Un gol en contra. Él se sentía frustrado porque era estar como en el cadalzo después del autogol. donde vimos eh la cara de Andrés de sufrimiento, de dolor. Eh cuando estábamos en la tribuna, pues todos estbamos muy tristes. Una imprecisión por la que Andrés Escobar tendría que pagar un precio jamás imaginado.
Durante un instante, el estadio quedó suspendido en una mezcla de incredulidad y horror. Los relatores no podían creerlo. Las cámaras enfocaban rostros congelados. Colombia perdió 2 a 1 y quedó eliminada del mundial. Para millones de personas fue una tragedia deportiva. Pero en una Colombia contaminada por el dinero narco, las derrotas no se quedaban solamente en el fútbol.
Detrás de clubes, apuestas ilegales y negocios clandestinos, el narcotráfico llevaba años infiltrando el deporte colombiano. Los capos apostaban fortunas. La presión sobre los jugadores era asfixiante. Perder significaba humillación y también dinero. Escobar regresó a Medellín intentando recuperar la normalidad.

Incluso escribió una columna pidiendo calma y recordando que la vida no termina aquí, pero la ciudad que lo recibió seguía dominada por la violencia. La madrugada del 2 de julio, Andrés salía de un restaurante en Medellín. En el estacionamiento comenzó una discusión. Algunos hombres lo insultaban por el gol en contra.
Escobar intentó mantenerse tranquilo, pero entonces aparecieron los disparos. Seis tiros y según los testigos, cada detonación fue acompañada por un grito cruel. Golazo. El futbolista cayó sobre el asfalto mientras los agresores escapaban. Tenía apenas 27 años. Con el tiempo aparecieron nombres, teorías y conexiones con mafiosos ligados al narcotráfico y a apuestas ilegales.
Había información de que tenían algún tipo de vínculos eh con grupos armados de la región, especialmente de el suroeste Antioqueña. Habían sido socios de los Ochoa, negocios de caballos y mire cómo es la vida. Terminan de socios del cartel de Cali, no de los Rodríguez Orejuela. Pese a la investigación y la aparición de culpables, para Colombia ya era demasiado tarde.
Andrés Escobar se había convertido en el símbolo más oscuro de una época, donde el fútbol dejó de pertenecer a los hinchas y empezó a convivir con el miedo. Así, un defensor elegante terminó ejecutado como si hubiera cometido un crimen cuando su único error había sido desviar una pelota. Desde siempre esa combinación de narcotráfico y fútbol ha sido un cóctel explosivo.
El poder del dinero que proviene de la mafia, unido a la pasión que desata el balón sobrepasa todo límite imaginar. Y hemos vinculado a los equipos Atlético, Nacional y Deportivo Independiente Medellín a esta noble campaña. Todo en el país estaba cruzado por el narcotráfico, incluyendo al fútbol. Otro claro ejemplo de cómo llegaron a convivir estos dos mundos fue el de Albeiro Usuriaga.
En Colombia, el Palomo nunca fue solamente un delantero, era una figura popular, de esas que parecían pertenecer más al barrio que a los estadios. Alto, carismático, siempre sonriente, se ganó el cariño de miles de personas con goles, fiestas y una personalidad imposible de ignorar. fue campeón de la Copa Libertadores con Atlético Nacional.
Brilló en Independiente de Avellaneda y recorrió medio continente jugando al fútbol, pero jamás dejó de sentirse cercano a la gente común. Por eso su muerte golpeó de una manera distinta. Señor Albeiro Usuriaga, quien fue asesinado a quemarropa enfrente de su mamá y de su hermana en Cali. Y el muchacho no paraba de disparar y disparar y disparar.
Y yo gritaba un cro y un cro y todo el mundo se quedó paralizado. Después del retiro, Uzuriaga volvió a Cali, la ciudad donde había nacido. Caminaba por las calles como uno más. Entraba a negocios donde todos lo conocían. Los vecinos se acercaban para pedirle fotos o simplemente saludarlo. Pero Cali ya no era solamente una ciudad futbolera, era también un territorio marcado por bandas criminales, sicarios y disputas violentas por el control de los barrios.
Según su familia, tiempo antes de morir recibió amenazas. Hubo llamadas perturbadoras, advertencias, gente diciendo que lo iban a asesinar. Posteriormente me dijeron así con la voz fingida, vamos a matar a Albeiro, vamos a matar Usuriega, pero yo te lo juro y muero en mi ley que, o sea, yo pensé que era una broma.
