Norma Lazareno fue la inolvidable reina del grito, una actriz que durante más de siete décadas compartió pantalla con las máximas figuras de la época de oro y que hizo temblar a generaciones enteras con un solo gesto. ¿Qué son esa mujer es? Pero mientras millones la veían escapar de fantasmas en el cine, nadie imaginaba que años después tendría que enfrentarse al peor horror que puede vivir un ser humano.
Hoy, con más de 80 años, Norma Lazareno sigue de pie. Pero detrás de esa fortaleza existe una historia que muy pocas personas conocen y cuyos detalles salieron a la luz el día de hoy. Esta es la verdadera historia de Norma Lazareno, la mujer que hizo gritar a todo un país y que terminó enfrentando el dolor más grande que puede vivir un ser humano.
Lo que estás por conocer te va a impactar. de un premio de consolación a reina del grito. La historia empieza en la ciudad de México, un 5 de noviembre de 1939, cuando nació una niña llamada Norma Marina del Villar Silva, hija de Arnulfo del Villar y de Francisca Silva. Desde muy chica tuvo clarísimo lo que quería y no era un capricho pasajero, era una vocación que le ardía por dentro.
Así que, en vez de esperar a ser grande para perseguir el sueño de actuar, se metió de lleno a estudiar en la escuela de la Asociación Nacional de Actores La famosa Anda, donde empezó a foguearse junto a quienes con los años serían sus compañeros y también sus competencias. En 1953 adoptó el nombre artístico con el que el país entero terminaría conociéndola, Norma Lazareno.
Y apenas un año después, cuando tenía solo 14 años, debutó en el cine con la película Ciudad, estrenada en 1954. Le dieron un papel secundario y con esa honestidad que la ha acompañado toda la vida, ella misma contó años después que ese papel había sido en realidad un premio de consolación porque había perdido el personaje principal que tanto quería.
Fue su primer golpe, el primero de muchos y también la primera prueba de algo que definiría su carácter, que a Norma Lazareno los golpes nunca la detuvieron, solo la hicieron trabajar más duro. A los 15 años ya estaba también en la televisión que apenas nacía, apareciendo en el programa Variedades de mediodía junto a nombres como Héctor Lechuga, Manuel el Loco Valdés y Leonorilda Ochoa.
Y durante toda esa década de los 50 fue haciendo de todo. pequeños papeles, apariciones, concursos de belleza en los que llegó a ser finalista de Señorita México en 1958. Siempre construyendo, siempre sumando, siempre a la espera de esa oportunidad grande que tarda en llegar, pero que cuando llega lo cambia todo.
Durante varios años fue lo que en el medio llaman una actriz secundaria, una cara bonita que aparecía y desaparecía, alguien de quien nadie habría apostado que terminaría convertida en una leyenda. Y entonces, en 1968 llegó el papel que partió su carrera en dos. Se llamaba Hasta el viento tiene miedo, una película dirigida por el maestro Carlos Enrique Taboada.
Y Norma Lazareno era la protagonista. Nadie imaginaba ni ella misma que aquella cinta se iba a convertir en una obra de culto, en una de las mejores películas de terror que ha dado el cine mexicano, en un clásico absoluto que generaciones enteras seguirían viendo décadas después. Con ese papel, Norma dejó de ser una actriz más para convertirse en un icono, en un rostro imposible de olvidar y, sobre todo en la dueña de un grito que se volvería su marca registrada para siempre, porque después de hasta el viento tiene miedo
llegaron, una tras otra las películas que la coronarían dentro del género. El libro de piedra, La horripilante bestia humana, La muñeca perversa, la endemoniada. Títulos que hoy son piezas de colección para los amantes del terror mexicano y que le dieron a Norma el apodo que todavía conserva con orgullo, el de la Reina del Grito.
Una de las poquísimas actrices mexicanas que han merecido esa terminología reservada para las grandes damas del miedo. Su capacidad para transmitir angustia, para hacer sentir el pánico desde la pantalla, para gritar de una manera que se te quedaba grabada, la convirtió en un referente que hasta el día de hoy nadie ha logrado destronar.
