relajo de una familia clasemediera yendo en caravana a echar desmadre al Gran Premio de México.

 Ahí le dio vida a la Chabela, una mujer super aventada y coquetona que termina enredando al personaje principal. Aquella película rompió todos los moldes. Duró más de 7 meses atascando los cines en todo el país. Una locura total para esos tiempos. Se metió a la bolsa más de 15 millones de pesos en puras entradas.

 Los críticos la coronaron como una joya absoluta de la comedia nacional. Años más tarde, este peliculón amarró el puesto 74 entre las 100 joyas indiscutibles del cine mexicano y en 1973 le llovió la gloria. se llevó el Ariel a mejor actriz por ese papelazo. Literal, era como llevarse un premio Óscar aquí en México.

 Pisó el imponente escenario de bellas artes para alzar su estatuilla, deslumbrando con un modelito plateado de lentejuelas, confeccionado exclusivamente para esa noche mágica. Ese trajecito valía 25,000 pesos de antes, medio millón de pesos de hoy. Era puro derroche, estilo y magia a la lucha villa. Luego, en 1978, estelarizó el lugar sin límites de Arturo Ripstein, basada en la obra de José Donoso.

 Encarnó magistralmente a la japonesa, la mera mera dueña de un congal en un pueblito perdido. Un reto actoral bravísimo y superoscuro, nada que ver con sus típicas comedias de charros. Se aventó una interpretación para quitarse el sombrero. Con esto se embolsó su segundo Ariel, ahora como actriz de reparto, callando bocas y demostrando su enorme peso dramático.

Durante los 80s y principios de los 90s no soltó las cámaras. reventó la taquilla con los exitazos populares de Lagunilla Mi barrio 1 y su secuela Lagunilla I. Ya para 1990 y tres brilló en Lolo, un drama de Francisco Ati con el que arrasó llevándose el galardón de la AE en Nueva York por su tremenda actuación.

 Cerró el telón con la cinta el fiscal de Hierro 4 en enero de 1995, apenitas un par de años antes de que el destino la obligara despedirse de los escenarios. La mera mera de los palenques. Porque a pesar de andar triunfando en la pantalla grande, Lucha Villa jamás soltó el micrófono. Entre las décadas de los 70 y los 80 se coronó como la patrona absoluta de los ruedos en todo el país.

 Ya saben, esos ruedos mágicos de nuestras ferias de pueblo donde se arma el verdadero fiestón con gallos y música en vivo. Allá por los 70, estos recintos eran el corazón de la fiesta y dejaban un dineral a los artistas. Y agárrense, porque Lucha fue la pionera en plantarse al mero centro, pisando la arena del palenque, rompiendo la costumbre de cantar desde las gradas como las demás.

 La raza se volvía loca exigiéndolo. La fanaticada anhelaba tener cerquita a la grandota de Camargo y sentir como su bozarrón les vibraba en el alma. Pero ella ponía sus reglas o bajo al centro o no hay show. En plenos años 70, la doña se embolsaba de 150,000 a 300,000 pesos por noche en las plazas fuertes.

 Y agárrense, porque en las ferias pesadas como San Marcos, León o Zacatecas, su tarifa se disparaba hasta el medio millón de pesos por velada. Se aventaba de 80 a 120 fechas anuales, puro palen que le dejaba entre 12 y 36 millones al año en esa época, que hoy serían como 250 millones de pesos. Una locura. y no paraba ahí. Llenaba teatros, cabarets y hasta fiestas de ricachones que soltaban 200,000 pesotes no más para escucharla echarse cuatro o cinco rolas.

 Sus giras gringas eran un éxito. Nuestros paisanos la veneraban y retacaba recintos de 5,000 almas en Los Ángeles, Chicago, Houston y San Antonio. Cobraba en billetes verdes y al traerlos a nuestro país, el tipo de cambio le multiplicaba la lana de forma brutal. Pero llegó la tragedia. Un trágico domingo 24 de agosto de 1997, la cantante entró al quirófano para un arreglito estético en el prestigiado hospital Muguersza de Monterrey bajo las manos del cirujano Eugenio Paxeli.

 A sus primaveras, la artista buscaba darse una manita de gato para seguir deslumbrando a su público en los escenarios. Parecía una cirugía de rutina, de esas que miles de mujeres se hacían cada año sin la menor bronca. Sin embargo, la anestesia le jugó una mala pasada y todo se salió de control.

 La grandota enfrentó una crisis médica de terror en plena operación. Los doctores se movilizaron de inmediato con maniobras desesperadas, pues el cuerpo de la cantante entró en un choque alarmante. Tristemente, su cerebro se quedó sin el oxígeno necesario por varios minutos. Para cuando lograron sacarla del apuro, el mal ya era irreversible.

 Nuestra querida lucha quedó sumida en un coma profundo. La pasaron directo a terapia intensiva, luchando por su vida conectada a puros aparatos. Los doctores no le dieron muchas esperanzas a sus hijos. El panorama era tan oscuro que existía el riesgo de que jamás abriera los ojos. Y el trago amargo era que si llegaba a despertar, las secuelas neurológicas por la asfixia cerebral serían de por vida.

La prensa montó guardia afuera de la clínica. Hasta Patti Chapoy en Ventaneando mantenía el país en vilo con el parte médico de la estrella día tras día. Los suyos pensaron en volar de urgencia a Houston buscando un milagro, pero los especialistas les advirtieron que un traslado sería una sentencia de muerte.

