La mañana del 27 de julio de 2019 comenzó como cualquier otro sábado para Tomás Ignacio Acevedo Olea, un joven de 17 años que vivía junto a su madre, Beatriz Olea, en la ciudad de Rancagua, Chile. Antes de salir de casa, ambos se despidieron con la naturalidad de siempre. Tomás debía asistir a una reunión de su grupo scout para organizar un campamento nacional y prometió regresar alrededor de las dos de la tarde para almorzar con su madre.
Ninguno de los dos imaginaba que ese abrazo sería el último.
Horas después, Tomás sería víctima de una emboscada cuidadosamente planificada. Su cuerpo aparecería sin vida al día siguiente, y una de las personas que lloraría desconsoladamente durante su funeral sería, según demostraría posteriormente la investigación, una de las responsables de haber preparado el crimen.
Un joven querido por todos
Tomás Ignacio Acevedo Olea nació en 2002, en San Vicente de Tagua Tagua. Era hijo único de Beatriz Olea y mantenía con ella una relación muy cercana, basada en el cariño, la confianza y el respeto.
Quienes lo conocieron lo describían como un adolescente alegre, servicial y siempre dispuesto a ayudar. Formaba parte del movimiento scout, era buen estudiante y destacaba por su pasión por la música. Tocaba guitarra, bongós, ukelele y otros instrumentos, además de entretener constantemente a sus amigos con trucos de magia y un sentido del humor que lo convertía en el alma de cualquier reunión.
Sus compañeros recuerdan que evitaba los conflictos y que tenía una facilidad especial para ganarse el afecto de quienes lo rodeaban.
Francisca y una doble vida
En junio de 2019, Tomás conoció en el colegio a Francisca Suescún Mora, una adolescente de apenas catorce años.
Aunque ambos habían coincidido anteriormente en actividades scouts, fue durante ese período cuando comenzaron a acercarse. Según compañeros de ambos, fue Francisca quien mostró inicialmente interés por Tomás. Después de varios intentos consiguió iniciar con él una relación sentimental informal.
Sin embargo, Tomás desconocía un detalle fundamental.
Desde hacía varios meses, Francisca mantenía otra relación con Ulises Labrín, un hombre de 23 años, nueve años mayor que ella.
Ambos se habían conocido durante encuentros de baile urbano en Santiago y comenzaron un noviazgo pese a la considerable diferencia de edad.
Ulises vivía con sus padres en la comuna de Buin y era descrito por vecinos y conocidos como una persona tranquila, deportista, reservada y sin antecedentes de comportamientos violentos.
Una mentira que desencadenó la tragedia
Con el paso del tiempo, la relación entre Tomás y Francisca comenzó a deteriorarse.
Según diversas declaraciones presentadas durante el juicio, ambos mantuvieron una única relación sexual consensuada. Poco después, Tomás decidió poner fin al vínculo al considerar que tenían muy poco en común.
La ruptura afectó profundamente a Francisca.
En lugar de aceptar el final de aquella relación, comenzó a contarle a Ulises una historia completamente distinta.
Le aseguró que Tomás había abusado sexualmente de ella y que continuaba acosándola.
Ulises, convencido de que su novia había sido víctima de un delito, insistió inicialmente en denunciar los hechos ante la policía. Sin embargo, Francisca siempre rechazó esa posibilidad.
En cambio, continuó alimentando la versión de que Tomás seguía persiguiéndola.
Aquellas afirmaciones fueron despertando en Ulises un profundo resentimiento.
Finalmente decidió actuar por su cuenta.
Compró por internet un cuchillo, guantes de látex y comenzó a preparar cuidadosamente un ataque contra el joven.
Mientras tanto, Francisca colaboró en la planificación.
La emboscada
El sábado 27 de julio de 2019, mientras Tomás participaba en la reunión scout, comenzó a recibir numerosos mensajes de Francisca.
Ella insistía en que se encontraran esa misma mañana.
Finalmente, alrededor de las doce y media del mediodía, Tomás abandonó la reunión para dirigirse al Puente Zamorano, un lugar apartado y poco transitado.
Cuando llegó, Francisca incluso le tomó una fotografía.
Lo que Tomás ignoraba era que Ulises ya se encontraba escondido en el lugar.
La propia Francisca había elegido el sitio del encuentro y había guiado previamente a Ulises hasta allí porque él no conocía la zona.
Aunque intentaron planificar cada detalle, cometieron un error decisivo.
Las cámaras de seguridad cercanas registraron la llegada de Tomás junto a Francisca.
El ataque
Pocos minutos después apareció Ulises.
Comenzó una discusión y, de forma repentina, sacó el cuchillo que llevaba preparado.
Tomás intentó defenderse y escapar.
La primera lesión que sufrió fue en una pierna, lo que limitó considerablemente sus posibilidades de huir.
Aun así intentó correr.
Ulises lo persiguió y continuó atacándolo hasta causarle aproximadamente doscientas heridas distribuidas por distintas partes del cuerpo.
La investigación estableció que el ataque fue extremadamente violento y prolongado.
Mientras ocurría la agresión, Francisca permaneció en el lugar.
Incluso había llevado paquetes de toallas húmedas para ayudar a eliminar rastros de sangre y facilitar la huida.
Ulises utilizó los guantes de látex que había comprado previamente y llevaba una mochila con ropa limpia para cambiarse después del crimen.
Antes de abandonar la escena también hizo desaparecer el teléfono móvil de Tomás.
La angustiosa búsqueda
A las dos de la tarde Beatriz esperaba a su hijo para almorzar.