Y hay que detenerse un momento en hasta el viento tiene miedo porque no fue una película más, fue un fenómeno que marcó a fuego la memoria colectiva de este país. Aquella historia de un internado, de secretos, de fantasmas y de castigos, filmada con la maestría de Taboada, se volvió una de esas cintas que los mexicanos se pasan de generación en generación, que se vuelven a ver cada Halloween, que se citan, que se homenajean y que hasta se han querido reversionar sin lograr jamás igualar la original. Y en el centro de todo eso
estaba Norma con su rostro, con su presencia y con ese grito capaz de herizarte la piel, un grito que se convirtió en patrimonio del cine mexicano y que ella misma décadas más tarde tendría el privilegio de volver a lanzar. Pero sería un error pensar que Norma Lazareno solo hizo terror porque su carrera es muchísimo más ancha que eso.
A lo largo de su vida acumuló cerca de 104 películas, decenas de telenovelas, un montón de obras de teatro y numerosos programas de televisión en una trayectoria tan larga y tan variada que cuesta resumirla sin que suene exageración. Trabajó al lado de las máximas figuras del espectáculo mexicano. Compartió escenario y set con Silvia Pinal, con Gonzalo Vega, con Ignacio López Tarzo, con Luz María Aguilar.
e incluso llegó a interpretar a la madre del propio José José en la película Gavilano Paloma, quedando así entrelazada para siempre con otra de las grandes leyendas trágicas de este país. Y hay una decisión tomada en el momento justo que dice muchísimo sobre quién es Norma Lazareno. Cuando el cine mexicano empezó a cambiar en los años 70 y 80 y muchas actrices de su generación migraron al llamado cine de ficheras, ese género de comedias picantes que se puso de moda y que dio de comer a media industria, Norma decidió no hacerlo.
decidió quedarse afuera. Decidió que ese no era el tipo de carrera que ella quería construir. Años después le explicó sin dramatismo, diciendo simplemente que no era el camino que deseaba para sí misma. Y aunque esa decisión pudo haberle costado trabajo en su momento, con el tiempo se volvió una de las razones por las que hoy se le respeta tanto.
Y hay algo más que hace a Norma Lazareno una figura única en el panorama actual, algo que el tiempo se ha encargado de subrayar. Y es que se ha convertido en una de las últimas grandes figuras vivas de aquel cine mexicano clásico, en una de las poquísimas testigos que quedan de una época dorada que ya no existe.
Los foros donde filmó ya cerraron, los directores que la dirigieron ya murieron, muchos de los galanes y de las divas con los que compartió cartel hace tiempo que se fueron y ella permanece como una memoria viva, como un puente entre aquel México en blanco y negro y el de las plataformas digitales, cargando sobre sus hombros la responsabilidad de recordar, de contar, de mantener encendida una llama que se apaga cada vez que se va uno de los suyos.
Mientras el cine perdía fuerza, ella encontró refugio en la televisión. Protagonizó telenovela tras telenovela. y luego se consolidó en el teatro, que terminaría siendo el gran amor de su vida profesional. Ahí, sobre las tablas, protagonizó una de las obras más exitosas de su carrera, la señora presidenta.
Una puesta en escena que se mantuvo cerca de 7 años en cartelera, una cifra que muy pocos artistas alcanzan y que confirma lo que ya para entonces era evidente, que Norma Lazareno no era una moda ni un momento, sino una fuerza de la naturaleza capaz de sostenerse arriba de un escenario mientras el mundo entero cambiaba a su alrededor. Nada.
En ese momento hacía pensar que la vida le tenía preparado el golpe más duro de todos, el día en que se le acabó el mundo. Y aquí es donde la historia cambia de color, porque el declive de Norma Lazareno no fue artístico, no fue una cuestión de papeles que dejaron de llegar ni de un público que la olvidó. Fue algo mucho peor, algo que ninguna carrera puede compensar, un golpe emocional tan brutal que la dejó de rodillas y del que en el fondo nunca terminó de levantarse por completo.
