¡ANTES DE MORIR! Piporro Eulalio González dijo la TERR1BLE mentira del fun3ral de Pedro Infante

¡ANTES DE MORIR! Piporro Eulalio González dijo la TERR1BLE mentira del fun3ral de Pedro Infante

Usted confirmó la muerte de Pedro Infante y estudia ahí el velorio, ¿no? Que fue hicieron una película. Desde el mismísimo primer segundo en que la mala noticia corrió por todas las calles de México aquel triste 15 de abril del año 1957, todo el país se negó a aceptarlo. Simplemente no querían creerlo. Pedro Infante, el gran ídolo que parecía que nunca iba a morir, el hombre que llevaba en su voz el alma de toda nuestra gente, estaba ahí sin vida.

 Su cuerpo quedó atrapado entre los fierros quemados y retorcidos de un enorme avión que se vino abajo en la ciudad de Mérida, allá en Yucatán. Este terrible accidente no solamente le puso un punto final a la época más brillante y hermosa de nuestro cine y de nuestra música, también plantó una semilla muy profunda, llena de dudas, de historias secretas y de mitos que se iban a quedar vivos por muchísimos años.

Sin embargo, mucho tiempo después, justo antes de despedirse de este mundo en el año 2003, el muy querido señor Eulalio González, a quien todos conocemos de cariño como piporro, decidió abrir la boca. Él era el aijado artístico más cercano a Pedro, su gran protegido, y decidió romper todo ese silencio con la sinceridad total que siempre lo hizo tan especial, pero lo hizo con el corazón roto y lleno de recuerdos.

 Piporro soltó una verdad enorme, una historia que te mueve todo por dentro. reveló los detalles más oscuros y ocultos que pasaron alrededor de la pérdida de su gran maestro y amigo, y al hacerlo, destapó una caja llena de secretos y de mentiras de la televisión y el cine que la historia oficial siempre quiso esconder en lo más oscuro.

 Para poder entender de verdad el peso y el impacto de todo lo que dijo Piporro, primero tenemos que darnos cuenta de qué tan fuerte era la amistad que unía a estos dos gigantes. Su relación era muchísimo más que solo ser compañeros de trabajo o llevarse bien frente a las cámaras de grabación. Pedro Infante no fue solamente un colega más para él.

 Pedro fue la persona que construyó con sus propias manos el camino para que Eulalio González llegara a ser una estrella inmensa. El inicio de una fuerte amistad. Eulalio nació en el año 1921 en un pueblito muy pequeño llamado Los Herreras en el estado de Nuevo León. Desde que era un niño, su vida estuvo llena de mudanzas.

 Su familia iba de un lado para otro todo el tiempo porque su papá trabajaba como oficial en las aduanas. Este ir y venir por todos los caminos y carreteras del norte de México hizo que el muchacho absorbiera por completo la forma de hablar, las bromas, la chispa y el ritmo de toda la gente de la frontera.

 Y fueron exactamente esas cosas las que mucho tiempo después le darían vida a su famosísimo personaje, el piporro. Su papá tenía el sueño de que su hijo estudiara para ser un doctor importante. Y aunque Eulalio sí le echó ganas y hasta logró sacar su título como contador, la verdad es que su corazón latía por otra cosa.

 Lo suyo era hablar con la gente, comunicar, dar noticias y ser periodista. Después de dar sus primeros pasos trabajando como reportero y tomando notas rápidas en el famoso periódico El Porvenir allá en Monterrey, González descubrió que los micrófonos tenían magia. entró a trabajar en una estación de radio que se llamaba XMRR.

Ahí su voz tan única, tan diferente a las demás, y esa habilidad natural que tenía para atrapar la atención de todos los que lo escuchaban, lo convirtieron en un locutor superrespetado desde el año 1942. Y fue justo en esos tiempos cuando él estaba aprendiendo a ser un maestro de la radio, que los caminos de la vida juntaron a un joven Eulalio González con un muchacho que iba subiendo como la espuma llamado Pedro Infante.

