ARMANDO GONZALEZ: La TRAGEDIA que SOPORTO para JUGAR el MUNDIAL

ARMANDO GONZALEZ: La TRAGEDIA que SOPORTO para JUGAR el MUNDIAL

Armando la Hormiguita González es la nueva revelación del fútbol mexicano. Fue campeón de goleo de la Liga MX en 2025. Quedó a tan solo un gol de conseguir el bicampeonato de goleo para un mexicano. Una hazaña que no se logra desde hace más de 20 años cuando el último en conseguirlo fue Jaret Borgetti.

 Javier Aguirre lo convocó para el mundial y lo tiene como su bajo la manga. Pero lo que muchos no saben es que este chavito estuvo a punto de nunca convertirse en futbolista. Lo rechazaron en el club de sus amores. Seis técnicos distintos no lo tomaron en cuenta y aún así jamás se rindió. Esta es la historia jamás contada de Armando González y te aseguramos que lo que estás por conocer te dejará impactado.

 Para entender por qué a este chavito lo subestimaron tanto tiempo, hay que volver al principio. Y el principio no tuvo nada de espectacular. No hubo academia europea, ni reflectores, ni un niño prodigio del que todos hablaban. Hubo, eso sí, un apellido pesado y una sombra difícil de cargar. Armando González nació en abril de 2003 en Celaya, Guanajuato, aunque se hizo hombre y se hizo futbolista en Aguascalientes, pateando lo que se pudiera patear en cuanto cancha encontraba y no eligió el fútbol por casualidad, lo trajo en la sangre. Su

padre, también llamado Armando González, al que en el medio conocieron como Mandín, había vestido la camiseta de las Chivas en los años 90. El sobrenombre con el que hoy lo grita un estadio entero tiene un origen humilde, casi de cuento familiar. Cuentan los suyos que se le quedó pegado de niño tras una anécdota en un hormiguero de un rancho de la familia.

 Y la verdad es que el mote le quedó perfecto, porque una hormiga es pequeña, casi invisible, fácil de ignorar, pero es incansable, terca, capaz de cargar mucho más de lo que su tamaño sugiere. Esa palabra [carraspeo] iba a terminar definiendo no solo su personalidad, sino su carrera entera, porque ese tamaño, ese cuerpo menudo que de niño lo hacía ver frágil, fue exactamente lo que estuvo a punto de robarle el sueño antes de empezar.

 Tenía apenas 12 años cuando los visores de Chivas se fijaron en él y lo citaron a una prueba en San Rafael, Jalisco. Para un niño que crecía idolatrando al rebaño, era el día más importante de su corta vida. Preparó la maleta con la ilusión de quien siente que el destino por fin lo llama. y se presentó a mostrar lo único que sabía hacer mejor que nadie, meter goles.

 Pero los goles no alcanzaron, lo rechazaron no por falta de talento, no por falta de actitud, sino por algo que él no podía controlar. Lo consideraron demasiado pequeño, demasiado liviano para aguantar el rose del fútbol grande. Le dijeron, en pocas palabras, que su cuerpo no daba. Lo regresaron a casa con la mochila a cuestas y el primer gran no de su vida clavado en el pecho.

 Para la hormiga fue lo que tocó su fibra más íntima, fue gasolina. Según cuentan los suyos, en lugar de hundirlo, aquel portazo lo encendió. Lo que ni él ni nadie imaginaba es que aquella primera humillación iba a ser apenas el inicio de un patrón, porque a la hormiga el fútbol mexicano lo iba a ignorar muchas, muchas veces más y la siguiente forma de ignorarlo sería todavía más silenciosa, más larga y en el fondo más cruel.

 El goleador que vivía en las sombras, el fútbol cuando quiere da segundas oportunidades y Chivas, tiempo después de aquel rechazo, volvió a seguirle la pista. Esta vez el muchacho no dejó lugar a dudas. En su segunda prueba convenció a los entrenadores, se ganó un sitio en las fuerzas básicas del Guadalajara y empezó a recorrer una a una las categorías inferiores, sin privilegios, sin apellido que le abriera puertas.