Fue el peor día de toda su vida. Alrededor de 1975, durante la filmación de la película Supervivientes de los Andes, Norma había conocido al actor y abogado Pablo Ferrel, con quien se casó ese mismo año y con quien procreó en octubre de 1977 a la única hija que tendría en su vida, Paulina Lazareno. Paulina creció y siguió los pasos de su madre.
También quiso ser actriz, también empezaba a asomar la cabeza en el medio y era, para Norma, mucho más que una hija, era su razón de existir, su compañera, el centro exacto alrededor del cual giraba todo lo demás. El 28 de junio de 1997, la vida de Norma Lazareno se rompió para siempre.
Paulina, que tenía apenas 19 años, murió en un accidente automovilístico. Y como si perdiera una hija tan joven no fuera ya lo más devastador que puede pasarle a una madre, la manera en que Norma se enteró fue de una crueldad casi imposible de imaginar. Según ha contado ella misma en distintas entrevistas a lo largo de los años, la noticia le llegó por la radio.
Escuchó por la radio que había ocurrido un accidente. Escuchó el nombre y al principio no lo podía creer. Pensó que se trataba de otra persona. Se aferró a la idea de que era un error, de que no podía ser su Paulina. Minutos después, la realidad le cayó encima con todo su peso y le confirmó lo que su corazón se negaba a aceptar.
Era ella, era su hija, era Paulina. Y en ese instante, como ha repetido tantas veces con esas mismas palabras, se le acabó el mundo. Durante años declaró que nunca volvió a ser la misma, que perdió por completo las ganas de vivir, que no le encontraba ningún sentido a seguir adelante, que pasó muchísimo tiempo preguntándose por qué la vida entre todas las madres del mundo había venido a quitarle justo a ella a su única hija.
Pero incluso en medio de ese dolor infinito, Norma Lazareno tomó una decisión que habla del tamaño de su corazón. Una decisión que convirtió su tragedia en vida para alguien más. autorizó la donación de las córneas de Paulina para que los ojos de su hija, que ya no verían el mundo, le devolvieran la vista a otra persona. Y años después vivió uno de los momentos más conmovedores que se le pueden ocurrir a un ser humano.
Cuando supo que una niña había recibido esas córneas y no pudo evitar acercarse a ella, mirarla, saber que en algún lugar del mundo los ojos de su hija seguían viendo, seguían existiendo, seguían dejando su huella. Es una de esas historias que demuestran que incluso destrozada, Norma nunca dejó de ser una mujer profundamente generosa.
Los meses que siguieron a la muerte de Paulina fueron, según ha dejado ver en sus entrevistas, los más oscuros que vivió jamás. Una madre no está preparada para enterrar a un hijo, va contra el orden natural de las cosas. Y Norma se encontró de un día para otro caminando por una casa llena de recuerdos, de fotografías, de ropa, de rincones donde todavía parecía escucharse la voz de su hija.
Muchos en su lugar se habrían encerrado para siempre, habrían abandonado la actuación, habrían dejado que el dolor los consumiera en silencio y nadie los habría culpado por hacerlo. Pero Norma Lazareno estaba hecha de otra madera. Y aunque tardó años en volver a sentir algo parecido a la calma, poco a poco fue descubriendo que la única forma de honrar a Paulina no era encerrándose a llorar, sino siguiendo de pie, siguiendo viva, siguiendo trabajando.
Con el paso de los años y muy lentamente fue encontrando la manera de sobrevivir a lo insevible. No lo superó porque la muerte de un hijo no se supera nunca, pero aprendió a cargarla, a caminar con ese peso encima y para lograrlo se refugió en las pocas cosas que todavía la sostenían, en el teatro, en el trabajo, en sus amigos, en el resto de su familia.
Ha dicho más de una vez que actuar fue la única terapia capaz de ayudarla a seguir de pie, que subirse a un escenario era lo único que durante unas horas la sacaba del abismo, que el trabajo la salvó cuando ya nada más podía hacerlo. Y así, apoyada en lo único que le quedaba, Norma Lazareno decidió seguir viviendo, aunque una parte de ella se hubiera ido para siempre aquella tarde de junio.
