Amparo Galán y los dulces de boda que escondían un horror. La historia más aterradora de España

14 de septiembre de 1974. Sábado. Provincia de Sevilla. Una aldea ferroviaria entre Lora del Río y Carmona, a poco más de 30 km de la capital. Boda en la Casa de los Cárdenas, grande, ruidosa, de esas en las que parece que ha venido medio pueblo, aunque nadie sepa decir quién invitó a quién. Había unas 120 personas.

Las mesas estaban sacadas al patio porque dentro de la casa no cabía tanta gente ni juntando el comedor con la cocina. Final de verano, calor todavía pegado a las paredes, moscas dando vueltas sobre las fuentes, olor a vino peleón, a colonia barata, a ropa limpia y a tierra regada. De un magnetófono viejo salía la voz de Juanito Valderrama, ronca, temblando entre chisporroteos.

La novia tenía 19 años. El novio 23. Los dos guapos, los dos colorados, los dos con esa vergüenza alegre que tienen los recién casados cuando todo el mundo los mira y les grita que se besen. Las familias de un lado y de otro ya habían bebido lo suficiente para olvidarse de los roses antiguos. Los tíos se abrazaban, las mujeres se llamaban primas, aunque no lo fueran.

Los niños corrían entre las sillas con los zapatos llenos de polvo. En un extremo de la mesa larga, en el sitio donde se ponía aquello que la familia quería lucir, estaba la gran fuente de dulces de sartén, no una fuente cualquiera, roscos, flores y, sobre todo, pestiños. Una torre enorme, levantada en tres alturas, brillante de miel, dorada, pegajosa, casi ámbar.

La habían traído por la mañana desde la estación de las alberquillas de casa de la dulcera que conocía toda la comarca. Amparo Galán Morales, la extremeña, la mujer que freía y enmelaba los pestiños de una manera que ninguna mujer del contorno conseguía repetir. Decían que tenía un secreto en la masa, que le echaba algo especial.

Los invitados comían y alababan. Rosario Benítez Luna, 60 años, antigua practicante de un consultorio rural de Carmona. Tomó el tercer pestiño. Siempre le había gustado el dulce. Mordió, masticó y de pronto sonó un crujido. No el crujido de un pestiño bien frito, otro, seco, duro, de hueso. Rosario frunció la cara.

Había algo rígido en la boca. Lo sacó con cuidado entre los dedos, se volvió un poco para que no la vieran los vecinos de mesa y miró la palma de la mano. Allí había un trocito pequeño frito en aceite hasta quedar dorado, del tamaño de la uña del meñique. Rosaria había trabajado 28 años curando heridas, vendando cortes, reduciendo luxaciones y ayudando en partos.

sabía reconocer un hueso. Aquello no era cerdo, ni pollo, ni cordero. Era la falange de un dedo humano. La mujer puso lentamente el trocito dentro de un pañuelo, lo envolvió, lo guardó en el bolsillo del vestido y se levantó de la mesa. Le dijo a la de al lado que se encontraba mal, que sería el calor. Salió del patio, caminó hasta el bar de la esquina, pidió el teléfono y llamó al cuartelillo de la Guardia Civil.

3 horas después, una pareja de guardias entraría en la casa de los Cárdenas. Los pestiños serían retirados. La boda se detendría, la novia lloraría, pero no de felicidad. Y 18 días más tarde, el capitán Joaquín Salcedo Herrera bajaría sótano de una casa pequeña en las alberquillas y vería algo, por lo que después lo tendrían ingresado 3 meses en un sanatorio de Sevilla. Pero eso vendría después.

Antes hay que volver 3 años atrás, a 1971, cuando Amparo Galán apareció por primera vez en aquella aldea, callada, flaca, con un atillo en la mano y un marido vivo todavía, aunque la muerte ya caminaba detrás de él. Para entender lo que pasó en las alberquillas, hay que entender de dónde venía ella. Si les gustan estas historias antiguas, historias de pueblo de las que se callaron durante décadas porque a nadie le convenía removerlas, quédense.

Esta será especial y terrible. Las alberquillas no era exactamente un pueblo, era una estación con casas alrededor, un caserío alargado junto a la vía en la línea que unía Sevilla con Córdoba, un centenar de viviendas bajas, patios encalados, gallineros, macetas de geranios, barracones de los ferroviarios, una torre de agua, una tienda de ultramarinos, un consultorio que abría cuando podía venir el practicante y un salón parroquial con goteras. Eso era todo.

Vivían allí, sobre todo, familias de ferroviarios, guardagujas, peones de vía, mozos de estación, encargados de almacén, mujeres que lavaban ropa ajena, jornaleros que iban y venían según hubiera faena en los cortijos. También había algunas familias llegadas de Extremadura en los años de hambre y dos casas de manchegos que se quedaron después de una contrata de obras.

Todos se conocían, todos sabían de todos, como pasa en los sitios pequeños donde la vida corre junto a los raíes en sentido literal. 1971. Franco seguía vivo, aunque cada vez más viejo. El país cambiaba por arriba, pero en las aldeas seguían mandando los de siempre. Sevilla quedaba cerca en kilómetros y lejos en todo lo demás.

En la comarca pesaban la Guardia Civil, el cura, el alcalde Pedanio, el jefe local del movimiento y el encargado de la estación. Las reglas eran sencillas. No robes donde te vean. No hables más de la cuenta. No te metas en lo que no es tuyo y no desafíes a quien puede arruinarte la vida con una firma.

Quien vivía callado vivía mejor. A esa aldea llegó Amparo en otoño de 1971. No llegó sola. Venía con su marido Manuel Rivas Martín, que había encontrado trabajo como enganchador en la playa de maniobras de la estación. Manuel era de allí a medias. Su madre había nacido en las alberquillas y se había marchado de joven Navadaz, donde se casó con un extremeño y tuvo al muchacho.

Manuel creció, hizo la milly, conoció a Amparo y decidió volver al sitio de su madre. Pasaba a menudo. Las raíces tiraban, sobre todo cuando uno no tenía nada mejor a lo que agarrarse. Amparo tenía entonces 32 años. Era delgada, huesuda, con la cara estrecha y unos ojos oscuros en los que no se podía leer nada, callada hasta resultar incómoda. No era antipática.

Saludaba, sonreía, respondía cuando le preguntaban, pero hablaba poco, muy poco, y solía mirar un poco más allá del interlocutor, como si viera algo detrás de las personas. Los vecinos los aceptaron sin entusiasmo y sin rechazo. Manuel trabajaba. Amparo llevaba la casa y pronto se supo que era una buena ama de casa. El patio lo tenía limpio, las macetas vivas, la cocina en orden.

Cocinaba de tal manera que los olores salían por la ventana y llegaban hasta media calle. Sobre todo los dulces, hacía roscos fritos, torrijas cuando tocaba, puñuelos de viento, tortas de manteca, pestiños pequeños que freían un perol negro al fondo del patio. Los niños de las casas cercanas estiraban a mano por encima de la tapia.

Ella no los regañaba, salía sin decir nada y les daba alguno más. Manuel se acomodó bien. El trabajo era duro, enganchador en una playa de maniobras. Una de las ocupaciones más peligrosas del ferrocarril. Entre vagones, bajo los vagones, con frío, con lluvia o con el hierro ardiendo en agosto.

Un mal paso y no había tiempo de gritar. Pero se cobraba algo mejor que en el campo y Manuel estaba contento. Vivieron en las alberquillas poco más de medio año. El 14 de abril de 1972, viernes, cerca de las 4 de la madrugada, Manuel Rivas murió en la estación. Quedó atrapado entre dos vagones durante una maniobra.

La muerte fue instantánea escribieron en el parte. Aunque los que vieron el cuerpo dijeron después que aquello de instantánea lo pusieron por caridad con la viuda. Amparo se lo comunicaron a las 7 de la mañana. Estaba en la cancela cuando llegó el coche del jefe de estación. escuchó, no lloró, asintió y preguntó cuándo podría recoger el cuerpo.

Una vecina que vio la escena diría más tarde, parecía que ya lo supiera, como si lo estuviera esperando. Pero de las mujeres de Ferroviarios se piensa eso a menudo. Todas esperan un poco. Cada turno de noche, cada pitido de locomotora, cada retraso. Es un oficio que enseña a esperar desgracias. Enterraron a Manuel al tercer día en el cementerio de Lora.

Fueron compañeros, vecinos y algunos parientes, una treintena de personas. Amparo estuvo junto a la fosa con un pañuelo negro, recta, seca, silenciosa. Después del entierro puso mesa en su casa, todo hecho por ella. roscos, garbanzos con bacalao, café de puchero. La gente comió, suspiró, dijo lo que se dice en esas ocasiones y se fue.

