Así FUE la MILLONARIA FORTUNA de GRUPO EXTERMINADOR – Hambre, Fama y Secretos
Una millonada lograron juntar esos cuatro hermanos que cruzaron sin papeles y aguantando hambre en Tijuana para terminar 30 años después reventando estadios en California y Texas. ¿En qué condiciones viven hoy los Corona? Fundadores de una de las agrupaciones norteñas más aguantadoras y amadas de México y Estados Unidos.
¿Cuál es el verdadero lazo que une a Grupo Exterminador con Mario Almada? Hablamos de aquel mítico actor con más de 300 películas encima que se volvió su rostro oficial y emblema mediante un pacto que nadie logró decifrar jamás. No te despegues de la pantalla, que la trayectoria de grupo exterminador encierra mucho más que simples corridos y cumbias.
Representa el viaje de una familia que se la jugó por entero estando en la quiebra, topándose en la ruta con un hombre cuyo cobijo los marcó por décadas. Y esa incógnita, como analizaremos más adelante, sigue careciendo de una explicación contundente. Toquemos primero el punto que a todos intriga, los billetes.
Pese al silencio absoluto de Grupo Exterminador sobre sus finanzas, los cálculos apuntan a que en sus 30 años de trayectoria respaldados por 15 discos bajo el sello de Fonovisa Records gigante de la industria musical latina, sumado a shows sin parar por México, Estados Unidos y Centroamérica, más los ingresos de su marca, los hermanos Corona, levantaron un imperio económico, algo jamás imaginado por los habitantes de su humilde pueblo natal.
Aunque para descifrar tal éxito toca regresar al origen. Un inicio despojado por completo del brillo de los escenarios y los cheques de seis ceros. En refugio del río brotó todo, un caserío tan diminuto que sus pobladores se pueden contar con los dedos. Unas 100 personas apenas conforman esta pequeña comunidad de Guanajuato, ubicada a escasa media hora de León.
De ahí es originario Juan Corona, el mayor, quien descubrió las melodías mucho antes de conocer la riqueza. Con escasos 9 años ya cantaba, nada de tarimas ni reflectores. Lo hacía en las cantinas locales a donde su propio padre lo metía para que perdiera el miedo, para infundirle valor ante el público y evitar que se achicara.
Aquellas veladas en las cantinas guanajuatenses con un tierno niño entonando norteñas entre adultos que bebían y apostaban, se convirtieron en la verdadera escuela de Juan Corona, un aprendizaje sin aulas ni títulos, pero más valioso que cualquier academia musical. Y ese enorme potencial que su progenitor vio desde niño pronto resonó con fuerza fuera de sus fronteras locales.
El primer puesto se llevó Juan al competir en un festival de canto en Guanajuato. Al llegar la fase estatal, repitió la hazaña. Hablamos de un chico humilde, sin dinero ni palancas en el medio, dueño de un bozarrón y un porte imposibles de ignorar. Al mismo tiempo, en el hogar, Jesús, Bernardo y José se empapaban del mismo entorno rítmico, respirando idénticas melodías y adoptando esa devoción por lo norteño que su madre, doña Lupita Mejía, sintonizaba en la casa a diario desde que eran pequeños. su padre. En cambio,
los guío hacia la vertiente romántica del estilo, moldeando el oído de unos jóvenes criados entre rancheras aguerridas y letras cargadas de sentimiento. No se trató de una elección de la noche a la mañana. Fue un proceso que los fue forjando poco a poco, casi de manera inconsciente.\

Resulta vital asimilar ese trasfondo para descifrar sus pasos posteriores. Porque los migrantes que desafían las fronteras con los bolsillos vacíos no se mueven por mero impulso. Viajan impulsados por una fuerza interna incontrolable, un motor que los arrastra a pesar de los riesgos latentes. Justo ahí el arte dejó de ser un simple anhelo para transformarse en una timba, un juego de todo o nada, peligrosísimo y desprovisto de salvavidas.
Al cumplir Juan los 18 años, él junto a sus hermanos tomaron el camino que daría un vuelco radical a sus destinos. Decidieron tentar al suelo estadounidense, apuntando derecho a Los Ángeles, California, donde la movida de la música norteña crecía con furia gracias a la comunidad mexicana. El gran obstáculo radicaba en la falta de papeles para un ingreso legal, lo que equivalía a encarar una de las travesías más despiadadas para cualquier trabajador mexicano.
