El Gatillero De Chito Cano: La Verdad Sobre Gerardo González

Lo que se dijeron [carraspeo] se lo llevaron los dos a la tumba. Pero hay quien jura que esa madrugada Gerardo le hizo una promesa y que esa promesa es la que 3 años y medio después lo trajo de regreso al bravo. ¿Quién disparó aquella bala? Es algo que los periódicos de Reyosa publicaron, [carraspeo] pero que el corrido borró.

Si conoce la versión que se contó en su pueblo de quién estuvo detrás de Chon García, póngala abajo, porque las versiones de la calle muchas veces saben más que los periódicos. Pasaron los meses, Chito en silla, Gerardo de pie, pero el negocio ya no era el mismo. Sin Chito, caminando, los enemigos perdieron el miedo.

Empezaron a moverse, a meterse en territorio, a probar al pistolero que había quedado solo. cuentan que Gerardo se la pasaba yendo y viniendo del otro lado del río, cobrando deudas, visitando a Cervando en el estudio de grabación. Una noche de finales del 74 lo agarraron en Brownsville, operativo coordinado entre rinches tejanos e informantes mexicanos.

Según las crónicas del diario El Mañana lo metieron preso. Cargos federales, posesión de armas y tráfico transfronterizo. Si lo condenaban, no salía nunca. Gerardo no esperó al juicio. El 23 de febrero del 75 se voló de la cárcel. ¿Cómo lo hizo? Las crónicas no se ponen de acuerdo. Unas dicen que pagó, otras dicen que un guardia paisano le dejó abierta una puerta.

Otras dicen que lo sacaron del otro lado, desde Reyosa mismo. Lo que sí sabemos es que esa noche caminó hasta la orilla del río y empezaron los 38 días más cortos de su vida. Lo primero que hizo Gerardo cuando cruzó fue ir a ver a Chito. Esto lo cuentan dos personas que estaban en la casa esa tarde, aunque ninguna habló para los periódicos en su momento, lo soltaron años después en cantinas de Reinosa.

Chito estaba en el patio con una manta en las piernas. Una imagen de la Virgen de Guadalupe colgaba de la pared al lado suyo. Llevaba más de tres años así recibiendo visitas pocas, viendo el patio, rezando bajito. Cuando entró Gerardo, Chito, lo miró de arriba a abajo. ¿Qué haces aquí, muchacho? Vine a verte.

Vete, patejas. Ya estuve. Chito se quedó callado un rato largo, luego le dijo, “A mí me dejaron en esta silla, a ti te van a dejar en una tabla.” Gerardo se rió bajito. Que sea pronto, jefe. Chito le agarró el brazo con la mano que sí le respondía, “Échate a un lado, hombre. Esto ya no es de los nuestros.” Gerardo no contestó.

le acomodó la manta al jefe, le dio una palmada en el hombro, miró un segundo la imagen de la Virgen y se fue. Esa fue la última vez que se vieron. 36 días después, Chito iba a recibir la noticia sentado en la misma silla sin poder ir al velorio. Al otro lado de Reyosa había un hombre esperando a Gerardo. Comandante Óscar Prado, policía judicial.

Lo cuenta una crónica de noticias de Tampico, recogida por el periodista Alex Jauregui, un hombrón, bigote negro como un cuervo aplastado en la cara, sombrero tejano gris, cinto piteado, revólver bien aceitado. Hablaba poco y tenía una debilidad. era supersticioso. En la colonia Juárez de Reyosa tenía una mujer, una vidente.

Esa semana fue a verla. El cuarto olía a Copal, a Ruda, a Pirul. En el altar ardían tres veladoras, una con San Judas Tadeo, otra con la santísima muerte y otra con el rostro de Pancho Villa. Para los que no son del norte, les explico una cosa. Allá hay quien le reza a Villa, como en otros lados se le reza a un santo.