Las horas comenzaron a pasar y Tomás nunca regresó.
Al no conseguir comunicarse con él, la preocupación fue creciendo hasta que, alrededor de las cinco de la tarde, denunció oficialmente su desaparición.
Policías, bomberos, familiares y amigos iniciaron una intensa búsqueda durante toda la noche.
En la madrugada del 28 de julio, los equipos de rescate localizaron el cuerpo sin vida del adolescente en las inmediaciones del río Tinguiririca.
La autopsia determinó que había fallecido a consecuencia de una hemorragia masiva provocada por las múltiples heridas sufridas durante el ataque.
Un funeral lleno de dolor… y de engaño
El funeral de Tomás reunió a cientos de personas.
Familiares, amigos, profesores, compañeros de colegio y miembros del movimiento scout acudieron para despedir al joven.
Entre los asistentes también estaba Francisca.
Vestía el uniforme scout pese a que ya no pertenecía al grupo.
Lloró frente al féretro y abrazó afectuosamente a Beatriz Olea para expresarle sus condolencias.
Nadie imaginaba que, según demostraría posteriormente la investigación, ella había participado activamente en la preparación de la emboscada.
Las cámaras revelan la verdad
Mientras la familia despedía a Tomás, la Brigada de Homicidios continuaba investigando.
Los detectives localizaron cámaras de vigilancia próximas al Puente Zamorano.
Las grabaciones fueron decisivas.
En ellas podía observarse la llegada de Tomás acompañado por Francisca.
Posteriormente aparecía Ulises.
Entre veinte y veinticinco minutos después, únicamente dos personas abandonaban el lugar.
Tomás nunca volvió a salir con vida.
Otro elemento importante fue el análisis de las comunicaciones telefónicas.
Los investigadores comprobaron que la última llamada recibida por Tomás provenía del teléfono utilizado por la familia de Francisca.
Cuando la adolescente fue interrogada, aseguró que no sabía qué había ocurrido con la información almacenada en su teléfono porque había desaparecido días antes.
Aquella explicación despertó inmediatamente las sospechas de los investigadores.
Los especialistas recuperaron mensajes eliminados entre Francisca y Ulises.
En esas conversaciones ella le reprochaba que, debido a la brutalidad del ataque, ambos habían terminado siendo descubiertos.
También le advertía que no pensaba asumir sola toda la responsabilidad.
Ulises respondía que únicamente había actuado para defenderla del supuesto abuso que ella le había contado.
La confesión
La presión comenzó a aumentar.
El 2 de agosto de 2019, Francisca confesó a una profesora del colegio que había participado en el crimen.
El director del establecimiento le recomendó presentarse inmediatamente ante las autoridades y formalizar esa declaración.
Ese mismo día madre e hija acudieron a la policía.
Poco después, agentes policiales detuvieron a Ulises.
Durante los interrogatorios, el joven admitió haber matado a Tomás.
Sin embargo, quedó completamente desconcertado cuando los investigadores le informaron que no existían pruebas de un abuso sexual y que la relación entre Tomás y Francisca había sido completamente consensuada.
Según relataron posteriormente sus abogados, en ese instante comprendió que había sido manipulado.
El juicio
El proceso judicial sufrió varios retrasos, entre ellos las restricciones derivadas de la pandemia iniciada en 2020.
Finalmente, el 11 de mayo de 2021 comenzó el juicio oral en Rancagua.
La Fiscalía sostuvo que existió una planificación previa y que ambos acusados actuaron coordinadamente para atraer a Tomás hasta un lugar aislado donde sería asesinado.
Durante el juicio, Ulises declaró nuevamente que había actuado convencido de que estaba vengando una agresión sexual contra su novia.
La defensa de Francisca, por el contrario, intentó minimizar su participación y sostuvo que no existían pruebas suficientes para considerarla coautora del homicidio.
Sin embargo, la evidencia presentada por la Fiscalía, incluidos los registros de cámaras, los mensajes recuperados y los testimonios, permitió reconstruir toda la secuencia de los hechos.
La sentencia
El 11 de junio de 2021, el Tribunal Oral en lo Penal de Rancagua dictó sentencia.
Los jueces concluyeron que el homicidio había sido cuidadosamente premeditado.
Ulises Labrín fue condenado a 17 años y 183 días de prisión como autor del homicidio calificado de Tomás Acevedo.
Francisca, que era menor de edad cuando ocurrieron los hechos, recibió una pena mixta de cuatro años de internación en régimen cerrado, acompañada de un programa de reinserción social, seguida de un año de libertad asistida especial.
La defensa intentó obtener un régimen menos severo, pero la solicitud fue rechazada.
El legado de Tomás
Para Beatriz Olea, ninguna condena ha sido suficiente para compensar la pérdida de su único hijo.
Convencida de que las sanciones para menores resultan insuficientes en casos de extrema gravedad, inició una campaña pública para impulsar modificaciones a la legislación chilena.
En 2023, participó en el Senado de Chile apoyando una propuesta conocida como “Ley Tomás”, destinada a revisar el régimen de responsabilidad penal adolescente cuando se trata de delitos especialmente graves, como homicidios o agresiones sexuales.
Aunque el debate legislativo continúa, el caso de Tomás Acevedo permanece como uno de los crímenes juveniles más impactantes ocurridos en Chile en los últimos años. La combinación de manipulación emocional, una falsa acusación, una emboscada cuidadosamente organizada y la aparente frialdad con la que una de las responsables asistió al funeral de la víctima convirtió esta historia en un caso que sigue generando indignación y debate sobre la justicia penal juvenil en el país.