Para el imaginario religioso, los ángeles representan figuras divinas llenas de pureza; sin embargo, durante décadas, la gigante de la lencería Victoria’s Secret redefinió ese concepto ante los ojos de la cultura popular global. Sus ángeles eran mujeres de una belleza escultural, poseedoras de cuerpos extremadamente delgados que muchos sectores calificarían con el tiempo como irreales e inalcanzables. Esta audaz estrategia de marketing elevó a la compañía a la cúspide del éxito financiero, transformándola en un referente indiscutible de la moda. No obstante, lo que parecía un reinado indestructible comenzó a experimentar un declive absoluto debido a tres factores determinantes: el auge global del movimiento Body Positive, una nefasta gestión de sus crisis institucionales y la oscura presencia de un hombre cuyo nombre evoca los peores escándalos de la élite mundial: Jeffrey Epstein.
La historia de este imperio de la seducción comercial no siempre estuvo rodeada de polémica. Sus cimientos se remontan a las visiones de dos hombres con filosofías de negocio radicalmente opuestas cuyas vidas se cruzaron en el momento preciso. Por un lado, Leslie Wexner, un empresario de Ohio que descubrió el inmenso potencial del fast fashion al fundar la cadena de tiendas The Limited. Wexner revolucionó el comercio textil al trasladar la producción a Asia, logrando ofrecer las últimas tendencias de la moda en tiempo récord y a precios sumamente accesibles, lo que le permitió amasar una fortuna considerable y un poder corporativo inmenso.

Por otro lado, en California, Roy Raymond concibió una idea revolucionaria tras sentirse incómodo al intentar comprar ropa interior para su esposa en una descuidada tienda departamental. Raymond identificó un nicho desatendido: la necesidad de crear una boutique de lencería que fuera sensual, sofisticada y elegante, inspirada en las estéticas europeas y alejada de los conceptos vulgares de la época. Así nació Victoria’s Secret, un nombre que evocaba la sofisticación de la era victoriana combinado con la intimidad de un secreto. Decorada con paredes rosas, candelabros y alfombras lujosas, la tienda vendía prendas exclusivas de seda y encaje que podían costar una fortuna. El verdadero éxito de Raymond, sin embargo, no estuvo en los locales físicos, sino en el lanzamiento de un catálogo con fotografías de alta calidad editorial que las clientas recibían en sus hogares.
A pesar del éxito en ventas del catálogo, los excesivos gastos operativos y el deseo de Raymond por mantener una imagen excesivamente costosa llevaron al negocio al borde de la quiebra. Fue en esa encrucijada donde Les Wexner descubrió la marca durante unas vacaciones y, maravillado por el concepto aspiracional, le ofreció a Raymond un millón de dólares por la compañía. Una vez al mando, Wexner democratizó la marca: reemplazó la lencería cara por prendas de manufactura asiática de precios accesibles, pero conservando la atmósfera lujosa de los locales. La expansión fue meteórica, alcanzando cientos de sucursales en pocos años. Con la posterior incorporación de la ejecutiva Cindy Fedus Fields, el catálogo se reinventó hacia una sensualidad más explícita y provocativa, inspirada en una sutil mezcla entre la audacia de Playboy y el estilo editorial de Ralph Lauren. La marca dejó de vender simple ropa interior para comenzar a vender una poderosa fantasía de deseo.

