Asi fue la VIDA de Guy Williams “El Zorro” y Triste final | Amores, Herencia, Secretos y Más

Asi fue la VIDA de Guy Williams “El Zorro” y Triste final | Amores, Herencia, Secretos y Más

En la calle Ayacucho número 1964, en pleno barrio de Recoleta en Buenos Aires, hay un edificio de departamentos que hoy parece uno más entre tantos otros de esa zona elegante de la capital argentina, con sus balcones de estilo afrancesado y sus porteros uniformados custodiando la entrada. Nadie que camine hoy por esa calle entre las cafeterías con mesas en la vereda y las librerías de la avenida Alvear a pocas cuadras, sospecharía jamás que en el segundo piso de ese mismo edificio un hombre que había sido durante años uno de los

rostros más reconocibles de todo el planeta, pasó los últimos días de su vida completamente solo y que su cuerpo permaneció ahí dentro sin que absolutamente nadie lo supiera durante casi una semana entera, hasta que una vecina notó un olor que ya no podía seguir ignorando. ándose y llamó finalmente a la policía.

 Ese hombre había peleado a espadazos contra villanos en la pantalla más grande de la televisión mundial de finales de los años 50, en una serie transmitida en más de 50 países distintos. Había hecho gritar de emoción a millones de niños en cada uno de esos países. Había recorrido, montado sobre un caballo negro las calles de Buenos Aires entre multitudes que lo aclamaban exactamente como se aclama a un héroe de verdad, no a un actor.

 Había llegado a reunir en una sola serie de exhibiciones de esgrimas realizadas en un circo de Mar del Plata a un cuarto de millón de personas. Había llegado incluso a escribirle formalmente a la propia embajada de Estados Unidos pidiendo ser voluntario, ya en su vejez, para conducir ambulancias durante una guerra que su país de adopción libraba contra su país natal.

 Y sin embargo, murió exactamente igual que uno de esos personajes trágicos que jamás interpretó frente a una cámara. Solo en silencio absoluto, sin que nadie a su alrededor se diera cuenta durante días completos de que ya no estaba vivo. Ese hombre nació el 14 de enero de 1924 en Manhattan, Nueva York. y su nombre real, el que casi nadie recuerda hoy porque el mundo entero terminó llamándolo por el nombre de un personaje de ficción, era Armando Josep Catalano.

 Vivió 65 años exactos. Tuvo tres grandes amores a lo largo de su vida, una esposa legal durante más de cuatro décadas y dos mujeres argentinas completamente distintas entre sí, ya en la recta final de su existencia, que terminarían protagonizando sin saberlo entre ellas. Una de las historias sentimentales más comentadas de la crónica del espectáculo argentino de los años 70 y 80.

 Vendió las propiedades que tenía en Estados Unidos para instalarse de manera definitiva en un país que ni siquiera hablaba su idioma materno y en 1979 llegó incluso a obtener la residencia permanente Argentina, un paso legal que sellaba de manera oficial una decisión que ya llevaba años tomada en los hechos.

 murió de una neurisma cerebral en total soledad y su cuerpo permaneció sin ser descubierto durante seis días completos. A su entierro asistieron, según cuentan quienes estuvieron presentes, apenas dos personas del mundo del espectáculo. Y décadas después de su muerte, todavía hoy, sus propios seres queridos siguen discutiendo públicamente una pregunta que nunca terminó de resolverse del todo.

 que aquel final solitario en un departamento de recoleta fue producto de la pobreza y el abandono, como algunos aseguraron durante años, o si en realidad Guy Williams murió feliz, acompañado en espíritu y a punto de casarse por tercera vez, como insiste hasta el día de hoy la mujer que se convirtió en el amor final de su vida.

 Esta es la historia completa de como un hijo de inmigrantes sicilianos, criado en la pobreza de un barrio popular de Nueva York, se convirtió en el Zorro, el héroe enmascarado más famoso de la historia de la televisión mundial. Como esa misma fama que lo hizo inmortal, terminó siendo al mismo tiempo la mejor y la peor cosa que le sucedió jamás.

 Como un conflicto legal absurdo entre dos gigantes de la industria del entretenimiento, le cortó la carrera justo en su punto más alto. ¿Cómo terminó abandonando por completo Hollywood para instalarse en un país de Sudamérica que ni siquiera figuraba en sus planes originales? Y cómo murió en unas circunstancias tan solitarias y tan cargadas de misterio que más de 35 años después la prensa argentina sigue escribiendo artículos completos e incluso libros enteros intentando desentrañar qué fue lo que realmente pasó en esos últimos días de su vida.

Empecemos desde el principio, porque para entender a Guy Williams, primero hay que entender al hijo de un corredor de seguros que llegó al mundo en medio de la pobreza de una familia de inmigrantes italianos en pleno corazón de Manhattan. Exactamente un siglo antes de que esta historia se esté contando hoy.

 Armando Joseph Catalano nació de ascendencia siciliana, hijo de Atilio Catalano, corredor de seguros originario de la localidad del Erercara Friday en la provincia de Palermo, hijo a su vez de un adinerado productor madery y declara arcara catalano, originaria de la ciudad de Mesina. Ambos inmigrantes italianos que para el momento del nacimiento de su hijo ya vivían en una situación económica bastante precaria, instalados primero en el barrio de Washington y después en Brooklyn, dos zonas que a comienzos del siglo XX recibían oleadas constantes de

inmigrantes europeos que llegaban a Nueva York buscando exactamente lo mismo que millones de familias buscaban en esos años, una oportunidad que sus países de origen ya no podían ofrecerles. Tilio Catalano, según se ha documentado, trabajaba como agente de seguros en un contexto económico que la propia prensa argentina describiría después, décadas más tarde, como muy desfavorable, y depositaba en ese empleo la esperanza de que su hijo, ya en la adultez, continuara sus mismos pasos dentro del mundo de los seguros y las

finanzas. En la escuela pública número 189 de Nueva York, el pequeño Armand, como lo llamaban en su entorno más cercano, destacó especialmente en matemáticas. una habilidad que contrastaba con el destino artístico que terminaría eligiendo años después. Más tarde asistió a la escuela George Washington y recibió también una educación adicional en la academia militar de PX Kid.