Amparo se quedó sola, sola en una aldea ajena entre gente que la miraba con curiosidad, sin familia cerca, sin dinero, sin marido, con una casa que aún no estaba pagada y con deudas que Manuel había dejado detrás. El principal acreedor apareció pronto. Rafael Ponce Delgado, encargado de almacén de Renfe, 52 años, grande, colorado, con ojillos grasos y la costumbre de tutear a las mujeres, aunque las acabara de conocer.

En la aldea era un hombre influyente. Por sus manos pasaban tablones, sacos de cemento, chapas, alambres, aceite, azúcar, jabón, piezas de recambio y todo lo que escaseaba. A uno le conseguía tejas, a otro pintura, a otro un saco de harina sin hacer demasiadas preguntas. Todo pasaba por Rafael y por eso, de una manera o de otra, todos le debían algo.

Manuel le debía a Rafael madera y ladrillo para arreglar la casa. 4000 pesetas. En aquel tiempo, casi tres sueldos mensuales de un enganchador. Manol pensaba pagarlo poco a poco, pero no le dio tiempo. Rafael fue a ver Ampar una semana después del entierro. Le dio el pésame, se sentó a la mesa, bebió café y le explicó con tono paternal que una deuda era una deuda.

Manuel ya no estaba, pero las obligaciones seguían. Él, por supuesto, no era un animar. Esperaría, pero no para siempre. Amparo escuchó y preguntó, “¿Hasta cuándo?” “Hasta después del verano”, dijo Rafael. Amparo asintió. Rafael se fue, pero empezó a volver. Primero una vez por semana, luego más. Pasaba por la tarde después del trabajo, con una lata de conserva, un paquete de café, una botella de aníso.

Se sentaba, hablaba. Amparo lo escuchaba y le ponía algo de comer. Rafael comía y alababa, sobre todo los dulces. Después comenzó a llegar más tarde, a las 9, a las 10. Carmen Reyes Vargas, la vecina del otro lado de la tapia, veía a Rafael salir de casa de amparo pasada la medianoche.

No siempre, pero sí muchas veces. ¿Qué ocurría exactamente entre ellos? Se comentaba en la aldea, pero nadie lo sabía con certeza. Rafael estaba casado. Su mujer vivía en Lora del Río y aparecía poco por las alberquillas. Amparo callaba. Rafael presumía delante de los hombres de la estación, pero con insinuaciones, nunca de frente.

Una cosa parecía clara. Amparo no palaba la deuda y Rafael, por algún motivo, dejó de reclamarla. Mientras tanto, Amparo empezó a cocinar no solo para ella. Primero una vecina le pidió roscos para un velatorio y ella los hizo. Luego le encargaron un bizcocho para el santo de una y lo hizo. Después llegaron los pestiños.

Los pestiños, para quien no los conozca, son cosa sencilla en apariencia y difícil en la mano. Masa con harina, aceite, vino, ajonjolí o matala uuba según la casa. Se corta, se fríe, se deja crujir y se baña miel caliente. En Andalucía se ven mucho en Cuaresma y Navidad, pero también salen en visitas, bautizos, meriendas de familia y mesas de pueblo donde una casa quiere quedar bien sin presumir de rica.

No son comida de lujo, son otra cosa. Memoria de cocina pobre, de perol, de mujeres de pie junto al fuego. Un buen pestiño debe quedar fino sin romperse, crujiente sin estar duro, dulce sin empalagar, con el aceite justo y la miel pegada sin convertirlo en una piedra. Parece fácil cuando se cuenta. No lo es.

Los de amparo salían perfectos. No, perfectos, no. imposibles, de esos que nadie en la comarca había probado. Dorados, crujientes, con una mil oscura y un regusto especial que no se podía nombrar, pero tampoco olvidar. Quien probaba uno quería otro. Las mujeres del pueblo intentaban sacarle la receta. Amparo sonreía y negaba con la cabeza.

Decía que era secreto de su abuela de allá de las Urdes. Para el otoño de 1972 ya no se hablaba de los pestiños de amparo, solo en las alberquillas. Los encargaban desde aldeas cercanas. Boda en Brenes, pestiños de amparo. Bautizo en Tocina, pestiños de amparo. Velatorio en Lora, pestiños de amparo. Luego empezó a venir gente de Carmona y alguna vez hasta de Sevilla. Entró dinero.

Amparo reparó la casa. levantó una tapia nueva y compró una cocina mejor. En el patio montó una habitación de trabajo, una pequeña dulcería casera, peroles, mesa para amasar, estantes para harina,  aceite, miel, azúcar, frascos de especias, todo limpio, ordenado. Amparo era pulcra hasta lo enfermizo.

En su casa cada cosa tenía sitio. La harina en el arca, la miel en orzas, el aceite en garrafas, todo marcado, escrito, contado. Llevaba un cuaderno de cuentas. un cuaderno de tapas azules de los de cuadrícula con letra pequeña y perfecta. Aquel cuaderno lo encontrarían más tarde los investigadores y leerían allí frases que harían que el capitán Salcedo, con 30 años de servicio encima, sufriera el primer ataque de nervios de su vida, pero para eso faltaba todavía.

De momento era otoño de 1972. Amparo Freya, la gente encargaba. El dinero entraba. La aldea se acostumbró a ella. la extremeña callada, la viuda trabajadora. La compadecían, incluso la ayudaban a veces. Nadie reparó en que Rafael Ponce Delgado llevaba tres semanas sin aparecer por el almacén. Rafael Ponce desapareció a comienzos de octubre de 1972.

La fecha exacta nunca se pudo fijar. entre el tercer y el séptimo día del mes, dijeron luego. Rafael viajaba a menudo por asuntos de trabajo, a Sevilla, a Córdoba, a casa de su mujer, a ver a proveedores. Podía desaparecer dos o tres días y nadie se alarmaba. A los superiores les hablaba de gestiones, a la mujer de trabajo.

Lo que hacía de verdad lo sabía él solo. Esta vez no volvió ni al tercer día ni a la semana. El primero en inquietarse fue el jefe de estación, don Tomás Rueda. No porque apreciara mucho Rafael como persona, lo necesitaba porque se acercaba una revisión de almacenes y las llaves las tenía él.

Llamó a la mujer de Rafael, no había ido. Llamó a unos primos de Sevilla, nada. Preguntó en el hospital, en el depósito, en la fonda donde solía dormir. Nada. Se presentó denuncia en el cuartelillo. El sargente Eusebio Lara, un hombre mayor, barrigón, al que le faltaban pocos meses para jubilarse. Tomó nota y preguntó por el pueblo.

¿Quién lo vio por última vez? Un guardagujas dijo que había visto Rafael al anochecer del 3 de octubre caminando hacia la casa de Amparo Galán. Llevaba algo en la mano, quizá una botella, quizá un paquete. El sargento fue a verla. ¿Ha visto usted a Rafael Ponce? Amparo contestó tranquila. Sí, pasó por aquí. No recuerdo el día.

A principios de mes, puede ser. Se sentó, tomó café y se fue. Dijo a dónde iba. No, no, pregunté. No era cosa mía. El sargento lo apuntó. No había más. Rafael podía haberse marchado a cualquier parte. tenía deudas, líos, mujeres, asuntos oscuros con materiales de la empresa. De hombres de mediana edad que desaparecían de pronto estaban llenas las conversaciones de los cuarteles.

Muchos aparecían días después en una pensión, borrachos, con un amante o huyendo de un embargo. El expediente de desaparición quedó colgado. Se mandaron avisos, se miraron estaciones, hospitales, depósitos judiciales, nada.  Al llegar el invierno, la búsqueda era ya una formalidad.

La mujer de Rafael pidió separación de hecho. Decidió que el marido había escapado con dinero ajeno. Y dinero ajeno había porque tras su ausencia apareció un faltante en el almacén. 30,000 pesetas, una cantidad seria. La versión cómoda fue esa. Rafael Ponce había metido mano al almacén y se había fugado. Para todos era más sencillo así.

Amparo siguió friendo pestiños. El invierno de 1972 a 1973 pasó tranquilo. Los encargos no paraban. En Andalucía las bodas no esperan a la primavera y los velatorios no preguntan por la estación. Los pestiños de amparo se habían convertido en una marca, aunque entonces nadie usara esa palabra en una aldea.

Decían simplemente, “Son de la extremeña.” Y bastaba. La harina se la traía Julián Barroso Núñez. Julián, 40 años, caminero de un Pegaso Comet con lona verde, hacía la ruta de Sevilla, a Córdoba y vuelta. Traía harina, azúcar, sacos de garbanzos, aceite, todo lo necesario para la dulcería. Amparo le pagaba por el porte y, según se decía en el pueblo también de otra manera.