Un mes entero sobrevivieron en Tijuana bajo esa tónica: aguantar, probar suerte, rebotar y volver a la carga. 30 días de hambruna, deshidratación y pernoctar en sitios que causan escalofríos con solo pensarlos. Cuatro muchachos solos y lejos de casa, atrapados en una frontera capaz de ser tan hostil como compasiva, sosteniéndose apenas con la fe ciega en su propio talento y sabiendo que del otro lado los esperaba un público real.
Ojo a este detalle, porque esas cuatro semanas en Tijuana representan la clave para descifrar todo el éxito posterior. Una banda templada en ese infierno que resistió sin quebrarse y cruzó con los bolsillos vacíos, pero el orgullo intacto no se iba a doblegar ante los baches de la industria musical. Esa resiliencia fronteriza selló su destino para siempre.
Desde el subsuelo les tocó arrancar a los hermanos Corona instalados en California. Tocaban donde fuera, bodas, bautizos, cumpleaños o velorios. Cualquier rincón servía para demostrar de qué estaban hechos. Cero humos, nada de orgullos tontos. Sabían perfectamente el precio que debían pagar para abrirse camino. Tres álbumes grabaron primero con pequeños sellos independientes, ganándose a pulso a la comunidad mexicana de California.
Justo ahí se topó en su ruta un personaje crucial. Don Pedro Rivera, una de las mentes maestras del Movimiento Regional Mexicano en suelo estadounidense, quien les facilitó canciones y los contactos idóneos para sacar su propuesta de los simples salones de fiesta. Corría el año 1987 y los Corona ya daban de qué hablar. Un paso decisivo dieron en 1990 y cuatro al firmar con Eagle Records.
El cambio de nombre fue radical. De los hermanos Corona pasaron a llamarse Grupo Exterminador, directo de la mítica película de ciencia ficción que causaba furor en la cultura popular de esa época. Más que un retoque estético, aquello transformó su identidad sonora, apartando el romanticismo para volcarse de lleno en las rancheras y los corridos.
Arriesgada resultaba esa propuesta narrativa, cruda y de tinte cinematográfico que conectaba directo con el alma norteña. Aún así, se la jugaron con la misma valentía de siempre y la jugada le salió redonda. El gran salto llegó en 1995 al aliarse con Fonovisa Records, la compañía reina del mercado hispanohablante.
14 años de sociedad que dejaron 15 discos y su consagración absoluta en la música norteña. 12 temas integraron su carta de presentación con Fonovisa, destacando uno que dinamitó su carrera, el menío. Esa tonada bailable, pegajosa y que obligaba a mover el cuerpo a quien la oyera. Se transformó en un boom cultural que les abrió mercados insospechados.
Sonaba con fuerza en las estaciones de Los Ángeles, en los rodeos de Texas y en los clubes nocturnos de Ciudad de México. Hasta las madres de familia ajenas a los corridos la tarareaban sin querer. En las fiestas de 15 años la pedían a gritos los niños sin entender la mitad del mensaje. El pasaporte al estrellato masivo de Grupo Exterminador fue el meníto.
Con él llegaron los recintos masivos, las giras por el mundo y los primeros fajos de billetes que ya pintaban para fortuna. Se calcula que en su época de oro con Fonovisa, entre finales de los 90 y mediados de los 2000, la agrupación facturaba varios cientos de miles de dólares por año, sumando venta de copias, regalías radiales y shows en directo.
Una cifra astronómica para aquellos cuatro jóvenes varados en Tijuana, algo que desbordaba cualquier fantasía de su infancia. Pero la gloria no se sostuvo únicamente gracias a el menito. Una ráfaga de éxitos posteriores demostró el colmillo narrativo y la versatilidad de la banda. Las monjitas, contrabando en los huevos, el chupacabras, los torones o el baile de Santa Claus, cada tema con un sello propio, cargados de humor negro y un fuerte gancho popular.
entendieron rápido que su gente buscaba reírse reflejada en los espejos de sus canciones. Demostraron que el corrido no requería ser una tragedia para calar hondo. El chiste funcionaba igual de bien que el drama para retratar las realidades del día a día fronterizo. Aquella fórmula irrepetible y blindada contra imitadores les dio una vigencia que poquísimos colegas de su tiempo consiguieron mantener.