 Desde abajo, como siempre, y desde abajo empezó a hacer lo que mejor sabía. En la camiseta sub-18 firmó números de escándalo, alrededor de 25 goles en poco más de 30 partidos, cifras que no se explican solo con talento, sino con esa terquedad de hormiga que ya le conocíamos. Después vino la U23 y ahí la explosión fue total.

 Se convirtió en campeón y goleador de la categoría en una de las figuras más determinantes de toda la cantera roj y blanca. El muchacho al que rechazaron por pequeño se estaba volviendo imposible de esconder. Su buena estrella se cruzó. Además con un problema del primer equipo, porque mientras la hormiga rompía redes en juveniles, las Chivas mayores sufrían para meter goles.

 Y cuando un club necesita goles y tiene en casa un canterano que no para de hacerlos, la matemática se resuelve sola. Prácticamente saltó de las categorías juveniles al máximo circuito, casi sin escala prolongada en el filial. El 13 de enero de 2024 llegó el día con el que había fantaseado toda su vida. Debut en primera división con la camiseta de sus amores frente a Santos Laguna.

 Entró de cambio, todavía con cara de niño, a cumplir un sueño que de chico le habían negado. Y aquí es donde la historia se pone de piel chinita, porque hay coincidencias que parecen escritas por alguien allá arriba. La hormiga eligió para ese debut el dorsal 34, el mismo número que su padre había usado décadas antes. Y no solo eso, Mandín González también había debutado en su momento contra Santos Laguna.

 Dos generaciones de la misma familia, el mismo club, el mismo número, el mismo rival. El fútbol que tantas veces le había cerrado la puerta le devolvió ese día un guiño imposible de inventar. El debut no fue el final del camino, sino el comienzo de una travesía larga y poco agradecida, porque la hormiga tuvo que abrirse paso en un vestidor donde competía nada menos que contra Javier Chicharito Hernández y Alan Pulido, dos referentes históricos del ataque mexicano.

 Tuvo que sobrevivir además a un carrusel de entrenadores que mareaba a cualquiera. Por su proceso pasaron media docena de técnicos. Fernando Gago le dio el debut, otros lo vieron de reojo y cada cambio de mando significaba empezar de cero, volver a convencer, volver a pelear por un lugar que nunca le regalaron. Mientras todo esto ocurría, la selección mexicana lo ignoró por completo.

 No hablamos de un descuido, hablamos de años. El chavito que metía goles a montones nunca, [música] ni una sola vez fue convocado a una categoría juvenil del tri, ni sub 15, ni sub17, ni sub20. El sistema que presume de detectar talento dejó pasar temporada tras temporada a uno de los goleadores más natos de su generación y con el periódico del lunes quizás se podría decir que se le estaban guardando para la máxima cita del fútbol mundial.

Aprendió a convivir con esa frustración sin soltar el balón y mientras esperaba un llamado que no llegaba, siguió acumulando momentos que lo iban haciendo grande dentro de Chivas. El más emotivo llegó en un clásico nacional contra el América. entró desde la banca y cambió el partido con un gol que hizo estallar al rebaño.

 En la tribuna estaba su padre, llorando lo que un padre llora cuando ve a su hijo cumplir un sueño que también fue suyo. Y la casualidad volvió a aparecer porque Mandín también le había marcado al América en su época. Padre e hijo unidos por el mismo rival. Poco a poco, gol a gol, la hormiga dejó de ser una promesa para convertirse en una realidad.

 Y cuando llegó un técnico que de verdad apostó por él, Gabriel Milito, terminó de explotar, le ganó el puesto a nombres consagrados, se adueñó del nueve titular del Guadalajara y se preparó, sin saberlo, para el año que iba a cambiarle la vida, porque lo que vino después ya no se pudo ignorar, ni en México ni en ningún lado.