Sin embargo, en paralelo a este monumental éxito cultural, la historia ingresó en sus capítulos más oscuros. En esos mismos años de gloria, Leslie Wexner conoció a Jeffrey Epstein, un sujeto que se presentó como un genio de las finanzas a pesar de arrastrar antecedentes de despidos por manejos sospechosos de dinero. Epstein desplegó tal carisma y seguridad que Wexner terminó otorgándole una confianza ciega. Lo contrató para gestionar sus inversiones personales y, de forma progresiva, le entregó un poder notarial absoluto que le permitía mover fondos y tomar decisiones comerciales en su nombre. Wexner no solo le abrió la puerta a los círculos más exclusivos de la élite política y social, sino que le cedió el uso de la residencia privada más grande de Manhattan, propiedad del empresario, donde Epstein comenzó a establecer su base de operaciones. Mientras tanto, abrumado por las deudas y viendo cómo su creación generaba millones en manos ajenas, el fundador Roy Raymond tomó la trágica decisión de quitarse la vida saltando del puente Golden Gate en San Francisco.
El control de Epstein sobre el entorno de la empresa comenzó a manifestarse de manera alarmante. Ejecutivas como Cindy Fedus Fields denunciaron propuestas inapropiadas, y pronto se descubrió que Epstein utilizaba falsamente el nombre de Victoria’s Secret para hacerse pasar por reclutador de modelos, atrayendo a jóvenes vulnerables con la promesa de fama para luego presionarlas a tener intimidad en sus residencias.
A pesar de que estos comportamientos fueron reportados directamente a Wexner, Epstein no recibió castigos corporativos; por el contrario, Wexner terminó regalándole la mansión de Manhattan y un avión privado que, años más tarde, sería identificado como el transporte utilizado para trasladar a hombres influyentes hacia la isla privada de Little St. James. Testimonios estremecedores, como el de la artista María Farmer en 1996, confirmaron que los abusos ocurrían en propiedades pertenecientes al propio Wexner, lo que sembró serias dudas sobre el nivel de conocimiento que el magnate poseía respecto a las actividades delictivas de su asesor financiero.

Ajenos al torbellino que se gestaba en las sombras, los ejecutivos impulsaron la creación de “Los Ángeles de Victoria’s Secret” y transformaron la marca en un evento de entretenimiento global a través de sus famosos desfiles televisados. Modelos de la talla de Tyra Banks, Heidi Klum y Gisele Bündchen se convirtieron en íconos mundiales portando el célebre Fantasy Bra, una pieza cubierta de gemas preciosas valuada en millones de dólares. No obstante, las campañas publicitarias comenzaron a diseñarse bajo una marcada perspectiva de mirada masculina, alejándose del concepto original de empoderar a la mujer. La tensión aumentó con el lanzamiento de la línea Pink enfocada en adolescentes, la cual recibió duras críticas por promover estéticas hipersexualizadas en edades tempranas.
La situación se volvió insostenible al llegar la década de 2010. El surgimiento y masificación del movimiento Body Positive comenzó a exigir una representación real de la diversidad de cuerpos, razas y tallas. En lugar de adaptarse a los nuevos tiempos, la directiva de la empresa se resistió firmemente a modificar su rígida estrategia comercial. El golpe de gracia a la reputación de la marca provino de las propias modelos. Supermodelos como Adriana Lima revelaron los regímenes alimenticios y de deshidratación extremos a los que debían someterse semanas antes del show, evidenciando las severas exigencias físicas impuestas, que incluían mantener un porcentaje de grasa corporal peligrosamente bajo para la salud femenina.
El testimonio de la exángel Erin Heatherton terminó por resquebrajar la fachada de felicidad de la empresa al confesar que la presión constante por bajar de peso la llevó a desarrollar anorexia y depresión profunda. Heatherton reveló que el personal de la marca la incitaba a dejar de comer y que llegó a recurrir al uso de hormonas y pastillas supresoras del apetito derivadas de las anfetaminas para cumplir con los estándares impuestos. La cruda contradicción de vender un cuerpo enfermo como el ideal máximo de belleza y éxito quebrantó la lealtad de las consumidoras. La posterior detención de Jeffrey Epstein y los hilos cibernéticos que ligaban a Wexner con el conocimiento de sus crímenes terminaron por destruir el prestigio de un imperio textil que, al haber cimentado su gloria sobre fantasías insostenibles y complicidades oscuras, estaba irremediablemente condenado a caer.