 Mientras tanto, con menos de 10 años de edad, el pequeño Armando ya practicaba esgrima, disfrutaba de la ajedrez y mostraba un interés temprano por la astronomía y la música, un abanico de intereses intelectuales que lo acompañaría de manera casi idéntica durante el resto de toda su vida adulta. Cuando terminó el colegio, Armando sintió con fuerza el llamado de la fama y su padre tuvo que escuchar con evidente escepticismo el deseo de su hijo de convertirse en una estrella en lugar de seguir el camino profesional estable que él mismo había

imaginado para su futuro. El primer paso de Armando fue sacarse fotografías profesionales y enviarlas a distintas agencias de publicidad con el objetivo de conseguir contratos como modelo. obtuvo respuesta con relativa rapidez y bajo el seudónimo de Guido Armando posó para distintos medios gráficos, apareciendo en portadas de novelas populares y en grandes carteles publicitarios repartidos por toda la ciudad de Nueva York.

 Fue precisamente durante una de esas sesiones de trabajo como modelo cuando conoció a la mujer que se convertiría en su primera esposa, Janise Cooper, una exmodelo de la prestigiosa agencia Powers. La pareja se casó relativamente pronto, en 1948. y con el tiempo tendría dos hijos, Steven, nacido en 1952, y Tony, nacida en 1958.

Durante la Segunda Guerra Mundial, antes de que la actuación se convirtiera en su ocupación principal, Armando tuvo que sobrevivir haciendo distintos trabajos que hoy resultan casi imposibles de imaginar en la biografía del hombre que terminaría siendo el zorro. trabajó como mecánico, como vendedor y también como inspector de piezas de aviones dentro de la industria aeronáutica estadounidense.

Con el paso de los años adoptó de manera definitiva el nombre artístico con el que el mundo entero terminaría conociéndolo, Guy Williams. Firmó primero un contrato de un año con la Metropol Winmer a mediados de los años 40, consiguiendo un pequeño papel en la película de Begini Nord y poco después firmó también un contrato con Universal International Pictures, lo que lo llevó a mudarse definitivamente a Hollywood en 1952.

Bajo ese contrato apareció en media docena de papeles menores, comenzando con una película llamada Bono So Goesto Stokolic, la secuela de la comedia protagonizada originalmente por un chimpancé junto a un joven actor que años después se convertiría en presidente de Estados Unidos, Ronald Reagan.

 Consiguió también papeles pequeños en producciones como The Mississippi Gambler junto a la estrella Tyron Power y The Man from the Alamo, junto a Glenn Ford, además de The Golden Blood y Take Metown. eran papeles menores, sin demasiado diálogo, pensados más para aprovechar su presencia física llamativa con su altura de 1990 que para lucir cualquier tipo de talento actoral real.

 En 1953, sin embargo, ocurrió un accidente que estuvo a punto de cambiar por completo el rumbo de su incipiente carrera. Mientras filmaba una escena a caballo, Guy Williams sufrió una caída grave, siendo arrastrado por el animal durante más de 200 m. un accidente que le dejó una cicatriz permanente y considerablemente larga en el hombro izquierdo.

 Desanimado por ese incidente y por la falta de papeles verdaderamente relevantes, decidió abandonar temporalmente su carrera cinematográfica y regresar a Nueva York para retomar el modelaje y algunos trabajos de actuación en televisión, dejando universal ese mismo año para convertirse en actor freelance, trabajando ocasionalmente para productoras como ed artists y Warner Brothers.

 Durante esos años de travesía por papeles menores, Williams fue sumando pequeñas apariciones en series de televisión de la época de Lon Ranger, Highway Patrol, Sergean Preston of the Yukon y un papel de policía en la película de culto y huesa Aenavere Wolf, protagonizada por Michael Landon, quien años después se convertiría en una de las grandes estrellas televisivas de Estados Unidos con series como La Casa de la Pradela.

 A comienzos de 1957, Williams interpretó en dos ocasiones al personaje de Steve Cla dentro de la serie dramática militar Menofan Napolis, ambientada en la Academia Naval de Estados Unidos y también apareció en un episodio de la serie State Trooper, protagonizada por Rod Camelon. Habían pasado ya casi 10 años completos desde que Williams se había propuesto triunfar en la actuación y ninguno de sus trabajos más importantes había logrado superar la media hora de duración en pantalla.

 Los papeles que más codiciaba parecían esquivarlo sistemáticamente y la fama real, la de verdad, se sentía cada vez más lejana. Fue precisamente en medio de esa racha de frustración cuando la compañía Walt Disney comenzó a trabajar en una nueva versión televisiva del Sorrow, un personaje de aventuras que ya había debutado en el cine durante los años 20, interpretado en aquella época por el propio Douglas Fairbanks, el propio Walt Disney quería para esta nueva producción un show verdaderamente imponente, una superproducción de aventuras pensada para convertirse en la

favorita absoluta del público infantil de Estados Unidos y la cadena AB se aceptó invertir en un proyecto de esa escala porque el negocio prometía resultar extraordinariamente rentable tanto en materia de audiencia como de mercadería asociada. El 18 de abril de 1957, Guy Williams se presentó al castín oficial para interpretar tanto al protagonista don Diego de la Vega como alternativamente al papel del villano monasterio.

 Su buen porte físico, su carisma natural y su manera de desenvolverse frente a las cámaras hicieron que los productores le otorgaran de manera prácticamente inmediata el papel protagónico completo. Walt Disney en persona entrevistó a Guy Williams para el papel. Según se ha documentado con detalle, le indicó de manera bastante puntual y hasta con cierto humor que empezara a dejarse crecer un bigote que no fuera ni demasiado largo ni demasiado tupido.

 Un detalle estético que terminaría definiendo la imagen icónica del personaje. El contrato en exclusiva que firmó con Disney le pagaba en ese momento la considerable cifra de $2,500 semanales, una cantidad que ajustada a valores actuales superaría hoy los $21,000 por semana. Para prepararse físicamente para el papel, Williams retomó su entrenamiento profesional de esgrima bajo la tutela del campeón belga Fred Caven, el mismo maestro de armas que años antes había entrenado a algunas de las más grandes estrellas de

espadachines de la historia del cine, entre ellas Douglas Fairbanks, el Rol FN y el propio Tyron Power. Además, tomó clases de guitarra con el reconocido guitarrista clásico Vicente Gómez. La primera aparición de Guy Williams como el zorro ocurrió dentro de un episodio especial de la antología televisiva de Disney llamado The Force Anniversary Show.