 Nueve angustiosos días después, el domingo 30 y 1 de agosto de 1997, ocurrió un rayito de luz. Lucha reaccionó, abrió sus ojos, empezó a mover brazos y piernas solita, respondiendo al fin. Ya había librado a la huesuda, pero el golpazo cerebral era innegable. Las lesiones en sus lóbulos frontal y temporal le cobraron una factura altísima, afectando severamente su capacidad para hablar, su retentiva y sus movimientos.

 Fueron meses donde la doña tuvo que empezar de ceros, reaprender a hablar, leer y escribir como una chiquilla, dándole duro a la terapia. hasta voló a la isla de Cuba buscando un milagro en el Centro Internacional de Restauración Neurológica. Sí logró mejorar bastante su memoria, habla y atención, pero el daño le robó a la lucha de siempre.

 Las marcas fueron para toda la vida, batallar para caminar bien, tropiezos al hablar y constantes olvidos que le rompían el corazón a cualquiera. Pero lo que de verdad nos dolió en el alma fue que ese bozarrón que hizo vibrar al pueblo por 36 años se apagó en el canto para siempre. Nuestra adorada grandota de Camargo, la mera patrona de las ferias y la garganta más brava de la ranchera, había perdido su don irremediablemente.

Su nueva vida lejos de las cámaras. Desde aquel trágico 1997 se refugió en su rancho potosino, cobijada y apapachada por sus hijas. Su muchacha, María José Rengifo, de vez en cuando le cuenta a la prensa que su madrecita sigue al pie del cañón con su rehabilitación, que está supertranquila, que se avienta sus buenas caminatas y que, a pesar de todo el drama médico, trae una salud física envidiable.

 Para 2006, le armaron un homenaje bellísimo en el festival internacional de cine de Chihuahua, donde se dejó ver arropada por su gente. En 2009, su querido Camargo le rindió honores destapando una enorme estatua de bronce en su nombre de unos impresionantes 6 m y 6 toneladas de peso, una chulada de obra tallada por el maestro local Carlos Espino.

 Y si te acercas, la placa al pie del monumento reza con orgullo en honor a Lucelena Ruiz Bejarano, Lucha Villa, homenajeada eternamente en su terruño. Aquí está mi gallo de oro retando a los valientes. Por ahí la mismísima Aida Cuevas le rindió pleitesía echándose los palomazos más emblemáticos que hicieron grande a lucha.

 Ana Gabriel no se quedó atrás y sacó el discazo renacer para aplaudirle en vida a la grandota. Y ni hablar de los grandes como Don Chente, Pepe Aguilar, el Potrillo y otros capos de la ranchera, que siempre gritan a los cuatro vientos lo mucho que la escuela de Lucha Villa los marcó. Ya en 2013, María José platicaba con los reporteros. Mi mamá le sigue echando muchas ganas a sus terapias.

 La realidad médica de mi madrecita nunca se ha ocultado. Aquí lo que cuenta es apapacharla con todo para que no deje de dar pasitos hacia adelante. Vive sin preocupaciones, hace sus cositas y se la pasa caminando. Nos deja atrás a todos. Físicamente está al 100 y para sus años yo la veo guapísima y entera.

 Hoy en día se está cocinando una bioserie sobre esta leyenda de la ranchera, aunque su hija prefiere guardar el secreto bajo llave hasta que el proyecto esté a punto de caramelo. Allá por el 2022 se hizo viral una imagen donde vemos a nuestra lucha en silla de ruedas cobijada por una amiga queridísima, postal, que despertó un mar de apapachos y bendiciones por parte de su público fiel, que la sigue adorando.

Hablar de esta mujer es recordar como una simple casualidad forjó a una leyenda absoluta. Aquella velada de 1960, cuando la intérprete principal falló, Luz Elena Ruiz Bejarano, se puso un vestido prestado para rifársela en el escenario, dándole un giro brutal a nuestra música ranchera. Llegó a embolsarse la friolera de 300 millones de pesos.

 Adquirió cazonas espectaculares en la del Valle y Polanco, paseándose en lujosísimos Mercedes y Cadilax. se dio vida de reina por 40 años, aunque la verdadera riqueza que nos dejó fue su inmensa huella en nuestra cultura. Esta señora hizo pedazos los prejuicios y le abrió camino a muchísimas mujeres dentro de un ambiente de puros machos.

 Ese doloroso adiós en 1990 y la dejó en silencio, pero jamás logró apagar su imponente leyenda. Hoy su garganta calla, pero su alma retumba al poner sus vinilos. O cuando el mariachi se arranca con ese himno de amanecí en tus brazos. Oh, cuando el redondel a reventar aclama a nuestra lucha villa eternamente la grandota de Camargo, la ronca de Chihuahua y ama de los ruedos.

 Nos dejó clarísimo que el talento no sabe de géneros, que un canto rasposo e imponente también enamora, y que cualquier chamaquita de rancho puede echarse a todo México al bolsillo si tiene las agallas para agarrar al vuelo las oportunidades. Ojalá te hayas empapado de la magia de esta pionera del regional, dueña de un bozarrón inigualable.

 La neta, yo gocé muchísimo armándote este homenaje. ¿Te sabes algún otro dato curioso sobre sus cintas o su trayectoria? Échamelo aquí abajito en la caja de comentarios. A ver, cuéntame de todo lo que platicamos. ¿Qué fue lo que más te llegó al corazón sobre nuestra grandota? Si te late clavarte en las vidas de los meros meros de nuestra música, échate un clavado en nuestro canal.

 Pícale a suscribir, prende esa campanita y acompáñanos, porque las joyitas que se vienen te van a dejar con la boca abierta. Yeah.

 

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