Julián era extreme como ella, de la provincia de Cáceres, aunque de otro pueblo. Se habían conocido ya en Andalucía. Para Amparo era el único que entendía ciertas palabras de su infancia sin pedir explicación. Para Julián, Amparo era eso que a veces encuentra un hombre solo en la carretera.

Una casa encendida, un plato caliente, una mujer que no pregunta demasiado. Julián estaba divorciado, de hecho, aunque no en papeles. Su mujer vivía en dos hermanas con dos hijos. Él pasaba dinero cuando podía y veía a los niños una vez al mes. El resto del tiempo estaba al volante o en casa de amparo. Se quedaba cada vez más noches, a veces dos o tres días si no tenía ruta.

Carmen Reyes lo veía llegar, meter el camión en el patio, descargar sacos. Después la luz de la cocina quedaba encendida hasta tarde. Por la mañana Julián salía, fumaba apoyado en la tapia y se marchaba. Parecía una historia corriente, una viuda y un hombre. En aldea no lo condenaban demasiado, más bien lo daban por hecho. Que vivan, decían. Bastantes penas tiene cada cual.

Pero Julián bebía. No de manera continua, porque un camionero que se emborracha a diario pierde el permiso y el trabajo. Bebía de noche cuando no tenía ruta, vino, coñac barato, anís, lo que hubiera. Y cuando bebía cambiaba. Se volvía áspero, chillón, torpe de manos y rápido para levantarlas. Carmen oía desde su casa como Juliane gritaba Amparo, a veces con palabras extremeñas, a veces con insultos andaluces, todo mezclado.

Amparo callaba, siempre callaba. Carmen nunca la oyó responderle con un grito. El silencio del otro lado de la tapia era a veces tan espeso que daba miedo. Una mañana de febrero de 1973, Carmen vio Amparo salir a por agua con un morado fresco en el pómulo. Grande, violácio. Amparo notó la mirada de la vecina y sonrió.

Me di una puerta de la cena. Carmen asintió. No la creyó, pero asintió. No era asunto suyo. Julián Barroso desapareció en marzo de 1973. Con él fue más fácil que con Rafael. Julián era hombre de carretera. Hoy aquí, mañana allí. Cuando lucharon en falta en la empresa, ya había pasado una semana.

El encargado preguntó al despacho dónde estaba Roso. No había salido a ruta desde el 4 de marzo. Desde entonces, ni rastro. El camión apareció en la carretera de Lora, a unos 12 km de las alberquillas, vacío, las llaves puestas, la cabina sin cerrar, mi sangre, mis señales de pelea, como si el conductor se hubiera bajado y se hubiera disuelto en el aire.

La versión fue sencilla. Julián había bebido, se había liado, había abandonado el camión y se había marchado. Quizá con la mujer, quizá con parientes de Cáceres, quizá a Portugal. Los camioneros hacían cosas así, decían. Pasaban media vida lejos de casa y un día desaparecían sin despedirse. Comprobaron, la mujer no  lo había visto.

La familia de Cáceres tampoco. En Portugal no constaba. No había detenido, ni hospitalizado, ni muerto sin identificar que respondiera su nombre. Se abrió diligencia, se buscó, no se halló. En verano el asunto se enfrió. El sargento Eusebio Lara, el mismo que había preguntado por Rafael, se jubiló por esas fechas. Lo sustituyó Luis Ortega Molina, guardia civil joven, 29 años, destinado desde Carmona, ambicioso y cosa rara en un puesto perdido, concienzudo.

Luis revisó los papeles antiguos y vio algo que el sargento viejo había pasado por alto, co había preferido no ver. Los dos desaparecidos habían sido vistos por última vez yendo hacia la casa de Amparo Galán. Luis no levantó ruido. Era joven, pero no tonto. Sabía que acusar a una viuda solo porque dos hombres habían caminado en dirección a su casa no era una prueba.

Ni siquiera era una pista firme, era una coincidencia. Pero la coincidencia lescosía. Empezó a observar sin papeles, sin orden, sin vigilancia oficial. Para eso hacía falta autorización. motivo superiores. Él no tenía nada, simplemente pasaba más veces por delante de la casa, saludaba, entraba alguna tarde con excusas, registro de vecinos, revisión de chimeneas, prevención de incendios, preguntas rutinarias.

Amparo lo recibía con educación, le ofrecía café y dulces. Luis comía y hablaba. Preguntaba por la vida, por la dulcería, por los encargos. Amparo contestaba poco y con calma. ni un gesto nervioso, ni una palabra de más. Luis reparó en varias cosas. La primera, el sótano. Amparo tenía un sótano grande bajo la cocina con una trampilla de madera en el suelo.

En una casa de pueblo no era raro. Se guardaban patatas, conservas, vino, aceite. Pero la trampilla estaba cerrada con un candado pesado y nuevo. En una cocina donde todo era viejo y gastado, aquel candado parecía fuera de sitio. La segunda, el olor. La casa de amparo olía siempre a masa frita, aceite, miel y anís.

Pero algunas noches, sobre todo ya tarde, se mezclaba algo más. No era podrido del todo ni agrio, más bien dulzón, espeso, pesado. Luis no sabía nombrarlo, pero le producía una alarma física, como si el cuerpo supiera algo que la cabeza todavía no entendía. La tercera, el cuaderno. Lo vio por casualidad en una estantería cuando Amparo salió a buscar la cafetera, un cuaderno de tapas azules, cuadriculado, grueso.

Amparo siguió la mirada del guardia, lo tomó con naturalidad y lo guardó en un armario. “Cuentas de la cocina”, dijo, “para no perderme.” Luis asintió, pero lo recordó. El 23 de septiembre de 1973, Luis Ortega fue a Casa de Amparo después del servicio. Solo sin avisar, al anochecer dijo, “Quiero hablar de Rafael y de Julián, solo hablar.

” Amparo lo invitó a pasar. Luis no volvió a casa. Su mujer, Ana María, lo esperó hasta medianoche y luego llamó al puesto. Allí le dijeron que había salido después de las 6 y que no sabían a dónde. Por la mañana, Ana María dio la alarma. Lo buscaron. No estaba. Su motocicleta Sanglas seguía en el patio del cuartel, así que había ido andando. Nadie vio hacia dónde.

Esta vez el asunto tomó otro peso. No había desaparecido un encargado sospechoso ni un camionero bebedor. Había desaparecido un guardia civil en activo. Formalmente su jornada había terminado, pero todos sabían que andaba detrás de algo. Eso decía su mujer y lo decía con una seguridad que obligaba a escucharla. Desde Carmona enviaron un pequeño grupo, un instructor, un cabeterano y un périto.

Preguntaron por todas las casas, revisaron las rutas, miraron las amistades y los papeles de Luis. Y entonces pasó algo que en cualquier investigación normal habría sido el giro decisivo. Ana María contó que en las últimas semanas su marido hablaba de dos desapariciones antiguas, Rafael Ponce y Julián Barroso. Decía que había un hilo, pero no quería explicarlo todavía.

decía, “A lo mejor es una tontería, pero mencionaba a Amparo Galán.” Sí, la mencionaba. Ana María lo recordaba porque el nombre le sonaba de los encargos de pestiños. El instructor fue a ver a Amparo. “¿Vio usted al guardia Ortega?” Amparo respondió igual que había respondido por Rafael y por Julián. Sí, vino. No recuerdo bien el día.

Se sentó, tomó café, preguntó unas cosas y se fue. ¿A dónde? No lo sé. No pregunté. No era cosa mía. El instructor apuntó y la miró. Una mujer flaca, callada, con bata de lana, manos de trabajo y ojos oscuros, tranquilos. Nada sospechoso. Viuda, dulcera, vive sola. Medio término entra y sale de su casa por encargos.

El grupo pasó varios días en las alberquillas, no encontraron a Luis. La posible relación con las dos desapariciones anteriores quedó anotada, pero no se desarrolló. Faltaban pruebas, faltaba personal y si se decía la verdad, faltaban ganas. Porque tres desaparecidos en una aldea de estación significaban una de dos cosas, un criminal en serie o una incompetencia grave.

Ninguna de las dos convenía a nadie. El expediente pasó a una carpeta. Se esperó a que Luis apareciera por su cuenta. No apareció. Llegó el invierno de 1973 a 1974. Amparo siguió friendo. Los encargos crecieron. La fama de sus pestiños llegó a Sevilla. Había familias que mandaban a alguien en tren o en coche solo para traer una bandeja para una boda.

