El 14 de febrero de 2016, mientras muchas familias celebraban el Día de San Valentín, una tragedia de dimensiones inimaginables se desarrollaba en la comunidad de Matapalo, en Santa Cruz, provincia de Guanacaste, Costa Rica. Lo que inicialmente parecía una casa en completo silencio terminaría revelándose como uno de los crímenes familiares más estremecedores de la historia reciente del país, conocido por la prensa como la masacre de Matapalo o la masacre de la familia Buxán-Durán.
Cinco integrantes de una misma familia fueron asesinados dentro de su vivienda. Solo sobrevivieron dos niñas: Nicole, de cuatro años, gravemente herida, y Shirley, una bebé de apenas seis meses que permaneció casi dos días sin recibir alimento junto a los cadáveres de sus familiares.
Una infancia marcada por el abandono
La historia tiene como protagonista a Jessica Durán Guerra, una mujer de 38 años cuya vida estuvo marcada por la pobreza, el abandono y la drogadicción desde muy temprana edad.
Quienes la conocieron recuerdan que pasó gran parte de su infancia viviendo prácticamente sola. Era habitual verla caminando descalza por las calles, con la ropa sucia y el cabello desordenado, pidiendo comida para sobrevivir. Abandonó la escuela siendo muy joven y, con apenas trece años, comenzó a consumir drogas y a prostituirse.
A los veinte años quedó embarazada por primera vez. Poco se conoce sobre ese embarazo, salvo que el niño terminó bajo el cuidado de su abuela paterna.
Tiempo después inició una relación con Cristian Portocarrero, también consumidor de drogas. Durante esa relación nació otra hija. Sin embargo, cuando Jessica estaba embarazada de siete meses, Cristian fue encarado por la justicia por delitos violentos y terminó en prisión. La niña también quedó al cuidado de familiares paternos.
Jessica continuó viviendo en la calle hasta que una mujer decidió ayudarla ofreciéndole alojamiento y atención médica para su hija Allison. Mientras tanto, Jessica siguió ejerciendo el trabajo sexual para mantener tanto su adicción como sus gastos diarios.
La llegada de Dirk Buxán
Años después conoció a Dirk Jamie Buxán, un ciudadano estadounidense que visitaba con frecuencia Costa Rica.
Dirk se enamoró de Jessica y decidió comenzar una nueva vida junto a ella. Alquiló una vivienda para ambos y posteriormente se trasladaron a Matapalo, donde formaron una familia.
Con el paso de los años nacieron tres hijos más: Jack, Shantal y Nicole. Allison, la hija mayor de Jessica, también fue integrada plenamente al hogar y llevaba el apellido Buxán.
Los vecinos describían a Dirk como un hombre tranquilo, amable y completamente dedicado a sus hijos. Era común verlo llevándolos diariamente a la escuela, a clases de música o jugando con ellos en la plaza del pueblo.
Aunque la diferencia de edad entre la pareja era considerable, desde el exterior parecían mantener una relación estable.
Una vida familiar llena de conflictos
Sin embargo, la realidad era mucho más compleja.
Jessica nunca logró abandonar completamente el consumo de alcohol y drogas. Su comportamiento continuó siendo inestable y con frecuencia desaparecía de casa para salir de fiesta.
En 2015 fue encarcelada por incumplir el pago de la pensión alimenticia correspondiente a uno de sus hijos de una relación anterior.
Mientras Jessica permanecía en prisión, Dirk quedó solo al cuidado de los cuatro niños. A pesar de las dificultades económicas, hizo todo lo posible por mantener unida a la familia.
Las autoridades de protección infantil visitaron la vivienda en varias ocasiones para comprobar la situación de los menores, pero Dirk siempre insistió en que podía hacerse cargo de ellos.
El amante entra en escena
Durante su estancia en prisión, Jessica conoció a Maikel Adrián Salmerón Silva, un joven nicaragüense de 24 años con antecedentes penales por robo.
Ambos iniciaron una relación sentimental.
Cuando Jessica recuperó la libertad estaba embarazada de Salmerón y tomó una decisión que desconcertó incluso a sus familiares: llevó a su amante a vivir junto a ella sin ocultar la relación a Dirk.
Lejos de abandonar la casa, Dirk decidió permanecer allí para seguir cerca de los niños.
Con el paso de los meses, la convivencia entre los tres adultos se volvió cada vez más tensa. El consumo de alcohol y drogas era frecuente, y la relación entre Jessica y Salmerón comenzó a deteriorarse.
Incluso Jessica llegó a denunciar a Salmerón por violencia doméstica tras una agresión.
El descubrimiento de la tragedia
La mañana del 16 de febrero de 2016, un trabajador de la Caja Costarricense del Seguro Social acudió a la vivienda para realizar una visita de rutina relacionada con la salud de los niños.
Al llegar encontró la casa completamente cerrada.
Todo estaba en silencio.
Lo único que llamó su atención fue el vuelo de varios buitres sobre la propiedad.
Después de llamar repetidas veces sin obtener respuesta, escuchó el llanto desesperado de una niña proveniente del interior de la vivienda.
Alarmado, avisó inmediatamente al servicio de emergencias.
Pocos minutos después llegaron los primeros policías.
Desde el exterior seguían escuchando a la pequeña llorando, pero nadie respondía.
Ante la posibilidad de que existiera una emergencia, los agentes forzaron la entrada.