 La serie regular compuesta por episodios de media hora de duración debutó oficialmente en la cadena ABC el 10 de octubre de 1957 y se convirtió de manera instantánea en un éxito rotundo dentro de Estados Unidos, alcanzando los niveles de audiencia más altos de toda esa temporada televisiva. En total se produjeron alrededor de 78 episodios a lo largo de dos temporadas completas entre 1957 y 1959 y posteriormente se editaron dos largometrajes adicionales a partir de ese material televisivo titulados de Sign of Zorro y Zorro de Evenge. El estreno de la serie generó

además un fenómeno cultural curioso dentro de las escuelas estadounidenses. Miles de niños comenzaron a grabar la letra Z en los pupitres de sus aulas por todo el país, imitando la firma característica que el personaje dejaba tras cada una de sus hazañas. Pero justo cuando el fenómeno estaba en su momento de mayor popularidad dentro de Estados Unidos, ocurrió algo que Guy Williams no pudo controlar de ninguna manera y que terminaría marcando el resto entero de su carrera artística de una forma verdaderamente devastadora, un conflicto

legal complejo entre la propia Walt Disney Company y la cadena de televisión ABC. que era la encargada de emitir la serie, terminó paralizando por completo la producción de cualquier nuevo episodio. El litigio se resolvió finalmente a favor de Disney, la compañía que había creado el personaje. Pero para entonces ya era demasiado tarde para revertir la situación.

 No se grabaron más capítulos nunca y Guy Williams quedó atado durante un tiempo considerablemente largo a un contrato de exclusividad firmado con el propio estudio, un contrato que le impedía legalmente aceptar trabajo en cualquier otra producción de la competencia, aunque al menos como consuelo parcial seguía cobrando religiosamente su sueldo mientras ese mismo contrato permaneciera vigente sobre el papel.

 Ese fue, según reconocería el propio actor años después, en distintas entrevistas concedidas ya en su etapa final, el inicio silencioso de una frustración profesional que lo acompañaría durante prácticamente el resto entero de su carrera había alcanzado, con apenas 33 años de edad, el papel que lo convertiría en una leyenda mundial reconocible en más de 50 países distintos y, sin embargo, nunca volvería a repetir ese mismo nivel de éxito masivo, por más que lo intentara.

Honestamente, en producciones posteriores, el propio Williams resumiría esa sensación agridulce con una mezcla evidente de resignación y de humor amargo. En una entrevista concedida al periódico estadounidense Long Beview Daily News, declaró que cuando no era el zorro era Diego, comparando esa experiencia personal con la de trabajar de manera indefinida en una película que nunca terminaba de filmarse del todo, que lo perseguía sin descanso a cada lugar del mundo donde iba, sin darle jamás la posibilidad de ser reconocido como otra cosa distinta

ante los ojos del público. Después del final abrupto del Zorro, Williams intentó relanzar su carrera participando en producciones de aventuras filmadas en Europa, entre ellas Damon Pitias, una coproducción italoestadounidense de corte histórico dirigida por Humberto Lenzi para la MGM, en la que interpretó al noble Damon dentro de una trama ambientada en la antigua Grecia, uno de los llamados Peplum.

 Consiguió también otros papeles de cierta relevancia dentro de la televisión estadounidense de los años 60. interpretó a Will Cargright en varios episodios de la exitosa serie Bonanza. Sobre todo dio vida al profesor John Robinson, el patriarca de la familia protagonista de la serie de ciencia ficción Perdidos en el espacio, que se emitió entre 1965 y 1968.

Perdidos en el espacio, producida por Irwin Allen y estrenada por la cadena CBS, presentaba a Guy Williams como el comandante astrofísico de una misión espacial familiar que terminaba, como indicaba el propio título de la serie, perdida en un rincón desconocido del universo. Junto a él actuaban Jun Locart en el papel de su esposa Mauren, Mark Goddart como el mayor Don West, Martha Kristen como la hija mayor Judy, Angela Cargright como la hija del medio Penny y el niño actor Bill Mommy como el hijo menor Will, cuyo vínculo con el robot de

la nave interpretado físicamente por Bob May y con la voz del locutor Dick Tofeld terminaría convirtiéndose en uno de los ejes centrales de toda la serie. Completaba el elenco principal Jonathan Harris. en el papel del Dr. Suckery Smith, originalmente concebido como un saboteur enemigo infiltrado en la misión y que con el correr de los episodios terminaría transformándose en el alivio cómico central de todo el programa.

 Ese giro hacia la comedia fue precisamente la fuente de la mayor frustración profesional de Guy Williams durante esos años. Con el paso de las temporadas, la producción de la serie empezó a virar cada vez más hacia un tono deliberadamente absurdo y paródico, centrando buena parte de las tramas en las payasadas del personaje de Harris, que con su interpretación sobreactuada terminó sin proponérselo del todo, robándole el protagonismo a la familia Robinson completa.

 Guys no se sentía cómodo en absoluto con ese nuevo rumbo artístico. Aunque aparecía en pantalla cada semana, sentía que su propia fama, la que alguna vez había conseguido con el Zorro, se iba empequeñeciendo en medio de un ciclo cada vez más centrado en robots parlanchines y enredos familiares al borde de lo ridículo. Su descontento resultaba evidente para quienes trabajaban con él y en medio de un índice de audiencia que descendía de manera sostenida.

 La serie fue finalmente cancelada en 1968 después de un total de 84 episodios emitidos a lo largo de tres temporadas completas. Guys llegó a sugerirle directamente al propio Irwin Allen que el programa debía volver a concentrarse en el núcleo familiar y en las dinámicas entre sus miembros. En lugar de depender tanto de las ocurrencias del personaje de Harris, esa sugerencia terminó dando forma a algunos de los episodios mejor valorados de toda la tercera temporada, entre ellos Antimatermania visitó a Hustel Planet. Hubo incluso un episodio

muy concreto en el que esa frustración se cruzó con el propio sentido del humor de Williams, de una manera que terminó teniendo consecuencias curiosas durante la filmación de The Great Vegetable Rellen, considerado por buena parte de los seguidores de la serie como el episodio más flojo de las tres temporadas completas.

 Guys y su compañera Junelo Lokart no lograron contener la risa durante buena parte del rodaje, algo que a Irwin Allen no le hizo ninguna gracia. Como castigo, el productor decidió apartarlos de los siguientes dos episodios de la temporada, aunque en un giro que terminó siendo más un beneficio que un castigo real, ambos actores siguieron cobrando su sueldo completo durante esas semanas sin trabajar frente a las cámaras.