 En esos primeros años de la década de los 40s, Pedro todavía no era ese dios del pueblo que todos amarían después. Todavía le faltaba camino, pero su encanto natural y la fuerza brutal de su voz ya eran cosas que nadie podía negar. González, que tenía el oído muy fino por su trabajo en la radio, fue de las primeras personas en darse cuenta de que ese muchacho de Sinaloa iba a llegar a lo más alto del cielo, así que se convirtió en el hombre que lo presentaba.

 Empezó a anunciar sus salidas en diferentes eventos públicos y fiestas grandes por todo el norte del país. Armaron un equipo perfecto. El carisma y la forma de ser de Eulaliu dejaban a la gente calientita y lista, preparando todo el terreno para la tormenta de sentimientos que Pedro soltaba cada vez que se ponía a cantar. La fama de infante creció rapidísimo como la espuma del mar.

 se hizo grande en muy poco tiempo, sacando canciones en la radio que todos cantaban y haciendo películas que nadie va a olvidar, como cuando cantó esa hermosa canción Amorcito Corazón. Pero este gran ídolo, nacido en Huamuchil tenía algo especial, una virtud de fierro que lo hacía muy distinto a todos los demás artistas. Tenía una humildad pura, verdadera y una memoria que no olvidaba a nadie.

 Él siempre se acordaba perfectamente de todas las personas que le dieron la mano y lo ayudaron cuando apenas empezaba y no era nadie. Nunca jamás en su vida se olvidó de cómo ese locutor del norte lo apoyó en sus primeros días. Por eso, cuando se acababa el año 1942 y Eulalio González decidió mudarse a la gigantesca y difícil Ciudad de México para buscar suerte y crecer, Pedro Infante ya estaba ahí parado en la entrada, listo para abrirle las puertas más grandes.

 Tiempo después, en el año 1948, Pedro le hizo una invitación que le daría una vuelta completa a la vida de González para siempre. Le pidió que entrara a trabajar con él en una novela que se pasaba por la radio. Se llamaba Ahí viene Martín Corona. y salía por la famosísima estación Kies del Radio al cine, El nacimiento de Piporro.

 Este proyecto fue muy especial porque fue la única vez que Pedro Infante trabajó haciendo una radionovela. Pero para que la historia funcionara, necesitaban a un personaje muy raro. Ocupaban a un viejito hablador muy listo y con mucha chispa que sirviera para hacerle contrapeso al héroe de la historia. Aunque Ulalio apenas tenía 31 años y era un hombre joven, hizo la prueba para el papel y se quedó con el personaje del piporro. Le quedó a la medida.

 Su triunfo en la radio fue tan, pero tan gigante que para el año 1952, un director de cine llamado Miguel Zacarías tomó la decisión de llevar esa misma historia a los cines. Pero dar el brinco de la radio al cine provocó un problema muy grande escondido detrás de las cámaras. El director Zacarías tenía muchísimas dudas de dejar a González en el grupo de actores.

 Él tenía mucho miedo de que como Eulalio era muy joven en la vida real, la gente no se creyera el cuento de que era un señor de 60 años. Creía que la magia se iba a romper al verlo en la pantalla gigante. Y fue justo en ese momento de tanta tensión y peligro donde la lealtad y el cariño de Pedro Infante brillaron con una luz inmensa.

 Sin pensarlo dos veces y siendo muy valiente, Pedro se paró frente al director y peleó por su amigo con uñas y dientes. Le juró y le prometió que el talento gigante y la forma de pararse frente a las cámaras que tenía Eulalio iban a ser más que suficientes para que toda la gente se creyera el personaje. Y para arreglar el gran problema de la edad, al mismo Pedro se le ocurrió una gran idea.

 Sugirió que usaran muchos trucos de maquillaje profesional, pintándole arrugas y canas para hacer que la cara del actor se viera vieja. Hicieron el intento y el experimento no solamente salió bien, sino que fue una victoria total en los cines. La química y la chispa que tenían estos dos hombres juntos en la pantalla era algo mágico, algo que te atrapaba y no te soltaba.

Esa actuación hizo que González no fuera nada más un actor de relleno. Convirtió a la figura del piporro en un símbolo eterno, en un pedazo de la cultura de México que nunca va a desaparecer. Desde esa primera vez tan exitosa en el cine, la carrera de González se fue directo a las nubes a una velocidad increíble.