Su vida actual entre el aplauso y la ausencia. Hoy, con 86 años cumplidos y a punto de alcanzar una vejez que muy pocos artistas de su generación siguen vivos para contar, Norma Lazareno sigue activa, sigue trabajando, sigue apareciendo, pero su presente está marcado de manera silenciosa y permanente por la ausencia de Paulina, esa herida que la acompaña a todas partes y que ni el tiempo ni los aplausos han logrado cerrar del todo.
vive en la ciudad de México y aunque muchos podrían pensar que sigue trabajando por necesidad económica, la verdad es otra, porque Norma no se sube a un escenario porque le haga falta el dinero, se sube porque disfruta actuar, porque mantiene una energía que asombra a quienes la rodean, porque considera que mientras el cuerpo le responda va a seguir haciéndolo.
Ha convertido el trabajo en su forma de estar viva, en su manera de honrar a su hija, en la prueba diaria de que aquella tragedia no logró vencerla del todo. Durante los últimos años ha seguido protagonizando la comedia musical Los Huevos de mi madre, una obra con la que ha viajado por distintos estados de la República Mexicana al lado del actor Fernando Botero desde el año 2022, demostrando que a su edad todavía puede sostener una gira, cantar, moverse en el escenario y ganarse al público noche tras noche. Y por si eso fuera poco, ha
expresado públicamente su deseo de volver a la televisión, incluso en papeles de comedia, porque después de tantos años de drama en la pantalla y de tragedia en la vida real, lo que hoy le provoca son los proyectos que la hagan reír, esos que, según ha dicho, son los que de verdad hacen falta en estos tiempos.
En 2022 dio una de las sorpresas más celebradas por sus seguidores porque regresó al género que la hizo famosa. Participó en la película La exorcista y en ella recreó nada menos que su característico grito de “Hasta el viento tiene miedo, ese grito con el que había nacido su leyenda más de 50 años atrás.
Un guiño, un homenaje, un regalo para los fanáticos del terror mexicano que la vieron volver a sus raíces con el mismo poder de siempre. Y en 2025 sumó un proyecto más a su lista interminable, el telefilme Mujer de Otro Tiempo, realizado en colaboración con una plataforma de streaming, la prueba de que Norma Lazareno no solo sobrevivió a todas las eras del entretenimiento, sino que se adaptó a cada una de ellas.
Sobre su salud, ella misma se encarga de tranquilizar a todos porque asegura que se siente fuerte, que mantiene mucha energía, que todavía puede cantar, bailar y actuar sin problema, algo que no es poca cosa para una mujer de su edad. Pero también reconoce con una sabiduría que solo dan los años, que sabe escuchar a su cuerpo y que el día en que ya no pueda dar el 100% sobre un escenario, ese día se va a retirar.
De hecho, ha hablado con toda claridad de esa posibilidad, calculando que quizá en unos 3 años decida cerrar el telón para dedicarse por fin a disfrutar de su familia, de sus amigas y de una vida sin prisas, porque para ella lo más importante es saber decir adiós con dignidad en su mejor momento y no cuando el cuerpo ya no responda.
Hay un tema, sin embargo, en el que Norma Lazareno habla de una manera que estremece a cualquiera que la escuche y es el de la muerte. Después de haber perdido a su hija, después de haber tocado el fondo más profundo del dolor humano, asegura que ya no le teme a la muerte, que dejó de temerle el día en que enterró a Paulina.
Porque cuando ya perdiste lo que más querías, la muerte deja de dar miedo. Lo único que de verdad le preocupa, lo único que la inquieta, es la posibilidad de padecer una enfermedad larga, de convertirse en una carga para su familia, de perder la autonomía que tanto valora. ha dicho con una honestidad brutal que preferiría una muerte rápida y tranquila, lejos de los escenarios, porque no quiere que el público la vea actuar sin estar en plenitud.
No quiere que el último recuerdo de ella sea el de una mujer disminuida. En esta etapa de su vida, Norma se lo toma todo con más calma y ella misma lo dice a su manera, que ahora escoge las cosas muy bien y se espera con paciencia, que ya no acepta cualquier proyecto solo por trabajar, sino que se da el lujo de elegir aquello que de verdad le ilusiona.
