Es 1932, son las 11 de la noche. La avenida San Juan de Letrán acaba de estrenar el primer rascacielos de México, el edificio de la Nacional, en la esquina con Venustiano Carranza. En el número 109, late la marquesina del Teresa. Del Pierrot a media cuadra se escapa una orquesta tocando Enamorada, un bolero recién grabado por un compositor veracruzano de 35 años y una cicatriz nueva en la mejilla izquierda.
Se llama Agustín Lara. Todavía no es el flaco de oro. Cuatro cuadras al sur, en el teatro Politeama, Toña La Negra canta ese mismo bolero cada noche a las 10. La banqueta huele a tabaco frío y a perfume barato. En este tramo hay siete cines encendidos, tres cabarets abiertos y una churrería que huele a canela.
Esta calle inventó un verbo para lo que la gente viene a hacerle, San Juanear. 53 años después, ese mismo pedazo de banqueta amanece cubierto de concreto pulverizado. Un edificio de seis pisos se colapsó de madrugada sobre la avenida. Adentro había un café que llevaba abierto desde antes de la guerra y esa calle para entonces ya ni siquiera se llama San Juan de Letrán.
Cómo la avenida más viva de México perdió su nombre, sus cines y su música por decisiones firmadas en tres despachos concretos. Retrocedamos. En los años 30, San Juan de Letrán era una calle vieja. tenía nombre desde 1548, cuando Fray Pedro de Gante fundó un colegio para mestizos que se llamaba precisamente Colegio de San Juan de Letrán.
La calle se llamaba así porque el colegio estaba ahí. Era la lógica de la ciudad colonial. Los edificios daban el nombre a las calles, no al revés. El colegio duró casi cuatro siglos. En 1933 llegó la piqueta. La ciudad de México quería una gran avenida, un boulevard como los de París o los de Nueva York. San Juan de Letrán medía apenas unos metros de banqueta a banqueta y era imposible pasar dos coches sin rozarse.
El proyecto era ambicioso, ensancharla a 35 m de paño a paño, hacerla la vía más importante de América Latina y unirla con niño perdido hacia el sur para atravesar toda la ciudad. El plan era serio, todo lo que estorbaba tenía que caer. Cayó el colegio de San Juan de Letrán, el que le daba nombre a la calle.
Cayó el templo y convento de Santa Brígida. Cayó la capilla del divino Salvador. Cayó el viejo hospital de naturales, fundado en 1553 para atender a los indios de la ciudad. Nadie lo defendió. Solo el arquitecto Vicente Mendiola alcanzó a rescatar la portada del hospital y la montó, piedra por piedra, en la casa de un secretario de Hacienda en San Ángel. Ahí sigue.
Nadie escribió una carta al periódico y en poco tiempo la avenida quedó terminada, ancha, moderna, iluminada. En 1932, un año antes de las demoliciones, ya se había levantado en la esquina con Benustiano Carranza, el primer rascacielos mexicano, el edificio de la Nacional. La avenida empezaba a parecerse a lo que sus proyectistas soñaron y entonces se convirtió en el corazón de la ciudad.
El cine Teresa había abierto sus puertas en 1924. El ensanche de la avenida se llevó también su edificio original. Pero en 1942 el ingeniero y arquitecto Francisco J. Serrano lo reconstruyó desde cero en el número 109 de la avenida. El Nuevo Teresa se inauguró el 9 de junio de ese año.
Tenía capacidad para 3105 personas: vestíbulo de mármol, barandales de cristal, bronce, madera fina. Una réplica de la Venus de Canova recibiendo a los asistentes. El público lo llamaba el cine de las damas metropolitanas. Ahí se estrenaba lo mejor del cine de oro. Ahí se veía a Pedro Infante en pantalla y con suerte en la banqueta a la salida.

