El día en que Regina Torné dio vida a la temible mamá Elena en la aclamada película Como agua para chocolate, el público entero quedó hipnotizado. No era un papel cualquiera; resultaba perturbador, escalofriante. Una matriarca de hierro, cuya sombra fría persistía incluso después de la muerte. Sin embargo, mucho después de apagarse los últimos aplausos de la sala, la cruda realidad le entregó a la actriz un guion que jamás habría querido interpretar. Un libreto oscuro que reflejaba con precisión casi matemática la misma crueldad despiadada que ella solía proyectar ante la cámara. Hoy, cargando con el peso de sus 81 años, la célebre actriz finalmente ha roto el silencio sobre aquello que todos sospechaban a media voz. Porque alejarse de los escenarios no fue una simple decisión de jubilarse; fue un escape desesperado de una realidad que ya no soportaba seguir fingiendo. La verdad era insoportable: su única hija cometió un crimen tan atroz que ni los premios ni la fama pudieron salvarla del abismo.
Aquel suceso lo destruyó todo de golpe. Corría el mes de enero de 2006 cuando la prensa mexicana estalló con una crónica tan perversa que parecía extraída de una novela de terror. Regina del Pilar Campos Inchausteki, la única heredera de una de las leyendas más grandes de nuestra televisión, acababa de ser arrestada. Caía sobre ella la terrible acusación de planear y ejecutar el secuestro y posterior asesinato de Maribel Monroy Flores, una joven madre de apenas 26 años. Lo que paralizó al país entero no fue solo la brutalidad de la muerte, sino la frialdad quirúrgica para planearlo todo por un motivo obsesivo.

Los investigadores lograron armar una cronología devastadora. Regina del Pilar, que rondaba los 30 años, sostenía un romance clandestino y tormentoso con un hombre llamado Edgar Rogelio Eslava Sánchez, quien estaba casado con Maribel. Pronto, la víctima se convirtió en el blanco de una obsesión destructiva por parte de la hija de la actriz. Todo comenzó con una remodelación donde Regina del Pilar y Edgar trabajaban juntos. La pasión se volvió tóxica y la hija de la Torné comenzó un infierno de acoso feroz, soportando Maribel llamadas aterradoras y amenazas directas. Las actas del juicio revelan que Regina finalmente le lanzó una advertencia letal: “Déjalo o vas a desaparecer”. Maribel no se dio. La mañana del 24 de enero de 2006, las palabras se convirtieron en sangre.
Cerca de las 8:30 de la mañana, justo cuando Maribel volvía de dejar a su pequeña en el colegio, la muerte la estaba esperando. El expediente apunta que Regina del Pilar llegó al domicilio de su víctima a bordo de una camioneta roja, escoltada por tres hombres que había contratado. Los atacantes sometieron a Maribel, la golpearon salvajemente, le sellaron la boca con cinta y la arrastraron por la fuerza hasta la camioneta. Los forenses determinaron después que la víctima sufrió una tortura terrible durante el viaje antes de morir estrangulada lentamente con una gruesa cadena de metal. Tras el horror, condujeron hacia un paraje solitario en la Alcaldía Magdalena Contreras. En ese lugar arrojaron el cadáver a una zanja, lo empaparon con gasolina y le arrojaron un fósforo encendido. Pero el fuego no tardó en delatarlos ante los pocos testigos de la zona. Habitantes del rumbo vieron la columna de humo y llamaron con urgencia a los servicios de rescate.
Al llegar las patrullas, descubrieron los restos todavía humeantes y la camioneta roja estacionada a pocos metros. Sentados dentro estaban Regina del Pilar y un joven cómplice, temblando de miedo, con la ropa chamuscada y graves marcas de fuego en sus propias manos. Ante las primeras preguntas, la hija de la actriz juró llorando que ella también era una víctima, que la habían secuestrado y que escapó de milagro. Nadie le creyó. Sus contradicciones eran evidentes y su nombre ya figuraba en las denuncias por acoso que la familia de Maribel había interpuesto semanas atrás.
Para el año 2007, luego de un proceso sumamente mediático, el juez dictó sentencia firme contra los responsables de aquella atrocidad. Regina del Pilar recibió una pena de 35 años de prisión efectiva por la muerte de Maribel. La trasladaron de inmediato al penal femenil de máxima seguridad de Santa Marta Acatitla, lugar donde purga su condena hasta el día de hoy. Para la madre, la legendaria Regina Torné, el castigo no llegó desde un tribunal de justicia, sino del desprecio de un medio artístico que solía adorarla. Su teléfono dejó de sonar para siempre y los productores borraron su nombre de cualquier proyecto, cancelando citas de trabajo sin ofrecer explicaciones. No hizo falta un veto oficial; el silencio bastó.
Aquella respetada estrella se convirtió en el triste símbolo de algo terrible: una madre atada para siempre a un crimen imperdonable. Inmediatamente después del arresto, Regina Torné tomó una firme determinación que sorprendió a todos. No rompió lazos ni se escondió por vergüenza; al contrario, prefirió ir a visitar a su hija con total regularidad, de forma discreta, justo cuando casi toda la industria le daba la espalda. No era un acto de negación; Torné jamás justificó el crimen, ni cuestionó el veredicto del juez. Lo que defendió fue el lazo sagrado de sangre, por muy dañado que estuviera.