 A pesar de esas tensiones internas, los propios compañeros de elenco de Guy Williams conservaron de él durante décadas un recuerdo profundamente cariñoso, algo que quedó documentado en distintos homenajes recopilados después de su muerte. Para 1969, ya finalizada Perdidos en el espacio, Guy Williams se encontró una vez más, sin ninguna oferta laboral concreta sobre la mesa, una decepción que, según documentan sus biógrafos, terminó de convencerlo de que su ciclo dentro de la industria televisiva estadounidense, al menos en

los términos en los que él aspiraba a desarrollarla, estaba llegando a su fin natural. Decidió entonces retirarse parcialmente de la actuación para disfrutar de la pequeña fortuna que había logrado acumular a lo largo de esos años, invirtiendo parte de ese dinero en distintos negocios. Ese retiro parcial, sin embargo, no significó en absoluto el final de la historia de Guy Williams.

 Muy por el contrario, apenas estaba a punto de comenzar el capítulo más inesperado, más extraño y en muchos sentidos más conmovedor de toda su vida. Un capítulo que se estaba gestando, sin que él todavía lo supiera, a miles de kilómetros de distancia, en un país de Sudamérica, donde la serie que Disney y ABC habían dejado inconclusas se había convertido, contra todo pronóstico, en uno de los fenómenos televisivos más grandes y más duraderos de toda la historia de ese país.

 La serie El Sorro llegó por primera vez a las pantallas argentinas en 1968, emitida por Canal 13 de Buenos Aires. Y el éxito fue tan inmediato y tan arrollador entre el público infantil de ese país que a partir del 2 de enero de 1967 el canal ya había comenzado a transmitirla de manera diaria, tanto en el horario del mediodía entre las 12:30 y la 1 de la tarde, como también en el horario nocturno entre las 7 y las 7:30 con un éxito de audiencia que se sostuvo de manera constante durante años enteros. Para 1970, las jugueterías y

los kioscos de todo el territorio argentino ya vendían figuras de acción, disfraces completos y todo tipo de artículos relacionados con el personaje, generando un mercado de merchandising que ni siquiera Disney había explotado con esa intensidad en Estados Unidos, lo que en un principio parecía simplemente una serie más terminó convirtiéndose, según coinciden distintos analistas culturales argentinos consultados décadas después en un verdadero fenómeno social, la sencillez es narrativa de la trama, donde el personaje malo tenía

siempre cara de malo y el bueno cara de bueno. Sumada a que se trataba de una producción filmada en blanco y negro que ni el propio Guy Williams ni el propio Walt Disney quisieron jamás colorear, generaba en el público. Infantil argentino, una sensación de seguridad casi terapéutica, la misma certeza reconfortante de saber que pasara lo que pasara dentro de cada episodio, la justicia terminaría imponiéndose al final.

 Ante ese fenómeno de popularidad sostenida, la dirección de Canal 13 tomó una decisión que en ese momento parecía casi descabellada, contactar directamente al propio Guy Williams para proponerle protagonizar programación infantil especial pensada exclusivamente para el público argentino. La tarea de encontrar y contactar al actor recayó en un periodista llamado Leonardo Ger, que viajó personalmente hasta Estados Unidos con el encargo de dar con su paradero exacto.

 Laser contaría después, en distintas entrevistas concedidas décadas más tarde lo insólito de aquella búsqueda. Al llegar a Nueva York resultó prácticamente imposible averiguar dónde vivía el actor hasta que se le ocurrió, casi como última opción, buscar directamente en la guía telefónica del lugar. Para su sorpresa, Guy Williams en realidad vivía en California y cuando finalmente logró comunicarse por teléfono fue la propia esposa del actor Janise, quien le respondió del otro lado de la línea.

 Apenas 15 días después de aquel primer contacto telefónico, Guy Williams viajó hasta Buenos Aires. Su llegada al aeropuerto internacional ministro Pistarini de Seisa el domingo primero de abril de 1973 se convirtió en un auténtico acontecimiento social de proporciones difíciles de imaginar hoy en día. Miles de niños acompañados de sus padres se congregaron en el aeropuerto para recibir al actor, generando una escena de recibimiento que más parecía la llegada de un jefe de estado que la de un actor de televisión extranjero llegado desde otro continente. Durante

esa primera visita, Williams aceptó hacer algo que habían rechazado de manera terminante en Estados Unidos, volver a vestirse con el traje completo del sorrow para aparecer en distintos programas del propio Canal 13, incluida una entrevista concedida al ciclo Telesop, además de realizar una pequeña exhibición de esgrima en vivo dentro de ese mismo programa conducido por el periodista Víctor Sueiro.

 El éxito de esa presentación fue tan extraordinario que el departamento de vestuario del canal terminó confeccionando una réplica exacta del traje original de la serie con el que Williams también apareció en el programa Por Zelandia, conducido por el comediante Jorge Porcel, que tenía dentro de su propio show un sketch paródico llamado El zorro con S.

 Ese mismo furor inicial impulsó a Williams a regresar a la Argentina ese mismo año, esta vez acompañado por Henry Calvin, el actor estadounidense que había interpretado al entrañable Sargento García dentro de la serie original, con quien realizó una gira completa de espectáculos en distintas ciudades del país.

 Fue durante una de esas presentaciones una exhibición de esgrima realizada en un circo instalado en la ciudad de Mar del Plata, cuando se produjo una de las cifras de convocatoria más citadas de toda su historia en Argentina. Alrededor de 250,000 personas asistieron a lo largo de esas funciones. El contrincante de Esgrima elegido para acompañar a Williams en esas presentaciones fue un jovencísimo campeón argentino de esgrima llamado Fernando Lupis, que años después, en 2005, terminaría presentando su propio programa diario de televisión

dedicado a enseñar esgrima y a mostrar dibujos animados del Zorro y que se convertiría con el paso de los años en algo mucho más importante dentro de la vida de Guy Williams que un simple compañero de escena ocasional. Durante esos primeros días en Buenos Aires, Guy Williams se sumergió por completo en la cultura argentina de una manera que sorprendió a todo su entorno.