Llegó a grabar 20 películas enteras en un espacio de solo 5 años y muchísimas de esas películas las hizo pegado a su padrino y maestro Pedro. Hicieron joyas juntos como Cuidado con el amor, los gavilanes y la famosísima escuela de música. Pero más allá de todo ese brillo deslumbrante de la fama y más allá de toda la locura y el dinero de la época de oro del cine, lo que verdaderamente amarraba a estas dos almas era algo mucho más humano, sincero y real.

Piporro, muchos años después siempre contaba con los ojos llenos de lágrimas una historia. recordaba un día en que se encontró de pura casualidad con Pedro en las calles de la Ciudad de México. Esto pasó mucho tiempo después de que los dos ya eran superfamosos. González ya estaba muy acostumbrado a que las demás estrellas de cine lo hicieran menos.

Muchos actores famosos de esa época se hacían los tontos y fingían no acordarse de los locutores de provincia que los habían ayudado a subir. Por culpa de esos malos tratos, Piporro tenía miedo y vergüenza de acercarse a saludar a su gran ídolo. Pensó que Pedro lo iba a ignorar, pero Infante, en cuanto lo vio a lo lejos, en medio de un mar de gente que le gritaba y le pedía abrazos, detuvo absolutamente todo.

 empezó a gritar su nombre, lo llamó fuerte para que fuera hasta su cuarto de descanso y ahí mismo lo agarró y le dio un abrazo de hermanos apretado y lleno de cariño. Seguía siendo exactamente el mismo Pedro de siempre”, contaba el piporro con la voz temblando y a punto de llorar en las últimas pláticas que dio.

 Él siempre quiso dejar muy claro que todo el dinero y toda la fama del mundo nunca le pudrieron el alma a Pedro, nunca le quitaron lo bueno ni lo humilde que era. Pero toda esta amistad tan pura y fuerte que estaba construida sobre el respeto de saber lo mucho que cuesta venir desde abajo, se cortó de tajo y de la forma más violenta posible allá en el suelo caliente de Mérida.

 Ese día maldito, aquel lunes de Pascua del año 1957. La película falsa del funeral. La pérdida de Pedro Infante dejó a todo el país llorando como niños huérfanos, pero al mismo tiempo echó a andar una máquina de hacer dinero, un gran negocio que no tenía llenadera y que solamente estaba buscando la forma de sacarle provecho a las lágrimas y al dolor de todos los mexicanos.

 Conforme fueron pasando los años y las décadas, empezaron a salir rumores por todos lados. Cuentos de la calle que decían una y otra vez que Eulalio González había sido una de las personas más importantes en esos días tristes. Decían que él había sido el encargado de ir a identificar y confirmar en qué estado había quedado el cuerpo del ídolo después del tremendo y brutal choque del avión.

 Estas mentiras se hicieron más y más grandes por culpa de varios reportajes, películas y documentales que salieron en esa época. En esas películas se mostraban imágenes fuertísimas del funeral de Pedro Infante y en la primera fila de la gente se podía ver claramente la cara de dolor de piporro llorando sin consuelo por haber perdido a su gran maestro.

 Pero la verdadera historia escondida detrás de esos videos se quedó guardada en la oscuridad por muchísimo tiempo, hasta que el mismo piporro, sintiendo que ya estaba viejo y que su propio final en este mundo estaba muy cerca, tomó la decisión de limpiar todo este desastre. En una de las pláticas más íntimas y sinceras que dio en toda su vida, él decidió desarmar toda esa gran mentira.

Explicó paso a paso cómo los dueños del cine movieron los hilos y editaron los videos para inventar una historia y una realidad que jamás, nunca, pasó de verdad. Hablando con la verdad por delante y sin importarle que se enojaran los jefes de las películas, González confesó algo pesado. Él nunca puso un solo pie en el entierro de Pedro Infante en la Ciudad de México.

 Explicó con todo detalle que ese video que hizo llorar a millones y millones de personas en las pantallas de los cines y en las televisiones de las casas era puro truco. Fue un engaño hecho a propósito por los productores de aquel tiempo que cortaron y pegaron videos. La verdad es que yo ni siquiera estaba en la ciudad de México cuando fue el funeral”, confesó Piporro.