No es de hoy, viene de cuando los abuelos de los abuelos. La mujer barajó las cartas españolas, las lanzó sobre el tapete rojo tres veces. A la tercera asintió. Ve a buscarlo. El comandante asintió. Antes de salir, la mujer le agarró la muñeca. Una cosa más. Si lo encuentras vivo después de la balacera, no te le acerques. ¿Por qué? Tú no más, no te le acerques.

Prado se persignó, le pagó en dólares y se fue. Esa misma tarde mandó alistar a una docena de uniformados con metralletas M16, las mismas que los gringos usaron en Vietnam, armas de guerra que normalmente la policía mexicana no traía. Alguien con mucho poder pagó esa operación y a casi 50 años de aquello, no sabemos quién.

Si en su familia hay alguien que vivía en Reinosa y siempre se sospechó de un nombre, dígalo abajo. ¿Esto se cuenta entre todos o no se cuenta? Esa noche del 2 de abril, la fonda del sol estaba vacía. Eso fue lo extraño. La fonda del sol era el cabaret más grande de Reyosa. Por ahí pasaron Lupita Dalecio, José José, Juan Gabriel.

Galerón enorme, barra de cedro larga, puerta de madera labrada. Normalmente estaba reventando. Esa noche no había nadie, solo Gerardo en la barra, con un whisky en la mano, con la escuadra al cinto. Alguien había avisado. ¿Quién? No se sabe, pero alguien de dentro le pasó el dato al comandante. Está solo, sin guardia, sin gente alrededor. Gerardo estaba esperando a alguien.

¿A quién? Esa es otra pregunta que se quedó colgada. Hay quien dice que esperaba a Servando Cano para cerrar un negocio del estudio. Hay quien dice que esperaba a una mujer, una novia tejana, que iba a venir a sacarlo de vuelta a Texas. Hay quien dice que esperaba al cura de su parroquia para confesarse, para arreglarse con Dios antes de lo que él sabía que venía.

Cada quien tiene su versión. Ninguna está confirmada. Lo que sí sabemos es que la puerta de madera labrada se abrió y no era servando, ni la mujer ni el cura. Entraron primero los uniformados con M16, cuatro cco una docena. Detrás el comandante Prado, Stedson gris, bigote negro, botín puntiagudo. Gerardo volteó, no se levantó del banco, no soltó el vaso, hizo un movimiento de la barbilla como saludando a un conocido.

El comandante dio dos pasos. Gerardo, entrega el fierro. Gerardo dejó el vaso sobre la barra despacio y contestó con la voz tranquila de un hombre que ya había hecho cuentas con Dios. Vengan por ella, comandante. Eso es lo que cuentan los testigos. Lo recoge la crónica de Jauregi y coincide con lo que dice el corrido de Ramón Ayala.

Por eso las leyes ni tiempo le dieron. El día que aman salva y cobardemente le dieron la muerte. Gerardo hizo el movimiento, la mano al cinto. Al primer gesto, las M16 se abrieron. 14 balazos. Lo doblaron contra la barra, lo tiraron al piso. La escuadra calibre 45 se le cayó al suelo sin disparar, no porque se rajara, porque no le dieron tiempo.

Pero Gerardo no murió en la fonda del sol. Lo subieron a una ambulancia, lo llevaron a un hospital de Reyosa, 14 balazos y todavía respiraba. Pasó horas en una camilla. Los médicos hicieron lo que pudieron, que era poco. Algunas versiones dicen que pidió un sacerdote y se confesó. Otras dicen que llamó a su madre por teléfono y solo le pidió perdón.

Otras dicen que se quedó callado mirando el techo blanco hasta que se le fue el aire. Esto último es lo que escribió el periodista que cubrió el caso, que no habló, que no pidió nada, que se fue sin dejar un solo nombre. Mientras tanto, al otro lado de Reyosa, el comandante Prado regresó a la colonia Juárez. A ver a la vidente, era costumbre que el comandante a cargo fuera al hospital a interrogar al herido para sacar nombres antes de que se muriera. Prado no fue.