 Visitó una tanguería tradicional en el barrio de la Boca, en la emblemática zona de Caminito, donde aprendió los pasos básicos del tango. Probó por primera vez el mate mientras la persona que lo acompañaba en ese viaje prefería seguir tomando cerveza y vino blanco mendocino. descubrió el asado argentino y el lechón adobado, que se convertirían, según contaría después, en sus comidas favoritas de todo el país.

 Visitó también escuelas y hospitales públicos, donde firmó autógrafos de manera prácticamente ilimitada para niños que hacían filas enteras para conocerlo en persona. protagonizó un duelo de esgrima escenificado dentro del circo de Carlitos Balá, uno de los cómicos más populares de la Argentina de esa época, y se sentó por primera vez a la mesa del programa de Mirta Lrá, la conductora más influyente de la televisión argentina de esa época, dentro de su clásico almuerzo televisado de los domingos.

 Williams regresó a la Argentina en una segunda visita en diciembre de 1974, esta vez completamente solo y de manera incógnita, sin la exposición mediática desbordante de su primer viaje. Pero fue recién en 1979 cuando su relación con el país dio un giro completamente definitivo. Regresó ya no por un contrato específico con Canal 13, sino con la intención concreta de producir sus propios espectáculos en vivo de manera independiente.

 y ese mismo año tramitó y obtuvo su residencia permanente en la Argentina, un paso decisivo hacia lo que ya era, en los hechos su vida definitiva dentro del país. Para entonces ya se había separado de Janise Cooper, su esposa desde 1948, y su nuevo compañero de gira, disfrazado ahora del Capitán Monasterio. El archienemigo clásico de don Diego de la Vega dentro de la serie original era precisamente aquel joven campeón de esgrima, Fernando Lupis.

 Con Lupis a su lado, Williams presentó su espectáculo itinerante durante dos meses completos a lo largo de todo el territorio argentino, cosechando excelentes críticas en cada parada del recorrido. El show se presentó, entre otros lugares, en el circo Real Madrid, formado por el propio Williams junto a Lupis en 1977. Un espectáculo circense que llegó a recorrer distintos países de toda Sudamérica y en el que el personaje que todos los niños argentinos querían ver en persona quedaba siempre reservado de manera deliberada para el gran final de

cada función. Sorrow con su 1990 de altura, mucho más alto de lo que el público solía imaginar a partir de la pantalla de televisión, hacía su aparición triunfal montado sobre su caballo negro, saludando con la mano derecha en alto ante el estruendo de aplausos de todo el circo reunido. fue precisamente durante esos años de gira circenses por toda la Argentina, ya separado de manera definitiva de su esposa estadounidense cuando Guy Williams conoció a la primera de las dos mujeres argentinas que terminarían marcando el resto de su vida. Se llamaba

Joana Fonseca, modelo y exmis argentina, a quien conoció en el tradicional café La Biela, en el corazón del barrio de Recoleta, un lugar que con el tiempo se convertiría en su punto de encuentro habitual dentro de la ciudad y con quien mantuvo una relación sentimental que se extendió durante aproximadamente un año completo.

 Fue un romance que la prensa de la época documentó con cierto interés, dado el contraste evidente entre la estrella de Hollywood ya entrada en años y la joven exreina de belleza argentina, pero que finalmente no prosperó hacia nada más duradero ni permanente. El verdadero gran amor de la etapa final de la vida de Guy Williams, sin embargo, llegó apenas unos años después, en enero de 1978, de una manera que la propia protagonista de esa historia contaría con todo detalle décadas más tarde.

 Se llamaba Araceli Lisazo, una actriz argentina que en ese momento vivía en Italia y que acababa de regresar al país tras separarse recientemente de su pareja anterior, el reconocido empresario argentino Juan Carlos Tito Lecture. Una tarde, mientras se encontraba de visita en la ciudad costera de Mar del Plata, el propio actor Fernando Lupis, que en ese momento encabezaba junto a Williams el espectáculo itinerante del zorro en esa ciudad, la invitó a presenciar la función.

 Araceli, según contaría ella misma años después en una entrevista concedida al medio Infobae, no era particularmente fanática del personaje, pero sabía perfectamente quién era Guy Williams. Lo vio esa noche vestido completamente de sorrow, con sus característicos ojos verdes que ella misma describiría después como directamente alucinantes.

 Y entre ambos se produjo. En ese instante, lo que Araceli definiría como una mirada que quedó completamente clavada entre los dos, sin que ninguno de los dos pudiera apartarla del otro. A partir de ese encuentro inicial en Mar del Plata, comenzó entre ellos una relación que terminaría siendo determinante para el resto de la vida del actor.

 Fue precisamente por Aracel y Lisazo, según reconocería el propio Williams, y también distintos testimonios cercanos a la pareja, que Guy Williams tomó la decisión definitiva de instalarse de manera permanente en la Argentina, abandonando por completo cualquier intención de regresar a vivir de forma estable en Estados Unidos.

 Vendió sus propiedades en California y en Nueva York e invirtió buena parte de esos ahorros en distintas propiedades dentro de territorio argentino. En una entrevista concedida en esos años a la conductora Susana Jiménez, el propio actor explicaría las razones detrás de esa decisión tan drástica. Le gustaba la Argentina.

 Dijo, iba y venía constantemente entre Nueva York y Buenos Aires. Y todo había empezado según sus propias palabras, con los asados. le gustaba, sobre todo la calidez de la gente. Pero detrás de esa decisión aparentemente idílica de instalarse en un país nuevo por amor, había también una motivación mucho más amarga relacionada directamente con su carrera en Hollywood, que para entonces ya llevaba años estancada.

 Fue la propia Araceli Lisazo quien explicaría después con total franqueza las razones reales que habían llevado a Williams a alejarse definitivamente de la industria del entretenimiento estadounidense. Contó que era un hombre muy acosado, que no podía hacer prácticamente nada en público sin ser reconocido de manera invasiva y que, según sus propias palabras, la gente suele decir que ese acoso constante es simplemente el precio que hay que pagar por la fama, pero que en realidad eso no era, ¿cierto? en absoluto. Nadie, insistía ella, tenía

por qué pagar semejante precio solamente por haber hecho bien su trabajo. Durante esos mismos años, alentado por el éxito sostenido de sus giras circenses junto a Fernando Lupis, Williams llegó incluso a ilusionarse con la posibilidad de relanzar formalmente su carrera cinematográfica mediante una película titulada El zorro, vivo o muerto, un proyecto que contaría con la producción del reconocido cantante y empresario argentino Palito Ortega.

