Antonio Gades dejó a Marujita Díaz por una sola razón — y no era otra mujer r

Antonio Gades dejó a Marujita Díaz por una sola razón — y no era otra mujer r

se casó vestida de mantilla blanca en una ermita de Madrid. Él era un joven bailarín pobre y orgulloso que años después el mundo entero admiraría. Antonio Gades. Ella era la reina de la revista, una de las mujeres más ricas del espectáculo español. Marujita Díaz. Para toda España aquella boda era un cuento, pero apenas duró 20 meses.

 Y lo que lo sepó otra mujer, no fue una traición, fue una sola palabra. No volvieron a hablarse jamás. Esta es la historia de la mujer que conquistó a todos los hombres que quiso y del único que dejó ir por no abrir su cofre. Era la última noche del año en Madrid. En un chale de la sierra madrileña, con las luces encendidas y el frío pegado a los cristales, había una mesa puesta para dos. La casa se llamaba Piedras Negras.

La había comprado él, se la había regalado a ella. Y esa noche, entre las copas y las uvas, todo parecía en su sitio. Ella era una de las mujeres más deseadas de España, la reina de la revista, la sevillana de Triana, que había subido peldaño a peldaño desde un mercado donde vendía de niña hasta el escenario más brillante del país.

Aquella noche estaba en su casa con su marido, esperando el año nuevo como lo esperaba media España. Él se llamaba Espartaco Antony, venezolano, guapo, seductor, el hombre que la había cortejado en un yate en Caracas el día que ella cumplía 25 años. Y entonces, cuando faltaba poco para las 12, él habló. Le dijo que quería divorciarse.

No hubo escena, no hubo gritos todavía. Según se ha contado, lo dijo así, casi en voz baja, en mitad de aquella noche de fin de año. Y lo que vino después fue rápido, muy rápido. Ella no lo contó nunca del mismo modo que lo contó él. Con el tiempo, cada uno guardaría su propia versión de aquella noche.

 Pero hubo algo en lo que las dos versiones coincidían, que aquella fue la última vez que Marujita Díaz y Espartaco Anthony celebraron algo juntos. piénsalo un momento. Una mujer que lo tenía todo, la fama, la belleza, el dinero, la casa en la sierra, las joyas guardadas en un cofre que no dejaba de crecer.

 Una mujer que, según decían, era capaz de conquistar a cualquier hombre que se propusiera. Y sin embargo, aquella última noche del año, en su propia casa, con la mesa puesta para dos, se quedaba sola. No sería la última vez porque había un patrón en la vida de Marujita Díaz que el país tardaría años en entender. Un patrón que ella misma quizás nunca quiso mirar de frente.

Conquistaba, deslumbraba, ponía a los hombres a sus pies y luego, uno tras otro los perdía. Todos menos uno. Había un hombre que todavía no había llegado a su vida aquella noche de fin de año. Un bailarín, un hombre que años después el mundo entero admiraría. En los teatros de París, en las películas que darían la vuelta al planeta, un hombre al que ella querría de verdad.

 Con ese hombre no habría gritos, no habría cenicero, no habría escándalo, habría algo peor, un silencio que duraría el resto de sus vidas. Pero para entender aquel silencio, hay que volver atrás. Al principio a la niña de Triana que vendía en un mercado y soñaba con los escenarios, a la mujer que toda España creyó conocer, porque lo que España vio de Marujita Díaz durante casi 70 años fue una cosa y lo que de verdad ocurría era otra muy distinta.

Para toda España, Marujita Díaz era alegría. Era la mujer que salía al escenario y lo llenaba entero. Los ojos, sobre todo, aquellos ojos que movía de un lado a otro con una picardía que hacía reír al público antes de que ella dijera una sola palabra. La llamaban la reina de la revista y lo era. Pero antes de la corona hubo hambre.

 María del dulce, nombre Díaz Ruiz, nació en Triana, el barrio más flamenco de Sevilla, en una casa humilde. Su padre trabajaba entre bastidores, montando y desmontando decorados en los teatros. Su madre limpiaba casas ajenas para que en la suya hubiera algo que comer. Eran los años del hambre en España, los años grises de la posguerra, cuando el cine y la copla eran casi lo único que consolaba a la gente.