Buuel grabó la marquesina del Teresa en una toma fugaz de los Olvidados en 1950. Está ahí congelada en celuloide para quien quiera verla. No era el único cine. En cuatro cuadras coincidían el Mariscala, más al norte entre donceles y República de Cuba, el Princesa a la altura de República de Uruguay.
El Alameda sobre Avenida Juárez, esquina con la propia San Juan de Letrán. Más adelante llegaría el cine latino en reforma, pero en el mismo circuito. La avenida era un pasillo de marquesinas. En una sola noche podías ver un noticiero de la metro, después un estreno mexicano y todavía llegar al cabaret. Los cabarets estaban ahí mismo.
En la parte alta de San Juan de Letrán operaba el Pierrot. En Santa María la Redonda, que hoy es el tramo norte del eje central, estaba el salambó. Ahí, en el Salambó, en 1927, un tenor famoso llamado Juan Arbizu escuchó por primera vez a un pianista flaco que tocaba boleros de su propia autoría.
Le pareció que ese muchacho tenía algo, lo contrató, lo llevó a la radio. Ese muchacho era Agustín Lara. Lara cruzaba San Juan de Letrán todas las noches. Los cabarets de la avenida y de sus alrededores fueron su universidad y su casa. Componía canciones en las mesas. Escribía la letra de farolito bajo una lámpara oxidada que iluminaba la calle donde vivía.
La letra de mujer la garabateó en la tapa de una caja de zapatos. Según el mismo contual periódico El Universal Ilustrado, en 1935. Toña La Negra debutó en Cabaret en 1929. Y para los años 30 ya se presentaba en el teatro Politeama, frente a las bizcaínas, a un lado de la propia San Juan de Letrán.
Pedro Vargas, María Luisa Landín, los Panchos, todos pasaban por ahí. Cantinflas y Tintán cruzaron esas banquetas antes de ser famosos. Y la avenida no era solo para las estrellas. Un vecino de Salamanca, Guanajuato, que subía a la capital en los 50, lo dejó por escrito. Se compraba en San Juan de Letrán, se comía en el Café La Blanca, se dormía en el hotel París.
Todo cabía en cuatro cuadras. Los fotógrafos ambulantes ofrecían la postalita instantánea. Otros pregonaban billetes de lotería. Al pasear por ahí, uno estaba en el ombligo del país. En 1935, el mismo gobierno que había abierto la avenida al automóvil ya había firmado un reglamento nuevo para los cabarets y salones de baile.
Casi nadie lo tomó en serio. Se cumplía a medias, se corregía a medias, se olvidaba a medias, pero ahí estaba. Y en 1954, con el regente Ernesto P. uruchurtu, recién nombrado, empezaron a cerrarse los cabarets. Al principio fueron los de otras zonas, después llegaron los grandes. En reforma a una cuadra de la avenida, el guaquiikquí de José Moselo, el más famoso de todos, fue clausurado ese mismo año, después de casi dos décadas de funcionar.
En sus escenarios habían pasado María Félix, Jorge Negrete, Pedro Infante, el propio Lara con su hora azul. Uruurtu había impuesto que los centros nocturnos de segunda cerraran a la 1 de la mañana. La ciudad estaba entrando en su fase moral y en las madrugadas de San Juan de Letrán ya se oía el silencio de puertas cerradas antes de tiempo.
En 1956 se inauguró en la esquina con Madero la Torre Latinoamericana, 181 m, 44 pisos, el edificio más alto del continente fuera de Estados Unidos. Fue el aplauso final. La avenida coronaba su época dorada con un rascacielos de cristal y aluminio apoyado en 361 pilotes hundidos a 33 m de profundidad.
Ahí arriba uno podía asomarse y ver todo el escenario. Los neones, las marquesinas, los carritos, la gente que sanjuaneaba y desde ahí, casi sin darse cuenta, iba a empezar la caída. La caída no llegó en un día. Se instaló despacio, decisión sobre decisión. Uruurtu se quedó como regente hasta 1966. 14 años de política moralizante que fueron vaciando las noches del centro.