 Sin embargo, por razones que nunca terminaron de esclarecerse del todo públicamente, el proyecto se canceló antes de llegar a filmarse. Decepcionado por esa cancelación, Guy Williams regresó brevemente a Estados Unidos, pero poco tiempo después volvió una vez más a Buenos Aires, esta vez con la intención definitiva de quedarse a vivir ahí de manera permanente.

 Y hay un episodio ocurrido en 1982 que revela hasta que punto guy Williams había terminado sintiendo a la Argentina como su verdadero país adoptivo por encima incluso de su propia nacionalidad de origen. Ese año estalló la guerra de las Malvinas, el conflicto armado entre Argentina y el Reino Unido por la soberanía de ese archipiélago del Atlántico Sur.

 Guys, ya con 58 años cumplidos, envió una solicitud formal a la embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, pidiendo autorización para ofrecerse como voluntario dentro del ejército argentino, específicamente como conductor de ambulancias, reconociendo el mismo que su edad ya lo hacía inútil para cualquier función de combate directo.

 Según relataron después personas cercanas a él, consciente de que su propio país, Estados Unidos, no iba a respaldar a la Argentina en ese conflicto, el actor expresó con firmeza su deseo de participar personalmente. Nunca fue convocado para cumplir ese rol. Y con el tiempo, el propio Williams terminaría bromeando sobre aquel episodio, comentando que la Argentina se había perdido la oportunidad de tener a el Zorro peleando por las Malvinas.

 El golpe final que terminó de sellar su decisión de abandonar por completo Hollywood llegó en 1983. Ese año, Williams regresó a Los Ángeles para realizar sus últimas apariciones televisivas en Estados Unidos. se reunió con antiguos compañeros de reparto de perdidos en el espacio, entre ellos June Locart, Angela Cargright, Bob May y Martha Kristen, para participar en episodios especiales de celebridades del programa Family Fud, enfrentando en competencia amistosa a los elencos de series como Batman y la isla de Hilligan. Fue precisamente durante ese

mismo viaje cuando Gay Williams sufrió una embolia que lo dejó considerablemente debilitado durante un periodo de recuperación bastante prolongado. Fue a partir de ese episodio médico concreto cuando tomó la decisión más drástica de toda su vida posterior a el zorro, no volver nunca más a Estados Unidos, olvidarse definitivamente de la actuación como profesión activa y dedicarse exclusivamente al cuidado de su propia salud.

 A partir de ese momento, Guay Williams se convirtió en una figura mucho más discreta dentro de la vida pública de Buenos Aires, alejado casi por completo de los medios de comunicación, aunque seguía siendo reconocido y saludado con cariño por la gente en la calle. frecuentaba con una regularidad casi ritual el tradicional Café La Biela, en Recoleta, donde solía leer el periódico en inglés de Buenos Aires Herald, sentado en el hotel Alvear, y donde respondía siempre con un tono afable y abierto a los saludos que recibía de admiradores, que después de

tantos años todavía lo reconocían por la calle como el actor que alguna vez había sido el héroe de sus infancias. Sus intereses personales durante esos años de retiro fueron en muchos sentidos tan curiosos y variados como su propia biografía. Era un apasionado de la astronomía, de la ajedrez, de la música clásica, de la esgrima, de la navegación y hasta llegó a mantener acuarios completos de peces tropicales como pasatiempo personal.

 Era también, según describen quienes lo conocieron de cerca, un profundo conocedor del vino, un excelente cocinero y un guitarrista aficionado que disfrutaba tocando en la intimidad de su hogar. Llegó a ser propietario de un velero de 12 m de eslora, un quch bautizado de océana, en el que solía navegar durante sus años de mayor actividad económica.

 Esa combinación de intereses intelectuales y recreativos, sumada a un temperamento que quienes lo trataron describían siempre como franco, abierto y genuinamente afectuoso, terminó de construir dentro del imaginario colectivo argentino la imagen de un hombre que había encontrado muy lejos de Hollywood, una versión de la vida mucho más tranquila y mucho más auténtica de la que jamás había podido tener siendo una estrella de la televisión estadounidense.

 Para comienzos de los años 80, Guy Williams había construido en Buenos Aires una vida completamente distinta a la que había llevado durante sus años de gloria en Hollywood, sin contratos activos, sin cámaras esperándolo, sin el peso constante de la industria estadounidense sobre sus espaldas, dedicado casi por completo al cuidado de su propia salud después de aquella embolia sufrida en 1983 y disfrutando de una vida cotidiana marcada por rutinas sencillas, sus caminatas hasta el Cafela.

 Vieda, sus lecturas en el Hotel Alvear y su relación cada vez más consolidada con Aracel y Lisazo. Llevaba ya casi una década completa sin trabajar de manera activa en ninguna producción televisiva o cinematográfica. Y aunque había ganado dinero considerable durante sus años como el zorro y como el profesor Robinson en Perdidos en el espacio, resultaba razonable pensar que después de tanto tiempo, sin actividad laboral formal ni ingresos regulares provenientes de la actuación, sus ahorros ya no le permitieran sostener el

mismo nivel de vida holgada que alguna vez había tenido en California. había invertido buena parte de ese capital en propiedades dentro de Argentina, en lo que parecía en ese momento, una estrategia razonable para mantenerse económicamente estable sin necesidad de seguir actuando frente a una cámara. Sin embargo, esa misma decisión de vivir de las rentas de un capital que ya no se reponía con nuevos ingresos laborales sería, con el tiempo, uno de los ejes centrales de la polémica que estallaría después de su muerte, cuando distintas

versiones comenzaron a circular sobre el verdadero estado de sus finanzas en los últimos años de su vida. Su relación sentimental con Aracelazo, mientras tanto, se había consolidado con el paso de los años en algo mucho más serio y duradero que un simple romance pasajero de gira. Según contaría la propia Araceli en distintas entrevistas concedidas ya muchos años después de la muerte del actor, hacia finales de la década de 1980, ambos estaban planeando formalizar legalmente su relación, casarse de manera oficial después de más

de una década juntos compartiendo su vida cotidiana en Buenos Aires. Fue precisamente en ese contexto, con planes de matrimonio ya bastante avanzados cuando ocurrió el desenlace final de esta historia. Un desenlace que durante años quedó envuelto en versiones contradictorias y que solo mucho tiempo después, gracias al propio testimonio directo de Araceli, empezó a aclararse con algo más de precisión ante la opinión pública argentina.