Justo en este punto entra en escena el personaje más enigmático y difícil de explicar en toda esta trama. Mario Almada, nacido en 1922 en Sonora, forjó una trayectoria de más de siete décadas, superando las 300 películas con un rostro icónico para cualquier amante del cine de acción mexicano. Un valuarte de los westerns y de ese cine de acción tan popular que marcó a fuego la pantalla mexicana del siglo XX.
Un mito viviente. Pero, ¿qué diablos conectaba a Mario Almada con cuatro hermanos de Guanajuato entregados a los corridos pesados y cumbias de funeral? La intriga crece justo aquí porque la versión oficial resulta demasiado sosa y no aclara absolutamente nada. Un simple trato de negocios, dicen. Mario Almada prestó su rostro a Grupo Exterminador por temporadas, engalanando portadas de discos y protagonizando sus videoclips.
Eso es lo que dictan los archivos, la verdad oficial. Sin embargo, la complicidad real y el afecto entrañable que unía a Almada con los coronas según testigos de la época rebasaba por mucho los límites de un frío contrato comercial dentro del gremio regional mexicano. Ver a una leyenda cinematográfica de la talla de Mario Almada cobijar de ese modo a una banda emergente rompía todos los esquemas.
Fotos promocionales hacía cualquiera, pero esa presencia constante y el fundir la estampa de un titán del cine con el sonido de una agrupación norteña era harina de otro costal. Por eso, cuando Almada partió en 2016 a los 94 años, la banda lloró su muerte como la de un miembro de la familia, lejos del protocolo que se le dedica a un socio de negocios.
El dolor genuino y ese luto que desbordó lo laboral es lo que sigue encendiendo las sospechas. ¿Cuál era el lazo real? ¿Mero intercambio mercantil o existía un afecto íntimo, profundo y leal que mantuvieron vivo hasta el último suspiro? De existir una verdad absoluta, esa se sepultó junto a don Mario y ese enigma, esa interrogante sin descifrar le añade una mística irresistible a la trayectoria de este conjunto.
Indiscutible, en cambio, es la huella musical que Grupo Exterminador plantó en estas décadas, liderando los rankings radiales de México y la Unión Americana. Las monjitas, por ejemplo, escaló con fuerza hasta meterse en los listados de la prestigiosa revista Billboard. Sus álbumes de corridos retrataban el día a día fronterizo con un ingenio y una picardía que humanizaban por completo a sus personajes.
Tipos a veces de dudosa moral o llanamente fuera de la ley, pero con los que cualquiera podía empatizar. El propio Juan Corona lo resumiría tiempo después con una frase certera. El plan siempre fue plasmar crónicas usando personajes salpicados de picardía. Cero intenciones de idolatrar. Lo suyo era hacer crónica, musicalizar la cotidianidad de la gente y darle voz a los mitos que corrían de boca en boca por las ciudades de la frontera.
Tampoco faltaron los tragos amargos. En 2011 les tocó lidiar con uno de los fraudes más viles de su carrera. Resulta que un timador se hizo pasar por su manager en Honduras, vendiendo entradas para conciertos falsos y huyendo con 50,000 lempiras estafados a los propios seguidores del grupo.
Desolador fue el panorama para los fans que llegaron ilusionados a un recinto vacío. A la banda no le quedó más que desmentir el engaño públicamente, aclarando que jamás pactaron fechas en ese país, ni dieron luz verde a semejante evento. El golpe los hirió en el alma, no por las pérdidas materiales, sino porque las víctimas fueron sus fieles seguidores, gente humilde que ahorró con esfuerzo para verlos.
Reivindicando su nombre años después, en un enorme gesto que demuestra su calidad humana, compusieron un corrido dedicado a un respetado líder empresarial de Honduras y organizaron shows reales en esa nación, demostrándole a su público que el cariño era mutuo y que daban la cara por ellos. Cortaron lazos con Fonovisa en 2008 tras 14 años de éxitos, abriendo un camino enfocado en la autogestión.
Bajaron el ritmo de grabación una temporada. Era tiempo de meditar y reagruparse. Volvieron a la carga en 2013 con un álbum titulado Con fino sarcasmo, fiesta en el infierno. Mantuvieron la marcha en 2015, 2018 y 2022, celebrando sus tres décadas de vida con un tema que anunció vientos de cambio.
