Arnulfo González: El Corrido Del Hombre Que Desafió A La Autoridad

Hiciste bien, porque en Allende, en ese verano de 1925, no había otro camino. O bajabas la vista o te buscabas un problema que nadie te iba a ayudar a resolver. Usted ha vivido eso, ver como alguien con poder hace lo que quiere con lo que es suyo, con su gente y no poder hacer nada. Porque el que está enfente tiene la ley de su lado, porque gritar tiene un precio que no puede pagar.

Si estas historias le duelen porque le recuerdan algo que usted vivió, suscríbase, dale a la campanita para que no se le pierda ninguna. Vamos para dentro. Arnulfo González Muñoz, 22 años. Hijo de una familia de panaderos y lecheros, gente de trabajo, no de armas. Pero Arnulfo era distinto. Tenía la Fortinga, un Fort, el primer vehículo motorizado de Allende, el primer transporte de pasajeros del municipio, los caminos entre Allende y nueva rosita, entreende y piedras negras, polvo, calor, piedras que revientan las

llantas. Arrancaba antes del amanecer, terminaba cuando ya oscurecía. Se lo ganó solo con sus manos, sin pedirle nada a nadie. Arnulfo había trabajado en la mina aarco de Nueva Rosita antes de la Fortinga. Turno completo. Seis días a la semana con la cara negra de carbón, las manos hechas.

Con hermano alcalde no hacía falta. Pero Arnulfo no era de los que esperan que alguien les allaneo. Quería lo suyo, ganado con sus manos. sin deberle nada a nadie. Su hermano Eliseo era el alcalde, 4 años en el cargo. Con hermano alcalde y apellido respetado, Arnulfo podía haberse quedado cómodo. No lo hizo y ese mismo que no se quedó cómodo, no iba a quedarse callado.

Cuando supo lo del teniente, fue derecho a ver a Eliseo. encontró en el palacio municipal con los papeles del día encima, la cara cansada de quien carga todo. Arnulfo le contó sin adornos. Eliseo lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando Arnulfo terminó, Eliseo se levantó, fue a la ventana, miró la calle un momento largo.

No puedo meterme con los federales. Arnulfo no dijo nada. Así está la ley. La autoridad civil no puede. Ya sé cómo está la ley. Silencio. Eliseo tenía el cargo, tenía el palacio, tenía el sello del gobierno en el escritorio y no podía hacer nada. Los mismos que hicieron la revolución para acabar con los que abusaban, eran ahora los que abusaban.

Y nadie podía decirles nada. Eso era el México de 1925 en los pueblos del norte. Arnulfo se fue sin despedirse. Eliseo se quedó solo en el palacio. Miró el sello sobre el escritorio, el que decía presidente municipal. Lo recorrió con el dedo y no sirvió de nada. Unos días después llegó a la casa de Arnulfo.

Traía algo, una pistola calibre 32, usada, bien cuidada. La puso encima de la mesa sin decir nada. Arnulfo la miró, la tomó, la sopesó en la mano. Y esto para que no andes sin nada. Arnulfo la metió en el cinto. No era un regalo, los dos lo sabían. Era lo único que el alcalde de Allende podía darle a su hermano. Pasaron semanas, el teniente siguió.

Una tarde, Arnulfo llegó a la nevería y Braulio estaba ahí de pie junto a la mesa de Rosario hablándole despacio. Rosario miraba la mesa con las manos apretadas en el regazo. Arnulfo se paró en la puerta. Braulio lo vio. No se movió. No cambió el gesto, solo lo miró como diciéndole, “¿Y tú qué vas a hacer?” Arnulfo sintió el peso de la 32 en el cinto y no hizo nada porque meterse con ese hombre no era un duelo entre iguales.

Braulio tenía uniforme, tenía grado, tenía al pueblo acostumbrado a bajar la vista. Por eso sonríó que ese aguante tenía fondo. Arnulfo se fue con el coraje adentro. Había días en que llegaba a su casa y se quedaba sentado en el patio con el sombrero en las rodillas mirando la tierra. Rosario lo veía desde adentro, cerraba los ojos y seguía.

Una noche llegó tarde. Hoy en la plaza le dijo a un muchacho que bajara los ojos. El muchacho los bajó y yo estaba ahí mirándolo. Rosario no dijo nada, que el siguiente podía ser cualquiera. En los caminos entre Allende y Nueva Rosita no había tenientes, no había uniformes, solo el polvo, el calor y el ruido del motor. En esos caminos era libre.

en el pueblo ya no buscaba con los ojos a Braulio, pa saber dónde estaba. Eso se hace cuando uno sabe qué va a pasar. Un hombre de Allende lo vio y se persignó. Dos días antes del 30 de julio, Arnulfo fue a la misa. La gente rezó. Arnulfo no rezó con los ojos en el Cristo de la pared. ¿En qué piensas? En nada. Rosario supo que era mentira y Arnulfo caminó despacio.