Amparo no rechazaba trabajo. Cocinaba de día y de noche, sobre todo antes de fiestas grandes. La luz de la habitación del patio ardía hasta la madrugada. Carmen Reyes, la vecina, se despertaba algunas noches con ruidos al otro lado de la tapia. Golpes sordos, rítmicos, como si alguien cortara carne sobre un tajo. Carmen lo achacaba al trabajo.

Amparo cocinaba. Tendría que amasar, machacar almendras, mover peroles, preparar cosas. ¿Qué sabía? Pero una noche templada de finales de mayo de 1974, Carmen despertó con el mismo golpe. Se levantó, miró por la ventana y vio luz en el sótano de amparo. No en la cocina, en el sótano. Una luz amarilla mortescina de lámpara de petróleo saliendo por las rendijas de la puerta inclinada que daba al patio.

El sótano tenía entrada desde dentro y también desde fuera por una hoja de madera junto a la pared. Carmen vio una sombra, una figura de mujer inclinada sobre algo. En la mano llevaba un objeto largo, pesado, un hacha, un cuchillo grande. No podía distinguirlo en la oscuridad. Carmen se apartó de la ventana, se acostó y no durmió hasta el amanecer.

Por la mañana se cruzó con Amparo junto al pozo. Amparo sonrió como siempre, saludó, llenó el cántaro y se fue. Carmen quiso preguntarle qué hacía de noche en el sótano, pero no preguntó. Después nunca supo explicar por qué. Miedo, quizá. No miedo, amparo, exactamente, más bien una costumbre vieja, no meterse.

La costumbre de los pueblos bajó un régimen donde preguntar demasiado podía traerte problemas. No preguntes y no sabrás lo que no quieres saber. Desde entonces, Carmen miró con más atención y lo que vio en la semanas siguientes no la dejó tranquila. Amparo usaba demasiada carne, mejor dicho, no compraba carne.

Eso era lo extraño. Tenía una dulcería. Trabajaba con harina, miel, aceite, azúcar. No necesitaba carne para nada y sin embargo, de su patio salía a menudo olor a carne cocida. Un olor denso, pesado, inconfundible, sobre todo al atardecer cuando el aire venía de su casa. Carmen pensó que quizá Amparo criaba animales, pero no.

Ni gallinas, ni conejos, ni cochino, ni perro, solo la cocina del patio y la casa. Entonces, ¿de dónde salía aquella carne? Carmen Reyes era curiosa, pero no valiente. Observaba, pensaba, se inquietaba, pero no decía nada. ¿A quién iba a decírselo? A su marido, Antonio Vega Santos, trabajaba de noche en la estación y volvía a casa solo para dormir. A las amigas se burlarían.

Carmen se ha vuelto loca de aburrimiento y espía a la vecina. A la guardia civil. Luis Ortega había desaparecido. El nuevo guardia aún no conocía la aldea y apenas pasaba. Carmen decidió mirar por su cuenta despacio, sin ruido, solo para convencerse de que se estaba imaginando cosas.

A lo mejor Amparo compraba carne en el mercado de Lora y la traía sin que nadie la viera. A lo mejor hacía caldo para ella. Estaba tan flaca que buena falta le hacía comer. El 5 de junio de 1974, ya tarde, Carmen vio otra vez luz en el sótano. Se decidió. Se echó una rebeca sobre los hombros. Salió al patio, se acercó a la tapia, se puso de puntillas, se inclinó y vio.

Después, cuando Carmen ya no estuviera viva, los investigadores reconstruirían por indicios lo que pudo haber visto aquella noche. Carmen Reyes desapareció el 7 de junio de 1974. Dos días después de asomarse a la tapia, su marido Antonio, al volver del turno de noche la mañana del 8, encontró la casa sin ella, la cama hecha, la cocina fría, porque era verano, el desayuno preparado sobre la mesa, todo normal, salvo que Carmen no estaba.

Esperó hasta el mediodía y se inquietó. Fue por las casas, nadie la había visto. No había pasado por la tienda, ni por el consultorio, ni por la iglesia. Antonio fue a casa de Amparo. ¿Ha visto usted a Carmen? Amparo negó con la cabeza. No, no la he visto. No he oído nada. Antonio le miró la cara. Ojos oscuros, tranquilos, ni sombra de preocupación.

Amparo ofreció café. Antonio no aceptó. Se marchó y al anochecer presentó denuncia. Era la cuarta persona desaparecida en las alberquillas en dos años. Esta vez una mujer. Las autoridades se movieron. Cuatro desapariciones ya no eran una casualidad, sino una pauta o algo peor, una serie.

Desde Sevilla llamaron para preguntar qué demonios pasaba allí. El jefe del puesto aseguró que estaban trabajando y pidió refuerzos para cubrirse. El refuerzo llegó en la persona del capitán Joaquín Salcedo Herrera. Joaquín Salcedo llegó a las alberquillas el 20 de septiembre de 1974. Seis días después de la boda de los Cárdenas y 12 antes del registro que le cambiaría la vida en un Land Rover de la Guardia Civil con una maleta y una carpeta donde llevaba cuatro expedientes delgados de desaparecidos y también el acta de retirada de los pestiños de la boda con el informe

pericial. El fragmento encontrado era una falange humana. Tenía 54 años y 30 en el cuerpo. Empezó de guardia joven en la posguerra, luego pasó por la policía judicial. Después, por investigación llegó a capitán sin brillo y sin padrinos. No era de los que hacían carrera saludando al despacho correcto. Era trabajador, de los investigadores, que no vencen por talento ni por intuición, sino por terquedad.

Cababa hasta el fondo y no soltaba hasta encontrar piedra. Un año antes había sufrido un infarto. El primero, unas advertencias según los médicos. estuvo ingresado tres semanas y volvió al servicio. Sus superiores insinuaron que quizá le convenía un destino más tranquilo. Salcedo no discutió. Aceptó un puesto comarcal pensando en aguantar hasta la jubilación con hurtos de aperos, peleas de taberna, contrabando pequeño y alguna denuncia por ganado.

Las alberquillas fue su último caso, aunque todavía no lo sabía. se instaló en una sala del viejo salón parroquial junto a la biblioteca donde le pusieron un catre, una mesa y un hornillo eléctrico. Al día siguiente empezó. Lo primero que hizo fue poner los cuatro expedientes sobre la mesa y leerlos de principio a fin.

Tardó menos de una hora. Eran delgados. Trabajo formal, preguntas de trámite, notas, avisos a otros puestos. Ningún resultado. Guardia Civil de pueblo. Falta gente, falta tiempo, falta formación y sobran ganas de que los problemas se vayan solos. Salcedo escribió en una hoja lo que sabía. Desaparecidos. Rafael Ponce Delgado, 52 años, encargado de almacén.

Julián Barroso Núñez, 40, camionero. Luis Ortega Molina, 29, Guardia Civil. Carmen Reyes Vargas 48 ama de casa. Todos de las alberquillas o ligados a ella. Todos desaparecidos en distinto momento, pero alrededor del mismo sitio. Sin cuerpos, sin sangre, sin huellas de pelea, como si se hubieran evaporado. ¿Qué los unía? Salcedo escribió una palabra, amparo. Rafael la visitaba.

Julián dormía en su casa. Luis se interesaba por ella. Carmen era su vecina. Cuatro hilos y todos terminaban en la misma puerta. Pero eso no era una prueba, era un dibujo. Y los dibujos a veces salen por azar. Salcedo empezó por hablar, casa por casa, patio por patio. Recorrió la aldea durante 3 días, 104 viviendas.

Habló con todo el que quiso hablar. Tomaba notas en una libreta, no en actas todavía. Esto fue lo que aprendió. De amparo se hablaba bien, callada, trabajadora, no se metía con nadie. Los mejores pestiños de la comarca. Ayudaba cuando se le pedía, no cobraba por adelantado, daba dulces a los niños, no olvidaba a los viejos. Una buena mujer, decían, pero siempre hay un pero. Una anciana.

Josefa Cabrera, 83 años, medio sorda pero con la cabeza despierta, le dijo a Salcedo lo que nadie más se atrevió a decir. Mire usted, capitán. Yo soy vieja y he visto de todo. Es amparo. Tiene los ojos muertos. Bonitos, negros, sí, pero muertos. Mira como mira un pescado en la plaza. Parece que te ve y no te ve, como si mirara a través.

Yo esos ojos los he visto dos veces. Una en un hombre que volvió de la guerra y mató a su hermano por un saco de harina, la otra en ella. Salcedo lo apuntó como observación, no como prueba. La intuición de una vieja no sostiene un expediente, pero Salcedo era de los que escuchaban a los viejos. Luego habló con Antonio Vega, el marido de Carmen.