 Y en aquella niña de Triana había algo, una voz, una gracia, un descaro para plantarse ante la gente y cantar sin miedo. Con 9 años ya se subía a un escenario. con 16 debutaba en el cine y a partir de ahí todo fue hacia arriba. Llegaron las películas una tras otra, casi 40 a lo largo de su vida. Llegaron las canciones que toda España aprendió de memoria y llegó el título que la coronó, el de reina de la revista, en un género donde había que saberlo todo.

 Cantar, bailar, hacer reír, hacer llorar, bajar por una escalinata cubierta de plumas como si se hubiera nacido para ello. Marujita lo sabía hacer todo y había algo más que la hacía distinta. En una España que todavía miraba a las mujeres de reojo, en un país donde una mujer casada ni siquiera podía abrir una cuenta en el banco sin permiso de su marido, Marujita Díaz iba por libre.

 Ganaba su propio dinero, lo administraba ella misma y no pedía perdón por ello. Aquello en los años 50 era casi una revolución. Entonces llegó el amor o lo que parecía el amor. Actuaba en una sala de Caracas en Venezuela, cuando entre el público apareció él. Espartacos Anthony, un hombre guapo, elegante, con mundo, actor, productor, seductor.

 La invitó a su yate, la cortejó con champá y según se ha contado, aquella misma noche le dijo una frase que ella recordaría siempre, ahora o nunca. Era el día en que ella cumplía 25 años. Se casaron poco después, en 1958. Una boda civil discreta celebrada lejos de España. Fundaron juntos una productora de cine, rodaron películas de éxito, compraron aquel chalé en la sierra de Madrid.

 Él la colmó de regalos, anillos, joyas, un cofre que no dejaba de llenarse. Para el país era una historia de cuento. La estrella y el galán, la sevillana de Triana convertida en gran señora viviendo en una casa de lujo, rodeada de brillantes. Así la recordaba España, así la recuerda mucha gente todavía.

 Sonriente, deslumbrante, afortunada. Pero detrás de la puerta de aquel chalé, en las habitaciones que las cámaras no alcanzaban, la historia era otra, muy otra, porque el hombre que la había conquistado con champán en un yate no era exactamente el hombre con el que ella vivía. Y el dinero, ese dinero que ella administraba con tanto cuidado, iba a convertirse en el principio de todo lo que se rompió.

 La gran señora del chalet de lujo vivía en realidad en un piso sin agua caliente antes de piedras negras, antes de las joyas, cuando Marujita ya era un artista muy popular y todo el país la conocía, ella dormía en un modesto apartamento de Madrid en la calle Alburkerque, sin calefacción, sin agua caliente. Y no vivía sola, vivía con su madre, doña Rafaela, que la acompañaba a todas partes.

 La llamaban la carabina. Era una costumbre de la época. Las madres de las artistas jóvenes no las dejaban ni a sol ni a sombra por miedo a los hombres sin escrúpulos que rondaban el mundo del espectáculo. Marujita, una mujer hecha y derecha, una estrella, seguía yendo del brazo de su madre a los estrenos, a las giras, a las cenas.

 Esa era la primera verdad que España no veía. La reina del escenario, de vuelta a casa, era una hija que dormía con frío al lado de su madre. Pero había una segunda verdad. El dinero. Marujita Díaz tenía un don especial para el dinero. Lo ganaba, lo guardaba, lo cuidaba como nadie. Y en su matrimonio con Espartacos Antony, ese don se convirtió en el primer campo de batalla.

 Habían fundado juntos una productora de cine a medias. Con ella financiaron varias películas protagonizadas por ella que al principio dieron mucho dinero, pero luego llegaron los fracasos y entonces se vio algo que decía mucho de cómo era cada uno. Cuando había beneficios, Marujita se quedaba con su parte. Cuando había pérdidas, según contó él, hacía como que no existían.

 El que perdía de verdad su capital era Espartaco. Él lo contaría años más tarde con amargura. dijo que cuando él tenía dificultades económicas, a ella no le interesaban. Dijo que si le pedía algo, ella le respondía con amenazas, que si no le pagaban, no grababa las canciones de su siguiente película. Ahora bien, hay que decirlo con cuidado.

Esta es la versión de Espartaco Anthony, el hombre que años después publicaría un libro contando sus aventuras. Un libro donde Marujita no salía bien parada. Ella nunca lo contó igual. Y en estas historias de matrimonios rotos, la verdad casi siempre vive en algún punto intermedio, en un lugar al que ya no llega nadie.