 El año en que México ya no pudo ignorarlo más. Hay temporadas que definen una carrera. Para la hormiga González, ese momento fue el apertura 2025. El chavito al que nadie llamaba, el que sobrevivió a seis técnicos y a un rechazo de niño, se soltó de golpe. Asumió por primera vez la responsabilidad de ser titular indiscutible en el ataque de Chivas y la respuesta fue inmediata y demoledora.

Terminó el torneo con 12 goles y se proclamó campeón de goleo, pero no fue solo la cantidad, fue la manera. Anotaba con la derecha y con la izquierda, de cabeza, de penal. desde fuera del área en el área chica. Un delantero raro en el fútbol mexicano porque no dependía de una sola forma de hacer daño.

 La Liga MX lo reconoció como el mejor jugador del torneo y los números lo colocaron en un sitio histórico. Se convirtió en uno de los goleadores más jóvenes en dominar la tabla, el primer delantero rojiblanco en encabezarla desde Alan Pulido casi una década atrás y apenas el séptimo campeón de goleo en toda la historia de las Chivas.

 En esa lista no aparecen nombres cualquiera. Ahí no entraron ni Omar Bravo ni el propio Chicharito con un cetro individual. La hormiga, sí. Y ahí es donde la historia toma un giro inesperado, porque lo mejor todavía estaba por escribirse. Sumando los dos torneos del año futbolístico, La Hormiga llegó a 24 goles, una cifra que lo empareja con marcas históricas del club y lo coloca entre los máximos anotadores de Chivas en un solo año.

 Pero hay un dato que vuela la cabeza. Con esos números se convirtió en el delantero sub-23 más goleador del planeta en la temporada, por encima incluso de un fenómeno mundial como la mine yamal, la joya del Barcelona. Leíste bien. El muchacho que México no convocó a una sola selección juvenil [carraspeo] terminó marcando más goles que la mayor promesa del fútbol europeo.

 Con semejante presente, el siguiente paso parecía de película. El Clausura 2026 le puso en frente la oportunidad de firmar algo que ningún mexicano lograba desde hacía 25 años. El bicampeonato de goleo. Para dimensionar el tamaño de la hazaña, hay que remontarse a Jaret Boretti, que enlazó dos títulos consecutivos entre 2000 y 2001 con Santos.

 Desde entonces, nadie nacido en México había vuelto a repetir corona de manera inmediata en torneos cortos y la hormiga dependía de sí misma. Llevaba el ritmo, llevaba los goles, llevaba al país entero soñando con él. Durante semanas marchó al frente de la tabla igualando su propia marca antes que nadie a un par de anotaciones de tocar la gloria.

 Pero el fútbol, ya lo sabemos, es cruel con los finales felices. A falta de unas jornadas, cuando la hazaña estaba ahí, al alcance de la mano, la hormiga entró en una sequía demoledora. Cuatro partidos [carraspeo] sin marcar en el peor momento posible y mientras él se apagaba, otro encendía motores. Joao Pedro, delantero del Atlético de San Luis, italo brasileño, no falló.

 En la última jornada de la fase regular marcó de penal, llegó a 14 goles y se llevó el título. La hormiga se quedó en 12. Segundo lugar, el bicampeonato y de paso el récord que llevaba 25 años esperando dueño mexicano se le escaparon por dos goles y por unos días de mala fortuna. Pero hubo algo más, algo que pocos se atrevieron a señalar y que terminó de cerrarle la puerta, porque justo cuando acababa la fase regular, se activó un plan que el propio Javier Aguirre había impuesto meses antes y que los dueños de los 18 clubes de la Liga MX habían

aceptado, ceder a todos los seleccionados de forma anticipada al término de la jornada 17 para concentrarse más de un mes de cara al mundial. La consecuencia fue brutal. La liguilla se jugaría sin seleccionados y eso significó que la hormiga junto con el resto de los convocados dijera adiós de golpe a su torneo.