Lo que encontraron quedó grabado para siempre en la memoria de todos los presentes.
Nicole, de cuatro años, seguía con vida, cubierta de sangre y con múltiples heridas. Lo único que repetía era una palabra:
—Agua.
Mientras intentaban auxiliarla comenzaron a registrar la vivienda.
En distintas habitaciones aparecieron los cuerpos sin vida de Dirk, Jessica, Allison, Jack y Shantal.
Solo la bebé Shirley permanecía ilesa sobre una cama, completamente deshidratada tras pasar aproximadamente cuarenta y ocho horas sin alimentación.
La investigación
Los investigadores determinaron rápidamente que el principal sospechoso era Maikel Adrián Salmerón Silva, quien había desaparecido tras el crimen.
Las cámaras de seguridad registraron sus movimientos durante la noche del 14 de febrero, entrando varias veces en un comercio cercano para comprar cerveza, refrescos, cigarrillos y una tarjeta telefónica.
Como Salmerón había escapado hacia Nicaragua, Costa Rica emitió una orden internacional de captura.
Dos días después fue localizado.
Según declaró su propio padre, el joven había confesado ser el responsable de la masacre y aseguró haber actuado impulsado por los celos, además de encontrarse bajo los efectos del alcohol y las drogas.
El relato de la única testigo
Meses más tarde, Nicole, la única sobreviviente consciente del ataque, declaró mediante videoconferencia desde el hospital.
Acompañada por psicólogos y un juez especializado, identificó sin ninguna duda a Salmerón como el autor de los asesinatos.
Relató que vio cómo atacó primero a su madre y posteriormente a los demás miembros de la familia.
Incluso fue capaz de señalar las partes del cuerpo donde cada uno había sido herido.
Su testimonio se convirtió en una de las pruebas fundamentales del proceso judicial.
La reconstrucción del crimen
Durante la audiencia preliminar, la Fiscalía reconstruyó detalladamente la secuencia de los hechos.
Según la acusación, Salmerón ingresó armado con cuchillos de cocina.
Primero atacó a Jessica mientras dormía junto a su hija Shantal.
Cuando la niña intentó proteger a su madre, también fue asesinada.
Después se enfrentó a Dirk, quien intentó defender a su familia pero terminó recibiendo numerosas heridas mortales.
Jack trató de escapar y esconderse en el baño, pero fue alcanzado por el agresor.
Allison también intentó refugiarse en otra habitación. Allí fue agredida sexualmente antes de ser asesinada.
Finalmente, Salmerón encontró a Nicole escondida detrás de una puerta. La golpeó violentamente y la apuñaló en varias ocasiones, creyendo que había muerto.
La única persona a la que decidió no atacar fue Shirley, la bebé de seis meses, presuntamente porque era su hija biológica.
El juicio
Debido a que la Constitución de Nicaragua prohíbe la extradición de sus ciudadanos, Salmerón nunca fue enviado a Costa Rica.
Las autoridades costarricenses remitieron todas las pruebas reunidas para que fuera juzgado en territorio nicaragüense.
Durante el proceso judicial admitió voluntariamente haber cometido los hechos.
La Fiscalía solicitó condenas que sumaban 183 años de prisión por cinco homicidios, tentativa de homicidio, violación agravada y abandono de persona.
Finalmente, el 6 de julio de 2017 fue declarado culpable de todos los cargos.
Aunque la suma de las penas alcanzó los 183 años, la legislación nicaragüense establece un límite máximo de cumplimiento efectivo de treinta años de prisión, por lo que esa fue la condena que finalmente deberá cumplir.
El destino de las supervivientes
Nicole permaneció hospitalizada durante tres meses.
Las heridas sufridas le provocaron secuelas neurológicas y una parálisis parcial del lado izquierdo del cuerpo, además de un profundo trauma psicológico tras presenciar el asesinato de toda su familia y permanecer casi dos días rodeada de los cadáveres.
Gracias a un largo proceso de rehabilitación logró recuperar parte de su movilidad y volver a sonreír.
Mientras tanto, Shirley fue trasladada a un hogar de acogida.
En 2018, tras varios estudios sociales y psicológicos, las autoridades concluyeron que ninguna persona del entorno familiar reunía las condiciones necesarias para hacerse cargo de ambas niñas.
Finalmente fueron adoptadas por dos familias distintas, consideradas capaces de ofrecerles la estabilidad y los cuidados especializados que necesitaban para reconstruir sus vidas.
La vivienda donde ocurrió la masacre fue puesta bajo administración judicial y posteriormente vendida. El dinero obtenido quedó destinado al beneficio de las dos únicas sobrevivientes.
Un crimen que dejó una huella imborrable
La masacre de la familia Buxán-Durán continúa siendo uno de los casos criminales más impactantes registrados en Costa Rica.
Para los investigadores, la tragedia fue el resultado de una combinación devastadora de violencia doméstica, consumo de drogas y alcohol, celos enfermizos y una historia familiar marcada por el abandono y la inestabilidad.
Los vecinos de Matapalo aún recuerdan con tristeza a los niños que cada tarde jugaban en la plaza acompañados por Dirk, un padre que, según quienes lo conocieron, luchó hasta el último instante intentando proteger a su familia.
Años después, la casa donde ocurrió la matanza sigue siendo recordada como un símbolo del dolor que dejó uno de los episodios más oscuros en la historia criminal de Costa Rica.