Antonio era un hombre simple, tranquilo, turno tras turno, de la estación a casa y de casa a la estación. quería a su mujer, aunque no supiera mostrarlo. Desde que ella desapareció se había encogido. En dos semanas parecía 10 años más viejo. Contó poco, pero una cosa importó.

La semana antes de desaparecer, Carmen estaba rara, pensativa, nerviosa. Dos veces se levantó de noche y se quedó mirando hacia la casa de amparo. ¿Le preguntó usted? Sí. Dijo que no era nada. que le habría parecido. Pero una vez una sola me soltó una frase. Me dijo, “Antonio, esa mujer hace algo con carne en el sótano de noche. Yo lo he visto.

” Antonio no le dio importancia. Amparo cocinaba. Tal vez preparaba rellenos, guisos, algo para encargos salados, empanadillas, bollos, lo que fuera. No, había dicho Carmen. No es normal. Hay demasiada carne. ¿De dónde saca tanta carne si no tiene animales? Antonio se encogió de hombros. La compraría en Lora o se la traería Julián cuando vivía. Carmen se cayó.

No volvió a hablar de eso. Una semana después desapareció. Salcedo escuchó, agradeció y salió de la casa. Encendió ducados. Miró al otro lado de la calle. La casa de Amparo estaba a unos 200 m en línea recta. Tapia, cancela, patio. La habitación de trabajo a la derecha, la casa a la izquierda, el sótano entre ambas con entrada desde el patio.

Apagó el cigarro contra una piedra y fue hacia allí. Entró como quien visita una testigo. Se presentó, enseñó la placa. Amparo lo invitó a pasar, lo sentó en la cocina, le sirvió café y le ofreció pestiños. Salcedo comió y habló. 20 años de investigación le habían enseñado algo. No corras, no enseñes lo que sospechas. Habla del tiempo, del trabajo, de la cocina.

Deja que la persona se acostumbre a ti. Mientras tanto, mira, escucha, recuerda. Vio varias cosas. La primera, la casa estaba impecable, no limpia, impecable, sin polvo, sin migas, sin una mancha de aceite. En una cocina donde se trabajaba cada día con harina y masa, aquello era antinatural. La harina aparece en todas partes, suelo, mangas, pelo, rincones.

Allí no había nada como en un quirófano. La segunda, las manos de amparo, pequeñas, fibrosas, fuertes, manos de mujer que trabaja mucho con el cuerpo, pero las uñas estaban cortadas al ras y debajo de ellas no había nada, ni masa, ni grasa, ni harina, nada. Salcedo había visto manos de panaderos, cocineras y carniceros. Siempre quedaba algo.

En amparo nada. se lavaba con lejía. El capitán reconoció el olor leve pero inconfundible. La tercera, el candado del sótano, pesado, nuevo, de almacén. ¿No se pone algo así en una trampilla donde guardas patatas y botes de tomate? La cuarta, el olor. El mismo olor dulzón y pesado que había notado Luis Ortega. Salcedo también lo percibió debajo de la miel, del aceite y de la matala uva.

algo que no pertenecía a una cocina. Salcedo conocía que el olor lo habría reconocido entre 1000. En 1946, cuando era un guardia joven, lo llamaron a un corralón de Sevilla, donde habían encontrado a un hombre muerto desde hacía semanas durante el verano. Los agentes salían al patio cada pocos minutos para vomitar.

Salcedo no olvidó nunca aquel edor, dulce, pesado, pegajoso, de carne humana descomponiéndose. En la casa de amparo era débil, casi oculto por el aceite, la miel y el aní, pero estaba. El olfato de 30 años de servicio no lo engañaba. Terminó el café, agradeció, salió, se metió en el Land Rover y escribió en la libreta una sola palabra.

Ella la subrayó dos veces, pero una palabra en una libreta no basta para registrar una casa. Hacían falta motivos, autorización judicial, indicios ordenados. Salcedo conocía el procedimiento. No era de tirar puertas abajo sin papel, aunque estuviera convencido. Si el registro se hacía mal, el caso se caería, el culpable saldría y los muertos se quedarían sin voz.

Así que empezó a reunir. Primero pidió antecedentes de Amparo Galán Morales, a Sevilla, a Cáceres, al ayuntamiento de su pueblo. ¿Quién era? ¿De dónde venía, qué había hecho antes de llegar a Andalucía? La respuesta tardó varios días y resultó más reveladora de lo esperado. Amparo había nacido en 1939 en una alquería de las Urdes, provincia de Cáceres.

Familia numerosa, nueve hijos. Ella era la sexta. El padre jornalero y cabrero cuando había cabras. La madre ama de casa y de hambre. Un lugar pequeño, aislado, de pizarra, monte y tierra pobre, a varias leguas del médico más cercano. Los años 40 y primeros 50 fueron duros en toda España, pero en las Sierras pobres la dureza tenía otro nombre.

cartillas de racionamiento, extraperlo, sequía, niños con barriga hinchada y mujeres que estiraban un caldo como si de él pudiera salir pan. La familia Galán, como muchas, quedó al borde de no seguir. De nueve hijos sobrevivieron tres. Los demás murieron de enfermedades y de falta de comida. Amparo fue una de los que quedaron.

Tenía 11 años cuando enterraron al último hermano pequeño. En los papeles no se decía cómo sobrevivió. Salcedo leía las frases secas y veía otra cosa. Una casa de piedra, frío, humo, una madre hirviendo piel de correas, niños chupando huesos viejos, tierra en la boca para engañar al estómago. Una niña de 11 años aprendiendo la única regla que el hambre enseña sin palabras.

Vive quien come. Después, en 1957, la familia se dispersó. Amparo entró como ayudante en una cocina de Badajoz. 8 años de trabajo. Características: cumplidora, limpia, reservada, sin sanciones, sin quejas. En 1968 se casó con Manuel Rivas, trabajador eventual de ferrocarriles. Vivieron en Mérida, luego en Córdoba, después llegaron a las alberquillas.

No tenía antecedentes, no constaba enfermedad mental, no constaban denuncias, todo limpio. Demasiado limpio, pensó Salcedo. Pero demasiado limpio no es prueba, es sensación. Tomó otro camino. La carne. ¿De dónde salía la carne de amparo si no tenía animales y no compraba en el mercado? Salcedor revisó todos los puntos de venta en un radio de 50 km.

La plaza de Lora, la carnicería de Carmona, dos ventas de carretera, la tienda de ultramarinos. Nadie recordaba que Amparo comprara carne en cantidad. Harina, sí, aceite, miel, azúcar, huevos, aguardiente para la masa. Carne no. Sin embargo, en su patio olía carne cocida. Varios vecinos lo confirmaron. Antonio lo confirmó por lo que había dicho Carmen. La tendera recordó otra cosa.

Amparo compraba mucha sal gorda, laurel, pimienta, pimentón. Para dulces no hacía falta tanta sal. La sal en esas cantidades sirve para una cosa, conservar carne. Salcedo fue colocando piezas, cuatro desaparecidos, todos alrededor de Amparo. Carne sin origen, olor del sótano, trampilla cerrada, sal, lejía y una falange humana aparecida dentro de un pestiño hecho por ella.

Eso ya no era intuición. Con el informe del hueso viajó a Sevilla. Necesitaba autorización para registrar. redactó un escrito largo, ordenado, sin adornos. Desapariciones, vínculos, indicios, testimonios, el fragmento óseo hallado en los pestiños de la boda. Lo llevó al juzgado de instrucción. El juez don Álvaro Márquez, hombre prudente y cansado, leyó despacio.

Capitán, coincidencias, olores y comentarios de vecinas son una cosa, pero un hueso humano en un dulce es otra. El informe es firme. Firme, dijo Salcedo. Falange humana frita en aceite, hallada en una pieza elaborada por Amparo Galán. El juez se quedó callado. Si bajamos al sótano y solo encontramos tinajas de aceite y botes de tomate, usted sabe lo que pasará.

Salcedo lo sabía. Tenía 54 años, un infarto reciente y un destino que ya era una especie de antesala de la jubilación. Si se equivocaba, terminaría fuera del cuerpo y Amparo podría denunciar abuso, pero no se equivocaba. Lo sé, señoría. El juez firmó. Salcedo volvió a las alberquillas el primero de octubre. Con él llegaron dos guardias de policía judicial, el teniente Rafael Molina Costa y el guardia José Ferrer Nadal, además de un aperito, Clara Menéndez Ruiz y un médico forense llamado de Sevilla, por si hacía falta. por si

hacía falta. A las 6 de la mañana del 2 de octubre de 1974, el grupo se detuvo ante la casa de Amparo Galán. Amanecía gris con una lluvia fina que manchaba la cal de las paredes. Las ventanas estaban oscuras. Amparo dormía. Salcedo llamó a la puerta. Ella abrió al cabo de un minuto con bata y pañuelo en la cabeza.

somnolienta. Vio uniformes, vio al capitán y no se sorprendió. No tuvo miedo, solo miró. Amparo Galán Morales. Sí, soy el capitán Salcedo de la Guardia Civil. Traigo autorización judicial para registrar su vivienda y las dependencias del patio. Amparo miró el papel, asintió y se apartó para dejarlos entrar. Empezaron por la casa, habitación por habitación, armario por armario, estante por estante.