 Su clausura se terminó ahí en seco en la jornada 17, sin un partido más donde sumar goles y sin la posibilidad de pelear la liguilla con su Chivas. El Vasco fue tajante y advirtió que el que no se reportara a la concentración se quedaba fuera del Mundial. Y Chivas, que se dio nada menos que cinco jugadores, fue el equipo más golpeado por esa medida.

 Aún perdiendo el duelo en la última fecha, aún cayéndose Chivas en la recta final, hubo algo que ni la sequía ni el subcampeonato pudieron borrar. En 12 meses, este muchacho había pasado de canterano anónimo a ser sin discusión el mejor goleador mexicano del país. 24 goles no mienten. Y haber estado a un suspiro de igualar a una leyenda como Borgetti no es una derrota.

 Es la prueba de que nació una figura, una aparición tan rotunda, tan de la nada, que ilusionó a México entero justo en vísperas de un mundial en casa. La pregunta dejó de ser si la hormiga merecía una oportunidad con el TRI. La pregunta de repente se volvió mucho más grande y mucho más peligrosa y a partir de ahí el debate se salió de control.

 El asz que México tiene bajo la manga. Aquí es donde esta historia se convierte en una de las discusiones más calientes del fútbol mexicano rumbo al mundial. Porque una cosa es ser el goleador de moda de la Liga MX y otra muy distinta es subirse al avión de una Copa del Mundo que se juega en tu propia casa.

 Y entre una cosa y la otra hay un abismo lleno de nombres, de carreras y de gente que se sintió pasada por encima. Empecemos por lo innegable. La irrupción de la hormiga fue tan ruidosa que figuras de peso salieron a pedir su convocatoria en voz alta. José Saturnino Cardoso, uno de los goleadores más grandes en la historia de la Liga MX, lo defendió sin titubear.

 Dijo que es un jugador explosivo y técnico, que siempre tiene la portería de frente y que cuando un muchacho es goleador, la edad no importa. El propio Chicharito Hernández, su compañero en Chivas, lo usó como bandera para reclamar que a los talentos mexicanos hay que mandarlos a Europa, soltando aquella frase que se volvió viral, que tenían a un mexicano de Chivas con 24 goles en dos torneos y no lo querían poner en el viejo continente.

Y entonces apareció una pieza que pocos vieron venir y que terminó de disparar el fenómeno. Rock Num, la agencia fundada por el rapero High Z, que maneja estrellas como Vinicius Jor, Kevin de Bruine y Gabriel Martinelli, decidió ficharlo. Y aquí viene el dato que lo cambia todo. La hormiga se convirtió en el único futbolista mexicano representado por esa agencia.

 De un día para otro, su nombre dejó de pertenecer solo al fútbol mexicano y entró en una vitrina global. Su valor de mercado, que rondaba el millón y medio de dólares, se disparó hasta acercarse a los 15 m000ones. La maquinaria mediática alrededor del muchacho se encendió a toda velocidad. Javier Aguirre, mientras tanto, jugaba sus propias cartas en silencio.

 Primero [carraspeo] lo llevó a microciclos, después lo convocó de verdad y La Hormiga hizo su debut absoluto con la selección mayor en noviembre de 2025 en un amistoso frente a Paraguay disputado en territorio estadounidense. De ahí en adelante fue sumando partidos y un gol con el tri, pocos pero suficientes para mantenerse en la conversación.

 El Vasco, astuto como siempre, repetía que su proceso seguía abierto, que seguía evaluando talento nacional y entonces llegó la lista final y ahí estaba su nombre, Armando González, convocado al Mundial 2026. Y aquí es donde conviene mirar alrededor, porque la hormiga no fue el único joven que subió a este avión y la comparación con sus compañeros de generación explica mejor que nada el lugar tan especial que ocupa.

 Está primero Gilberto Mora, el niño prodigio de apenas 17 años, el más mediatizado de todos, el talento sobre el que un país entero proyectó el sueño de tener por fin a su crack generacional. Mora llegó al mundial rodeado de gran ilusión, de comparaciones con estrellas mundiales y de una representante que llegó a decir que con 15 millones de euros no se compraba ni una de sus piernas.