Cerró burdeles, impuso horarios, persiguió lo que él llamaba lugares de escándalo. Muchos capitalinos lo aplaudieron. La ciudad se limpiaba, otros no. Los cabarets no volvieron. Los músicos migraron a Acapulco y a Ciudad Juárez. La bohemia se dispersó. Los cines aguantaron un poco más. sostenidos por el cine de oro.
Los cabarets del bolero fumado, ¿no? Y en 1976 llegó al gobierno de la ciudad Carlos Hank González. Hank tenía un proyecto, ejes viales, un rediseño completo del tránsito capitalino, una malla de avenidas rápidas, sin curvas, sin variantes, sin nombres locales. Para hacerla funcionar había que borrar la ciudad anterior.
En 1978 firmó el decreto que unificaba nueve calles en una sola. San Juan de Letrán, Niño Perdido, Panamá, Ruiz de Alarcón, Aquile Cerdán, Gabriel Leiva, Santa María La Redonda, Ajusco, Abundio Martínez. La suma se llamó eje central Lázaro Cárdenas en honor al presidente que gobernó México entre 1934 y 1940.
Cuatro siglos de nombre borrados con una firma. El 25 de junio de 1979 se instauró el sistema. Casas expropiadas, familias desalojadas, árboles arrancados. Nadie fue consultado. Sobre Hank empezó a correr entonces una frase que se decía en mesas y camiones. Nos quitó todo, menos nuestra rabia.
Y aquí viene un dato que casi nadie recuerda. El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana un terremoto de 8.1 gr en la escala de Rter sacudió la Ciudad de México. Jacobo Sabludowski, el periodista más escuchado del país, entró en su automóvil con un teléfono móvil recién instalado y empezó a narrar la destrucción en directo.
Durante horas describió la ciudad devastada al aire libre. Cruzaba avenidas, pasaba junto a edificios derrumbados, contaba lo que veía y cuando llegaba al tramo que iba de Isasaga a Madero, no decía eje central, decía San Juan de Letrán, una y otra vez en vivo en cadena nacional. 7 años después del decreto de Hank González, que había abolido ese nombre, el periodista con más audiencia de México le llamaba con el que la ciudad se sabía. Nadie le preguntó nunca por qué.
Quizá por costumbre, quizá porque en un pedazo de banqueta cubierta de escombros, la palabra vieja pesaba más que la nueva. Ese fue el gesto más silencioso de resistencia urbana de una ciudad entera. Pero fue también para muchos el rekiem, porque mientras Sabludowski la nombraba, la avenida se venía abajo.
En la esquina de la propia San Juan de Letránco, en la calle Victoria, un edificio de seis pisos se derrumbó por completo. En la planta baja funcionaba un café que llevaba más de 50 años atendiendo desayunos desde las 7 de la mañana, el café Superleche, frente a la Torre Latinoamericana. Los escombros llegaron hasta la mitad de la avenida.
Las fotografías de los hermanos Mayo, hoy en el Archivo General de la Nación muestran esa esquina convertida en paisaje de guerra. Unas cuadras más al norte, sobre la calle Iturbide entre Juárez y artículo 123, otro edificio se vino abajo. Adentro había un plantel del CONALEP, una guardería y oficinas de la Secretaría de Gobernación.
Al menos 120 personas perdieron la vida ahí. Al fondo de una foto emblemática se ve en el palacio chino y las oficinas del diario El Universal. La avenida de los cines y los cabarets ya estaba tocada de muerte. El sismo terminó de tumbarla. Después del temblor, la ciudad hizo lo que pudo. Recogió escombros, enterró a los suyos, levantó lo que pudo levantar.
Otros edificios quedaron a medias durante años. Algunos siguieron cayéndose por réplicas y por deterioro. En muchos predios donde antes había un café, un cine o una cazona, no se construyó nada, quedó el hueco. Y el hueco en el centro de la ciudad siempre se llena. Se llenó compuestos vendedores de cassetes primero, después de discos compactos, después de celulares desbloqueados, después de accesorios chinos, después de cargadores, memorias, USB, reparaciones express.