 Él contó que solamente fue una ceremonia mucho tiempo después, un evento de respeto que armó el sindicato de los actores. Pero los dueños del entretenimiento estaban desesperados. Tenían muchísima hambre de vender tristeza y drama para esa nueva película documental que estaban armando a toda velocidad. Así que tomaron la fría decisión de meter la cara de piporro a la fuerza.

 Usaron trucos de edición, cortaron otros videos y pegaron su imagen en el entierro real. Todo esto lo hicieron nada más para hacer más grande el chisme y el drama, presumiendo que los amigos más cercanos del ídolo estaban ahí sufriendo frente a la caja. Pero el engaño fue todavía peor. Piporro también destapó que agarraron a otros artistas famosos para hacer lo mismo, mencionó el caso del cantante Javier Solís.

 González dijo claramente que este muchacho Javier Solís ni siquiera tuvo la oportunidad de conocer a Pedro Infante en persona cuando estaba vivo. Y aún así, los del cine lo metieron con trucos y mentiras en el video del funeral. ¿Para qué? Para hacer creer a la gente que toda la familia de la música estaba ahí pasándose la corona del dolor para seguir vendiendo discos.

Estas palabras tan pesadas que soltó Piporro antes de irse al cielo en 2003 no solo sirvieron para corregir las mentiras que nos contaron en los libros de historia de México. También abrieron una puerta muy oscura y llena de misterios sobre lo que pasó realmente en los minutos después de que el avión se fue al suelo.

 Al quitarse él mismo de esa película de mentiras, Piporro nos dejó ver el verdadero infierno que fue el accidente. nos contó las condiciones reales, espantosas y tristes en las que de verdad encontraron los restos de Pedro Infante en el lugar del choque allá en Mérida. Fue un desastre tan grande y tan destructivo que pedirle a sus mejores amigos que fueran a reconocer el cuerpo hubiera sido algo imposible para cualquier ser humano, algo que les hubiera destruido la cabeza de por vida.

Al confesar como los dueños del cine jugaron con los videos del funeral, Piporro nos dejó listos para escuchar la verdad más cruda, más fea y más triste sobre el fin de esta gran leyenda. Una verdad que le quita todo lo bonito y romántico que nos vendieron en el cine y nos pone cara a cara con la fuerza brutal y cruel del destino.

 Ese que le quitó el respiro al hombre más amado de todo el país. El infierno en las calles de Mérida. Ahora vamos a meternos hasta el fondo de esa oscuridad, a ver los detalles más fuertes del choque y ese hallazgo tan espantoso en el terreno quemado que dejó a Piporro temblando de tristeza hasta el último día que tuvo vida.

 El silencio que se sintió después de que el inmenso avión se estrellara contra el piso no fue cualquier silencio. Fue un silencio de panteón, el vacío gigante de un país entero que en un parpadeo se quedó sin el hombre al que más querían. Y mientras la gente lloraba en las calles, en las oficinas bonitas de las empresas de cine en la ciudad de México, ya estaban armando el gran cuento oficial.

 Estaban pegando cintas y metiendo caras falsas en las noticias para hacer creer que la despedida había sido perfecta. Pero allá abajo, en la tierra caliente de Mérida, Yucatán, lo que pasaba no era de película, era una pesadilla salida del mismísimo infierno. Antes de despedirse, Eulalio González no solo se quejó de cómo usaron su cara con mentiras en el velorio, también se sentó a platicar con sus amigos más cercanos sobre los secretos de terror que le contaron las personas que de verdad estuvieron ahí, los testigos y los policías que

acordonaron la zona del desastre. Aquel 15 de abril de 1957, el fuego ardiente y los fierros del avión no tuvieron nada de piedad con la carne humana. Los reportes de los doctores y los papeles de los jueces que llegaron a las manos de González contaban una escena tan fea y tan violenta que dejaba muy claro por qué los del cine prefirieron tapar el horror.

 Por eso inventaron un cuento mágico lleno de lágrimas falsas. Pedro Infante no era alguien que se subiera a los aviones solo por viajar. Su amor por volar era casi del mismo tamaño que su amor por cantar. Llevaba casi 3,000 horas volando allá arriba en las nubes. A este hombre de Sinaloa le encantaba jugarle al valiente y mirar al peligro a los ojos.