 Su caso es el del talento puro al que se le exige todo antes de tiempo. Está después Brian Gutiérrez, el otro chivaermano que también vivió su estreno mundialista y su historia en el debut frente a Sudáfrica fue justo la cara opuesta de un cuento de hadas. El méxicoamericano arrancó el partido, pero el escenario se le vino encima.

 Para muchos estuvo dubitativo, nervioso, errático. Falló una clarísima frente al arco y terminó sustituido en la parte complementaria. El analista Beto García Aspe dijo sin rodeos. A Brian le pesó muchísimo el momento. Le pesó jugar una Copa del Mundo, una imagen que sirve de recordatorio brutal de lo que un mundial en casa le puede hacer a un joven, por talentoso que sea.

 Y está finalmente Obet Vargas, otro proyecto enorme, un mediocampista mexicano nacido en Alaska que con apenas 20 años ya dio el salto que la hormiga todavía sueña. Hoy juega en el Atlético de Madrid, comparte vestidor con figuras como Antoan Griezmann y vive a diario el nivel de la élite europea. Obed representa al joven mexicano que ya conquistó el escaparate al que el de Chivas aún aspira.

 Y aquí es donde la hormiga brilla con luz propia, porque su caso no se parece a ninguno. No llegó envuelto en el Jaíb de un prodigio adolescente como Mora. No carga el peso ni las dudas de un binacional recién llegado como Brian y no tuvo todavía el tramplín europeo de Obed. La hormiga es otra cosa. Es el único goleador puro del grupo, el único que se construyó entero dentro de México, gol a gol, rechazo tras rechazo, sin atajos.

 Es literalmente el Azca Aguirre se guarda bajo la manga. La ficha que el Vasco reserva para el momento en que el partido se cierre, los defensas se cansen y haga falta a alguien que solo sepa hacer una cosa, empujar la pelota al fondo de la red. Y ese momento llegó antes de lo que muchos esperaban. El 11 de junio de 2026, en el estadio Banorte, el Viejo y Eterno Azteca, México abrió la Copa del Mundo frente a Sudáfrica ante más de 80,000 almas.

 Y antes incluso de que rodara el balón, una imagen se robó las cámaras. El himno sonó a capela en la voz de Alejandro Fernández y mientras la transmisión recorría los rostros de la selección, se detuvo en uno que no podía contener la emoción. Era la hormiga con los ojos llenos de lágrimas. A su lado, igual de quebrados, lloraban Gilberto Mora y Obet Vargas.

 Tres debutantes, tres historias, el mismo llanto, pero el de la hormiga tenía un peso distinto porque esas lágrimas eran el desahogo de años de no, de años de silencio de la selección, de años escuchando que era demasiado pequeño, demasiado tarde, demasiado poco. Y entonces, con el partido por cerrarse, Aguirre hizo la señal.

 sacó nada menos que a Raúl Jiménez, que minutos antes había marcado entre lágrimas su primer gol mundialista y metió a la hormiga en su primer partido de Copa del Mundo. Y aquí hay un detalle que dice más que 1000 palabras. El Vasco lo eligió a él y no a delanteros con más cartel como Santiago Jiménez.

 En ese cambio, Aguirre mandó un mensaje silencioso pero clarísimo. Confío en el chavito en el que todos alguna vez dudaron. Él es la carta escondida de México. Lo que se espera de él. Fueron pocos minutos, apenas un puñado al final del partido. No marcó, pero ya había logrado lo más importante, pisar el céspe de una copa del mundo en su país con la camiseta verde sobre el pecho.

 Y sin embargo, ahí no termina nada. Ahí en realidad empieza la verdadera presión porque a partir de este punto la historia deja de ser sobre lo que la hormiga ya hizo y se vuelve sobre lo que México espera que haga. Y lo que se espera de él en tres frentes distintos es enorme. Lo primero, lo más inmediato, es lo que se espera de él en este mundial y tiene un nombre muy concreto, goles.