 Pero algo sí quedó claro con el tiempo, que aquel don de Marujita para el dinero, esa firmeza suya con las cuentas, esa manera de proteger lo que era suyo, la acompañaría toda la vida. Al final de sus días tendría una cuenta saneada y un cofre lleno de joyas. Nunca le faltó de nada. Y sin embargo, ese mismo don, esa misma firmeza iba a costarle lo que más quería.

 Porque el dinero para Marujita no era solo dinero, era seguridad. Era la memoria de aquella niña de Triana que había pasado hambre, que había vendido en un mercado, que había dormido con frío. Era la promesa de que nunca, nunca volvería a estar desamparada. Lo que ella no sabía todavía era que esa coraza, la que la protegía del hambre y del miedo, se iba a interponer un día entre ella y el único hombre al que de verdad amaría.

 Pero antes de ese hombre, todavía quedaba una noche por vivir en el chalet de la sierra, la noche del cenicero. Se querían con pasión y se peleaban con la misma intensidad con la que se querían. El matrimonio de Marujita Díaz y Espartaco Santoni fue desde el principio una tormenta. Arrebatos de amor y broncas descomunales, reconciliaciones y portazos, dos temperamentos fuertes, dos voluntades que no cedían, encerrados en la misma casa.

 Y las grietas empezaron por donde empiezan casi siempre, por el dinero. La productora que habían montado juntos se hundía. Las últimas películas ya no daban beneficios y en medio de aquel naufragio económico, cada uno defendía lo suyo. Él sentía que ella no lo ayudaba cuando más lo necesitaba. Ella protegía como siempre lo que era suyo. Las discusiones subían de tono semana tras semana y una de aquellas discusiones se salió de madre.

 No sabemos qué se dijeron exactamente aquella noche. No hace falta. Sabemos cómo terminó. Marujita cogió un pesado cenicero de cristal y se lo lanzó a la cabeza. Le dio. Espartaco tuvo que ser trasladado de urgencia a un hospital. Le dieron varios puntos de sutura en la cabeza. Según se contó después, por poco no pasa a mayores. Piénsalo un momento.

La mujer que toda España veía sonriente en la pantalla, la reina de la revista, la de los ojos pícaros y la gracia sevillana, acababa de mandar a su marido al hospital con un cenicero. Eso, claro, España no lo vio porque Marujita se guardaba muy bien de que ciertas cosas salieran a la luz. Su boda con Santony, por ejemplo, se había celebrado lejos de España por lo civil y ella prefirió que en su país apenas se supiera.

En España de aquellos años, una boda que no fuera por la iglesia podía hacerle daño a su carrera. Así que cayó, ocultó, dejó que el país siguiera viendo a la estrella impecable mientras puertas adentro todo se rompía. Aún así lo intentaron. Después del cenicero, después del hospital, todavía trataron de salvar el matrimonio.

Espartaco compró el chalet de la Sierra, aquella casa que bautizaron con un nombre que ahora suena a presagio, Piedras Negras, como si intentaran empezar de nuevo entre aquellas paredes. No sirvió de nada. La grieta ya era demasiado ancha. Y llegó la última noche del año, aquella noche de fin de año con la que empezó esta historia cuando Espartaco le dijo que quería divorciarse.

Dicho y hecho, se separaron. Y aquí ocurre algo que dice mucho de Marujita Díaz, algo que conviene no olvidar. Porque a pesar del cenicero, a pesar del hospital, a pesar de las cuentas y las peleas, ella y Espartaco siguieron siendo amigos el resto de sus vidas. Cuando él murió, años después ella acudió a su entierro, incluso después de que él publicara aquel libro en el que la dejaba mal. Fue a despedirlo.

 Así era ella, capaz de estamparle un cenicero en la cabeza a un hombre y capaz de llorarlo en su funeral 30 años después. Marujita no hacía las cosas a medias, ni el amor, ni el odio, ni el perdón. Y quizás por eso, cuando poco después apareció en su vida otro hombre, un hombre muy distinto a Espartaco, todo el mundo pensó que por fin había encontrado la calma.

 Era joven, era serio, era un artista de verdad, de los que viven para su arte y no para el dinero. Se llamaba Antonio Gades y con él, Marujita Díaz creyó por fin que iba a ser feliz. Lo que nadie imaginaba era lo poco que iba a durar. Fue una boda de campanillas el 18 de marzo de 1964 en la ermita de San Antonio de la Florida en Madrid.