 De hecho, ya se había salvado de milagro en dos accidentes de avión antes de este. Esos golpes le habían dejado marcas en el cuerpo y hasta tuvieron que ponerle una placa de metal especial en la cabeza. Sin embargo, el tercer encuentro que tuvo con la muerte iba a ser el último. Esa mañana Solo unos cuantos minutos después de que el avión despegó del aeropuerto de Mérida para ir a la capital, los motores de la gran máquina fallaron.

 Era un avión pesado, hecho para llevar mucha carga, un bombardero viejo que se usaba en la Segunda Guerra Mundial y que lo había modificado. La gente que estaba abajo y vio los últimos segundos del avión volando dijo que escucharon a la máquina rugir y llorar como si estuviera desesperada por intentar subir y no caerse, pero no pudo.

 El avión se vino a pique, cayendo de punta directo sobre la calle número 54 sur, justo en medio de las casas de un barrio donde vivían familias. El golpe contra el piso fue tan fuerte que no solo hizo pedazos el avión, también causó una explosión gigante, inmensa, porque el avión llevaba miles y miles de litros de gasolina que salieron volando por todas partes.

 El combustible cayó en los patios de la gente, en las casas y en los talleres de trabajo de los vecinos. En un segundo, la calle entera se volvió un infierno de lumbre. Para el pobre piporro que estaba lejos, enterarse de los verdaderos detalles cuando empezaron a quitar los escombros quemados fue un golpe que le partió el alma.

 La pura verdad, esa verdad fea que los periódicos quisieron esconder poniendo frases de amor a la patria y las portadas, decía que el cuerpo de Pedro Infante se encontró totalmente destruido. Pegar de frente a tanta velocidad y que luego reventara el tanque lleno de gasolina hizo que los que iban manejando recibieran todo el fuego de golpe.

 Ahí iban Pedro Infante, el piloto y su mecánico. Cuando los bomberos de Mérida, ayudados por los vecinos con cubetas de agua, por fin pudieron apagar el fuego altísimo que se estaba comiendo lo que quedaba del motor, y los asientos vieron algo que nunca iban a poder sacar de su cabeza. Lo que quedó de las personas estaba hecho carbón, faltaban pedazos, estaban pegados y derretidos junto con el acero chueco del panel donde estaban los botones del avión.

 La fuerza tan bruta del golpe hizo que al principio reconocer que ahí estaba el cuerpo del ídolo fuera casi un milagro de Dios. Metidos entre pura ceniza negra y metales al rojo vivo, las únicas dos cosas que se pudieron reconocer para estar 100% seguros de que era él. Fueron aquella famosa placa de metal que tenía guardada en la frente y un pedazo de esa pulsera de oro gruesa que Pedro llevaba puesta a todos lados.

 Las cosas secretas que Piporro se enteró destruían por completo toda esa historia bonita y triste que nos contaban en la tele. Los hombres del rescate tuvieron que recoger los pedacitos del cuerpo con un cuidado tremendo, metiéndolos despacito en bolsas hechas a la rápida, mientras el humo negro y espeso de la gasolina quemada todavía ensuciaba el aire caluroso de Yucatán.

 Esa imagen tan dura y tan cruda fue la verdadera razón, la única por la que la caja de muerto de Pedro Infante, nunca de los nuncas, se abrió para que la viera el público en los eventos de la Ciudad de México. Ese gran cajón de metal bien sellado al que millones de mexicanos le lloraron amares, no tenía dentro la cara tranquila de nuestro amado héroe durmiendo en paz para nada.

 Lo que de verdad escondía ese cajón eran los restos muy lastimados y castigados de un hombre al que los fierros y el fuego de la aviación habían destruido. Piporro, que sabía perfectamente todo este infierno, siempre peleó diciendo que por puro respeto al hombre que le dio todo, la gente tenía que recordarlo lleno de vida.