 Aguirre no lo llevó para que fuera titular ni para que cargara el equipo sobre sus hombros. Lo llevó para tenerlo al acecho, como esa carta que se juega cuando el partido se atora. En cualquier encuentro en el que Julián Quiñones o Raúl Jiménez no aparezcan con la pólvora encendida, en el que el gol no llegue y el reloj empiece a pesar, ahí estará la hormiga calentando a un costado de la cancha, esperando la señal del Vasco para entrar y hacer lo único que ha sabido hacer toda su vida.

 Oler el área, aparecer donde nadie lo espera y empujar la pelota al fondo de la red. Ese es su papel, ese es su momento. Lo segundo es lo que se espera de su futuro con la selección y va mucho más allá de estos partidos. Porque México arrastra una herida vieja, la falta de un [carraspeo] goleador propio formado en casa, que se vuelva referente de verdad.

 El país ha tenido cracks, pero un nueve mexicano de cantera que mande de forma duradera escasea de manera dolorosa. Y la afición ya no ve en la hormiga a un debutante de circunstancia, sino al posible heredero de ese trono vacío. Lo que se espera de él es que este mundial sea apenas el primer capítulo, que se asiente como el delantero titular del tri por los próximos años y que llene por fin ese hueco que nadie ha sabido tapar.

 Y lo tercero es Europa. Él no lo esconde. Ha dicho con todas sus letras que jugar en el viejo continente es un sueño que carga desde niño y que si tras el mundial llega una oferta, le escucharía con calma, sin descartar siquiera no volver a Chivas, el club de sus amores. Lo que se espera de él tarde o temprano es justamente ese salto, el mismo que ya dio Obed Vargas rumbo al Atlético de Madrid, porque un goleador de su edad y de su olfato no está hecho para quedarse. Mundial.

 Para él es el trampolín perfecto, un escaparate gigantesco donde una buena actuación, aunque sea breve, puede dispararlo directo al fútbol con el que soñaba cuando lo rechazaban por pequeño. Ahí está lo hermoso y lo terrible de su situación, porque toda esa expectativa es al mismo tiempo una [carraspeo] losa pesadísima.

 Si aprovecha sus minutos y empuja una pelota decisiva en un mundial en casa, pasará de ser el chico al que rechazaron a hacer leyenda y la apuesta de Aguirre se recordará como una genialidad. Pero si el torneo pasa de largo sin que deje su huella, los escépticos saldrán a cobrar factura. Y este país, que sabe construir ídolos con una mano y enterrarlos con la otra, podría convertir su sueño en pesadilla.

Ya lo vimos, sin ir más lejos, con el propio Brian Gutiérrez, al que el escenario le pesó en cuestión de minutos. Pero pase lo que pase, hay algo que nadie podrá quitarle. Este muchacho no eligió cargar con la sede de Gol de toda una nación. Cumplió dos de sus tres sueños de niño antes de los 24 años. contra todo pronóstico.

 Y la base de la leyenda ya está puesta. La puso un niño al que llamaron hormiga porque era pequeño, sin saber que las hormigas son justamente las que terminan moviendo montañas. Debate en redes. Cuando se confirmó la convocatoria de la hormiga al mundial, las redes sociales del fútbol mexicano se convirtieron en un campo de batalla y como siempre, las trincheras se dividieron entre el corazón y la cabeza.

 Del lado del corazón estaban los que vieron en su historia un triunfo de la justicia. Alguien escribió, “Rechazado por Flaco a los 12 años, jamás convocado a una sub-17 y hoy en un mundial en su casa a punta de goles. Si esto no es meritocracia, no sé que lo sea. La hormiga se ganó cada minuto.” Otro remataba, “Me identifico con este morro, el que sale de abajo, al que nadie ve y termina callándoles la boca a todos.

Bienvenido al mundial, hormiga.” Pero del lado de la cabeza, los escépticos no se quedaron callados. Uno de los comentarios más compartidos decía, “Con todo respeto, seis partidos con la selección no te dan para un mundial. Lo subieron al avión por el jaí de Rock Nation. No por nivel, ojalá me equivoque. Y otro más ácido.