Como quien quiere que el camino dure. Rosario se quedó mirando el techo. 30 de julio de 1925. Dejó la fortinga, se lavó la cara, la 32 en el cinto. Llegó a la nevería, lo esperaba Rosario y el teniente también estaba ahí. Todos sabían lo que podía pasar y nadie había dicho nada. Meterse en el problema de Braulio García era un lujo que nadie podía pagar.

Braulio levantó los ojos, lo vio y no los bajó. El acoso él no puedo meterme con los federales. La pistola encima de la mesa sin palabras. Todo eso en esa mirada. ¿Qué me ve? La vista es muy natural. Tres pasos. Le pegó con la 45 en la cara. Arnulfo cayó. Rosario se levantó a medias. Braulio la miró y ella volvió a sentarse.

Puso las manos en el piso, empujó, se levantó. Nadie en Allende se levantaba así. Rosario cerró los ojos. Cuando los abrió, Arnulfo ya estaba de pie. con la 32 en la mano y ya no había nada que hacer. Oiga, no se vaya, falta mi contestación. Se agarraron a balazos. Se agarraron frente a frente.

Arnulfo con su pistola tres tiros le dio al teniente. La 32 de su hermano, Braulio García Torres, cayó en la calle real. Solo el ruido de la noche de Coahuila. Oiga, no se vaya. Acábeme de matar. Arnulfo ya había ganado. Podía irse. Arnulfo González se dio la vuelta. Un hombre no deja a otro boqueando. Eso no se discutía, eso se hacía.

En esa vuelta, Braulio todavía tenía fuerzas y disparó. Lo cargaron en la fortinga. Braulio murió a las 8:15. Arnulfo a las 8:30, 15 minutos entre los dos, frente a su hermano, el alcalde, el que no pudo hacer nada más. Al día siguiente, Eliseo firmó el acta de defunción de su hermano. Heridas con arma de fuego. 22 años.

Cuánto tiempo mirando ese papel. El que lo único que pudo darle fue una pistola calibre 32, la misma que quedó en el suelo de la calle real, ya sin dueño, y salió a recoger los panfletos. Esa noche Eliseo no durmió. con una taza de café que se fue enfriando, pensó en la pistola en el momento en que la puso encima de la mesa, esperando que su hermano la tomara.

La tomó y Eliseo pensó, “¿Qué hubiera pasado si no la hubiera puesto?” Esas preguntas no tienen respuesta, pero se quedan años, décadas. Narciso Zapata escribió el corrido esa misma noche con el olor a pólvora en el aire. Lo repartió por Allende. Eliseo fue de puerta en puerta, los recogió todos. No quería que circulara. Nunca explicó por qué.

Nadie lo sabe. Él se lo llevó. y Rosario, la que no pudo hacer nada. Dicen que se fue de Allende, que no volvió, solo quedó en esa estrofa. Vuela, vuela, palomita, pasa por los minerales. Anda a avisarle a Rosita que murió Arnulfo González. Hay cargas que no caben en ningún acta. Eliseo González las cargó el resto de su vida.

El corrido escapó igual. Pasó de mano en mano, de rancho en rancho. Piporro lo cantó riéndose. Antonio Aguilar lo cantó con el peso que tenía. La letra original tenía 20 estrofas. Nadie las ha grabado completas, ni el nieto del compositor. Había una que no cantaban en los discos, la cantaban en las cantinas. En Allende hay buenos gallos.

El que no lo quiera creer, noás no revuelva el agua, que así se la ha de beber. ¿Por qué ese corrido no se suelta? Porque cuando la gente lo escucha, no oye solo a un muchacho en una nevería, oye a sí mismo en ese momento donde tenía razón y no podía usarla. Hoy Allende se conoce en el mundo como la tierra de Arnulfo González, un muchacho de 22 años que se volvió el símbolo de un pueblo en el Panteón San Juan de Mata, bajo un pinabete antiguo, una tumba que lleva 100 años intacta y en algún cajón una pistola calibre 32

que un alcalde le puso a su hermano mano encima de la mesa porque era lo único que podía darle. Callada, sin usar lo que ese muchacho dejó en la calle real, que lo cobre Dios. Y el corrido hizo lo que pudo seguir sonando. 100 años y sigue. Si usted conoció a un hombre de ese código, déjelo abajo. El hijo desobediente, un muchacho de Jalisco que le dijo a su padre que se quitara y ese padre pronunció las palabras que no quería decir.

Y los espero.

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