 Tenían que recordar su sonrisa gigante, lo guapo y plantado que era, y no andar buscando el morbo de un papel de doctores forenses que el gobierno quiso esconder para no romper la fantasía del superhéroe mexicano. Las sombras y los secretos del accidente, pero las sombras y el misterio alrededor de la caída del avión no se acabaron nada más con los horrores de los cuerpos quemados.

 A las orejas de Ulalio González también le llegaron los chismes y los grandes problemas sobre las investigaciones del accidente. Había muchas cosas que no cuadraban. La gente se preguntaba cómo era posible que un piloto con tantos años de volar como Pedro y un equipo de mecánicos tan buenos dejaran que un avión viejo y con problemas despegara.

 Empezaron a salir rumores de que alguien lo había echado a perder a propósito, que le habían hecho un sabotaje. Decían que era un ataque político porque este cantante de Sinaloa ya se juntaba con los altos mandos, con los más poderosos del gobierno. Y hasta nació ese cuento loco de que en realidad Pedro nunca se subió a ese avión y que mejor decidió fingir que había muerto para poder desaparecer y vivir tranquilo para siempre.

 Todas estas ideas empezaron a crecer como hierba mala en la mente de toda la gente. Piporro miraba todo esto sintiendo una mezcla de mucha tristeza, pero también de coraje. Veía como el gobierno y los jefes de los aviones no daban ni una sola respuesta clara y como eso solo hacía que los noticieros hicieran más y más circo para vender diarios.

 Todo esto pasaba mientras él arrastraba el dolor verdadero y puro de haber perdido al amigo que le cambió la vida entera. Aquel maldito lunes de Pascua, mientras el humo allá en las calles de Mérida empezaba a borrarse con el viento y los primeros jefes del sindicato de actores viajaban de urgencia para mover los restos.

 La máquina de hacer mentiras ya estaba trabajando a todo motor. La orden de arriba era muy directa. La gente del pueblo necesitaba un velorio gigante de esos que hacen historia. Necesitaban armar un teatro completo que dejara Pedro Infante como el mártir más grande, como el santo de nuestro país. Y fue exactamente ahí, en ese instante frío, cuando los dueños del cine empezaron a tejer su telaraña de engaños y videos pegados.

 En esa red de mentiras atraparon a escondidas a personas como Piporro y a Javier Solís, metiéndolos sin pedirles ningún permiso. La diferencia entre las dos realidades era brutal y te dejaba pensando mucho. De un lado, tenías el horror feo y crudo de un cuerpo hecho pedazo sacado de las cenizas en una calle humilde de Mérida. Y del otro lado tenías el dolor falso, cuidadito y perfecto grabado dentro de los estudios caros de la ciudad.

 El verdadero precio de la inmortalidad, el verdadero y más grande misterio de la caída de Pedro Infante no se terminó cuando los bomberos echaron agua y apagaron la lumbre en la calle. El misterio de verdad empezó cuando prendieron los focos y las máquinas en los cuartos oscuros donde editaban videos en la capital.

 Mientras todo el país lloraba hasta quedarse sin aire, los dueños del dinero y del entretenimiento se dieron cuenta rapidito de que este dolor tan feo era una mina de oro. Era la oportunidad perfecta para controlar lo que la gente pensaba. Fue ahí en ese cuarto de mentiras donde agarraron el nombre de Ulalio González piporro para darle valor a un cuento falso que a él no le tocaba.

 Para el buen piporro, verse a sí mismo sentado en las pantallas inmensas del cine y en los televisores cuadrados de las casas llorándole al cajón de su maestro fue algo que le dio asco y mucho coraje. La tecnología que usaron en aquellos años no era tan buena como la de hoy, pero la usaron con una inteligencia muy perversa.

 Los dueños de las películas buscaron pedazos de videos viejos, agarraron tomas de fiestas pasadas del sindicato de actores y pedazos de cintas donde salía la gente en la calle, todo para meter las caras de los artistas de moda en medio de los vídeos reales del panteón. “Ahí me acomodaron a la fuerza”, dijo González con mucha tristeza y con una sinceridad que pegaba duro cuando ya estaba en sus últimos días de vida.

 Los del negocio del cine estaban urgidos de que él apareciera. Necesitaban que el ahijado de Pedro, el hombre que llegó a la fama gracias a él, estuviera ahí validando todo con sus lágrimas. Al inventar que sí fue, los jefes no solo querían hacer llorar más a las señoras, querían también taparle la boca a los preguntes.