Gustavo Pardo, voz y tecladista histórico de la agrupación, decía diós para probar suerte en solitario. Parecía el cierre de un ciclo, pero la banda no bajó los brazos. Reclutaron a Francisco Toscano, un talento joven muy metido en la movida norteña, y continuaron la travesía con el mismo empuje que los llevó a cruzar aquella línea fronteriza hace años.
Para 2024 sorprendieron al lanzar un disco que presumía una colaboración de lo más extravagante. Gregorio Pernía, el estrión colombiano amado por millones de televidentes gracias a su rol en una célebre telenovela, sumando ahora el rostro de una gran estrella latinoamericana al proyecto. Una jugada que evoca de inmediato aquel pacto con Mario Almada.
Parece que Grupo Exterminador posee un imán especial para atraer a los pesos pesados del espectáculo en español. Buscan siempre figuras entrañables, rostros grabados a fuego en la memoria de la gente. Ciertos patrones se repiten con los corona, retratando su astucia para moverse dentro del tejido cultural latino.
Activos y vigentes se mantienen hoy Juan Corona y sus hermanos, recorriendo escenarios y dominando los festivales norteños en California, Texas y todo México. Cómoda y holgada es su realidad económica actual gracias a la suma de regalías. Shows en directo y los derechos de un catálogo inmenso que supera los 15 discos.
Una estabilidad financiera innegable alejada por completo de los excesos y excentricidades de las estrellas del pop internacional, pero también muy distante de los días de miseria en Tijuana. Es el capital bien ganado de los obreros de la música. Hombres que edificaron sobre bases firmes y jamás soltaron los instrumentos sin importar cómo mutara el negocio a su alrededor.
Fiel a morir, sigue siendo su fanaticada tras tres décadas de aguante. Una devoción que solo despiertan los artistas que tocan el corazón del pueblo. Creadores de crónicas honestas que jamás perdieron la humildad ni el olor al terruño que los vio nacer. Orgullo sereno y sin pretensiones es lo que transmite Juan Corona cada vez que echa la vista atrás.
30 años de bregar en la industria musical avalan un legado sólido, un sello tan propio que nadie ha logrado calcar. Copiar el estilo ajeno es casi imposible, declaró en una charla. Y cuánta razón tenía. Lo que vuelve únicos a los miembros de Grupo Exterminador va más allá de sus canciones. Radica en la odisea que arrastran a cuestas.
Ningún laboratorio musical puede fabricar la crudeza de cuatro hermanos formados en las cantinas de Guanajuato. Muchachos que soportaron un mes sin probar bocado en Tijuana y picaron piedra en velorios antes de abarrotar estadios. Hombres que despidieron a Mario Almada con el llanto desgarrador que se le dedica a un hermano de sangre.
Vivir la experiencia completa y sin trampas es lo que da esa legitimidad que no se compra. Así ha sido el viaje de Grupo Exterminador desde el banderazo de salida. Una travesía que inició en un caserío de 100 almas en Guanajuato, cruzando por las penurias de Tijuana y las fiestas privadas en Los Ángeles, hasta alcanzar los estudios de Fonovisa, las listas de Billboard, el pacto indescifrable con Mario Almada y aquel trago amargo en Honduras.
30 años de corridos que siguen tronando en los autos, hogares y parrandas de millones. Al final, la odisea de grupo exterminador encaja a la perfección con las verdades que el mismo género norteño aprendió a inmortalizar. Crónicas de gente desamparada que lo tiene todo para triunfar. El triunfo de los marginados que avanzan cuando el entorno les grita que se detengan.
Es el canto de los que resisten, de los que vuelven a casa, de los que levantan imperios duraderos porque trabajan con lo único que nadie les puede arrebatar. la fuerza de su propia esencia. Tu opinión nos interesa muchísimo. ¿Cuál consideras el punto de quiebre definitivo en la trayectoria de Grupo Exterminador? ¿Acaso el mes de carencias en Tijuana que forjó su carácter? ¿O el boom del meníito que los catapultó a la cima? ¿O tal vez esa complicidad entrañable con Mario Almada que se quedó sin descifrar? Déjanos saber también cuál es tu tema
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Sigamos explorando las vidas secretas de los titanes que moldearon nuestra cultura musical. Infinitas gracias por habernos acompañado pacientemente hasta el cierre de esta emisión. Nos volveremos a sintonizar muy pronto para desenterrar otra gran historia. M.