En los edificios que quedaron en pie, las vecindades se dividieron en cientos de locales de 3 por 2 m. En una sola manzana llegaron a operar 900 comercios de tecnología pirata o mayorista. Según los propios locatarios entrevistados por medios como la silla rota, el cine Teresa aguantó lo que pudo. En los años 80 y 90, ya sin público suficiente para las funciones familiares, miró hacia el cine para adultos.
Aguantó otra década así, medio clandestino, medio tolerado. Sus dueños programaron películas pornográficas como último intento de mantener las puertas abiertas. En 2010 cerró. El imba no movió un dedo para salvarlo, pese a que el edificio estaba catalogado como patrimonio cultural del siglo XX. Ni el gobierno de la ciudad ni el gobierno federal impulsaron un plan de rescate.
Hoy el cine Teresa es una plaza comercial llamada Centro Cel Teresa. Se venden fundas para celular donde antes proyectaban a Pedro Infante. Dos salas pequeñas al fondo funcionan como sedes alternas de la Cineteca nacional. Es lo único que quedó del cine para 3105 personas que Francisco J. Serrano levantó en Art de Co. El cine Mariscala, unas cuadras al norte, quedó abandonado. Sigue en pie, pero cerrado.
Los vecinos lo miran a diario esperando saber si algún día lo rescatan. El cine Princesa en la esquina con Uruguay hoy es la plaza de la tecnología. El cine Odeón en la parte norte fue demolido en los 70 durante la ampliación de paseo de la reforma. El cine Alameda sobre Juárez quedó reducido a una fachada que sostiene un restaurante.
El cine Isabel frente a Garibaldi cambió tantas veces de dueño y de giro que ya nadie recuerda para qué se construyó. De los cabarets no queda nada, ninguna fachada reciclada, ningún letrero antiguo colgado como decoración, ni siquiera un pasillo interior que conserve el nombre del Pierrot. La única constante es la torre latinoamericana.
sobrevivió al sismo del 57, que tumbó al ángel de la independencia. Sobrevivió al sismo del 85. Sobrevivió al del 17. Sigue ahí en la esquina de Madero con sus 361 pilotes mirando la avenida que la vio nacer. En 1997, elbala declaró monumento artístico. En 2002, el empresario Carlos Slim compró ocho pisos como parte de su proyecto de recuperación del centro histórico.
La torre está bien cuidada, es de las pocas cosas en la avenida que sí lo están. En 1994 abrió el metro San Juan de Letrán, línea 8. La estación tomó el nombre viejo, como si el subsuelo se acordara, como si a la ciudad, que ya no podía decirle San Juan de Letrán a la calle, todavía se le permitiera decírselo a la estación.
Su logotipo es la silueta de la Torre Latinoamericana. Fue diseñada junto con la Plaza Victoria Centenario por el arquitecto Alberto Calach, el mismo que hizo la biblioteca Vasconcelos. Es una estación buena. Se aparece justo debajo de donde estaba el café Superleche. Nadie que baja del vagón sabe eso.
Efraín Huerta la llamó en un poema. La viva y venenosa calle de San Juan de Letrán. Era todavía los 70 y la avenida era otra distinta a la del bolero. Más pobre, más gritada, más de comercio, pero viva. José Emilio Pacheco la describió con detalle en las batallas en el desierto. Huele a tacos de canasta y de carnitas. a tortas compuestas, tepache, jugo de caña.
Escribió lámparas de quererosén, perfume barato, líquido para encendedores, dulces garapiñados, papel de periódico y revista del librito de versos de Antonio Plaza y novelita pornográfica. Todavía tenía vida propia, otra, pero propia. Después, José Joaquín Blanco escribió que había pasado de ser el ombligo de la luna a el ombligo del comercio informal.