Molina sacaba cosas, Ferrer tomaba nota, Clara fotografiaba. La casa estaba limpia con aquella esterilidad que Salcedo ya conocía. ni polvo, ni migas, ni una gota seca, como si cada día se fregara con lejía desde el techo hasta el suelo. Encontraron ropa modesta ordenada, dos vestidos, una falda, una rebeca, un abrigo viejo, toallas almidonadas, un baúl con documentos, cartilla, certificado de defunción de Manuel, recibos, cartas, nada.

En la cocina apareció el cuaderno azul. Estaba entre un libro de recetas y una revista atrasada. Salcedo lo tomó y lo abrió. Al principio pareció una contabilidad corriente. Harina, tantos kilos. Miel, tantas arrobas. Aceite, tantas garrafas. Huevos, azúcar, encargos, precios. Fecha, nombre del cliente, cantidad, cobro.

Todo limpio, ordenado. Luego, hacia el final las anotaciones cambiaban. La letra seguía siendo la misma, pequeña y exacta. Lo que cambiaba era el contenido. Rafael, octubre, grande, duro, no vale para picar fino. En la masa poco, huesos al horno, semiza al huerto. Julián, marzo, mediano, más blando, buen picado. La masa salió mejor.

Huesos grandes, cuesta romperlos. Luis, septiembre, joven. Carne suave, todo sirve. Huesos finos arden rápido. Carmen, junio. Pequeña, poco, alcanzó para dos tandas. Huesos ligeros, cuatro entradas, cuatro nombres, cuatro desaparecidos. Salcedo cerró el cuaderno. Las manos no le temblaron, no se lo permitió, lo puso sobre la mesa y miró Amparo.

Ella estaba sentada en un taburete junto a la pared, con las manos sobre las rodillas, mirando al suelo, serena, como si hubiera estado esperando ese momento. Amparo Galán, dijo Salcedo. Tengo que revisar el sótano. Amparo levantó la vista y por primera vez desde que él la conocía, sonrió. No con maldad. No con locura, con cansancio, como una persona que ha cargado demasiado tiempo con un peso y por fin puede soltarlo.

La llave está en el clavo de la puerta, dijo. Cójala usted. Salcedo tomó la llave pesada de hierro, con la barba larga. Fue a la trampilla de la cocina, abrió el candado y levantó la tapa. Del sótano subió el olor dulzón, espeso, denso, ya no estaba cubierto por miel ni aceite.

Era puro, real, el mismo olor que Salcedo recordaba desde 1946. Ferrer, que estaba al lado, se echó atrás pálido y salió al patio. Molina apretó los dientes y se quedó. Salcedo encendió la linterna y bajó. El sótano era amplio, unos 15 m², más de 2 m de fondo, paredes de tierra reforzadas con madera, suelo pisonado y una zona central de cemento.

Amparo lo había preparado para trabajar. Lo que había allí, el capitán lo describiría después con lenguaje seco de acta. Sobre el papel parecería un inventario. En realidad era otra cosa. A la derecha, estantes de madera. En los estantes, frascos grandes y medianos, algunos cerrados con tapas metálicas, otros con paños atados.

Estaban etiquetados, no con nombres completos, con fechas y notas. Octubre de 1972, Salazón fuerte. Marzo de 1973, picado blando. Junio de 1974, poco rendimiento. A la izquierda había un banco de trabajo. Encima una tabla de cortar. un hacha de mango corto, tres cuchillos de distintos tamaños y una picadora manual.

Todo lavado, colocado, alineado. Debajo un barreño de zinc y dos cubos. En uno había polvo de hueso, fino, blanquecino, en el otro ceniza. En un rincón una cuba de madera. Salcedo levantó la tapa. Dentro había carne en salmuera fuerte, trozos medianos, bien cortados, sin hueso. A primera vista podía parecer cerdo o ternera, pero él ya sabía que no era cerdo.

El forense bajó 5 minutos después, miró los frascos, la cuba, la mesa, palideció, salió, respiró, volvió y dijo una palabra humano. Luego añadió, varios cuerpos, distintas fechas. Alguien ha trabajado esto de forma sistemática. Clara Menéndez fotografió el sótano durante 40 minutos, gastó varios carretes, después subió, se sentó en el escalón y encendió un cigarrillo.

No fumaba antes de aquel día. Después de las alberquillas, fumaría hasta su muerte. Salcedo fue el último en subir. Se limpió las manos con un pañuelo. Se acercó a Amparo. Amparo Galán Morales, queda usted detenida como sospechosa de varios homicidios. Ya lo sé, dijo ella sin emoción. Cayó un momento y preguntó, “¿Ha encontrado el cuaderno?” “Sí, ahí está todo.

No tengo más que decir. Ahí está todo.” La sacaron de la casa y la sentaron en el Land Rover. El coche salió hacia Lora del río. Amparo miraba por la ventanilla su casa, la dulcería del patio, el sótano, la tapia tras la cual había vivido Carmen Reyes. No volvió la cabeza. La noticia se extendió por la aldea en una hora.

Al mediodía había gente frente a la casa. 30 personas, luego 50. Todos callados mirando la puerta precintada, las huellas de botas en el barro, la tapia encalada. Al principio susurraban, después hablaron más alto y con cada hora el alcance de lo ocurrido se volvió más claro y más insoportable. Los pestiños, los mismos pestiños que habían comido en bodas, bautizos, santos, velatorios, comuniones y meriendas, los que habían alabado, los que se llevaban a casa envueltos en papel destrasa, los que daban a los niños, los que venían a buscar desde

Sevilla, los pestiños con aquel ingrediente secreto que ninguna mujer conseguía copiar. Cada persona empezó a recordar lo suyo. La boda de una hija, el santo del padre, el velatorio de una suegra, aquella bandeja encargada para el primero de mayo, aquella tarde en la que los niños comieron con los dedos directamente de la fuente.

A una mujer, Rosa Medina  tuvieron que llevarla al consultorio porque se desmayó junto a la tapia. Su hija se había casado en octubre de 1973. Habían encargado Amparo una bandeja grande para 100 personas. Octubre, un mes después de desaparecer Luis Ortega. Los hombres fumaban sin hablar, sin mirarse a los ojos.

Todos pensaban lo mismo y nadie quería decirlo. Lo habían comido. Todos lo habían comido. El primer día de interrogatorio, Amparo no habló. permaneció sentada en una silla del despacho del cuartel mirando la pared. Ni una palabra, ni un gesto, ni lágrimas, ni sonrisa, piedra. El segundo día empezó. Salcedo estaba frente a ella, un escribiente a un lado, un magnetófono sobre la mesa, la cinta girando.

Amparo habló durante 6 horas seguidas con voz baja, llana, sin emoción, como si dictara una receta. Rafael Ponce Delgado fue el primero. Contó que Rafael venía por las tardes, exigía dinero que ella no tenía. Amenazaba con quitarle la casa, la humillaba, gritaba. Dos meses soportó, callaba, le daba de cenar, intentaba calmarlo, esperaba.

A comienzos de octubre de 1972, Rafael llegó por última vez. Borracho, furioso, gritó, la insultó, la golpeó. Amparo cayó, se levantó, fue a la cocina, tomó una sartén de hierro y volvió. Le dio un solo golpe en la 100. Rafael cayó y no se levantó. Amparo se quedó de pie a su lado. Pensó mucho, una hora, quizá dos.

Después tomó la decisión que marcó todo lo que vino después. No llamó a nadie, no fue al cuartel, no escondió el cuerpo en el campo ni lo tiró al río. Hizo lo que había aprendido de niña. En una sierra hambrienta, donde de nueve hermanos sobrevivieron tres, donde su madre hervía correas y se comía todo lo que pudiera masticarse, Amparo descuartizó el cuerpo de Rafael Ponce en el sótano de su casa.

Trabajó toda la noche a la luz de una lámpara de petróleo. Carne a la salmuera, huesos al horno, semiza al huerto, ropa al fuego. Al amanecer no quedaba nada visible de Rafael. Tres días después, Amparo preparó la primera tanda grande de pestiños por encargo para una boda en una aldea cercana.