 Hacia finales de abril de 1989, Guy Williams, ya separado formalmente de su primera esposa Janise Coper desde hacía años, dejó de ser visto por su círculo cercano de manera repentina. No se presentó en sus lugares habituales de reunión, no apareció por el café. la biela, donde solía sentarse casi a diario. Y durante más de una semana completa, nadie dentro de su entorno inmediato pareció notar con la urgencia necesaria esa ausencia prolongada.

 En una época en la que, como bien recordaría después la propia Araceli, no existían teléfonos celulares ni ninguna manera rápida de verificar el paradero de alguien que simplemente dejaba de aparecer durante algunos días. Fue recién el 6 de mayo de 1989 cuando una vecina del edificio donde vivía, en la calle Ayacucho 1964, en pleno recoleta, percibió un olor extraño proveniente del departamento del actor.

 Alertó de inmediato al encargado del edificio, quien a su vez dio aviso a la policía. Los efectivos policiales forzaron finalmente la puerta del departamento y ahí, dentro de la bañera de su propio baño, encontraron el cuerpo sin vida de Guy Williams. Los peritajes forenses posteriores determinarían que la muerte, producto de un aneurisma cerebral, en realidad se había producido varios días antes del hallazgo del cuerpo.

 La fecha oficial de su fallecimiento quedó establecida como el 30 de abril de 1989. Guys tenía 65 años de edad en el momento de su muerte. La noticia llegó a las portadas de los principales diarios argentinos el 8 de mayo de 1989, apenas dos días después del hallazgo del cuerpo. La reacción del público argentino fue de auténtica consternación.

 Una generación entera que había crecido viendo sus repeticiones en la televisión de ese país se enteraba de golpe no solamente de la muerte de su ídolo de infancia, sino también del hecho todavía más desconcertante de que Guy Williams llevaba años viviendo entre ellos en Buenos Aires, sin que la inmensa mayoría del público lo supiera con certeza.

 La conductora Mirta Legrán, que lo había conocido personalmente desde su primera visita al país en 1973, recordaría después en distintas emisiones de su propio programa a lo largo de los años, la versión que durante mucho tiempo se instaló como la explicación más aceptada de aquel final, contó que Williams había muerto ahí en la Argentina, que muy poca gente lo recordaba realmente, que él había llegado al país en la época en que Goar Mestre dirigía Canal 13, que ella misma había conocido Su esposa Han se cooper a sus hijos y que después el actor se había enamorado

de una mujer argentina y había decidido quedarse a vivir en el país de manera definitiva. El funeral de Guy Williams resultó para una estrella que alguna vez había generado escenas de recibimiento multitudinario en el aeropuerto de Sea, sorprendentemente solitario al sepelo, realizado en el cementerio de La Chacarita en Buenos Aires, asistieron, según distintos testimonios recogidos por la prensa argentina en los años posteriores, apenas dos representantes del mundo del espectáculo, la propia Mirta Legrán y Fernando Lupis. Fue

precisamente gracias a las gestiones personales que realizó Lupis ante la Asociación Argentina de Actores, que los restos del propio Guy Williams pudieron ser alojados, al menos de manera temporal, dentro del panteón que esa entidad gremial tiene en el propio cementerio de la Chacarita, específicamente en el panteón y cripta de actores identificado con el número 278.

Recién dos años después de su muerte, en 1991, su hijo mayor, Steven Catalano, viajó hasta Buenos Aires para retirar personalmente las cenizas de su padre y se encargó de cumplir con lo que había sido la última voluntad expresada por el propio actor en vida, esparcir esas cenizas sobre las montañas de California y sobre las aguas del océano Pacífico cerca de Malibú, cerrando así de manera simbólica el círculo completo de una vida que había comenzado en la pobreza de un barrio de inmigrantes.

En Manhattan había alcanzado la gloria mundial en los estudios de Hollywood y había terminado contra todo pronóstico en un departamento solitario de Buenos Aires. Durante años, esa versión de un final solitario, empobrecido y prácticamente olvidado, se consolidó como la explicación oficial y predominante sobre la muerte de Guy Williams.

 Pero esa misma versión encontró con el paso de las décadas una voz que se negó sistemáticamente a aceptarlas y sin matices, la de Aracel Lisazo, la mujer que había sido su pareja durante más de una década y que, según su propio testimonio, estaba a punto de convertirse en su esposa legal en el mismo momento en que él murió. En distintas entrevistas concedidas ya muchos años después, entre ellas una extensa conversación con el medio Infobae, Araceli salió públicamente al cruce de la narrativa instalada por otros. incluida la propia Mirta Lran.

Aseguró con firmeza que no querían mostrar la historia de Guy Williams como si fuera una repetición de la trágica historia del boxeador argentino José María Gatica, conocido popularmente como el mono Gática, cuya vida había terminado en el abandono y la pobreza extrema. Pero Gay, insistió Araceli, no estaba pobre y tampoco estaba solo en el sentido en que la gente había asumido durante años.

 Su muerte, según su propia explicación, había sido sencillamente un accidente trágico ocurrido en una época en la que las comunicaciones entre personas eran mucho más limitadas que en la actualidad. Araceli fue todavía más lejos en sus declaraciones, revelando un detalle que cambiaría por completo la interpretación emocional de aquellos últimos días de la vida del actor.

 Contó que el mismo día en que Guy Williams murió, él tenía planeado precisamente pedir formalmente su mano en matrimonio. Lejos de ser un hombre devastado, deprimido y arruinado que se apagaba en soledad, según la versión de Araceli, Guy Williams estaba en ese momento exacto de su vida feliz, ilusionado con la idea de formalizar por fin ese gran amor que la muerte terminaría dejando Trunco de manera repentina e inesperada.

La propia Araceli reconoció también el costo personal que le significó a ella misma la incertidumbre de esos días. Al no saber durante casi una semana completa que le había ocurrido realmente a su pareja, terminó somatizando ese dolor de una manera tan intensa que fue internada con un cuadro de hepatitis.