 Mientras un goleador de la Liga MX nos vuela la cabeza, en Europa hay nueves mexicanos sufriendo de verdad. Cuidado con confundir moda con realidad. Y luego estaba el tema que más arde, el bicampeonato perdido. Duele en el alma. Un mexicano a dos goles de igualar a Borgetti y al final la corona se queda con un naturalizado.

 Así está nuestra liga regalando a los extranjeros lo que debería ser de los nuestros, escribió un aficionado resumiendo la frustración de miles. La respuesta no se hizo esperar. No le echen la culpa a Joa o Pedro. La culpa es de un fútbol que durante años no supo ver a la hormiga teniéndola enfrente metiendo goles.

 Llegó tarde porque lo hicieron llegar tarde. Tampoco faltó quien lo comparó con sus compañeros de generación. Mora es el prodigio. Obet ya está en el Athletici. A Brian le pesó la camiseta en el debut y resulta que el único goleador de verdad, el que se hizo solito en México, lo tienen sentado. Aguirre, mete a la hormiga.

 El comentario explotó en interacciones y entre todos esos mensajes hubo uno que muchos retomaron porque resumía el sentir de un país partido en dos. No sé si la hormiga será figura del mundial o ni siquiera juegue. Lo que sé es que un niño al que rechazaron por pequeño hoy llora cantando el himno en una copa del mundo en su casa.

 Y eso, pase lo que pase, ya nadie se lo quita. Y ahora la decisión deja de pertenecerle a Javier Aguirre y empieza a pertenecerte a ti. Después de conocer toda esta historia, el rechazo de niño, el silencio de las elecciones juveniles, los seis técnicos, el bicampeonato que se le escapó por dos goles, el llanto en el himno y la apuesta del Vasco, solo queda hacerte la pregunta que de verdad importa.

 ¿Crees que Javier Aguirre acertó al guardarse a la hormiga González como su as bajo la manga para el mundial o le quitó el lugar a alguien que lo merecía más? Piénsalo bien antes de responder, porque el fútbol, en el fondo, no se trata solo de talento, ni de estadísticas ni de listas de convocados. Se trata de oportunidades, de esos instantes en los que la vida de un muchacho puede cambiar para siempre por una decisión que muchas veces no toma él, sino los adultos que tienen el poder de abrirle o cerrarle la puerta. A la hormiga se la cerraron

muchas veces, de niño, por pequeño, de juvenil, con el silencio de un tri que nunca lo llamó. Y aún así, gol a gol, terminó abriéndola el mismo, a empujones, como las hormigas abren camino donde nadie creía que se podía. Ojalá este país aprenda algo de su historia. Ojalá no lo conviertan en villano si el balón no quiere entrar, ni le carguen un fracaso que jamás será solo suyo.

 Y ojalá, sobre todo, que el fútbol mexicano no vuelva a tardar tanto en ver a los que tiene enfrente, porque por cada hormiga que logra colarse, pese a todo, hay decenas de talentos que se quedaron en el camino esperando un llamado que nunca sonó. Esa quizá es la verdadera lección, que el talento puede imponerse incluso al desdén, pero no debería tener que hacerlo solo.

 Y si la historia de la hormiga te dejó pensando lo que significa pelearla desde abajo para colarse a un mundial, espera a conocerla del otro lado de la moneda. Porque mientras México por fin celebra a un goleador nacido en casa, hay otro delantero en esa misma selección que llegó por un camino completamente opuesto.

 Un hombre que nació descalzo en una zona de guerra en Colombia al que su propio país jamás volteó a ver y que terminó coronándose rey de goleadores por encima de Cristiano Ronaldo antes de elegir a México como su patría. Traición, conveniencia o la historia de amor más mexicana que existe. Esa historia es tan polémica como esta y te la dejamos aquí.

 A continuación no te la puedes perder. Es la de Julián Quiñones. M.

 

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