Salieron especiales, crujientes, dorados, con miel y un sabor que antes no estaba. Los invitados los alabaron, pidieron más y Amparo comprendió que tenía un secreto, un secreto que daba de comer. Julián Barroso fue el segundo. Julián se convirtió en problemas y al final del invierno de 1973 bebía más, pegaba más. Una noche de comienzos de marzo la golpeó tan fuerte que Amparo pasó un día entero sin poder levantarse, tendida en el suelo de la cocina mirando el techo.

A la tarde siguiente, Julián volvió sobrio, avergonzado, pidiendo perdón. Amparo lo perdonó, le dio de cenar, le sirvió café. En el café puso somníferos, cuatro comprimidos de un tranquilizante que había conseguido en el consultorio diciendo que no dormía desde la muerte de su marido. El practicante se compadeció de la viuda.

En los pueblos pasaban esas cosas. El control de las medicinas era débil y una mujer triste no parecía peligrosa. Julián se quedó dormido en la mesa. Amparo esperó media hora. comprobó que respiraba hondo y lo arrastró al sótano. Después el método ya conocido. Al amanecer, nada. El camión de Julián lo llevó de noche hasta la carretera, lo dejó en la cuneta con las llaves puestas y volvió andando.

12 km de frío. Al alba estaba en casa. Luis Ortega fue el tercero. Fue más difícil. Luis era joven, fuerte, sobrio y no llegó como invitado, sino con preguntas. Amparo lo entendió enseguida por los ojos, por el tono, por la forma en que miraba la cocina. Le ofreció café. Luis aceptó.

El café ya estaba preparado con el mismo tranquilizante, seis comprimidos por seguridad. Luis bebía y preguntaba por Rafael, por Julián. Amparo contestaba con calma. A los 20 minutos empezó a cabecear, a la media hora dejó caer la frente sobre la mesa, luego el sótano. La misma operación, solo que más pesada. Luis pesaba cerca de 80 kg.

Bajarlo por las escaleras costó. Amparo pudo. Carmen Reyes fue la cuarta. Carmen fue un error o una consecuencia inevitable, según se mire. Amparo la vio aquella noche junto a la tapia. Vio cómo se inclinaba para mirar. Vio sus ojos abiertos, asustados. Durante dos días esperó. Pensó que tal vez Carmen callaría.

Tal vez no había entendido. Tal vez el miedo la haría olvidar. Al tercer día, Amparo fue a su casa por la mañana con unos roscos y café como vecinas. Miró a Carmen a los ojos y lo supo. Carmen había visto. Carmen sabía y tarde o temprano hablaría. Amparo volvió a su casa. Por la noche regresó con pestiños para Antonio, que estaba de turno, y un termo de café.

Carmen bebió, se acostó y no despertó. Amparo pasó el cuerpo por encima de la tapia en plena noche, cruzó el patio y lo bajó al sótano. Por la mañana, Antonio encontró la casa vacía. Amparo contó todo durante 6 horas. Voz regular, sin lágrimas, sin arrepentimiento, como un parte, como una receta. Salcedo escuchaba, el escribiente escribía, la cinta giraba.

Cuando terminó, Salcedo preguntó, “El primero, de acuerdo, pudo ser miedo, defensa, pánico, pero los demás, ¿por qué?” Amparo lo miró, ojos oscuros, tranquilos, vacíos. Yo pasé hambre”, dijo. Cuando tenía 11 años pasé hambre de verdad cayó un instante. ¿Sabe usted lo que es el hambre? No esa de saltarse la comida, el hambre de verdad.

Cuando el estómago se cierra como un puño y no suelta. Cuando comes barro, porque no hay otra cosa. Cuando tu madre hierga una suela y la reparte entre los que quedan. Se quedó quieta. Entonces me juré que nunca volvería a pasar hambre. Nunca costara lo que costara. Pero usted no pasaba hambre, dijo Salcedo.

Tenía trabajo, tenía encargos, tenía dinero. Tenía encargos porque los pestiños eran especiales. Amparo no terminó la frase, no hacía falta. Salcedo entendió. Y lo que sintió no fue solo horror, fue comprensión de una lógica monstruosa y simple. Amparo no mataba por placer, no por odio, no por venganza. mataba por negocio para que los pestiños siguieran siendo especiales, para que siguieran los encargos, para no volver jamás al hambre.

Rafael fue el primero, accidente, defensa, pánico. Pero cuando descubrió que su carne cambiaba la masa, la lógica se puso en marcha. fría, inhumana, absoluta. Julián fue el segundo porque pegaba y porque era conveniente. Un hombre de carretera solo, fácil de hacer desaparecer. Luis fue el tercero porque podía descubrirla.

Carmen la cuarta porque había visto. Cada vez una nueva tanda. Cada vez encargos, dinero, elogios y nadie sospechó. Las pruebas confirmaron lo que Amparo confesó. En el sótano se hallaron restos de cuatro personas. La identificación tardó semanas. Trabajaron forenses de Sevilla y especialistas de la Facultad de Medicina.

Por fragmentos socios, dientes y restos de tejido establecieron los nombres: Rafael Ponce Delgado, Julián Barroso Núñez, Luis Ortega Molina, Carmen Reyes Vargas. Cuatro vidas, cuatro familias esperando durante meses que los suyos volvieran vivos. En frascos había carne, en la cuba carne, en la picadora restos microscópicos de tejido humano.

En cuchillos y hacha rastros de sangre compatibles con las víctimas. El informe del perito ocupó 22 páginas. Pero lo peor no estaba en el sótano, lo peor estaba en las cifras. Salcedo revisó los encargos de amparo, el cuaderno, las declaraciones de clientes, los testimonios. Desde el otoño de 1972 hasta septiembre de 1974, Amparo Galán había elaborado y vendido más de 200 kg de pestiños, además de roscos, tortas, buñuelos y empanadillas, otros 60 kg largos.

Aquellos pestiños se comieron en 34 bodas, 12 santos y cumpleaños, siete velatorios, tres comuniones, varias meriendas de fin de curso, cenas de Nochebuena y reuniones del primero de mayo. Según el cálculo más prudente, los pestiños de amparo los probaron más de 700 personas de las alberquillas, Lora, Carmona, Tocina, Brenes y Sevilla.

700 personas que comieron y alabaron, que pidieron repetir, que se los llevaron en paquetes para la familia, que dieron trozos a los niños. Cuando esa cifra llegó al despacho del mando provincial, alguien dejó de hablar de un caso criminal y empezó a hablar de una catástrofe. A las alberquillas llegó don Ernesto Robles Yáñez, secretario provincial del movimiento.

Hombre pequeño, seco, nervioso, con mirada de alambre y la costumbre de resolver los problemas, procurando que nadie se enterara de que existían. Evaluó la situación en pocas horas y dictó su sentencia particular. Había que taparlo. La lógica era simple. Aldea pequeña, bodas grandes. Los pestiños los habían comido todos.

Vecinos, ferroviarios, maestros, médicos, guardias, mujeres de asociaciones parroquiales, algún concejal, gente del movimiento. Si la información salía, el escándalo llegaría a Sevilla, a Madrid y a todos los periódicos que quisieran morder al régimen en sus últimos años. La gente sabría qué había comido. Habría histeria, vómitos, denuncias, miedo.

Y luego preguntas, ¿cómo fue posible? ¿Por qué desaparecieron tres personas antes de que nadie actuara? ¿Dónde estaba la Guardia Civil? ¿Dónde estaba el juzgado? ¿Dónde estaba la autoridad local? ¿Cómo pudo una mujer matar, descuartizar y cocinar cuerpos durante 2 años en un sótano en mitad de una aldea sin que el estado se enterara? Esas preguntas significaban una cosa, fracaso de la autoridad.

Y en 1974, en la España final de Franco, esas cosas no se publicaban, se escondían. Robles llamó a Sevilla. Desde Sevilla llamaron a Madrid. De Madrid volvieron instrucciones. La cadena se cerró en un día. El expediente de Amparo Galán quedó bajo reserva. Los materiales de la investigación, declaraciones, informes, fotografías y negativos salieron del puesto y del juzgado comarcal.

Se trasladaron a dependencias provinciales. A los pocos testigos directos se les advirtió de que hablar traería consecuencias. Todos firmaron o callaron. A Salcedo lo citaron en Sevilla, en un despacho donde un hombre de paisano no dijo su nombre ni su cargo. Capitán, ha trabajado usted bien, el caso está resuelto. La detenida está confesada.