 Pensaban que si los mejores amigos estaban ahí sufriendo a su lado, entonces el caso estaba completamente cerrado y nadie iba a hacer preguntas. La meta de los hombres de traje era muy fría y se trataba solo de dinero. Al mostrar al joven Javier Solís ahí parado llorando a mares en el velorio del gran rey, los dueños del cine estaban construyendo un puente de mentiras.

Querían asegurarse de que el gran negocio de vender discos no se parara ni un solo día después de que el rey se fuera al cielo. Usaron la tristeza pura de una gente sencilla y humilde como el teatro perfecto para pasarle la corona a otro. Todo planeado desde los sillones caros de los estudios.

 Esta gran verdad que nos dejó Piporro le quitó la ropa a todos los secretos que cubrieron la figura del hombre de Sinaloa por muchísimos años. ¿Por qué uno se pone a pensar si el velorio fue puro truco y tijera en un cuarto oscuro? ¿Qué otras cosas nos habrán escondido los del gobierno sobre lo que en verdad pasó en Yucatán? Todo el teatrito de la película del funeral hizo que sin querer las teorías de miedo se hicieran más fuertes.

 Se le sumas que la caja estuvo sellada con candado para que nadie viera los daños de los quemados y luego le metes las mentiras que confesó González. No es nada raro que miles y miles de personas en México pensaran que ese cajón estaba vacío. Piporro, al querer limpiar su alma y su buen nombre antes de que le tocara partir, nos dejó bien clarito que toda la historia oficial que nos obligaron a creer era un cuento de mentiras.

 tan bien hecho como cualquiera de sus películas de la época de oro. Durante todos esos años que siguió viviendo sin su padrino, Eulalio González siempre se negó a subirse al circo de los chismes y del morvo, pero tuvo que cargar en su espalda todo el peso terrible de saber la verdad, de saber la gran diferencia entre el infierno de sangre y fuego del accidente y la limpiecita bonita y perfecta que los del gobierno vendieron la tragedia.

Mientras él guardaba en su mente la imagen del Pedro verdadero, del hombre de carne y hueso, de ese amigo humilde que detenía todo para darle un abrazo o con el que se metió a grabar canciones, todo el resto del mundo andaba rezándole a un dios de plástico, a un ídolo fabricado por la mismísima máquina de dinero que recortó y alteró los videos para el cine.

 Piporro comprendió con mucha tristeza que en nuestro país el costo de vivir para siempre como leyenda te pide a cambio destruir la verdad. Para que nuestro querido Pedro Infante durara para toda la eternidad, su partida tenía que verse perfecta, digna de un premio de cine y gigante, aunque para lograrlo tuvieran que recortar videos, inventar lágrimas y pegar a gente en los funerales.

 Cuando el señor Eulalio González Piporro cerró sus ojitos para siempre en aquel año 2003, cuando ya tenía 81 años de edad, no se nos fue nada más el último gran genio del espectáculo que venía del norte del país. No se nos fue nada más el actor que hacía mil cosas, el que escribía las historias y el que dirigía películas que hacían reír y llorar a las personas.

 Con él también se marchó el único hombre en todo el medio artístico que tuvo las faldas y el valor suficiente para deshacer toda esta mentira de los ricos desde las mismísimas tripas del monstruo. Esa confesión, la última que nos regaló, no hizo que la leyenda de Pedro Infante se hiciera más chiquita. Para nada. hizo todo lo contrario.

 Le quitó encima todo ese montón de falsedad de las empresas, le quitó el plástico para devolvernos la imagen de un hombre puro, bueno y humano. Al final de todo esto, las grandes verdades que nos heredó Piporro nos dejan una lección llena de misterios sobre cómo se escribe la historia.

 Nos enseña que justo detrás de la espalda de nuestros ídolos más grandes y perfectos siempre van a existir verdades oscuras escondidas en los rincones. Siempre habrá secretos tapados por el fuego y sentimientos tan fuertes que ni un avión estrellado desde el cielo ni el largo paso de los años van a poder borrar de nuestra memoria.

 

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