 Marujita Díaz se casó por la iglesia con Antonio Gades. Ella entró vestida con una mantilla blanca impecable, radiante. Los padrinos eran gente de campanillas también. Lucía Bosé, Luis Escobar, la Florinata. Esta vez sí era por la iglesia, esta vez sí lo celebró España entera. No había nada que ocultar.

 Todo parecía perfecto y lo que hacía aquella boda todavía más especial era quién era él. Antonio Gades no era un galán de yate y champán como Espartaco, era otra cosa. Era un bailarín, hijo de un albañil criado en la pobreza, un hombre que había trabajado desde niño repartiendo de recadero, de aprendiz en un periódico, hasta que descubrió que su cuerpo sabía hablar un idioma que pocos dominaban, el del baile.

 Era serio, era intenso, era un artista de los que lo dan todo por su arte y en aquellos años estaba a punto de convertirse en una leyenda. El mundo entero acabaría admirándolo. Bailaría en los mejores teatros de París, de Milán, de Nueva York. Décadas después sus películas darían la vuelta al planeta. Su nombre quedaría escrito para siempre en la historia de la danza.

Pero en 1964 todavía no era nada de eso. En 1964 era un joven bailarín con un sueño enorme y muy poco dinero y estaba casado con una de las mujeres más ricas del espectáculo español. Gades tenía un proyecto, el proyecto de su vida en aquel momento, un ballet propio, una obra que llevaba dentro que quería estrenar en el teatro de la zarzuela.

Uno de los grandes escenarios de Madrid. Se llamaba Don Juan. Era su apuesta, su salto, la obra que podía convertirlo de golpe en el creador que sentía que era. Solo necesitaba una cosa, dinero. Y tenía al lado a la mujer que podía dárselo. Le pidió ayuda, le pidió a su mujer que financiara su ballet y ella dijo que no.

Ahí está. Ese es el momento, el instante exacto en que todo se rompió. No fue otra mujer, no fue una traición, no fue un cenicero. No hubo gritos esta vez, ni hospital, ni escándalo en los periódicos. Fue una respuesta, una sola palabra, ¿no? Aquella coraza que Marujita se había construido desde niña, la coraza de la que ganó su dinero pasando hambre, la que la protegía del frío y del miedo, se cerró también ante el sueño de su marido.

 La niña de Triana, que había dormido con fío, no iba a poner su dinero en un ballet incierto, ni siquiera por amor. Y Gades, que era todo orgullo, todo dignidad, no lo perdonó. Se dijeron a Dios de mala manera. El matrimonio que había empezado con mantilla blanca y padrinos de campanillas en la ermita de San Antonio de la Florida apenas duró 20 meses, menos de 2 años.

 De la boda soñada al silencio, porque eso fue lo que vino después, el silencio. No volvieron a hablarse nunca más. Ni una llamada, ni una carta, ni un encuentro. Dos personas que se habían casado enamoradas, que habían entrado juntas en una iglesia ante media España, dejaron de existir el uno para el otro.

 Él siguió su camino y se hizo inmenso. Estrenó su don Juan sin ella y luego vinieron los grandes teatros, las películas, la gloria, todo aquello que ella no quiso pagar y que él consiguió de todos modos. Ella siguió el suyo con su cuenta a salvo, con sus joyas guardadas y con un vacío que ningún cofre podía llenar. Marujita Díaz había vuelto a hacerlo de siempre, había protegido lo suyo y había perdido otra vez al hombre que tenía al lado.

Solo que esta vez era distinto. Esta vez era el que de verdad quería. Después de Gades, Marujita Díaz no volvió a casarse. Hubo hombres, sí, muchos. Ella misma presumía de ellos en los círculos íntimos con esa mezcla de descaro y coquetería que la hizo famosa. Coreógrafos, artistas, hombres conocidos.

 Le gustaba conquistar, le gustaba que se supiera, guardaba fotografías dedicadas, contaba anécdotas, alimentaba su propia leyenda de mujer irresistible, pero ninguno se quedó. Y aquel matrimonio con Gades, el que se rompió por un ballet, tardó todavía muchos años en cerrarse del todo. La anulación oficial no llegó hasta 1982, casi dos décadas después de que dejaran de hablarse, como si el papeleo tardara en aceptar lo que sus corazones habían dado por terminado mucho antes.

 Mientras tanto, la vida de Marujita seguía siendo generosa con casi todo. Con casi todo, menos con una cosa. Nunca fue madre. Y eso que apenas se contaba, que ella guardaba en lo más hondo era la herida verdadera. Se había quedado embarazada más de una vez y más de una vez lo había perdido, sin llegar a tener en brazos al hijo que soñaba con Espartaco.