Ahora olvide. ¿Cómo que olvide? Literalmente olvide. El asunto pasa a otras manos. Usted vuelve a su destino y continúa el servicio. A nadie, ni una palabra, nunca. La gente de la aldea sabe cosas, ya hay rumores. Los rumores son rumores. Sin confirmación se cansan. La gente acaba olvidando. Salcedo salió del despacho, se sentó en el coche y encendió un cigarrillo.

Le temblaban las manos por primera vez en 30 años. No olvidó, pero cayó. El juicio contra Amparo Galán se celebró a puerta cerrada en enero de 1975. Sin público, sin prensa, sin curiosos. Juez, fiscal, abogado designado, guardias y la acusada. La instrucción hablaba de cuatro homicidios cometidos con extrema crueldad y con aprovechamiento posterior de los cuerpos.

El fiscal pidió la pena más dura que podía sostenerse sin convertir el asunto en un espectáculo nacional. Reclusión mayor por cada muerte. Cumplimiento severo y traslado lejos de la provincia. El abogado, un hombre joven nombrado casi por trámite, intentó apoyarse en la infancia de la acusada. Hambre, pérdida de hermanos, trauma, abandono, miseria.

Pidió examen psiquiátrico. Se hizo en Sevilla. La conclusión fue fría. Amparo Galán Morales era imputable. No se apreciaba psicosis, inteligencia por encima de la media, afectividad empobrecida. Empatía muy disminuida, capacidad plena para comprender sus actos. En el juicio se comportó igual que en el interrogatorio, callada, tranquila, contestando con frases breves.

Reconoció los hechos, no mostró arrepentimiento. El juez le preguntó, “¿Comprende usted la gravedad de lo que hizo?” “Sí lo lamenta.” Hubo una pausa larga. Lamento que saliera así. ¿Qué quiere decir con que saliera así? Amparo levantó los ojos. Que me cogieran. En la sala cayó un silencio espeso. El fiscal bajó la mirada.

El abogado palideció. El juez toció y ordenó un receso. La sentencia llegó al día siguiente. No hubo comunicado, ni nota de prensa, ni lectura pública. El recurso se tramitó de oficio y quedó en nada. La orden verdadera no estaba escrita en la sentencia, sino alrededor de ella. Amparo debía desaparecer de la conversación del pueblo, igual que sus víctimas habían desaparecido de la tierra.

La trasladaron primero a Sevilla y después a una prisión de mujeres fuera de Andalucía. En los papeles penitenciarios fue un número, una interna reservada. Una mujer sin visitas y sin historia. Murió al año siguiente en la enfermería de la cárcel con 37 años. El certificado habló de fallo cardíaco. Nadie pidió una segunda firma. Nadie reclamó el cuerpo.

Amparo Galán murió poco más de un año después de su detención. Poco más de un año después de que una invitada de una boda se rompiera casi una muela con una falangja escondida en un pestiño, el círculo se cerró de una forma más propia de aquella España, no con ruido, sino con archivo, traslado y silencio. Del caso no hablaron los periódicos, no hubo reportajes, no hubo radio.

La reserva significaba silencio, un silencio absoluto, opaco, oficial. Pero la gente de las alberquillas sabía no todo, pero lo suficiente. Los rumores contra lo que había predicho el hombre del despacho no se apagaron. Bajaron de volumen,  se metieron en las casas, se convirtieron en folklore oscuro, de ese que solo se cuenta entre conocidos y después de cerrar la puerta.

La despensa de amparo le decían en voz baja. Nunca en las bodas. En las bodas, después de aquello, en las alberquillas se hablaba poco de comida. La habitación del patio fue derribada. La casa también acabó vacía. El sótano se rellenó con tierra y luego se cubrió de cemento. Encima levantaron un cobertizo.

Años después, el cobertizo se vino abajo y quedó un hueco entre dos tapias: hierba, cardos, ortigas, basura. Los niños evitaban aquel sitio no porque supieran, sino porque lo sentían. Los niños sienten esas cosas. Antonio Vega, marido de Carmen, vivió en las alberquillas dos años más. Luego se marchó. Nadie supo bien a dónde. Una mañana tomó el tren y no volvió.

Vendió la casa por poco dinero. El comprador era de fuera y no conocía la historia. Aguantó un año. Después se fue diciendo que no podía dormir, que las paredes apretaban. Ana María, la mujer de Luis Ortega, supo la verdad durante la instrucción. Se la comunicaron de manera seca, como se comunicaban entonces las cosas insoportables.

No le entregaron el cuerpo de su marido, porque no había cuerpo que entregar. Recogió su ropa, tomó a su hijo de un año y se fue con sus padres a Carmona. No volvió a las alberquillas, no se casó de nuevo, criaría sola a su hijo. La mujer de Rafael Ponce, al saber qué había sido de él, primero no creyó, después creyó y luego enfermó.

Estuvo ingresada dos meses. Al salir no volvió a pronunciar el nombre de su marido. La mujer de Julián Barroso nunca conoció toda la verdad. Le dijeron que Julián había muerto en un accidente y que el cuerpo no podía entregarse en condiciones. Enterró un ataúd vacío. Sus hijos crecieron creyendo que su padre había sido víctima de la carretera.

Joaquín Salcedo volvió a su destino. Trabajó unos meses más y pidió la jubilación anticipada. Se instaló en un piso pequeño de Sevilla, cerca de la Macarena. Apenas veía a nadie. No hablaba del caso. Cumplió el silencio hasta el final. Tres meses después de dejar el servicio, fue ingresado en un sanatorio. Hoy algunos lo llamarían trastorno de estrés postraumático.

Entonces le pusieron otro nombre más aceptable. Agotamiento nervioso severo. Estuvo ingresado tres meses. Salió, vivió en silencio y murió en 1982 de un segundo infarto. Tenía 62 años. Rosario Benítez Luna, la invitada que encontró el hueso en el pestiño, no volvió a comer dun en su vida, ninguno. El olor de la miel le  daba náuseas.

Vivió hasta los 91 años. Contó la historia a sus nietos poco antes de morir. Ellos pensaron que la abuela confundía recuerdos, que los años le mezclaban las cosas, no mezclaba nada. Don Ernesto Robles, el hombre que ordenó enterrar el asunto, hizo carrera. Pasó a Sevilla, luego a Madrid. Con la llegada de la democracia supo cambiar de chaqueta sin perder el sitio.

Más tarde entró en negocios. Del caso de Amparo Galán, nunca habló en público. España también sabía guardar secretos. Sabía esconder lo que no cabía en el retrato de orden, familia y paz que se enseñaba desde arriba. Asesinos en seri. Eso era cosa de novelas extranjeras. Canibalismo en una aldea andaluza. Imposible. Cientos de personas comiendo sin saber lo que comían. Impensable.

El caso de Amparo Galán se escondió no porque alguien compadeciera a la asesina. La condenaron, la encerraron y la borraron. No había compasión. Se escondió porque la verdad era demasiado grande para el relato oficial. No solo por los cuatro muertos. Muertes había en España y algunas llegaban a los periódicos.

Lo insoportable era que cientos de personas habían comido lo que nadie debería comer y jamás lo habrían sabido si una antigua practicante no hubiera morrido un trozo de hueso en una boda. Esa verdad no destruía solo la reputación de una aldea o de una provincia. Destruía un mito, que la autoridad lo veía todo, que el mal no podía esconderse durante años en una casa encalada, que una mujer callada y servicial no podía llevar un infierno bajo la cocina. Pero el mal se escondió.

se escondió bajo el nombre de los mejores pestiños de la comarca. En las alberquillas todavía quedan viejos que recuerdan. Son pocos. El tiempo se lleva a los testigos, pero los que recuerdan no comen pestiños, ni en bodas, ni en bautizos, ni en Navidad, ni en su propia casa.

Si alguien les ofrece, dicen que no, sin explicaciones. Y cuando los jóvenes preguntan, “Abuela, ¿por qué no comes pestiños?” Los viejos mueven la cabeza y responden, “No me apetecen, hijo, nada más.” Y cambian de tema, porque hay cosas que es mejor no saber, cosas que es mejor no contar y cosas que no se olvidan aunque uno quiera.

Los pestiños de Amparo Galán fueron los mejores de la comarca. Decían, “El secreto está en la masa.” Ahora ya saben cuál era el secreto. Esta fue una de esas historias que se taparon durante años. Se cayó. se escondió. Se fingió que no había ocurrido, pero el silencio no significa que algo no haya pasado.

Pasó y hay cosas que no deberían borrarse. Si esta historia les dejó un nudo en el estómago, si llegaron hasta el final, entonces también entienden por qué se cuentan estas cosas. No por morvo, por memoria, porque todavía quedan muchas historias así, esperando debajo de la tierra, detrás de una puerta cerrada, en la boca de alguien que vivió demasiado y cayó demasiado tiempo. What?

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