 Y sin embargo, contó, incluso con fiebre y en pleno tratamiento médico, se las arregló para estar presente en el velorio de Guy Williams, acompañada esa noche entre las pocas personas que asistieron también por la actriz argentina Sulma Fayat. Hoy, más de 35 años después de aquella muerte solitaria en un departamento de Recoleta, Araceli Lisazo reside desde hace años en la localidad de Potrero de los Funes, en la provincia Argentina de San Luis, alejada por completo del ambiente del espectáculo que alguna vez compartió

junto al hombre que interpretó a El Sorrow. Y la pregunta que quedó abierta desde 1989 sigue sin resolverse del todo de manera definitiva. Sigai Williams murió roalmente en la ruina económica y en el abandono emocional que durante años se contó como versión oficial o si murió, como insiste hasta el día de hoy la mujer que lo amó durante la última y más larga etapa de su vida, feliz, acompañado en espíritu y a punto de dar el paso final hacia un matrimonio que la fatalidad de una neurisma cerebral, silencioso y repentino, terminó por

impedir para siempre, lo que si permanece completamente indiscutible más allá de cualquier versión sobre las circunstancias exactas de su final. Es el lugar que Guy Williams sigue ocupando en la memoria popular de Argentina, un país que en definitiva terminó siendo mucho más generoso con su legado de lo que jamás lo fue Hollywood.

 Las repeticiones del Zorrow siguen liderando índices de audiencias sorprendentes cada vez que algún canal argentino decide volver a emitirlas, como ocurrió en 2022 cuando la señal El 13 resucitó la serie y esta se convirtió contra todo pronóstico para una producción filmada más de 60 años atrás en el programa más visto de las mañanas de la televisión argentina.

 En noviembre de 2019, cuando la propia emisora había decidido finalmente sacar del aire la serie después de 16 años consecutivos en pantalla, sus fanáticos mostraron su disconformidad de manera tan contundente, tanto en redes sociales como a través de una petición formal en la plataforma Change.org titulada No saquen al zorro, que apenas unos meses después las autoridades del canal decidieron reponerlo primero los fines de semana, poco después nuevamente de manera diaria.

 Hoy en día la serie sigue promediando más de cinco puntos de audiencia cada vez que se emite. El propio Fernando Lupis, que hoy expone en un museo itinerante los objetos personales que pertenecieron a Guy Williams, resumió alguna vez el motivo profundo de esa vigencia. explicó que el zorro no vuela ni tiene superpoderes y que esa cercanía humana, esa ausencia total de artificios tecnológicos o fantásticos, es precisamente lo que sigue conectando a nuevas generaciones de espectadores con un personaje que ya lleva más de 60 años en pantalla en

Estados Unidos. Mientras tanto, su legado también fue reconocido de manera más tardía. En 2001 fue incorporado a la Cámara de Comercio de Hollywood y en 2002 sus fanáticos. Con la presencia de Janise Williams y de su hijo Guy Williams Junior, le dedicaron una banca conmemorativa en un parque de Nueva York, además de convertirlo en el primer nombre inscripto en el Paseo de la fama del Bronx y de otorgarle dentro de la propia compañía Disney el título honorífico de leyenda Disney en Argentina. Además, en años recientes se

publicó incluso una biografía novelada completa dedicada exclusivamente a su historia titulada El zorro en Argentina, su historia secreta, escrita por el investigador Alejandro Amaro, presentada formalmente dentro de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y también en un evento organizado por la propia Biblioteca Nacional de la República Argentina en 2025, consolidando de manera definitiva su lugar dentro de la cultura popular argentina.

 no ya solamente como un actor extranjero que alguna vez los visitó, sino como una auténtica figura histórica local. Ese fenómeno de fanatismo trasladado a las nuevas generaciones tiene incluso hoy una cara pública muy concreta. El actor y conductor argentino Emiliano Jianotti, que actualmente participa de la obra teatral Toc Toc en el multiteatro de Buenos Aires y conduce además el programa de Esperezate en el canal de la ciudad, se ha convertido en una referencia constante para los seguidores más jóvenes de la serie, muchos de los cuales se organizan a

través de grupos de Facebook dedicados exclusivamente a poner a prueba sus conocimientos sobre el zorro y sobre la vida de su protagonista. Hianotti, que asegura conocer de memoria buena parte de los diálogos originales de la serie, explicó en una entrevista concedida a Infoby que sigue de cerca, incluso en sus propias redes sociales, distintas cuentas dedicadas tanto a Guy Williams como al programa y que al ser además amigo personal de Araceli Lisazo, suele compartir con los seguidores más jóvenes pequeños secretos de producción que ella

misma le fue contando con el paso de los años. Según explicó el propio Gianotti, la razón de que la serie siga generando ese nivel de fanatismo entre generaciones que ni siquiera vivieron su estreno tiene que ver en buena medida con lo que él mismo definió como la bonomía propia del producto, sumada al hecho de que se trataba de una producción de Disney en una época en la que esa marca representaba lo más grande que existía dentro de la industria del entretenimiento infantil a nivel mundial, un sello de calidad y de

confianza que los padres de aquella generación transmitieron después, casi de manera automática, a sus propios hijos y nietos. El hombre que nació en la pobreza de un barrio de inmigrantes en Manhattan, que trabajó como mecánico, vendedor e inspector de piezas de aviones antes de convertirse en actor, que posó como modelo bajo el nombre de Guido Armando antes de convertirse en Guy Williams, que interpretó al héroe enmascarado más famoso de la historia de la televisión mundial, que vio su carrera cortada de raíz por una disputa

legal ajena por completo a su propio talento, que se ganó el cariño genuino de sus compañeros. de reparto en Perdidos en el espacio, a pesar de sus frustraciones profesionales, que llegó a ofrecerse como voluntario para conducir ambulancias en una guerra que enfrentaba a su país adoptivo contra su país de origen y que terminó encontrando en un país que no era el suyo, tanto el amor final de su vida como también su tumba simbólica temporal, sigue siendo décadas después de aquella muerte solitaria en Recoleta, uno de los rostros que

millones de personas en toda Latinoamérica todavía asocian de manera instintiv con la idea misma del héroe, alguien capaz de esconder detrás de una máscara y una espada, una historia humana muchísimo más compleja, más frágil y más conmovedora que cualquier guion de ficción que él mismo llegó jamás a interpretar frente a una cámara.

 Y quizás sea precisamente esa contradicción la del hombre que interpretó al justiciero perfecto en la pantalla mientras cargaba en su propia vida real, con la fragilidad, la soledad y la incertidumbre de cualquier ser humano común, lo que explica por qué, más de tres décadas y media después de encontrarlo sin vida en un departamento de recoleta, la Argentina entera sigue sin poder terminar de despedirse de él del todo. No.

 

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