A partir de 2007, el rostro de Torné se volvió habitual en el penal de Santa Marta Acatitla. Los guardias describieron su rutina con la silenciosa solemnidad de los viejos rituales. Se presentaba temprano, sola, con una sencilla bolsa de tela, sin maquillaje y con el cabello recogido. Eran simples ofrendas para una hija cuyo universo se reducía ahora a fríos muros de concreto. Algunos guardias recordaron cómo madre e hija se sentaban frente a frente en mesas grises, bajo la fría luz de los tubos fluorescentes, platicando en voz baja o simplemente permaneciendo en un silencio absoluto y doloroso.
El tremendo desgaste de aquellos encuentros comenzó a notarse en la forma de caminar de Torné. Hacia el año 2012, las visitas empezaron a volverse más raras. Ya no mencionaba aquellos viajes y no contestaba llamadas los días de visita. Esa chispa que solía animarla detrás de los escenarios comenzó a apagarse. Para mediados de 2013, los encuentros eran esporádicos y en 2014 terminaron para siempre. No hubo comunicado de prensa, simplemente un silencio definitivo. Una compañera cercana que trabajó con ella en una obra teatral en 2008 recordó el instante que pareció marcar su colapso: regresó de uno de esos viajes y sencillamente dejó de hablar de su hija. Había una mirada completamente vacía en sus ojos, un hueco enorme como si la inmensa fortaleza que la sostenía se hubiera evaporado.
Poco tiempo después, abandonó el departamento que habitó por décadas en la Ciudad de México y decidió mudarse a Puebla, buscando apartarse por completo del bullicio de los espectáculos. Allí fundó la Academia de Artes Escénicas Regina Torné, un lugar modesto, su refugio, donde enseña respiración, proyección de voz y control emocional. Cuando los padres o alumnos le preguntaban por qué dejó la actuación en su mejor momento, ella solo decía que tenía “otro trabajo que hacer”. Pero en 2020, ante una pregunta directa sobre si había cortado comunicación con su hija, respondió sin rodeos: “La justicia no se suaviza con el amor. Ella debe responder por lo que hizo y yo necesitaba volver a vivir”.
Esa sola frase desnudó por completo la profunda complejidad de su duelo. No era la historia de una madre que simplemente reniega de su hija, sino el relato de una mujer forzada a sobrevivir a las consecuencias de un crimen imperdonable. Antes de que la tragedia impusiera su sombra, Regina Torné estaba grabada en la memoria colectiva. Nacida en 1945 en Villahermosa, Tabasco, vivió gran parte de su infancia en los Estados Unidos. Cuando regresó a México con 18 años, era un prodigio trilingüe que dominaba inglés, francés e italiano. Su imponente presencia y sus magnéticos ojos verdes la hicieron destacar rápidamente, convirtiéndola en una estrella indispensable del cine mexicano, brillando en géneros que iban desde el terror sobrenatural hasta el cine negro.
Su paso por El Chavo del Ocho en 1978, interpretando a la guapa vecina Gloria, le otorgó un estatus legendario incluso en países como Brasil. Sin embargo, fue su papel de mamá Elena en Como agua para chocolate lo que le otorgó el reconocimiento internacional y el premio Ariel. La gente no vería en Torné solo a la actriz que dio vida a ese personaje, sino a una madre con una historia propia que guardaba un trágico parecido con la ficción.
Hoy, Regina Torné vive tranquila en su residencia poblana, lejos de los reflectores. Su hija, Regina del Pilar, sigue cumpliendo su condena. En enero de 2026 cumplió ya 20 años tras las rejas. Aunque legalmente tiene derecho a exigir su libertad anticipada, la petición fue rechazada al no liquidar la multa exigida a favor de los familiares de la víctima. Nadie la visita; ni Torné ni sus nietas han ido a verla en años. En una plática grabada en 2025 dentro de un silencioso teatro, Torné, sentada frente a un conductor, confesó con voz entrecortada: “Era una niña que nunca aprendió a perder. Y yo simplemente me negué a verlo. Me sentía sumamente orgullosa de su inteligencia. Pero existe una frontera peligrosa entre el brillo y el fuego, y uno prefiere fingir que no huele a quemado”.

Ese fue el punto final de una vida que despegó con la fama y cayó directo en la tragedia. Para Torné, representó la bajada del telón de su propio calvario y el comienzo de un camino hacia el perdón personal. Hoy, la gran actriz ya no actúa para las cámaras, sino para la esperanza de aquellos jóvenes que aprenden bajo su tutela lo que realmente significa pararse en un escenario y decir la verdad. Su academia sigue abierta, y ella sigue caminando con orgullo, recordándonos que incluso cuando la vida intenta quitarlo todo, siempre queda la dignidad de volver a empezar.