Sin embargo, pese a todo esto, el palomo seguía moviéndose por el barrio como siempre. Algunos creen que se negó a quedarse callado frente a los delincuentes que imponían terror en la zona. La noche del 11 de febrero de 2004 estaba en un negocio del barrio 12 de octubre. conversaba con conocidos mientras varios hinchas se acercaban a saludarlo.
Fue entonces cuando apareció una motocicleta. Un hombre descendió lentamente y acto seguido los disparos comenzaron a retumbar por toda la calle. 13 balazos. La gente comenzó a correr desesperada. Algunos vecinos se escondieron detrás de los autos. Otros quedaron paralizados. mirando como el cuerpo del exfutbolista caía frente al local.
Su hermana gritaba mientras todo alrededor se convertía en caos. Siendo como las 7:30, 8, cuando de un momento a otro comienzan a sonar unos disparos y noto que la gente sale corriendo y en eso yo me paro, me aferro a las rejas del balcón. Yo tenía una taza de avena y la taza se me cae al ver que mi hermano intenta como salir y y y no pudo porque aérea que le estaban disparando.
La escena parecía una ejecución de guerra urbana. Después llegaron las teorías que había salido con la pareja de un jefe criminal que sabía demasiado sobre asesinatos ocurridos en el barrio, que molestaba porque defendía a los vecinos y enfrentaba a delincuentes. En una ciudad dominada por el miedo, nadie parecía tener una respuesta definitiva.
Y quizá eso fue lo más trágico, porque el palomo Usuriaga era querido por la gente. Era uno de esos ídolos populares que todavía podían caminar entre hinchas sin esconderse. Pero ni el cariño del barrio alcanzó para salvarlo de una ciudad donde la violencia ya había aprendido a matar incluso a sus propios símbolos. Yo a mi hermano con los ojos abiertos, pero ya muerto.
Pero yo creía que estaba vivo cuando me enseñó la avisaron que había muerto. Décadas después de los años más oscuros del narcotráfico colombiano, el fútbol latinoamericano seguía conviviendo con otra amenaza. Ciudades atravesadas por sicarios, economías en crisis y violencia cotidiana. y Mario Pineida era parte de ese escenario. El lateral ecuatoriano había construido una carrera sólida en Barcelona de Ecuador, uno de los clubes más grandes del país.
Había jugado Copa Libertadores, fue campeón y hasta llevó la cinta de capitán. Pero detrás de la imagen profesional empezaban a aparecer tensiones, malos resultados, problemas internos y un contexto económico complicado alrededor del fútbol local. Las redes sociales se llenaban de críticas, rumores y reclamos permanentes. El ambiente alrededor del club era cada vez más pesado.
En medio de esa presión constante, Pineida intentaba seguir adelante con su vida cotidiana, pero no lo consiguió. Finalmente, el ataque ocurrió a plena luz del día en Guayaquil. Mario había salido de compras junto a familiares y personas cercanas. Todo parecía normal hasta que dos motocicletas comenzaron a seguir el vehículo.
Los sicarios esperaron el momento exacto. Cuando el auto quedó estacionado frente a un local, abrieron fuego. La secuencia fue brutal y rápida. Disparos, vidrios estallando, personas corriendo desesperadas, gritos dentro del negocio. La gente buscaba refugio mientras los atacantes vaciaban las armas antes de escapar entre el tránsito de la ciudad.

Pineida murió en el lugar, mientras una de las mujeres que lo acompañaban también perdió la vida y otra resultó gravemente herida. Hola, la policía habló desde el principio de un ataque dirigido. No parecía un robo improvisado, era una ejecución. Otra más en una región donde las motocicletas y los sicarios se habían convertido en parte del paisaje urbano.
La noticia sacudió al fútbol sudamericano. Barcelona de Ecuador publicó un comunicado devastador. Fluminense, Independiente del Valle y otros clubes enviaron mensajes de condolencia. Las redes sociales se inundaron de homenajes, incredulidad y miedo. Porque la muerte de Mario Pineida no solo mostró el asesinato de un futbolista, expuso algo mucho más inquietante.
Sensación de que en ciertas ciudades latinoamericanas la violencia puede alcanzar a cualquiera, incluso a un jugador profesional reconocido en todo el continente. Ni los estadios llenos, ni la fama, ni los títulos pudieron protegerlo. En algunos lugares el fútbol sigue jugándose bajo la sombra de las armas. De esta manera llegamos al final.