La vidente tiró las cartas otra vez sobre el tapete rojo y le dijo dos palabras. No vayas. ¿Por qué? Porque ese hombre todavía respira. Y a los que respiran después de 14 balazos, los carga otro. Prado se persignó, le pagó en dólares, se metió en su carro y se fue a su casa. Esa madrugada, Gerardo González dejó de respirar.

2 de abril del 75, 30 y 4 años cumplidos. Lo enterraron el 5 de abril, panteón Guadalupano de Reyosa, a pocos metros del acceso principal. Y aquí está el detalle que duele. Lo pusieron junto a su padre. El padre llevaba años enterrado en ese mismo cuadro. Los vecinos viejos de la colonia lo recordaban como un hombre callado, trabajador, de los que se levantaban antes que el sol.

y se acostaban antes que las cantinas abrieran. Pasó toda la vida ahorrando para mandar al muchacho a estudiar a Texas, que tuviera una vida distinta, que no anduviera con pistola, que no se metiera en ese oficio, que se llevaba a los hijos de los demás. vivió lo suficiente para verlo jugar fútbol americano en la prepa, para verlo manejar el Corvette y para verlo entrar al oficio del que él había querido salvarlo.

Cuentan que los últimos años el viejo dejó de hablar del hijo. Cuando alguien lo mencionaba en la cantina, el padre se levantaba, pagaba su cerveza y se iba a la casa. murió antes que él. Dicen que se murió de eso, no de enfermedad, de ver lo que venía. Y ahora están los dos juntos. El que se murió de tristeza por adelantado y el que llegó 3 años después con 14 balazos adentro porque no quiso entregar el fierro.

Hay padres que entierran a los hijos y hay padres que se mueren antes para no tener que hacerlo. El padre de Gerardo fue de los segundos. Chitocano, en su silla de ruedas no pudo ir al velorio. Mandó flores y mandó decir una sola cosa. Que Dios lo guarde donde no lo alcancen. Esa frase está documentada. La recogió uno de los periódicos de la época.

Chito vivió 35 años más. Murió en el 2010 en Monterrey, de neumonía en su cama. En la mesita de noche tenía una foto, una foto vieja en blanco y negro de un muchacho apanterado recargado en un Corvette del 70. Los que cuidaron a Chito en sus últimos años cuentan que esa foto estaba siempre boca arriba, siempre limpia, como si alguien la hubiera tocado esa misma mañana.

Hoy en el Panteón Guadalupano, los trabajadores cuentan que de noche se oyen cosas, pasos en la grava, susurros entre las tumbas y a veces el eco de unos balazos viejos. Cada quien que crea lo que quiera. Pero hay algo que sí es cierto. La tumba de Gerardo González sigue recibiendo visitas. Le dejan veladoras, cigarros encendidos, a veces una botellita.

No estoy diciendo que esté bien, estoy diciendo que pasa. Y si su familia vivió en Reinosa de los 70, si su padre o su abuelo conoció a Gerardo, si oyó este corrido de chico en una rocola y se le pone el pelo de punta cuando suena el acordeón, cuéntelo abajo. Hay nombres que se pierden si los dejamos solos. A Gerardo casi se le pierde el suyo.

Lo salvó un corrido, una lápida en el Guadalupano y un cantinero que 50 años después todavía se acordaba de cómo le deslizó la escuadra por la barra de cedro. Y una cosa más antes de irse, porque esta historia no acaba aquí. A los 39 años en silla de ruedas que vivió Chitocano después de aquella bala por la espalda.

No le dedicamos esta historia, le dedicamos la suya. Si quieres saber quién mandó la bala que dejó a Chito en esa silla. Si quieres saber por qué el corrido borró ese nombre. Si quieres saber qué se llevó Chitocano a la tumba en aquel cuarto de Monterrey del 2010. Ahí en pantalla le dejo el video. Porque sin Chito no se entiende Gerardo y sin Gerardo no se entiende lo que Chito cargó en silencio 39 años seguidos.

Que el Señor los guarde a los dos, donde no los alcancen.

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