Entre las dos frases hay 80 años y decisiones concretas. La de ensanchar en 1935, la de moralizar en los 50, la de renombrar en 1978, la de no rescatar el Teresa en 2010. Hoy, si uno camina por el eje central entre Isasaga y Madero, encuentra un mercado tecnológico incesante. Vendedores que interceptan al peatón cada 2 m, reparaciones exprés de pantallas rotas, cargadores por 40 pes.
Fundas de gel, pantallas OLED, cables HDMI, adaptadores USB tipo C, restaurantes de pizza por rebanada, puestos de churros, trolebuses eléctricos del corredor cero emisiones que desde 2009 son los únicos que pueden circular por ahí. Y sobre todo eso muy alto, la torre latinoamericana, indiferente y viva.
Los locatarios entrevistados por medios como la silla rota, describen algo curioso. Muchos llevan más de 20 años ahí adentro y le llaman a la zona por su nombre viejo. San Juan de Letrán, ni eje central ni Lázaro Cárdenas. San Juan de Letrán, aunque no lo hayan vivido, la palabra se hereda entre generaciones de vendedores que ni siquiera saben ya de dónde viene. Nadie escucha un piano.
Desde el piso 44 de la Torre Latinoamericana, esta noche la avenida es un río de luces rojas y blancas. Los rojos van hacia el norte. Los blancos vienen del sur. 12 pisos abajo, nadie escucha ya un piano y sin embargo la torre lleva siete décadas escuchando. Escuchó dentro de su cimentación de 361 pilotes, la primera piqueta que abrió el colegio de San Juan de Letrán en 1933.
Escuchó las orquestas del Pierrot y del Politeama repetir los boleros de Lara noche tras noche. Escuchó los últimos aplausos del buaikí antes del cierre de 1954. Escuchó sin altavoz la firma de Hank González al pie del decreto que borró nueve nombres de golpe. Escuchó 7 años después la voz de Jacobo Sabludowski salir por un teléfono móvil de coche llamando a la avenida por su nombre viejo.
Escuchó esa misma mañana como el edificio del café Superleche se venía abajo a 6 minutos de camino desde su base. escuchó décadas más tarde la persiana metálica del cine Teresa cerrándose en 2010 sin que ninguna oficina cultural del país descolgara el teléfono. Sigue escuchando. Ahora oye a un vendedor gritar. Reparación de pantalla.
El silvato de un trolebús eléctrico del corredor cero emisiones. La campana de un carrito de tamales. El eco de una vieja que le dice a su nieto que se apure, que vamos a San Juanear. El nieto no le pregunta qué quiere decir. Se acaba el churro y se apura. La palabra la va a repetir dentro de 40 años, sin saber muy bien de dónde salió.
La avenida no se murió por accidente, la borraron. La borró Han González en 1978 con la firma que unificó nueve calles bajo un nombre nuevo. La borraron los ejes viales de 1979 con sus expropiaciones. La borró Uruurtu antes con horarios que apagaron sus cabarets. La borró un temblor cinco décadas después con edificios que ni siquiera aguantaron una fachada y la borró ya al final.
El silencio institucional que dejó caer el cine Teresa sin mover un solo trámite para salvarlo. Pero abajo en el subsuelo, la línea 8 del metro tiene una estación que se sigue llamando San Juan de Letrán. Y arriba, 89 años después de que empezaran las obras del ensanche, un nieto en el Sanborns de Madero acaba de escuchar el viejo verbo de su abuela.
Hay palabras más duras de tumbar que las banquetas. Si alguien de tu familia tiene una foto en San Juan de Letrán en los 50 o en los 60, mírala esta noche. En el fondo puede aparecer una marquesina, un letrero, un carrito, un rostro. Cuéntanos qué ves en los comentarios. Los comentarios de este canal son de los pocos archivos vivos que le van quedando a esta avenida. M.