 Después, ya nunca, toda una vida rodeada de focos, de aplausos, de joyas, de hombres que caían rendidos. Y en el centro de todo aquel ruido, un silencio, el de la cuna que nunca se llenó. Ella lo diría ya mayor, con una sencillez que desarma, que había hecho todo lo que había querido hacer en la vida, todo menos ser madre. Eso era lo único por lo que había llorado de verdad.

 Hay algo casi cruel en el destino de Marujita Díaz. La mujer que conquistaba a cualquiera se quedó sin compañía. La mujer que ganaba y guardaba dinero como nadie no pudo comprar lo único que quería. Y el hombre que dejó ir por no financiar un ballet se convirtió lejos de ella, en una de las grandes leyendas del arte español. No todo fue soledad, eso también hay que decirlo.

 Marujita tenía un corazón grande cuando quería. Cuando su amiga Sara Montiel atravesó una depresión profunda tras la muerte de su madre, fue Marujita quien la acogió en su casa. la tuvo con ella semanas cuidándola hasta que se recuperó. Años después las dos se enzarzarían en peleas públicas en la televisión.Boda Marujita Díaz y Antonio Gades (1964)

 Pero hubo un tiempo en que Marujita abrió su puerta a una amiga rota sin pedir nada a cambio. Porque esa era la contradicción de Marujita Díaz. La misma mujer que le negó el dinero a su marido era capaz de darlo todo por una amiga. La misma que estampó un cenicero era capaz de acudir a un entierro a llorar al hombre al que se lo había tirado.

 No era buena ni mala, era entera. Era de una pieza con sus luces y sus sombras sin término medio. Y España, que la había querido en el escenario, empezó a mirarla de otra manera cuando el escenario se apagó, porque llegó un momento en que las luces se fueron, los teatros se llenaron de otras estrellas, las películas dejaron de llamarla y Marujita Díaz, que había reinado sobre la revista española, se encontró con algo que no sabía manejar.

El olvidó y lo que hizo entonces para no desaparecer del todo es quizás la parte más triste y más humana de toda su historia. Para no desaparecer, Marujita Díaz volvió a los focos por la única puerta que le quedaba abierta, la televisión, Los plató del corazón, las tertulias donde ya no se hablaba de sus películas ni de sus canciones, sino de su vida privada, de sus amores tardíos, de un joven que trajo de Cuba cuando ella rozaba los 70 años.

El país que la había admirado empezó a mirarla con otros ojos, unos con ternura, otros con burla. Se convirtió para las nuevas generaciones en un personaje casi de otro tiempo. Alguien que aparecía en la pantalla a contar rarezas, a enseñar sus joyas, a recordar glorias que muchos ya no conocían. Es fácil quedarse con esa última imagen, la de la anciana excéntrica de los platos.

Pero sería injusto porque detrás de aquella señora que enseñaba sus collares en televisión estaba la niña de Triana que había vendido en un mercado. La reina de la revista que llenaba teatros. La mujer que administró su vida entera con una firmeza que pocas tuvieron en su época. La que ganó cada peseta, la que guardó cada joya, la que nunca, nunca volvió a pasar el frío de aquel piso sin agua caliente.

 Aquel cofre de joyas que Espartaco empezó a llenar en los años del yate y el champán siguió con ella hasta el final. Fue quizás lo más fiel de toda su vida, más que los maridos, más que los amantes, más que la fama. Murió en Madrid en el verano de 2015 a los 83 años. No dejó hijos, dejó su historia, sus canciones y aquellas joyas que tanto había cuidado.

 Una parte de su ceniza se quedó en Madrid junto a las de sus padres y su hermana. La otra volvió a Sevilla, a Triana, al barrio donde una niña había empezado a cantar antes casi de saber hablar. Y en algún lugar de todo aquel recuento quedó también un silencio. El silencio de un hombre con el que se casó vestida de mantilla blanca.

 en una ermita de Madrid y con el que no volvió a cruzar una palabra. Un hombre que se hizo inmenso lejos de ella, que estrenó su ballet sin ella, que conquistó al mundo sin ella. Los dos vivieron vidas largas, los dos se fueron y nunca, en todos aquellos años deshicieron aquel Dios de mala manera. Marujita Díaz conquistó a casi todos los hombres que se propuso, menos al único que quiso de verdad.

 

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