Además de la actuación, ha encontrado una manera hermosa de seguir conectada con su público, porque la invitan a distintas ciudades a ofrecer pláticas sobre su vida como figura del espectáculo, charlas en las que comparte sus anécdotas, sus recuerdos, las historias de aquel cine que hizo historia. y en las que el cariño de la gente le confirma una y otra vez que su nombre sigue vivo en la memoria de varias generaciones.
Para una mujer que lo perdió casi todo, esa conexión con el público se ha vuelto una forma de compañía, un abrazo colectivo que la sostiene. En cuanto a su vida sentimental, Norma sigue legalmente casada con el actor Pablo Ferrel, aunque viven separados desde hace muchísimos años y nunca formalizaron el divorcio. Con el tiempo mantuvieron una relación cordial, sobre todo por el bienestar de la hija que tuvieron juntos.
Y hoy el suyo es uno de esos matrimonios que existen más en el papel que en la vida diaria. Un vínculo que quedó suspendido en el tiempo, pero que nunca se rompió del todo. Y así es como vive hoy Norma Lazareno en su casa de la Ciudad de México, con más de 70 años de carrera artística, cuestas, aceptando todavía proyectos de teatro, de cine y de televisión, participando en eventos dedicados al cine clásico y al cine de terror, conservando una movilidad y una lucidez que sorprenden para su edad, concediendo entrevistas, manteniéndose
en contacto con los colegas y amigos que le quedan del medio, recordando a cada momento a su hija Paulina y repitiendo cada vez que puede, que se siente profundamente agrade agradecida por seguir trabajando, porque su mayor bendición, dice, es que el público todavía la recuerde y todavía la aplauda. Su verdadera obra maestra.
Pocos artistas logran lo que Norma Lazareo logró. Y no lo digo solo por la carrera, que ya de por sí es enorme, sino por lo que hay detrás de esa carrera. sobrevivió al derrumbe de la época de oro, a la llegada de la televisión, a las modas que la habrían dejado atrás y se hubiera dejado, al salto brutal del cine a las plataformas y sobrevivió, sobre todo, a lo único que de verdad puede quebrar a una persona, que es enterrar a un hijo.
Y lo hizo sin apagarse, sin encerrarse, sin soltar jamás el escenario. Hoy, cerca de cumplir nueve décadas de vida, sigue siendo un símbolo del cine mexicano. Y no solamente por haber sido la inolvidable reina del grito, esa mujer que hizo temblar a generaciones enteras desde la pantalla, sino por algo mucho más profundo y mucho más humano, porque tomó el dolor más grande de su vida, el hueco que le dejó la muerte de su única hija, y en lugar de dejar que ese dolor la destruyera, lo convirtió en la fuerza exacta que
necesitaba para seguir subiéndose a un escenario, función tras función, año tras año, mientras el mundo entero la veía resistir. Y quizá esa sea su verdadera obra maestra, más grande que cualquier película de terror, más importante que cualquier grito, la de demostrarle a todos los que la miran que incluso después de perderlo todo, incluso después de que la vida te arranca lo que más querías, todavía es posible encontrar una razón para levantarse, para trabajar, para cantar y para seguir viviendo. Norma Lazareno es
la prueba viviente de que se puede atravesar el infierno y salir del otro lado con la frente en alto. Dime aquí abajo en los comentarios con qué papel de Norma Lazareno te quedas tú, ¿ese que viste de niño o que te contaron en tu casa y que sentiste al conocer todo lo que hubo detrás de esa sonrisa? Si te laten estas historias, las de esas leyendas del espectáculo que por fuera lo tenían todo y por dentro cargaban un mundo, este es tu lugar porque aquí nos falta muchísima gente por recordar.
Y si lo de Norma te llegó, espérate, porque hay otra leyenda que está viviendo su propio calvario en este preciso momento. Ella perdió a su hija y encontró en el trabajo la razón para seguir. Este otro gigante, uno de los hombres que más ha hecho reír a México, hoy pelea a los 78 años algo mucho más básico y mucho más cruel, que es simplemente respirar después de que casi 50 años de cigarro le pasaran la factura más cara de todas.
Se llama Jorge Ortiz de Pinedo.